martes, 9 de diciembre de 2014

Yo sobreviví a las guerras de fandom (incluso a las que provoqué) (y 3)

Y llegamos al desenlace de la conferencia que pronuncié (atropelladamente) en el transcurso de la MirCon de este fin de semana. Aquí están la primera y la segunda partes.
Veinticinco mil palabras casi clavadas. El texto más largo que he escrito en mi vida, para apoyar una conferencia de una hora. Aquí un amigo, aquí su incontinencia verbal.
A pasarlo bien. Ya colgaré el vídeo cuando esté disponible en YouTube.


(Foto: Mariano Villarreal.)


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CONSECUENCIAS NATURALES DE CONSECUENCIAS NATURALES (1994-1997)

Pero no todo iba a ser el enfrentamiento entre cenobitas y replicantes, o termitas (por la TerMa) y bemitas. El fandom no se limitaba a nosotros y nuestras desavenencias con Interface. La TerMa político-militar no era el puto centro del universo, mal que nos pesara. También había polémicas literarias.
La más espectacular fue la relacionada con Consecuencias naturales, la novela de Elia Barceló que publicó Miraguano en 1994. Tras aquella espantosa portada en la que aparecían Bertín Osborne y Annie Lennox, o eso comentábamos por aquel entonces, había una novela bastante recomendable de una Elia Barceló que acababa de ganar el premio UPC con «El mundo de Yarek» y estaba cogiendo carrerilla antes de lanzarse al terreno de la novela juvenil con El caso del artista cruel (premio Edebé 1998) y convertirse en una de las autoras de referencia de la literatura juvenil y de la literatura española en general.
A Elia nunca le terminó de hacer gracia que la llamaran «la Gran Dama de la novela fantástica española», por aquello de que era un cliché sexista un poco facilón, pero lo sobrellevaba porque no había más remedio. El fandom era masculino en un… ¿noventa y cinco por ciento? Consecuencias naturales era una advertencia en clave alegórica contra los riesgos de la mentalidad machista. Un chulito piscinas se queda embarazado (sic) de una extraterrestre, lo cual, evidentemente, subvierte y pone patas arriba todas sus ideas preconcebidas, y las del lector. La novela tenía una apariencia ligera e inocua, era breve y encerraba un trasfondo ideológico que la hacía más interesante de lo habitual en el fandom.
Pero desató la polémica literaria de la década. Ninguna otra novela suscitó tantas iras como esta. Eduardo Gallego, biólogo él, se empecinaba en refutar la premisa de la novela: es biológicamente imposible que un señor se quede embarazado. Pues claro que sí, Eduardo, que tenías razón y siempre la tendrás, pero insisto: ¡era una alegoría!
Cabe decir que Elia Barceló se adelantó por apenas unos meses a Junior, aquella película de Ivan Reitman en la que Arnold Schwarzenegger se quedaba embarazado. Y no me imagino a Richard Dawkins o Stephen Jay Gould montando una guerra mediática porque es biológicamente imposible que un señor se quede embarazado.
Pero la polémica no se redujo a los ensayos que aparecían en las páginas de los fanzines. La cosa fue más allá.
Si el Quijote de Cervantes tuvo su Quijote de Avellaneda, Consecuencias naturales tuvo dos réplicas literarias.
La primera, «Machote, machote», de Ángel Torres Quesada, apareció en Visiones 1995, la recopilación de relatos de la AEFCF, que con la nueva junta estrenaba un enfoque abierto a autores profesionales. (De hecho, las ediciones de 1995 a 1998 son probablemente las más satisfactorias de la andadura de los Visiones.) La aportación de Torres Quesada era tal vez el contenido más flojo de aquella entrega, recopilada por Pedro Jorge, pero no cabe duda de que fue la que más dio de que hablar. Siendo justos, no se le puede reprochar nada. Es lo que es: una parodia voluntaria de una novela que no le ha gustado al autor, y que está realizada con un humor deliberadamente grueso e incorrecto. Por recurrir al tópico, sería más una chirigota opera que una space opera, no sé si se me entiende. Un ejemplo:

–Qué manera más rara de afectarles las radiaciones a las mujeres, oye –dijo Alma, impresionada.
–Sí –asintió Mariposón en medio de otro suspiro, y se lanzó a devorar unas ostras–. En sus vaginas se desarrollaron unas vaginas que entran en actividad apenas reciben el semen masculino. Un bocado, una cauterización rápida y el tío ya no tiene que retirar nada porque la boca interna se lo ha engullido. A la víctima se le atipla la voz y dejan de gustarle las mujeres, se vuelve frígido y pasa de todo. […]
–Oye, si los tíos que se cepillan las tías se quedan sin ganas de acostarse con una mujer, ¿cómo es que tú estás deseando que te hagan un trasplante en la Tierra? Esto no tiene lógica.
–Es que yo la retiré a tiempo y sólo me pilló la puntita. […]
Mariposón se levantó emocionado y besó las manos de Alma.
–¡Gracias, mi bienhechora! ¡No sabes las ganas que tengo de volver a llamarme González Márquez!
–Mejor que sigas llamándote Mariposón, pues como vamos a aterrizar en Europa, en la autonomía española, y allí, a pesar del tiempo transcurrido, no han olvidado ciertas cosas. No te aconsejo que recuperes tu antiguo nombre, no vaya a ser que la gente recuerde, que aún anda muy cabreada.

El colofón de la polémica lo puso Pedro Jorge en el número 56 de BEM (mayo de 1997), con un cuento titulado «Lo que un hombre debe hacer», que ya era otra cosa. Fue finalista del Ignotus y jugaba, con mucho mayor tacto que Ángel Torres y un punto de vista tan válido como el de Elia Barceló, con los roles de género.
Vista en perspectiva, esta guerra puede parecer menor, pero nos muestra un aspecto muy interesante del fandom: la lucha entre fandom de ideas y fandom de contenidos, así como la posibilidad de generar un debate real sobre asuntos relacionados con la creación literaria y el compromiso personal y político. Una novela y un cuento estimables, y un cuento flojo aunque tal vez de manera deliberada. Puede no ser un bagaje muy espectacular si lo analizamos con ojos de lectores de 2014, pero era lo que había. Visto así, incluso es una pena que no hubiera más guerras fandomitas ocasionadas por divergencias estilísticas y temáticas, más réplicas ideológicas a novelas o relatos que no te habían gustado por equis motivos; en resumen, más guerras justas.





