lunes, 6 de marzo de 2006

2006: Odisea inmobiliaria

Cuando estoy preocupado no funciono. Me bloqueo. Si percibo la preocupación como un obstáculo insalvable me dejo vencer por el miedo, y la coraza de seguridad y buen juicio que intento transmitirme y transmitir a los demás salta por los aires.

En el pasado llegué a perpetrar auténticas insensateces cuando me sucedía esto. En la actualidad intento controlarme, entrar en mi espacio interior y hallar allí la tranquilidad necesaria para juzgar las cosas con perspectiva, siendo consciente de la fuerza que hay en mí. Sabes que estás a punto de caer en una crisis de ansiedad o un conato de depresión, y la propia consciencia de ese hecho sirve para retardar el bombardeo de imágenes negativas que sacuden tu mente: fantasías catastróficas en las que todo se vuelve en tu contra, un estruendo que impide pensar con lucidez y anula el entendimiento, una sombra que avanza a ritmo vertiginoso y oculta las luces de la sensatez y el buen criterio.

El qué haga una vez me he dado cuenta de que voy por el camino equivocado es otra cosa; a veces he metido la pata de una manera clamorosa, o he terminado encontrando el punto de equilibrio necesario para que todo cambie y las cosas sigan igual, o todo ha ido hallando su curso natural y las crisis han concluído felizmente.

Esta semana no he actualizado el blog por una razón de peso: estaba en medio de una de estas crisis. No porque fuese una situación insalvable (que no lo es, en absoluto), sino porque no me ha venido en el mejor momento y he estado más preocupado de la cuenta; por consiguiente, he estado más embotado y no he tenido la estabilidad y calma que necesito para escribir de una manera medio razonable.

La situación se cuenta enseguida: se nos va un compañero de piso, Lluis. En sí, el hecho no es dramático: en tres años y medio ya hemos vivido diecisiete personas, una iguana y una tortuga en las tres casas que hemos tenido (calle Valencia, avenida de Madrid y calle Arizala). Tampoco se puede decir que se haya ido mal: durante año y medio hemos tenido una convivencia modélica, creo sinceramente que es el mejor compañero de piso que hemos tenido desde que cada “miembro fundador” de la Familia tiró por su cuenta y tuvimos que empezar a tirar de gente nueva. Lo problemático son las circunstancias en que se va: hasta los huevos por las incomodidades de la casa.

Tenemos unos caseros peculiares y una inmobiliaria digna de teleserie cutre-cañí de Antena 3. El dueño del piso es yonqui, de ahí que todas las gestiones las tengamos que hacer a través de su hermana y su cuñado. Como el dueño es yonqui, en vez de pagar con el margen razonablemente amplio que contempla el contrato (podemos pagar hasta el día siete de cada mes; insisto, según el contrato), siempre suele haber apremios. Hemos llegado a pagar el día treinta y uno, porque era un bombardeo continuo de llamadas: que mi cuñado me pide el dinero para ya, que mi mujer y yo no tenemos dinero, que yo qué sé qué es capaz de hacer este si no le llega el dinero esta misma tarde.

Nos han llegado a dar el coñazo si no hemos pagado un día primero de mes a última hora de la mañana.

Además, las de la inmobiliaria son unas malas putas, ahora que no nos lee nadie, el contrato no está a mi nombre y en ningún momento he dicho la dirección exacta de mi casa ni de la agencia. Si no fuera por mi amiga Yolanda, que trabaja en una administración de fincas, nos la habrían metido doblada unas cuantas veces en el tiempo que llevamos aquí.

