jueves, 5 de enero de 2012

Aquellas pequeñas cosas (II): Toy Story X

Esta será la primera noche de Reyes en que la casa de mi madre esté completamente vacía. Casi lo estuvo hace nueve años, cuando acababan de operarla, y fue la noche de Reyes más extraña (y solitaria) de mi vida.
También será la primera noche de Reyes en que mis juguetes de infancia no estén guardados en el armario metálico de la terraza.
Durante mucho tiempo tuve mis juguetes en el maletero de mi dormitorio. Al principio no era mi dormitorio, pero el tiempo, las reformas interiores y el hecho de que fui el último de los hermanos en irse del piso lo convirtió en mío. Antes lo había sido de Pablo y Enrique; en algún momento, de los tres a la vez (cuando mi abuela o alguna de las tías de mi padre pasaban temporadas en casa), y luego, durante unos meses, de Pablo y mío. Durante todo este tiempo, mis juguetes estuvieron guardados en ese maletero, junto con las muñecas y las revistas Lily y Esther de mi hermana, las figuritas del nacimiento, los adornos navideños, una bandurria de cuando mi padre era tuno, una maleta de cartón que supongo perteneciente a mi abuela paterna o a mi padre, un juego de té moruno, y no sé cuánta mierda más. Los desalojé antes de que Enrique hiciera obras en su piso y se fuera a vivir al piso de mi madre durante unos seis meses. Necesitaban espacio, así que desocupé mi habitación, y los juguetes fueron a parar a un armario metálico que hay en la terraza.
A veces, durante mis viajes a Madrid, me entraban ganas de abrirlo para llevarme algún Geyper-Man con el que adornar mi habitación de piso compartido, una concesión a la nostalgia, un recuerdo que me ayudara a conectar con aquella infancia perdida.
Pero me daba pereza: todo estaba guardado en cajas, y manipularlas era como jugar al Tetris.
Abrieron una tienda de objetos de coleccionismo justo debajo de casa. Llegué a ver algunos Geyper-Man por 350 euros. Pero claro, eran modelos raros, y cajas sin abrir. Nadie querría dar ni un duro por mis Geyper-Man ajados y mutilados.
Nueve años viviendo fuera de Madrid, seis de ellos con mis juguetes relegados a aquel armario de la terraza, y siempre, siempre que volvía me entraban ganas de llevarme algún juguete. Durante el tiempo en que Enrique vivió en casa, algunos de esos juguetes se quedaron fuera, para que Kirita y Fernando tuvieran más cosas con las que jugar. Y algunas no se volvieron a guardar.
De hecho, una de las primeras cosas que recogí estas Navidades del cuarto de baño fue... un click de Famóbil. Lo que ahora se llama un Playmobil.
Era chica. Los clicks chica tienen una especie de falda, y el peinado a lo Josephine Baker.
Y debía de ser una enfermera, por su combinación de colores, azul y roja. Recuerdo que pertenecía al Hospital de Famóbil, que me trajeron los Reyes allá por 1979 o 1980. Nada que ver con el pijerío del mismo modelo en la versión de Playmobil. Casi todos los clicks de aquel lote eran blancos, como debe ser en un hospital, pero había algunos que eran azules y rojos. Tal vez se tratara de una sutil metáfora de un partido Real Madrid-Barça de los gloriosos tiempos de Juanito y Santillana, o acaso fueran los pacientes ingresados, pero, por lo que recuerdo, eran enfermeros. O puede que fueran médicos, o jefes de planta, o qué sé yo.
¿Qué coño hacía una click enfermera, sola y aislada del resto de compañeros, desde la atalaya que suponían las baldas más elevadas de la estantería donde se almacenaban los medicamentos, geles de ducha y pañales de mi madre? 
Ni idea. Tal vez, dada su condición de enfermera, y tal vez porque conocía a mi madre desde hacía más de treinta años, se dedicara en silencio a velar por la salud de la enferma, supervisando sus duchas en la silla que habíamos instalado en la bañera o que el delicado momento de llevarla de la silla de ruedas a la taza del váter se desarrollara sin complicaciones (hasta que dejó de ser físicamente posible, durante el último año, y todo el resto de su vida transcurrió entre la cama y la silla de ruedas, sin paradas intermedias para poner los pies en el suelo).