LA AEFCF, ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO (1992-2000)

Como hemos visto, la AEFCF generó polémicas incluso antes de nacer, con la desvinculación de Ricard de la Casa y Pedro Jorge de la directiva pocos meses antes de que arrancara su existencia de manera oficial, y el consiguiente reajuste de cargos (y el retraso en su puesta en marcha). La AEFCF no empezó con buen pie, pero ahí sigue, veintitrés años después, con una mala salud de hierro. Por algo será.
Tal vez por eso, por respeto a unas siglas que siguen existiendo, o por una razón más práctica, no tengo a mano los números de Pórtico que necesitaba para documentar las guerras del fandom que han girado en torno a la Asociación, en esta conferencia no entraré a profundizar en el asunto. Tan solo mencionaré algunas de las broncas en que ha estado envuelta la AEFCF:
·         La salida de parte de la junta directiva antes de que la AEFCF arrancara de manera oficial (1990-1991).
·         El extraño caso de un finalista del premio Aznar de 1992 que, una vez abierta la plica y efectuadas unas indagaciones por casualidad (la afortunada vivía al lado de Julián Díez, de modo que este se puso en contacto con ella, en plan «¡Hola y enhorabuena! ¡Pero si somos vecinos!»), resultó no ser quien firmaba (la actual esposa de un escritor madrileño), sino uno de los miembros de Interface, que, veintidós años después, sigo sin saber qué quería demostrar.
·         La accidentadísima votación final de los premios Aznar de 1993, en la que dos jurados (Alejo Cuervo y Albert Solé) votaron los finalistas en orden inverso a las puntuaciones que habían obtenido en la primera vuelta (como es evidente, este dato dejó de proporcionárseles a los jurados a partir de la siguiente edición, que ya fue la primera que convocaba la TerMa sin el apoyo de la AEFCF, bajo el nombre de premio Pablo Rido), porque no querían que ganara un relato en concreto y les apetecía que ganara otro (que no ganó y que, por cierto, era mío, ejem ejem).
·         La anulación de los premios Ignotus 1993, la tumultuosa asamblea de socios de ese año (con miembros de la junta acudiendo a la asamblea con una resaca del quince) y la posterior convocatoria de elecciones para cambiar la junta.
·         Las cargas de profundidad por parte de Gigamesh y Núcleo Ubik contra la AEFCF durante las presidencias de Ricard de la Casa (1994-1996) y Eduardo Gallego (1996-1998).
·         La polémica por el cambio de enfoque de las antologías Visiones a partir de la edición de 1995. Que si se perdía el espíritu original de publicar autores noveles, que si merecía la pena gastar el dinero de los socios en publicar relatos de gente que tenía donde publicar y además estaba en vías de profesionalización, que si qué coño importaba ya que las antologías eran las mejores que se habían editado hasta entonces, etcétera.
·         La utilización por parte del entonces presidente Eduardo Gallego de las páginas de Pórtico para entrar a saco en la bronca que enfrentaba a bemitas y cenobitas. Debo decir que le tocamos mucho las narices con las bromas continuas acerca de las mollejas de gandulfo (el macguffin por excelencia de la serie del Unicorp, que escribe a medias con Guillem Sánchez) y de expresiones muy celebradas como «ameboide circunspección», y que también nos mofamos mucho de sus réplicas, en las que siempre enumeraba y numeraba las razones por las que creía que éramos unos envidiosos e inmaduros, como si de artículos científicos sobre micología se tratara.
·         La celebración de una hispacón en Burjassot en 1998 con el presupuesto de la fallida EuroCon que debió haberse celebrado allí si alguien hubiera acudido a defender el proyecto. En última instancia, el tratamiento que dio Gigamesh a esta hispacón fue el detonante de la última gran bronca del fandom: la columna de Miquel Barceló en BEM 66 (1998)… y de una llamada telefónica por parte del organizador años después, cuando yo ya trabajaba en Gigamesh, para decirme que qué gracioso me había parido mi madre y qué graciosa (es un decir) me había quedado la columna de Mentidero Cinco en la que hacía bastante sangre con el asunto. Pero no pasa nada: nos tenemos agregados al Facebook, nos comentamos de vez en cuando y, en resumen, el tiempo lo cura todo.
·         La escisión dentro de la TerMa que se produjo cuando José Miguel Pallarés, vicepresidente de la creo que modélica junta presidida por Héctor Ramos (1998-2000), dimitió por motivos de salud en 1999. Esta nos dejó particularmente tocados, porque era la primera vez, creo yo, en que varios miembros de la TerMa salían tarifando. No fue la última, pero el mensaje estaba claro: los grupos de amigos también se rompen.
·         La inactividad de la junta presidida por Juan Miguel Aguilera (2000-2002), entre otras cosas por motivos de salud de su tesorera, Lupe Gallardo.
Como digo, es demasiado material, no he podido documentarlo como las otras guerras (en parte, porque algunas de estas guerras fueron soterradas y no generaron documentación: o estabas en el ajo o no te enterabas) y tal vez dé para una conferencia aparte… o para La Gran Novela del Fandom que se supone que estoy escribiendo.


EL CORREO DE AD ASTRA (1998)