Febrero del año pasado. Nos vencía el contrato de alquiler, y Emmanuel y yo estábamos acojonaditos, porque el cotitular, Ricardo, se había largado en agosto y no sabíamos hasta qué punto el hecho de que él se hubiera ido y tuviéramos otros compañeros de piso nos obligaba a firmar un nuevo contrato, y cuánto nos aumentarían el alquiler en ese caso, dado que el contrato lo negoció directamente él, muy a la baja (consiguió que nos lo rebajaran en cien euros). Para terminar de liar la cosa, Ricardo le hizo firmar a Luis y Pamela una cesión, para asegurarse un posible regreso a la casa en caso de que lo destinaran a Barcelona. La cesión, en los términos en que estaba escrito, era causa automática de resolución de nuestro contrato, que prohibe expresamente cualquier forma de subarriendo. Se lo hicimos notar, pero nos dijo que tenía que tener alguna garantía por si quería volver a la casa.

Cuando volví a casa el dos de enero, me encontré con que Luis y Pamela habían cortado y se iban cada uno por su cuenta. Como avisaban en plazo, no había ningún problema. Por un lado vi el cielo abierto, porque en cuanto entró el inquilino que ocupó su habitación tuve ocasión de desgrapar el anexo del contrato en el que Ricardo y Adriana negociaban la cesión de la habitación con Luis y Pamela, de modo que ya no incurríamos en ninguna ilegalidad. Pero quedaba un asunto pendiente: qué hacer con el piso. Emmanuel tardaba unos cuantos días en regresar de México, así que no teníamos margen para hablar del asunto, porque el contrato vencía el primero de febrero. Por otro lado, teníamos el contestador automático lleno de mensajes de los caseros y la de la inmobiliaria, intentando localizar a Ricardo, que entretanto había cambiado de número de teléfono móvil y estaba perdido.

Se acercaba el primero de febrero, metimos en la casa a un individuo que no nos pagó ninguno de los dos meses de alquiler que estuvo viviendo con nosotros y, en vista de que no teníamos ninguna indicación de que nos quisieran echar de la casa, tiramos adelante con todos los faroles. El día primero de febrero ingresé en cuenta el importe del alquiler, con lo que ya no había la menor duda: estábamos renovados.

En marzo hicimos lo mismo.

A mediados de marzo estoy en casa, solo, a última hora de la tarde. Suena el telefonillo. Hay que bajar a abrir la puerta, así que bajé.

Era la de la inmobiliaria.

-Oye, que tenéis que pasaros por la oficina a firmar el nuevo contrato.

-¿Qué nuevo contrato? Hemos firmado un contrato por cinco años, renovables de año en año.

-No. El contrato es anual.

-No. Es por cinco años. No tenemos que firmar ningún nuevo contrato.

-No. Tenéis que firmar un contrato nuevo en el que figure el aumento por IPC.

-No. Eso tenéis que notificárnoslo por carta certificada con acuse de recibo.

-No. Eso es sólo para cuando los dueños quieran que os vayáis. ¿Seguís los mismos en la casa?

-Espera, espera, explícame eso último.

Por los cojones le iba a decir quién seguía en la casa.

-Bueno, mira, que os acerquéis por la oficina con una fotocopia de vuestros DNI y firméis el nuevo contrato.

En estos casos, lo que está mandado es hacer lo que hizo Emmanuel: llamar a la hermana del dueño y preguntarle a ella directamente.

-Ah, no: hemos firmado un contrato por cinco años y no queremos tocarlo. Además, mi hermano no está en Barcelona y no conviene que venga a firmar nada. Acercaos por la agencia, que os digan cuánto ha subido el alquiler y nos pagáis los atrasos el mes de abril.

Con lo cual nos ahorramos los ciento cincuenta euros de comisión que la de la inmobiliaria se lleva por tramitar un nuevo contrato de arrendamiento. Aaamigos, a este punto quería yo llegar.

Así da gusto.

Este año hemos vuelto a tener cachondeíto con la renovación del contrato.

El primero de diciembre nos reventó la caldera, y cuando digo que reventó es en un sentido literal: casi se lleva por delante a Emmanuel. Le hizo un arreglo de emergencia antes de irse a México a pasar las Navidades. Mientras yo estaba en Madrid, volvió a reventar. Andrés y Eli avisaron a un técnico, que realizó una reparación de emergencia (118 euros), nos hizo un presupuesto provisional de 739 euros para parchear la caldera y nos recomendó expresamente que instaláramos una nueva, además de prohibirnos que encendiéramos la calefacción. Resultado: hemos pasado un frío de la hostia durante todo el invierno y hemos estado un mes entero duchándonos con agua templadita, en el mejor de los casos.

