sábado, 6 de diciembre de 2014

Yo sobreviví a las guerras del fandom (incluso a las que provoqué) (1)

(Foto: Mariano Villarreal.)


Esta mañana hemos estado en Montcada i Reixac, asistiendo a la XXXII hispacón, también llamada MirCon. Aprovecho para felicitar a Urânik, los organizadores de la convención, y mandar besitos a todos aquellos a quienes no hemos podido hacerlo en persona. (¡Aquello estaba a reventar!)
El caso es que la conferencia que llevaba preparada, "Yo sobreviví a las guerras del fandom (incluso a las que provoqué)" os ha hecho toda la gracia que yo esperaba que os hiciera, calculo que debió de haber unos ochenta asistentes (un exitazo, para lo que es una hispacón) y, a juzgar por el nivel de risas e interacción, yo diría que os lo habéis pasado bien, que era el objetivo que pretendía. Me sabe mal no haber podido resumir un poquito para que hubiera un turno de preguntas, pero espero haberlo compensado con un buen caudal de batallitas de abuelo cebolleta, tan sórdidas como simpáticas.
Cuando he llegado a casa he comprobado que el seguimiento en Twitter de la conferencia y la posterior presentación de Los premios Ignotus. 1991-2000, en la que he participado junto con Mariano Villarreal, ha sido más que aceptable.
Elías Combarro (odo) ha estado grabando ambos actos y los subirá a YouTube en cuanto tenga tiempo, que espero que sea pronto. Ya os iré informando.
Y como lo prometido es deuda, aquí va la primera parte de la conferencia. Todavía estoy maquillando el resto de la conferencia, de modo que no puedo deciros cuándo saldrá el resto, ni si lo hará en una o dos partes: me ha quedado un texto realmente tocho (parece que este año no consigo bajar de las quince mil palabras, por mucho que me lo proponga), pero es que la ocasión lo merecía.
Como hoy es un día de aniversarios de hechos que no querría que se hubieran producido, el hecho de estar esta mañana entre amigos, echándome unas risas a costa de las polémicas que nos amargaron toda una década, me ha ayudado muchísimo a desconectar y no pensar. Vosotros os habéis reído, pero yo no he llorado. Creo que salgo ganando. Gracias a todos los asistentes por hacerme sentir así.
Y ahora, sin más dilación, la primera parte del texto que había llevado a la conferencia. En cuanto pueda, subo el resto; insisto, no sé si en dos partes o en una sola.
A pasarlo bien y evocar viejos tiempos (quienes los vivísteis) o descubrir una faceta oscurilla del fandom de ciencia ficción (quienes no estabais allí en la década de 1990).

(Foto: Luis Jarava.)


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CONFERENCIA:





YO SOBREVIVÍ A LAS GUERRAS DEL FANDOM
(INCLUSO A LAS QUE PROVOQUÉ)




JUANMA SANTIAGO









MIRCON – XXXII HISPACÓN
MONTCADA I REIXAC,
6 DE DICIEMBRE DE 2014




EL PORQUÉ DE ESTA CONFERENCIA

Cuando la organización de la MirCon me propuso participar con una conferencia, me planteé varias posibilidades. Por un lado, me apetecía seguir tirando del hilo de las distopías juveniles, ir más allá de la conferencia que había pronunciado en la hispacón QuartumCon 2013 de Quart de Poblet, pero no quería repetirme. También me planteé dedicarla a algún asunto sesudo, qué sé yo, los autores más o menos transgénero o de sexualidad cambiante, como James Tiptree, jr., Raphael Carter o Poppy Z. Brite / Billy Martin. Pero a medida que se acercaba la fecha de la convención y se cerraba el programa de actos, entreví una posibilidad que tenía sentido, mucho sentido.
Como seguramente sabréis si tenéis a mano el programa de la MirCon, en cuanto acabe esta conferencia haremos la presentación de la antología Los premios Ignotus. 1991-2000, editada por el sello Sportula de Rodolfo Martínez y con aportaciones de Mariano Villarreal y un servidor. Rudy no podrá asistir a la MirCon, pero nos pidió a Mariano y a mí que le hiciéramos una presentación maja del volumen, que merece la pena y puede ser todo un descubrimiento si no estabais en el fandom de la década de 1990.
Y entonces lo vi claro. ¿Qué mejor manera de redondear una mañana en plan revival de aquella década que contando sus trapitos sucios y miserias antes de pasar a desglosar sus virtudes y grandes logros creativos? Parafraseando al Charles Dickens del principio de Historia de dos ciudades, la década de 1990 fue el mejor y el peor de los tiempos, así que ¿por qué no contar ambas facetas? En la presentación de la antología, Mariano y yo os contaremos por qué fue el mejor de los tiempos, y en esta conferencia me encargaré de explicaros por qué fue, además, el peor de los tiempos. O no.
El título de la conferencia no es casual. Desglosemos:

Yo sobreviví. Me suscribí a mi primer fanzine (Gigamesh) en 1985. Ingresé en mi primera asociación. (Antares) en 1987. Asistí a mi primera hispacón (Barcelona) en 1991. Coedité mi primer fanzine (Núcleo Ubik, aunque en cierto modo el boletín Pórtico de la entonces AEFCF se podía considerar un fanzine más) en 1994. Y aquí ando, en la hispacón de 2014, y más o menos en activo en el fandom. Podría decirse que sí, que soy un superviviente. Lo mío no es lo de Agustín Jaureguízar o Carlos Saiz Cidoncha, que llevan cincuenta años en el fandom, pero vaya, tampoco está mal.
a las guerras del fandom. Como veremos a continuación, la dinámica del fandom de la década de 1990 fue un tanto peculiar: una creatividad desbordante, por un lado, pero todo el día a puñetazo limpio (en un sentido retórico), por otro. Sí, fueron auténticas guerras, y en algunas de ellas intervenía todo el mundo, aunque su opinión fuera irrelevante o extemporánea.
incluso a las que provoqué. Desengañémonos: yo era muy trol y muy imprudente. Lo cual quiere decir que desencadené o avivé algunas de esas guerras incluso sin pretenderlo. 


