martes, 14 de febrero de 2006

Postales de San Valentín

El hecho de que hoy sea San Valentín y no tenga nadie a quien hacerle un regalito no es que me haga mucha gracia, uno echa de menos ciertas cosas, pero tampoco se puede considerar una tragedia. Es una circunstancia como otra cualquiera. Al fin y al cabo, sólo he pasado emparejado cinco días de San Valentín, y no recuerdo que nos hiciésemos regalos de ningún tipo. Las celebraciones íntimas funcionan mejor en fechas privadas e intransferibles para cada pareja: el día que empezó la relación o la conmemoración de aquel hecho tan significativo para ambos (y aquí podéis poner el que os venga a la memoria). El 14 de febrero no es una fecha mejor ni peor que cualquier otra, si estás enamorado. Y te ahorras cursiladas.
Dudo que el sacerdote romano llamado Valentín tuviese el menor indicio de que su nombre terminaría estampado en tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato o cadenas de oro blanco cuando, allá por el siglo III, decidió pasarse por el forro el decreto por el que el emperador Claudio II prohibía los matrimonios entre los jóvenes en edad de ser reclutados, por considerar que los solteros no iban a estar pensando en la parienta mientras combatían a las hordas bárbaras que perpetraban barbaridades (valga la redundancia) en los confines del Imperio. Hay que reconocer que Claudio II tenía las cosas bastante claras y que, desde un punto de vista rigurosamente administrativo, tenía más razón que un santo. Pero el santo, finalmente, fue Valentín, quien se negó a poner en práctica el decreto y se dedicó a casar a parejas de jóvenes. Claudio lo llamó a capítulo, Valentín intentó convertirlo al cristianismo, el emperador lo encarceló y, después de devolverle la vista a la hija de Asterius, su carcelero (quien se convirtió a raíz de aquel milagro), fue martirizado un día 14 de febrero del año 270.
De esta biografía debemos colegir que San Valentín, en todo caso, debería ser el santo patrón de los oftalmólogos o los insumisos, por lo general más útiles para la sociedad que los fabricantes de tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato o cadenas de oro blanco. Y, puestos a juzgar con severidad al santo, actos de desobediencia civil como el suyo contribuyeron a socavar los cimientos del Imperio romano y quién sabe si derrumbarlo. Porque, a fin de cuentas, ¿qué nos han dado los romanos? El acueducto, el alcantarillado, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, los baños públicos, el orden público y la paz, como mínimo. Y a cambio, ¿qué nos ha dado San Valentín? Tarjetas tirando a horteras, corazoncitos de metacrilato y cadenas de oro blanco. Pero bueno, se salva porque nos queda la duda razonable de que inventase la insumisión y la oftalmología; que si no, de qué.
Total, que no termino de ver claro que San Valentín deba ser el patrón de los enamorados, porque de aquellos polvos (la celebración de matrimonios a destajo hace casi dos mil años, me refiero) vienen estos lodos (las tarjetas, los corazoncitos y las cadenas) y no veo yo mucha relación entre una cosa y la otra. Y, ya puestos, su martirio ni siquiera fue el hecho más destacable que el día 14 de febrero le ha legado a la Humanidad.
Todos recordaréis el ajuste de cuentas entre mafiosos que, en semejante fecha, se produjo en un garaje de Chicago. Lo habéis visto en muchas películas, desde Scarface hasta Con faldas y a lo loco. El suceso recibió el nombre de Matanza del día de San Valentín. Los sicarios de Al Capone, disfrazados de policías, mataron a siete miembros de la banda de Bugs Moran, con lo que Capone pasó a ser el amo y señor indiscutido del hampa de Chicago. Era el 14 de febrero de 1929. Como una cosa era traficar con alcohol y otra hacerse pasar por policía para ejercer la violencia porque sí, el FBI se lo tomó como algo personal y no paró hasta encarcelar a Al Capone, bien es cierto que no por sus actividades mafiosas ni por haber ordenado la matanza de siete individuos, sino por no pagar a Hacienda.
