Y llegamos al desenlace de la conferencia que pronuncié (atropelladamente) en el transcurso de la MirCon de este fin de semana. Aquí están la
primera y la
segunda partes.
Veinticinco mil palabras casi clavadas. El texto más largo que he escrito en mi vida, para apoyar una conferencia de una hora. Aquí un amigo, aquí su incontinencia verbal.
A pasarlo bien. Ya colgaré el vídeo cuando esté disponible en YouTube.
(Foto: Mariano Villarreal.)
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CONSECUENCIAS NATURALES
DE CONSECUENCIAS NATURALES (1994-1997)
Pero no todo iba a ser
el enfrentamiento entre cenobitas y replicantes, o termitas (por la TerMa) y
bemitas. El fandom no se limitaba a nosotros y nuestras desavenencias con
Interface. La TerMa político-militar no era el puto centro del universo, mal
que nos pesara. También había polémicas literarias.
La más espectacular fue
la relacionada con Consecuencias naturales,
la novela de Elia Barceló que publicó Miraguano en 1994. Tras aquella espantosa
portada en la que aparecían Bertín Osborne y Annie Lennox, o eso comentábamos
por aquel entonces, había una novela bastante recomendable de una Elia Barceló
que acababa de ganar el premio UPC con «El mundo de Yarek» y estaba cogiendo
carrerilla antes de lanzarse al terreno de la novela juvenil con El caso del artista cruel (premio Edebé
1998) y convertirse en una de las autoras de referencia de la literatura
juvenil y de la literatura española en general.
A Elia nunca le terminó
de hacer gracia que la llamaran «la Gran Dama de la novela fantástica
española», por aquello de que era un cliché sexista un poco facilón, pero lo
sobrellevaba porque no había más remedio. El fandom era masculino en un…
¿noventa y cinco por ciento? Consecuencias
naturales era una advertencia en clave alegórica contra los riesgos de la
mentalidad machista. Un chulito piscinas se queda embarazado (sic) de una
extraterrestre, lo cual, evidentemente, subvierte y pone patas arriba todas sus
ideas preconcebidas, y las del lector. La novela tenía una apariencia ligera e
inocua, era breve y encerraba un trasfondo ideológico que la hacía más
interesante de lo habitual en el fandom.
Pero desató la polémica
literaria de la década. Ninguna otra novela suscitó tantas iras como esta.
Eduardo Gallego, biólogo él, se empecinaba en refutar la premisa de la novela:
es biológicamente imposible que un señor se quede embarazado. Pues claro que
sí, Eduardo, que tenías razón y siempre la tendrás, pero insisto: ¡era una
alegoría!
Cabe decir que Elia
Barceló se adelantó por apenas unos meses a Junior,
aquella película de Ivan Reitman en la que Arnold Schwarzenegger se quedaba
embarazado. Y no me imagino a Richard Dawkins o Stephen Jay Gould montando una
guerra mediática porque es biológicamente imposible que un señor se quede
embarazado.
Pero la polémica no se
redujo a los ensayos que aparecían en las páginas de los fanzines. La cosa fue
más allá.
Si el Quijote de Cervantes tuvo su Quijote de Avellaneda, Consecuencias naturales tuvo dos
réplicas literarias.
La primera, «Machote,
machote», de Ángel Torres Quesada, apareció en Visiones 1995, la recopilación de relatos de la AEFCF, que con la
nueva junta estrenaba un enfoque abierto a autores profesionales. (De hecho,
las ediciones de 1995 a 1998 son probablemente las más satisfactorias de la
andadura de los Visiones.) La
aportación de Torres Quesada era tal vez el contenido más flojo de aquella
entrega, recopilada por Pedro Jorge, pero no cabe duda de que fue la que más
dio de que hablar. Siendo justos, no se le puede reprochar nada. Es lo que es:
una parodia voluntaria de una novela que no le ha gustado al autor, y que está realizada
con un humor deliberadamente grueso e incorrecto. Por recurrir al tópico, sería
más una chirigota opera que una space opera, no sé si se me entiende. Un
ejemplo:
–Qué
manera más rara de afectarles las radiaciones a las mujeres, oye –dijo Alma,
impresionada.
–Sí
–asintió Mariposón en medio de otro suspiro, y se lanzó a devorar unas ostras–.
En sus vaginas se desarrollaron unas vaginas que entran en actividad apenas
reciben el semen masculino. Un bocado, una cauterización rápida y el tío ya no
tiene que retirar nada porque la boca interna se lo ha engullido. A la víctima
se le atipla la voz y dejan de gustarle las mujeres, se vuelve frígido y pasa
de todo. […]
–Oye,
si los tíos que se cepillan las tías se quedan sin ganas de acostarse con una
mujer, ¿cómo es que tú estás deseando que te hagan un trasplante en la Tierra?
Esto no tiene lógica.
–Es
que yo la retiré a tiempo y sólo me pilló la puntita. […]
Mariposón
se levantó emocionado y besó las manos de Alma.
–¡Gracias,
mi bienhechora! ¡No sabes las ganas que tengo de volver a llamarme González
Márquez!
–Mejor
que sigas llamándote Mariposón, pues como vamos a aterrizar en Europa, en la
autonomía española, y allí, a pesar del tiempo transcurrido, no han olvidado
ciertas cosas. No te aconsejo que recuperes tu antiguo nombre, no vaya a ser
que la gente recuerde, que aún anda muy cabreada.
El colofón de la
polémica lo puso Pedro Jorge en el número 56 de BEM (mayo de 1997), con un cuento titulado «Lo que un hombre debe
hacer», que ya era otra cosa. Fue finalista del Ignotus y jugaba, con mucho
mayor tacto que Ángel Torres y un punto de vista tan válido como el de Elia
Barceló, con los roles de género.
Vista en perspectiva,
esta guerra puede parecer menor, pero nos muestra un aspecto muy interesante
del fandom: la lucha entre fandom de ideas y fandom de contenidos, así como la
posibilidad de generar un debate real sobre asuntos relacionados con la
creación literaria y el compromiso personal y político. Una novela y un cuento
estimables, y un cuento flojo aunque tal vez de manera deliberada. Puede no ser
un bagaje muy espectacular si lo analizamos con ojos de lectores de 2014, pero
era lo que había. Visto así, incluso es una pena que no hubiera más guerras
fandomitas ocasionadas por divergencias estilísticas y temáticas, más réplicas
ideológicas a novelas o relatos que no te habían gustado por equis motivos; en
resumen, más guerras justas.