Andrés llamó a la hermana del dueño, esta llamó a la de la inmobiliaria y esta me llamó a mí, el día 31 de diciembre por la mañana, a decirme dos cosas. La primera, que al haber personas nuevas en la casa teníamos que firmar una renovación del contrato, que no un contrato nuevo, y que no nos iba a costar nada. Y la segunda, que los dueños ya estaban hartos del gasto que suponíamos (tuvimos que cambiar la nevera cuando llegamos, y más tarde compramos una lavadora; ellos abonaron ambos electrodomésticos) y que la reparación de la caldera corría de nuestra cuenta.

Cuando llegué a casa con la noticia, a Andrés y Eli no les hizo ninguna gracia, porque ellos habían adelantado de su bolsillo la reparación provisional de la caldera y llevaban varios días duchándose con agua tibia y pasando frío. Cuando llegó Lluis, dijo que se iba, que aquello no era serio y que se ponía a buscar otra cosa. Cuando llegó Emmanuel, le encargué que llamara a la hermana del dueño y le comunicase la situación.

Y aquí empieza el cachondeo. Cuando hablábamos con la hermana del dueño, no ponían ningún problema: claro que pagarían la reparación.

A los dos días, nos llamaba la de la inmobiliaria: que la hermana del dueño se había presentado en la oficina medio llorando, porque la estábamos presionando, y que ella no tenía que pagar nada, que eso nos correspondía a nosotros.

Llamábamos a la hermana del dueño, para que nos aclarase aquello, y no había manera de ponernos en contacto con ella: le dejábamos recados en el contestador automático del móvil, y nada. Si por una de estas conseguíamos hablar con ella, le parecía correcto lo que le decíamos.

Entonces nos volvía a llamar la de la inmobiliaria. Que la hermana del dueño había ido a asesorarse. Que la estábamos acosando. Que teníamos que pagar nosotros.

La última conversación, en la inmobiliaria, debió de ser de sainete. Yo me la perdí, porque estaba trabajando.

-Que me dice [la hermana del dueño] que la estáis acosando.

-¡Pero si no la localizamos!

-Pero es que vosotros tenéis que pagar la caldera.

-No. En ningún caso: no es una reparación menor. Las reparaciones menores las tenemos que pagar nosotros; las reparaciones mayores siempre las tienen que pagar los propietarios.

-Pero este es un gasto producido por el uso cotidiano. Y aquí dice…

Estaba enseñándole el contrato a Lluis y Emmanuel.

-Pero según la Ley de Arrendamientos Urbanos, los gastos por reparaciones mayores corresponden a los propietarios –replica Lluis.

-Yo a ti no te conozco: tú no estás en el contrato, no sé de dónde sales. Hay que ver cómo has cambiado, Emmanuel, con lo sensato que eras y cómo te has vuelto. Y ahora no paras de llamarla.

-¿De llamarla o de acosarla? Antes decías que la acosaba, ahora que la llamo. No es lo mismo. Si queréis, le envío un burofax, notificándole la situación, y así se dan por enterados.

-Pero entiéndelo, Emmanuel. Tenéis que pagar vosotros. No os imagináis la situación en la que están.

-No, no me lo imagino. Pero tú tampoco sabes en qué situación estamos nosotros, ni tienes por qué saberlo. Esto no es una reparación menor, por tanto no tenemos que pagarla.

-Pero aquí dice que sí tenéis que pagarla…

-Pero esto es un contrato. Yo te digo en la ley. Enséñame una copia de la ley y te digo en qué artículo.

-No, verás. No la tengo. La tiene mi jefe. Bajo llave.

-¿Pues sabes qué te digo? Si no nos ponemos de acuerdo, podemos ir a una junta arbitral, y que ellos decidan, o al colegio de administradores de fincas.

