Yo no soy yo, evidentemente
Uno de los aspectos que me encantan de Battlestar Galactica (y un punto en el que se aparta del tosco maniqueísmo de la serie de los años setenta) es el hecho de que cualquiera de los protagonistas puede ser un cylon, generalmente sin él (o ella) saberlo. Se comportan como seres humanos, sienten sus mismas motivaciones, odian a los cylons, los combaten... y al final, cuando el guionista decide dar una vuelta de tuerca, salta la sorpresa, y tooodo lo que ha hecho ese personaje en las dos o tres temporadas anteriores salta hecho pedazos, porque tiene que adaptarse a la nueva realidad. El antaño héroe se convierte ahora en villano. El leal, en traidor.
El mensaje subyacente es el mismo que regía en la ciencia ficción de los años cincuenta: están entre nosotros, inflitrados, y no hay manera de distinguirlos de nosotros. De hecho, nosotros podríamos ser ellos. La guerra fría, así como la carencia de un antagonista con rasgos reconocibles y diferentes de los nuestros (con lo fácil que lo tenía Flash Gordon para distinguir chinos malos) propició una paranoia. La invasión de los ladrones de cuerpos. La obra de Philip K. Dick. Los agentes del KGB durmientes de Espías sin identidad (o qué hace un yogurín River Phoenix cuando descubre que sus papás son espías soviéticos). Los replicantes de Blade Runner. El concepto clave es el de "durmiente": somos espías infliltrados, usurpadores de nuestras identidades verdaderas y, si algo nos hace terribles, no es el hecho de que podamos fingir que somos lo que no somos (véanse las vainas de Jack Finney y adaptaciones cinematográficas varias, a las que se suele acabar descubriendo precisamente porque no se comportan como nosotros), sino que somos otra cosa y no lo sabemos, pues estamos en estado durmiente, listos para ser activados. Ahí estriba la grandeza de Battlestar Galactica, así como estribaba la mezquindad de la caza de brujas orquestada por el infame senador McCarthy. La guerra fría fue una fábrica de impostores y de paranoicos que veían cambiaformas por todos lados; los tiempos que corren nos enseñan que cuanto más paranoicos seamos, más probabilidades tenemos de ser aquello de lo que huimos o aquello a lo que odiamos. El demonio está en nuestro interior, y ya puede ser el Bob de Twin Peaks o un corazoncito cylon.
Que quede claro: no soy un cylon. No quiero cargarme la humanidad, ni podría dejar mirando a Soria al bueno de Deckard (otro que se niega a aceptar lo que es), pero... resulta que no soy quien yo creía.
Me acerco a unas dependencias administrativas a hacer un papeleo. Previamente he solicitado una partida de nacimiento. La entrego, y la funcionaria me hace la pregunta que tanto temía:
-Pero este "De Santiago"...
Y, en efecto, resulta que no figuro inscrito como "Juan Manuel Santiago", sino como "Juan Manuel DE Santiago".
-Bueno, ésta siempre ha sido una vieja lucha con mi padre. Él siempre me ha insistido en que utilice el "De". Un hermano mío lo utiliza, y los otros dos no.
-Pues tu padre tiene razón.
-Pues yo siempre le he dicho que se fuera a salva sea la parte con sus ínfulas de nobleza...
-Pero el caso es que estás inscrito así. A todos los efectos, éste es tu apellido.
-Pero si en mi DNI consta como "Santiago", a secas.
-Ya, pero la inscripción en el registro prevalece sobre todo ello. Deberías cambiártelo.
-Ya he visto que en la puerta de al lado hay un despacho para cambiarse nombres. Es lo que se hace al catalanizarse nombres...
Pienso en los amigos Enriques, Fernandos o Anas que ahora son Enrics, Ferranes o Annas. O en los que se han catalanizado el apellido.
-No es lo mismo: eso es traducir un nombre ya existente. Lo tuyo sería cambiarte el apellido. A efectos del papeleo que vienes a hacer, tu nombre es Juan Manuel de Santiago...
Y me acojona un poco, a vueltas con las implicaciones legales que esto podría comportar. Herencias. Hipotecas.
Me imagino la escena. El notario abre mi testamento, y resulta que éste es totalmente impugnable porque lo firmó un tal Juan Manuel Santiago que, en realidad, no existe.
Poquita broma con estas gilipolleces.