LA AEFCF, ESE OSCURO
OBJETO DEL DESEO (1992-2000)
Como hemos visto, la
AEFCF generó polémicas incluso antes de nacer, con la desvinculación de Ricard
de la Casa y Pedro Jorge de la directiva pocos meses antes de que arrancara su
existencia de manera oficial, y el consiguiente reajuste de cargos (y el
retraso en su puesta en marcha). La AEFCF no empezó con buen pie, pero ahí
sigue, veintitrés años después, con una mala salud de hierro. Por algo será.
Tal vez por eso, por
respeto a unas siglas que siguen existiendo, o por una razón más práctica, no
tengo a mano los números de Pórtico
que necesitaba para documentar las guerras del fandom que han girado en torno a
la Asociación, en esta conferencia no entraré a profundizar en el asunto. Tan
solo mencionaré algunas de las broncas en que ha estado envuelta la AEFCF:
·
La salida de parte de la junta directiva
antes de que la AEFCF arrancara de manera oficial (1990-1991).
·
El extraño caso de un finalista del
premio Aznar de 1992 que, una vez abierta la plica y efectuadas unas
indagaciones por casualidad (la afortunada vivía al lado de Julián Díez, de
modo que este se puso en contacto con ella, en plan «¡Hola y enhorabuena! ¡Pero
si somos vecinos!»), resultó no ser quien firmaba (la actual esposa de un
escritor madrileño), sino uno de los miembros de Interface, que, veintidós años
después, sigo sin saber qué quería demostrar.
·
La accidentadísima votación final de los
premios Aznar de 1993, en la que dos jurados (Alejo Cuervo y Albert Solé)
votaron los finalistas en orden inverso a las puntuaciones que habían obtenido
en la primera vuelta (como es evidente, este dato dejó de proporcionárseles a
los jurados a partir de la siguiente edición, que ya fue la primera que
convocaba la TerMa sin el apoyo de la AEFCF, bajo el nombre de premio Pablo
Rido), porque no querían que ganara un relato en concreto y les apetecía que
ganara otro (que no ganó y que, por cierto, era mío, ejem ejem).
·
La anulación de los premios Ignotus
1993, la tumultuosa asamblea de socios de ese año (con miembros de la junta
acudiendo a la asamblea con una resaca del quince) y la posterior convocatoria
de elecciones para cambiar la junta.
·
Las cargas de profundidad por parte de Gigamesh y Núcleo Ubik contra la AEFCF durante las presidencias de Ricard de
la Casa (1994-1996) y Eduardo Gallego (1996-1998).
·
La polémica por el cambio de enfoque de
las antologías Visiones a partir de
la edición de 1995. Que si se perdía el espíritu original de publicar autores
noveles, que si merecía la pena gastar el dinero de los socios en publicar
relatos de gente que tenía donde publicar y además estaba en vías de
profesionalización, que si qué coño importaba ya que las antologías eran las
mejores que se habían editado hasta entonces, etcétera.
·
La utilización por parte del entonces
presidente Eduardo Gallego de las páginas de Pórtico para entrar a saco en la bronca que enfrentaba a bemitas y
cenobitas. Debo decir que le tocamos mucho las narices con las bromas continuas
acerca de las mollejas de gandulfo (el macguffin por excelencia de la serie del
Unicorp, que escribe a medias con Guillem Sánchez) y de expresiones muy
celebradas como «ameboide circunspección», y que también nos mofamos mucho de
sus réplicas, en las que siempre enumeraba y numeraba las razones por las que
creía que éramos unos envidiosos e inmaduros, como si de artículos científicos
sobre micología se tratara.
·
La celebración de una hispacón en
Burjassot en 1998 con el presupuesto de la fallida EuroCon que debió haberse
celebrado allí si alguien hubiera acudido a defender el proyecto. En última
instancia, el tratamiento que dio Gigamesh
a esta hispacón fue el detonante de la última gran bronca del fandom: la
columna de Miquel Barceló en BEM 66
(1998)… y de una llamada telefónica por parte del organizador años después,
cuando yo ya trabajaba en Gigamesh, para decirme que qué gracioso me había
parido mi madre y qué graciosa (es un decir) me había quedado la columna de Mentidero Cinco en la que hacía bastante sangre con el asunto. Pero no pasa
nada: nos tenemos agregados al Facebook, nos comentamos de vez en cuando y, en
resumen, el tiempo lo cura todo.
·
La escisión dentro de la TerMa que se
produjo cuando José Miguel Pallarés, vicepresidente de la creo que modélica junta
presidida por Héctor Ramos (1998-2000), dimitió por motivos de salud en 1999. Esta
nos dejó particularmente tocados, porque era la primera vez, creo yo, en que varios
miembros de la TerMa salían tarifando. No fue la última, pero el mensaje estaba
claro: los grupos de amigos también se rompen.
·
La inactividad de la junta presidida por
Juan Miguel Aguilera (2000-2002), entre otras cosas por motivos de salud de su
tesorera, Lupe Gallardo.
Como digo, es demasiado
material, no he podido documentarlo como las otras guerras (en parte, porque algunas
de estas guerras fueron soterradas y no generaron documentación: o estabas en
el ajo o no te enterabas) y tal vez dé para una conferencia aparte… o para La Gran Novela del Fandom que se supone
que estoy escribiendo.
EL CORREO DE AD ASTRA (1998)
Esta polémica la
recuerdo entre brumas, y lo cierto es que prefiero olvidarme de ella, ya que
fui el epicentro de una guerra soterrada que se desató por culpa de una carta
que no debió haberse publicado. Como Ad
Astra era un fanzine que se editaba en disquete, un auténtico precursor de
las publicaciones electrónicas y virtuales de hoy en día, y no tengo disquetera
en mi ordenador, tampoco he podido documentar bien los hechos tal como
sucedieron. Me limitaré a resumirlos un poco por encima.
