lunes, 28 de septiembre de 2009

Momentos estelares de Facebook (31)

Juanma Santiago comienza la semana a lo bestia: no ha tenido un momento Magneto sino DOS. El primero, en un cajero automático, que ha conseguido atascar (con la tarjeta dentro, todo hay que decirlo). El segundo, en una oficina bancaria: ha dejado a toda la entidad sin red durante toda la mañana.

03 de agosto a las 16:52 ·

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jueves, 9 de octubre de 2008

El Efecto Ragle Gumm

Que el ascensor de mi casa funciona como le da la gana no es ningún secreto a estas alturas: para bien o para mal, estoy marcado por un incómodo incidente que se produjo hace dos Navidades. Por suerte, lo han medio arreglado (i.e.: ya sólo está jodido una de cada cinco veces que lo utilizo) y está equipado con toda suerte de artilugios encaminados a garantizar la seguridad y rápida evacuación en caso de que vuelva a quedarme tirado en él: el interfono funciona correctamente, y la última vez que se escaralló conmigo dentro, el ascensor no tardó ni dos minutos en arrancar.
En otra ocasión fue más chungo: Cristina y yo nos quedamos colgados en el ascensor con el vecino del segundo. Por suerte, el hombre trabaja como conserje, está acostumbrado a estas situaciones y mantuvo la calma en todo momento. Todo fue tan tonto como que, de manera automática, pulsé el botón del cuarto piso, sin reparar en el hecho de que él se bajaría antes. Una vez en el cuarto, pulsé el del segundo, para que él bajara antes que nosotros... y entonces nos quedamos tirados entre dos pisos. No obstante, el pánico no duró ni medio minuto: bajamos a la planta baja, una vez allí abrimos la puerta, la volvimos a cerrar, subimos de nuevo, y todo fue bien. Lo peor del lance fue la sensación de que hubiéramos tardado menos tiempo de haber subido por las escaleras.
Pero el ascensor es como es, al parecer mi condición de Magneto le afecta y no deja de ser un ascensor de un inmueble de más de cuarenta años que no está muy bien conservado. Por más que medio funcione, ya nunca se escapará a la primera parte de la definición: medio. Es un enfermo crónico con salud de hierro. Está en las últimas de manera permanente.
La primera vez que me ocurrió lo atribuí a un error mío. La segunda, me acordé de Tiempo desarticulado, de Philip K. Dick. La tercera, ayer, me convenció de que el ascensor está como le sale de los cojones, que a lo mejor el problema es mío y que ni la primera ni la segunda ocasiones habían tenido nada de casual ni de dickiano. No obstante, como explicarlo así es tirando a soso, durante los últimos dos meses me he decantado por la interpretación dickiana, que tiene más chicha.
¿Habéis leído Tiempo desarticulado, de Philip K. Dick? La pregunta es retórica: si sois friquis, lo más probable es que sí, y si no lo sois, lo más probable es que no. El caso es que trata de Ragle Gumm, un señor que tiene una forma de vida muy peculiar: todas sus ganancias salen del hecho de que, día tras día, gana un concurso del periódico: "¿Dónde estará la próxima vez el hombrecillo verde?". Todos los días lo gana. Como es lógico (y, mucho más, en una novela de Dick), llega un momento en el que se pregunta qué coño está pasando, hasta que descubre toda la verdad. Como tampoco quiero joderos la novela a quienes no la habéis leído (es de las mejores del autor, lo cual es tanto como decir de las mejores de la ciencia ficción), baste decir que su idea central es la misma que la de El show de Truman, y no porque lo diga yo: existe consenso al respecto. Claro está que hablo de la idea central, no del argumento. Y otro detallito: la parte paranoica de Una mente maravillosa (sí, cuando Russell Crowe lo flipa en colorines con la que están liando los Hombres del Gobierno en la casita de su jardín) está casi, casi, extraida del espíritu (que no la letra) de Tiempo desarticulado.
Pues bien. Como en toda novela de Dick, la cosa va de lo siguiente: la realidad no es lo que parece. En el caso de Ragle Gumm, el protagonista que se gana la vida resolviendo el "pasatiempos del periódico", hay algún detalle que le pone sobre aviso y le va haciendo darse cuenta de que no vive en el mundo real tal como lo conocemos. Uno de ellos, el más conocido, es un periódico en el que aparece Marilyn Monroe, que no es famosa en su mundo. ¿De dónde ha salido ese periódico? El otro, menos espectacular (por carecer del guiño al lector que supone introducir a un famoso en una trama), me llegó al fondo del alma, y lo recordé el otro día, recién bajado de mi díscolo ascensor. Ragle va al cuarto de baño e intenta tirar del cordón con el que se enciende la lámpara que ilumina el espejo; pero allí no hay ningún cordón. Después de mirar un poco, descubre un enchufe, con el que enciende la luz del cuarto de baño. No obstante, se queda con el mosqueo a cuestas: "¿Por qué narices habré hecho eso?", parece pensar Ragle Gumm. "que este cuarto de baño no tiene cordón, sino un enchufe. ¿A qué se debe, pues, lo que he hecho?" Evidentemente, se trata de un déjávu de lo que nosotros, lectores, y Dick, autor, consideraríamos la realidad, el mundo real, el mundo intersubjetivo o como queráis llamarlo.