Pero no quiero hablaros de matanzas ni de martirios, aunque esta historia le anda cerca, sino de algo mucho más cotidiano. Del San Valentín más inolvidable que me ha tocado vivir.
Durante ocho meses estuve trabajando en una subcontrata de la Biblioteca Nacional, catalogando cassetes, en el depósito de Alcalá de Henares. Había llegado a esa empresa de una manera tan casual como frecuente: durante una conversación en la cafetería de la sede de la Biblioteca Nacional, en el paseo de Recoletos, con compañeras del curso del paro gracias al cual había conseguido un trabajo como autónomo en el servicio de Reproducción y Conservación de Fondos.
Desde siempre me habían gustado las bibliotecas, aunque no me lo planteé como una salida profesional hasta que estaba liado con las oposiciones. Hubo un momento en que estuve a punto de dejar las de Técnicos Superiores de la Comunidad de Madrid, rama jurídica, por unas de ayudantes de bibliotecas, pero finalmente seguí jodiéndome la vida. Cuando enfermé me contrataron por el INEM para trabajar en el Archivo Histórico Nacional, pero tuve que renunciar, porque aquello coincidió con la quimioterapia. Aproveché para empezar un curso a distancia. Una vez recuperado, mi amiga Isa me comentó que acababa de apuntarse a un curso del paro de bibliotecas, archivos y documentación en el IEPALA (Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África) y aún quedaban cuatro plazas sin cubrir. Me apunté casi de inmediato. Yo estaba haciendo un curso de redes, pero aquello se me daba fatal, de modo que cuando me pillaron (no se podían compatibilizar dos cursos de formación) y me dieron a elegir, lo tuve fácil.
En total había cuatro grupos de unos quince alumnos. Pero el grupo 4 de aquel curso de quinientas horas iba a hacer historia: de dieciocho que éramos, nos ofrecieron prácticas a todos. Pusimos en marcha un portal de Internet sobre calzado, en un proyecto de IEPALA. Después de eso salimos al mercado laboral, y casi todos terminamos con trabajo. Formamos un grupo de doce, que teníamos afinidades existenciales y un oscuro pasado común: casi todos éramos licenciados en Geografía e Historia de la Autónoma. Vamos, lo habitual en un curso del paro. Seis años después, sigo quedando con ellos, el autodenominado Grupo 4, prácticamente cada vez que voy a Madrid. Aunque se nos han ido descolgando unidades (Ana, Arrate y Azahara), nos vemos en la Taberna de Madrid de la calle San Simón: Icíar y Alfonso, Nacho, Belén, David, Miriam, Iván, Paki y yo, más algunas adquisiciones posteriores. Durante el curso nos reuníamos en el rellano de las escaleras de acceso a IEPALA, en lo que dábamos en llamar «el aula alternativa», o bien nos bajábamos al bar del local de ensayo que había en la planta cuarta, El Lobo de Sanabria. De este modo se constituyó el Grupo 4, como escisión del grupo 4.
Queríamos formar una cooperativa de documentalistas, y de hecho Paki, Belén y yo fuimos a otro curso de formación para cooperativistas. Casi todo el Grupo 4 encontró trabajo de documentalista en una subcontrata del diario El País, con motivo del XXV aniversario de la publicación. Asistí a la entrevista, pero no la superé, de modo que entré en unas prácticas en la Biblioteca Nacional, junto con otros cuatro miembros del grupo 4 que no pertenecían a nuestro Grupo 4: Alicia, Carmen, Gerardo, Nines y Begoña.
Realicé las prácticas en el servicio de Reproducción y Conservación de Fondos. Primero ordené las diapositivas de la Enciclopedia Hispánica de Heráldica de García Carraffa, en los sótanos donde estaba el laboratorio de microfilmado. Después me subieron al despacho contiguo al de Fuensanta Salvador, la jefa del servicio. Allí estuve trabajando a las órdenes de Pilar Oliet y Pilar Álvarez. El despacho también era el de Conchi, la secretaria del gerente. Allí me dedicaba a evacuar expedientes, solicitudes de fotocopia de documentos de la Biblioteca Nacional.
