miércoles, 11 de enero de 2012

Aquellas pequeñas cosas (III): Montañas de basura

A medida que hago cajas en el piso de mi madre van apareciendo cosas y más cosas: carpetas, juguetes y kippel variado. Cada vez me quedan menos ganas de referirme a todo esto: necesito pasar página, y no creo que sea positivo mortificarme ni dejarlo salir en exceso. Tardaré el tiempo que tarde en finalizar mi proceso de duelo (podrían ser meses, años, o el resto de mi vida), pero en algún momento tendré que cambiar de tercio, tanto en este blog como en mi vida diaria. Así pues, no dilataré mucho estas anotaciones sobre los objetos de infancia y adolescencia que he ido encontrando en el piso de mi madre mientras hacía cajas. Podemos planteárnoslo o bien como una subasta, con una mera descripción del objeto, o del lote competo, o bien como una autobiografía no del todo encubierta, en la que afloren sensaciones y cabos sueltos que, con el tiempo, tal vez acabe convirtiendo en entradas dotadas de entidad propia, o acaso en obras de ficción, o en unas memorias en toda regla. El camino de lo que voy a escribir, y cómo lo haré, aún no está escrito. Lo importante es que, aquí y ahora, no tengo ni las ganas ni el tiempo ni la motivación con que contaba hace una y dos semanas, la vida cotidiana ya está aquí, el trabajo apremia, quiero pasar página y, en resumen, lo haré mucho más esquemático que las dos entradas anteriores.
Esta es la letra de mi madre. He aquí una genealogía familiar en toda regla, que llega hasta mis bisabuelos. Siglo y medio de historia familiar resumida en una cuartilla. Ignoro muchos detalles, sobre todo en lo relativo a los bisabuelos; en algunos casos ya no me sabía el orden correcto de apellidos, ni algunos nombres propios. Si hubiera hecho más caso a mi madre, o hubiera puesto por escrito algunas de sus historias a medida que me las contaba... No pasa nada: el interés genealógico está presente en la familia, Pablo ha dicho en alguna que otra ocasión que le encantaría investigar sobre el asunto, y en algún momento aparecerán nuevos detalles sobre esta familia. De momento, y a bote pronto, he aquí la genealogía de la familia, tal como la resumió mi madre cuando escribió este esquema.
Rafael Santiago Soto era guardia civil. Se casó con Carmen Araujo Márquez, y tuvieron hijos a lo largo y ancho de la geografía española, tanto en Castro del Río (mi abuelo, Enrique Santiago Araujo) como en Getafe (Carmela), Écija (Eloísa) y no recuerdo qué lugares más (Amalia y Jerónimo). Falleció por burro, una de las señas de identidad de la familia: salió a la calle en mangas de camisa, en invierno y con ochenta y cinco años, le dio una pulmonía fulminante, y tardó días en irse al otro barrio. Un guardia civil en la familia, autoritario, padre de tres hermanas lorquianas que según mi padre bordeaban la personalidad borderline, un calzonazos apocado metido a militar, y un médico oftalmólogo a quien fusilaron nada más comenzar la guerra civil. De mi bisabuela no me ha llegado ninguna historia digna de reseñar, por lo que supongo que es la más interesante de esa rama familiar. 
De Manrique Lores Calvo sí tengo más que contar. Fue profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Coruña, ciudad de la que creo que llegó a ser concejal o, al menos, fuerzas vivas. Nos queda la duda razonable acerca de si llegó a darle clases a Pablo Ruiz Picasso; por fechas, no parece probable, aunque debió de ser por cuestión de cinco o seis años. Manrique era escultor, aunque todo lo que conservamos son unos cuantos cuadros, con una técnica muy depurada, un fino trazo y un academicismo rayano en el virtuosismo. Su mujer, Marcelina Guitián Rouco, era natural de O Grove, y tenía familia de Monforte (como cualquier Gutián del mundo, parece ser). Tuvo dos hijos: María Lores Guitián, Maruja (mi abuela) y Fernando (mi tío abuelo). Marcelina, Maruja y Fernando son compañeros de lápida de mi madre, aunque fueran ex abuela política, ex suegra y ex tío político, respectivamente.
Cuando Manrique Lores falleció, Marcelina fue a Madrid, montó una pensión en la calle de San Andrés, con vistas a la misma plaza del Dos de Mayo, y su hija Maruja se quedó embarazada de uno de los inquilinos, un estudiante de medicina llamado Enrique Santiago Araujo. Fruto de aquel amor tardoadolescente nació mi padre, Enrique Santiago Lores. Hubo un hijo más, Ramón, pero falleció muy joven, con apenas meses de edad.
De Juan Romero García y María Dolores Pérez Lara no sé nada, excepto que tuvieron diez hijos, uno de los cuales fue mi abuelo materno, Juan Romero Pérez. Debían de vivir en Villa del Río.
De Luis Leña Cuevas y Carmen Manchado Peña tampoco sé gran cosa, excepto que una de sus hijas fue mi abuela materna, Carmen Leña Manchado. Sé que el comienzo de la guerra les pilló a algunos familiares volviendo de Aguilar de la Frontera a Cabra, de un entierro. Tardaron más de un día en recorrer los apenas veinte kilómetros que separan ambas localidades. Y no fue una cuestión baladí, porque Aguilar quedó en el bando republicano, y Cabra, en el nacional. Esta historia, por sí sola, daría para el comienzo de una novela sobre la guerra, o para todo un primer capítulo de teleserie en plan Vientos de guerra.
Al parecer, tenemos sangre judía y conversa por todos lados, al menos en la rama materna. Apellidos como Romero suelen ser de conversos. Nuestro Leña, en concreto, parece que no, ya que viene de Juan, el señor que llevaba la leña a Cabra, que se quedó con el apellido de su profesión. También hay sangre alemana, no sé si judía o gentil, en forma de los colonos que poblaron Sierra Morena desde los tiempos de Carlos III. Esto explica la cantidad de rubios de ojos azules que hay en la provincia de Córdoba, y, aunque de manera más atenuada, en la familia.
Juan Romero Pérez se casó con Carmen Leña Manchado y tuvieron cinco hijos: Loli, Carmina (mi madre), Sagrario, María de la Sierra y, cuando mi abuelo ya se había dado por vencido y se celebraba el segundo aniversario del Alzamiento, Juan Bosco, el varón tanto tiempo deseado. 
Enrique Santiago Lores y Carmina Romero Leña se conocieron en Madrid, se casaron, y de ahí salimos María Esther, Enrique, Pablo y yo. No es, ni por asomo, el fin de la historia, pero los apuntes de mi madre ya no detallan más. En todo caso, nos queda, manuscrita por mi madre, la secuencia completa de mis primeros dieciséis apellidos: Santiago Romero Lores Leña Araujo Pérez Guitián Manchado Soto García Calvo Cuevas Márquez Lara Rouco Peña.