La vida cotidiana está llena de momentos como éste. En ocasiones abrís la nevera buscando los huevos de manera automática, y sacáis la leche. Este error no debería tener nada de particular en un mundo euclidiano y no-dickiano, porque normalmente se debe a causas explicables: no hace mucho tiempo que cambiaste la distribución de la nevera y aún no te has acostumbrado a ella..., en realidad estás buscando los huevos en el estante en el que los guardan en la nevera de casa de tus padres..., tu inconsciente te ha jugado una mala pasada porque en el momento de buscar los huevos estabas pensando en un vaso de leche..., te perdiste el capítulo de Barrio Sésamo en el que Coco explicaba la diferencia entre huevos y leche... Cualquier cosa, pero explicable.
En otras ocasiones, la situación es tan cómica, ridícula, angustiosa o surrealista que te niegas a aceptar explicaciones razonables y acudes al pensamiento mágico o, si eres un friqui, a los referentes literarios, cinematográficos o comiqueros. Ya están los putos duendecillos cambiándome las cosas de sitio..., ya salió el alemán ése cuyo nombre no recuerdo..., el Gobierno ha conseguido cambiarme de manera inadvertida las dosis de antipsicóticos que introduce en el agua mineral y socava la pureza de mis fluidos corporales..., mi mujer o mis compañeros de piso me están haciendo luz de gas para encerrarme en un manicomio y de este modo poder quedarse con todos mis Nueva Dimensión..., esto mismito lo leí hace unos cuantos años en Tiempo desarticulado..., Magneto contraataca...
Por algún motivo, no atribuí la última cantada de mi ascensor al Efecto Magneto (del que ya he dado sobradas muestras en numerosas ocasiones), sino al Efecto Ragle Gumm.
La primera vez no tuvo nada de particular. Me subí al ascensor, cuando bajé vi que no estaba en mi planta, me llamó la atención y bajé los dos pisos por las escaleras, no fuera a ser que el ascensor siguiera haciendo cosas raras.
La segunda vez fui consciente de ello, y me asusté, porque la puesta en escena fue dickiana. Subo al ascensor, pulso el botón del cuarto piso (o creo que lo hago), abro la puerta del ascensor, saco la llave, intento introducirla y... nada, que no entra. Ahorraos la metáfora sexual. En ese momento entro en ataque de pánico. "Mierda, pero si pagamos el alquiler y las pedorras de la inmobiliaria llevan tiempo sin darnos el coñazo", es mi primer pensamiento. "Ya está, algún ex compañero de piso la ha liado, ha aprovechado que todavía tiene llaves para entrar y éstos han cambiado la cerradura de un día para otro", es mi segundo pensamiento.
Hasta aquí, la fase racional.
Pero miro a la derecha de la puerta y en el descansillo hay un tiesto monísimo, y hay demasiada luz. Aquí entra en funcionamiento el pensamiento mágico. "Hostia puta, las pastillas", o bien: "¿A que estamos en el año 2012, hace tres años que me fui del piso de Arizala, acabo de salir de un episodio de amnesia y no tengo ni puta idea de por qué coño he vuelto a mi ex piso, en el que ya ni siquiera viven Emmanuel y Wendy, en vez de ir a buscar al niño a la guardería?".
Por último, miras encima de la puerta y ves un insultante letrerito que señala que estás en el sexto piso, y no en el cuarto, tu piso. Y aquí entra en funcionamiento el Efecto Ragle Gumm: "¡Esto pasaba en Tiempo desarticulado! ¿Qué habrá querido decirme mi subconsciente? ¿A qué se ha debido este déjávu? ¿Quién soy en realidad, y por qué he pulsado el botón del sexto piso, cuando quería pulsar el del cuarto, y no tengo nada que ver con nada ni nadie que esté en un sexto piso?".
La paranoia sigue su curso mientras bajo las escaleras, deseando que ningún vecino me salga al encuentro. (El del quinto es realmente desagradable, el tipo que te da la espalda en el portal y, si dejas la ventana abierta por las noches, te grita porque no lo dejas dormir, con lindezas del tipo "¡Yonquis de mierda! ¡Sudacas de los cojones! ¡Ya está bien de hacer ruido!") Y, una vez en casa, te distraes con la última caída de la red o con la última emergencia casera a la que hay que hacer frente (lavadora rota, comienzo de cásting o lo que sea).
El problema, y la solución, llegaron ayer por la tarde. Subo al ascensor, pulso el botón correspondiente al cuarto piso y, cuando calculo que debo de estar llegando, me dispongo a salir. No obstante, el ascensor pasa de largo. Ya se acerca al quinto piso. En ese momento, miro al pilotito, y, como me temía, la luz que está encendida es la del cuarto piso. Con esto descarto el Efecto Ragle Gumm y el mero despiste. El ascensor pasa de largo por el quinto piso, y ya sé adónde me voy a dirigir. En efecto, se detiene en el sexto. Si esto fuera un cuento de Santi Eximeno, está claro qué es lo que no debería hacer y, sin embargo, haría: llamar al timbre, y que ocurriera lo que Poe y Lovecraft quisieran, porque no dejaría de ser mi (chungo y sangriento) destino. No obstante, bajo las escaleras hasta la cuarta planta. Acabo de comprobar la realidad: que el Efecto Ragle Gumm no deja de ser una ficción calenturienta propia de lectores de Philip K. Dick, y que la única certeza que tengo es que el universo está sometido a realidades mucho más aterradoras: el puto ascensor vuelve a estar en las últimas (como tantas otras cosas en la calle Arizala) y, como no podía ser menos, Magneto contraataca.