Dejo la apertura de cajas para el último día en Madrid, el día de Navidad. No he querido hacerlo antes porque había cena de Nochebuena en el piso de mi madre (once comensales, y la ausente pero ominpresente Carmina, mi madre), y no me apetecía tener el piso inundado de cajas. Pero nos vamos el día 26 por la mañana, y la tarea no se puede retrasar más, así que me pongo a ello. Van apareciendo revistas viejas, que dejo guardadas, unas porque son de mi padre --los Hermano Lobo y La Codorniz-- y otras porque tal vez me salga más a cuenta venderlas al peso que tirarlas (aunque tal vez sería más pragmático tirarlas directamente al contenedor), y prefiero esperar a mi próximo viaje a Madrid.
El balance de la mañana ha sido claramente agotador. Desde el punto de vista físico, vale, pero también desde el emocional. He sacado todos mis juguetes, y debo comenzar a cribarlos, a decidir qué empaqueto para Girona, a casa de mis suegros, primero, y Barcelona, más adelante, cuando vivamos en un piso algo más grande. Decido sobre la marcha que no me llevaré ningún Geyper-Man para adornar nuestro piso: están demasiado mal conservados, y no harían más que acumular polvo. 
De esta manera tan pragmática zanjo la duda eterna, que duraba ya nueve años, acerca de qué hacer con mis Geyper-Man cuando me reencontrara con ellos.
Nada que ver con Toy Story, como veis. Recuperar la infancia está muy bien, pero solo si puedes permitírtelo. Y, qué coño, mi infancia no fue nada del otro jueves. Estoy mejor ahora.
Aprovecho la tarde para hacer cajas.
Durante varias horas los juguetes vuelven a su territorio natural: el suelo de parquet del piso de mi madre. El lugar donde jugué con ellos durante tantos años. Donde organicé auténticas batallas desiguales entre soldaditos de plástico, clicks de Famóbil, Airgam-Boys, Geyper-Man y coches de época.
Los dejo solos mientras me dedico a hacer cajas para guardar mis libros. Ellos se confían y, como creen que nadie los ve, cobran vida en el salón de casa, donde mi madre pasaba las horas dormitando y recibiendo visitas con las que a veces podía comunicarse y, a veces, no. En el lugar donde antaño estuvo el despacho donde pasaba consulta mi padre, el lugar prohibido, y que, cuando mi hermana se casó y se fue de casa, unimos a su dormitorio para formar un salón espacioso y todo lo iluminado que se podía estar en un primer piso. El lugar donde mi abuela pasó sus últimos años, siempre haciendo ganchillo. El lugar donde me paso una tarde haciendo cajas.
Durante varias horas campan a sus anchas, dueños de nuevo del territorio que les perteneció durante toda mi infancia y (reconozcámoslo) el inicio de mi adolecencia. Creen que no los veo, y por eso se mueven a su antojo. Pero sí los estoy viendo, y les saco fotos, aunque fingen que son unos seres inanimados, cosas de plástico, kippel emocional, y contienen la respiración mientras los catalogo y fotografío.
Estos son los restos del circo de los Airgam-Boys, otro regalo de Reyes. El circo de los Airgam-Boys era una puñetera pasada, y ahora cabe en apenas una bolsita de plástico. Tiro al contenedor la cuerda floja y los trapecios, porque no tiene ningún sentido conservarlos. De nuevo, me estoy cargando mi infancia a golpes de pragmatismo.
Si os fijáis, hay algún click blanco. Los médicos, pacientes y enfermeros del hospital de los Famóbil, reconvertidos en niños espectadores del circo de los Airgam-Boys. Era una solución lógica, dada la diferencia de tamaño entre Airgam-Boys y clicks, ¿no?
Pero había más Airgam-Boys. También tenía los astronautas (el friqui cienciaficionero comenzaba a aflorar), que venían con extraterrestres incorporados; uno es reptiliano; otro, robótico. No sé qué pasó con el tercero, ni recuerdo cómo era. La click enfermera ha conseguido salir del cuarto de baño y se encamina al encuentro de sus compañeros juguetes, a los que no ve desde hace más de un lustro, para que sus destinos queden unidos a partir de ahora. 