Que me maten si sé por qué conservo un bote lleno de tizas. Supongo que fue un castigo del señor Moreno, nuestro profesor de matemáticas de 7º de EGB. Era muy dado a arrojarnos tizas e incluso el borrador si hablábamos en clase, y me imagino que me pilló hablando y me impuso como castigo llevarle una caja de tizas. Que, por cierto, había que comprar en el mismo completo. Con lo que todo quedaba como un circuito cerrado, una especie de multa que repercutía en beneficio del Calasancio, ya que era el vendedor del producto con el que nos multaban. Qué hermosa alegoría de la economía de subsistencia... Sea como fuere, guardaba una caja llena de tizas... desde hace casi treinta años.

¡Mi primera hucha! Era un cerdito hortera, que me debieron de regalar ya mayorcito, con unos doce años. La flor es un detalle tan kitsch que dan ganas de indultar al cerdito amarillo. Allí llegué a atesorar hasta cuatrocientas pesetas y, como tenía una abertura en la barriga, se podía vaciar sin poner en peligro su integridad física. Creo, de hecho, que llegué a utilizar esta hucha para recaudar fondos para el viaje de fin de curso de 3º de BUP. A Italia. Por supuesto, conté con financiación externa, en forma de fiestas, donativos y chapucillas. No apareció dinero dentro del cerdito, pero sí he encontrado varias cajitas con monedas varias, todas ellas de pesetas. No las suficientes como para que merezca la pena viajar a un banco a cambiarlas, porque apenas saldrían dos o tres euros de la transacción, pero están los tiempos como para despreciar tres euros...

