sábado, 18 de febrero de 2006

Un lugar en el mundo

A veces me pongo muy pesado con lo mucho que echo de menos tal o cual cosa. Quien entre en este blog va a pensar que me paso todo el día añorando una vida pasada que tal vez ni siquiera tuve, incapaz de mirar, vivir y disfrutar el momento presente. Sin ser del todo falso (la sangre gallega me ha predeterminado a tener morriña), sí es cierto que echo a faltar algunas de las cosas que tenía en Madrid y que han marcado mi personalidad durante los primeros treinta y dos años de vida. No tengo derecho a hablar de Madrid con la saudade con que uno se refiere a los paraísos perdidos; al fin y al cabo, me fui porque quise, regreso siempre que quiero y, salvo algún quítame allá esos atascos o el creciente desencuentro entre mi ideología y la de mis amigos del barrio en asuntos políticos, sigue siendo mi ciudad. Allí aprendí a reír, llorar, amar y odiar. (No, a caminar no: eso fue en la playa de Alicante, durante el verano del 71.)

Al principio era peor. Recién instalado en Barcelona, salía a cabreo por viaje. Cada vez que iba a Madrid echaba algo a faltar. Iba con visitas barcelonesas, les hacía el tour básico y, cuando intentaba enseñarles algún bar o garito de mi adolescencia, ya lo habían cerrado. Terminas acostumbrándote: es parte del progreso. Unos locales cierran, otros abren. Cuando vuelvo a Madrid y hablo de algún lugar con mis amigos, no puedo evitar añadir la coletilla “si sigue abierto, claro” o preguntar directamente: “Oye, ¿sigue abierto tal sitio?”

En mi barrio, sin embargo, tardé más en acostumbrarme al cambio. Me bajaba en el metro Lista, cuando llegaba desde el aeropuerto, o en la parada del 26 que hay en Conde de Peñalver frente al colegio Calasancio, si volvía desde Atocha, seguía camino por Ortega y Gasset hasta Alcántara, notaba algo extraño, una sensación como de echar a faltar un escaparate o un andamio, y ya estaba formulándome preguntas mientras empujaba mi maletita de ruedas. ¿En qué momento abrieron una heladería enfrente del quiosco del Chispa? ¿Cuándo le traspasaron el ultramarinos Provencio a unos chinos? ¿Desde cuándo hay liquidación en la tienda de ropa de Juanita? ¿Quién ha puesto ahí la tienda de la esquina? ¿Ahora resulta que han convertido en sala mariachi el Selene Club, el putiferio donde entrábamos cuando éramos críos, intuíamos bajo la luz roja a señoras con poca ropa hablando a media voz con señores encorbatados y salíamos corriendo a toda leche?

O bien salía a dar una vuelta y me llevaba un disgusto cada veinte metros. ¿Desde cuándo hay parquímetros en Madrid? ¿De verdad han tenido los huevos de echar abajo las cocheras de la EMT para construir viviendas de lujo? ¿Pero no iban a hacer un parque y un polideportivo? ¿Ha cerrado La Rotonda? ¿Han puesto un bar donde estaba la oficina de Correos? ¿Ha cerrado Almacenes España? ¿El Corte Inglés ha comprado Rubiños, la librería más antigua de España (como gustaban de publicitarse)?

Tardé un par de años en acostumbrarme, en comprender que estoy viviendo en Barcelona, que cada vez voy menos por Madrid y que, lógicamente, es ahora cuando empiezo a ver las diferencias entre ambas ciudades, y que ninguna de las dos es mejor que la otra. Continúo haciendo comparaciones, por supuesto. El transporte público de Madrid es mejor que el de Barcelona, sobre todo el metro. Barcelona está mucho más limpia y cuidada que Madrid. Si pides un suizo, en Barcelona te dan chocolate con nata; en Madrid, un bollito pequeño recubierto de azúcar.

Sí, son muchas las cosas que echo de menos de Madrid. También echo de menos personas, muchas personas. Voy perdiendo contacto con algunas, y no me gusta. Y mi vida está cada vez más hecha en Barcelona. Al mismo tiempo, sigo siendo de Madrid. Y llegará un momento en que sea más barcelonés que madrileño, por una cuestión de hechos consumados.