Ad
Astra nació en 1995, lo coeditaban Armando Boix, Manuel Díez Román, Salva
Huete y Xavier Mercet, a lo largo de cuatro años publicó cerca de veinte
números (17, si no me fallan las cuentas) y su sección de cine, coordinada por
Carlos Díaz Maroto, fue el doble embrión de dos proyectos profesionales
posteriores: por un lado, la revista Stalker,
que Armando Boix dirigió de 1998 a 2000 (luego lo sustituimos Alejandro
Salamanca y yo) y, por otro lado, el portal sobre cine fantástico Pasadizo.com,
que coordina Carlos Díaz Maroto.
Además de los
contenidos cinematográficos, se publicaba mucha y muy buena literatura. La
revista era finalista fija de los Ignotus, y Daniel Mares y Ramón Muñoz
publicaron allí algunos de sus mejores relatos.
Pero Ad Astra no filtraba demasiado los
contenidos; en concreto, los de la sección de correo, de la que se encargaba
Manu Díez Román bajo el seudónimo de Spartacus, con lo que ya os podéis
imaginar cuál era el tono. Y por eso me llevé el mayor disgusto de mi vida fandomita
cuando, no recuerdo en qué número, aunque en todo caso hacia 1998, vi en el
correo de la publicación una carta personal que le había enviado a Manuel Díez
Román. Sin ánimo de justificarme, debo decir que el lenguaje coloquial de una
carta que le envías a un amigo es, por definición, políticamente incorrecto y
muy informal, y que en ningún modo dirías lo mismo en una comunicación pública,
sobre todo si hay una guerra fandomita a punto de entrar en su punto culminante
y, por decirlo fino, no está el horno para bollos.
¿Qué decía en aquella
carta? Las burradas habituales que decíamos en público, pero en su versión
cruda y descarada, sin editar ni corregir. Como cuando un político tiene el
micrófono abierto y suelta un inoportuno «manda huevos», como le pasó a
Federico Trillo, o un epic fail de
las dimensiones del «Hemos tenido la inmensa suerte de darle un puesto [en
Cajamadrid] a IU quitándoselo al hijoputa» de Esperanza Aguirre. (Ya que hablo
de política, la obsesión que teníamos con sacar a colación los símiles con
nuestros padres de la patria era como para hacérnosla mirar. Creíamos de verdad
que jugábamos en la misma liga que Felipe González o José María Aznar.) La
única frase que recuerdo, porque se me ha quedado grabada a fuego aunque ni
siquiera sé en qué contexto la usaba, es «… y dado que Pedro Jorge tiene más
peligro que Marco en Quién sabe dónde…»,
así que ya os podéis imaginar cómo era el resto de la carta.
La frasecilla de marras
era parte de una coña que nos traíamos con Manu, que solía hablar en
chiquitistaní: eran los tiempos en que Pepe Navarro triunfaba con Esta noche cruzamos el Misisipí gracias,
entre otras cosas, a las imitaciones que Florentino Fernández hacía del
Chiquito de la Calzada. Su personaje, Lucas Grijander, se pasaba todas sus
intervenciones haciendo símiles delirantes en plan Chiquito. Y estos eran los
referentes culturales y el nivel de las guerras soterradas del fandom,
amiguitos.
Decir que me quedé
helado cuando vi aquello publicado es quedarse corto. Mi vida entera de
fandomita desfiló frente a mí: me hallaba ante un suicidio fandomita en toda
regla. Como no tenía ni cargos ni responsabilidades (yo solo era un colaborador
fijo de Uribe y le estaba escribiendo
a Julián un artículo cojonudo sobre Theodore Sturgeon para Gigamesh, que salió en el número 16, del que hablaremos en la
próxima guerra), no me podían cesar ni destituir, pero había sido coeditor de Núcleo Ubik, era una de las moscas
cojoneras de los bemitas y, en fin, estaba proporcionando el tipo de carnaza
necesario para demostrar que, en efecto, existían una guerra, un juego sucio,
unos cruces de mensajes despectivos y, en resumen, mala fe por parte de uno de
los bandos. No fue la primera vez que se me vio el plumero, como veremos al
hablar del caso PulpEdiciones.
No recuerdo gran cosa
de la siguiente reunión de la TerMa; tan solo que Julián me enseñó, durante las
copitas posteriores a la cena, en el pub Rick’s de la calle Juan Bravo, el
cruce de e-mails que había mantenido con Ricard de la Casa, en plan «vamos a
parar la ensalada de hostias que se avecina en el horizonte». De nuevo, solo
recuerdo parte de una frase de esos e-mails: «Entiéndenos, Julián, no te
estamos pidiendo la cabeza de Juanma, pero…».
Por citar de nuevo a
Astérix, podría recurrir al «No chabemoch dónde echtá Alechia» tantas veces
repetido en El escudo arverno y
soltar un «No ché qué fue el correo de Ad
Achtra», pero os estaría ocultando información valiosa y divertida. Ya que
esta guerra me hizo quedar como un cretino, qué menos que contarlo de primera
mano antes de que os lo cuenten otros.
Y ese era el estado de
ánimo que imperaba en el fandom cuando llegó la bronca que lo puso todo patas
arriba.
MIQUEL BARCELÓ CONTRA
LOS JÓVENES TURCOS (1998)
Reconozco que meterse
con Ciencia ficción: Guía de lectura
o con los prólogos de Miquel Barceló (en particular, la coletilla final de
todos ellos, ese «Que ustedes lo disfruten» que lo convirtió en su marca de
fábrica) era práctica común entre el fandom cenobita y termita. No entendíamos
algunas incoherencias de su discurso, como esa fijación por negarle valor al
ciberpunk mientras no dejaba de publicar novelas ciberpunks, posciberpunks o
herederas del espíritu ciberpunk. Nos cachondeábamos con el ya proverbial
retraso que arrastraba la publicación de la Nueva
guía de lectura (Miquel va a dar una conferencia sobre este asunto en esta
misma hispacón, a ella os remito; parece que esta vez la cosa va en serio) y,
en resumen, nos pasábamos todo el día tocándole las narices por un motivo u
otro. Hasta que estalló. Tal vez no lo hiciera ni el momento más adecuado ni
por el motivo más justificado, pero estas cosas son como son: revientas cuando
revientas. Hay una gota que colma el vaso, y tal vez la consideres una minucia,
pero es eso, una gota que colma un vaso.
