martes, 5 de mayo de 2015

Cruces conflictivos

Llevaba una temporadita sin hablar de las calles de mi barrio de Sants, pero es que la ocasión lo merece. 

Desde hace dos años llevo a Mireia a una guardería situada en la calle Ventura Plaja. La ruta habitual consiste en entrar por esta calle desde Sugranyes y cruzar por el paso de cebra de Carreras i Candi que hay del lado montaña.
Este paso de cebra está bien señalizado, el tramo de calle desde el cruce con la carretera de Sants es de apenas cincuenta metros y apenas hay espacio para coger demasiada velocidad. La visibilidad, por lo general, es aceptable, excepto una furgoneta que suele aparcar de manera reglamentaria en la esquina con Ventura Plaja, en números pares, junto al parquímetro.
 

Tanto si esta furgoneta está aparcada como si no lo está, llevo estos dos años comprobando que los vehículos se saltan el paso de cebra de manera sistemática. Es más, aceleran en cuanto calculan que les va a dar tiempo a pasar antes de que cruces. Si no hay furgoneta los ves venir y te detienes, pero si la furgoneta está aparcada no hay visibilidad y te expones a atropellos. Salgo a un susto al mes, más o menos, ya que parto de la base de que el vehículo de turno va a respetar el paso de cebra y se va a detener, cosa que, insisto, suele ser la excepción.
El problema es que ya he tenido algún percance de este tipo mientras llevaba a Mireia a la guardería. Como es lógico, al llevarla en coche de paseo ella está más expuesta, ya que en caso de atropello sería la primera en sufrir un impacto. Y los vehículos no se detienen ni aunque vean un coche o un carrito de bebé.
Después de dos cursos enteros exponiéndome a atropellos en este cruce, no me cabe la menor duda de que si no ha habido ningún accidente serio ha sido por pura casualidad, y de que ese paso de cebra  tiene poca utliidad, ya que los conductores se lo saltan de manera sistemática. Lo cachondo es cuando les gritas de todo y, por única respuesta, se encogen de hombros, en plan "¿A mí que me cuentas? Está en mi naturaleza".

Por supuesto, puedo cambiar de ruta y entrar desde la boca de Carreras Candi con carretera de Sants, y cruzar en el paso de cebra de Bassegoda. O cruzar por Ventura Plaja, pero por el paso de cebra del lado mar. En el primer caso perdería medio minuto, y en el segundo, la friolera de diez segundos, pero a) me parece una tocada de narices tener que cambiar mi ruta porque el prójimo no respeta el código de circulación, y b) a Mireia le encantan los dibujitos de Elsa, Spiderman y el capitán Garfio que hay en el escaparate de la ludoteca de esa calle.

¿Sería mucho pedirle al Ayuntamiento que se planteara instalar alguna cámara de videovigilancia (¡recaudación asegurada!) o un semáforo?

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lunes, 21 de julio de 2008

El futuro mata la ciencia ficción

Así de sensacionalista se muestra el titular del Babelia del sábado. En las páginas interiores, la verdad, el tono es mucho más ponderado y se marcan un muy interesante dossier sobre los cambios que está experimentando la ciencia ficción, hasta qué punto no ha sabido adaptarse al futuro y, en resumen, el repaso que le está metiendo la fantasía. El especial se puede leer pinchando sobre este enlace.
El primero de los contenidos del dossier es un extenso artículo de Jacinto Antón, "Una galaxia que se apaga", que recoge varias reflexiones de Miquel Barceló y nos confirma que la cosa está muy malita. ¿Es esto verdad, con novelones recientes como (dicen) Spin, de Robert Charles Wilson, y autores como Alastair Reynolds, Peter Hamilton o China Miéville? Pues, en mi modesta opinión, sí. Por un lado, por supuesto que se sigue haciendo buena ciencia ficción, es una cuestión de estadística (la famosa ley del diez por ciento enunciada por Sturgeon. De lo que estamos discutiendo es de otra cosa: la ciencia ficción ha perdido la notoriedad y el impacto mediático que tenía hace veinte años, no parece que se esté adaptando al mundo real en la medida en que sí lo estaba en los años cincuenta o setenta (las dos edades de oro del género, y momentos de mayor comunión entre género y gran público) y da la impresión de que la fantasía y la hibridación de géneros se la ha comido con patatas (y aquí incluyo a China Miéville y el New Weird).
Si Jacinto Antón arma su artículo a partir de las quejas de Miquel Barceló, Ricard Ruiz Garzón hace lo propio en "La era de las mutaciones", pero en un plan más coral: quienes nos quejamos somos Elia Barceló, Javier Negrete, Pepe López Jara, Julián Díez, Luis G. Prado y servidor. Me consta que el bueno de Ricard las pasó canutas elaborando este artículo, porque buscaba un punto de vista optimista sobre el estado del género, y no lo encontró. Buscaba que le encontráramos el lado bueno al asunto, máxime teniendo en cuenta noticias objetivamente esperanzadoras, como el que José Carlos Somoza sea finalista del premio J. W. Campbell con Zigzag, o que Félix J. Palma acabe de ganar el premio Ateneo de Sevilla (noticia que, por cierto, aún no he visto en ningún foro: así le pagamos los servicios prestados a uno de los mejores autores de relatos que dio la "edad de oro" de la CF española de los noventa). Y sólo le dimos lloros y lamentos, por no decir duelos y quebrantos.
El texto del artículo es el siguiente:

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REPORTAJE: EN PORTADA - Literatura española

La era de las mutaciones

RICARD RUIZ GARZÓN 19/07/2008

La ciencia-ficción española explora fórmulas mestizas para un género que se encuentra en plena metamorfosis

La ciencia-ficción ha muerto, ¡viva la ciencia-ficción! Con sus temas de actualidad y su modus operandi, en cambio, obligado por la crisis a mutar, el género menos enchufado de la narrativa española parece decidido a desoír las trompetas del apocalipsis. Para ello, sus autores exploran, clonan, rediseñan... Los optimistas incluso dan píldoras de ánimo: la reciente nominación de Zigzag (Plaza & Janés), de José Carlos Somoza, al prestigioso Premio John W. Campbell; la concesión del Ateneo de Sevilla a Félix J. Palma por El mapa del tiempo, cuyo regreso al futuro con H. G. Wells rezuma steampunk; la aparición de sellos (Omicrón, Quantum) o revistas (Historias Asombrosas)... Según el crítico Julián Díez, coordinador en Minotauro de la excelente Antología de la ciencia ficción española (1982-2002), "el género aún es una herramienta poderosa. Sus temas son más pertinentes que nunca, aunque anden camuflados en obras como La carretera, de McCarthy, o Nunca me abandones, de Ishiguro. La ucronía y la distopía siguen vivas, lo que decae es su versión cientifista".

"La ucronía y la distopía siguen vivas, lo que decae es su versión cientifista", afirma el crítico Julián Díez

Sin tradición ni lectores, es cierto, la ciencia-ficción purista suena hoy tan trasnochada como el Coronel Ignotus. Ningún autor de la generación de oro de los noventa -Rafa Marín, Javier Negrete, Elia Barceló, León Arsenal, Juan Miguel Aguilera, Rodolfo Martínez- la ha cultivado esta década (a excepción de Martínez en El sueño del Rey Rojo, en Gigamesh) y muchos, tras borrar del disco duro la space opera y el ciberpunk, han preferido saltar a la fantasía, la historia o el género juvenil, como el hiperdotado César Mallorquí. Gracias a ello, con todo, la ciencia-ficción se está enriqueciendo con fórmulas mestizas. Lo ilustra Marín, que tras su irrupción con la mítica Lágrimas de luz, de 1982, ha mutado en varias líneas hasta urdir Juglar (Minotauro), una cuidada fusión de cantar de gesta y ucronía. De igual calidad, éxitos como La locura de Dios (Ediciones B), donde Aguilera sitúa a Ramon Llull ante una civilización de prodigiosa tecnología, o El secreto del orfebre (Lengua de Trapo), donde Barceló convierte un amor de posguerra en un poético viaje temporal, evidencian que la experimentación podría llevar a la ciencia-ficción mestiza a años luz de la actual.