De entrada, me planteo la duda: ¿debo renunciar a ese "De" (el mes que viene vuelvo a esas dependencias, y no me cuesta nada llamar a la puerta de al lado y que me orienten) o bien tendría que empezar a usarlo en toooodos los demás aspectos de mi vida? Hacienda, la renovación pendiente del DNI, Seguridad Social...
Treinta y ocho años ajeno al hecho de que una sola preposición me puede cambiar la vida y la personalidad.
Tal vez haya algún cabronazo llamado Juan Manuel Santiago, prófugo de la justicia y con varias órdenes de busca y captura, y el cambiarme el apellido a De Santiago (o, más bien, el reconocer que mi apellido es De Santiago) me salve de ir al trullo por un malentendido totaolmente kafkiano.
O viceversa.
Ay, qué disyuntiva.
Como digo, de repente me surgen dudas y más dudas. Por un "De" del que siempre había pasado. Cierto, figuro en la partida de nacimiento como "De Santiago", igual que otros constan como "y Gómez". Nunca me había imaginado que un simple nexo pudiera cambiar en algo mi apellido.
Por otro lado, mis tres hermanos se habrán encontrado alguna vez con este problema. Debería llamarlos, para saber cómo resolverlo.
El hecho es que mi padre siempre me había insistido en que adoptara el De Santiago como apellido, pero nunca le había hecho ni caso. Es cierto que, cuando tienes un apellido que también se utiliza como nombre, viene muy bien tener un "De" a mano para romper el equívoco.
Me he pasado toda la vida presentándome de esta manera en las bibliotecas, cuando iba a devolver un libro.
-Santiago Romero, Juan Manuel... y Santiago es el apellido.
Con lo fácil que hubiera sido un "De Santiago"...
Y así para todo.
De este modo, resulta que llevo cinco días siendo otro. Juan Manuel de Santiago, para serviros. Y no sé si ello me ha cambiado la personalidad o qué, pero el caso es que llevo varios días sin cargarme ningún aparato electromagnético, y además acabo de recibir un certificado de subcontratista que Hacienda me ha tramitado en sólo diez días, sin la catastrófica sucesión de negativas que me tuvieron empantanado tres meses cuando solicité otros certificados iguales hace unos meses.
Tal vez sea casualidad... o tal vez no... A lo mejor algo está cambiando realmente, y el nuevo Juan Manuel de Santiago tiene unos atributos diferentes de los de Juan Manuel Santiago... El tiempo lo dirá.
El caso es ése: a todos los efectos, soy como un cylon que acaba de ser activado, o un replicante a quien le han contado que sus sueños son los mismos que los de todos los de su serie, o un espía soviético que de repente descubre que lo es.
Yo no soy yo, evidentemente.
El mensaje subyacente es el mismo que regía en la ciencia ficción de los años cincuenta: están entre nosotros, inflitrados, y no hay manera de distinguirlos de nosotros. De hecho, nosotros podríamos ser ellos. La guerra fría, así como la carencia de un antagonista con rasgos reconocibles y diferentes de los nuestros (con lo fácil que lo tenía Flash Gordon para distinguir chinos malos) propició una paranoia. La invasión de los ladrones de cuerpos. La obra de Philip K. Dick. Los agentes del KGB durmientes de Espías sin identidad (o qué hace un yogurín River Phoenix cuando descubre que sus papás son espías soviéticos). Los replicantes de Blade Runner. El concepto clave es el de "durmiente": somos espías infliltrados, usurpadores de nuestras identidades verdaderas y, si algo nos hace terribles, no es el hecho de que podamos fingir que somos lo que no somos (véanse las vainas de Jack Finney y adaptaciones cinematográficas varias, a las que se suele acabar descubriendo precisamente porque no se comportan como nosotros), sino que somos otra cosa y no lo sabemos, pues estamos en estado durmiente, listos para ser activados. Ahí estriba la grandeza de Battlestar Galactica, así como estribaba la mezquindad de la caza de brujas orquestada por el infame senador McCarthy. La guerra fría fue una fábrica de impostores y de paranoicos que veían cambiaformas por todos lados; los tiempos que corren nos enseñan que cuanto más paranoicos seamos, más probabilidades tenemos de ser aquello de lo que huimos o aquello a lo que odiamos. El demonio está en nuestro interior, y ya puede ser el Bob de Twin Peaks o un corazoncito cylon.
Que quede claro: no soy un cylon. No quiero cargarme la humanidad, ni podría dejar mirando a Soria al bueno de Deckard (otro que se niega a aceptar lo que es), pero... resulta que no soy quien yo creía.