Una vieira de peregrino y un cinturón de la OJE, con la cruz potenzada y el león rampante. En realidad no he hecho nunca el Camino de Santiago: apenas unos kilómetros por el Bierzo, cuando iba a casa de Isa en Acebo, y la etapa final, durante un campamento de la OJE en Cedeira, provincia de La Coruña. Ah, sí, la OJE, la Organización Juvenil Española, la heredera del Frente de Juventudes y la Sección Femenina. Donde podías gritar "¡Arriba España!" durante el gobierno socialista. ¿Por qué me metió mi madre allí? Llegó a la conclusión, acertada, de que yo era un aprendiz de friqui alarmantemente solitario, y que me convenía que me diera el aire. La primera opción eran los boy scouts del colegio Claret, pero había demasiada demanda y, sencillamente, pasaron de mi solicitud. Como mi madre trabajaba en tesorería del ISFAS (la seguridad social militar), y allí había bastante gente relacionada con la OJE, me recomendaron que me apuntase en el Hogar de Chamartín, en avenida de América, 13. Allí estuve durante tres años, los de mi etapa de arquero (de once a catorce años; antes eras un flecha, y después, cadete y guía). Yo estaba en la escuadra Aviación Española, y fui a unos cuantos campamentos de verano (Almorox, en 1981; Cedeira, en 1982, y Benasque, en 1983), navidades (El Paular, en 1981) y Semana Santa (Béjar, en 1981 o 1982). Para entretenernos, hacíamos cursos, que se llamaban timoneles. Yo siempre hacía el de rastreo (y, aun así, no sé seguir una triste pista de rastreo) y me escabullía de los más viriles y arriesgados, como pontonero cabuyero (o sea, hacer nudos: si apenas sabía atarme las chirucas, ¿cómo coño iba a hacer un as de guías?) o guerrillero (lanzarse desde tirolinas, yo, que tengo vértigo si me subo a una silla..., o hacer vivac durante toda una noche... ¡Vamos, anda!). Siempre digo que la OJE suplió el servicio militar, por lo que en realidad no es que me librara de hacerlo: es que ya lo había hecho, pero con doce y trece años. Una educación franquista, añadida a unas actividades excursionistas franquistas, y todo ello no solo en democracia, sino durante el gobierno socialista... Tengo un pasado muy bizarro.
Esta vieira en cuestión es un recuerdo de un 25 de julio, día de Santiago Apóstol, en la misma catedral de Santiago. Volvíamos del campamento en Cedeira. Estuvimos justo debajo del Botafumeiro, en pleno año santo compostelano, y Santiago me pareció una ciudad muy bonita, aparte de la gracia inherente a estar en una ciudad que se llamaba igual que mi apellido. No recuerdo mucho más de aquel campamento, excepto que bañarse en el Atlántico es un horror si estás acostumbrado al Mediterráneo.
Otro día escribiré largo y tendido sobre mi experiencia en la OJE, y de cómo me miraban feo si decía que en mi familia éramos todos de izquierdas, y que a mi abuelo lo habían fusilado por rojo. Y de cómo, a pesar de todo, no me lo pasé tan mal.

Mi abono transportes. Debe de ser posterior a la universidad, porque de lo contrario habría sido de zona B1, pero este era de zona A, es decir, Madrid ciudad. Así pues, debe de datar de 1994 o 1995. De cuando estas cosas eran baratas.