Pero vienen refuerzos por vía aérea. Ante mí aterriza, de manera impecable, un soldado paracaidista. Tiene mérito, ya que perdió el paracaidas hace muchos años. Apenas era un plástico (por lo que sé, podría haber sido una bolsa de la compra). Trato de aferrarlo, de evocar esas mañanas en el parque de Eva Perón o en lo que ahora se llama jardín de Gregorio Ordóñez (en Príncipe de Vergara con Juan Bravo), pero se hace añicos ante mis propios ojos. El plástico puede no ser biodegradable, pero es quebradizo y, pasados unos años, se rompe, como todo lo viejo.
Con gran dolor de mi corazón, el soldado paracaidista acaba en el contenedor de basura. No puedo salvarlo en el Arca de Juanma. Su gesto, impasible, desprende grandeza y aceptación: comprendió desde el principio cuál es su destino, y no me lo reprocha.
A su funeral acuden todos los coches de época, con las capotas arregladas para la ocasión. Dejan atrás sus luchas de bandas de la mafia y la Ley Seca, sus felices años veinte, sus incursiones de crápula por la Costa Azul francesa, y acuden en comitiva, perfectamente coreografiados, y dirigidos por un Asurancetúrix que no sé muy bien qué pinta allí (no recuerdo que fuera mío).
Tal vez con intención de vengar a su soldado Gulliver y paracaidista, el resto de los soldados de plástico emergen, propulsándose de tal manera que el bote de cristal que los contiene ruede y ruede hasta acercarse a él: quieren despedirse y honrarlo, tal vez con honores militares. Los soldaditos grises eran de la Guerra de Secesión, pero también del ejército alemán. Los amarillos eran del ejército italiano. Los verdes, del de los Estados Unidos. Los azules, la Legión Extranjera del ejército francés. A veces los ponían en fila y jugaba con ellos a la vuelta ciclista. Sí, allá por 1981 o 1982 no jugaba con ellos a batallas cruentas en las que se decidía el destino de la humanidad, ucronías de andar por casa en las que los aliados hacían el tonto en Montecassino y Anzio, y le daban algo de vidilla al Eje. Mis soldaditos eran Bernard Hinault, Juan Fernández, Giuseppe Saronni, Francesco Moser o Silvano Contini, y, como si fueran una carrera de chapas, avanzaban por el salón en busca de la maglia rosa o el maillot amarillo.  
Compraba esos soldaditos en un puesto de pipas que había en Conde de Peñalver con Diego de león, en la puerta del Hospital de la Princesa, los sábados por la tarde, cuando iba al Hogar de la OJE (otro día hablaré de aquella etapa de mi vida), que estaba en la entrada de la avenida de América, cerca del edificio de la UGT.
No encuentro a mi favorito, un guerrero indio de color naranja que iba montado a horcajadas de un caballo que se perdió en algún momento.
O tal vez creció, y mutó en un Geyper-Man de porte gallardo, mi favorito de entre todos los Geyper-Man.
De todos, excepto de uno.
De Mikimoto.
No sé por qué lo llamé Mikimoto, ya que este Geyper-Man era negro como el tizón. Era mi Woody y mi Buzz Lightyear, todo en uno. Iba con él a todas partes, y debe de ser el único juguete con el que quise hacerme una foto. 
Supongo que la terminación en "Moto" me evocó unas raíces africanas, ecuatoguineanas o algo así, y formé ese nombre, que en otras circunstancias le habría adjudicado a algún hipotético Geyper-Man japonés, o locutor televisivo.
Supongo también que la gracia de Mikimoto estribaba en que era negro. En aquella época había Geyper-Man negros, pero dejaron de fabricarlos, no sé por qué motivo (tal vez vendían pocas copias, o acaso los niños españoles de la Transición estábamos por la supremacía aria de los Geyper-Man, y no lo sabíamos). Su uniforme era como de miembro de la Résistance, o fugitivo de película en plan La gran evasión (que me encantaba, porque salía Steve McQueen --qué disgusto me llevé cuando se murió--, y por la coletilla con la que lo mandaban al calabozo siempre que lo trincaban: "¡Neverrrrra!"). Jugué mucho con él, y me llevé uno de los grandes disgustos de mi vida cuando se me rompió, descoyuntado, mientras jugaba con Marina, la hija de Carmen, una de nuestras asistentas, a la que a veces llevaban a casa cuando su madre no tenía con quien dejarla. Como éramos más o menos de la misma edad, se suponía que teníamos que llevarnos bien y jugar, pero, por un lado, yo era un tímido patológico con las mujeres (aunque tuvieran siete años) y, por otro, no quería compartir a Mikimoto con nadie más; de hecho, cabe preguntarse si no sería algún espíritu maligno que me tenía hechizado, tal era la fascinación que aquel Geyper-Man ejercía sobre mí.