Al finalizar las prácticas, Fuensanta y el jefe del laboratorio, Félix, me reclamaron para trabajar como autónomo en un proyecto muy interesante, una base de datos de libros en mal estado. Las fotocopias que se solicitan a la Biblioteca Nacional se realizan a partir de microfilm, para no dañar los documentos originales. Pero no todos los libros de la Biblioteca Nacional están microfilmados; de hecho, sólo lo está una ínfima parte. La acidez, la humedad y el paso del tiempo los estropean y ponen en peligro, de modo que es necesario restaurarlos. En ese proyecto colaboraba con Inma, del laboratorio de restauración, que dependía de Arsenio Iglesias. Yo me encargaba de administrar la base de datos de libros en mal estado e Inma les ponía una funda, para su mejor conservación en el depósito general o el de manuscritos. Cuando llegaba una solicitud de reproducción, tenía que controlar todas las signaturas existentes del libro solicitado, verificar su estado de conservación, enviar a microfilmar los que estuviesen en mejor estado (si había varios) y, en todo caso, enviar a restaurar los ejemplares dañados. La base de datos llegó a tener dos mil volúmenes.
Las excursiones al depósito general eran una aventura: allí estaba yo, con mi carrito, entre decenas de miles de libros del siglo XVII o el XIX, tal vez la única persona que en aquel momento deambulaba por toda la planta. Imaginaos el final de En busca del arca perdida, pero con libros antiguos. Uno de mis sueños dorados era quedarme encerrado allí y dedicarme a descubrir tesoros bibliográficos. Hay dos millones de libros en el depósito, así que tenía todo el tiempo del mundo si iba espaciando mis pérdidas sin que se notara que lo hacía adrede.
Si me tocaba ir por el departamento de Música, me acercaba a ver a Alicia. Sigue siendo una de mis mejores amigas. Aunque no pertenecía al Grupo 4, era una de las compañeras del grupo 4 con quienes mejor me llevaba; de hecho, fue a ella a quien estuve dándole la paliza con mis neuras cuando corté con Laura, a mitad de curso, y somos muy amigos desde entonces. Formaba parte del grupo con quienes desayunaba, junto con Begoña, Gerardo y otros. Durante una de aquellas conversaciones mañaneras de café y cruasán saltó la liebre: se había puesto en marcha un proyecto para catalogar cassetes en el depósito de la Biblioteca Nacional en Alcalá de Henares. Alicia movió el currículum y la contrataron, pero se quedó en Recoletos, en el departamento de Autoridades del proyecto. Otra compañera de prácticas, Amparo, con la que de vez en cuando salía a tomar algo o ir a conciertos de Los Enemigos, se quedó con ella. De vez en cuando me acercaba a verlas. Compartían espacio con los compañeros que catalogaban cintas de vídeo. Yo iba para allá, con mi bata blanca y el carrito lleno a reventar de libros enfermos, y las jefas de equipo me miraban con una cara de mala hostia considerable: en aquella empresa tenían expresamente prohibido hablar con gente de otras subcontratas de la Biblioteca Nacional, supongo que por miedo a que les contaran cuánto ganaban o las condiciones laborales en que trabajaban. A mí, todo aquello ni me iba ni me venía: yo era autónomo, «una empresilla», como nos llamaban cariñosamente nuestros jefes, y, aunque tenía desventajas, como pagarme la Seguridad Social y no estar cotizando a desempleo, también había ventajas: te trataban como a una persona, al depender directamente de los jefes de servicio. En el laboratorio de microfilm pasé muy buenos momentos, con Félix, Olga, Basi, José el fotógrafo y las compañeras microfilmadoras; y en el despacho de arriba también estuve muy a gusto, con Pilar Oliet y Pilar Álvarez.