QUÉ ES EL FANDOM

Elisabeth Roselló va a dar una conferencia sobre el fandom (o, más bien, los distintos fandoms) en esta misma hispacón. Os emplazo a que asistáis, pues ella explicará mejor que yo lo que es un fandom, en qué consiste, qué tipos de fandom hay y, en general, todo eso que tanto suelen preguntar los profanos en la materia.
Dicho esto, adelanto cuáles considero los elementos que debe reunir todo fandom que se precie:
·       Estar compuesto por aficionados. ‘Fandom’ viene de fan (que, a su vez, es una contracción de fanatic, «fanático», y con eso lo digo todo y no digo nada), «aficionado», y kingdom, «reino». Literalmente, «el reino de los aficionados». O «el reino de los fanáticos», dependiendo de la acepción de fan que deis por buena. Esta definición excluye a los profesionales que viven de la materia objeto del fandom; cosa que hace treinta años era cierta, al menos en el fandom de ciencia ficción, pero que, evidentemente, hoy no lo es tanto. En la presente exposición me centraré en la década de 1990, entre otras cosas porque aún se podía hablar de un fandom genuinamente aficionado o, como mucho, en vías de profesionalización.
·         Temática común. A los aficionados que conforman el fandom los une una temática común. En el caso que nos ocupa, esta afición es, grosso modo, el género fantástico en todas sus manifestaciones, aunque, por acotar el terreno, lo que entendemos por fandom en esta conferencia se circunscribe al grupo concreto de aficionados a la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror que, de una manera continuada en el tiempo, leen, escriben o editan ficción, ensayo u opiniones en todo tipo de publicaciones, foros y redes sociales temáticos desde mediados de la década de 1960.
Con esta definición tan limitada nos podemos ahorrar los millones de disquisiciones habidas y por haber sobre lo que es o no es fandom. Hay muchos más aficionados que fandom y, sobre todo, hay otros fandoms que, de una manera más o menos colateral, tocan aspectos de «nuestro» fandom, pero son eso: otros fandoms. En las convenciones y cenáculos hay aficionados al cine fantástico o el gore, warsies, trekkies, ringers, whovians, browncoaters, steampunks, ciberpunks, góticos, otakus, comiqueros de Marvel o DC, roleros, gamers, furries y demás fauna friki, pero de lo que se va a hablar es, sobre todo, de literatura. O, al menos, es lo que se hacía en la década de 1990.
·         Miembros expertos. Se supone que estos aficionados a una temática común son auténticos expertos en la materia; hasta el punto de que muchas veces les enmiendan la plana a los profesionales (editores, autores o libreros) con sus abrumadores conocimientos. Esto puede ser útil para ambas partes (sobre todo, para el profesional, que si se lo monta bien puede conseguir mano de obra gratuita a cambio de quince minutos de fama o una mención en los agradecimientos) o convertirse en un auténtico engorro y fuente de numerosos problemas. En la década de 1990 era más frecuente lo primero que lo segundo, aunque conforme pasaron los años la cosa se equilibró. Debo decir que este puntito de experiencia me vino genial para desarrollar más tarde mi carrera profesional. Y no he sido el único. De hecho, el aficionado convertido en editor, director de publicación o autor de renombre es una constante tanto en el fandom estadounidense, que siempre ha tenido un mercado profesional potente, como en el fandom español. Plantarte en un cargo relevante sin tener credenciales de «friki pata negra» estaba muy mal visto (véase el caso de Carlos Mesa). Y con eso llegamos al siguiente punto.
·         Endogamia. En efecto, el fandom funciona como una pequeña familia; mal avenida, pero familia al fin y al cabo. Los fandomitas nos odiamos pero nos necesitamos, nos asestamos puñaladas traperas pero en el fondo nos queremos. Fulanito puede ser un auténtico hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Abundan las redes clientelares y de solidaridad. Y esto es así porque, como sucede con los Furbys, cuando dos fandomitas se ven por la calle, una pequeña lucecita se ilumina en sus corazones frikis y de este modo se reconocen. Están en el ajo.
·         Elitismo. Por fuerza, la pertenencia a una minoría selecta te convierte en un puñetero elitista de mierda. El fandomita se cree que pertenece a una sociedad secreta, con sus propios códigos de comportamiento, sus propios chascarrillos y su propio idioma. En realidad, todos estos son atributos propios de una subcultura, y tienden a reforzar la identidad de sus miembros, su carácter exclusivo, por oposición a lo mainstream, lo general. La subcultura fandomita es menos vistosa que, pongamos por caso, las de los fandoms musicales (me pierdo en la cantidad de sub-fandoms relacionados con grupos musicales japoneses o coreanos para adolescentes, todos ellos con cientos de miles de aficionados), pero a la postre se rige por la misma norma de funcionamiento: «Entiendo un huevo de lo mío, y eso me hace mejor que tú».
El otro día comenté en Facebook una anécdota relacionada con esa protoguerra del fandom que fue la disputa entre Ramón del Valle-Inclán y José de Echegaray. Elisabeth Roselló planteó en los comentarios una cuestión muy pertinente a este aspecto. Copio y pego:

Yo creo que la diferencia entre las guerras de intelectuales y artistas del siglo xix, y las de los fandoms, es que en las primeras solo participaban intelectuales burgueses, que eran los que tenían acceso a los estudios humanísticos y a la llamada «alta cultura» (y a poder leer y escribir, más básico aún), y los que podían acarrear una vida de penurias/pocos ingresos gracias a sus rentas. En cambio, en los fandoms ha participado gente que no necesariamente ha tenido acceso a estudios universitarios pero sí acceso a esa cultura, por lo que han participado aun gente más diversificada en esas guerras de fandoms. Al final, es lo mismo, las mismas anti-sinergias y mierdas.

