martes, 23 de diciembre de 2014

Presente en "Presencia Humana"

Una de las sensaciones positivas con las que me quedo de este irregular año 2014 es el haber comenzado a colaborar con Presencia Humana Magazine (PHMgz, para abreviar). La primera noticia que tuve de ella fue la presentación de la antología Presencia Humana, editada por Aristas Martínez, en la hispacón QuartumCon de Quart de Poblet, ahora hace un año. Me sorprendió la buena hechura del producto, de esas que le llegan al corazoncito de alguien, como servidor, que echa mucho de menos las revistas en papel. También me permitió ser consciente (llevaba muchos años desconectado de las convenciones) de la irrupción de una nueva generación de autores, que se podrían llamar new weird, friksters o rarunos, según quién los defina, pero que definitivamente están en otra onda creadora diferente de la de los viejos dinosaurios de la década de 1990. La etiqueta que le ponían a aquella iniciativa era la de "nueva literatura extraña", que no deja de ser una traducción aséptica de lo que digo un poco más arriba. El hecho de coeditarla con Jot Down Magazine le daba cierta pátina de trascendencia: esto tenía el marchamo de calidad bendecida por el nuevo establishment, un tanto en la onda de los Reservoir Books que sacaba Mondadori hace quince años, cuando emergía una nueva generación de autores que ahora llamaríamos hipsters y que entonces eran un nuevo fandom circunscrito a una nueva sensibilidad por lo fantástico más conectada con lo que se hacía por Anglosajonia o Italia.
Esas eran mis reflexiones, seguramente erradas, cuando vi la primera entrega. Más tarde me enteré de que los pacenses Cisco Bellabestia y Sara Herculano, artífices de Aristas Martínez, le habían dado continuidad y la habían convertido en revista. Y no solo eso: ¡se pusieron en contacto conmigo para pedirme alguna sección fija! Me adjuntaban un ejemplar del número 2, para que evaluase si me interesaba sumarme al proyecto, y la cosa quedó clara desde el minuto 1: ¡por supuesto que me interesaba!


En primer lugar, por el concepto. ¡¡Una revista de papel!! No es que hayan dejado de salir revistas especializadas desde los tiempos de Gigamesh, pero ya me entendéis, no es lo mismo, me parecen todas poco arriesgadas y profundas, demasiado inmediatas, muy centradas en lo comercial y, definitivamente, sin el toque de marcianada y brindis al sol que vi al instante en PHMgz: esto es lo que nos mola hacer, y a quien no le guste, pues nada: esto es lo que hay.
En segundo lugar, por los contenidos. Los relatos eran irregulares, pero había relatos originales de ciencia ficción española, que además no tenían mucho que ver con la cf patria que yo estaba acostumbrado a leer. Como digo, me presentaban al nuevo fandom que se había ido cociendo durante los años en que había estado desconectado de revistas y convenciones, y en mi opinión podía ser un vehículo que canalizara todas estas inquietudes, les diera forma y presencia no solo humana sino también física. Me resultaba curioso ver a francotiradoras de toda la vida como Esther García Llovet compartir sumario con el nueve establishment editorial (Marian Womack) y valores en alza como Laura Fernández (¿la Javier Calvo o Agustín Fernández Mallo de la década de 2010?) o el Colectivo Juan de Madre (si "Las dos cárceles de Isidro Guzmán se hubiera publicado en Artifex sería finalista fijo de los Ignotus). La entrevista a Fata Libelli apuntaba en una dirección inequívoca: la revista se alinea con el polo creativo que está marcando el paso. Y el artículo de Layla Martínez directamente me dejó boquiabierto.
Y, en tercer lugar, por el diseño. PHMgz era una puta virguería desde el punto de vista de la maquetación, el sueño húmedo de cualquiera que haya hecho revistas. Esa manera de distinguir los contenidos de ficción (justificados a una columna, en un color) de los de no ficción (en bandera y dos columnas, en otro color), la manera de fundir las ilustraciones con los contenidos de modo que formen un todo en continuo diálogo, el cuidado por detalles como el no-editorial de las solapas o el aspecto unitario de cada número (un monográfico, de manera explícita o implícita, pero siempre con una temática más o menos común). En resumen, ahí veía yo de manera gráfica y verdaderamente brillante lo que, de manera intuitiva, estábamos intentando hacer en la tercera época de Gigamesh, en particular en los números 41 y 43.
Así pues, acepté encantado colaborar con ellos. No pude entregar a tiempo mi colaboración para el número 3 (empezábamos mal), pero me la aceptaron para el número 4 (empezábamos bien). Además, Cisco contactó conmigo para pedirme que colaborase con la presentación del número en Barcelona (la cosa seguía a mejor). Por desgracia, no me cuadró por horarios y no pudo ser, aunque Cisco y Sara, junto con Guillem López, tuvieron el detalle de acercarse a una cafetería de mi barrio para entregarme el número en persona y poder charlar con tranquilidad sobre lo divino y lo humano. Muy buena gente.