-Bueno, Emmanuel, tampoco hay que llegar a esos extremos. Qué agresivo te estás volviendo.

Total, que al final parece que accedieron a pagar la reparación de la caldera.

Parece.

El día 31 de enero, en medio de todo el cachondeo del pagas tú, pago yo, me llama Eli, toda alterada: que ha llamado el cuñado del dueño, que le ha explicado que el dueño es yonqui y necesita urgentemente el dinero esa misma tarde, que él no puede adelantarlo porque su dinero es para él, su mujer y su hijo y que ya no sabe cómo quitarse de en medio al cuñado para que no lo siga llamando. Que hagamos el favor de ingresar el dinero esa misma tarde. Hablo con el cuñado y le digo que Lluis no ha ingresado el dinero de la beca y que los otros compañeros no pueden pagar tan rápido. El cuñado se conforma con un adelanto. ¿Puede pasarse a recogerlo en persona por la tarde? Le digo que vale, y de camino le enseño la casa, para que vea que está en buen estado y, por supuesto, para que vea la caldera.

Sube a la casa. Le enseño la caldera. Le contamos la historia. Me dice que no tiene claro que deban pagarlo ellos, porque la de la inmobiliaria le ha dicho que tenemos que pagarlo nosotros. Oh, no, mierda: seguimos en las mismas. Le cuento que no, que eso le corresponde a ellos; que no es que lo diga yo, es que lo dice la ley. Me insiste en que él se fía de la de la inmobiliaria, aunque ya no sabe qué pensar: ya la llamará y le dirá algo.

Ya que estamos, le enseñamos tooodas las reparaciones que le estamos perdonando. Le enseñamos las humedades del cuarto de baño de Andrés y Eli, que son muy decorativas: tenemos una especie de caras de Bélmez en el salón que molan que te cagas, que ya estaban cuando alquilamos la casa y que no es que vayan a más, pero ahí siguen.

Le hablamos del horno. Cuando llegamos a la casa no nos funcionaba el horno. Sigue sin hacerlo.

Estamos cocinando con un solo fogón, que tampoco se puede decir que funcione de maravilla. Cualquier día reventamos.

Ah, y la nevera. Si compramos una nevera nueva cuando llegamos a la casa fue porque la que había congelaba, pero no enfriaba: hubo que tirar toda la primera compra, porque se echó a perder entera.

De repente le entran las prisas y se va. Que llega tarde a no sé dónde.

A los cinco minutos nos llama desde el cajero. Que el ingreso que hemos hecho no ha llegado.

Le pido a Andrés que confirme la operación.

Cinco minutos después vuelve a llamar. Que el ingreso sigue sin llegar a la cuenta.

Nos damos cuenta del error: estábamos ingresándolo en la cuenta de la casa, no en la de la hermana del dueño. De puta madre. Andrés y Eli ingresan su parte de alquiler mensual, con lo que ya es como si hubieran pagado marzo.

Sigue llamando. Que aún no ha llegado. Bueno, vale, hablamos el día siguiente.

Por la mañana, lo mismo. Día primero de febrero. Hago el ingreso de la cantidad que faltaba.

Todavía no estoy ni entrando en la oficina y me llama.

Que no ha llegado.

Acabo de ingresarlo. Lo juro. Acabo de ingresarlo. Que mire por la tarde, que es verdad.

Y no me vuelve a llamar, así que supongo que ya habría comprobado que el ingreso había sido realizado.

Ni se molesta en hacernos un acuse de recibo.

Pero la cosa no termina aquí. Nos instalan la caldera, pero de manera provisional: todo está supeditado a que presentemos una copia del DNI del dueño, para que nos financien la compra.

Estamos a cinco de marzo y todavía no tenemos la susodicha copia del DNI: la de la inmobiliaria no la tenía, y la hermana del dueño no contesta ninguna llamada.

La caldera va bien, pero había que purgar tuberías, con lo que hemos seguido pasando frío durante el mes de febrero.

