domingo, 7 de diciembre de 2014

Yo sobreviví a las guerras del fandom (incluso a las que provoqué) (2)

En la actualización anterior ofrecía la primera parte de la conferencia que he dado en esta hispacón. Acá va la segunda parte. En cuanto termine de retocar textos colgaré la tercera y supongo que definitiva.
A disfrutarla, que ahora viene lo bueno.

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(Foto: Luis Jarava.)

LAS GUERRAS DEL FANDOM PROPIAMENTE DICHAS

Durante la parte central de la década de 1980, el efecto conjunto del cierre de Nueva Dimensión, el fin de la SECF y el paréntesis en la celebración de hispacones hizo que la actividad friki se redujera, aunque no llegó a desaparecer del todo. La incipiente internet se tradujo en la aparición de la BBS El Libro de Arena, que aglutinó a aficionados de diversas procedencias: Andorra (Ricard de la Casa), Lanzarote (Pedro Jorge), Barcelona (Joan Manel Ortiz), Gijón (Rodolfo Martínez y Javier Cuevas) y Málaga (Manuel Berlanga). Ellos formaron el Grupo Interface, del que se desgranaron Berlanga, Cuevas y Martínez, y al que acabó incorporándose el pucelano José Luis González. Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos en 1990, e Interface Grupo Editor lanza el primer número del fanzine BEM.
Al mismo tiempo, Manhattan Transfer lanza, por fin, una revista de ciencia ficción, que aúna contenidos literarios con cinematográficos, y que a pesar de sus limitaciones es lo más parecido a una revista que habíamos visto desde Nueva Dimensión. El invento se llamaba Blade Runner Magazine, lo dirigía Carlos Mesa y habría de durar ocho números, en los que se gestó la guerra fandomita más cruenta que ha vivido el fandom español, y la que en cierto modo lo definió durante toda una década.
Para rematar la fiesta, la librería Gigamesh organizó una expedición en autobús a la WorldCon de La Haya. Como yo carecía de ingresos, mi madre se mostró reacia a pagarme la asistencia, y me quedé en Madrid (o, más bien, en Mallorca, donde estábamos veraneando). Sí asistieron Julián, Héctor, Susana y Adalberto, junto con otra veintena de aficionados españoles; entre ellos, Alejo Cuervo, Albert Solé, Cristina Macía, Juanma Barranquero, Lluis Salvador, Ricard de la Casa o Pedro Jorge.
El fandom español de ciencia ficción tal como lo conocimos durante más de un decenio nació en aquella convención.
Allí tuvo lugar la puesta de largo de BEM, al que se sumaron dos publicaciones hermanas, no ficción y Factoría. Las tres se fusionaron en el número 13 de BEM, que, además del punto culminante de la madre de todas las guerras fandomitas (la réplica de Cristina Macía a Carlos Mesa), tenía como plato fuerte un relato del que hablaremos bastante en el próximo acto, la presentación de la antología de premios Ignotus: «La estrella», de Elia Barceló. Para bien y para mal, ese número 13 de BEM entró en la historia del fandom por la puerta grande.
También se gestó la transformación de Gigamesh, que a finales de aquel año dejó de ser fanzine y se convirtió en revista, con lo que comenzó una rivalidad entre publicaciones que se mantuvo durante toda la década de 1990.
De paso, tuvo lugar uno de los detonantes de la guerra entre cenobitas y replicantes.
Se aprovechó la WorldCon para dar a conocer los premios Gigamesh, que en aquel momento eran los galardones con más solera del fandom, un precedente de los Ignotus. La dinámica de los Gigamesh era curiosa. Constaba de dos fases. En la primera, una docena de jurados puntuaba todos los contenidos de las respectivas categorías (relato, antología y novela de ciencia ficción, terror y fantasía) de cero a cinco, con arreglo al baremos histórico de Cimoc, primero, y las diversas encarnaciones de Gigamesh, después: 0, atroz; 1, flojo; 2, pasable; 3, bueno; 4, muy bueno, y 5, obra maestra. Todos los contenidos que obtuvieran un promedio igual o superior a 3 se convertían en finalistas, y daba igual que quedaran categorías desiertas o con veinte finalistas. Entonces empezaba la fase de votación de los lectores, que baremaban de acuerdo al mismo criterio que los jurados. En función de las notas promedio, y con la idea de evitar tanto los premios desiertos como la proliferación de ganadores múltiples, se establecía el baremo a partir del cual se ganaría el premio. Solía estar entre el 3,5 y el 3,75; no recuerdo si alguna vez se llegó a subir al 4, pero creo que no.
El caso es que uno de esos votantes, Pedro Jorge, le cascó un cero como una catedral a un cuento que le encantaba a Alejo («Duelo de palabras», de David Langford, que era una divertidísima parodia de Dune de Frank Herbert), y que era su máximo favorito para ganar en la categoría de relato de ciencia ficción. Como resultado de este cero, Langford se quedó sin premio y Alejo y Pedro pasaron a odiarse oficialmente hasta que Haruki Murakami los reconcilió años después. De nuevo volvemos a Astérix en Córcega y esas rivalidades que duran generaciones porque el bisabuelo de Fulanito le vendió un asno cojo al de Menganito. O le cascó un cero a un cuento.
Pero la cosa no quedó ahí. También se presentó el embrión de la actual AEFCFT. En un principio, Ricard de la Casa y Pedro Jorge iban a formar parte de la junta directiva, pero se desvincularon y hubo que echar mano de aquellos animosos jóvenes aficionados que pasaban por ahí. Eso se tradujo en que la asociación tardó más de un año en arrancar, y lo hizo con una composición ligeramente diferente de la que se había planteado al principio. De hecho, lo que en un primer momento era una junta con aficionados procedentes de toda España se quedó limitado a una junta en la que todos los miembros residían en Madrid, menos el tesorero.
Y eso nos lleva al último punto: las tertulias. La década de 1990 comenzó con muchas ganas por parte de los aficionados, que o bien llevaban cerca de un decenio en paradero desconocido o bien habían realizado la travesía del desierto que era el fandom de la década de 1980 y tenían ganas de marcha. Nacieron, mutaron o se consolidaron varias tertulias y, por un proceso de decantación, los restos de dos de ellas confluyeron en la que más tarde se llamó TerMa, la Tertulia de literatura fantástica de Madrid.
En la década de 1980 se constituyó el Círculo de Lhork, encabezado por Eugenio Fraile La Ossa. Era una asociación centrada en la fantasía heroica, conanista según la categorización del fandom de León Arsenal que he comentado antes, y heredera de esa tradición por el género que transitó por los fanzines Blagdaross y Berserkr, o la primera colección Delirio de Paco Arellano, y que más tarde tuvo continuidad en la revista Weird Tales de Lhork. En las páginas del fanzine Lhork proliferaban los cuentos en los que diversas variantes de un Cid hiperhormonado a lo Arnold Schwarzenegger cabalgaba a mandoblazo limpio, con una música de fondo que no sabías si era la de la superproducción de Samuel Bronston y Anthony Mann o la del «Cara al sol». Eugenio Fraile era un historiador especializado en la Reconquista, un experto en artes marciales y formador técnico de policías. Un grupo de miembros del Círculo de Lhork no pudo aguantar tanta testosterona de gimnasio y se escindió. Eran los Licántropos Asociados: Carlos Díaz Maroto, Manuel Aguilar, Eduardo Escalante y Eugenio Sánchez Arrate. Comenzaron a reunirse en la Cafetería Alameda del Paseo del Prado de Madrid, situada a una manzana de la Biblioteca Nacional, donde trabajaba Carlos.
Julián se puso en contacto con los Licántropos y empezamos a pasarnos por sus tertulias. Al mismo tiempo, la junta de la aún nonata AEFCF se limitó a un no residente en Madrid (Ignacio Maroto, tesorero), con lo que de hecho las tertulias eran las reuniones oficiosas de la junta, que estaba compuesta por Alberto Santos (presidente), Juanma Barranquero (vicepresidente) y Julián Díez (secretario).
Una de las primeras actividades de la AEFCF fue convocar un concurso de cuentos, que se llamó Aznar como homenaje a la saga de bolsilibros de Pascual Enguídanos. Ganó César Mallorquí, quien se convirtió en un fijo de las tertulias.
También empezaron a pasarse todos los aficionados que habían permanecido en estado latente durante la década de 1980: la vieja guardia de Antares (Jaureguízar y Cidoncha) gente que era muy jovencita durante las hispacones de la década de 1980 pero que regresaba al fandom con mucho más mundo y ganas de hacer cosas (Alfredo Lara, Paco Canales o León Arsenal) y lobos solitarios en general.
Durante casi tres años, la TerMa centralizó las tareas de la AEFCF, gestionó los premios Aznar y, ay, estuvo en el epicentro de algunas de las broncas fandomitas que se desarrollaron.
Por otra parte, el estado de ánimo posterior a La Haya solo podía terminar de una manera: organizando una hispacón. Hacia finales de 1991 se dio el paso. Nacho Maroto y su pareja, Pilar Lebón, consiguieron un local, la Casa de la Caritat de Barcelona, donde trabajaban, y Alejo se encargó de los invitados: Terry Pratchett y Angélica Gorodischer, de quien por aquel entonces ejercía como agente literario. Fue una hispacón casi improvisada, pero con una asistencia importante, unas ciento veinte personas. Se concedieron los primeros premios Ignotus (que ganó Elia Barceló en la categoría de mejor relato español) y las primeras menciones BEM, Miquel Barceló obtuvo una cerrada ovación cuando se anunció que su Ciencia ficción: Guía de lectura había obtenido una mención en los premios Gigamesh (la de David Pringle por Ciencia ficción: Las cien mejores novelas, ni fu ni fa, un par de aplausos de cortesía), se anunció que el invento tendría continuidad con la Gadir 1992 que iba a organizar Rafael Marín en Cádiz en octubre del año siguiente y, ejem ejem, se produjo el primer caso de Pax Hispaconera documentado, ya que por aquel entonces el fandom estaba inmerso en la guerra más salvaje de aquella década.
Ya hemos presentado a los actores de ese fandom incipiente. Hablemos, pues, de las guerras fandomitas propiamente dichas, que es lo que todos estáis esperando de esta conferencia.