Y empezaré a echar de menos la Barcelona que conocí cuando me vine a vivir aquí.

De hecho, ya he empezado a echar de menos lugares concretos de mis primeros momentos en Barcelona. Y supongo que eso me hace ser más barcelonés. Ya puedo hablar de mi pasado en Barcelona, una ciudad que, como todas las ciudades, también Madrid, está sujeta a cambios, es dinámica y no espera a nadie. Todo el proceso de pérdida de referentes en Madrid, que durante un par de años identifiqué con la pérdida de mis raíces, no es más que un extrañamiento producido porque la ciudad cambia; si ya lo hace cuando vivo en ella, cuando paseo por sus calles, ¿cómo no va a hacerlo cuando estoy a seiscientos kilómetros?

Seguro que si regreso a la casa de mi tía, en la calle Diputació esquina Villarroel, donde residí los dos primeros meses de mi estancia en Barcelona, no reconoceré gran cosa. Al ser nuevo en la ciudad, mis mecanismos de reconocimiento aún no funcionaban. Cierto, había estado muchas veces en Barcelona, conocía las zonas turísticas y tengo un sentido de la orientación envidiable, que hace que mis amigos me llamen “El GPS”. Pero no estoy hablando de mis conocimientos de la Barcelona turística, sino de aquel barrio. Sólo me sabía los caminos de ida y vuelta al trabajo y a casa de Marta y Humberto. Al no hacer vida de barrio, tampoco conocía al quiosquero ni a los dueños del restaurante de abajo, y apenas traté con la gente del colmado. No tenía ni la menor idea de que a sólo cinco minutos de caminata, cruzando la Gran Vía, tenía los cines Renoir Floridablanca, y que a cinco minutos, en dirección Aragó, tenía otros cines de versión original, los Meliés. Todo eso lo descubrí más tarde. También estaba al lado del Raval, y yo sin enterarme: lo asociaba con el barrio antiguo y deprimido que era cuando venía aquí de manera ocasional, por ejemplo en la hispacón de 1991, que se celebró en la Casa de la Caritat, al lado de lo que ahora es el corazón moderniki de la ciudad: el MACBA y el CCCB, y que entonces era un barrio chungo de cojones. Un par de años después de vivir en aquella zona del Eixample, Yolanda me llevó a un bar de copas que estaba justo enfrente de la casa de mi tía. Y a mí ni me sonaba. Tal vez no estuviera allí por aquel entonces, pero a lo mejor sí.