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Vilmente hackeado

Como llevo toda la mañana recibiendo llamadas y mensajes (gracias, gracias de veras), aprovecho para comentarlo en abierto: algún pedazo de hijo de la grandísima puta (y aquí le pido perdón a todo el gremio de la prostitución) me ha robado la agenda de contactos del Hotmail.
¿Qué significa esto? No tengo ni puñetera idea. A efectos prácticos, esto se traduce en que tooodos mis contactos de la dirección de Hotmail han recibido un mensaje en inglés intentando vender no sé qué hostias, y que el remitente de esa dirección os va a estar jodiendo con su spam a no ser que bloqueéis mi dirección de Hotmail, cosa que os invito a hacer, porque después de este asunto la voy a cerrar igualmente.
Mirándolo por el lado bueno, ya no tengo que preocuparme por cómo se borra el molesto Windows Messenger, que se me encendía automáticamente cada vez que iniciaba sesión: como ya no hay contactos, me da lo mismo, nadie me abre ventana. Si ocurriera, sería un momento Tyler Durden francamente desconcertante, pero no creo que llegue a suceder.
Lo dicho, que hagáis caso omiso a cualquier mensaje procedente de mi cuenta de Hotmail, la borréis de la manera más hiriente y humillante de vuestra agenda de contactos y, en breve, ya os enviaré privados (con copia de carbono oculta, faltaría más) con la nueva dirección de Hotmail.