El número 4 les salió, de manera casi involuntaria, como una especie de monográfico sobre la infancia y adolescencia; de ahí el subtítulo "cucú trash" que ponen en la estupenda portada de Joan Cornellà. 
En la parte de no ficción (donde va mi colaboración, una reseña de El hombre sin rostro, de Luis Manuel Ruiz) brillan Layla Martínez (con una peculiar interpretación de Extraños eones, de Emilio Bueso, realizada Google Street View en mano), Víctor Nubla (con un monumental estudio sobre el rock en clave de ciencia ficción que habría pagado de mi bolsillo por publicar en Gigamesh, ya que andaba detrás de material como ese) y, sobre todo, Luis Gámez (otro de mis descubrimientos personales a raíz de la lectura de PHMgz), con su ensayo sobre el Guillver de Jonathan Swift, y Daniel Ausente, cuya sección o artículo por entregas "Gótico de suburbia" destripa con asombrosa erudición todas las conexiones entre ciencia ficción y contracultura californiana, desde Fritz Leiber hasta Philip K. Dick. Aquí va media papeleta mía de los próximos Ignotus.
La parte de ficción sigue siendo irregular, pero se aprecia una mejoría con respecto al número 2. Hay, en mi opinión, dos relatos notables: "Colmena", de Ismael Martínez Biurrun, que tiene un toque desasosegante y de american gothic realmente logrado; y "Volverás a Clarión", de Félix J. Palma, que juega, con su habitual socarronería, con los tópicos del submundo de los platilleros y los engarza sin estridencias con el más puro realismo cotidiano. Los otros relatos (Guillem López, Sofía Rhei, Óscar Gual, Sergi Puertas y Juan Francisco Ferré) son interesantes y merecen la pena.


Con esto llegamos al número 5, un especial Editorial Valdemar en el que me ha hecho mucha ilusión participar con mi ensayo "Paisaje con reptiles, andreidas y mujeres barbudas", un repaso más superficial de lo que me habría gustado a la obra ensayística de Pilar Pedraza. El fallecimiento del maestro José María Latorre apenas unos días antes de que el número saliera de imprenta (con un relato suyo, "En la muerte de Raquel") le da un tono justo de homenaje involuntario pero necesario.
La entrega de "Gótico de suburbia" de este número supera en interés a la del número anterior, con una disquisición sobre la influencia de la Primera Guerra Mundial en la cultura popular de entreguerras; son estremecedoras las analogías entre las mutilaciones de guerra y la estética de las películas de terror de Lon Chaney como El fantasma de la ópera
Los artículos de José María Nebreda y Jesús Palacios son una especie de making off de diferentes etapas de la historia de Valdemar, y harán las delicias de los completistas y fans de la editorial. El de Thomas Ligotti debe leerse como lo que es, una introducción de libro.
Con todo, la mejor simbiosis entre ensayo y relato es el mini especial Clark Asthon Smith, con un relato suyo y un ensayo de Luis Gámez sobre su obra que es en verdad lo más ambicioso que se ha publicado en España sobre el autor de Weird Tales.
Entre los relatos de ficción nacional, me quedo con "Grabación cuarenta y seis", de Jesús Cañadas (buena historia contada de manera no secuencial); "Hijos de Adán", de Ángel Luis Sucasas y, sobre todo, "¿Dónde vas, Alfonso XIII?", del Colectivo Juan de Madre, que le da una vuelta de tuerca al espinoso asunto de las películas pornográficas que producía el antepenúltimo rey borbón y lo lleva más allá de lo que hizo Juan Ramón Biedma en El imán y la brújula.