Tampoco sería capaz de reconocer el barrio del Clot y alrededores. Durante cinco meses estuve viviendo al final de la calle de Valencia, pasada la Meridiana. El Clot es un barrio residencial, sin mayores encantos que los del mercado homónimo, que está relativamente cerca de donde vivíamos. Algo más hacia mi trabajo, la zona de la plaza de les Glòries Catalanes está experimentando un cambio urbanístico muy interesante. Lo que era una zona de casas bajas, como el barrio de la Ventilla de Madrid, se convirtió de la noche a la mañana en pasto de especuladores, con el proyecto 22@. La torre Agbar estaba en una fase inicial de construcción cuando regresaba de una noche de marcha en el Poblenou. El almacén de la distribuidora estaba en la calle Tánger, y allí hicimos algún envío, Alejo, Andreya, Álex y yo. No tardamos mucho en irnos a una nave de una empresa de logística, en Granollers, donde los operarios se encargaban de la manipulación del material. De todos modos, la distribuidora cambió de ubicación, con lo que aquellos días de locos ya son irrepetibles. Apenas a cien metros de allí estaba la zona de copas por donde salía al principio de mi estancia en Barcelona. El Fórum, el 22@ y la torre Agbar son sólo el aspecto visible de un fenómeno más amplio, la conversión de esa zona de Barcelona en un distrito financiero. Donde antes había polígonos industriales abandonados se levantó la Villa Olímpica. Donde fusilaban a los rojos y nacionalistas durante la posguerra se erigió el Fórum, y de camino se revalorizó el precio de la vivienda en el barrio de La Mina, con lo que se han terminado largando los quinquis que le daban mal nombre. Donde hay un mercadillo de productos robados van a soterrar la Gran Vía. Entretanto, queda una interzona de nadie, un paraje urbanístico absolutamente descabellado. De noche, la iluminación de la torre Agbar le da un toque futurista a la zona, mientras sales del metro Glòries por una zona de casas bajas que parecen sacadas de la posguerra, el recién reinaugurado tranvía pasa a tu lado como una exhalación y te encaminas hacia la zona de copas, cruzando un puente sobre una vía que te recuerda los años dorados de aquel polígono, cuando en lo que hoy son los bares de copas se gestaba la prosperidad de la Barcelona industrial. Las viviendas al gusto burgués, indistinguibles de las del Eixample, conviven con naves y descampados, con casas okupas y hoteles de lujo recién levantados. Cuando sales del Razzmatazz, exhausto tras una noche de sudor y baile, tomas algo en la churrería que hay en la puerta del metro Marina. A un lado de la Meridiana tienes el Auditori y el Teatre Nacional; a lo lejos, al final de Marina, las torres gemelas del edificio Mapfre y el hotel Arts, los edificios más altos de Barcelona. Estás en pleno siglo XXI, en una novela ciberpunk; pero también en los años cincuenta, en una versión barcelonesa de Tiempo de silencio. Y no hay término medio. De momento. Dentro de cinco años, a lo sumo diez, todo este sector de Barcelona habrá sufrido (o se habrá beneficiado de: tampoco hay que añorar por añorar) un lavado de cara radical y no habrá quien lo reconozca. A veces me cuesta reconocerlo, y sólo llevo tres años y medio aquí…

En el Poblenou estaba el Déjàvu, mi disco bar favorito en los dos primeros años de estancia en Barcelona. No recuerdo la primera vez que fui por allí, pero sin duda debió de ser con Álex y Núria, y tal vez con Montse y Anita.

El Déjàvu era cojonudo. Aunque DJ Peter Pan era bastante aleatorio: unas noches podía hacer una sesión casi perfecta (el “casi” estriba en que siempre, no sé cómo, se las arreglaba para cortarnos el rollo haciendo cosas raras, poniendo canciones que no venían a cuento, cambiando el ritmo sin motivo) y otras no había dios que lo aguantara. Pero en conjunto estaba bastante bien. La música no estaba demasiado alta, los precios de las consumiciones en barra eran razonables y el local era espacioso: una nave reconvertida en local de copas.

Casi nunca estaba lleno cuando llegábamos. Nos íbamos a cenar a Gràcia, generalmente a algún libanés, o bien a un japonés (nuestro querido Machiroku) y de ahí salíamos hacia la calle Sancho de Ávila, pasado el tanatorio. Había un par de locales de las mismas características, pero el que nos gustaba era el Déjàvu. Hacia la una de la mañana no había nadie. Tomábamos posesión de un rinconcito en el que siempre conseguíamos dejar las cosas, excepto un par de veces que aquello estaba abarrotado y nos tuvimos que situar en el otro extremo de la sala. La música sólo se empezaba a animar hacia las dos y media, y entonces empezaba el cachondeo. Canciones del momento (cuando llegué a Barcelona, U2 y Red Hot Chili Peppers; hacia el final, The Strokes). Una serie de canciones nostálgicas para treintañeros con alma ochentera: Soft Cell, Ramones, New Order. Momentos españoles: Fangoria, Los Planetas. Sonidos más contundentes: Rammstein, Chemical Brothers, Prodigy. Y para el cierre, algo relajante, como Fresones Rebeldes o La Buena Vida.

Así nos pasamos, sábado tras sábado, durante dos años. Allí llevé a Ricardo, cuando todavía vivíamos en la calle Valencia, después de una fiesta mexicana en casa; había tomado muchos porros y no se enteraba de nada. Allí llevé a Manolo y Miriam cuando vinieron a verme. Allí culminamos alguna comida entre frikis, aprovechando la venida de Natalia y Gorin. Allí terminamos una cena navideña de empresa, aunque el local estaba cambiado: era viernes, y los viernes el Déjàvu cambiaba el nombre y se convertía en una sala latinoamericana. Si había fiesta argentina, cojonudo: la cerveza Quilmes corría por doquier.