Hasta aquí, el berrinche y el mecagontó. Ahora, lo serio.
¿Os ha sucedido esto alguna vez? ¿Tengo motivos para preocuparme? No parece que me haya entrado ningún virus (uso Firefox y el antivirus que tengo en mi ordenador es apañao), pero yo qué sé. El motivo se agrava por el hecho de que he utilizado otros equipos para conectarme, y no sé si los he expuesto a virus y cosas chungas. ¿Me entenderéis si os mando a tomar viento la próxima vez que reciba un email vuestro, con todas las direcciones de sus destinatarios bien visibles, advirtiendo del peligro de que Hotmail cierre, de que fusilen al bueno de Chu-Li en su remota aldea del Shangri-La ocupado por los pérfidos chinos o de lo que me puede pasar (esto, por ejemplo) si no le reenvío un Powerpoint de buen rollo y con florecitas y música de niu eich a todos mis contactos?
Pues eso. Qué coñazo, por favor. Yo sólo quería ser vuestro amigüito.
De nuevo, muchas gracias a quienes me habéis avisado. Y mis disculpas a quienes hayáis padecido en silencio este artero ataque.

Juanmagneto.

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miércoles, 6 de agosto de 2008

Pros y contras

Cada uno de nuestros actos tiene su lado bueno y su lado malo. Polaridad, multiperspectivismo, yin-yang, acción-reacción... Llamadlo como queráis.
Ser autónomo es un coñazo cuando no te queda otra que trabajar en agosto y, además, no puedes contar para vivir con el dinero que realmente ganas, sino que tienes que deducirle la cuota de la seguridad social y los gastos de gestor. Es decir, para seguir siendo un mileurista necesito ganar 1.300 euros al mes. Lo cual me obliga a trabajar más.
Por contra, no tienes jefe, puedes poner la música que te apetece (iba a poner "a toda hostia", pero tampoco es eso: si no, no me concentro) y, para mí mucho más importante en días de canícula como los que estamos viviendo, puedes trabajar en bermudas y sin camiseta. Total, nadie te está viendo, y quedas la mar de interesante si dices que sueles trabajar semidesnudo. (En invierno ya será otra cosa; pero, de momento, a disfrutar.)

Ser Juanmagneto tiene grandes inconvenientes. Te cargas cosas y objetos. Desmagnetizas redes informáticas. Fundes relojes.
Pero también tiene ventajas. Sin ir más lejos, y casi coincidiendo con que la semana pasada me cargué mi reloj digital de pulsera de toda la vida, el otro día Cristina me regaló un magnífico reloj Citizen de titanio, con cristal de zafiro y, agarraos, sin pilas: la criatura es solar. No hace gasto, ni se rompe. Es a prueba de Juanmagnetos. Y precioso, además. ¡Graciaaaas!
Por otro lado, pone demasiado elevado el listón de Juanmagneto. Porque, vamos a ver, si hasta ahora me he cargado relojes y redes de cajeros automáticos por el mero hecho de entrar en interacción con ellos, ¿alguien duda de que, al tener un reloj solar, mi próximo objetivo va a ser nada menos que el Astro Rey?
Yo que vosotros iría mirando el cielo todos los días. Si notáis algo raro en el Sol (aumento de las tormentas solares, brusco descenso de temperaturas, que amanezca por Poniente, entrada súbita e inexplicable en fase de nova...), a lo mejor es cosa mía. Yo aviso.

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miércoles, 30 de julio de 2008