Pero mi contrato era por seis meses no renovables, así que tenía que mirar por el futuro. Eché el currículum y acudí a la entrevista, en la sede de la empresa. Debí de caerle muy bien a la coordinadora del proyecto, o vio que realmente me gustaba la música, o me caló al momento como carne de cañón dócil y mangoneable, o decidió que bastaba con que supiera catalogar en Ibermarc; el caso es que a los diez minutos de entrevista estábamos marujeando sobre la situación de la Biblioteca Nacional, como si nos conociéramos de toda la vida. Había un pequeño problema: estábamos en agosto, mi contrato de autónomo finalizaba en octubre y tenía que cumplirlo. A pesar de todo, me esperaron. Empezaba con buen pie.
El depósito de Alcalá de Henares está automatizado y funciona con muy poquitos operarios. Es modélico en la materia.
Pero eso no era aplicable a nosotros. Funcionábamos de otro modo.
Para empezar, estábamos en el culo del mundo. Me tenía que levantar a las cinco y media de la mañana para tomar un cercanías en Recoletos o Nuevos Ministerios a las seis y media. Llegaba a Alcalá y nos tomábamos algo en un bar cercano a la estación, donde esperábamos hasta que llegaba el autobús de la empresa, que nos recogía a eso de las ocho menos veinte. A las ocho en punto entrábamos en el depósito, un edificio situado algo lejos de la ciudad, más cerca de la cárcel de Alcalá-Meco. Hacíamos un alto para almorzar de una y media a dos, más un cuarto de hora para desayunar, a eso de las diez y media u once. Había cafetería, con lo que entre transporte y comida se nos iba buena parte de los setecientos euros que cobrábamos. A las cuatro llegaba el autobús y nos dejaba en la estación de Renfe, donde volvíamos a Madrid. Hasta cerca de las seis no regresaba a casa. Durante los ocho meses que estuve trabajando en Alcalá, dormí una media de unas cuatro horas diarias.
Nuestra sala estaba llena de cajas de cassetes, que traían en palés del depósito, y las clasificaban por años. Cuando alguien concluía la catalogación de una caja, que solía contener dieciséis cassetes, daba parte a la jefa de equipo, que la dejaba en la habitación hasta que se comprobaba que no había ninguna cagada. Nuestra productividad teórica era de dieciséis cassetes diarias, aunque lo normal era que hiciésemos veinte o más, en virtud de cierta forma de presión invisible e indefinible, a la que son muy dadas las empresas que saben cómo utilizarla. Años después, ya en Barcelona, me enteré de que las directrices expresas del departamento de Musica de la Biblioteca Nacional eran catalogar doce cassetes diarias y consultarlo absolutamente todo con Autoridades, donde estaban Alicia y Amparo. No éramos jefes de equipo, así que no podíamos usar Internet más que para comprobar algún dato catalográfico ni teníamos línea directa con Autoridades; el caso es que ni siquiera nos transmitieron sus felicitaciones navideñas.
Cuando entré estaba en Jauja. Había doce chicas y yo era el único chico. Me tenían en palmitas. Me llevaba muy bien con María José, mi compañera. Para empezar, era de mi edad y pasaba de todo, no se creía ninguna de las mandangas empresariales en plan «somos una gran familia» que nos contaban. Teníamos gustos musicales muy parecidos y a veces parecía que hablábamos en clave; bueno, es que con el tiempo terminamos por hacerlo, pero a propósito: hay pocos placeres mayores que descojonarte de una jefa de equipo en sus mismas narices sin que se entere de que te estás desconjonando de ella. Era de las poquitas personas del proyecto que se descojonaba si me daba por ironizar cuando la dueña de la empresa se acercó a visitarnos, soltó el rollo en plan «somos una gran familia» y nos regaló una agenda del año 2002:
-¿Esto qué es? ¿La cesta de Navidad?
Y lo mejor de todo vino una tarde, cuando regresábamos a Madrid en el tren.
-Juanma… Tú eres Juanma, ¿y qué más?
-Santiago.
-Claro. Eres hermano de Enrique.