Y un sábado, hace ahora un año, fuimos para allá y ya no había Déjàvu. Hablé con los seguratas y me contaron la situación. Como el Déjàvu no era rentable y la sala latina sí, la dirección de la empresa decidió suprimirlo y repetir ambiente latino los viernes y los sábados.

¿Qué haríamos, entonces? Cuando nos echaban del Déjàvu, a eso de las tres y media, casi siempre íbamos al Begood, que pertenecía al mismo grupo que el Déjàvu y estaba como a cien metros. La música era peor, pero a veces estaba bien. Antes. No ahora. Fuimos un par de veces y aquello era inaguantable, así que dejamos de ir por la zona, excepto para entrar en el Razzmatazz, por el que encima hay que pagar. El año pasado eran doce euros; ahora, no sé, creo que catorce. Y la música del Razzmatazz es la misma que había en el Déjàvu, aunque un poco mejor, porque DJ Amable es un auténtico crac, y a DJ Peter Pan se le notaba la inspiración.

También han cerrado la chocolatería Xocoa, en la calle Petritxol. Me encantaba ir allí a tomarme un chocolatito con churros o incluso con melindros, aunque ese tipo de bizcochos nunca me ha hecho demasiada gracia, lo noto muy seco e insustancial, como para viejas.

El emplazamiento del Xocoa es ideal. La calle Petritxol discurre en paralelo a la Rambla, entre la calle Portaferrisa y la plaza del Pi. La iglesia del Pi es una de las más bonitas de Barcelona, con esa planta basilical y el inmenso rosetón gótico de la fachada. Los alrededores también son ideales: la plaza, con el mercadillo de productos naturales y los pintores cubriéndolo todo con sus lienzos. Las tiendas de anticuarios. Las galerías Maldá, donde hasta hace tres años había un cine de reestreno muy interesante, el Maldá, en el que el público votaba las películas que se proyectaban.

Pero la calle Petritxol tenía más encanto, si cabe. Es una calle llena de chocolaterías. Xocoa era la mejor de todas. Contigua al Xocoa había una tienda de chocolates. Dejar todas aquellas maravillas tras el escaparate era una invitación al incivismo y el alunizaje.

En Xocoa me metí mis buenas meriendas, algunas de ellas gratísimas, como cuando Ana vino de Madrid y estuvimos degustando chocolate con churros, como si estuviéramos en San Ginés.

También ha cerrado. Una tarde me acerqué por allí, buscándola, pero no la encontré. Supuse que la había pasado de largo, o que en aquel momento no estaba abierta, o tal vez me había desorientado, por entrar desde Portaferrisa en vez de la plaza del Pi.

Otra vez me volvió a suceder. Sólo estaba la tienda. Habían cerrado mi Xocoa. Desde entonces, Barcelona es un poquito menos dulce. Cierto, todas las chocolatería de la calle Petritxol son buenas, pero mi corazoncito y mi glucosa se quedaron en Xocoa.

Otro lugar que echo de menos es el Arran, la taberna de okupas que hay en la calle Premià, junto a la plaza de Osca, en el barrio de Sants. La conozco desde antes de empezar a vivir en Barcelona. No recuerdo cómo llegué a parar allí. En aquella época servían menús de mediodía por mil pelas. Los precios tan ventajosos se explicaban por el hecho de que el Arran formaba parte de una asociación muy vinculada al movimiento okupa. Trabajaban con precios muy ajustados. La cerveza salía algo más cara, con precios cercanos a los de cualquier bar, pero la comida estaba tirada. El local, además, era muy coqueto. Aquellas cinco o seis mesas tenían un toque “de barrio” que lo hacía encantador. Al fondo había una librería y centro de documentación.