En cualquier caso, Mikimoto era un juguete rígido, su tórax y abdomen eran una pieza unida a presión con las caderas y piernas, y no se podía estirar mucho, ni doblar.
Saltó hecho pedazos. 
Ni siquiera recuerdo si fue cosa de Marina, o si lo hice yo.
El caso es que me llevé uno de los berrinches de mi vida, y tuvimos que tirar a Mikimoto.
A finales de los años setenta no había ninguna sensibilidad por los discapacitados físicos y tullidos. Si esto hubiera sucedido más tarde, habríamos rescatado a Mikimoto de su amputación traumática, aunque fuera como busto parlante a lo Futurama, o con alguna prótesis de plástico, como la del Geyper-Man moreno y tiñoso que solía hacer de oficial nazi, o atado a un carrito de ruedas, como el mendigo de Los olvidados, de Luis Buñuel.
Pero los años setenta eran así de crueles, insensibles y darwinianos, y Mikimoto se fue a la basura.
Supongo que mi madre me regaló algún otro Geyper-Man, para reparar la pérdida. Pero claro, ya sería un Geyper-Man blanco, porque ya no los fabricaban negros.
Y, peor aún, en algún momento alguien debió de quejarse de la exuberante sexualidad que destilaban los Geyper-Man, con sus vergüenzas planas al aire (pésimo ejemplo para un niño que prácticamente no tuvo trato con chicas desde los seis hasta los quince años), y en algún momento se las taparon con unos slips dignos de anuncio de Abanderado que, a decir verdad, creo que agravaban el problema, ya que dejaban de mostrar aquella alegoría de partes íntimas, cierto, pero al precio de hacer que los Geyper-Man de los años ochenta marcaran paquete de la manera más obscena. 
Me los imagino volviendo a la vida, como en Toy Story, dar con el paradero de las Cindy y Nancy de mi hermana, hacer algo más que buenas migas con ellas y, a la hora de la verdad, no poder consumar su amor porque lo único que tienen es una puta hendidura en dos dimensiones, un remedo de bolsa escrotal apisonada, e inútil para plasmar su virilidad. Por lo menos, los Geyper-Man de los slips están palotes de manera permanente y, lógicamente, se llevan de calle a las muñecas de mi hermana.
Visto en perspectiva, creo que los que nos criamos con estos juguetes salimos demasiado normales, dadas las circunstancias. Todos hemos tenido más de Sid que de Andy, me temo.
Si Mikimoto hubiera vivido cinco años podría haber acompañado a sus amigos discapacitados, ya que el hecho de carecer de piernas o brazos no habría sido ningún lastre, ningún motivo para tirarlo a la basura como si fuera un trozo de plástico roto. Que, por otra parte, es lo que era.
No me preguntéis por qué, pero he indultado a estos Geyper-Man, a pesar de que es evidente que no están para los trotes, desnudos y tullidos, expuestos al escarnio público.
Dicho esto, mi Geyper-Man favorito era el indio. El Gran Jefe indio, habría que añadir.
Durante muchos años estuvo oculto en el armario metálico de la terraza, pero era mi primera opción para traérmelo a Barcelona en caso de que algún día me diera por abrir aquel armario de Pandora y desenterrar mi pasado. Sería el Geyper-Man con el que adornaría mi habitación de piso compartido. De hecho, mientras estaba almacenado en el armario, su lanza, su sempiterna lanza, deambulaba libre por el piso de mi madre, junto con una cantimplora, creo recordar que del Geyper-Man de la Résistance, el mismo uniforme que había llevado Mikimoto. 
El kippel nunca tuvo fin.
Así pues, los cuatro Geyper-Man en mejor estado de conservación se reúnen, al aire libre por primera vez en muchos años, para hablar de sus cosas y trazar planes de acción encaminados a huir de su encierro, buscando a su Andy, conscientes de que lo tienen apenas a un par de metros, haciendo cajas con libros, concientes de que lo han perdido, y de que el único gesto de deferencia que les espera por mi parte es un cartel de "Frágil" en la caja en la que voy a facturarlos para casa de los padres de Cristina. Hay momentos en que casi parecen los Village People.