Negrete, también en plena mutación con su ciclo sobre Tramórea, lo deja claro: "En mi obra aún hay ciencia-ficción, pero ahora hago fantasía razonada y ucronía... El género puro está obsoleto, suena freak". Tras admitir que la etiqueta crea rechazo, el madrileño declara: "Me da igual si Michael Chabon escribe o no ciencia-ficción; lo parece, pero no lo leo por eso, sino porque es bueno". Más dura, la respetada Elia Barceló añade: "Aunque los nostálgicos protesten, hoy manda la fusión, la hibridación, la búsqueda libro a libro. Y si para eso hay que ir a editoriales generalistas, se hará, le guste o no al fandom [mundillo de los aficionados]". Igual lo ve Díez, quien cree imparable el salto al mainstream: "Si un autor de género ve que un generalista gana un respeto que a él, por publicar en sellos especializados, le está vetado, es normal que desee cambiar de aires".

Cual cyborgs con prótesis de género, mientras, los colonos siguen llegando: del reincidente Somoza a Ray Loriga, Suso de Toro, Rosa Montero, Eduardo Mendoza o, esta temporada, Iban Zaldua (Porvenir), Palma o José María Merino (Las puertas de lo posible), los narradores más desprejuiciados han aprendido a infiltrar la ciencia-ficción en editoriales antes reacias, aunque sea a costa de eufemismos como fantasía especulativa, narrativa futurista, utopía científica... De confirmarse la tendencia, con todo, ¿se acentuará la crisis en las colecciones de género? ¿Se alargará la sombra de la extinta Miraguano en sellos especializados como Parnaso, Equipo Sirius, Grupo AJEC o las asentadas Gigamesh, Nova o La Factoría? "Vivimos de la fantasía, nadie pasa su mejor momento", reconoce Luis G. Prado, editor de Alamut/Bibliópolis; "muchos sólo traducen o publican a autores menores del fandom para contentar a los incondicionales". Sabedor de que best sellers como su buque insignia Andrzej Sapkowski o George R. R. Martin en Gigamesh se restringen a la fantasía extranjera, Prado pide resurgir con un cambio: "Los fans tipo Star Wars no lo son todo, los editores serios quizá deberíamos buscar otra denominación para el resto de la fantasía científica, que sí que interesa al gran público".

Menos seguro, el editor de Minotauro, José López Jara, reorienta el análisis: "Ante este cambio de ciclo, los autores han de entender que hay una ciencia-ficción que sí gusta: la del thriller científico a lo Frank Schätzing, la de la ecología y los riesgos del avance tecnológico". Inquieto porque a la editorial llegan pocos originales así (el Premio Minotauro no ha laureado en seis años ni una obra de ciencia-ficción), López Jara admite que es difícil crear cantera, como intentó hacer su predecesor Francisco García Lorenzana, pero anuncia que en 2009 lanzará Aquamarin, una novela sobre chips de la española de origen bielorruso Vera Parkhutic. "Por ahí", dice, "el género todavía tiene futuro".

Mientras, el núcleo duro prefiere mimar al autor del fandom, surja de premios y eventos o de unas publicaciones cada día más online. "De ahí sale poco talento, pero es casi el único", cree el crítico Juanma Santiago, seguro de que promesas como Eduardo Vaquerizo, José Antonio Cotrina o David Mares se forjaron en tales foros. Aun así, advierte: "El fandom con cerebro desaparece, internet clona a los fans y ya hay más escapismo que espíritu admonitorio, así que el caldo de cultivo corre peligro".

Habrá que vigilar: de ser así, las mutaciones, como en todo entorno hostil, seguirán multiplicándose... -

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Lo dicho: pese al tono jeremíaco, Babelia ha publicado un buen repaso del género, una aproximación seria y respetuosa, que tal vez confirme aquello de que uno (y con esto me refiero al género) tiene que estar con medio pie fuera de la Unidad de Paliativos para que empiecen a hablar bien de él, o que tal vez nos retrate como una panda de cantamañanas que nos quejamos de vicio ahora que empiezan a hablar bien de nosotros. Claro que, bien mirado, las excusas para que Babelia le dedique seis páginas a la ciencia ficción son la inauguración de una exposición sobre los mundos de J. G. Ballard, el que Somoza sea finalista del Campbell y el que Palma haya ganado en Ateneo de Sevilla. Los autores de cabecera del fándom de toda la vida, vamos.

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