La magnetosfera contra Juanma

Confirmado: los cinturones de Van Allen no los produce el magnetismo terrestre, sino yo en persona.
Es cosa sabida que mi puesto de trabajo natural no es el de reparador de electrodomésticos, precisamente. En Gigamesh me llamaban Magneto (y Álex sigue haciendo), debido a mi singular habilidad para cargarme el equipo de la empresa. No es que me lo cargara-cargara, pero ya me entendéis: ordenadores que de pronto enlentecen su marcha cuando me acerco a menos de un metro, cafeteras Nespresso que empiezan a fallar y al no coger bien la pastilla sólo producen aguachirri, aire acondicionado que comienza a hacer aguas por todos lados o a soltar una nubecilla tóxica...
En casa, el asunto no va mucho mejor. Son legendarios (que diría Barney) mis problemas con mi ordenador portátil y mi conexión a Internet, que no va ni a hostias (literalmente) y, por decirlo de una manera suave, hay días en los que pierdo más tiempo mentándole a la madre a mi ADSL que utilizando mi ordenador con fines laborales.
De mi ascensor, mejor ni hablamos.
La situación no es mucho mejor en mis relaciones con la Administración. Bueno, mis relaciones con la Administración son como las de cualquier otro: sólo nos vemos por asuntos de dinero. Pero tenemos que vernos. La última fue durante el segundo trimestre. Me acababa de hacer autónomo, y dos de mis clientes principales me exigían un certificado de subcontratista, sin el cual no podía enviarles facturas. Era, por tanto, una condición sine qua non. Mientras esperaba la llegada de los certificados, prácticamente estaba trabajando por la cara, porque no podía emitir facturas.
Así que el primer día de actividad, justo cuando me acababa de dar de alta en IAE, encargué los certificados de marras.
A las dos semanas me llegaron sendas negativas: yo no constaba como dado de alta en IAE.
Viaje a Hacienda. Me explicaron que las altas tardan un par de días en subir al ordenador central de Hacienda; lo más probable es que en mi oficina vieran mi solicitud, buscaran mis datos y, al no verlos, consideraran que yo no estaba dado de alta en IAE y, por lo tanto, decidieran denegarme la solicitud.
Es lógico. Me volvieron a tramitar las solicitudes. Y, en vista de que tardaba un montonazo en llegarme la respuesta, el primer trimestre de 2008 sólo emití una factura, a un cliente que no me exigía certificado de subcontratista. Por un importe de 300 euros; es decir, lo justo para recuperar mi cuota de la Seguridad Social y mis gastos de gestoría. Empezaba bien como autónomo.
Después de esperar cuatro semanas exactas (el primer certificado tardó un par de semanas), a finales de abril me llegaron sendos certificados. Denegaciones, ambas.
Agarré el cabreo del siglo y volví a Hacienda. Allí comprobaron mis datos y no encontraron nada extraño, pero, por si acaso, volvieron a darme de alta en IAE y me recomendaron, eso sí, que tardara un par de días en volver para pedir los certificados, pues de lo contrario me exponía a que me sucediera lo mismo que la primera vez.
Les hice caso. Regresé un par de días después, solicité los certificados y volví a esperar.
Cuatro semanas, de nuevo.
Me llegaron los certificados. No podían ser negativos, porque lo había hecho todo bien. Y yo ya estaba empezando a tener problemas con los dos clientes que me los solicitaban (con unos, porque el retraso les había producido un descuadre contable de la leche; y con otros, porque estaban a punto de cerrar el proyecto y me arriesgaba a que no me pagaran). De camino, le pregunté a la funcionaria de Correos cómo era posible que un certificado urgente tardara cuatro semanas en llegar a destino, no una sino dos veces; por supuesto, le echó la culpa a Hacienda.
Así pues, abrí los sobres y me encontré con que... efectivamente... los certificados eran... denegatorios.
Berrinche. Tentativa de borrarme de autónomos. Cristina parándome los pies. Se me estaba pasando mi segundo trimestre de actividad, y no sólo no había facturado ni un duro, sino que podía decirse que llevaba unos cuantos meses trabajando por la cara y, lo que es peor, me arriesgaba a que uno de mis clientes ni siquiera me pagara.
Vuelta a Hacienda. Les conté mi caso, y no entendían nada. Mis datos constaban en el ordenador central. Todo estaba en orden. No entendían cómo podía haber ocurrido aquello. Ni siquiera perdieron la compostura cuando les solicité un impreso para hacer una queja formal; en vez de hacerme caso, me pidieron que mantuviera la calma e hicieron lo único que se puede hacer cuando Juanmagneto está bloqueando toda la red informática de Hacienda: introducir los cambios a mano. En efecto, amiguitos: si conseguí los certificados de marras y ya he cobrado esas colaboraciones (con lo que estoy dentro de la ley) se debió a que una funcionaria tuvo la feliz idea de "engañar" al ordenador central de Hacienda y abrir un desplegable en el que figuraban mis datos como aceptados. Hecha esa trampa, pude obtener la firma del director de la oficina de Hacienda, con lo que conseguí mis certificados, aquel mismo día.