Como digo, ya no recuerdo con quién fui la primera vez que estuve en el Arran. El caso es que regresé con Iván y Ángel, cuando estuvieron aquí en el Primavera Sound (tenían el hostal justo al lado) y durante un rato les estuve haciendo de intéprete del catalán al castellano. Iba mucho con Yolanda, pues vive cerca y además se encarga de la sección de críticas de cine de La Burxa, el periódico “okupa” del barrio de Sants, cuyo contacto era camarera en el Arran. Cuando me mudé a la avenida de Madrid seguí frecuentándolo, con mayor asiduidad, pues lo tenía bastante cerca de casa. Empecé a llevarme a Emmanuel, que se hizo fijo. También llevé a Aleix, que se hizo igualmente fijo. Y a Lluis. Casi todos los inquilinos de las casas de la Avenida de Madrid y la calle Arizala han estado en el Arran. Reconozco a la clientela. El pesado que se te adosa y te da conversación. Las chicas de La Burxa. La anciana que siempre está con su hijo cuarentón, cualquier día de la semana, a cualquier hora de la tarde o de la noche.

El Arran fue prosperando. Empezaron a poner pintxitos vascos. Los bocadillos seguían estando de muerte, en especial el de lomo y queso. Yoli seguía publicando críticas en La Burxa, y yo seguía llevando a mis amigos: Álex, Lily, Pau…

Y un día me llegó el mazazo: el Arran iba a cerrar.

No sabía más.

Me jodió. Que me cerraran el Xocoa, pase: hay otras chocolaterías en Barcelona, y sin salir de la calle Petritxol. Que cerrara el Déjàvu ya era una putada, porque muchos de los mejores momentos que he tenido en Barcelona han ocurrido allí; pero bueno, terminamos saliendo por el Razzmatazz, y a veces por el Apolo y, aunque se echaba de menos el ambientillo del Déjàvu, no era una pérdida irreparable. Pero lo del Arran fue un golpe bajo. ¿Dónde iba a encontrar otro bar con mejor relación calidad precio?

Más tarde me enteré de algunos detalles. La gente del centro de documentación había partido peras con los del bar. El Arran cerraba, pero de manera provisional. Iban a hacer obras de reforma y ganar para el bar el espacio del centro de documentación.

Las obras duraron unos cuantos meses; se prolongaron más allá de las fechas que nos habían prometido. Parecía que aquello no abría nunca. Mientras tanto, la zona de la plaza de Osca se dinamizó. Los del centro de documentación abrieron una librería muy interesante en la calle Riego. Justo enfrente abrió una tetería monísima.

Pero yo echaba de menos el Arran.

Y, así como son las cosas, cuando lo reabrieron, a finales del año pasado, con el nuevo nombre de Terra d’Escudella, ni tuve tiempo de pasarme. Y no he vuelto hasta bien entrado el mes de enero, cuando Emmanuel regresó de sus vacaciones navideñas en México.

¿Por qué extraño motivo me pasé cuatro meses echando de menos el Arran, maldiciendo las circunstancias que habían llevado a su cierre, lamentándome por el pasado idílico que ya no iba a volver, y cuando reabrió tardé mes y medio en pisarlo de nuevo? No lo sé. Supongo que por miedo a que ya no fuera como antes. No lo es. No es mejor, ni peor. Es distinto. El local está reluciente, se nota que está reinaugurado. Hay más camareros. Ya no dejan los pintxitos en la barra: hay que pedirlos. La cocina es más grande. Donde estaba el centro de documentación han abierto la zona para no fumadores. La comida sigue estando igual de exquisita, sobre todo esos bocadillos de lomo y queso. La anciana y su hijo cuarentón siguen allí, pegados a su mesa. El pesado que se adosa a cualquier conversación, también. Y las chicas de La Burxa. Y si voy con Emmanuel, nos encontramos allí a Yolanda y Olga. Y si voy con Yolanda, nos encontramos con Emmanuel y Patrick. El local ha cambiado para seguir exactamente igual.

Y así, poco a poco, mientras a mi alrededor abren y cierran locales y la gente entra y sale de mi vida y yo entro y salgo de las suyas, voy construyéndome un pasado que echar de menos. Y llegará un momento en que no reconozca nada de lo que me rodea, ni la ciudad ni la gente, y me pueda cabrear y exclamar un “Esta no es mi ciudad, que me la han cambiado” repleto de ira y sentimiento. Y me sentiré tan barcelonés como madrileño. Y estará bien.