Esta polémica la recuerdo entre brumas, y lo cierto es que prefiero olvidarme de ella, ya que fui el epicentro de una guerra soterrada que se desató por culpa de una carta que no debió haberse publicado. Como Ad Astra era un fanzine que se editaba en disquete, un auténtico precursor de las publicaciones electrónicas y virtuales de hoy en día, y no tengo disquetera en mi ordenador, tampoco he podido documentar bien los hechos tal como sucedieron. Me limitaré a resumirlos un poco por encima.
Ad Astra nació en 1995, lo coeditaban Armando Boix, Manuel Díez Román, Salva Huete y Xavier Mercet, a lo largo de cuatro años publicó cerca de veinte números (17, si no me fallan las cuentas) y su sección de cine, coordinada por Carlos Díaz Maroto, fue el doble embrión de dos proyectos profesionales posteriores: por un lado, la revista Stalker, que Armando Boix dirigió de 1998 a 2000 (luego lo sustituimos Alejandro Salamanca y yo) y, por otro lado, el portal sobre cine fantástico Pasadizo.com, que coordina Carlos Díaz Maroto.
Además de los contenidos cinematográficos, se publicaba mucha y muy buena literatura. La revista era finalista fija de los Ignotus, y Daniel Mares y Ramón Muñoz publicaron allí algunos de sus mejores relatos.
Pero Ad Astra no filtraba demasiado los contenidos; en concreto, los de la sección de correo, de la que se encargaba Manu Díez Román bajo el seudónimo de Spartacus, con lo que ya os podéis imaginar cuál era el tono. Y por eso me llevé el mayor disgusto de mi vida fandomita cuando, no recuerdo en qué número, aunque en todo caso hacia 1998, vi en el correo de la publicación una carta personal que le había enviado a Manuel Díez Román. Sin ánimo de justificarme, debo decir que el lenguaje coloquial de una carta que le envías a un amigo es, por definición, políticamente incorrecto y muy informal, y que en ningún modo dirías lo mismo en una comunicación pública, sobre todo si hay una guerra fandomita a punto de entrar en su punto culminante y, por decirlo fino, no está el horno para bollos.
¿Qué decía en aquella carta? Las burradas habituales que decíamos en público, pero en su versión cruda y descarada, sin editar ni corregir. Como cuando un político tiene el micrófono abierto y suelta un inoportuno «manda huevos», como le pasó a Federico Trillo, o un epic fail de las dimensiones del «Hemos tenido la inmensa suerte de darle un puesto [en Cajamadrid] a IU quitándoselo al hijoputa» de Esperanza Aguirre. (Ya que hablo de política, la obsesión que teníamos con sacar a colación los símiles con nuestros padres de la patria era como para hacérnosla mirar. Creíamos de verdad que jugábamos en la misma liga que Felipe González o José María Aznar.) La única frase que recuerdo, porque se me ha quedado grabada a fuego aunque ni siquiera sé en qué contexto la usaba, es «… y dado que Pedro Jorge tiene más peligro que Marco en Quién sabe dónde…», así que ya os podéis imaginar cómo era el resto de la carta.
La frasecilla de marras era parte de una coña que nos traíamos con Manu, que solía hablar en chiquitistaní: eran los tiempos en que Pepe Navarro triunfaba con Esta noche cruzamos el Misisipí gracias, entre otras cosas, a las imitaciones que Florentino Fernández hacía del Chiquito de la Calzada. Su personaje, Lucas Grijander, se pasaba todas sus intervenciones haciendo símiles delirantes en plan Chiquito. Y estos eran los referentes culturales y el nivel de las guerras soterradas del fandom, amiguitos.
Decir que me quedé helado cuando vi aquello publicado es quedarse corto. Mi vida entera de fandomita desfiló frente a mí: me hallaba ante un suicidio fandomita en toda regla. Como no tenía ni cargos ni responsabilidades (yo solo era un colaborador fijo de Uribe y le estaba escribiendo a Julián un artículo cojonudo sobre Theodore Sturgeon para Gigamesh, que salió en el número 16, del que hablaremos en la próxima guerra), no me podían cesar ni destituir, pero había sido coeditor de Núcleo Ubik, era una de las moscas cojoneras de los bemitas y, en fin, estaba proporcionando el tipo de carnaza necesario para demostrar que, en efecto, existían una guerra, un juego sucio, unos cruces de mensajes despectivos y, en resumen, mala fe por parte de uno de los bandos. No fue la primera vez que se me vio el plumero, como veremos al hablar del caso PulpEdiciones.
No recuerdo gran cosa de la siguiente reunión de la TerMa; tan solo que Julián me enseñó, durante las copitas posteriores a la cena, en el pub Rick’s de la calle Juan Bravo, el cruce de e-mails que había mantenido con Ricard de la Casa, en plan «vamos a parar la ensalada de hostias que se avecina en el horizonte». De nuevo, solo recuerdo parte de una frase de esos e-mails: «Entiéndenos, Julián, no te estamos pidiendo la cabeza de Juanma, pero…».
Por citar de nuevo a Astérix, podría recurrir al «No chabemoch dónde echtá Alechia» tantas veces repetido en El escudo arverno y soltar un «No ché qué fue el correo de Ad Achtra», pero os estaría ocultando información valiosa y divertida. Ya que esta guerra me hizo quedar como un cretino, qué menos que contarlo de primera mano antes de que os lo cuenten otros.
Y ese era el estado de ánimo que imperaba en el fandom cuando llegó la bronca que lo puso todo patas arriba.



MIQUEL BARCELÓ CONTRA LOS JÓVENES TURCOS (1998)