Para Miquel Barceló, la
gota que colmó el vaso fue un comentario de Acerco Gorrión… que, en contra de
lo que afirmaba Miquel, que lo consideraba un seudónimo de Alejo, solía ser el
director de turno de Gigamesh; tanto
Alejo como Julián como yo mismo hemos firmado como Acerco Gorrión. En el correo
del número 16 de Gigamesh, Acerco
Gorrión afirmaba que no iba a asistir a la hispacón de Burjassot «por mis
habituales razones de higiene mental. […] al fin y al cabo, tienen el dinero
con el que iban a hacer la Eurocón».
Eso de la EuroCon es
una historia que, como es lógico, difiere según quién te la cuente, de modo que
si me está oyendo alguien que maneje otra versión, puede intervenir ahora y
exponer su punto de vista. Burjassot iba a presentar candidatura a organizar la
EuroCon de 1998, que habría sido la primera en celebrarse en España, pero a la
hora de la verdad no se presentó nadie a defender el proyecto. ¿Fallo de la
AEFCF o del comité organizador? No se sabe. El caso es que, ya que había
partida presupuestaria para organizar un evento de ciencia ficción, se celebró
la tercera hispacón de Burjassot (las otras dos habían sido las de 1994 y
1996).
(Como solo asistí a la
de 1994, no sé si esta fue, además, la de la comentadísima mascletà en honor de Joe Haldeman, a la sazón invitado de honor,
quien estuvo a punto de sufrir un ataque de pánico: no es buena idea homenajear
con fuegos artificiales, pólvora y ruido a un veterano de Vietnam que combatió
con fuego real y, por decirlo fino, está un poco sensible con el tema.)
Hasta donde sé, Alejo
tuvo que pararle los pies a Julián, que quería titular la noticia como «Unos sujetos
dejan a España sin EuroCon». Insisto: como no asistí a la convención, no puedo
ofrecer mis impresiones de primera mano, pero parece que esta vez el ambiente
estaba un poco enrarecido. Pax
Hispaconera, sí, pero muuuuy traída de los pelos.
Miquel estalló, dijo
hasta aquí hemos llegado y abandonó el fandom de manera activa hasta que unos
años después reincidió con una columna en la revista Asimov de Ediciones Robel. Dimitió de su sección «Pisadas», que
publicaba en BEM, con un artículo de
cuatro páginas, «Cansancio», en el que exponía las razones por las que lo
mandaba todo a paseo. Se podían resumir en que estaba cansado de la guerra
sucia por parte de Alejo Cuervo (a quien llamaba por su nombre, pero también
con una perífrasis, Astuto Capitalista), Julián Díez (cuyo nombre ni siquiera
mencionaba, ya que se refería a él como Joven Director) y Gigamesh (a la que también se refería con una perífrasis, o más
bien tirando de etimología: «la malla del millón de millones»).
Las desavenencias con
Alejo, como hemos visto, venían de lejos; como mínimo, desde la demoledora
reseña de Ciencia ficción: Guía de
lectura. Con Julián la cosa se había ido calentando y había llegado al
nivel de recaditos bien visibles en uno de los prólogos de Nova CF (no recuerdo
si el de Ciudad permutación, de Greg
Egan, o cualquier otro de aquella época), en el que arremetía contra los «jóvenes
turcos» que, en su opinión, estaban echando a perder el fandom. Años después,
en el «Diccionario del fandom» que publiqué en Mentidero Cinco, me marqué una definición
un tanto críptica para quien no estuviese al tanto de la existencia de aquel
prólogo, por lo que aprovecho ahora para explicarla:
TURQUÍA.
Gran país, crisol de culturas, puente entre Occidente y Oriente, Europa y Asia.
Los turcos, grupo étnico procedente de Asia Central y emparentado con los
mongoles de Gengis Khan y Tamerlán, arrasaron con toda una civilización, la
bizantina, e impusieron durante cerca de cinco siglos un tiránico imperio, el
otomano, regido por un sultán que vivía de espaldas a la realidad de su pueblo,
mientras el Imperio se desintegraba de mala manera, lo cual sentaba las bases
de todos y cada uno de los conflictos que han sacudido los Balcanes y Oriente
Medio durante el siglo xx. Tras la
Primera Guerra Mundial, que el Imperio Otomano perdió, este se descompuso. Fue
entonces cuando emergió una generación de «jóvenes turcos» formados en
Occidente (esto es, conocedores de lo que se cocía más allá de la estrechez de
miras de la cultura oficialmente impuesta), laicos, igualitaristas y
demócratas, que, una vez se hicieron con el poder, modernizaron el país en muy
poco tiempo y lo situaron a la altura de las potencias de su entorno.
Barceló comenzaba el
artículo aclarando que estaba escribiendo en caliente, después de la vuelta de
la hispacón de Burjassot, y que no se iba a andar con miramientos. No tardaba
demasiado en centrar el asunto:
[…] detecto cierto cansancio en BEM. De
la misma forma que percibo el empuje de otros e interesantes grupos (Artifex,
por ejemplo), y el resurgir del Gigamesh revista con el esfuerzo del
joven director (JD) al servicio del astuto capitalista (AC). No es malo.
Sinceramente espero que no lo sea. Pero he visto recrudecerse viejos intentos
de ningunear a la AEFCF, a los Ignotus y a las Hispacones. Y no me han gustado.
A ese juego yo no quiero jugar.
Después de desglosar su
intachable trayectoria en el fandom (desde el Círculo de Lectores de
Anticipación o CLA; es decir, desde la primera hispacón, la de 1969), trazaba
un resumen histórico de la AEFCF y las disputas a que su existencia había dado
lugar, la bronca entre cenobitas y replicantes y sus consecuencias, cómo de
viciado estaba el ambiente y, en resumen, afirmaba de manera tajante que todo
ello estaba motivado por los intereses económicos de Alejo y su librería.
Desde que BEM ha dominado en la
AEFCF, para Alejo no era higiénico ir a la Hispacon, aunque creo recordar que
sí acudió a Burjassot 94 para promocionar las cartas de Magic que su
negocio distribuía. La excepción que confirma la regla.