·         Exhibicionismo. Toda esta prepotencia elitista se traduce por fuerza en un componente exhibicionista muy acentuado. Estás en el fandom para leer y opinar, pero también para que te lean y opinen sobre ti, para lucirte. No es necesario que tengas una vida triste y estés sobrecompensando en un terreno en el que realmente destacas por encima del cretino que te hizo bullying durante todo el instituto, que sería la interpretación al uso, entre seudopsicoanalítica y condescendiente, para analizar la personalidad del fandomita. La realidad es más compleja. Por supuesto, hay de todo, pero, en líneas generales, el fandom es un rebaño compuesto de manera predominante por machos alfa en plena temporada de berrea. Con el añadido de que, en la década de 1990, apenas había estrógenos para tanta testosterona, por lo que la única recompensa a tanto exhibicionismo era fomentar la autoestima y comprobar satisfecho que tu polémica significaba que, al fin y al cabo, alguien te hacía caso, que es el objetivo del exhibicionismo.
·         Creación. El fandomita es un señor muy creativo. Escribe ficción, ensayo, reseñas y, en la década de 1990, muchas cartas. No es casualidad que buena parte de aquel fandom terminara profesionalizándose, en mucha mayor medida que los fandoms de décadas anteriores, tanto en tareas de ficción (Elia Barceló, Javier Negrete, César Mallorquí, León Arsenal) como en la faceta de traductores (Rafael Marín, Pedro Jorge), editores (Luis García Prado) o directores de publicación (Julián Díez, Alberto García-Teresa, Armando Boix, Alejandro Salamanca o un servidor). O en varias de ellas a la vez. Dentro de un rato analizaremos en detalle esta característica del fandom español de ciencia ficción de la década de 1990, pues los cuentos ganadores de los premios Ignotus son una buena muestra de esta explosión creativa que se vivió de manera continua y escalonada durante toda la década.
·         Trascendente. El fandom, desde el momento en que existen las publicaciones, tiene vocación de permanencia en el tiempo. Mira hacia el futuro desde el momento en que crea un contenido: quiere dejar su impronta para las generaciones venideras de aficionados. Por lo menos, esta era la dinámica de la década de 1990, antes de que el posmodernismo y la banalización de la creatividad lo jodieran todo. El nuevo fandom del siglo xxi y, de manera particular, la desaparición paulatina de los fanzines de papel, dieron como resultado el que la fiesta se trasladara a las redes sociales y foros, lo que, por un lado, mató la creatividad (parte del tiempo que dedicabas a escribir o leer se te iba en opinar o marujear) y, por otro, mató el afán de trascender (todo pasó a hacerse buscando la aceptación inmediata, el aquí y el ahora).
·         Gregario. Menos la faceta creativa y la afición, ninguno de estos elementos tiene sentido si vas por libre. Estás en el fandom desde el momento en que te reconoces como parte de una comunidad; de lo contrario, serás solo un aficionado, un lobo solitario. Los fanzines y revistas como Nueva Dimensión ayudaron a que los lobos solitarios se agruparan en un fandom en las décadas de 1960, 1970 y 1980. La AEFCF (antes de añadir la T), las BBS, BEM y Gigamesh fueron los motores del fandom de la década de 1990, secundados por una pléyade de buenas publicaciones, tanto fanzines como semiprozines. Con el cambio de milenio, Artifex, Solaris, 2001, Galaxia o Asimov tomaron el relevo como publicaciones de referencia, pero no dejaron de ser accesorias: el verdadero motor del fandom pasó a internet, en forma de chats de IRC, grupos de noticias, grupos de eGroups y YahooGroups, foros, blogs, comunidades y redes sociales.
Para mucha gente (no necesariamente residentes en pueblos o ciudades sin masa crítica de fandomitas), la suscripción a las publicaciones era la única manera de mantener contacto con otros aficionados y, por tanto, sentirse y ser parte del fandom. Eran lobos solitarios, pero estaban al día, en el ajo y, por tanto, en el fandom. 
Pero otros fandomitas hicieron gala de este gregarismo para agruparse y mantener un contacto físico. Nacen así las asociaciones, las tertulias y las convenciones, en el fandom del siglo xx, y las kedadas en el del siglo xxi. Eres fandom porque lees lo mismo que un señor a quien no conoces y que tal vez viva a mil kilómetros o en el piso de arriba, pero te sientes fandom porque lees lo que escribe ese señor o incluso te vas de cafés o copas con él.
·         Activo. Es el corolario de todo lo dicho. No hay fandom sin actividad. Si no haces nada (leer, opinar, escribir o liarte a hostias con otros fandomitas), no eres fandom.



TIPOS DE FANDOMITAS

Pero claro, somos como nos parieron nuestras madres, diferentes en todo aunque iguales en lo esencial. Hay tantos tipos de fandomitas como de personas, porque al fin y al cabo toda comunidad es una suma de individuos, pero siempre hay ciertos arquetipos que se repiten en la subcultura fandomita, del mismo modo que siempre veremos ciertos tipos de individuos en las subculturas laboral o académica.
De una manera un tanto simplificadora, León Arsenal dividió en cierta ocasión al fandom en dos categorías, que me molesté en definir en el «Diccionario del fandom» que apareció seriado en la sección Mentidero Cinco de la página web Bibliópolis, entre los años 2000 y 2001:

·         Conanista. Dícese de un sujeto, generalmente varón idealizado a sí mismo como fornido y musculoso, que encuentra un desmedido gozo en la lectura íntima (o las adaptaciones cinematográficas o roleras) de la obra de Robert E. Howard o, en general, de todas sus imitaciones... hasta el extremo de llegar a salpicarte con sus indudables conocimientos en la materia.
·         Frodomita. Dícese de aquel aficionado hasta extremos compulsivos a la vida y obra del gran J. R. R. Tolkien. Es tanta su devoción por el genial autor de El Señor de los Anillos que no dudan en demostrarte cuán grandes son sus conocimientos sobre la materia, generalmente a traición y por detrás. Cantan en un idioma que ellos aseguran real, aunque su realidad o irrealidad resulta irrelevante: de todos modos, no se les entiende...

Puede que sea una boutade o una exageración, pero no cabe duda de que León dio en el clavo y acertó a perfilar dos de los tipos básicos de aficionado en general, no solo fandomita. Pero bueno, también fue León quien acuñó el que doy en llamar el teorema de León Arsenal, que dice que «el que no folla, jode». A lo mejor los tiros iban por ahí.
Asimismo podríamos recurrir al DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales) y dividir a los fandomitas como si de casos clínicos se tratase. En tres grandes categorías, divididas a su vez en varias subcategorías:

·         Raros-excéntricos. Divididos, a su vez, en paranoides, esquizoides y esquizotípicos.
·         Dramáticos-emocionales. Divididos, a su vez, en borderlines (personalidad límite), sociópatas (personalidad antisocial), narcisistas e histéricos (personalidad histriónica).
·         Ansiosos-temerosos. Divididos, a su vez, en dependientes, evitativos y obsesivo-compulsivos.