Reconozco que meterse con Ciencia ficción: Guía de lectura o con los prólogos de Miquel Barceló (en particular, la coletilla final de todos ellos, ese «Que ustedes lo disfruten» que lo convirtió en su marca de fábrica) era práctica común entre el fandom cenobita y termita. No entendíamos algunas incoherencias de su discurso, como esa fijación por negarle valor al ciberpunk mientras no dejaba de publicar novelas ciberpunks, posciberpunks o herederas del espíritu ciberpunk. Nos cachondeábamos con el ya proverbial retraso que arrastraba la publicación de la Nueva guía de lectura (Miquel va a dar una conferencia sobre este asunto en esta misma hispacón, a ella os remito; parece que esta vez la cosa va en serio) y, en resumen, nos pasábamos todo el día tocándole las narices por un motivo u otro. Hasta que estalló. Tal vez no lo hiciera ni el momento más adecuado ni por el motivo más justificado, pero estas cosas son como son: revientas cuando revientas. Hay una gota que colma el vaso, y tal vez la consideres una minucia, pero es eso, una gota que colma un vaso.
Para Miquel Barceló, la gota que colmó el vaso fue un comentario de Acerco Gorrión… que, en contra de lo que afirmaba Miquel, que lo consideraba un seudónimo de Alejo, solía ser el director de turno de Gigamesh; tanto Alejo como Julián como yo mismo hemos firmado como Acerco Gorrión. En el correo del número 16 de Gigamesh, Acerco Gorrión afirmaba que no iba a asistir a la hispacón de Burjassot «por mis habituales razones de higiene mental. […] al fin y al cabo, tienen el dinero con el que iban a hacer la Eurocón».
Eso de la EuroCon es una historia que, como es lógico, difiere según quién te la cuente, de modo que si me está oyendo alguien que maneje otra versión, puede intervenir ahora y exponer su punto de vista. Burjassot iba a presentar candidatura a organizar la EuroCon de 1998, que habría sido la primera en celebrarse en España, pero a la hora de la verdad no se presentó nadie a defender el proyecto. ¿Fallo de la AEFCF o del comité organizador? No se sabe. El caso es que, ya que había partida presupuestaria para organizar un evento de ciencia ficción, se celebró la tercera hispacón de Burjassot (las otras dos habían sido las de 1994 y 1996).
(Como solo asistí a la de 1994, no sé si esta fue, además, la de la comentadísima mascletà en honor de Joe Haldeman, a la sazón invitado de honor, quien estuvo a punto de sufrir un ataque de pánico: no es buena idea homenajear con fuegos artificiales, pólvora y ruido a un veterano de Vietnam que combatió con fuego real y, por decirlo fino, está un poco sensible con el tema.)
Hasta donde sé, Alejo tuvo que pararle los pies a Julián, que quería titular la noticia como «Unos sujetos dejan a España sin EuroCon». Insisto: como no asistí a la convención, no puedo ofrecer mis impresiones de primera mano, pero parece que esta vez el ambiente estaba un poco enrarecido. Pax Hispaconera, sí, pero muuuuy traída de los pelos.
Miquel estalló, dijo hasta aquí hemos llegado y abandonó el fandom de manera activa hasta que unos años después reincidió con una columna en la revista Asimov de Ediciones Robel. Dimitió de su sección «Pisadas», que publicaba en BEM, con un artículo de cuatro páginas, «Cansancio», en el que exponía las razones por las que lo mandaba todo a paseo. Se podían resumir en que estaba cansado de la guerra sucia por parte de Alejo Cuervo (a quien llamaba por su nombre, pero también con una perífrasis, Astuto Capitalista), Julián Díez (cuyo nombre ni siquiera mencionaba, ya que se refería a él como Joven Director) y Gigamesh (a la que también se refería con una perífrasis, o más bien tirando de etimología: «la malla del millón de millones»).
Las desavenencias con Alejo, como hemos visto, venían de lejos; como mínimo, desde la demoledora reseña de Ciencia ficción: Guía de lectura. Con Julián la cosa se había ido calentando y había llegado al nivel de recaditos bien visibles en uno de los prólogos de Nova CF (no recuerdo si el de Ciudad permutación, de Greg Egan, o cualquier otro de aquella época), en el que arremetía contra los «jóvenes turcos» que, en su opinión, estaban echando a perder el fandom. Años después, en el «Diccionario del fandom» que publiqué en Mentidero Cinco, me marqué una definición un tanto críptica para quien no estuviese al tanto de la existencia de aquel prólogo, por lo que aprovecho ahora para explicarla:

TURQUÍA. Gran país, crisol de culturas, puente entre Occidente y Oriente, Europa y Asia. Los turcos, grupo étnico procedente de Asia Central y emparentado con los mongoles de Gengis Khan y Tamerlán, arrasaron con toda una civilización, la bizantina, e impusieron durante cerca de cinco siglos un tiránico imperio, el otomano, regido por un sultán que vivía de espaldas a la realidad de su pueblo, mientras el Imperio se desintegraba de mala manera, lo cual sentaba las bases de todos y cada uno de los conflictos que han sacudido los Balcanes y Oriente Medio durante el siglo xx. Tras la Primera Guerra Mundial, que el Imperio Otomano perdió, este se descompuso. Fue entonces cuando emergió una generación de «jóvenes turcos» formados en Occidente (esto es, conocedores de lo que se cocía más allá de la estrechez de miras de la cultura oficialmente impuesta), laicos, igualitaristas y demócratas, que, una vez se hicieron con el poder, modernizaron el país en muy poco tiempo y lo situaron a la altura de las potencias de su entorno.

Barceló comenzaba el artículo aclarando que estaba escribiendo en caliente, después de la vuelta de la hispacón de Burjassot, y que no se iba a andar con miramientos. No tardaba demasiado en centrar el asunto:

[…] detecto cierto cansancio en BEM. De la misma forma que percibo el empuje de otros e interesantes grupos (Artifex, por ejemplo), y el resurgir del Gigamesh revista con el esfuerzo del joven director (JD) al servicio del astuto capitalista (AC). No es malo. Sinceramente espero que no lo sea. Pero he visto recrudecerse viejos intentos de ningunear a la AEFCF, a los Ignotus y a las Hispacones. Y no me han gustado. A ese juego yo no quiero jugar.

Después de desglosar su intachable trayectoria en el fandom (desde el Círculo de Lectores de Anticipación o CLA; es decir, desde la primera hispacón, la de 1969), trazaba un resumen histórico de la AEFCF y las disputas a que su existencia había dado lugar, la bronca entre cenobitas y replicantes y sus consecuencias, cómo de viciado estaba el ambiente y, en resumen, afirmaba de manera tajante que todo ello estaba motivado por los intereses económicos de Alejo y su librería.

Desde que BEM ha dominado en la AEFCF, para Alejo no era higiénico ir a la Hispacon, aunque creo recordar que sí acudió a Burjassot 94 para promocionar las cartas de Magic que su negocio distribuía. La excepción que confirma la regla.
No recuerdo bien el inicio de la década de los noventa en la AEFCF (mi parte del pacto era, así lo entendí yo, no molestar). Pero me parece que Alejo llevó la voz cantante al principio. Todo cambió con el follón de los cenobitas, una nueva etiqueta para el sectarismo, asignada esta vez por Carlos Mesa de Blade Runner. BEM alojó el regurgitar airado de Mesa contra un Alejo que había sabido molestar en lo indecible incluso a alguien recién llegado (y muy pronto partido) como Mesa. BEM y Gigamesh se enemistaron de forma irremediable. Tal vez era inevitable que así ocurriera.
A la retirada de Alberto Santos, quien posiblemente hiciera de árbitro al inicio, BEM obtuvo el poder en la AEFCF.
Arrimó el ascua a su sardina (a veces demasiado), mientras Alejo hizo amago de retirarse a sus jardines de invierno y, por «higiene mental», dejó de acudir a las Hispacones salvo excepciones motivadas en lo crematístico. Alejo tenía acólitos que iban a las Hispacones por él. «Cenobitas» les llamó Mesa y se formó el follón. Para evitarlo en este caso, informaré que, aquí, «acólito» se usa en la tercera acepción del DRAE «satélite, persona que depende de otra», y que hay en el mundo muchos tipos de dependencia: económica, ideológica, de liderazgo, etc. Aunque, no hay que olvidarlo, muchos de esos «acólitos» dejaron de ser socios de la AEFCF. Estaban con Gigamesh en la lucha contra BEM. Sectarismo.
Y en la ciencia ficción española anidó el sectarismo de forma inédita hasta entonces. En los setenta cuando un grupo dominaba, el otro se había cansado o no entraba al trapo. Pasado un tiempo, todo se disolvía en agua de borrajas. Aquí paz y después gloria. En los noventa la enemistad ha perdurado y la guerra ha existido. La tensión se ha centrado en el pulso Gigamesh/ BEM. Y, en mi opinión, ha sido dura y peligrosa. Los intentos del «holding» Gigamesh por minusvalorar a la AEFCF han sido, creo, muy fuertes y graves.