Y sí, es lo que parece: escudos de coches. Los arrancaba yo. No por maldad, ni por vandalismo, sino por mera estética, porque aquello era lo que molaba cuando te gustaba el hip hop y querías ir maqueado a los conciertos de Def Con Dos o Negu Gorriak. Por supuesto, yo estaba completamente al margen de la movida rapera madrileña y de la cultura hip hop en general, mis conocimientos no iban más allá de los grupos de la incipiente escena local (Sindicato del Crimen, Sony & Mony, QSC o Estado Crítico), yo de b-boy no tenía absolutamente nada y, no obstante, era capaz de bajarme a Zarzaquemada, a la sala Universal Sur, e irme yo solo a un concierto de Public Enemy y regresar a Madrid haciendo autoestop, porque quería estrechar las manos a Chuck D y Flavor Flav; cosa que, por cierto, hice.
Y, qué coño, arrancar chapitas de coches molaba. Era vandalismo, vale, pero vandalismo controlado. Satisfacía la dosis justa de chico malo y mala conciencia, el "de acuerdo, esto está mal, pero estaría mucho peor que me diera a la drogaína y me metiera en peleas, ¿no?", y cierta conciencia subversiva de estar desenmascarando a la burguesía acomodada del barrio: "¿Eres capaz de gastarte cerca de tres kilos [hablo de 1989] en un Alfa Romeo cuya chapita salta limitándote a hacer palanca con una llave? Háztelo mirar, en serio". 
Mi pieza más preciada, huelga decirlo, es la chapa de camioneta Mercedes, que me costó dios y ayuda arrancar, aparte de que me puse hasta arriba de grasa. Un espanto. Eso sí, lució muy bien en forma de collar, ensamblada a una cadena improvisada, y rematada con sendos pines de los Rolling Stones (la lengua de Warhol) la bandera republicana, y un Cobi de plástico que me encontré haciendo el tonto en el césped de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM. De esta guisa aparecí en un concierto de Def Con Dos, de cuando todavía tocaban con sonido pregrabado, y fue divertido.

Guardé más objetos, más kippel, pero ya sería tedioso referirlo todo con pelos y señales. No está mal por hoy. Otro día, más cajas, pero de libros.

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6 Comments:

Blogger Cristina said...

Mi pieza más preciada, huelga decirlo, es la chapa de camioneta Mercedes,

Ejem, ejeeeeeeeem, ejeeeeeeeeeeem...¡Delincuente! :P

11 de enero de 2012, 16:57  
Blogger Juanma said...

Yo era como el Vaquilla, alegre bandoleroooo. :-P

11 de enero de 2012, 16:59  
Blogger manu said...

¿Vandalismo controlado? Eso suena a oxímoron.

Cuidadín, que ahora la Espe casca con más de 700 euros por rebuscar en la basura. Malditos vándalos...

15 de enero de 2012, 19:49  
Anonymous Anónimo said...

Hola, juanma:
Tres años después de que escribieras este artículo me topé con él buscando por internet fotos y vestigios del Hogar más facha de la OJE (que ya es decir) El Hogar de Chamartín. Estoy escribiendo un artículo sobre la evolución política de la juventud en España.

Yo soy Chechu y compartimos espacio (aunque no grado) en esa misma época. Yo entré en el 80 y soy del 72 así que estaba en flechas en Albendea, Almorox y Cedeira. Benasque fue mi primer campamento de arquera. La verdad es que me pasa un poco lo mismo que a ti, pertenezco a una familia más bién rojilla y, al cabo de los años de autoformación (una no puede delegar el conocimiento adquirido en centros escolares, ha de buscarlo por las venas de la propia sociedad)pues me he convertido en una auténtica anarcosindicalista...lo de la OJE no lo cuento mucho en mi entorno...

