viernes, 20 de enero de 2017

Presentación de "Retrofuturo" en la librería Gigamesh: las pruebas gráficas

En la anterior entrada os convocaba para la presentación de la antología Retrofuturo. Esta tuvo lugar ayer, quedó francamente maja y aquí la tenéis.



La frase para enmarcar la pronunció Francisco J. Pérez: "La nostalgia es un cáncer cultural". Y básicamente la presentación fue de eso. Y de muchas cosas más. Ya lo veréis.

Muchas gracias a los asistentes, tanto virtuales como presenciales.


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domingo, 15 de enero de 2017

Presentación de "Retrofuturo" el 19 de enero en la librería Gigamesh

El jueves que viene, día 19 de enero de 2017, a las 19:00 horas y en la librería Gigamesh, tendrá lugar la presentación de la antología Retrofuturo. Una mirada a los años 70, seleccionada por Guillem López y editada por Cazador de Ratas. En el cartel están los datos más relevantes. La presentación se emitirá por streaming, como siempre, y luego se colgará por el canal de YouTube de la librería Gigamesh. Esa misma noche o el viernes actualizaré el blog enlazándola, no os libráis.



Si no llevo mal la cuenta, será la presentación más concurrida de las tres que se habrán celebrado hasta ese momento (Madrid, Valencia y esta de Barcelona, aunque ahora me quedo con la duda acerca de si ha habido más presentaciones), nada menos que con cinco autores de los doce que participamos; casi la mitad. Mejor: así habrá más variedad. 
Sofía Rhei (cuya Róndola va a estar en todos los listados de novelas españolas finalistas de premios especializados) nos hablará de "La máquina de los deseos", protagonizado nada menos que por la ahora muy de actualidad Angela Carter (esa edición de sus cuentos por Impedimenta es uno de los acontecimientos literarios de los últimos años). 
Colectivo Juan de Madre, responsable de El barbero y el superhéroe (uno de los títulos capitales del género en 2016, al margen de nacionalidades), hablará de "Los ojos" (obligatoria para fans de la Joy Division). 
Francisco Jota Pérez (otro de los valores que, sin prisa pero sin pausa, han pasado a la primera línea del panorama editorial español en general, como demuestran Polybius y su participación en Alcasseriana) defenderá "Trabante", un cuento muy personal para él que nos remite a la lucha obrera de los años setenta en la cementera de Vallcarca.
Tamara Romero (de la que acabo de corregir un cuento durante estos días, y hasta ahí puedo contar... hasta dentro de un par de meses, claro) explicará por qué mezcló a las muñecas Barbie con la llegada a la Luna en "Hospital Clarence Halliday para juguetes enfermos" (¡y por qué le sale tan bien!).
Y servidor, pues bueno, comentará todo lo que ustedes querían saber sobre "Son ilusiones", mi aportación nonainopunk al conjunto.
Echaremos de menos la presencia del resto de los autores implicados en el proyecto: Jesús Cañadas, Marian Womack, Cristina Jurado, Nieves Delgado, Alfredo Álamo, Layla Martínez y, por supuesto, Guillem López. No se confirma ni desmiente la presencia de la responsable de la editorial, Carmen Moreno, pero doy por hecho que vendrá.
Espero no echar de menos vuestra presencia en la presentación.
Hasta el jueves.

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Bola extra. Venga, acá va un adelanto del cuento, que no se diga.