Además de anunciar su retirada, daba por perdida la guerra de BEM contra Gigamesh en los siguientes términos:

BEM ha reinado en la AEFCF durante varios años, en persona y por delegación. Ha mezclado las cosas, tal vez en demasía. Y, como no podía ser de otra manera en un país sectario, su enemigo ha luchado a la contra. El método de la billonaria malla, recientemente con la persona interpuesta del joven director, ha sido ningunear a la AEFCF y sus evidentes resultados: Hispacon, Premios Ignotus, Visiones, Pórtico, etc.
Creo que, ahora, mediado el tiempo y el lógico cansancio de quienes han trabajado manteniendo en vida el tinglado, BEM se retira y Gigamesh y su línea vencen. El cambio ha llegado. Posiblemente ya era hora. Tal vez incluso sea para bien.

Por otro lado, entiende que la AEFCF había salido viva de la hostilidad de Gigamesh:

Sea como fuere, lo cierto es que la AEFCF ha vivido etapas distintas y, gracias a Dios, sigue con vida. La semilla que se puso en La Haya parece haber sido fructífera y la AEFCF está viva tras haber sido gestionada por grupos muy distintos. Y ésa es su riqueza. Es una verdadera asociación que recoge, o al menos ha recogido hasta hoy, tendencias diversas. No cae cuando se cansa el grupo promotor. Sólo cambia de manos, tal vez fruto no sólo del cansancio de unos sino también de la intriga de otros, pero eso es algo a lo que los seres humanos recurren habitualmente.
Ahora cambia la situación. Tal vez la billonaria malla deje ya de ningunear a la AEFCF y sus logros. Ahora ya no está gestionada por sus enemigos. Algunos que se dieron de baja cuando BEM pasó a dominar la AEFCF, vuelven ahora a la asociación. Señal que los tiempos están cambiando y que otro grupo distinto alcanza el poder. No hay mal que por bien no venga.

Expone con suma lucidez el estado en que se hallaba la guerra fandomita, y por qué no se recrudecía:

En el ínterin, el «holding» Gigamesh y BEM han dejado de atacarse directamente. Se ignoran. Tal vez haya ayudado el joven director al servicio del astuto capitalista, pero lo dudo. Creo conocer algo a las personas, y confío más en Ricard y en su buen quehacer en las relaciones públicas. Pero, sea como sea, lo cierto es que, si no se puede o no conviene ensañarse con BEM, quien parece no saber vivir sin enemigos, se ha buscado otro adversario.

Anunciaba su retirada del fandom, entre otras cosas porque:

lo que viene no es la ciencia ficción que a mí me interesa. Hay demasiadas firmas comunes entre Gigamesh y Artifex, hay demasiadas concomitancias de la billonaria malla con la nueva junta de la AEFCF para no pensar en lo que está al caer. La malla del millón de millones ha tejido bien sus redes. Repito: esa no es la ciencia ficción que a mí me interesa.

Luego aventuraba una serie de hipótesis sobre el futuro de las publicaciones del fandom, que debo decir que acertó en gran parte.

Dejadme, para terminar, hacer algunas proyecciones de futuro. Así todos se podrán reír de mí cuando, el día de mañana, se constaten mis errores.
A) Se mantiene BEM con una cierta tendencia a la baja. Acusa el cansancio.
B) Suben Gigamesh y Artifex tal vez fusionándose o, con mayores visos de realidad, fagocitando el uno al otro.
C) La AEFCF se va centrando en la fantasía e incluso en el terror presuntamente «literario».
D) La AEFCF empieza a olvidarse de esa ciencia ficción (más o menos «dura») que tanto incordia, y que sólo parece gustar al «físico teórico» y al «analista de sistemas »: Sic transit gloria mundi. Esta vez nada cambia para que nada siga igual.
E) Las Hispacones son cada vez más «lúdicas» y, por consiguiente, resulta casi insultante presentarlas como un «congreso».

Y se despedía con un alegato a favor de la AEFCF, las hispacones y los Ignotus:

Adiós. Jugad como queráis. Pero, al menos, intentad que no se rompa el juguete. El juguete es la AEFCF, las Hispacones y los Ignotus. Llevamos casi diez años con ellos. Han estado en diversas manos. Proporcionan continuidad.
Hasta ahora al «holding» Gigamesh le ha interesado ningunearlos para atacar a quienes, como BEM, se han esforzado por mantener vivo el tinglado de la ciencia ficción en España.
Ahora tal vez eso cambie. El mando está en otras manos. Por favor, que no se borren unos cuando gobiernan los otros. Por favor, no lo echéis todo por la borda. Si hace falta, volad con el pájaro hasta donde toque llegar.
Los que sabemos física conocemos la ley del péndulo.
De momento, adiós.