No recuerdo bien el inicio de la década
de los noventa en la AEFCF (mi parte del pacto era, así lo entendí yo, no molestar).
Pero me parece que Alejo llevó la voz cantante al principio. Todo cambió con el
follón de los cenobitas, una nueva etiqueta para el sectarismo, asignada
esta vez por Carlos Mesa de Blade Runner. BEM alojó el regurgitar airado
de Mesa contra un Alejo que había sabido molestar en lo indecible incluso a
alguien recién llegado (y muy pronto partido) como Mesa. BEM y Gigamesh
se enemistaron de forma irremediable. Tal vez era inevitable que así
ocurriera.
A la retirada de Alberto Santos, quien
posiblemente hiciera de árbitro al inicio, BEM obtuvo el poder en la
AEFCF.
Arrimó el ascua a su sardina (a veces
demasiado), mientras Alejo hizo amago de retirarse a sus jardines de invierno
y, por «higiene mental», dejó de acudir a las Hispacones salvo excepciones
motivadas en lo crematístico. Alejo tenía acólitos que iban a las Hispacones
por él. «Cenobitas» les llamó Mesa y se formó el follón. Para evitarlo en este
caso, informaré que, aquí, «acólito» se usa en la tercera acepción del DRAE «satélite,
persona que depende de otra», y que hay en el mundo muchos tipos de
dependencia: económica, ideológica, de liderazgo, etc. Aunque, no hay que
olvidarlo, muchos de esos «acólitos» dejaron de ser socios de la AEFCF. Estaban
con Gigamesh en la lucha contra BEM. Sectarismo.
Y en la ciencia ficción española anidó
el sectarismo de forma inédita hasta entonces. En los setenta cuando un grupo
dominaba, el otro se había cansado o no entraba al trapo. Pasado un tiempo,
todo se disolvía en agua de borrajas. Aquí paz y después gloria. En los noventa
la enemistad ha perdurado y la guerra ha existido. La tensión se ha centrado en
el pulso Gigamesh/ BEM. Y, en mi opinión, ha sido dura y peligrosa. Los
intentos del «holding» Gigamesh por minusvalorar a la AEFCF han sido,
creo, muy fuertes y graves.
Además de anunciar su
retirada, daba por perdida la guerra de BEM
contra Gigamesh en los siguientes
términos:
BEM ha reinado en la AEFCF durante
varios años, en persona y por delegación. Ha mezclado las cosas, tal vez en demasía.
Y, como no podía ser de otra manera en un país sectario, su enemigo ha luchado
a la contra. El método de la billonaria malla, recientemente con la persona
interpuesta del joven director, ha sido ningunear a la AEFCF y sus evidentes
resultados: Hispacon, Premios Ignotus, Visiones, Pórtico, etc.
Creo que, ahora, mediado el tiempo y el
lógico cansancio de quienes han trabajado manteniendo en vida el tinglado, BEM
se retira y Gigamesh y su línea vencen. El cambio ha llegado.
Posiblemente ya era hora. Tal vez incluso sea para bien.
Por otro lado, entiende
que la AEFCF había salido viva de la hostilidad de Gigamesh:
Sea como fuere, lo cierto es que la
AEFCF ha vivido etapas distintas y, gracias a Dios, sigue con vida. La semilla
que se puso en La Haya parece haber sido fructífera y la AEFCF está viva tras
haber sido gestionada por grupos muy distintos. Y ésa es su riqueza. Es una
verdadera asociación que recoge, o al menos ha recogido hasta hoy,
tendencias diversas. No cae cuando se cansa el grupo promotor. Sólo cambia de manos,
tal vez fruto no sólo del cansancio de unos sino también de la intriga de
otros, pero eso es algo a lo que los seres humanos recurren habitualmente.
Ahora cambia la situación. Tal vez la
billonaria malla deje ya de ningunear a la AEFCF y sus logros. Ahora ya no está
gestionada por sus enemigos. Algunos que se dieron de baja cuando BEM pasó
a dominar la AEFCF, vuelven ahora a la asociación. Señal que los tiempos están
cambiando y que otro grupo distinto alcanza el poder. No hay mal que por bien no
venga.
Expone con suma lucidez
el estado en que se hallaba la guerra fandomita, y por qué no se recrudecía:
En el ínterin, el «holding» Gigamesh y
BEM han dejado de atacarse directamente. Se ignoran. Tal vez haya
ayudado el joven director al servicio del astuto capitalista, pero lo dudo. Creo
conocer algo a las personas, y confío más en Ricard y en su buen quehacer en
las relaciones públicas. Pero, sea como sea, lo cierto es que, si no se puede o
no conviene ensañarse con BEM, quien parece no saber vivir sin enemigos,
se ha buscado otro adversario.
Anunciaba su retirada
del fandom, entre otras cosas porque:
lo que viene no es la ciencia ficción que
a mí me interesa. Hay demasiadas firmas comunes entre Gigamesh y Artifex,
hay demasiadas concomitancias de la billonaria malla con la nueva junta de
la AEFCF para no pensar en lo que está al caer. La malla del millón de millones
ha tejido bien sus redes. Repito: esa no es la ciencia ficción que a mí me
interesa.
Luego aventuraba una
serie de hipótesis sobre el futuro de las publicaciones del fandom, que debo
decir que acertó en gran parte.
Dejadme, para terminar, hacer algunas
proyecciones de futuro. Así todos se podrán reír de mí cuando, el día de mañana,
se constaten mis errores.
A) Se mantiene BEM con una cierta
tendencia a la baja. Acusa el cansancio.
B) Suben Gigamesh y Artifex tal
vez fusionándose o, con mayores visos de realidad, fagocitando el uno al otro.
C) La AEFCF se va centrando en la
fantasía e incluso en el terror presuntamente «literario».
D) La AEFCF empieza a olvidarse de esa
ciencia ficción (más o menos «dura») que tanto incordia, y que sólo parece
gustar al «físico teórico» y al «analista de sistemas »: Sic transit gloria
mundi. Esta vez nada cambia para que nada siga igual.
E) Las Hispacones son cada vez más «lúdicas»
y, por consiguiente, resulta casi insultante presentarlas como un «congreso».