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SON ILUSIONES


Ah, no, sin vivir en Madrid no lo entenderás.
Burning[1]

josé y alfonso

Van a salirse de la calzada aérea. Caerán sobre un descampado colindante con un bloque de viviendas de auxilio social, cien metros más abajo. «Esto sí que tiene guasa», canturrea José mientras da un volantazo en el último momento. Las voces de Diego y el Jeros se elevan por encima de la imitación con corriente alterna de riffs de guitarra de bobina eléctrica. Su mirada hace un loco barrido. El camión al que trataba de adelantar por la derecha; el ángel custodio que remata un hito kilométrico en sentido El Escorial; el camión que se aleja; la enorme cruz que se acerca; el tráfico que viene en sentido contrario; el ángel custodio que, ochenta metros más a la izquierda, remata el hito kilométrico en sentido Madrid; el quitamiedos que se lleva por delante la capa de pintura de la puerta del copiloto; y la pota que acaba de soltar Alfonso mientras aferra el volante y, sin dejar de potar, endereza la trayectoria del automóvil. Dejan atrás las furgonas de la bofia y se incorporan al carril rápido. Los aeróstatos de la benemérita vuelven a la carga, cada uno por un flanco, a una distancia prudente mientras transitan por la Via Triunfalis, y sin el menor miramiento desde que se incorporan a la ronda de los Hospitales. Dejan y dejan a un lado la inmensa torre del cerro Garabitas y se acercan al Gómez Ulla. El aeróstato lanza incontables ráfagas de ametralladora que se sobreponen a la música:

Lo que hacemos en la vida
luego de nada nos vale.[2]

José le da un relevo a Alfonso, quien puede buscar por fin un pañuelo con el que limpiarse los restos de vómito que cuelgan de la hirsuta melena y de las tachuelas de la chupa. Una esquirla producida por el impacto de una bala de ametralladora sobre la superficie de la calzada rebota contra la carrocería como un baquetazo seco que marcase el final del verso y el principio del siguiente.

Todo es una mentira…,

Un nuevo golpe seco, idéntico a los que producían las pedradas que lanzaban contra el tren de alta velocidad en su infancia a su paso por el barrio, anuncia que otra esquirla ha hecho blanco, esta vez sobre la luna trasera. Oyen un croc y un crieeeec, y el vidrio se viene abajo.

… todo se lo lleva el aire.

La canción se confunde con el vendaval. No puede ir más rápido, el acelerador está bloqueado. Una mirada por el retrovisor confirma sus temores: el aeróstato que viene por su lado les ha dado alcance. El otro maniobra para situarse encima de ellos. Distingue a un guardia civil que asoma con un rifle polifásico, ajusta la mirilla y busca posición de tiro. José entrecierra los ojos para conjurar el chorro de aire. Qué limpio es todo, qué insonoro y aséptico. Con su viejo cuatro latas todo habría sido un festival de tubos de escape desprendiendo gasógeno, derrapes, frenazos y acelerones poniendo a prueba la capacidad de desgaste de las llantas de caucho. Se va matar a doscientos por hora, pero sin un puto ruido. Maravillas de la corriente alterna.

Hay veces que me pregunto
pero no sé contestarme.

«¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Toda esta movida para robar un armatoste que suena peor que un payo tratando de enseñarte a tocar flamenco?»
Los designios de Diego son inescrutables; pero el Jeros es el Jeros: se merece eso, y más. Aunque sea de Vallecas. Aunque pertenezca a otra banda. Pero estaban juntos en esto. Ha merecido la pena, solo por verle la cara al baranda. Daba risa, el gachó. «Esto sí que tiene guasa», vaya si la tiene.
Ambos aeróstatos disparan al unísono. La megafonía proclama algo parecido a «…gan el …vor de …cionar en …rcén». Sí, sí, detente, aparca y enséñame los papeles, pero el francotirador bien que sigue ajustando la mirilla y buscando el momento más oportuno para dejarlo frito. José piensa a toda prisa mientras los acordes se arrastran con ese sostenido enervante, capaz de despertar a un muerto… o de algo aún peor, si hay que creer lo que le dijo Diego.



[1] Burning (letra y música), «Madrid», Madrid. Ocre-Belter, 1978.
[2] Chichos, Los (letra y música), «Son ilusiones». Achilipú Dijcos, 1977.