Fue una despedida fea y amarga, sin duda inmerecida, porque nadie ponía ni pone en duda que Miquel Barceló ha sido una de las personalidades más relevantes del fandom español de las últimas cuatro décadas, que no sería tal como es de no haber sido por él, su Kandama, su premio UPC y su colección Nova CF.
También fue fea por la parte que nos tocaba. Si realmente habíamos sido capaces de tocarle los cojones a Miquel hasta el extremo de echarlo (sí, echarlo) del fandom, eso quería decir que nos habíamos pasado tres pueblos, que habíamos sido injustos y que a lo mejor era hora de ir menos pasados de vueltas, ya que, a ese paso, el siguiente punto de la escalada sería la violencia física.
De todos modos, en aquella época lo que más feo nos pareció fue la manera tan inequívoca en que BEM se alineó de parte de Miquel, escenificada en el editorial, que, en contra de la costumbre, aparecía firmado por todo el Grupo Interface. La guerra entre bemitas y termitas o cenobitas no había ido a más porque siempre habíamos escuchado a las voces más conciliadoras (en particular, José Luis González, cuyos frecuentes viajes exprés de Valladolid a Madrid para asistir a las reuniones de la TerMa ayudaban muchísimo a limar tensiones). Pero ahora quedaba claro: todo Interface estaba con Miquel. La guerra existía. Estaban hartos. Se les había acabado la paciencia.
¿Qué pasó a continuación? Lo que sucede cuando alguien pega un grito en medio de una discusión y se larga pegando un portazo: nos quedamos en silencio, a la espera, cohibidos. Después ya pudimos hablar en voz alta acerca de la parte de razón que tenía Miquel o si había sido una salida de tono, de si tenía razón en el fondo pero no en la forma, de si realmente era necesario ventilar en público los trapitos sucios de Alejo como nadie se había atrevido a hacer antes en ninguna otra guerra fandomita (siempre hubo cierto código ético: te puedo llamar hijo de puta a la cara, pero nada de golpes bajos).
En realidad, no pasó nada. O sí: pasó todo. La tontería se nos bajó de golpe. La guerra se cortó por lo sano, y lo que pasó después no sabemos si se debió al curso natural de los acontecimientos o a que la de Miquel era una profecía autocumplida. En todo caso, las consecuencias a medio plazo fueron las siguientes:
·         La escalada bélica se frenó en seco. No es que hiciéramos las paces: aprendimos a ignorarnos mutuamente, como decía Miquel.
·         La junta de la AEFCF dirigida por Héctor Ramos mantuvo un perfil bajo y conciliador, con gente de la TerMa pero no vinculada al, por así decir, cenobitismo histórico. Pudieron hacer y dejaron hacer. La AEFCF dejó de estar en el epicentro de las polémicas.
·         BEM no duró mucho a partir de entonces: solo diez números. El cansancio se había extendido al Grupo Interface, así como a los lectores del fanzine. Además, y no creo que se debiera a este artículo pero el caso es que las fechas coinciden, BEM dejó de ser la publicación hegemónica del fandom.
·         Gigamesh recogió su testigo a partir de los Ignotus de 1999, en un duopolio perfecto con Artifex (que en cierto modo había pronosticado Miquel) y BEM prácticamente desapareció de las candidaturas.
·         Y, gran error de apreciación de Miquel, Alejo montó Ediciones Gigamesh, canceló el premio Gigamesh en cuanto lo ganó una novela editada por su propio sello (con lo cual desmentía toda la argumentación de Miquel) y, gracias a George R. R. Martin, llegó adonde está ahora.
En cuanto a Miquel, siguió vinculado a los premios UPC, evidentemente, se dejó ver en actos varios y retomó la actividad fandomita un lustro después, con una columna sobre novedades en la interesante Asimov de Robel. Como Miquel es un señor muy educado, siempre hemos tenido un trato muy correcto cuando nos hemos vuelto a ver, en particular durante una manifestación contra la guerra del Golfo en 2003 y en una mesa redonda sobre cine y ciencia ficción que se celebró en la Fnac ese mismo año.
Y supongo que ese es el mejor resumen de esta guerra: nos devolvió los buenos modales y la educación. Dejamos de ser unos puñeteros gremlins y volvimos a ser aficionados unidos por gustos comunes.

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EPÍLOGO: PULPEDICIONES (2003-2004)