Por una vez, la inteligencia humana (y funcionarial, valga el oxímoron) consiguió desactivar mis tropelías magnéticas.
En vez de quedarse aquí la cosa, ha ido a más. No sé si es el verano, si soy yo, que estoy demasiado estresado porque no paro de trabajar, o qué, pero el caso es que a lo largo del mes de julio he tenido los siguientes percances electromagnéticos:
-A primeros de mes conseguí joder la red de cajeros de Caja Madrid. Necesitaba sacar dinero, ese mismo día, y el cajero me empezó a escupir la tarjeta con el siguiente mensaje, que nunca antes había visto: "El cajero no reconoce su tarjeta". Llevo un año igual con mi libreta, pero con no usarla y operar con tarjeta ya me va bien. Quedarme sin tarjeta ya es otra cosa. Entré en la oficina, y me ocurrió lo mismo. Total, que el empleado de la oficina tuvo que darme el dinero. Estaban teniendo problemas con los cajeros, me explicó, pero no tantos como para que los dos cajeros me rechazaran la tarjeta. Al día siguiente regresé al mismo cajero, y tuve el mismo percance. Acojonado ante la perspectiva de quedarme sin liquidez, me arriesgué a pagar con tarjeta un par de días después, y no tuve ningún problema. Pero con ese cajero volví a tener incidentes una tercera vez. Ahora ya puedo sacar dinero sin problemas, pero fue un aviso bastante chungo.
-Mi portátil se está cascando a ojos vista. Salgo a uno o dos pantallazos azules por día; de hecho, como la corrección que estoy realizando ahora es sobre papel, en cuanto actualice aprovecharé la mañana para copiar y pegar toooodo mi disco duro en el magnífico disco duro externo de 256 gigas que me regaló Cristina el año pasado. No vaya a ser que un día tenga un apagón fatal.
-La conexión a Internet va más a pedales que nunca. Por pura ley de Murphy, se suele quedar colgada justo cuando tengo que hacer un envío importante, espero un correo urgente o estoy en medio de una conversación inaplazable sobre un asunto relevante. El viernes pasado tuve la friolera de una hora de conexión durante toda la mañana. Con el agravante de que tenía que entregar un trabajo. Estuve a punto de bajarme al locutorio a terminar la corrección y enviarla al cliente. Es una opción razonable, por supuesto, pero no me vale: estoy pagando Internet en casa para tener Internet. Por primera vez en años, el berrinche dio paso a un ataque de histeria, y digamos que todavía me duele el dorso de la mano, de los puñetazos que pude llegar a dar. Lo peor fue el dolor de cabeza, que me duró un par de días. En fin, un día de furia lo tiene cualquiera.
-Esa misma tarde se me murió mi relojo digital. Vale, tiene casi veinte años (me acompaña desde la Universidad) y todos los años había que cambiarle la pila, pero el viernes, apenas un par de horas después del episodio de ira magnética descontrolada, el reloj hizo plof. Lo llevé a la relojería en la que me suelen cambiar las pilas, y el lunes por la tarde me encontré con que no pudieron hacer nada por salvarlo. Kaputt.
-Ahora el que me está empezando a hacer cosas raras es el teléfono móvil. No tiene tanto tiempo como para estar tan cascado, así que me empiezo a temer que la cosa no sea atribuible únicamente a la fatiga de los materiales. Ayer se me quedó colgado durante toda la tarde. Lo normal es que se muera, sin previo aviso ni causa aparente, una vez cada tres meses. La solución es tan simple como abrirlo, volver a colocar la tarjeta SIM o la pila (que suele haberse aflojado o soltado), y santas pascuas. Pero lo de estos días no tiene explicación: me bloquea el teclado si intento contestar una llamada, con lo que tengo que apagarlo, volver a encenderlo y efectuar yo la llamada. Imposible ajustar la hora, una vez he tenido que reiniciarlo: no puedo teclear nada, o teclea todo por duplicado. La pantalla empieza a llenarse de ceros, a un ritmo incontrolable, y tengo que apagarlo y volver a encenderlo... Llevo así dos días, aunque ahora parece que está bien.

¿Soluciones? Pues no sé. Sólo se me ocurre recurrir a métodos naturales,
pero tengo entendido que no sirven de gran cosa. Así que nada, a tranquilizarme, tomarme las cosas con menos estrés, y el magnetismo de ese enorme cinturón de Van Allen que es mi aura remitirá solo.
Por si las moscas, voy a empezar a buscar trabajo: le ofreceré mis servicios a compañías informáticas y de alta tecnología, para sabotear las instalaciones de la competencia.
O eso, o empezar a buscar gente igual que yo. Tal vez haya más de las que creo.

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