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martes, 23 de diciembre de 2014

Presente en "Presencia Humana"

Una de las sensaciones positivas con las que me quedo de este irregular año 2014 es el haber comenzado a colaborar con Presencia Humana Magazine (PHMgz, para abreviar). La primera noticia que tuve de ella fue la presentación de la antología Presencia Humana, editada por Aristas Martínez, en la hispacón QuartumCon de Quart de Poblet, ahora hace un año. Me sorprendió la buena hechura del producto, de esas que le llegan al corazoncito de alguien, como servidor, que echa mucho de menos las revistas en papel. También me permitió ser consciente (llevaba muchos años desconectado de las convenciones) de la irrupción de una nueva generación de autores, que se podrían llamar new weird, friksters o rarunos, según quién los defina, pero que definitivamente están en otra onda creadora diferente de la de los viejos dinosaurios de la década de 1990. La etiqueta que le ponían a aquella iniciativa era la de "nueva literatura extraña", que no deja de ser una traducción aséptica de lo que digo un poco más arriba. El hecho de coeditarla con Jot Down Magazine le daba cierta pátina de trascendencia: esto tenía el marchamo de calidad bendecida por el nuevo establishment, un tanto en la onda de los Reservoir Books que sacaba Mondadori hace quince años, cuando emergía una nueva generación de autores que ahora llamaríamos hipsters y que entonces eran un nuevo fandom circunscrito a una nueva sensibilidad por lo fantástico más conectada con lo que se hacía por Anglosajonia o Italia.
Esas eran mis reflexiones, seguramente erradas, cuando vi la primera entrega. Más tarde me enteré de que los pacenses Cisco Bellabestia y Sara Herculano, artífices de Aristas Martínez, le habían dado continuidad y la habían convertido en revista. Y no solo eso: ¡se pusieron en contacto conmigo para pedirme alguna sección fija! Me adjuntaban un ejemplar del número 2, para que evaluase si me interesaba sumarme al proyecto, y la cosa quedó clara desde el minuto 1: ¡por supuesto que me interesaba!


En primer lugar, por el concepto. ¡¡Una revista de papel!! No es que hayan dejado de salir revistas especializadas desde los tiempos de Gigamesh, pero ya me entendéis, no es lo mismo, me parecen todas poco arriesgadas y profundas, demasiado inmediatas, muy centradas en lo comercial y, definitivamente, sin el toque de marcianada y brindis al sol que vi al instante en PHMgz: esto es lo que nos mola hacer, y a quien no le guste, pues nada: esto es lo que hay.
En segundo lugar, por los contenidos. Los relatos eran irregulares, pero había relatos originales de ciencia ficción española, que además no tenían mucho que ver con la cf patria que yo estaba acostumbrado a leer. Como digo, me presentaban al nuevo fandom que se había ido cociendo durante los años en que había estado desconectado de revistas y convenciones, y en mi opinión podía ser un vehículo que canalizara todas estas inquietudes, les diera forma y presencia no solo humana sino también física. Me resultaba curioso ver a francotiradoras de toda la vida como Esther García Llovet compartir sumario con el nueve establishment editorial (Marian Womack) y valores en alza como Laura Fernández (¿la Javier Calvo o Agustín Fernández Mallo de la década de 2010?) o el Colectivo Juan de Madre (si "Las dos cárceles de Isidro Guzmán se hubiera publicado en Artifex sería finalista fijo de los Ignotus). La entrevista a Fata Libelli apuntaba en una dirección inequívoca: la revista se alinea con el polo creativo que está marcando el paso. Y el artículo de Layla Martínez directamente me dejó boquiabierto.
Y, en tercer lugar, por el diseño. PHMgz era una puta virguería desde el punto de vista de la maquetación, el sueño húmedo de cualquiera que haya hecho revistas. Esa manera de distinguir los contenidos de ficción (justificados a una columna, en un color) de los de no ficción (en bandera y dos columnas, en otro color), la manera de fundir las ilustraciones con los contenidos de modo que formen un todo en continuo diálogo, el cuidado por detalles como el no-editorial de las solapas o el aspecto unitario de cada número (un monográfico, de manera explícita o implícita, pero siempre con una temática más o menos común). En resumen, ahí veía yo de manera gráfica y verdaderamente brillante lo que, de manera intuitiva, estábamos intentando hacer en la tercera época de Gigamesh, en particular en los números 41 y 43.
Así pues, acepté encantado colaborar con ellos. No pude entregar a tiempo mi colaboración para el número 3 (empezábamos mal), pero me la aceptaron para el número 4 (empezábamos bien). Además, Cisco contactó conmigo para pedirme que colaborase con la presentación del número en Barcelona (la cosa seguía a mejor). Por desgracia, no me cuadró por horarios y no pudo ser, aunque Cisco y Sara, junto con Guillem López, tuvieron el detalle de acercarse a una cafetería de mi barrio para entregarme el número en persona y poder charlar con tranquilidad sobre lo divino y lo humano. Muy buena gente.