De modo que el domingo pasado Lluis nos comunicó que se buscaba otro piso que estuviera en mejores condiciones. Cierto es que en cuanto nos lo dijo, Emmanuel puso la calefacción al máximo, para demostrarle que funciona y que si pasa frío es porque quiere, que la calefacción ya llega a nuestras habitaciones y no hay más que encenderla.

La noche del domingo pasado, aparte de no pegar ojo porque no paraba de darle vueltas a la situación, mi dormitorio fue un auténtico horno, con la calefacción puesta al máximo.

Y es que muchas veces somos así: aguantamos y aguantamos, tragamos y tragamos, nos comemos todos los marrones del mundo y reventamos justo cuando todo está solucionado; pero ya no hay marcha atrás.

Cortamos relaciones porque nos hemos pasado mucho tiempo esperando un cambio por parte de la otra persona. Y cuando cortamos, a veces no nos damos cuenta de que la otra persona ya ha cambiado en el sentido en que deseábamos que cambiase. Pero ya es tarde.

Nos vamos de un trabajo porque la situación insostenible nos termina pasando factura. Deseamos cambiar de aires, o que nos traten con dignidad. Pero cuando nos vamos, la situación ya está en vías de mejora.

Abandonamos una vivienda en la que hemos vivido en condiciones inferiores a las deseables cuando todo empieza a encauzarse. O cuando ya se ha encauzado pero no somos capaces de hacer algo tan simple como darle a un botoncito para que la calefacción llegue a nuestras habitaciones.

Nos arrojamos por la cornisa de un edificio en llamas cuando los bomberos ya está empezando a desplegar la lona. Nos dejamos morir de frío e inanición cuando estamos a sólo una jornada del depósito de alimentos. Las aguas nos engullen, nos dejamos ir, los pulmones se nos encharcan y desaparecemos bajo las aguas cuando el equipo de salvamento nos está arrojando un flotador o un chaleco salvavidas.

Muchas veces lo sabemos, tenemos el íntimo convencimiento de que la situación está solucionada, pero ya hemos soltado amarras y queremos lanzarnos a la aventura. Porque nos conviene, para nuestro desarrollo personal. Porque el precio de mantenerse en un entorno viciado implica que ya no habrá más oportunidades, pues el límite de tolerancia es ínfimo. Porque no sabemos cómo dar marcha atrás.

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14 Comments:

Blogger Alfredo Álamo said...

Y a veces, simplemente, aguantamos demasiado.

Venga, Juanma, airéate por Santander y disfruta un rato. Que dentro de un par de semanas tienes que aguantarme un poco :P

6 de marzo de 2006, 0:48  
Anonymous Pily B. said...

Joder, vaya situación... siento que hayas tenido que pasar por todo eso. Qué gentuza. :-(

Besillos y ánimo.

6 de marzo de 2006, 1:06  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Así es la vida, en efecto.
Yo habría aguantado mucho menos.

6 de marzo de 2006, 9:47  
Blogger Juanma said...

Alfredo: Qué consejo más sabio. :-)
Y sí, ya mismo venís. Va a estar muy bien. :-)

Pily: Muchas gracias por los ánimos. Si ya estoy más o menos acostumbrado; lo que pasa es que a veces el umbral de tolerancia a cambios es mínimo.
Besitos y ¡muchas gracias! :-****

Víctor: Pues sí, a veces es difícil aguantar. En fin: unos hacen la mili en la Legión, otros van a los Sanfermines, algunos compartimos piso... ;-P

6 de marzo de 2006, 12:33  
Blogger La ninfa de la torre de cristal said...

La verdad es que creo que lo que has aguantado supera los límites de lo aceptable. Yo no habría podido, porque estoy acostumbrada a una vida cómoda donde me dan demasiadas cosas hechas.