En fin, a lo que iba, ¡A mí, en ese hogar fascista donde se cantaban canciones del frente de juventudes, izábamos banderas, desfilábamos y hacíamos premilitar ¿Te acuerdas?...no llegaron a jamarme el coco en absoluto! y lo más llamativo...¡Recuerdo esa época con auténtico cariño!
De repente, leyéndote, he empezado a recuperar recuerdos, como el traslado del campamento de Cedeira que en inicio estaba ubicado en el monte en medio de un bosque y nos mudamos de urgencia en plena noche primero a un centro deportivo y luego a un aserradero de Cedeira...
¡Cuántas veces mi hermana y yo hemos hablado de que habíamos hecho la mili en la OJE!
Me acuerdo de un cureta que estaba con nosotros en Almorox y decía que su pequeña tienda de campaña era un castillo, y nos daba pipas y alguna chuche de la época, para mí era una especie de oasis en ese erial seco donde hacíamos premilitar cantando el " yo tenía un camarada, entre todos el mejor..." madre mía, ¡Qué imagen!"
Yo estaba en la aljaba Amanecer con Maripaz que era una mando de lo mas burra, nos daba patadas para que corriésemos más deprisa, y luego con Manolo álvarez Durriz...también me acuerdo del albergue de Bejar...
Imagino que coincidirías con Mariano o Pablo García Moreno, con Iñigo Palacios o Paloma y Jaime Illana,todos eran hermanos mayores de amigas mías. Bueno, no se porque éramos muchos entonces, es difícil acordarse de todo.
Recuerdas esos baños malolientes y las escaleras que iban hacia la jefatura del distrito,a mí me acojonaban...
Bueno, me alegro de haber recuperado recuerdos que tenía por ahí enterrados. Esto es lo bueno de la tecnología.
Pues nada, me encantaría seguir intercambiando datos. te envío un abrazo virtual, de camarada a camarada de época.

28 de agosto de 2015, 17:03  
Blogger Juanma said...

Hola, Chus,

Encantado de leer tu comentario, me has llevado de vuelta tú también a esa época que, ambos estamos de acuerdo, debería haber sido un horror si la cuentas de viva voz pero que en realidad fue entrañable. Me hace mucha gracia la reflexión tuya y de tu hermana de que pa qué hacer la mili si aquello ya fue la mili, porque es justo lo que pienso. No conservo contacto con nadie, pero guardo buenísimos recuerdos de Mariano y Jaime, que estaban en mi escuadra, de Juan el jefe de escuadra (no recuerdo su apellido, pero era un tío genial), y de Paloma o Mamen. Los busqué alguna vez por Google, y me encontré con lo que, por otra parte, cabría esperar: el que no acabó metido a policía o guardia civil fue de candidato en listas electorales de alguna falange. Muy coherente: como dices, era un Hogar auténticamente facha. Y, sin embargo, me lo pasé genial, tanto en lo malo (mis padres casi me sacan del campamento de Almorox porque coincidió con la pertinaz sequía y yo estaba un tanto descuidado, y además me gastaban las típicas novatadas de "vete a la tienda de los mandos y pídeles la funda del mástil de la bandera, ¡ar!") como en lo bueno. Mi mando era Javier, del que también tengo muy buen recuerdo, a pesar de alguna caminata nocturna un tanto salvaje por la sierra de Guadarrama (recuerdo una desde el sanatorio abandonado de Tablada hasta El Escorial, rodeando Abantos y bajando desde allí a lo cabra y con mochila a cuestas, que luego he calculado que fue de unos veinticinco kilómetros: ¡con trece años!). La verdad es que te curtías. Y los conocimientos del cancionero de la OJE nunca sabes cuándo te van a servir; sin ir más lejos, yo he usado una de esas letras en un cuento. Para mí la OJE es como el colegio de curas o haber tenido un padre militar: algo que no sabes muy bien si ocultar o airear pero que está ahí, forma parte de tu carácter y, en mi caso, te da motivos extra para convertirte en un buen comunista ortodoxo.

De Benasque creo que tengo fotos, no te extrañe que salgas en alguna. :)

Como decía Dickens, fue el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos.

Mi email es juanma punto santiago arroba gmail punto com, si quieres seguimos por correo y no importunamos a los lectores con nuestras batallitas de servicio militar. :D Tu artículo tiene una pinta estupenda, si puedo colaborar de alguna manera aportando datos o impresiones, estaré encantado.

Un abrazo y muchísimas gracias.

28 de agosto de 2015, 23:32  
Blogger Juanma said...

Como ya no vivo en Madrid tampoco sé qué hay donde estuvo el Hogar de Chamartín. A finales de siglo sé que era una sala de exposiciones del Injuve. El local era un auténtico espanto, en efecto.

28 de agosto de 2015, 23:37  

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