Castellar de n'Hug me recuerda a
César Mallorquí y uno de sus mejores cuentos, "El rebaño". Es la historia de
Brezo, un perro pastor en un futuro postcatástrofe. Han pasado algunos años desde la destrucción de la Humanidad, y el perro es el único resto de humanidad que queda, ya que continúa guiando un rebaño de ovejas, día tras día. Pero la vuelta de la naturaleza salvaje, simbolizada por el gigantesco
mastín del Pirineo Trueno, está a la vuelta de la esquina, y cuando
Brezo desaparezca, ya no quedará nada de lo que una vez fue la humanidad. Como parábola es perfecta; como homenaje a Clifford D. Simak y su
Ciudad, también. Como relato, me atrevo a calificarlo como una de las cuatro o cinco mejores narraciones breves de la historia de la ciencia ficción española.
No sé si César ha estado en Castellar de n'Hug, pero no me extrañaría, teniendo en cuenta la descripción tan vívida que efectúa de los Pirineos, y que la ambientación de la historia que servía de nexo a los relatos de
El círculo de Jericó transcurre no muy lejos de allí, en los volcanes de La Garrotxa, concretamente en el de Santa Margarida. (Otro día cuelgo fotos de los volcanes de La Garrotxa, para que veáis.) Para un amante de los perros como es él, este pueblo debería ser poco menos que un paraíso. Aquí es donde se cría la mayoría de los
gossos d'atura, o perros pastores catalanes, una raza autóctona que se empezó a recuperar hace unos treinta años y que en la actualidad está fuera de peligro, pero que en su momento estuvo a punto de desaparecer. En este pueblo se celebran concursos de pastoreo, que suelen ganar los perros locales, en estrecha competencia con los vascos. En el centro de interpretación de Castellar hay vídeos de concursos de pastoreo, y resulta interesante de ver.
El
gos d'atura más famoso de todos los tiempos es
Cobi, la mascota de Barcelona '92. Los auténticos
gossos d'atura son más bonitos, eso es cierto.
No me gustan los perros, y de niño les tenía un pánico mortal, pero había uno que me tenía flipado. Se llamaba
Cacho, y era un
gos d'atura. Se lo compró un primo mío antes de que empezaran a ponerse de moda, allá por los años ochenta. El pelaje de
Cacho era una pasada, así como su elegancia. No lo vi muchas veces, pero me encantaba.
Pero a lo que iba. El centro de interpretación no es lo único digno de ver de Castellar de n'Hug. El pueblo es un conjunto muy bien conservado, sin apenas especulación urbanística. Todas las casas mantienen una uniformidad de pueblito pirenaico de montaña, y eso lo hace encantador.

El reloj de sol de la iglesia tiene la siguiente inscripción:
Sense sol no soc res
Com tu, sense fe,
que, traducida al castellano, queda algo así como "Sin sol no soy nada / como tú, sin fe".
En los mapas de carreteras antiguos, el pueblo figura como Castellar de Nuch. El caso es que ese "n'Hug" lo hace aparecer como algo primigenio, casi un gañido ancestral, un vestigio de los primeros habitantes de la zona. Aunque, por otra parte, la grafía hace que parezca un pueblo vietnamita o laosiano.
Pasear por las calles de Castellar te devuelve a una Edad Media ficticia, a un mundo en el que parece que la industria no haya existido. Todo es aquí natural. Supongo que fuimos en muy buena época: si en La Molina hay nieve, el pueblo debe de estar intransitable; y en verano, cuando hace realmente bueno, debe de estar atestado de amigos del turismo rural. Cuando fuimos, estaba ideal de la muerte.
(¿Refugio de pastores, horno de pan o prueba irrefutable de
la existencia de hobbits en el Berguedà?)
A un par de kilómetros de Castellar de n'Hug están las fuentes del Llobregat. Un paisaje verde (aunque, con la sequía que asola Catalunya, no estaba ni por asomo como en sus mejores momentos) y agradable, con el rumor de las cascadas y afloramientos de agua que surgen a tu paso casi en cada recodo. De ahí "las fuentes". El Llobregat es aquí un río joven y limpio, que no sabe el destino que le espera en las proximidades de Barcelona, donde exhala su último suspiro, en el Mediterráneo, entre peces muertos y restos de metales pesados.

Pero aquí no hay nada de eso. Sólo agua, puentecitos medievales y mucha vegetación.
La comida, en un hotel de las inmediaciones, espectacular. No cuelgo fotos, pero le confirmo a
Rudy que sí, que se parecía un huevo al de
El resplandor.
Después,
nos perdimos un poco, y, una vez en el camino correcto, hicimos una última escala en el santuario de Montgrony, que tiene una ermita románica muy mona excavada en la roca y, salvando un desnivel acojonante de más de doscientos escalones, la iglesia dedicada a Sant Pere, que tiene una puerta de madera, labrada, realmente espectacular.

Cristina y yo acabamos emocionados con Castellar de n'Hug, y ella no para de decirme que tenemos que comprar una casita allí. Lo más probable es que acabemos haciéndolo, porque, vale, soy un urbanita del copón, pero hay ciertas cosas que uno sabe valorar, por encima de la tranquilidad, los marcos incomparables, la arquitectura pirenaica, la tranquilidad, el hecho de vivir en el campo, la tranquilidad, la tranquilidad y la tranquilidad. Es más, hay hechos que conducen irreversiblemente a vivir en pueblos como Castellar de n'Hug. Si no me creéis, mirad la foto.

¿Es o no es para irse a vivir a Castellar de n'Hug?
Edito:
Más fotos de Castellar y de Montgrony, para que os dé la envidia cochina y marrana, y captar voluntarios para montar una comuna bloguera allí.




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