I ENCUENTRO DE FANZINES DE ZARAGOZA (MARZO DE 1991)

Se habla mucho (y supongo que yo soy uno de los responsables, ya que genero demasiado ruido al respecto) del papel fundamental que BEM y Gigamesh desempeñaron durante la década de 1990, lo cual impide ver el resto del panorama; en concreto, la columna vertebral en la que se sustentó el boom de aquella década: la proliferación de fanzines que publicaban los relatos de los autores que más tarde se profesionalizaron. El auténtico fandom, ya que BEM iba de prozine, y Gigamesh (y Blade Runner) era una revista profesional.
Hemos hablado de Carlos Díaz Maroto, pero no de su impecable fanzine sobre fantasía, terror y cine fantástico: Sueño del Fevre, que comenzó su andadura en 1990, al mismo tiempo que Elfstone, el fanzine zaragozano de Santiago (Yago) García Soláns, quien por aquel entonces andaba asociado a Interface. Durante los cinco primeros números de existencia de Elfstone, este funcionó, de manera paralela a BEM, como el foro común en que se expresaban aficionados de las más diversas procedencias. Allí publicaban Ricard de la Casa y Pedro Jorge, vinculados aún al proyecto de la AEFCF; Eugenio Fraile y Carlos Díaz Maroto, unidos aún en el Círculo de Lhork, o José Manuel Ferrández Bru, el primer presidente de la Sociedad Tolkien Española (STE). Era, pues, un fanzine integrador y conciliador.
Los primeros tambores de guerra del fandom de la década de 1990 sonaron precisamente en Zaragoza, en marzo de 1991, aunque si no estabas en el ajo solo podías intuirlos: las únicas referencias explícitas a que había habido movida fueron muy comedidas, y se pueden leer en el editorial del número 7 (diciembre de 1991):

No es sencillo ser un buen aficionado. Supone muchas cartas de apoyo a las iniciativas de los demás. Supone también mojarse los pantalones en aguas revueltas, apuntándose a asociaciones de las que apenas sabes nada simplemente porque están formadas por aficionados como tú. O suscribirse a fanzines de los que es casi seguro no volverás a oír. O participar en Encuentros y Jornadas, aunque luego marchen mal y la cosa se vaya a pique.

Parte de este irse a pique se percibe, de manera implícita, en el ensayo sobre fantasía heroica que Eugenio Fraile publicó en el número 5, cuyos numerosos agujeros conceptuales y expositivos desmenuzó Pedro Jorge en una réplica aparecida en el número 6. Pero, de nuevo, no hay ni una referencia explícita en papel a lo que ocurrió ahí, salvo una carta de Manuel Aguilar en Blade Runner 8, quejándose del trato que la organización le dio a Lhork, y una réplica de Pedro Jorge, «Los diosecillos del fandom», en el editorial del famoso (como veremos a continuación) número 12 de BEM. No hay muchos más detalles. Solo sabemos que la cosa acabó mal entre la organización y el Círculo de Lhork, que se escindió poco después.