Con el añadido de los pasivo-agresivos, los ciclotímicos y los depresivos, que no figuran en el DSM-IV.
Por supuesto que esta es una generalización que bordea el mal gusto, pero, si os dais cuenta, seguro que reconocéis algunos de estos tipos en las guerras del fandom; en particular, los dramático-emocionales y, dentro de estos, los narcisistas y los histriónicos.
Lo cierto es que en el fandom (y en el mundo literario y artístico, en general), dadas sus características, hay una concentración de especímenes raros que en otros ámbitos de la vida cotidiana. Agustín Jaureguízar, que tiene serios problemas de visión, comentaba que para un ciego o un casi ciego la ciencia ficción tiene un componente muy interesante de fantasía compensatoria; lo mismo sucede con gente que padece otro tipo de problemas físicos o psicológicos. Y en esta categoría incluyo a los consabidos empollones de la clase, que generalmente eran superdotados a quienes ninguneaban en clase o que se mantenían al margen de la actividad de la clase. Es muy llamativa la cantidad de miembros de Mensa que hay en este fandom y en otros. No digo que haya una relación de causa y efecto entre estas dos circunstancias y el hecho de pertenecer al fandom, ni que estas te predispongan a ser un fandomita broncas, peeeeero… a los hechos me remito.
Si lo preferís, puedo categorizar los fandomitas en términos empresariales. Hay seis tipos de liderazgo empresarial, y tal vez os reconozcáis, o reconozcáis a los participantes en las guerras del fandom, en alguno de ellos:

·         Líder natural.
·         Líder participativo.
·         Líder autocrático.
·         Líder burocrático.
·         Líder carismático.
·         Líder transformacional.

En todo caso, para que haya una guerra de fandom hacen falta fandomitas dispuestos a liarla parda. Y, por raro que parezca, no es necesario tener trastornos de personalidad ni ajustarse a tipo alguno de liderazgo empresarial. Un señor normal, como vosotros o como yo, puede estar en el epicentro de una guerra del fandom sin comerlo ni beberlo, y llevarla hasta sus últimas consecuencias. A continuación veremos qué condiciones son necesarias para ello.



QUÉ ES UNA GUERRA DEL FANDOM

La dinámica de una guerra de fandom no difiere mucho de la de una guerra cualquiera. Es evidente que no voy a citar ni extrapolar a Sun-Tzu, Maquiavelo, Clausewitz o Von Ranke, los grandes teóricos de los conflictos bélicos. Tampoco voy a entrar en disquisiciones acerca de si existen guerras justas o no. Más bien delimitaré los elementos básicos de toda guerra fandomita que se precie:
·         Motivo. Los frikis podemos ser muy espesos, y los fandomitas más aún, pero por lo general hace falta un motivo para ir a la guerra. Puede ser un buen motivo o una auténtica gilipollez; un malentendido o una sobreinterpretación; producto de una escalada o algo espontáneo. En todo caso, las guerras estallan por algo.
·         Dos (o más) bandos enfrentados. Quien dice bandos dice personas particulares, editoriales, publicaciones, tertulias o fandoms. Pero está claro que dos no se pelean si uno no quiere, y el mero hecho de responder a una provocación ya supone que has entrado en la dinámica bélica.
·         Altavoz. Todavía no se ha dado el caso de una guerra de fandom en la que se llegara a las manos; al menos, en la década de 1990 y hasta donde alcanzo a saber. Son guerras floridas y literarias, combates de ingenio en las que nos creemos Lope de Vega o Quevedo, Valle-Inclán o Echegaray, Vargas Llosa o… el resto del mundo. Por lo general, las guerras de la década de 1990 se declaraban en las publicaciones del fandom: revistas, fanzines e incluso el boletín de la AEFCF (antes de llevar la T). A veces las réplicas tenían lugar en otras publicaciones; a veces todo sucedía en la misma publicación. En ocasiones traspasaban las fronteras del fandom y se extendían a los prólogos de los libros editados por alguna de las partes implicadas. Se podían desarrollar nada más que en las secciones de correo, o adoptar la forma de recaditos. En todo caso, aparecían publicadas en sitios bien visibles: teniendo plataformas como BEM, Gigamesh o Pórtico, ¿para qué ibas a perder el tiempo liándola en un fanzine con cincuenta ejemplares de tirada?
·         Predisposición. Como digo, dos no se pelean si uno no quiere. Así que, una vez establecido que debe haber dos bandos, estos deben tenerse unas ganas locas, o bien porque llueve sobre mojado (en estas cosas pasa como en Astérix en Córcega: como me vendiste un asno cojo hace veinte años, ya no te ajunto, y la cosa se convierte en una bola de nieve y acabas en guerras abiertas que se transmiten de generación en generación). Las guerras del fandom funcionan por acumulación. Llega un momento, hacia finales de la década de 1990, en que estás a la que salta y hasta un comentario despectivo en una carta personal publicada por error en un fanzine (sic) puede degenerar poco menos que en la ruptura de relaciones entre facciones.
·         Escalada prebélica. Como ya está claro que vas a ir a la guerra, solo hace falta ir cargándote de razones para que, cuando tengas la excusa, baste con encender la chispa.
·         Desencadenante. Tiene que haber un casus belli, que genera un artículo, carta, prólogo o editorial que abre las hostilidades y marca la agenda de réplicas y contrarréplicas. 
·         Hostilidades abiertas. Esto es como un partido de tenis. Salvo que tengas un saque prodigioso y metas todos los puntos directos, la gracia consiste en lo que viene a continuación: el peloteo, las fintas, los reveses, disparos cruzados, peloteos desde el fondo de la pista, pelotas que entran por poco, pelotas que salen por poco, dobles faltas y pelotazos a los genitales. Hay combates que duran nada, apenas dos o tres intercambios de fuego cruzado, y otros que están más interesantes, tienen varios participantes y, en fin, entran directamente en la historia del fandom.
·         Polarización. La lógica bélica te obliga a tomar partido. Hay que ser muy diplomático, hábil o conciliador para ser neutral. Y si lo eres y acabas implicado en la guerra, lo más probable es que entres en ella a lo grande, como fue el caso de Miquel Barceló.
·         Fin de la guerra. La guerra se suele acabar por desinterés, por cansinismo o porque la cosa ya no da más de sí, pero nunca, nunca, nunca se acaba por rendición del rival. Nadie va a reconocer explícitamente que ha perdido la guerra. Todos van a alardear de que han ganado. Sobreviene otra guerra que consideras más interesante, te dedicas durante una temporada a llenar tu fanzine o revista de contenidos superfluos (buenos ensayos, buenos relatos, buenas reseñas, cartas constructivas) o bien sobreviene la…
·         Pax Hispaconera. Así es como doy en llamar a la Tregua Olímpica que sobreviene todos los años durante la hispacón. Te encuentres en el estado de la guerra fandomita en el que te encuentres, si hay una hispacón en medio te envainas la espada, te comportas con los agraviados o los ofensores como si no hubiera pasado nada, hasta te vas con ellos de copas, te das los abrazos o apretones de manos de rigor cuando te despides y, hala, en cuanto has regresado a casa retomas las hostilidades, en ocasiones con fuerzas redobladas. Es la pausa de diez minutos para la publicidad que las televisiones privadas te calzan justo antes de la última escena de tu serie o películas favoritas. O la cerveza que se echan Victor McLaglen y John Wayne en el transcurso de la pelea épica que mantienen al final de El hombre tranquilo, de John Ford.
·         Vencedores y vencidos. Como digo, todos se van a declarar vencedores (siempre y cuando reconozcan que hubo una guerra, cosa no siempre explicitada) y nadie va a reconocer su derrota. No seré yo quien entre a juzgar. Me limitaré a exponer hechos, y que cada cual extraiga sus conclusiones, si es que le interesa hacerlo.