Pero sería injusto centrarnos en el jefe indio. También estaba el cadete de West Point, con el que soñé durante mucho tiempo, y que tanto me alegró recibir como regalo, supongo que de Reyes. 
Mi madre me regalaba un click si lo aprobaba todo y, como aquello era lo más habitual, salía a razón de cinco clicks por curso: uno por evaluación. Mientras tuve edad de jugar con clicks solo debí de dejar de recibirlo en una ocasión, en segundo de EGB, ya que me suspendieron una evaluación de Lengua porque mi letra era un puto infierno. Después, hasta Matemáticas de sexto o Física de séptimo, con el inefable señor Mejías, no volví a suspender nada, lo cual se tradujo en que recibí muchos clicks y algún Airgam-Boy.
No recuerdo cuándo me regalaban los Geyper-Man. Tal vez por Reyes, tal vez por mi cumpleaños, tal vez a final de curso.
El cadete de West Point molaba, pero no tanto como el de la Policía Montada del Canadá, tal vez porque... venía con caballo incorporado.
O sea, no es que viniera con caballo incorporado: es que, además, me regalaron un caballo de los Geyper-Man.
Que, por increíble que pudiera parecer, aún se tenía en pie. Con una articulación un poco chunga, pero que no obstante le permite mantener un equilibrio precario.
Los arreos están muy echados a perder, así que el Geyper-Man de la Policía Montada del Canadá decide montar a pelo, como tiene que ser, y viene y va por el salón y el comedor, supervisando a todos los juguetes. 
El plan de fuga ya ha madurado, y solo tiene que esperar la orden precisa del gran jefe indio. Entonces se abatirán sobre mi hermana, Cristina y yo, nos inmovilizarán y, por último, huirán hacia un lugar donde puedan cabalgar libres, pues saben que su libertad tiene los minutos contados, el tiempo que tarde en terminar las cajas con los libros y ponerme con las de los juguetes.
Pero ya estoy harto de hacer cajas con libros, mi hermana se va, esperamos a mi prima para cenar, y me han entrado las prisas: lo que no acabe de empaquetar ahora tendrá que esperarse a mediados de enero, y no quiero dejar desordenado el piso de mi madre, quiero dejar todas las cajas bien amontonadas e identificadas. 
Así pues, la operación de comando queda desarticulada en apenas unos segundos, los que tardo en montar la caja, comprobar que no se desfonda, cerrar la parte inferior con cinta aislante para mayor seguridad, y guardar todos los Geyper-Man, el caballo, la caja con su ropa, los miembros amputados y, creo recordar, una tienda de campaña que no sé si seguirá valiendo de algo, porque tal vez le falte algún componente. Cierro la caja, no sin antes haber puesto el cartel de "Frágil", y la convierto en un número de inventario más, para constancia de los transportistas y de mis suegros. 
En esto queda el momento con el que llevaba soñando nueve años, el del ansiado reencuentro entre Andy y Woddy: en una caja hecha a toda prisa, algunas fotos de teléfono móvil, y una entrada en un blog, aprovechando que hoy es noche de Reyes y celebro que hace más de un cuarto de lustro que no me traen juguetes (los Reyes Magos, se entiende; otra cosa son mis amigos, que sí me los siguen regalando... Los friquis somos así).