El número 4 les salió, de manera casi involuntaria, como una especie de monográfico sobre la infancia y adolescencia; de ahí el subtítulo "cucú trash" que ponen en la estupenda portada de Joan Cornellà. 
En la parte de no ficción (donde va mi colaboración, una reseña de El hombre sin rostro, de Luis Manuel Ruiz) brillan Layla Martínez (con una peculiar interpretación de Extraños eones, de Emilio Bueso, realizada Google Street View en mano), Víctor Nubla (con un monumental estudio sobre el rock en clave de ciencia ficción que habría pagado de mi bolsillo por publicar en Gigamesh, ya que andaba detrás de material como ese) y, sobre todo, Luis Gámez (otro de mis descubrimientos personales a raíz de la lectura de PHMgz), con su ensayo sobre el Guillver de Jonathan Swift, y Daniel Ausente, cuya sección o artículo por entregas "Gótico de suburbia" destripa con asombrosa erudición todas las conexiones entre ciencia ficción y contracultura californiana, desde Fritz Leiber hasta Philip K. Dick. Aquí va media papeleta mía de los próximos Ignotus.
La parte de ficción sigue siendo irregular, pero se aprecia una mejoría con respecto al número 2. Hay, en mi opinión, dos relatos notables: "Colmena", de Ismael Martínez Biurrun, que tiene un toque desasosegante y de american gothic realmente logrado; y "Volverás a Clarión", de Félix J. Palma, que juega, con su habitual socarronería, con los tópicos del submundo de los platilleros y los engarza sin estridencias con el más puro realismo cotidiano. Los otros relatos (Guillem López, Sofía Rhei, Óscar Gual, Sergi Puertas y Juan Francisco Ferré) son interesantes y merecen la pena.


Con esto llegamos al número 5, un especial Editorial Valdemar en el que me ha hecho mucha ilusión participar con mi ensayo "Paisaje con reptiles, andreidas y mujeres barbudas", un repaso más superficial de lo que me habría gustado a la obra ensayística de Pilar Pedraza. El fallecimiento del maestro José María Latorre apenas unos días antes de que el número saliera de imprenta (con un relato suyo, "En la muerte de Raquel") le da un tono justo de homenaje involuntario pero necesario.
La entrega de "Gótico de suburbia" de este número supera en interés a la del número anterior, con una disquisición sobre la influencia de la Primera Guerra Mundial en la cultura popular de entreguerras; son estremecedoras las analogías entre las mutilaciones de guerra y la estética de las películas de terror de Lon Chaney como El fantasma de la ópera
Los artículos de José María Nebreda y Jesús Palacios son una especie de making off de diferentes etapas de la historia de Valdemar, y harán las delicias de los completistas y fans de la editorial. El de Thomas Ligotti debe leerse como lo que es, una introducción de libro.
Con todo, la mejor simbiosis entre ensayo y relato es el mini especial Clark Asthon Smith, con un relato suyo y un ensayo de Luis Gámez sobre su obra que es en verdad lo más ambicioso que se ha publicado en España sobre el autor de Weird Tales.
Entre los relatos de ficción nacional, me quedo con "Grabación cuarenta y seis", de Jesús Cañadas (buena historia contada de manera no secuencial); "Hijos de Adán", de Ángel Luis Sucasas y, sobre todo, "¿Dónde vas, Alfonso XIII?", del Colectivo Juan de Madre, que le da una vuelta de tuerca al espinoso asunto de las películas pornográficas que producía el antepenúltimo rey borbón y lo lleva más allá de lo que hizo Juan Ramón Biedma en El imán y la brújula.