ILUSTRES PRECENDENTES

FUERA DEL FANDOM ESPAÑOL

Ya he citado la distinción que Elisabeth Roselló hace entre guerra fandomita y guerra de intelectuales burgueses. Los autores clásicos, al fin y al cabo, vivían de su trabajo y, por tanto, no encajan en la categoría de fandomitas.
Es una lástima, porque esto nos impide considerar guerras del fandom algunos episodios realmente jugosos que siguen la dinámica de las guerras del fandom.
En ámbitos no relacionados con el género fantástico:

La disputa entre sofistas y filósofos en la Grecia clásica.
Las disputas entre facciones judías enfrentadas por cuestiones doctrinales, tan bien retratadas por Monty Python en La vida de Brian; ya sabéis, el Frente Judaico Popular contra el Frente Popular de Judea.
En 1843, durante una agria discusión producida en el transcurso de una partida de billar en Francia, los dos contendientes, apellidados Lenfant y Mellant, concertaron un duelo a muerte con bolas de billar. El primero murió con la cabeza reventada por un bolazo del segundo. Esto sí que es Bola de Dragón Z, y lo demás son gilipolleces.


·    Las guerras seculares que ha habido en torno al teatro. Permitidme que os hable de los disturbios del Astor OperaHouse en 1849, ya que fueron una guerra del fandom shakespeariano, con muertos y todo, que podría haber aparecido sin problemas en el metraje de Gangs of New York, de Martin Scorsese. 

 
Los grandes actores shakespearianos hacia mediados del siglo xix eran Edwin Forrest, estadounidense y con muchos fans entre el proletariado, y William Charles Macready, británico y el favorito de las clases altas. Su enfrentamiento, pues, tenía también una lectura socioeconómica en clave de lucha de clases. A Macready llegaron a lanzarle una oveja muerta durante una representación, como si de un concierto de Ozzy Osbourne se tratara. En ocasiones se perseguían mutuamente programando sus giras de manera simultánea para representar los mismos papeles en las mismas ciudades, y de este modo pisarse público. Eso fue lo que sucedió con las representaciones de Macbeth en Nueva York en mayo de 1849: Macready la contraprogramó en el Astor Opera House, ya que Forrest la estaba representando en el Teatro Broadway. Al segundo lo aclamaban y al primero le pitaron, increparon y lanzaron objetos. El 10 de mayo, ante la previsión de que se repitieran incidentes en la representación de Macready, la policía envió quinientos agentes, se produjo una batalla campal, la policía abrió fuego, hubo treinta muertos y Forrest se salvó de puro milagro, al confundirse entre la turba enfurecida con un disfraz de Macbeth.
Lo dicho: una guerra fandomita en toda regla.
 

·         El duelo entre Mark Twain, que era redactor de información local del Virginia City Daily Territorial Enterprise (abreviado, Enterprise; ¿pilláis la referencia friki?) de Virginia City (en el Territorio de Nevada, que aún no era un estado) y James L. Laird, el redactor jefe del periódico rival, el Union, en mayo de 1864, por un quítame allá este editorial inexacto o claramente difamatorio sobre las ayudas económicas y de caridad para los bandos enfrentados en la guerra de Secesión. La cosa fue a más, Twain empezó a pinchar a Laird y este, para sorpresa de aquel, aceptó ir a duelo. Su asistente en el duelo, Steve Gillis, le dio un curso acelerado para aprender a disparar con la pistola, y Laird vio uno de los disparos de este, lo confundió con uno de Twain y suspendió el duelo, por temor a perderlo. No obstante, otro de los aludidos en el editorial, William K. Cutler, famoso en el pueblo por ser un pendenciero, lo retó a un segundo duelo. Twain hizo las maletas esa misma noche y se largó a California. Todo muy fandomita.



·         Las disputas literarias de Ramón del Valle-Inclán. Por ejemplo, perdió el brazo en el transcurso de una pelea con Manuel Bueno, durante una tertulia en un café de la Puerta del Sol. Aunque solo se le astilló un hueso, la herida se gangrenó y no hubo más remedio que amputarle el brazo; para dignificar el incidente, siempre contaba que había pasado tanta hambre al llegar a Madrid que no había tenido más remedio que comérselo.

También fue famosa la polémica que Valle-Inclán mantuvo con José Echegaray. La concesión del Premio Nobel de Literatura al segundo en 1904 produjo enconadas protestas por parte de la intelectualidad española, en particular de los miembros de la Generación del 98 (que, por otro lado, era un fandom avant-la-lettre, aun dando por buena la distinción entre escritores burgueses y fans de todas las clases sociales). Creció así una rivalidad enconadísima entre Valle-Inclán y Echegaray. Sin embargo, en cierta ocasión en que Valle-Inclán estaba enfermo, Echegaray se ofreció como donante de sangre para hacerle una transfusión. El genial pontevedrés se negó en redondo, aduciendo que «¡Este tiene la sangre llena de gerundios!». Frikismo puro.



·    Tertulia del Café Colonial y tertulia del Café Pombo. Las tertulias literarias, como acabamos de ver, produjeron enfrentamientos memorables, aunque estas dos capitalizaron las broncas literarias del Madrid de comienzos del siglo xx.
·         Los enfrentamientos entre fans de Joselito y fans de Juan Belmonte polarizó el mundo del toreo en esa misma época como nunca más ha vuelto a hacerlo; ni siquiera entre paulistas y curristas.