CARLOS MESA CONTRA LOS CENOBITAS (1991-1992)

Ahora viene la auténtica guerra del fandom, la que marcó toda la década para bien y para mal: la que enfrentó a cenobitas y replicantes.
Como toda guerra que se precie, esta tuvo varias causas. Se puede analizar desde diferentes puntos de vista, y todos serían correctos. Depende, como siempre, de quién te cuente la batallita.
Blade Runner Magazine era una revista profesional con periodicidad mensual, editada por Manhattan Transfer y dirigida por Carlos Mesa, que comenzó su actividad a la vuelta del verano de 1990, coincidiendo con la WorldCon de La Haya. Se manejaba en el confuso terreno que separa la ciencia ficción literaria de la cinematográfica, con bastante atención a los juegos, lo que hacía que su público objetivo no estuviera muy definido. Abarcaba mucho, apretaba poco y, juzgada con ojos de lector de hoy en día, era un loable pero fallido intento de hacer una revista que pudiera interesar al fandomita medio. En todo caso, contó desde el primer momento con muchas de las firmas más relevantes del fandom. Publicaban cuentos, publicaban reseñas y publicaban ensayos. ¿Se podía pedir más?
Pues sí: convocaron un concurso de relatos, en el que apareció mi primer vuelo, «El que acecha en las escaleras»; mutilado, sin notas a pie de página y comprimido en una doble página que lo hacía ilegible, sí, pero lo publicaron.
Blade Runner solo duró ocho números, ya que las ventas no acompañaron. Se informaba de esta circunstancia en el número 12 de BEM (agosto-septiembre de 1991, con la hispacón recién convocada). En la misma portada en que aparecía esta noticia había un artículo de opinión de Carlos Mesa, director de Blade Runner, titulado «Alejo Cuervo y sus cenobitas: El panorama de la ciencia ficción en España». Una descalificación en el mismo título. La cosa no empezaba bien.
Y seguía mucho mejor. Leed, leed.

En un sueño me veo encontrando una caja, dícese de una configuración de lamento, y durante meses me paso buscando la combinación adecuada. Cuando por fin doy con ella, las puertas del infierno se abren y aparecen los cenobitas con Alejo Cuervo al frente. Ellos son el dolor, los que traen el infierno a través del sufrimiento, personas que profesan la vida monástica de la ciencia ficción, los popes que todo lo saben; sus nombres: Francisco Pérez Navarro, Cristina Macía, Ignacio Maroto Fernández, Salvador González Toll, Tino Reguera, Jordi Costa(?), Jesús Palacios y Alberto Santos. Intentan ponerme en el potro de los tormentos y es entonces cuando grito y salgo de esa pesadilla...
-¿Estás loco? -me decía Vigil-. Qué suerte de reunión es esa que dices que te has citado ron Alejo Cuervo y sus acólitos. Tú no conoces a ese tío, es peligroso. Tendrás problemas, ya lo verás.

El principio era prometedor, eso sin duda, y nos ofrecía el dramatis personae de los villanos de esta historia, que fueron, en parte, los villanos del resto de la década. Sin embargo, lo mejor del artículo es cómo describe Mesa la reunión en la que se acordó el principio de las colaboraciones de Alejo Cuerva y sus cenobitas con Blade Runner Magazine:

Aún recuerdo nuestra primera reunión. ¡Dios mío! Todos los presentes hablaban y hablaban como si fuesen los artífices de la obra. Una reunión de freaks que espantarían al mismísimo Browning: un barbudo mal aseado y vestido y propietario de la librería Gigamesh, un pirata informático del que no recuerdo el nombre, un barrigón llamado Albert Solé, camisa abierta hasta el ombligo y mostrando el torso, el bueno de Juan Carlos Planells diciendo que no quería intervenir en un proyecto de platilleros, Francisco José Campos más conocido entre los amigos del juego de rol por Paco Pepe, Luis Vigil y este servidor. La congregación se dio por terminada cuando la mujer de Alejo, rodillo de amasar panes en mano, llego cabreadísima, como de costumbre y le recordó en esperanto(!) que tenía labores domésticas que atender. El freak que faltaba. Desde luego, el Creador no la favoreció en el carácter.

Conociendo a los aludidos, no me cabe la menor duda de que Mesa no exageraba en demasía.
Acto seguido, Mesa expone por primera vez la teoría conspiranoica que, con leves modificaciones, se ha mantenido vigente durante los últimos veintitantos años.

Alejo Cuervo tiene una pandilla de babosos que hacen lo que él les dicta. Son traductores, asesores literarios, articulistas... Ya estaba claro. Desde la sombra él dirigía los hilos de la ciencia ficción en nuestro país. Lo que me estaba intentando decir era que si quería pertenecer a la familia debía aceptar sus órdenes directas como padrino de la organización. ¡Que se fuese a tomar viento! Haría lo que creyese más conveniente.

Y con ello llegamos al meollo del asunto, el auténtico motivo de esta guerra.

Aun así, en los dos números en los que intervino, y muy a mi pesar, aparecieron en mi publicación críticas amenazantes, una reseña sobre lo que el muy gracioso ha apodado Ciencia Ficción: Guía de tortura de Miquel Barceló

Volveremos a hablar de Miquel Barceló más adelante, y de cómo su libro se ha convertido en una piedra de toque acerca de las filias y fobias del fandomita medio; no solo filias y fobias literarias, sino también con respecto a otros fandomitas.
En cuanto a la manera en que Mesa resolvió el conflicto que le había planteado Cuervo, él mismo lo explica así:

-Que cobren todos, menos Alejo y la Mada -le respondí. No sabía por qué, pero la progre de Cristina Mada me cae francamente mal, con ese vestuario digno de figurar en el museo de los horrores, los dientes sucios de fumar tabaco, su carácter agresivo o esa simpatía suya que brilla por su ausencia...
Sólo quedaba una cosa por hacer: la tan ansiada llamada telefónica para decirle con una sonrisa en los labios «Alejo vete a tomar viento».

Rotas ya las relaciones, llega el momento de las explicaciones.

Poco tiempo después nuestro particular cenobita hacía llegar una carta a la fotocomposición, imprenta, colaboradores y amigos, en la que rezaba sobre cuáles eran sus discrepancias con nuestra publicación. Siete puntos rebatibles, de los que he extraído las frases más significativas: falta de respeto con las colaboraciones entregadas: cambios sistemáticos en los artículos firmados y publicados respecto a lo entregado, tanto mediante cortes en el texto ... , presentación ofensiva de diversas colaboraciones publicadas, cuyos contenidos quedan abiertamente en conflicto ... , una total falta de seriedad por parte del director ejecutivo de la revista, Sr. Carlos Mesa ... , por todo ello nos sentimos obligados a causar baja como colaboradores de la revista, les comunicamos que de no producirse un cambio de actitud tras la recepción de esta carta, nos consideraremos en libertad de adoptar las medidas oportunas. (Esta última frase proviene de la carta personificada mi nombre).
El manifiesto venía firmado por todos los acólitos del Sr. Cuervo, incluyendo en esta ocasión a Jordi Costa, Jordi Sánchez y Cels Piñol.

El artículo continúa con comentarios de este tipo, y añade, hacia el final, una reflexión digna de enmarcar:

¿Es éste el panorama de la ciencia ficción? ¿Un ghetto manejado por una pandilla de mafiosos?