Me acerco a unas dependencias administrativas a hacer un papeleo. Previamente he solicitado una partida de nacimiento. La entrego, y la funcionaria me hace la pregunta que tanto temía:
-Pero este "De Santiago"...
Y, en efecto, resulta que no figuro inscrito como "Juan Manuel Santiago", sino como "Juan Manuel DE Santiago".
-Bueno, ésta siempre ha sido una vieja lucha con mi padre. Él siempre me ha insistido en que utilice el "De". Un hermano mío lo utiliza, y los otros dos no.
-Pues tu padre tiene razón.
-Pues yo siempre le he dicho que se fuera a salva sea la parte con sus ínfulas de nobleza...
-Pero el caso es que estás inscrito así. A todos los efectos, éste es tu apellido.
-Pero si en mi DNI consta como "Santiago", a secas.
-Ya, pero la inscripción en el registro prevalece sobre todo ello. Deberías cambiártelo.
-Ya he visto que en la puerta de al lado hay un despacho para cambiarse nombres. Es lo que se hace al catalanizarse nombres...
Pienso en los amigos Enriques, Fernandos o Anas que ahora son Enrics, Ferranes o Annas. O en los que se han catalanizado el apellido.
-No es lo mismo: eso es traducir un nombre ya existente. Lo tuyo sería cambiarte el apellido. A efectos del papeleo que vienes a hacer, tu nombre es Juan Manuel de Santiago...
Y me acojona un poco, a vueltas con las implicaciones legales que esto podría comportar. Herencias. Hipotecas.
Me imagino la escena. El notario abre mi testamento, y resulta que éste es totalmente impugnable porque lo firmó un tal Juan Manuel Santiago que, en realidad, no existe.
Poquita broma con estas gilipolleces.
De entrada, me planteo la duda: ¿debo renunciar a ese "De" (el mes que viene vuelvo a esas dependencias, y no me cuesta nada llamar a la puerta de al lado y que me orienten) o bien tendría que empezar a usarlo en toooodos los demás aspectos de mi vida? Hacienda, la renovación pendiente del DNI, Seguridad Social...
Treinta y ocho años ajeno al hecho de que una sola preposición me puede cambiar la vida y la personalidad.
Tal vez haya algún cabronazo llamado Juan Manuel Santiago, prófugo de la justicia y con varias órdenes de busca y captura, y el cambiarme el apellido a De Santiago (o, más bien, el reconocer que mi apellido es De Santiago) me salve de ir al trullo por un malentendido totaolmente kafkiano.
O viceversa.
Ay, qué disyuntiva.
Como digo, de repente me surgen dudas y más dudas. Por un "De" del que siempre había pasado. Cierto, figuro en la partida de nacimiento como "De Santiago", igual que otros constan como "y Gómez". Nunca me había imaginado que un simple nexo pudiera cambiar en algo mi apellido.
Por otro lado, mis tres hermanos se habrán encontrado alguna vez con este problema. Debería llamarlos, para saber cómo resolverlo.
El hecho es que mi padre siempre me había insistido en que adoptara el De Santiago como apellido, pero nunca le había hecho ni caso. Es cierto que, cuando tienes un apellido que también se utiliza como nombre, viene muy bien tener un "De" a mano para romper el equívoco.
Me he pasado toda la vida presentándome de esta manera en las bibliotecas, cuando iba a devolver un libro.
-Santiago Romero, Juan Manuel... y Santiago es el apellido.
Con lo fácil que hubiera sido un "De Santiago"...
Y así para todo.
De este modo, resulta que llevo cinco días siendo otro. Juan Manuel de Santiago, para serviros. Y no sé si ello me ha cambiado la personalidad o qué, pero el caso es que llevo varios días sin cargarme ningún aparato electromagnético, y además acabo de recibir un certificado de subcontratista que Hacienda me ha tramitado en sólo diez días, sin la catastrófica sucesión de negativas que me tuvieron empantanado tres meses cuando solicité otros certificados iguales hace unos meses.
Tal vez sea casualidad... o tal vez no... A lo mejor algo está cambiando realmente, y el nuevo Juan Manuel de Santiago tiene unos atributos diferentes de los de Juan Manuel Santiago... El tiempo lo dirá.
El caso es ése: a todos los efectos, soy como un cylon que acaba de ser activado, o un replicante a quien le han contado que sus sueños son los mismos que los de todos los de su serie, o un espía soviético que de repente descubre que lo es.
Yo no soy yo, evidentemente.
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