-Sí.
-Es que eres clavado a él.
María José vivía en la misma casa en la que había vivido mi hermano durante muchos años, en la calle Viriato. Era amiga de Philip, uno de los inquilinos, y de Fernando, el casero. Todo ello no hizo sino acrecentar nuestra amistad. Ahora está trabajando en Córdoba.
Otra buena amiga era Ana, que catalogaba archivo de palabra. A veces nos llegaban cassetes habladas, que no se catalogaban como los registros musicales. Ana se encargaba de ellas, junto con Charo. En ocasiones, la curiosidad me vencía y ponía alguna de esas cassetes. Recuerdo un discurso de Fidel Castro, en dos cassetes, que empezaba de la siguiente guisa:
-¡Commmpañeeerooos!… Esta vez… seremos breves.
¿Dos horas de cinta para un discurso de Fidel? Sí, sin duda fue de los breves.
Sigo en contacto con Ana, es otra buena amiga, nos vemos casi siempre que voy a Madrid y me dio la alegría del siglo cuando vino a Barcelona y pudimos tomar chocolate con churros en el Xocoa de la calle Petritxol y luego salir por ahí con su amiga Rebeca.
La otra amiga que tenía allí era Amaya. Cuando llegué a Alcalá, ella trabajaba en otra subcontrata. Ya nos conocíamos de vista, del curso de IEPALA, y luego habíamos coincidido en las prácticas del portal del calzado. Se incorporó a trabajar con nosotros un par de meses después de mi llegada. Volvíamos juntos en el tren, ella me ponía las canciones que escuchaba en el disc-man y luego nos tomábamos algo por Conde Duque o Lavapiés. Era amiga de Silvia y Regina (con las que también habíamos coincidido en el curso de IEPALA), y de Mari Carmen. Terminó siendo la persona con la que más andaba, aunque nos distanciamos el último mes y pico, pero lo aclaramos todo en cuanto me fui y retomamos la amistad, una gran decisión. Ahora anda por Bilbao, aunque nos vemos con bastante frecuencia, ya sea en Madrid o en Barcelona.
Con Alicia hablaba por teléfono y nos veíamos, pero no decíamos que éramos amigos. Había mal rollo entre Autoridades y los catalogadores de vídeos por un lado y los catalogadores de cassetes por otro, una de estas rivalidades artificiales promovidas por los mandos intermedios de las empresas para que no haya comunicación entre los trabajadores de los distintos departamentos. Divide y vencerás. Funciona.
Por otro lado, ya empezábamos a estar quemados y estrechamos lazos, una solidaridad que se plasmó en un detalle. Cuando anuncié oficialmente que me iba, porque había aceptado la oferta de trabajo de Alejo en Barcelona y aquel era (y sigue siendo) el trabajo de mi vida, las jefas de equipo y coordinadoras no sabían absolutamente nada. Su sorpresa era genuina. El resto de compañeros lo sabían desde hacía un mes, aproximadamente. No había comunicación. El miedo funcionaba.
Cuando dije que me iba, en la cafetería del depósito, Regina me dijo algo que no se me va a olvidar en la vida:
-¿Te has dado cuenta de que eres el primero que se va porque le ha salido algo mejor?
Me lo dijo después de ocho meses currando allí.
El día antes de irnos de vacaciones de Navidad se cayó la red en toda la Biblioteca Nacional. Estábamos en la quinta puñeta, por lo que no podían enviar a un informático, y sin poder utilizar los ordenadores, por lo que no había manera de trabajar. Las jefas de equipo estaban reunidas en la sede de la empresa. Los trabajadores de las demás empresas se habían ido; sólo quedábamos nosotros y algunos guardias de seguridad. Llamamos para quejarnos de la situación, y sólo recibimos unos mensajes de ánimo y vagas garantías de que el problema se iba a solucionar. Elena me enseñó a jugar al mus, junto con Paqui y Maribel. Pasaba el tiempo y no nos llamaban para decirnos que nos fuéramos, ni para darnos instrucciones sobre posibles tareas a realizar sin ordenadores.
Trabajábamos hasta las cuatro. A las cuatro menos cuarto nos llamaron para desearnos una feliz Navidad. (Y para ver si estábamos allí, de paso.)