Reproduzco el artículo casi en su integridad porque no tiene desperdicio.
No fue el único contenido cañero de aquel número. Las malas lenguas han comentado después que en el número 9 de Blade Runner, el primero que no llegó a salir, se habría regalado un ejemplar de BEM, lo que sin duda habría hecho aumentar el número de ventas y suscripciones de la publicación de Interface, y eso explicaría en parte la manera tan inequívoca con que BEM se alineó de parte de los digamos replicantes y en contra de los cenobitas. Puede ser. Puede que fuera una cuestión de afinidades, o simplemente vieran que una polémica más (ya se habían leído varias en sus páginas) ayudaría a aumentar ventas. El caso es que, para alimentar la idea de que Interface estaba echando el resto contra la secta cenobita, aparecía un artículo de opinión de Joanma Ortiz, «Los fanzines, ¿parientes pobres de las revistas?», que no se sabía muy bien si era pura opinión o iba dirigido contra alguien en concreto (en resumen, la ambigüedad calculada de que siempre hicieron gala los editoriales siempre tan potencialmente polémicos de BEM), que dividía a los faneditores en trepas y honestos, y se extendía a continuación en describir cada una de estas categorías.
Antes de seguir con las réplicas que generó el artículo de Carlos Mesa, analicemos algunos asuntos destacables:
Blade Runner era una revista profesional y pagaba contenidos. Había dinero de por medio, y este fue uno de los detonantes, y también parte de la solución: que cobren todos menos dos.
Había discrepancias sobre los contenidos; de hecho, se hacía corrección de contenidos.
El meollo de la cuestión fue la crítica de Alejo Cuervo al libro de Miquel Barceló… que, y esto no se comenta en el artículo, omitía toda mención al fanzine Gigamesh en su listado de publicaciones del fandom, lo cual resulta llamativo, ya que se editó durante cinco años y alcanzó los doce números y bastante difusión.
Dicho esto, veamos cuál fue la repercusión del artículo de Carlos Mesa.
Lo cierto es que todo quisque se apuntó a la fiesta. Ángel Torres Quesada publicó «La C.F. española y el perro del hortelano» en BEM 14, noviembre de 1991), que básicamente consistía en contar por qué le caía mal Alejo Cuervo. Roberto Rodríguez Toyos («Sobre Ciencia ficción: Guía de lectura», BEM 15, diciembre de 1991) lo reducía todo a que hay mucho envidioso suelto.
Fuera de BEM, la polémica apenas tuvo eco. En Blade Runner, en su momento, habían aparecido sendas cartas en las que Ricard de la Casa y Pedro Jorge por un lado (número 3) y Miquel Barceló por otro (número 4) ejercían el derecho de réplica. En Gigamesh no apareció ninguna referencia a la polémica. Y, por supuesto, en la hispacón de Barcelona, celebrada en diciembre, en medio de toda la movida, nadie dijo, hizo o dio a entender que existiera la polémica, ni en público ni, hasta donde recuerdo, en privado. La Pax Hispaconera comenzaba en el cliffhanger de la guerra, como quien dice.
Una de las aludidas, Cristina Macía, replicó a lo grande en el número siguiente, el mítico BEM 13, en un artículo titulado «Insultos, mentiras y revistas de CF (réplica de una cenobita a un pitufo)». La cosa comenzaba tal que así:
Ya hace tiempo que echo de menos las antiguas polémicas, aquellas en las que cartas ingeniosas iban seguidas de réplicas más ingeniosas todavía, con las ideas y la mala leche revestidas de humor y coñas marineras. Últimamente, los polemistas se limitan a volcar su bilis en el procesador de textos, suponiendo que lo tengan. A juzgar por el tono de las respuestas, cualquiera diría que todavía usan martillo y escoplo, sin orden, concierto ni talento. Las réplicas no van cargadas de palabras esdrújulas, sutilezas retorcidas y citas ingeniosas, sino de críticas tipo «¡Es tonto! ¡Es feo! ¡Se muerde las uñas!» y otros inteligentes juicios de valor por el estilo.

Cristina Macía hace gala de su proverbial ironía y se defiende de las alusiones personales de Carlos Mesa:

No me molesta su alusión a mi vestuario deplorable. Todos mis amigos estarían de acuerdo con tal crítica. Aunque yo tenía la sensación de que me pagaban por traducir o escribir, no por pasar modelos. En fin, me lo cuidaré más. Tampoco me molesta que diga que no soy simpática. Ahí se equivoca. Soy un cielo, un encanto, un dechado de dulzura. Pero soy un cielo, un encanto y un dechado de dulzura con mis amigos, no con Carlos Mesa. Si dice que no soy simpática porque no soy simpática con él, puede añadir que no me gusta el marisco porque nunca he comido marisco con él, o que soy virgen porque nunca me he acostado con él. Eso sí, me escuece bastante más su alusión a mis dientes feos. Es que una tiene sus complejos: desde que alguien, Buda lo confunda, se sacó de la manga un antibiótico llamado Tetraciclina, toda una generación de críos enfermizos hemos arrastrado unos dientes amarillentos horrorosos. Por tanto, por mis complejos y puñetas, eso sí me toca la moral. Después de todo, yo no me metería con las espinillas de Carlos Mesa, porque el pobre no tiene la culpa de tener las hormonas tan desequilibradas como el cerebro. Pero lo de mis dientes tiene fácil arreglo: el tratamiento para dejarme una sonrisa tipo Hollywood cuesta un cuarto de millón de pelas. Se admiten donativos.

Y, como se suele decir ahora, Macía se viene arriba:

[…] resulta obvio que su auténtica vocación [de Carlos Mesa] es la de modisto parisino. Dramatis personae de su artículo: Alejo Cuervo es «un barbudo mal aseado y vestido», Albert Solé es «un barrigón, camisa abierta hasta el ombligo», servidora tiene un «vestuario digno de figurar en el museo de los horrores»... Lástima que BEM no tenga ilustraciones en color, si no estoy segura de que Mesa habría acompañado su texto con diferentes bocetos y propuestas para renovar nuestro guardarropa.