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18 Comments:

Blogger Álex Vidal said...

¿Los Fresones Rebeldes, tranquilos? Pero, ¿no recuerdas que con, "Al amanecer", casi cabezeábamos el techo del Déjà, y estamos hablando de una nave industrial?

Ah, a ver si recapacitan los empresarios del local y vuelven esas fiestas indies...

Como siempre, genial tu anotación.

19 de febrero de 2006, 0:13  
Blogger Rox said...

buaaaaa :( y cómo será mi madrid cuando vuelva?

como sea, eres de las personas que quieren al lugar y a su gente donde estas en el presente, asi que aunque te cierren los chiringuitos, encontrarás lugares, buses o chocolaterias donde dejar el corazoncito.

un beso :D

19 de febrero de 2006, 21:54  
Anonymous Llaeza said...

Yo salí huyendo de Asturias hacia Madrid y, votando a IU toda mi vida, acabé viviendo al lado del Retiro en un barrio que huele a panfletos falangistas y perfume rancio de señoras arropadas con pieles, subiendo por Doctor Esquerdo hacia O´Donnel, y voy haciendo mío cada rincón del bulevar de mi calle que me lleva hasta un parque tintado de ocre en otoño y lleno de vida siempre, añorado cada vez menos las calles de Oviedo, sintiéndome de todas y ninguna parte.

Todas las ciudades son iguales. Y el dolor o la alegría se llevan dentro, y te acompañan allí adonde vayas...

19 de febrero de 2006, 23:22  
Blogger Zapardiel said...

Me ha encantado este post, Juanma.

Mi relación con Madrid siempre ha sido un poco agridulce: me gusta perderme por el centro con algún amigo en busca de museos, disfruto con las zonas de bares como Malasaña llenas de punkos desorientados y las luces de la ciudad de noche son hermosas desde lejos. Pero tiene muchas cosas malas, y empiezan a pesar más en la balanza. Ruido, gente deshumanizada, nazis corriendo detrás de los punkos desorientados.

No sé con qué lado quedarme, creo que como tú debería buscar más ciudades para aprender a echarla de menos :D

Oh, y gracias a los dioses las librerías a las que me llevaste siguen abiertas, loado sea Melkor :p

20 de febrero de 2006, 13:05  
Anonymous arturo said...

No hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca
jamás sucedio
(joaquin sabina)
Hay espacios que existen sobre todo en la mente y por eso la vuelta atras es imposible.

20 de febrero de 2006, 13:40  
Blogger Álex Vidal said...

Pero sin ellos, las historias de amor más tiernas, las más agridulces, las del reencuentro con quien encarnaba un ideal en un lugar ya mítico, no sucederían.

20 de febrero de 2006, 14:49  
Blogger Juanma said...

Rox: Pues fíjate, que tu post sobre los sitios donde salir en Madrid me ha puesto muuuy nostálgico. Qué bueno, sales por los mismos lugares por los que salía yo; es bueno saber que eso no ha cambiado.

Tu comentario es de lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo. :-)

Besos, guapa. :-***

20 de febrero de 2006, 22:20  
Blogger Juanma said...

Llaeza: Pues tú lo has dicho: cada uno lleva su ciudad a cuestas, dentro de uno mismo.

El barrio en el que vives está cerca del barrio en el que me crié. Sí, para un votante de IU es extraño convivir con un 70% de votantes del PP; no porque sean del PP, sino por la sensación de *saber* que, mires hacia donde mires, toda la gente con la que te cruzas piensa exactamente lo mismo.

20 de febrero de 2006, 22:25  
Blogger Juanma said...

Zapardiel: Ejque el "triángulo friki" que hay por mi barrio mola: El Desván del Libro, Opar y Miraguano. Siempre es reconfortante pasarse por Opar y poder hablar con Alfredo mientras miras novela histórica o de aventuras o dejas que te recomiende algún título del fondo de Valdemar.