Y se despedía con un
alegato a favor de la AEFCF, las hispacones y los Ignotus:
Adiós. Jugad como queráis. Pero, al
menos, intentad que no se rompa el juguete. El juguete es la AEFCF, las Hispacones
y los Ignotus. Llevamos casi diez años con ellos. Han estado en diversas manos.
Proporcionan continuidad.
Hasta ahora al «holding» Gigamesh le
ha interesado ningunearlos para atacar a quienes, como BEM, se han
esforzado por mantener vivo el tinglado de la ciencia ficción en España.
Ahora tal vez eso cambie. El mando está
en otras manos. Por favor, que no se borren unos cuando gobiernan los otros.
Por favor, no lo echéis todo por la borda. Si hace falta, volad con el pájaro
hasta donde toque llegar.
Los que sabemos física conocemos la ley
del péndulo.
De momento, adiós.
Fue una despedida fea y
amarga, sin duda inmerecida, porque nadie ponía ni pone en duda que Miquel
Barceló ha sido una de las personalidades más relevantes del fandom español de
las últimas cuatro décadas, que no sería tal como es de no haber sido por él,
su Kandama, su premio UPC y su colección Nova CF.
También fue fea por la
parte que nos tocaba. Si realmente habíamos sido capaces de tocarle los cojones
a Miquel hasta el extremo de echarlo (sí, echarlo) del fandom, eso quería decir
que nos habíamos pasado tres pueblos, que habíamos sido injustos y que a lo
mejor era hora de ir menos pasados de vueltas, ya que, a ese paso, el siguiente
punto de la escalada sería la violencia física.
De todos modos, en
aquella época lo que más feo nos pareció fue la manera tan inequívoca en que BEM se alineó de parte de Miquel,
escenificada en el editorial, que, en contra de la costumbre, aparecía firmado
por todo el Grupo Interface. La guerra entre bemitas y termitas o cenobitas no
había ido a más porque siempre habíamos escuchado a las voces más conciliadoras
(en particular, José Luis González, cuyos frecuentes viajes exprés de
Valladolid a Madrid para asistir a las reuniones de la TerMa ayudaban muchísimo
a limar tensiones). Pero ahora quedaba claro: todo Interface estaba con Miquel.
La guerra existía. Estaban hartos. Se les había acabado la paciencia.
¿Qué pasó a
continuación? Lo que sucede cuando alguien pega un grito en medio de una
discusión y se larga pegando un portazo: nos quedamos en silencio, a la espera,
cohibidos. Después ya pudimos hablar en voz alta acerca de la parte de razón
que tenía Miquel o si había sido una salida de tono, de si tenía razón en el
fondo pero no en la forma, de si realmente era necesario ventilar en público
los trapitos sucios de Alejo como nadie se había atrevido a hacer antes en
ninguna otra guerra fandomita (siempre hubo cierto código ético: te puedo
llamar hijo de puta a la cara, pero nada de golpes bajos).
En realidad, no pasó
nada. O sí: pasó todo. La tontería se nos bajó de golpe. La guerra se cortó por
lo sano, y lo que pasó después no sabemos si se debió al curso natural de los
acontecimientos o a que la de Miquel era una profecía autocumplida. En todo
caso, las consecuencias a medio plazo fueron las siguientes:
·
La escalada bélica se frenó en seco. No
es que hiciéramos las paces: aprendimos a ignorarnos mutuamente, como decía
Miquel.
·
La junta de la AEFCF dirigida por Héctor
Ramos mantuvo un perfil bajo y conciliador, con gente de la TerMa pero no
vinculada al, por así decir, cenobitismo histórico. Pudieron hacer y dejaron
hacer. La AEFCF dejó de estar en el epicentro de las polémicas.
·
BEM
no duró mucho a partir de entonces: solo diez números. El cansancio se había
extendido al Grupo Interface, así como a los lectores del fanzine. Además, y no
creo que se debiera a este artículo pero el caso es que las fechas coinciden, BEM dejó de ser la publicación
hegemónica del fandom.
·
Gigamesh
recogió su testigo a partir de los Ignotus de 1999, en un duopolio perfecto con
Artifex (que en cierto modo había
pronosticado Miquel) y BEM
prácticamente desapareció de las candidaturas.
·
Y, gran error de apreciación de Miquel,
Alejo montó Ediciones Gigamesh, canceló el premio Gigamesh en cuanto lo ganó
una novela editada por su propio sello (con lo cual desmentía toda la
argumentación de Miquel) y, gracias a George R. R. Martin, llegó adonde está
ahora.
En cuanto a Miquel,
siguió vinculado a los premios UPC, evidentemente, se dejó ver en actos varios
y retomó la actividad fandomita un lustro después, con una columna sobre
novedades en la interesante Asimov de
Robel. Como Miquel es un señor muy educado, siempre hemos tenido un trato muy
correcto cuando nos hemos vuelto a ver, en particular durante una manifestación
contra la guerra del Golfo en 2003 y en una mesa redonda sobre cine y ciencia
ficción que se celebró en la Fnac ese mismo año.
Y supongo que ese es el
mejor resumen de esta guerra: nos devolvió los buenos modales y la educación.
Dejamos de ser unos puñeteros gremlins y volvimos a ser aficionados unidos por
gustos comunes.
.
EPÍLOGO: PULPEDICIONES
(2003-2004)
Tal vez porque habíamos
ganado la guerra (risas en off, por
favor), tal vez porque ya acusábamos el cansancio o tal vez (y sobre todo)
porque entraron en juego nuevos actores y dejamos de ser el epicentro del
fandom, lo cierto es que la siguiente década fue más tranquila en cuanto a
guerra fandomitas. Las hubo, por supuesto, pero habían dado el salto a internet
y, a decir verdad, dejaron de interesarme y dejaron de ser guerras globales. Con
una sola excepción, que incluyo aquí a modo de epílogo.