Tal vez porque habíamos ganado la guerra (risas en off, por favor), tal vez porque ya acusábamos el cansancio o tal vez (y sobre todo) porque entraron en juego nuevos actores y dejamos de ser el epicentro del fandom, lo cierto es que la siguiente década fue más tranquila en cuanto a guerra fandomitas. Las hubo, por supuesto, pero habían dado el salto a internet y, a decir verdad, dejaron de interesarme y dejaron de ser guerras globales. Con una sola excepción, que incluyo aquí a modo de epílogo.
Con el cambio de milenio empecé una etapa de actividad que me llevó a simultanear dos secciones: Fiawol!, en Gigamesh, en la que reseñaba fanzines y publicaciones semiprofesionales, y Mentidero Cinco, en Bibliópolis, en la que me dedicaba a contar cotilleos fandomitas. Las dejé ambas al empezar a dirigir revistas (primero, Stalker, a partir del número 15, en 2001; y después, Gigamesh, a partir del número 32, en 2002). No podía ser director de revista y, al mismo tiempo, ejercer de bufón de la corte, creía yo. Y precisamente por eso me quedé sin hablar en Mentidero Cinco de tres asuntos sobre los que me pedían constantemente que hablara: la AEFCF, BEM y Gigamesh. Yo siempre me negaba, aduciendo que, si hablaba de lo primero, me arriesgaba a que me declararan persona non grata en las hispacones; si hablaba de lo segundo, me arriesgaba a que me partieran los dientes en una hispacón; y si hablaba de lo tercero, me arriesgaba a que me despidieran del trabajo.
Así pues, mantuve el perfil bajo y me dediqué a cosas útiles.
Y con esto llegamos a una auténtica guerra justa, como la del caso PulpEdiciones.
Como digo, esto ya es el epílogo de las guerras fandomitas, sus últimos coletazos, por lo que no entraré en detalles.
Baste decir que PulpEdiciones, dirigida por Román Goicoechea, editaba sobre todo ciencia ficción añeja (Fritz Leiber, Clark Ashton Smith y demás delicias descatalogadas), así como una publicación, PulpMagazine, que incluso llegó a ganar el Ignotus por partida doble: en las categorías de revista y relato español («Fortaleza de invicta castidad», de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez). También sacó una colección, Gotas, dirigida por León Arsenal y José Miguel Pallarés, en la que alternaban el rescate pequeños clásicos de la ciencia ficción española (El señor de la rueda, de Gabriel Bermúdez Castillo; Estado crepuscular, de Javier Negrete, y Seis, de Daniel Mares) con rigurosas novedades (La noche roja, de León Arsenal).
Pero PulpEdiciones resultó ser un fiasco. Resultó que no pagaban derechos.
La liebre ya no saltó en los fanzines de papel, que allá por 2003 ya estaban en franca retirada, sino por foros como Cyberdark y Dreamers. Motivo de más para caracterizar esta bronca como una guerra ajena al fandom tradicional. Al menos, hasta que Alberto Cairo publicó «PulpEdiciones: ¿piratería o “descuido”?», un fenomenal y exhaustivo artículo en Bibliópolis y en el número 36 de Gigamesh, que era el primero con el nuevo formato.
Alberto Cairo estaba un poco lastrado en el fandom por una sección de Gigamesh llamada El camión de medianoche, en la que destripaba franquicias sin el menor miramiento (¿cuál es el camión que suele pasar a medianoche por vuestra ciudad y os despierta con el ruido de su trituradora?). No obstante, si había algo que no se le podía reprochar en este artículo era el rigor. Era periodismo de investigación del bueno (Albertiño trabajaba en El Mundo, y hoy en día es una referencia mundial en el terreno de la infografía de prensa), estaba documentado, toda la información estaba contrastada y, en resumen, si no contaba más era por falta de datos.
La liebre saltó cuando Pulp anunció la publicación de la saga de Fahfrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber. A mucha gente le extrañó, ya que era una pieza cotizadísima, y resultaba sorprendente que una editorial pequeñita pudiera hacer frente al pago de los derechos. Consultado el agente de Leiber, Danny Baror, resultó que no se habían pagado derechos.
A la publicación de Leiber sin permiso ni derechos siguieron las de Frederik Pohl y Gene Wolfe.
La cosa fue a más cuando se descubrió que las traducciones, firmadas por un tal M. Blanco (Mirlo Blanco, el Alan Smithee de los traductores; es decir, el falso nombre que, por convenio, se utilizaba en la década de 1970 para acreditar las traducciones fusiladas), eran en realidad de otros traductores, como Trinidad Valiente o Arturo Villarrubia, que lo descubrió debido a que a Román Goicoechea (quien a esas alturas había reivindicado la autoría de las traducciones de M. Blanco) se le escapó una de las «morcilla» que Arturo había introducido en una de sus traducciones. (Inciso: es muy frecuente que los traductores dejen marcas para detectar qué se les corrige o, en este caso, piratea.) No fue el único afectado: Luis Vigil o Jordi Fibla también padecieron las traducciones de M. Blanco.
Luego llegó el asunto de los impagos. A Rafael Marín se le llegaron a deber unos tres mil euros en concepto de traducciones sin pagar. Ángel Torres Quesada no vio un duro por los derechos de sus obras, y Gabriel Bermúdez Castillo hizo valer su condición de notario para arrancar el pago de derechos de El señor de la rueda, que no sabía ni que se le había reeditado: se enteró cuando la vio, ya saldada, en un catálogo de venta por internet.
El artículo de Alberto Cairo y las posteriores revelaciones pusieron patas arriba el fandom. Aquel fue nuestro caso Gürtel: habían pillado trampeando a la revista que estaba ganando los Ignotus y la editorial que estaba reeditando a los clásicos.
Y lo peor de todo era que PulpEdiciones tenía defensores a ultranza, que veían en todo aquello un intento de Gigamesh por sacar tajada (siempre la conspiranoia con respecto a Gigamesh), y que justificaban las maniobras de Román Goicoechea con la misma excusa con que un partido político justifica a sus corruptos: PulpEdiciones no ha delinquido mientras no haya una sentencia judicial firme que establezca que lo ha hecho. Literal. Y fue un argumento muy repetido.
(Por cierto: no se llegó a demandar a Pulp porque para ello habría hecho falta enviar un procurador a Guadalajara, donde estaba radicada la empresa Río Henares, y a nadie le salía a cuenta meterse en unos jardines tan floridos. Se iban a gastar en abogados más de lo que habían perdido o dejado de ganar debido a la estafa, pues no era otra cosa.)
Gigamesh vetó la venta de libros de PulpEdiciones en su librería, lo cual contradecía a quienes afirmaban que nuestra actitud era puro postureo (lucro cesante para la librería), y yo me pasé unos cuantos años tratando de disuadir, sin éxito, a todo aquel que comprara o intentara comprar libros de Pulp: la editorial ya había cerrado, los libros estaban de saldo, ¿a quién podía perjudicar?
La editorial cerró, los defensores de Pulp siguieron siendo muchos y, en resumen, el hecho de publicar ese artículo en Gigamesh me acabó costando la amistad de media TerMa, ya que, en medio de la escalada, acabé tarifando de muy malas maneras con José Luis Torres, copropietario de la librería Framauro, y, con esa chulería madrileña que nos caracteriza a los madrileños aunque llevemos años viviendo en Barcelona, vine a decirle que me la sudaban su rollo de jevi de plazoleta y su «honor, honor, honor», que él no pintaba nada en aquella bronca y que si alguien tenía que pringar por aquello, aparte de Román, era el director de la colección; es decir, León Arsenal.
Pues bien, dio la casualidad de que León estaba en ese momento en la librería Framauro, leyendo la escalada y posterior explosión de la bronca, y evidentemente no tardó ni medio minuto en difundir mi mensaje por la lista interna de la TerMa.
Y así llegamos al punto más doloroso, para mí, de las guerras del fandom: no poder volver a pisar la tertulia en cuya creación yo había participado. El exilio, en resumen.
Cosa de un año después hablé cara a cara con León. Típico virus informático, mensaje de León para advertirme de que estaba enviando virus al internet, invitación a tomarnos una cerveza la próxima vez que fuera a Madrid, reunión fría pero correcta en la que me expuso su punto de vista y, si bien la cosa no volverá a ser lo que era, al menos nos hablamos. Que no es poco, habida cuenta de lo que pasó.
CAUSAS DEL FIN DE LAS GUERRAS DEL FANDOM