Yendo al fondo del asunto, Macía puntualiza los motivos de la carta de protesta de Alejo Cuervo y sus cenobitas:

Conviene mencionar que el artículo de Carlos Mesa está poblado de mentirijillas, el muy picaruelo. A saber:
- Nuestra protesta por las alteraciones en los textos publicados en BRM no era por posibles recortes en función de la maqueta. Servidora también trabaja para la prensa diaria, y sabe que eso es triste, pero necesario. Protestamos cuando ese insensato se dedicó a añadir cosas -ejemplo, en el artículo de Alejo- para poner en boca de otro ideas que a él le apetecería ver expuestas, pero no se atreve a firmar; o cuando los cortes eran tan salvajes y aleatorios que cambiaban radicalmente el sentido de lo que se decía: otro ejemplo, el artículo de Pérez Navarro sobre la WorldCon era un texto elogioso escrito en tono humorístico. Tal y como el chiquito de BRM lo dejó, parecían los balbuceos de un idiota que se lo había pasado fatal en La Haya.
[…]
- No puedo hablar por boca de Vigil, a quien conozco poco, aunque personalmente y por mis referencias lo considero una persona sumamente discreta e inteligente, incapaz de decir las sandeces que le atribuye Mesa. Sí puedo hablar por lo que respecta al resto de sus citas, sobre todo las que pone en boca de Alejo. Son mentira. Mentira, sin paliativos. No versiones libres, ni alusiones de memoria, ni aquello del «espíritu, si no la letra». No. Son mentira pura y simple.
[…]
Y, para zanjar el asunto, solo queda darle un tironcillo de orejas a la memoria de Mesa: la carta que enviarnos a la fotocomposición, imprenta, colaboradores, etc. de BRM, amenazaba, sí, con medidas drásticas.... en caso de que publicaran nuestros textos sin nuestro permiso Y sin pagamos. Esta última parte de la frase se le olvida mencionarla en su artículo, ¿quizá porque quitaría todo valor a su argumentación? Naaa, ¿cómo puedo ser tan malpensada?

Después de esta réplica, como digo, se sucedieron algunas firmas invitadas que insistían en lo mala que era la envidia o en lo malo que era Alejo, pero la polémica se fue diluyendo con el tiempo, en particular desde que intervino Juan Carlos Planells, en el número 16, de enero de 1992, con la única réplica conciliadora de esta polémica, «¡En guerra abierta!», en la que llamaba a la calma si no queríamos acabar, cita literal, «cargados de banderas los domingos de fútbol y [corriendo] a golpes de asta a los del equipo contrario».
La guerra llegó a su fin; o al menos la batalla. La polémica se apagó por sí sola, pero tuvo consecuencias. Definió cuáles eran los dos bandos irreconciliables del fandom de los diez años siguientes, aunque siempre hubo autores y aficionados que actuaron al margen de las polémicas, llevándose bien con todo el mundo y, supongo, atónitos ante la mala leche que nos gastábamos. Volviendo al símil con Astérix en Córcega, la revista Blade Runner fue nuestro «asno cojo», creo yo que hasta el cierre de BEM en el año 2000, e incluso más allá.
Los siguientes dos años del fandom transcurrieron como habría de transcurrir el resto de la década: con una actividad frenética, cada vez más fanzines, iniciativas, tertulias, autores y buenos contenidos, que sentaron las bases de lo que Fernando Ángel Moreno y Julián Díez llaman la Generación HispaCon, otros llaman el boom de la ciencia ficción de la década de 1990 y yo, en el ámbito de los fanzines, denomino «la Generación del DIN-A5»; es decir, esos míticos Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Núcleo Ubik y los ya existentes Elfstone y Sueño del Fevre. Los dedazos en el ojo entre ambos bandos, que a aquellas alturas podrían personalizarse, más que como una lucha entre BEM y Gigamesh (que había entrado en un estado de hibernación que duró hasta 1994), como un enfrentamiento entre BEM y la TerMa. Y las joyas de la corona de la TerMa eran la AEFCF y la revista Cyber Fantasy.

LA RESEÑA DE EL SEÑOR DE LOS ANILLOS EN CYBER FANTASY 1 (1993)

Cyber Fantasy nació en 1993 y murió en 1994. Duró solo dos años y seis números, en los que la calidad de la revista no hizo sino aumentar. Su director y factótum era Alberto Santos, antiguo coeditor de Blagdaross, director de las colecciones de fantástico de Edaf (editó, por ejemplo, La serpiente Uróboros, de E. R. Eddison, así como un par de títulos de Thomas Burnett Swann) y, en el momento histórico al que aludimos, primer presidente de la AEFCF.
Como digo, en 1993 salió el primer número de Cyber Fantasy, presentado nada menos que por Luis Alberto de Cuenca, un friki con galones (letrista de la Orquesta Mondragón y gran aficionado al fantástico) que en aquel momento era director del CSIC y que llegó a ser director de la Biblioteca Nacional y secretario de estado de Cultura. Entre los contenidos más destacables figuraba una entrevista a Fernando Savater, que Alberto había realizado prácticamente al asalto (presentándose por las buenas en su casa y diciendo que iba de parte de Luis Alberto), la reedición del primer ganador del premio Aznar, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)», de César Mallorquí, uno de los primeros relatos de Félix J. Palma, un cuento de William Gibson, dos de Robert E. Howard (al que siguió un especial Solomon Kane en el número 2, que casi le cuesta una denuncia por parte de Javier Martín Lalanda, que lo había traducido e iba a publicar en Anaya; la cosa no acabó en los tribunales gracias a la mediación de Alfredo Lara) y un ultracorto muy majo de León Arsenal, que se estaba erigiendo en el líder natural de la TerMa (lo llamábamos el Cacique) y que coordinaba los contenidos de la revista. En un momento dado decidió introducir un poco de humor, en forma de reseñas de coña firmadas con seudónimos. Algo parecido a lo que hace ahora El Mundo Today, para entendernos. Una de esas reseñas de coña, cuya protagonista/víctima era El Señor de los Anillos, la firmaba un tal Tiberio de Andrés (seudónimo, evidentemente, de León), que se despachaba contra la novela de Tolkien en estos términos:

Entre la pléyade de obras de segunda y tercera fila, rescatadas para el lector español por el actual boom que el género de fantasía vive en nuestro país, ha llegado el turno para la publicación de El Señor de los Anillos, trilogía fantástica de J. R. R. Tolkien.
Esta producción de Tolkien, un profesor de literatura inglesa, se revela como otro de esos vulgares pastiches nacidos a la sombra de las obras cumbres del género: una narración vulgar y anodina, sin pizca de originalidad. Esta trilogía es un pálido reflejo de los elaborados mundos fantásticos, nacidos de la imaginación de autores dignos de mejores imitadores.
El estilo empleado es correcto (no olvidemos la profesión del autor). Lamentablemente, ahí acaba todo. El universo de Tolkien, lleno de reminiscencias célticas y nórdicas (cómo no), resulta un abordaje esquemático de las creaciones de quienes, en materia literaria, son us mayores. Otro tanto sucede con la trama, desvergonzada repetición de mejores argumentos: la lucha por un objeto mágico. En el desarrollo de la aventura, este autor llega a tales extremos de descaro que no puede por menos que arrancar una sonrisa al lector. A lo largo de tres gruesos tomos, no encontraremos una situación, una peripecia, una aventura que no haya sido tomada (sin el menor rubor) de otras obras.
Algo que se repite con los personajes. El mago Gandalf, por citar un ejemplo, es un clon desvaído de esos magos misteriosos y llenos de sabiduría que pueblan la galería de personajes ilustres del género.
En la tipología de sus personajes es donde debemos reconocer algún mérito a J. R. R. Tolkien. Aquí, al menos, el autor acepta su incapacidad para manejar los complejos universos de la fantasía de altura y se limita a presentar unas pocas razas, clásicas y fácilmente reconocibles: gnomos, elfos, enanos; con esporádicas apariciones de trolls, dragones, etc., y la adición de hobbits, mediocres y antipáticas creaciones del autor. Quedan muy lejos esos brillantes mundos repletos de semielfos, warlings, elflings que han dado lustre a la fantasía contemporánea.
¿Para qué continuar? No merece la pena. El Señor de los Anillos es una sola trilogía (aunque otros libros del autor se desarrollan en el mismo ambiente), lo cual es otra prueba de la mediocridad de base que existe en esta obra. La novela es trivial, no es desagradable; un neófito incluso la considerará un descubrimiento, un lector avezado la leerá a ratos en la playa, para después olvidarla. Pero eso es todo.