¿Hay un amigo en mí? Sí, pero no puede llevarse a Woody ni a Buzz. Le ha encantado verlos por un momento, y dejarlos que se aireen, pero estaba pendiente de otras cosas, con otras preocupaciones en la cabeza. Woody y Buzz, el gran jefe indio y la click enfermera, lo saben, porque son sabios, pero no pueden hacer nada por evitarlo, y aceptan su destino, que es, a la manera del final de una película de Pixar, un lugar mejor para ellos, menos encajonado, con más amiguitos (toooodo un garaje) y lugares nuevos donde jugar y explorar. En el lugar adonde van, mis juguetes no estarán expuestos a las inclemencias de una terraza de un primer piso ubicado en un patio interior de la fría Madrid. Por el contrario, dispondrán de más espacio del que han disfrutado nunca. Podrán salir al garaje y cabalgar entre coches y aparejos de carpintería, entre las cajas con la ropa que utilizamos para ir al monte a coger setas y las cubas donde mi suegro deja fermentar su cerveza casera, entre las cajas donde se amontonan mis libros y las cajas donde se amontonan las cosas de Cristina. Tal vez, en algún momento, se aventuren escaleras arriba, para reconocer la casa de mis suegros, y asusten a los tres canarios que quedan (Leo nos dejó el mes pasado: ocho años, para un canario, son muchos años), o hagan cadena para regar los geranios que nos hemos llevado del piso de mi madre, y que a ellos les resultarán familiares, ya que era lo primero que veían cuando salían a escondidas de su confinamiento en el armario metálico de la terraza.
Creo que el cambio es a mejor. Tal vez tarden muchos años en salir de allí, o tal vez unos meses. En todo caso, les espera un largo viaje, y luego, un mundo nuevo y mucho más espacioso, una pradera de hormigón donde podrán enarbolar lanzas y espadas al son de alguna canción de Randy Newman, y cabalgar sin miedo, recordando unos días que fueron mejores, porque podíamos jugar juntos.
Pero hoy, durante esta noche de Reyes, el piso de mi madre será de ellos, y solo de ellos, y podrán salir y ver cómo ha cambiado durante todos estos años, y recordarán el día en que llegaron a ese piso del que todavía no han salido y que, durante un mes, les pertenece en exclusiva. Son sus guardianes, como la click enfermera lo fue del cuarto de baño, y han demostrado ser muy buenos en la tarea. Dejémosles, pues, que asuman el mando durante esta noche, su noche, la noche de los juguetes y los sueños de infancia.

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3 Comments:

Blogger Cristina said...

Estás fatal XDDDDD

Espero qeu Caminito los disfrute mucho ;)

5 de enero de 2012, 13:50  
Blogger Juanma said...

O los remate, si sale a su papá en lo manazas. :-P

5 de enero de 2012, 13:56  
Blogger David said...

Leyendo el post casi se me escapa una lagrimilla. Y por dentro revivía y hacia mio tus momentos como si los hubiese vivido yo. Me hubiese gustado tener un momento así. Pero mi infancia nómada no me lo permitió. Pero tengo alma d nostálgico y ahora después de tanto tiempo me dedico a recuperar todos aquellos momentos todos esos recuerdos , En forma de juguetes o relojes o cualquier cosa que evoque aquella época que no volverá y así sentirme un poco mas cerca de aquel niño que tan atrás a quedado y que sigue vivo en mi disfrazo de adulto.

22 de enero de 2015, 17:00  

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