No sé si os habéis dado cuenta de una cosa. ¿Hay algo que os llame la atención de todo lo que he contado hasta ahora? ¿No? ¡No hay mujeres! Salvo Cristina Macía y Elia Barceló, el resto de los implicados en esta historia éramos hombres. ¿Casualidad antiestadística o demostración de que las mujeres se meten en menos líos que los hombres? ¡En absoluto! La proporción hombre-mujer en estas guerras es más o menos la proporción que había entre hombres y mujeres en el fandom. No hay otra explicación.
Con el cambio de milenio las cosas dieron un giro radical.
Por un lado, cerró BEM y, como habría dicho Miquel, Gigamesh y Artifex ganaron la guerra, aunque fueron incapaces de prolongar su hegemonía durante mucho tiempo. Hacia mediados de década, el panorama se atomizó, dejó de haber publicaciones hegemónicas claras (el bacalao se lo repartían PulpMagazine, Asimov de Robel y Galaxia) y, en resumen, sucedió lo mismo que en el resto de manifestaciones del fandom: cada uno tiró por su lado, sin ningún elemento cohesionador claro. Pasamos del fandom a los muchos fandoms.
El fin del modelo clásico de hispacones, fandom y publicaciones dio paso a otro en el que predominaba la inmediatez. Internet ayudó mucho a ampliar la base del fandom, pero también cambió las actitudes.
Los fanzines y publicaciones en papel eran más lentos. Ahora que está tan de moda el Movimiento Slow, conviene recordar que la vida misma era más slow hace solo quince años, cuando no había internet. Para meterte en una bronca tenías que esperarte el mes, dos meses o año que tardara en salir una publicación, escribir una réplica, enviarla por correo ordinario y esperar el mes, dos meses o año que tardara en salir el siguiente número. Tenías que pensarte muy bien lo que decías y cómo lo decías. Ahora, sin embargo, sueltas la primera gilipollez que te viene a la cabeza y ya tienes la bronca montada. Puedes ver el auge y caída de guerras monumentales en apenas un día, o diez cruces de tuits. Y, claro está, ahora puedes bloquear, desamigar o rebajar el karma de tu rival. Antes no te quedaba más remedio que razonar.
Los fanzines de papel, en resumen, dieron lugar a un fandom más dinámico; primero, con el IRC, y después, con las listas de eGroups o YahooGroups, los foros, los blogs y las redes sociales. Ya no te encuentras con las polémicas bien visibles: tienes que ir a su mismo epicentro, que suele ser la página o cuenta del interesado en avivarla. Las cartas ya están marcadas de antemano. Así no hay manera de mantener una guerra justa y equilibrada.
Las broncas ahora son más especializadas y son más de muchos contra uno; por ejemplo, de un colectivo de aficionados a una serie de fantasía épica contra el editor, por los motivos que sea: la periodicidad, la maquetación o la terminología. Son muchos aficionados contra un profesional.
Por otro lado, las hispacones han dejado de ser el motor de la actividad lúdica del género. Ahora tenemos esos Celsius, Semanas Negras, Fuenlabrada Fantástica, Semana Gótica, Saló del Cómic, cena de Navidad de Santander, calçotada friki, GigaCon, kedadas, congresos académicos y cenas varias. Los frikis nos tenemos ya muy vistos, mientras que antes nos veíamos una o dos veces al año.


RESUMEN: DE LAS GUERRAS DE LOS FANZINES
A LAS GUERRAS DEL E-FANDOM

A modo de resumen, las broncas del fandom fueron un horror, pero también tuvieron su componente romántico.
Citando a Harry Lime (Orson Welles) en El tercer hombre:

Recuerda lo que dijo no sé quién: en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, matanzas, asesinatos... Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!

Pues eso: ¿quién coño quería vivir en paz, rodeado de relojes de cuco y, como diría Mafalda, sopa en cubitos, pudiendo tener el Renacimiento entero? Nuestro error consistió en no ver que el mérito del Renacimiento lo habían tenido Miguel Ángel, Rafael, Donatello o Leonardo (¡y no me refiero a las Tortugas Ninja!), y no los Borgia y sus sangrientas guerras intestinas
Acabo de hablaros de las guerras, matanzas y asesinatos de aquel auténtico Renacimiento del fandom. A la vuelta del descanso hablaremos de nuestros Miguel Ángel y Leonardo.
Muchas gracias por vuestra atención.

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6 Comments:

Blogger Kaplan said...

Genial, Juanma, qué buen rato he pasado. Y qué recuerdos.

9 de diciembre de 2014, 12:57  
Blogger Ignacio said...

Qué tiempos aquéllos...

Recuerdo una anécdota, supongo que bastante previa a la guerra fandom que terminó con la carta de Miquel Barceló, en la que Alberto, un amigo de nuestro grupo de aficionados, recibió la llamada de Alejo Cuervo, curioso por saber quién había pedido en Orense una de las tres primeras SciFi Encyclopedia de Clute vía Advance Cómics que en ese momento gestionaba Gigamesh. Decía que aparte de (creo) Miquel Barceló que había pedido otra, a nosotros no nos tenía localizados.

En fin, como éramos un grupo que no publicaba, y aunque seguía las guerritas, no participaba en ellas, y no viajaba ni a Madrid ni a Barcelona, las discusiones quedaban en casa. Esas de Ideas VS Forma, la New Thing y demás...

Comprábamos por correo, nuestro único vínculo escrito eran las cartas que recibíamos a veces con los pedidos, sobre todo cuando eran a Francia, UK y USA... Así que como no piábamos nada no entramos en la clasificación de fandom :-D

Al poco Gigamesh dejó de llevar pedidos por correo y nos traspasaron a Newton. A parte de pedir directamente al extranjero, claro.

Lo dicho, qué tiempos...

Me he reído mucho con el artículo, y no he podido evitar rememorar esta anécdota, y por una vez, escribirla, cosa que nos daba una pereza enorme hacer en aquellos años.

A seguir, así, seguimos leyendo y leyéndoos.

Ignacio.

10 de diciembre de 2014, 22:28  
Blogger Luis González Baixauli said...

Hola Juanma.

Me quedé con ganas de asistir a la conferencia en la Mircon. Muy interesante (al menos para los que lo vivimos, supongo que las nuevas generaciones deben alucinar). Si yo hubiera escrito un artículo equivalente se debería haber titulado "yo estuve en medio de la guerra y no sabía la mitad" (de hecho siempre pensé que el origen era un tema de faldas). Gracias por la referencia al Kenbeo.

13 de abril de 2015, 8:13  
Blogger Juanma said...

Eso era porque tú te dedicabas a lo importante, hacer un fanzine bueno, majo y con cariño, y pasabas de las andanadas de profundidad. Visto en perspectiva, es la mejor actitud.

Por cierto, en la columna que tenía en Bibliópolis os dediqué una entrada con todo el cariño que merece Kenbeo Kenmaro. No sé si llegaste a verla en su momento, pero la recuerdo:

http://www.bibliopolis.org/mentider/ment0008.htm

Un abrazo muy grandote. Me alegra verte por el ciberespacio, y saber que a lo mejor nos vemos por alguna hispacón, Celsius o lo que se tercie.

13 de abril de 2015, 10:54  
Blogger Luis González Baixauli said...

No recuerdo qué estaba buscando, pero un día me encontré con tu reseña del Kenbeo y me emocionó un montón. Gracias.

22 de abril de 2015, 15:09  
Anonymous Zush said...

Lo de Miquel Barceló es, buf; una vez leí su ensayo sobre Orson Scott Card en Artifex v1 18 y me dieron ganas de arrancarlo del número.

10 de julio de 2015, 23:32  

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