Parece evidente que la reseña era una parodia, precisamente, de la mala fantasía timunmasera que se dedicó a copiar a Tolkien, ¿no? Pues en la Sociedad Tolkien Española no lo interpretaron así, y hubo quien se mosqueó y protestó, para regocijo del consejo de redacción. No fue la única polémica surgida con la STE (te podías pasar números y números de ESTEL leyendo asombrado sus guerras civiles a vueltas con la escuela rusa y sus interpretaciones de Tolkien en clave ultracatólica, o sus protestas por el hecho de que Ana María Matute se atreviese a escribir una obra de fantasía como Olvidado rey Gudú ¡y declarar a la prensa que no se había leído El Señor de los Anillos!), pero sí la que viví más de cerca. Bien pensado, lo que nos pasaba con la STE era que la juzgábamos con criterios de fandomitas de publicación de papel de la década de 1990, cuando su comportamiento era el propio de los foros de opinión y las listas de correo de la década siguiente. Ahí estaba el detalle.
En cuanto a Cyber Fantasy se pueden añadir muchas anécdotas, realmente jugosas, aunque ninguna guerra fandomita que resulte interesante a efectos de esta conferencia. Cierto es que Interface podría haber tenido motivos para desatarla. En el transcurso de una cena de homenaje a Joe Haldeman en Madrid (a la que volveré al hablar de la AEFCF), de esas en las que los asistentes acaban tan borrachos que se suben a los taxis por el maletero, Eugenio Sánchez Arrate tuvo la humorada de contarle una mentirijilla a Joanma Ortiz, quien estaba editando una nueva etapa de Tránsito, adscrita a Interface y con un formato similar al de los dos primeros números de Cyber Fantasy, y quería saber detalles técnicos como, por ejemplo, la tirada de la revista. Eugenio contestó, sin pestañear: «Tres mil… ¡y los vendemos todos!», lo cual era mentira podrida: la tirada de Cyber Fantasy creo que oscilaba entre los quinientos y los ochocientos ejemplares, al menos en la etapa final (José María Sánchez Pardo había tenido una discusión de verduleras con Alberto Santos, en pleno bulevar de la calle Juan Bravo, para disuadirlo de sacar una primera tirada de quince mil ejemplares). Joanma debió de quedarse con el detalle y comerse aquel número con patatas, y la prueba es que, años después, todavía se regalaban ejemplares.
Le dediqué una de las columnas más celebradas de la sección Mentidero Cinco, en la que lo contaba absolutamente todo, con pelos y señales, incluida la anécdota del párrafo anterior. Años después coincidí con Alberto Santos en la caseta de ventas de Gigamesh en la Rambla, durante una festividad de Sant Jordi, y me comentó que se la había leído pero que no me guardaba rencor ni pensaba tenérmela en cuenta, porque se notaba que aquella columna vitriólica «estaba escrita con cariño». Y entonces me di cuenta de que, a pesar de la ironía que destilaba el comentario de Alberto, estaba en lo cierto. Había escrito aquella columna con todo el cariño que le guardo a esa publicación, a esos aficionados y a aquella época. Al fin y al cabo, por aquel entonces la TerMa estaba unida, y tanto Alberto como yo estábamos en el mismo bando de las guerras del fandom.

ALONSO BALLESTEROS (1994)

Parsifal fue uno de los fanzines emblemáticos de aquella Generación del DIN-A5. Dirigido por José Luis Rendueles, sacó diez números entre 1992 y 1997. El más famoso de ellos, sin duda, fue el número 4, ya que desató una guerra en toda regla a raíz de la publicación de una carta-artículo firmada por un tal Alonso Ballesteros, de Jaén, que llevaba por título «No somos para tanto».
Si uno lee las secciones de correo de los fanzines y revistas editadas a partir de 1994 reparará en un hecho curioso: todas ellas advertían de que NO publicarían cartas remitidas bajo seudónimo. Ello se debe a que ese tal Alonso Ballesteros, que sabíamos que era un seudónimo, había remitido «No somos para tanto» a Cyber Fantasy, y no se le publicó, ya que se consideró que las opiniones en ella vertidas debían hacerse a cara descubierta. La envió en Parsifal, que se la publicó. Hubo bronca. Fue el tema estrella de la hispacón de Burjassot, y fandom vivió durante al menos dos años presa del síndrome de Alonso Ballesteros. En el diario de la convención, Papel Mojado, se realizó una encuesta de emergencia en la que se apuntaba como posibles autores a Julián Díez, Pedro Jorge, el Grupo Interface en pleno, Javier Cuevas e incluso al propio Alonso Ballesteros, quien al fin y al cabo tal vez fuera eso, un señor de Jaén llamado Alonso Ballesteros que tenía esas opiniones sobre la ciencia ficción española.
Ballesteros puso el dedo en la llaga desde el mismo título. A lo mejor nos estábamos pasando de optimistas al decir que todo lo que se publicaba era maravilloso. Voy a citarme a mí mismo. En mi columna Mentidero Cinco, publicada en la web Bibliópolis en 2001, contaba lo siguiente.