Además de los PHMgz, Cisco y Sara me entregaron su última novedad: ¡Pérfidas!, de Tamara Romero, que acaba de ganar el Ignotus al mejor cuento español de 2013 con "El aeropuerto del fin del mundo" y se está afianzando como una de las autoras que hay que tener en cuenta de la nueva ciencia ficción española. Hugo Camacho, de Orciny Books, ya me había contado que Tamara Romero había publicado su primera novela, Her Fingers, directamente en la prestigiosa editorial estadounidense Eraserhead, lo que en cierto modo es una muestra más de la tan traída y llevada fuga de cerebros de los jóvenes españoles: no solo se van a currar fuera, sino que además ni se plantean publicar aquí porque ya tienen donde publicar por allá.
Me acerqué a ¡Pérfidas! con la curiosidad de quien se espera algo parecido al Celebrities de Hulk Hogan protagonizado por Joaquín Reyes; en concreto, la parte en que Hulk Hogan se maravilla de que los luchadores salgan por ahí de copas, como buenos amigos, en vez de estar todo el día dándose de hostias sobre el cuadrilátero. El caso es que la cosa va por ahí, pero no. 
Estamos en una ciudad, Valtidia (una especie de México, D. F.), que vive por y para la lucha libre femenina, un espectáculo de masas que desata pasiones incontrolables. Hay dos grandes grupos de luchadoras, que se nos presentan casi con un componente de superheroínas Marvel: las Pérfidas, al frente de las cuales está la enigmática e invencible Magma, la luchadora volcánica que no se quita nunca su máscara en público, y las Lúcidas, sus archirrivales. Después de un triunfo sonadísimo de Magma y la consiguiente fiesta de celebración, secuestran por error a Mazas, que iba con una máscara de Magma. Un extraño locutor radiofónico, Ryder Alegría, que conduce un programa de veinticuatro horas en Radio Eterna, está empeñado en descubrir lo que sucede. Poco a poco se complica la trama, se entrecruzan los caminos de Ryder y su fiel acompañante Wah Wah, y asistimos a la catarsis personal de Magma y la aparición de un fantasma del pasado que deja la acción justo en un momento que está pidiendo a gritos una segunda parte.
Sin el tono descaradamente friki de otras novelas similares (estoy pensando en Xanto: Novelucha libre, que publicó el mexicano José Luis Zárate en 1994) ni el descaro mercadotécnico que gastaron Bernardo Fernández "Bef" y Pepe Rojo en la Semana Negra / hispacón / AsturCon del año 2000 (te vendían un lote con sus libros y una careta de luchador), Tamara Romero consigue una novela pirotécnica (tarantiniana, dice la crítica, y no seré quién para desmentirla), con el componente fantástico justo para considerarla en los márgenes del género (esa Wah Wah es una Campanilla un tanto peculiar) y un tercio final muy potente en el que efectúa un flashback descorazonador de una adolescencia malgastada en colegios de pago. La estructura me recordó un tanto a la de Dinámica de los cuerpos eléctricos, de Juan Sardá, que comenzaba con la pirotecnia y, una vez ganado al lector, entraba donde realmente quería: en el retrato del ambiente de los colegios pijos de la Barcelona de la Zona Alta. ¡Pérfidas! no va exactamente de eso, pero algo de eso he creído percibir: el cambio de registro es notable cuando llega a esa parte y, al igual que le sucedía a Sardá en su novela, el trazo se vuelve mucho más firme y seguro al abordarla.





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