Sí recuerdo una vez en la que unos sinvergüenzas se intentaron aprovechar de mis padres, obligándoles a pagar algo que no querían. La solución fue ir a juicio, cosa que no se resolvió de todo hasta pasados 3 años. Por lo menos ganamos nosotros, pero la Justicia es lenta, aunque exista (las veces que es así)

Al final, lo que queda es aguantar lo que se pueda, pero sin dejar que lo pisen a uno. De todos modos, cuando nos encontramos en determinadas situaciones, la supervivencia se antepone a los ideales.

Ánimo, que el futuro está ahí delante ;)

6 de marzo de 2006, 19:41  
Blogger Rox said...

Ahh ya recuerdo algo de la historia de la caldera!

Pos suerte con eso, de verdad que es una joda.

Saluditos desde QRO :)

6 de marzo de 2006, 23:25  
Anonymous Dalla said...

Uy, no sé si lo he entendido bien: ¿tienen la LAU...bajo llave...??!!! ¿qué se creen, que es de oro o algo así? Y un contrato con cláusulas abusivas, uyyyyy, qué entretenido...
Ánimos...

7 de marzo de 2006, 9:26  
Blogger Juanma said...

Dalla: Lo de tener la LAU bajo llave suena a excusa para no tener que reconocer que llevamos razón y las reparaciones mayores son cosa del propietario. Por otro lado, el rollo poli bueno (la familia del dueño y su rollo «Yo no sé nada de leyes, me fío de lo que digan ellas[las de la inmobiliaria]») poli malo (las de la inmobiliaria, viendo si nos la pueden meter doblada cada vez que toca renovar el contrato) ya me lo conozco.

Más que nada, es una situación muuuy cansina. Pero bueno, de peores hemos salido.

Muchas gracias y un abrazo muy grande. :-))))

7 de marzo de 2006, 10:42  
Anonymous Dalla said...

La LAU la pueden tener bajo las mil llaves y candados que quieran, que eso no va a cambiar nada. Ni, a la larga, les va a dar la razón, claro. Decir que la situción es cansina me suena suave :)
¿que habéis salido de peores? ¿peor que lo que cuentas?...porque entonces sí que creo que vuestro umbral de tolerancia no tiene límites...nada, nada, de aquí a dos días ya os veo beatificados...

Besos

7 de marzo de 2006, 13:05  
Blogger Juanma said...

Ninfa: Sí, la justicia es lenta, demasiado. ¡Tres años! Joer. :-/

Rox: Cierto, cuando estuviste en casa era el momento en que más frío hacía. ¿Qué tal por Querétaro?

Dalla: Dios te oiga. Y seremos los santos patrones de los inquilinos.
:-)

Besos a las tres. :-***

7 de marzo de 2006, 16:45  
Blogger Jean Mallart said...

> Pues sí, a veces es difícil
> aguantar. En fin: unos hacen
> la mili en la Legión, otros
> van a los Sanfermines,
> algunos compartimos piso...
> ;-P

Ya sólo me faltan los Sanfermines. :-))

7 de marzo de 2006, 19:52  
Blogger Juanma said...

Seguro que son más tranquilos y fáciles de sobrellevar.
;-)

7 de marzo de 2006, 20:15  
Anonymous Kotinussa said...

¡Ajjjjjj! Me ha dado stress sólo con leerte. Yo nunca he tenido esos problemas porque cuando he vivido de alquiler tuve unos caseros encantadores.

7 de marzo de 2006, 20:18  
Blogger Juanma said...

Nada, no te preocupes. Unos buenos caseros son importantes, desde luego. Pero ya te digo, terminas acostumbrándote.
Nuestra primera casera era una harpía que nos cobraba un pastón y se aprovechaba de que todos éramos recién llegados a Barcelona; acabamos tarifando.
Los siguientes eran unos viejecitos que, más que encantadores, eran invisibles: no nos dieron el coñazo ni una sola vez en todo el año, y además no nos ponían pegas cuando pagábamos el día 8 o el día 10.
Ahora tenemos a esta gente. Por pura lógica y ley del péndulo, los próximos caseros serán encantadores.
:-)))
Besos. :-****

7 de marzo de 2006, 20:22  

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