Con el cambio de
milenio empecé una etapa de actividad que me llevó a simultanear dos secciones:
Fiawol!, en Gigamesh, en la que reseñaba fanzines y publicaciones
semiprofesionales, y Mentidero Cinco,
en Bibliópolis, en la que me dedicaba a contar cotilleos fandomitas. Las dejé
ambas al empezar a dirigir revistas (primero, Stalker, a partir del número 15, en 2001; y después, Gigamesh, a partir del número 32, en
2002). No podía ser director de revista y, al mismo tiempo, ejercer de bufón de
la corte, creía yo. Y precisamente por eso me quedé sin hablar en Mentidero Cinco de tres asuntos sobre
los que me pedían constantemente que hablara: la AEFCF, BEM y Gigamesh. Yo
siempre me negaba, aduciendo que, si hablaba de lo primero, me arriesgaba a que
me declararan persona non grata en las hispacones; si hablaba de lo segundo, me
arriesgaba a que me partieran los dientes en una hispacón; y si hablaba de lo
tercero, me arriesgaba a que me despidieran del trabajo.
Así pues, mantuve el
perfil bajo y me dediqué a cosas útiles.
Y con esto llegamos a
una auténtica guerra justa, como la del caso PulpEdiciones.
Como digo, esto ya es
el epílogo de las guerras fandomitas, sus últimos coletazos, por lo que no
entraré en detalles.
Baste decir que
PulpEdiciones, dirigida por Román Goicoechea, editaba sobre todo ciencia
ficción añeja (Fritz Leiber, Clark Ashton Smith y demás delicias
descatalogadas), así como una publicación, PulpMagazine,
que incluso llegó a ganar el Ignotus por partida doble: en las categorías de
revista y relato español («Fortaleza de invicta castidad», de Eduardo Gallego y
Guillem Sánchez). También sacó una colección, Gotas, dirigida por León Arsenal
y José Miguel Pallarés, en la que alternaban el rescate pequeños clásicos de la
ciencia ficción española (El señor de la
rueda, de Gabriel Bermúdez Castillo; Estado
crepuscular, de Javier Negrete, y Seis,
de Daniel Mares) con rigurosas novedades (La
noche roja, de León Arsenal).
Pero PulpEdiciones
resultó ser un fiasco. Resultó que no pagaban derechos.
La liebre ya no saltó
en los fanzines de papel, que allá por 2003 ya estaban en franca retirada, sino
por foros como Cyberdark y Dreamers. Motivo de más para caracterizar esta
bronca como una guerra ajena al fandom tradicional. Al menos, hasta que Alberto
Cairo publicó «PulpEdiciones: ¿piratería o “descuido”?», un fenomenal y
exhaustivo artículo en Bibliópolis y en el número 36 de Gigamesh, que era el primero con el nuevo formato.
Alberto Cairo estaba un
poco lastrado en el fandom por una sección de Gigamesh llamada El camión de
medianoche, en la que destripaba franquicias sin el menor miramiento (¿cuál
es el camión que suele pasar a medianoche por vuestra ciudad y os despierta con
el ruido de su trituradora?). No obstante, si había algo que no se le podía
reprochar en este artículo era el rigor. Era periodismo de investigación del
bueno (Albertiño trabajaba en El Mundo,
y hoy en día es una referencia mundial en el terreno de la infografía de
prensa), estaba documentado, toda la información estaba contrastada y, en
resumen, si no contaba más era por falta de datos.
La liebre saltó cuando
Pulp anunció la publicación de la saga de Fahfrd y el Ratonero Gris, de Fritz
Leiber. A mucha gente le extrañó, ya que era una pieza cotizadísima, y
resultaba sorprendente que una editorial pequeñita pudiera hacer frente al pago
de los derechos. Consultado el agente de Leiber, Danny Baror, resultó que no se
habían pagado derechos.
A la publicación de
Leiber sin permiso ni derechos siguieron las de Frederik Pohl y Gene Wolfe.
La cosa fue a más
cuando se descubrió que las traducciones, firmadas por un tal M. Blanco (Mirlo
Blanco, el Alan Smithee de los traductores; es decir, el falso nombre que, por
convenio, se utilizaba en la década de 1970 para acreditar las traducciones
fusiladas), eran en realidad de otros traductores, como Trinidad Valiente o Arturo
Villarrubia, que lo descubrió debido a que a Román Goicoechea (quien a esas
alturas había reivindicado la autoría de las traducciones de M. Blanco) se le
escapó una de las «morcilla» que Arturo había introducido en una de sus
traducciones. (Inciso: es muy frecuente que los traductores dejen marcas para
detectar qué se les corrige o, en este caso, piratea.) No fue el único
afectado: Luis Vigil o Jordi Fibla también padecieron las traducciones de M.
Blanco.
Luego llegó el asunto
de los impagos. A Rafael Marín se le llegaron a deber unos tres mil euros en
concepto de traducciones sin pagar. Ángel Torres Quesada no vio un duro por los
derechos de sus obras, y Gabriel Bermúdez Castillo hizo valer su condición de
notario para arrancar el pago de derechos de El señor de la rueda, que no sabía ni que se le había reeditado: se
enteró cuando la vio, ya saldada, en un catálogo de venta por internet.
El artículo de Alberto
Cairo y las posteriores revelaciones pusieron patas arriba el fandom. Aquel fue
nuestro caso Gürtel: habían pillado trampeando a la revista que estaba ganando
los Ignotus y la editorial que estaba reeditando a los clásicos.
Y lo peor de todo era
que PulpEdiciones tenía defensores a ultranza, que veían en todo aquello un
intento de Gigamesh por sacar tajada (siempre la conspiranoia con respecto a
Gigamesh), y que justificaban las maniobras de Román Goicoechea con la misma
excusa con que un partido político justifica a sus corruptos: PulpEdiciones no
ha delinquido mientras no haya una sentencia judicial firme que establezca que
lo ha hecho. Literal. Y fue un argumento muy repetido.
(Por cierto: no se
llegó a demandar a Pulp porque para ello habría hecho falta enviar un
procurador a Guadalajara, donde estaba radicada la empresa Río Henares, y a
nadie le salía a cuenta meterse en unos jardines tan floridos. Se iban a gastar
en abogados más de lo que habían perdido o dejado de ganar debido a la estafa,
pues no era otra cosa.)
Gigamesh vetó la venta
de libros de PulpEdiciones en su librería, lo cual contradecía a quienes
afirmaban que nuestra actitud era puro postureo (lucro cesante para la
librería), y yo me pasé unos cuantos años tratando de disuadir, sin éxito, a
todo aquel que comprara o intentara comprar libros de Pulp: la editorial ya
había cerrado, los libros estaban de saldo, ¿a quién podía perjudicar?