Además de los PHMgz, Cisco y Sara me entregaron su última novedad: ¡Pérfidas!, de Tamara Romero, que acaba de ganar el Ignotus al mejor cuento español de 2013 con "El aeropuerto del fin del mundo" y se está afianzando como una de las autoras que hay que tener en cuenta de la nueva ciencia ficción española. Hugo Camacho, de Orciny Books, ya me había contado que Tamara Romero había publicado su primera novela, Her Fingers, directamente en la prestigiosa editorial estadounidense Eraserhead, lo que en cierto modo es una muestra más de la tan traída y llevada fuga de cerebros de los jóvenes españoles: no solo se van a currar fuera, sino que además ni se plantean publicar aquí porque ya tienen donde publicar por allá.
Me acerqué a ¡Pérfidas! con la curiosidad de quien se espera algo parecido al Celebrities de Hulk Hogan protagonizado por Joaquín Reyes; en concreto, la parte en que Hulk Hogan se maravilla de que los luchadores salgan por ahí de copas, como buenos amigos, en vez de estar todo el día dándose de hostias sobre el cuadrilátero. El caso es que la cosa va por ahí, pero no. 
Estamos en una ciudad, Valtidia (una especie de México, D. F.), que vive por y para la lucha libre femenina, un espectáculo de masas que desata pasiones incontrolables. Hay dos grandes grupos de luchadoras, que se nos presentan casi con un componente de superheroínas Marvel: las Pérfidas, al frente de las cuales está la enigmática e invencible Magma, la luchadora volcánica que no se quita nunca su máscara en público, y las Lúcidas, sus archirrivales. Después de un triunfo sonadísimo de Magma y la consiguiente fiesta de celebración, secuestran por error a Mazas, que iba con una máscara de Magma. Un extraño locutor radiofónico, Ryder Alegría, que conduce un programa de veinticuatro horas en Radio Eterna, está empeñado en descubrir lo que sucede. Poco a poco se complica la trama, se entrecruzan los caminos de Ryder y su fiel acompañante Wah Wah, y asistimos a la catarsis personal de Magma y la aparición de un fantasma del pasado que deja la acción justo en un momento que está pidiendo a gritos una segunda parte.
Sin el tono descaradamente friki de otras novelas similares (estoy pensando en Xanto: Novelucha libre, que publicó el mexicano José Luis Zárate en 1994) ni el descaro mercadotécnico que gastaron Bernardo Fernández "Bef" y Pepe Rojo en la Semana Negra / hispacón / AsturCon del año 2000 (te vendían un lote con sus libros y una careta de luchador), Tamara Romero consigue una novela pirotécnica (tarantiniana, dice la crítica, y no seré quién para desmentirla), con el componente fantástico justo para considerarla en los márgenes del género (esa Wah Wah es una Campanilla un tanto peculiar) y un tercio final muy potente en el que efectúa un flashback descorazonador de una adolescencia malgastada en colegios de pago. La estructura me recordó un tanto a la de Dinámica de los cuerpos eléctricos, de Juan Sardá, que comenzaba con la pirotecnia y, una vez ganado al lector, entraba donde realmente quería: en el retrato del ambiente de los colegios pijos de la Barcelona de la Zona Alta. ¡Pérfidas! no va exactamente de eso, pero algo de eso he creído percibir: el cambio de registro es notable cuando llega a esa parte y, al igual que le sucedía a Sardá en su novela, el trazo se vuelve mucho más firme y seguro al abordarla.





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