·       Mods contra rockers. Quien haya visto Quadrophenia sabrá a qué me refiero.
·    La rivalidad tradicional entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, con ensalada de hostias incluida.



·    En 2001 se produjo una guerrita muy curiosa en el mundo literario. La protagonizaron dos escritores profesionales, pero los modales fueron claramente fandomitas. Fernando Marías ganó el premio Primavera de Novela por El niño de los coroneles, para cabreo de Javier Marías. Seguro que conocéis a Javier Marías. Pues bien, un hermano de Javier Marías se llama también Fernando Marías, no tiene una trayectoria pública tan relevante como la de sus hermanos Javier e incluso Miguel (uno de los tertulianos habituales de José Luis Garci en Qué grande es el cine), pero es un solvente profesor de historia del arte, catedrático de la UAM y académico de la Real Academia de Historia. Pues bien, tal como transcribe la historia Rafael Reig en Manual de literatura para caníbales (y en este punto le doy las gracias a Cristina Macía por haberme puesto sobre esta pista), Javier Marías llevaba fatal el hecho de que su hermano fuera «el otro» Fernando Marías, y llegó a amenazar al Fernando Marías novelista con llevarlo a los tribunales y que estos lo obligaran a cambiarse legalmente el nombre. La cosa, evidentemente, quedó en nada.
 Debo decir que, en este aspecto, los fandomitas nos hemos comportado con un talante mucho más conciliador. En la década de 1980 llegó a haber dos autores llamados Rafael Marín que publicaban en fanzines y revistas. Todos conocemos a uno de ellos, y el otro desapareció; pero, en vez de enzarzarse, resolvieron el asunto firmando con sus segundos apellidos, Galvín y Trechera, para que los lectores pudieran identificarlos. De acuerdo, el fandom español es demasiado pequeño como para que haya dos Rafael Marín en su seno, pero, hasta donde sé, no hubo polémica al respecto. Javier Marías fue más fandomita que nosotros.
·         El tiroteo que se produjo en Rusia en septiembre de 2013 por culpa de una obra de Kant. No, no es una noticia de El Mundo Today ni un gag de Faemino y Cansado o Amanece, que no es poco: sucedió en realidad. Copio y pego la noticia:

Según la Policía, el supuesto agresor, de 26 años, entró en una tienda para hacer la compra y entabló una conversación sobre el legado literario de Kant con otro comprador del local, de 28 años.
Comenzaron a discutir sobre la obra y los méritos literarios de Immanuel Kant. Primero, la acalorada disputa dio origen a una pelea de puños y luego, el atacante sacó una pistola traumática y disparó varias veces contra su contrincante, tras lo cual se dio a la fuga”, dice un comunicado.
La víctima fue hospitalizada. Su vida no corre peligro. El agresor, que tras el incidente se dio a la fuga pero luego fue atrapado, enfrenta cargos de hasta 15 años de cárcel.


 ·         El Gamergate; es decir, la guerra que enfrenta desde hace unos meses a la comunidad de gamers debido al cruce de acusaciones mutuas entre dos desarrolladores de videojuegos, Zoe Quinn y Eron Gonji. La primera, al parecer, ofreció favores sexuales a la prensa a cambio de buenas críticas para su videojuego, y el segundo ha entrado a saco nada menos que contra la presencia misma de mujeres en el negocio. Lo que en principio era una bronca conyugal en plan Pimpinela ha acabado derivando en guerra abierta en el mundillo gamer, con amenazas, dimisiones, despidos e incluso un debate sobre los límites de la ética profesional y periodística.
·         Y, por supuesto, la guerra fandomita más sangrienta y polarizada de todos los tiempos, que se desarrolla desde hace años en foros de crianza: la que enfrenta a fans de Carlos González con fans del doctor Estivill.

((Algunos futurianos. De izquierda a derecha:
Cyril Kornbluth, Chester Cohen, John B. Michel, Robert A.W. Lowndes y Donald A. Wollheim.)

En ámbitos relacionados con el género fantástico tenemos broncas para aburrir, como la eterna disputa entre trekkies y warsies, pero la más famosa, sin duda, y la primera documentada, es la que enfrentó a los Futurians con la organización de la primera WorldCon, celebrada del 2 al 4 de julio de 1939 en Nueva York, aprovechando que coincidía con la Exposición Mundial de Nueva York, uno de cuyos platos fuertes era una atracción científico-festiva llamada ¡tachán, tachán, referencia friki! Futurama, que presentaba cómo sería el mundo al cabo de veinte años. (Irónicamente, el diseñador de Futurama, Norman Bel Geddes, falleció… diecinueve años después.) Era, pues, un marco incomparable y una oportunidad de oro para organizar la primera convención llamada «mundial» (léase: de fans de Nueva York y alrededores) de ciencia ficción.
Los Futurians eran un grupo de jóvenes aficionados a la ciencia ficción muy activos, muy liberales, muy de izquierdas y muy comprometidos. Esto contrastaba con el fandom oficial, algo más carca. El contexto de esta bronca es el inminente comienzo de la segunda guerra mundial, que hacía que el ambiente estuviera más politizado de lo habitual, y todo lo que oliera a comunista estuviera mal visto. Aún no había maccarthysmo, pero el Código Hays estaba en su punto culminante.
¿Quiénes eran los Futurians? Nada, cuatro matados a quienes las publicaciones de Hugo Gernsback les rechazaban sus cuentos con bastante frecuencia: Frederick Pohl, Donald A. Wollheim, Judith Merrill, Cyril Kornbluth, Damon Knight y James Blish. Isaac Asimov se dejaba ver con ellos aunque no pertenecía al núcleo duro.
Los Futurians habían nacido como una sección local de la Liga de la Ciencia Ficción impulsada por Hugo Gernsback, y adoptaron este nombre en 1937. No solo eran amigos, sino que además eran compañeros de piso: cuando Frederik Pohl se casó con Leslie Perry, los invitó a compartir piso (y gastos) en la llamada Casa Futuriana que habían alquilado en Brooklyn. ¿Os parecería si Big Bang Theory hubiese existido en la década de 1930 y los protagonistas hubieran sido Pohl, Kornbluth, Asimov y Merrill?
Una de las muchas asociaciones locales era la Queens Science Fiction League, codirigida por Sam Moskowitz, Will Sykora y James V. Taurasi. Se hacían llamar «el Nuevo Fandom», estaban francamente mosqueados por el sesgo ideológico izquierdista que Wollheim quería imprimirle al fandom, y organizaban la WorldCon de 1939.
¿Cómo zanjaron Moskowitz y compañía el enfrentamiento ideológico con los Futurians? Nada menos que prohibiéndoles el acceso a la WorldCon. Wollheim respondió organizando una convención paralela, a la que asistieron algunos de los doscientos inscritos en la WorldCon. Y ahí se quedó la cosa… hasta que en 1941, uno de los Futurians se lio a puñetazo limpio con Sykora durante otra convención.
Y así comenzó la Edad de Oro de la ciencia ficción: con una guerra fandomita.
Es solo un ejemplo. El manifiesto contra la guerra de Vietnam, en 1968, enfrentó al fandom y los escritores profesionales estadounidenses de manera casi irreconciliable, pero, en puridad, no podemos considerarlo como una guerra fandomita.