La editorial cerró, los
defensores de Pulp siguieron siendo muchos y, en resumen, el hecho de publicar
ese artículo en Gigamesh me acabó
costando la amistad de media TerMa, ya que, en medio de la escalada, acabé
tarifando de muy malas maneras con José Luis Torres, copropietario de la librería
Framauro, y, con esa chulería madrileña que nos caracteriza a los madrileños
aunque llevemos años viviendo en Barcelona, vine a decirle que me la sudaban su
rollo de jevi de plazoleta y su «honor, honor, honor», que él no pintaba nada
en aquella bronca y que si alguien tenía que pringar por aquello, aparte de
Román, era el director de la colección; es decir, León Arsenal.
Pues bien, dio la
casualidad de que León estaba en ese momento en la librería Framauro, leyendo
la escalada y posterior explosión de la bronca, y evidentemente no tardó ni
medio minuto en difundir mi mensaje por la lista interna de la TerMa.
Y así llegamos al punto
más doloroso, para mí, de las guerras del fandom: no poder volver a pisar la
tertulia en cuya creación yo había participado. El exilio, en resumen.
Cosa de un año después hablé
cara a cara con León. Típico virus informático, mensaje de León para advertirme
de que estaba enviando virus al internet, invitación a tomarnos una cerveza la
próxima vez que fuera a Madrid, reunión fría pero correcta en la que me expuso
su punto de vista y, si bien la cosa no volverá a ser lo que era, al menos nos
hablamos. Que no es poco, habida cuenta de lo que pasó.
CAUSAS
DEL FIN DE LAS GUERRAS DEL FANDOM
No sé si os habéis dado
cuenta de una cosa. ¿Hay algo que os llame la atención de todo lo que he
contado hasta ahora? ¿No? ¡No hay mujeres! Salvo Cristina Macía y Elia Barceló,
el resto de los implicados en esta historia éramos hombres. ¿Casualidad
antiestadística o demostración de que las mujeres se meten en menos líos que
los hombres? ¡En absoluto! La proporción hombre-mujer en estas guerras es más o
menos la proporción que había entre hombres y mujeres en el fandom. No hay otra
explicación.
Con el cambio de
milenio las cosas dieron un giro radical.
Por un lado, cerró BEM y, como habría dicho Miquel, Gigamesh y Artifex ganaron la guerra, aunque fueron incapaces de prolongar su
hegemonía durante mucho tiempo. Hacia mediados de década, el panorama se
atomizó, dejó de haber publicaciones hegemónicas claras (el bacalao se lo
repartían PulpMagazine, Asimov de Robel y Galaxia) y, en resumen, sucedió lo mismo que en el resto de
manifestaciones del fandom: cada uno tiró por su lado, sin ningún elemento
cohesionador claro. Pasamos del fandom a los muchos fandoms.
El fin del modelo
clásico de hispacones, fandom y publicaciones dio paso a otro en el que
predominaba la inmediatez. Internet ayudó mucho a ampliar la base del fandom,
pero también cambió las actitudes.
Los fanzines y
publicaciones en papel eran más lentos.
Ahora que está tan de moda el Movimiento Slow, conviene recordar que la vida
misma era más slow hace solo quince
años, cuando no había internet. Para meterte en una bronca tenías que esperarte
el mes, dos meses o año que tardara en salir una publicación, escribir una
réplica, enviarla por correo ordinario y esperar el mes, dos meses o año que
tardara en salir el siguiente número. Tenías que pensarte muy bien lo que
decías y cómo lo decías. Ahora, sin embargo, sueltas la primera gilipollez que
te viene a la cabeza y ya tienes la bronca montada. Puedes ver el auge y caída
de guerras monumentales en apenas un día, o diez cruces de tuits. Y, claro
está, ahora puedes bloquear, desamigar o rebajar el karma de tu rival. Antes no
te quedaba más remedio que razonar.
Los fanzines de papel,
en resumen, dieron lugar a un fandom más dinámico; primero, con el IRC, y
después, con las listas de eGroups o YahooGroups, los foros, los blogs y las
redes sociales. Ya no te encuentras con las polémicas bien visibles: tienes que
ir a su mismo epicentro, que suele ser la página o cuenta del interesado en
avivarla. Las cartas ya están marcadas de antemano. Así no hay manera de
mantener una guerra justa y equilibrada.
Las broncas ahora son
más especializadas y son más de muchos contra uno; por ejemplo, de un colectivo
de aficionados a una serie de fantasía épica contra el editor, por los motivos
que sea: la periodicidad, la maquetación o la terminología. Son muchos
aficionados contra un profesional.
Por otro lado, las
hispacones han dejado de ser el motor de la actividad lúdica del género. Ahora
tenemos esos Celsius, Semanas Negras, Fuenlabrada Fantástica, Semana Gótica,
Saló del Cómic, cena de Navidad de Santander, calçotada friki, GigaCon,
kedadas, congresos académicos y cenas varias. Los frikis nos tenemos ya muy
vistos, mientras que antes nos veíamos una o dos veces al año.
RESUMEN:
DE LAS GUERRAS DE LOS FANZINES
A
LAS GUERRAS DEL E-FANDOM
A modo de resumen, las
broncas del fandom fueron un horror, pero también tuvieron su componente
romántico.
Citando a Harry Lime
(Orson Welles) en El tercer hombre:
Recuerda
lo que dijo no sé quién: en Italia, en treinta años de dominación de los
Borgia, hubo guerras, matanzas, asesinatos... Pero también Miguel Ángel,
Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos
años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!
Pues eso: ¿quién coño
quería vivir en paz, rodeado de relojes de cuco y, como diría Mafalda, sopa en
cubitos, pudiendo tener el Renacimiento entero? Nuestro error consistió en no
ver que el mérito del Renacimiento lo habían tenido Miguel Ángel, Rafael,
Donatello o Leonardo (¡y no me refiero a las Tortugas Ninja!), y no los Borgia
y sus sangrientas guerras intestinas
Acabo de hablaros de
las guerras, matanzas y asesinatos de aquel auténtico Renacimiento del fandom.
A la vuelta del descanso hablaremos de nuestros Miguel Ángel y Leonardo.
Muchas gracias por
vuestra atención.
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