Como digo, cuando me fui de allí, a mediados de junio, sólo lo sentí por la gente a la que dejaba atrás. Regina, Silvia, Bea, Emilio, Mari Carmen, Maite, Charo, Elena, Miguel, Montaña, Luz, Maribel, Carmen, Paqui, Mamen, Susana, Fátima y, por supuesto y muy especialmente, Alicia, Amaya, Ana y María José.
De las demás miserias que había visto quería olvidarme.
El caso es que el proyecto de catalogación de vídeos se terminó, y reubicaron a los compañeros en el depósito de Alcalá. Alicia y Amparo seguían en Recoletos, pero Javi, Rosa, Carlos, José y demás se vinieron con nosotros.
Tenían mucha experiencia.
Todo aquello les resultaba surrealista.
Tenían criterio. No se callaban.
Y, peor aún, se pasaron de listos. Montaron una red para comunicarse entre ellos, y una vez se dejaron el Messenger abierto.
Los descubrieron.
Sus mensajes no dejaban en muy buen lugar a las coordinadoras y jefas de equipo.
Nosotros no nos enterábamos de nada de aquello. Lo único que notábamos era que estaban cada vez más esquivos y huidizos, que no se mezclaban con nosotros, que salían a desayunar y almorzar por su cuenta, que cada vez respondían con mayor sequedad, que la coordinadora del proyecto estaba allí cada vez más días, que el silencio se adueñaba de todo, que la producción se incrementaba, que las correcciones también aumentaban, que había días que ni siquiera me quedaban ganas de bromear con María José, que ya no nos adueñábamos del radiocassete para poner alguna cinta de rumbas de Lola Flores, algunas peleas en broma por sevillanas de Juanito Valderrama y Dolores Abril, algunas canciones de Pepa Flores o Los Brincos... Agachábamos la cabeza y, cuanto peor era el ambiente, más catalogábamos: veinte, y luego veinticuatro, y luego hasta treinta cassetes. Y la situación era cada vez más tensa.
Un día reventó. Hacía un mes que no comíamos con ellos, porque iban juntos a todas partes y ya casi ni hablábamos, pero aquel día ni siquiera salieron a comer. La coordinadora del proyecto apareció por allí, se los fue llevando uno a uno y, a medida que entraban en la sala, recogían las cosas y se iban, el pánico se iba adueñando de nosotros. Salíamos al pasillo, como si fuéramos a mear o a tomarnos un cafelito, y Javi se acercó, se despidió, nos dijo algo del tipo «Venga, seguid así, calladitos, que os va a ir muy bien en la vida» y se largó. Después, la coordinadora se fue.
Era catorce de febrero. San Valentín.
No sabíamos qué hacer, con la cabeza gacha. El cielo se había desplomado encima de nuestras cabezas. En Recoletos también habían echado a Amparo. Alicia se libró porque descubrieron que no tenía nada que ver con ellos, aunque también la habían estado investigando.
Estuvieron vetados durante un año por la Biblioteca Nacional. Después se fueron reincorporando a otras empresas relacionadas con la Biblioteca y, como son buenos, allí siguen.
Como también se había ido alguna jefa de equipo, aproveché para poner algo de música. Por supuesto, sin que las «interinas» se coscaran de qué iba la cosa.
Era fácil: entrar en Ariadna, localizar la signatura de la cassete y buscarla en los estantes, o pedírsela a quien la estuviera catalogando en aquel momento.
La elección también era fácil.
Durante media hora, una quincena de compañeros pudieron escuchar la banda sonora de El Padrino, cortesía de la casa, sin levantar la cabeza del ordenador, mientras María José y yo decíamos maldades en clave, a media voz.
Una de las compañeras que se habían quedado a modo de jefas de equipo interinas no entendía nada.
-Es para conmemorar el aniversario de la matanza de San Valentín –le comenté, para acallar su estupor.
No sirvió de nada. Siguió sin entender nada durante el resto del día. Y supongo que así seguirá, porque después de aquello siguió trabajando para la empresa y subiendo en el escalafón hacia el cielo de los jefes de equipo.