EN EL FANDOM ESPAÑOL

Mientras tanto, el fandom español era una apacible balsa de aceite, supongo que debido a dos factores: por un lado, la insultante supremacía de Nueva Dimensión, que hacía imposible de hecho cualquier asomo de disidencia (aunque alguna polémica había en las Páginas Verdes) y, por otra, la mera existencia de la censura franquista, que hacía que fuera un tanto complicado exteriorizar según qué pensamientos.
La (auto)censura consiguió el famoso expediente y retirada de circulación del número 14 de Nueva Dimensión por culpa del relato «Gu ta gutarrak», de Magdalena Araceli Moujan Otaño, lo que tuvo repercusiones internacionales. Para no arriesgarse a recibir más sanciones, Nueva Dimensión adoptó un perfil bajo, lo que incluía la remisión a censura previa de relatos potencialmente polémicos. Con este ambiente no podía haber espacio para las guerras fandomitas.


Pero también teníamos nuestros propios Futurians. Carlo Frabetti, que luego se haría famoso por sus prólogos de la colección Nova de Bruguera (por lo visto, tener una colección llamada Nova y que tus prólogos sean más comentados que los libros es una tradición arraigada en el mundillo), arrastraba una fama de izquierdista que determinó la desconvocatoria, a instancias gubernativas, de la segunda hispacón, que debería haberse celebrado en Madrid en 1970. La excusa de Interior fue que se iba a proyectar un documental sobre el aterrizaje del Apolo XI que no había pasado censura previa. Al final acabó desconvocándose sobre la marcha y se sustituyó por una reunión en casa de Carlos Buiza. Con unas quince personas y no autorizada, lo cual era un delito.