A ver si alguna vez que vaya por Madrid nos llevamos mutuamente de museos. :-)

El problema de una gran ciudad como Madrid es que cada vez está más deshumanizada, es una ciudad con más de tres millones de cadáveres, según las últimas estadísticas (y parafraseando a Dámaso Alonso). Expulsa a la gente. Pero a la vez es mágica y cuesta vivir lejos de ella.

Besitos. :-***

20 de febrero de 2006, 22:31  
Blogger Juanma said...

Arturo: Ya ves, tanto rollo que os suelto y Sabina ya lo había dicho mucho mejor y en sólo tres versos. El que es un genio es un genio.
:-)))

20 de febrero de 2006, 22:32  
Anonymous Anónimo said...

Juanma,

Los que nacimos donde no vivimos, vemos más claro que los demás eso del río que pasa, que nunca te bañarás en el mismo agua, que el pasado se ha ido for ever, que el futuro no existe, y año tras año, que tu hogar está donde tú estás y la geografía es puramente circunstancial.

Y luego está que según pasan los años te dices "dónde está mi ciudad de mis tiempos" y resulta que "tus tiempos" son también el ahora, pero el cerebro se encarga de borrar el presente y se arraiga al pasado.

Todo esto debe ser cosa de la supervivencia de los hombres primitivos. Se tenían que aprender el paisaje para volver a casa, y, claro, las lomas, montañas y rocas no cambiaban. Nosotros seguimos aprendiéndonos el paisaje (la tienda de la Juani, el bareto guarro...), pero nuestro paisaje cambia a velocidad de vértigo... Y al cerebro le cuesta asimilarlo... Y el corazón se contrae entre medias.
Un besote, Juanma.
S.Vallejo

21 de febrero de 2006, 8:42  
Blogger Juanma said...

¡Hola, Susana! ¡Qué alegría leerte por aquí! Pues tienes toda la razón del mundo, el paisaje va con uno, y estos son nuestros tiempos. Me ha encantado tu comentario.

Besitos. :-***

21 de febrero de 2006, 9:03  
Anonymous Helena said...

Muchos mordiscos has dado a la magdalena, Juanma. Me pregunto si es posible fijar para siempre los lugares en la mente o también van cambiando.
A mi me ha pasado cuando vuelvo a mi Valladolid natal que juro y perjuro que en tal esquina había tal tienda y no era allí, sino dos manzanas más allá. A veces sigue estando, pero no es la que yo recordaba.
Lo mismo es que tengo "ausencias de memoria". Me lo haré mirar.
Ah y gracias por ese paseo de tu memoria, nunca viví en Madrid, pero es como si hubiera estado.
Besotes

22 de febrero de 2006, 22:25  
Blogger Juanma said...

Helena: Creo que los lugares son traviesos y cambian de emplazamiento a su antojo, empeñados en demostrarnos que nuestra memoria es demasiado arbitraria y que no dependen de ella para tener un significado, que son válidos por sí mismos.

Me encanta que te haya gustado el paseo. :-)

Besotes. :-***

23 de febrero de 2006, 20:32  
Blogger LitMoon said...

Madrid y Barcelona ¡Las dos mejores ciudades del mundo!
Hace un par de años viví durante un año en la calle Montesa ¡un barrio genial!!!!

23 de febrero de 2006, 23:45  
Blogger Juanma said...

Litmoon: Pues más vecinos, imposible, porque la casa familiar la tengo en Alcántara. :-)

23 de febrero de 2006, 23:46  
Anonymous putitabiblica said...

buaaaaaaaa, buaaaaaaaaaa, has descrito mis sentimientos, adoro barcelona, pero soy madrileña y ahora que vivo en barcelona lo siento mas que nunca, se que me adaptare porque yo elegi este cambio, y ahora se que Barcelona no va a suplir lo qe tengo en madrid, solo tengo que descubir cosas nuevas.
asi seremos con el corazon dividido

1 de marzo de 2006, 14:03  
Blogger Juanma said...

Putitabiblica: Pues sí, esa es nuestra disyuntiva, la doble militancia y no ser de ningún sitio y de dos sitios a la vez. Pero, como dices, es una situación que hemos elegido, y forma parte del pack. A mí me motiva; a ti, seguro que también. :-)

Besos. :-***

1 de marzo de 2006, 23:38  

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