La cf española era la hostia, BEM lo decía bien claro, y poner en solfa cualquier obra de cualquier autor ya suponía incurrir en cierto modo en una pequeña traición al género. A ver, ¿quién se hubiera atrevido por aquel entonces a afirmar, con su propio nombre y sin que nadie se dedicase a malmeter a sus espaldas en los pasillos de una HispaCon, que novelas como La leyenda del Navegante de Rafael Marín (Miraguano) eran fallidas pese a su innegable ambición, que Wyharga de Ángel Torres Quesada (Miraguano) era un coñazo absolutamente ilegible o que El refugio de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal (Nova CF) estaba mal escrita, era notablemente peor que las magníficas Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad y que no sólo no marcaba la mayoría de edad de la ciencia-ficción española (como afirmaba la contraportada) sino que era uno de los mayores bluffs de la historia del género? Muy pocos. El linchamiento moral era una posibilidad bastante factible. Es la única explicación verosímil para que una reflexión tan inocua como "No somos para tanto" tuviera que ser publicada bajo pseudónimo.
Porque Alonso Ballesteros no sólo no decía ninguna barbaridad, sino que resultaba de lo más sensato, acertado y comedido en sus juicios:
"Resulta curioso cómo optimismo y pesimismo conviven actualmente en determinados sectores del fandom para referirse precisamente a lo mismo. Por un lado, se dice, contamos con excelentes autores que nada tienen que envidiar a los anglosajones. Al mismo tiempo, son frecuentes los lamentos por lo mal que las editoriales del género tratan a los escritores nacionales. (...) tengo que decir, con gran dolor de mi corazón, que los escritores de ciencia ficción españoles no son para tanto, que todavía tienen bastante que aprender de sus colegas americanos y que esa euforia exagerada ante la calidad del material nacional puede acabar resultando contraproducente. (...) La edición de españoles es imprescindible precisamente para que exista una ciencia ficción escrita por autores nacionales, una ciencia ficción fuerte, saludable, que no tenga nada que envidiar a los americanos. (...) Pero lamentablemente creo también que aun no existe una CF así en nuestro país. Hay esperanzas, sin duda, los autores que ahora mismo consiguen (con muchas más dificultades, es cierto, de las que deberían existir) publicar están, como mínimo, a un nivel correcto (superan sin problemas el aprobado y hay novelas extranjeras de CF mucho peores que son publicadas con gran éxito). Y quizá con el tiempo puedan competir sin rubores con los grandes modelos anglosajones. Pero de momento, y salvo las excepciones reseñadas [Juan Miguel Aguilera/Javier Redal y Javier Negrete], no lo veo así. El tiempo lo dirá, de todas formas."
Pues sí: el tiempo lo ha dicho. Siete años después, la literatura fantástica española ha seguido mejorando, aunque de un par de años para acá creo que está empezando a percibirse un cierto estancamiento, cuando no retroceso, especialmente acusado en la ciencia-ficción, ya claramente superada por la fantasía. Pero lo dicho por Alonso Ballesteros sigue estando plenamente vigente, tal vez hoy más que nunca.
"No somos para tanto" revolucionó a un fandom que por aquel entonces estaba más sumido que nunca en su "síndrome de Joaquín Luqui" particular, deslumbrado por una serie de hallazgos que hacían que prácticamente de un mes para otro se pudiera percibir el crecimiento del género en España. Sin embargo, no cayó en saco roto, pues dio origen a una serie de reflexiones sobre la cf española desde el propio fandom, recapitulaciones como "Nosotros" de Rafael Marín, "Criterios de selección" de Alfredo Benítez o "Quemados por el sol" de aquí un amigo, en los que ya se podía hablar sin tapujos de nuestra forma de ver el género, de nuestras preocupaciones acerca de sus aciertos y carencias, de su evolución y su futuro. Alonso Ballesteros nos quitó complejos de encima y nos enseñó a llamar a las cosas por su nombre.
Y el lector se preguntará: ¿y quién era Alonso Ballesteros? La respuesta, evidentemente, ya es de dominio público, pero el misterio tardó años en desvelarse. Y este Mentidero 5 es el lugar adecuado para recordárselo a quienes no conocen la historia. En primer lugar, porque la polémica surgió en las páginas de Parsifal, el fanzine del que estamos hablando en esta entrega. En segundo lugar, porque los responsables no fueron otros que los editores de Parsifal, Rodolfo Martínez y José Luis Rendueles. Hartos de tanta tontería, urdieron la carta-artículo con pseudónimo, cada uno puso cosas de su cosecha y movieron su "No somos para tanto", a ver qué ocurría. A ellos corresponde juzgar si los efectos superaron o no sus expectativas; pero sin duda deben estar contentos.

Así pues, podríamos decir que esta guerra tuvo un final feliz: introdujo un poco de sensatez en el fandom y nos enseñó a refrenar nuestro optimismo desmedido. Pero también tuvo consecuencias, como el enquistamiento de las relaciones entre BEM y Núcleo Ubik (el fanzine que Julián Díez, Héctor Ramos, Eugenio Sánchez y yo creamos ese mismo año), precisamente debido una escalada en torno a la supuesta existencia o no de uno de sus colaboradores, Xavier Riesco Riquelme.



NÚCLEO UBIK (1994-1996)

La idea de poner en marcha un fanzine venía de viejo. Julián y yo estábamos decididos desde hacía tiempo, pero la ocasión se presentó cuando la I Junta de la AEFCF le cedió el testigo a la II Junta, presidida por Ricard de la Casa. Las circunstancias del relevo habían sido delicadas, ya que la asociación había estado literalmente a punto de disolverse después de una asamblea bastante accidentada en la hispacón de Gijón 1993. Alberto Santos no había estado muy fino, los premios Ignotus se habían desconvocado porque la papeleta de votación no había llegado a todos los socios y, en definitiva, Joanma Ortiz tomó la iniciativa de improvisar una reunión de socios en la cafetería del centro comercial y posponer la asamblea hasta el día siguiente. (Inciso: en aquella hispacón estuvo a punto de romperse por primera vez la Pax Hispaconera cuando Elia Barceló salió cabreada de una mesa redonda en la que Albert Solé se había dedicado a trolear desde la palestra. Aquello afectó a Albert hasta el punto de que no volvió a asistir a hispacones.) Se convocaron elecciones, creo recordar que sin otra candidatura que la encabezada por Ricard, efectuamos el traspaso de competencias (que incluyó cambiarle el nombre al premio Aznar, que no le interesaba a la nueva junta y pasó a gestionar la TerMa a título privado, con el nuevo nombre de Pablo Rido), y a pasar página.
Por aquel entonces, Julián acababa de aceptar la dirección de la segunda época de la revista Gigamesh. Ejerció como director desde el número 4 (1994) hasta el 31 (2001), en que lo sustituí. Pero Gigamesh era una revista profesional, y algunos de los contenidos que quería editar tenían más sentido en un fanzine. De este modo se gestó Núcleo Ubik, cuyo nombre nos sugirió Juanma Barranquero, ya que Julián prefería llamarlo Núcleo y yo Ubik. Juanma ya había sido el responsable de que Cyber Fantasy no se llamara Fantasy Cyber, como defendía su director, Alberto Santos, así que dimos por bueno su criterio.
En Núcleo Ubik íbamos de exquisitos, pero también de gamberros, de modo que éramos carne de polémica. Sacamos buenos contenidos (creo sinceramente que el número 2/3, aparecido en 1995, es uno de los mejores ejemplares de fanzine que se han editado en España), pero también la liamos parda, y nos la liaron.
La cosa venía del año anterior. Julián había enviado una carta de dimisión de coordinador del boletín Pórtico que fue parodiada por Pedro Jorge en «Dimisión imposible», el editorial de BEM 31 (mayo de 1993). Donde Julián explicaba las razones que lo habían llevado a la dimisión, la parodia de Pedro la atribuía al visionado de ¡Viven! y al nuevo bigote de Ricard de la Casa. Donde Julián aclaraba que estaba decidido a sacar Núcleo Ubik, un fanzine que fuera el heredero espiritual de Zikkurath, Pedro soltaba perlas como la siguiente:

¿Qué haría si dejase mi cargo en Intercara? He estado jugando durante un tiempo con la posibilidad de editar mi revista-bonsai (una palabra en cada hoja del bonsai). Será, evidentemente, una revista vanguandista (la primera de su género y especie en el mundo), elitista, cara y exigirá muchos cuidados (no olvidar regarla una vez a la semana). En ella sólo publicará lo mejor de la ciencia ficción anglosajona (una cosa es defender la ciencia ficción española y otra los negocios, mind you) y nuestro modelos más evidentes serán Nueva Dimensión, Zikkurath y Pulgarcito. Publicaremos números especiales en el interior de latas de gasolina y un número anual en un termo de cafe (a vanguardia, y otras ias, no me gana nadie). Su nombre será Kernel Ubik [alusión a Kernel BEM, una publicación en disquete que sacó Interface], aunque quizá lo cambiemos a El ascensor secreto, o Llorad, Philip K. Dick continúa muerto [alusión a La ascensión secreta, o Llorad, Philip K. Dick ha muerto, de Michael Bishop.]

Pedro remataba el festival del humor con un ensayo sobre Gabriel Bermúdez Castillo en el que disparaba con bala contra un ensayo mío sobre Gabriel Bermúdez Castillo aparecido en el mismo número de Pórtico en que Julián anunciaba la dimisión. Razones no le faltaban, ya que era mi primer ensayo publicado y dejaba bastante que desear, pero digamos que no me pareció un detalle elegante.
En todo caso, habíamos conseguido un auténtico hito: ser el primer fanzine al que ponen a parir un año antes de su aparición.
Los dos barra tres números de Núcleo Ubik fueron intensos y, creo, interesantes. Sacamos buenos cuentos, buenos artículos, un par de contenidos polémicos (en particular, un artículo incendiario de Rafa Marín) e incluso teníamos planificado el número 4, aunque los retrasos se acumulaban, y al final decidimos cerrar el fanzine, liberar los contenidos y devolver el importe de las suscripciones. Creo que fuimos la primera publicación del fandom que tuvo ese detalle. Como aun así nos sobró dinero, montamos una fiesta en casa de León Arsenal aprovechando que Elia Barceló acababa de ganar el premio Edebé y estaba de visita en España.
¿Tuvo repercusión toda esta actividad? Pues sí: Pedro Jorge volvió a dedicarnos un artículo, aparecido en el número 9 de Parsifal (primavera de 1996) y en el que se alegraba de que Núcleo Ubik estuviera muerto.
Creo que fue el único motivo por el que no cerramos antes el fanzine: queríamos sacar al menos un número más que desmintiese el comentario de Pedro. Pero lo que no puede ser, no puede ser.
Debo decir que nos merecíamos aquellos piropos, ya que éramos unos tíos broncas. Por ejemplo, llegamos a utilizar argumentos ad hóminem: entramos a saco contra Xavier Riesco Riquelme solo para chinchar a Pedro Jorge. Riesco había nacido en el antiguo Zaire (hoy República Popular del Congo), lo cual nos parecía un detalle tan inverosímil que, inmersos en la fiebre de los seudónimos que se había desatado tras la famosa carta de Alonso Ballesteros, dimos por supuesto que era un alias de Pedro Jorge. Así pues, en el editorial del número 2 nos despachamos a gusto:

Desde la aparición del primer NU, los integrantes de su equipo directivo hemos sufrido varios problemas con el continuo espacio temporal que nos han llevado a padecer experiencias que podríamos denominar semidickianas. Sobre todo, hemos recibido publicaciones que proceden, seguramente, de realidades alternativas y que, por lo tanto, no se corresponden con el día a día de la ciencia ficción española. [...]
BEM. En su número de febrero-marzo se incluye un anuncio de Tránsito en el que se destaca que es la única revista que existe desde los tiempos de Nueva Dimensión. Sin duda, esto demuestra que ese BEM ha sido publicado en otra realidad en la que Tránsito ha dado a la luz más de dos números en los últimos seis años o en la que no existieron jamás Blade Runner y Gigamesh... ahora que lo pensamos, ¿no dicen ellos que BEM es una revista?
El Pedro Jorge Riquelme de este continuo, pese a su conocida tendencia a la improcedencia, no sería capaz de dislate semejante, o de chorradas como utilizar un seudónimo evidente para encubrir su inconfundible prosa y evitar que parezca que todo el fanzine lo hace él solo porque ya nadie les hace caso. O a lo mejor es para poder mantener así esa dualidad que le permite decir una cosa en público y otra en privado sobre las novelas de los autores que quiere que colaboren en su fanzine.
En cualquier caso, todo ello nos produce sinceras esperanzas de que exista algún lugar en el que NU pueda considerarse a sí mismo como el único fanzine desde Zikkurath, lo que es nuestra auténtica vocación.

La réplica llegó por partida doble. En el editorial de BEM 50 (1996) se ironizaba acerca de la escasa utilidad de los fanzines de quinientas páginas (Núcleo Ubik 2 tenía 284, lo que lo convertía, en aquel momento, en el fanzine más tocho que se había editado en España, y el segundo en lengua española, detrás del 16/17 de Cuasar), y Pedro Jorge publicó un artículo, «La ciencia ficción española y nosotros que la quisimos tanto» (Parsifal 9, primavera de 1997), en el que achacaba nuestra actitud a los celos y la inmadurez y caracterizaba a Núcleo Ubik como un

movimiento revolucionario puro, el de vamos a derribar todas las instituciones para construir unas mejores encima [...] se ha dado desde tiempos inmemoriales en la ciencia ficción española aunque recientemente, desde Núcleo Ubik, ha adoptado estrategias más cercanas a "la tierra quemada" y al "no hagamos prisioneros". Se aspira aquí a acabar con todo para construir sobre las ruinas nuevas estructuras que renueven el género. Por desgracia, esos métodos suelen provocar muchos sufrimientos y dar lugar a regímenes autoritarios y poco duraderos.

Vamos, que nos llamaba fascistas, tal cual, con lo que volvíamos a la dialéctica del fandom de Nueva Dimensión y los prólogos de Carlo Frabetti para Nova de Bruguera. No contento con eso, soltaba la perla definitiva:

Al menos, Núcleo Ubik está cómodamente muerta... por el momento.

Y eso fue lo que nos remató. Pueden meterse con tu trabajo, con tus aficiones e incluso con tus hermanos, pero ¿con tu querido hijito, sangre de tu sangre, por borde que sea? La tensión subió un nivel más a partir de aquella polémica.
Ya no eran negocios: era personal.

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