También circula la famosa anécdota de una charla en la librería Antonio Machado, regentada por Alfonso Guerra y frecuentada por Frabetti, Jaureguízar y el ideólogo Ludolfo Paramio, en la que los participantes tenían que hablar a media voz y sin exaltarse, para no despertar al de la policía secreta que se hallaba entre el público.
Como veis, aquí no hubo nada de guerras. No es que no hubiera masa crítica (bastan dos fandomitas para que estalle una guerra fandomita, y se editaba una docena larga de fanzines), lo que no acompañaban eran las circunstancias.
Andando el tiempo, Nueva Dimensión se consolida, le sale la tímida competencia de Zikkurath, y ni por esas estallan guerras fandomitas propiamente dichas. Todo lo más, alguna bronca en las Páginas Verdes por asuntos tales como los prólogos de Carlo Frabetti, y en particular su obsesión con el fascismo de Robert A. Heinlein. Lo cierto es que Frabetti acabó alejándose del fandom, pero no se puede decir que dejara la ciencia ficción; todo lo contrario: como coguionista de La bola de cristal, consiguió crear toda una generación de frikis librepensadores. Siendo rigurosos, Frabetti es el fandomita español que más cerca ha estado del objetivo indisimulable del fandom: la dominación mundial. Y, además, sin rencores: ha asistido, al menos, a dos hispacones: AsturCon 2000 y QuartumCon 2013.
Ante este panorama, la única polémica, que ni siquiera llegó a guerra, la protagonizó de manera involuntaria una señora octogenaria que se llamaba Ramona Prieto, y cuyo único pecado fue el haber sido abuela de un autor bastante prometedor por aquel entonces, el bilbaíno Roberto Rodríguez Toyos. Remitió el mismo relato, «La música de las esferas», de manera simultánea a Nueva Dimensión y a Kandama, el estupendo fanzine que editaba Miquel Barceló. Pero no lo envió con su nombre auténtico, sino bajo el seudónimo de su abuela, Ramona Prieto, pues quería demostrar que las publicaciones fandomitas eran muy machistas y no iban a publicar relatos firmados por mujeres. Pues bien, el relato apareció, con un mes de diferencia, tanto en Nueva Dimensión 132 como en Kandama 2, durante la primavera de 1981, y se descubrió el pastel. Ni siquiera hubo guerra fandomita, pero años más tarde, una historia similar pudo haber sido el casus belli de la enésima bronca que enfrentaba desde hacía tiempo a cenobitas y replicantes.
El cierre de Nueva Dimensión a principios de la década de 1980 supuso una cesura para el fandom, lo cual no quiere decir que no hubiese ni actividad ni broncas; la había, a pequeña escala. No se puede decir que la implosión del fandom de Nueva Dimensión fuera cruenta, se desvaneció sin más tras el cierre de la revista y el fin de la Sociedad Española de Ciencia Ficción, y cada uno se dedicó a hacer sus cosas. De hecho, se siguieron editando fanzines sin solución de continuidad, y se dio la paradoja de que algunos de los valores emergentes, como Rafael Marín, Elia Barceló o el tándem Juan Miguel Aguilera-Javier Redal, al no haber ninguna publicación del fuste de Nueva Dimensión, pasaron a editar su material directamente en formato de libro, para editoriales profesionales, tanto en Ultramar CF (Unicornios sin cabeza, de Marín, y Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, de Aguilera y Redal) como en la Nova CF de Ediciones B (Sagrada, de Elia Barceló). Pero estamos hablando ya de autores semiprofesionales que trascendían el fandom, aunque siguieron publicando en él en cuanto estalló el boom de la década de 1990.
De todos modos, la actividad se mantuvo y se siguieron editando fanzines en ciudades como Cádiz, Bilbao, Valencia y, por supuesto, Madrid y Barcelona.
En Barcelona se editaba el fanzine Tránsito, con Alejo Cuervo y Joan Manel Ortiz a la cabeza, hasta que partieron peras por motivos personales. Entonces Alejo se lo montó por su cuenta, primero como colaborador de la revista Cimoc, después con la parada de venta de libros del Mercat de Sant Antoni, más tarde como asesor de las colecciones de género de Martínez Roca, y a continuación como dueño de la flamante librería y el interesante fanzine llamados Gigamesh. Por su parte, Joanma mantuvo Tránsito con vida, lo convirtió en el digamos que heredero moral de Nueva Dimensión cuando echaron el cierre el Kandama de Miquel Barceló y el Máser de Juanjo y Jesús Parera. Las sesiones de firmas de Gigamesh, por un lado, y las cenas anuales de Tránsito, las TransCones, por otro, mantuvieron vivo el fandom barcelonés durante esa década oscura. Sin incidentes destacables, hasta el bienio 1990-1991.
En cuanto a Madrid, los restos del naufragio de las hispacones y la SECF de la década de 1970 (es decir, Agustín Jaureguízar, Carlos Saiz Cidoncha, Ignacio Romeo, Frank G. Rubio y Paco Arellano) montaron una tertulia los viernes por la tarde en la plaza de Santa Ana, de manera indistinta en la Cervecería Alemana y el Café Punto y Coma. A esa tertulia se añadió un grupo de adolescentes con ganas de comerse el mundo, cuyo núcleo duro se había conocido en el barrio de Las Águilas, y que entró en contacto con otros aficionados igualmente adolescentes y con ganas de comerse el mundo que cometieron la insensatez de responder un anuncio en el fanzine Gigamesh. Dos de esos añadidos eran Adalberto de Osma y José María Faraldo.
El tercero era yo.
Y en este punto me introduzco como personaje de esta conferencia, mando a tomar viento todo atisbo de objetividad y, eso sí, sin dejar de buscar apoyo en las fuentes documentales y los datos contrastados, empiezo a tirar de memoria y a contar mis batallitas, el fandom que vi y viví, las broncas tal como las conciencié, las guerras tal como las recuerdo. Puedo estar entrando en los siempre espinosos terrenos de la mala memoria y de la visión distorsionada de la realidad, pero, insisto, trataré de ceñirme a los hechos. Si no todo lo que cuento es verídico, al menos es veraz; si hay inexactitudes, son fruto de mi desmemoria o de mi memoria selectiva. En todo caso, esta es la historia, real, realista o transrealista, yo qué sé, tal como la almaceno ahora mismo en mi disco duro. A lo mejor fue diferente. Si hay alguien presente en la sala que me pueda ayudar a confirmar o desmentir estas historias, que no se corte: la idea es hacer esta conferencia lo más interactiva posible. Me podéis interrumpir con toda confianza.
Como decía, en la sección de correo del número 8 del fanzine Gigamesh (enero-marzo de 1987) leí un anuncio en el que Antonio Jesús Ariza, Julián Díez, Héctor Ramos y Susana Vallejo buscaban «contacto con el fandom de Madrid e intercambio de correspondencia con todos los puntos del Sistema Solar« (sic). A continuación se ofrecía una dirección de contacto, que resultó ser la de casa de los padres de Julián. Demasiado friki para ser cierto… ¡y en mi misma ciudad!
Nos pusimos en contacto y quedamos en vernos en la siguiente tertulia, que aquel viernes se celebraba en la Cervecería Alemana. El primer friki a quien conocí en persona fue Ignacio Romeo, a la sazón presidente de la Asociación Antares, que fue uno de los puentes entre la SECF y la AEFCF.
La tertulia era peculiar, ya que los jóvenes aficionados no pegábamos ni con cola con las viejas glorias: demasiada diferencia de edad y demasiadas diferencias de intereses. Era como si hubiéramos llegado a mitad de una película, y nos estuviéramos perdiendo los chistes, los lugares comunes y las gracias. Parte de ellas consistían en los piques constantes entre Carlos Saiz Cidoncha y Frank G. Rubio, dos personas brillantes cada uno a su manera, pero cuyos enfoques del género diferían de manera considerable. Como Frank G. Rubio era una fuerza de la naturaleza, perfectamente capaz de sacar de sus casillas incluso a alguien como Cidoncha, una de aquellas enganchadas acabó como tenía que acabar: mal. Tras una discusión un tanto encendida sobre no recuerdo qué chorrada (Rubio tenía por costumbre enarbolar bolsilibros de Alan Comet o de Louis G. Milk y exclamar: «¡Esto! ¡Esto es la verdadera ciencia ficción, no esas mariconadas nuevaoleras que leéis!», lo cual era puro postureo, ya que él estaba totalmente al día de lo que se escribía en los países anglosajones), Cidoncha se picó más que de costumbre y, en un momento dado, Ignacio Romeo extrajo de la cartera su carné de la Asociación, lo rompió en pedazos y no recuerdo si se largó o se quedó; en todo caso, allí quedó enterrada Antares, en espíritu y puede que de facto.

(El genial Frank G. Rubio dispuesto a liarla parda en cuanto abra la boca.)

Fue mi primera bronca fandomita.
Yo tenía diecisiete años y no supe valorarla en su justa medida, pero lo cierto era que aquella escaramuza (no llegaba ni a guerra) marcaba el final de una época, la de la generación de Nueva Dimensión, y una travesía en el desierto del fandom madrileño que habría de prolongarse un par de años, hasta la celebración de la WorldCon de La Haya en agosto de 1990.
No nos disolvimos, ni tampoco desaparecimos. El tiempo se nos iba leyendo frikadas, quedando en los sucesivos pisos compartidos de Faraldo para jugar al rol, charlar o degustar cocina de estudiante universitario, a la que bautizábamos con nombres tan sugerentes como Tripitas de Titerote o Sopa de Hongos de Yuggoth, y sentar las bases de lo que habría de ser nuestro paso por el fandom de la década de 1990.

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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Soy Carlos Romeo.
Sí, mi padre era un friki antes de que existiera la palabra tal y como la conocemos y entendemos.
Y sí, él quemó los puentes después de semejante cabreo como el que tuvo. Me lo contó, pero ya no recuerdo los detalles.
Es que mi padre, en palabras de mi tía Carmen, no sabía "cabrearse" y hacerlo, según ella, es un "arte".
Aquello creo que fue el punto de inflexión en su vida con relación a su participación (acudía a las cenas de Tránsito, por ejemplo) y a su creatividad.
Gracias por este texto, del cual quiero conocer lo que resta.

7 de diciembre de 2014, 9:03  

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