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13 Comments:

Anonymous Kotinussa said...

Hay otra versión del origen del día de San Valentín. El 15 de febrero se celebraban en Roma las Lupercalia, que eran unas fiestas en las que, con la piel ensangrentada de los animales sacrificados en la misma, los sacerdotes se dedicaban a dar golpes a la multitud que se congregaba. Se suponía que las personas a las que alcanzaban los golpes quedaban curadas de la esterilidad. Cuando en el siglo V se prohibió esta fiesta (por lo visto se desmadraba un poco porque estaba relacionada con el amor y el sexo), lo que hicieron fue disimular un poco y trasladarlas al día anterior, 14 de febrero, que era por casualidad el de San Valentín, y el pobre, sin comerlo ni beberlo se vio metido en todo este circo.

Saludos y hasta pronto.

14 de febrero de 2006, 16:47  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Otra gran historia. Qué cierto es eso que te dicen y que lees cuando comienzas a escribir en serio: cuenta lo que quieras. Pero cuenta siempre la verdad.
Y yo me entiendo.

14 de febrero de 2006, 19:08  
Anonymous haciendo el numero de la cabra said...

Sencillamente, me ha encantado.

14 de febrero de 2006, 20:18  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: Pues prefiero tu versión a la tradicional.
:-)))

Besos. :-***

15 de febrero de 2006, 15:59  
Blogger Juanma said...

Víctor: El caso es que yo también te entiendo. ;-)

15 de febrero de 2006, 16:00  
Blogger Juanma said...

Cabra haciendo el número: Me alegra que te haya gustado.
:-)))

15 de febrero de 2006, 16:01  
Anonymous Felicidad said...

Vaya, lo que yo tenía entendido era que sencillamente el día de San Valentín, como día de los enamorados, fue un invento de los joyeros franceses. Punto.

Vamos, una forma de sacarse sus perrillas, como los grandes almacenes en época de rebajas o nochevieja o los reyes magos. Ante la iniciativa se unieron también los chocolateros.

¿Por qué el 14 de Febrero? Quién sabe. Puede ser porque sí; porque alguien jugó con un dardo y un calendario; porque ese día a alguno de esos joyeros o chocolateros tuvo el día tonto con su mujer o con su pareja... Puede ser cualquier cosa, en realidad.

Besotes

15 de febrero de 2006, 16:07  
Blogger Juanma said...

Felicidad: Yo también creía que San Valentín era un invento de los comerciantes, pero estuve mirando y me encontré con la historia que he contado, y con que se celebra desde la Edad Media. La parafernalia que tiene ahora, pues sí, eso es reciente. Ya me imaginaba yo que los franceses tendrían algo que ver...

Besitos, guapetona. :-*****

15 de febrero de 2006, 19:23  
Anonymous arturo said...

La versión que yo conozco de San Valentin es la que cita Joseph Cambell en "Las mascaras de Dios".
El "perverso culto de los Valentines" ( en terminos de la inquisición) floreció en la Provenza medieval. Una vez al año, damas y caballeros se reunian y sorteaban quien sería su pareja para el año siguiente bajo el supuesto patrocinio de San Valentin por eso de cubrir las apariencias.

16 de febrero de 2006, 0:25  
Blogger Juanma said...

Caray, al final el origen de San Valentín se está complicando. :-)

Decidido: voy a escribir El Código San Valentín. XDDDDDDDD

16 de febrero de 2006, 12:49  
Blogger Jose Antonio del Valle said...

Joer, Juanma, que posts más largos, al final vas a tener que vover a escribir.

17 de febrero de 2006, 13:08  
Blogger Juanma said...

Pues supongo que ahora sería más fácil, sí. Ya me estoy demostrando que puedo escribir tres mil palabras en un día (ocho mil, en el caso de la conferencia, pero aquello era una situación urgente), así que la soltura ya la tengo. Lo otro, pues bueno, como escribimos sobre temáticas parecidas ya te sonará: documentarte, leer historia a saco, currarte el argumento... Es lo que me echa para atrás.

Abrazos. :-)

17 de febrero de 2006, 14:55  
Anonymous Pily B. said...

Con unos poquillos más de post así, podrías publicar un libro. ¡Qué interesante sería! JEJE.

El post es la leche, y el día de San Valentín... bueno, mejor me lo callo. Besitos.

17 de febrero de 2006, 15:34  

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