lunes, 12 de marzo de 2007

Soy el artículo cinéfilo de Jack (Violencia y revolución en El club de la lucha)

A falta de tiempo para actualizar con heridas, cicatrices, escenas de cásting y visitas al dentista (¡ya sólo falta una!), desempolvo un ensayo sobre una de mis películas fetiche: El club de la lucha. La cinta de David Fincher, igual que la novela de Chuck Palahniuk, posee un componente generacional que la hace entrar de lleno en la categoría de objeto de culto. Yo no podía saberlo cuando Alejandro Salamanca, a la sazón director de Stalker, me encargó un ensayo sobre la misma a principios del año 2000. Apareció en el número 13 de la revista, fechado en diciembre del mismo año. Un mes después, por estas cosas que tiene la vida, terminé haciéndome cargo de la revista, hasta su cierre a finales del 2003. Tras un número de transición, el 14, que maqueté en PageMaker en casa de Alejandro mientras él me supervisaba y, más tarde, se daba a recuperar el sueño (tenía unos horarios laborales irreconciliables con cualquier otra actividad, y que finalmente lo obligaron a abandonar la dirección de la revista), asumí la dirección plena de Stalker en el número 15 y me mantuve en el cargo hasta el número 20, que, visto en perspectiva, es el número de revista que más a gusto he realizado para Ediciones Gigamesh: ya sabía que la revista cerraba, con lo que prácticamente tenía vía libre para hacer lo que me diera la gana. Entre David G. Panadero y yo formamos un tándem bicéfalo que parió un especial Cine Fantástico Europeo de lo más macarra, con mucho espacio dedicado al giallo italiano, pero también al cine de Roman Polanski e incluso al inescrutable pero fascinante Andrei Tarkovski.

Fueron tres años fascinantes para mí, porque aprendí mucho sobre cine fantástico y maquetación, porque me fogueé como director de publicación y porque me lo pasé muy bien. De aquella época data mi amistad con David G. Panadero, a quien considero uno de mis mejores amigos... y con quien he discutido largo y tendido sobre El club de la lucha, hasta el extremo de que el número 14 de Stalker contenía un ensayo suyo acerca de la obra de David Fincher en el que se intentaba crear cierto debate en torno a nuestros puntos de vista sobre la película de la que vamos a hablar.
Es una lástima que Stalker no continuara saliendo, y que los intentos de reflotarla (con David al frente) no hayan fructificado. ¿Me está leyendo algún editor?
Entre los múltiples motivos que se me ocurren para reivindicar Stalker en este blog se encuentra uno en el que no ha reparado absolutamente ningún crítico o aficionado al género fantástico patrio: es la única revista nacida del fandom que ha contado con un galardonado (a posteriori, es cierto) con el Oscar de la Academia; en concreto, David Martí, ganador de la estatuilla al mejor maquillaje por El laberinto del fauno. David mantuvo la sección "Magos de Luz y Sombras", sobre efectos especiales, durante la etapa en que estuvo al frente Armando Boix, el verdadero alma máter de Stalker y uno de los motores de la reactivación del fandom durante los años noventa, tanto en la vertiente editorial (con el fanzine electrónico Ad Astra) como en la ensayística (suyos son dos de los mejores ensayos aparecidos en publicación alguna de género fantástico: "La realidad cuestionada", en Stalker núm. 6, y "La belleza de la perversidad", en Gigamesh núm. 18) y la literaria (con cerca de una treintena de relatos, algunos de ellos tan sobresalientes como olvidados y reeditables: "El sueño de la razón", "La soledad de los muertos", "El Uno Inefable", "El ayudante de Piranesi" o "El noveno capítulo").
A lo que iba. Un buen día, recién salido del cúmulo de enfermedades varias que me habían mantenido apartado de la vida civil (y, con ella, del cine) durante el año 1999 y principios del 2000, Alejandro me llamó para encargarme un artículo sobre El club de la lucha, película que no había visto porque su estreno había coincidido con mi internamiento en el hospital. Quería que la relacionase con la obra de J. G. Ballard y, en general, con todas las referencias literarias que fuese capaz de establecer. Me la compré en video y la vi una media docena de veces antes de redactar el ensayo definitivo; de paso, se convirtió en una de mis películas favoritas, de las que intento ver todos los años al menos una vez. No reparé en una conexión literaria bastante obvia (Philip K. Dick y Valis), pero he preferido no retocar el ensayo y dejarlo tal cual lo escribí. Me parece un tanto desaprovechado, visto en perspectiva, pero al mismo tiempo me parece un buen punto de partida para escribir algo más ambicioso. Vosotros diréis. Y creo que, en lo sustancial, sigue captando buena parte del mensaje subversivo de Chuck Palahniuk (y, en menor medida, David Fincher), que hace que la película siga vigente: si bien Fincher no ha levantado cabeza después de El club de la lucha, Palahniuk no ha dejado de crecer como autor y nos ha regalado obras de relumbrón como Asfixia, Nana o el encantador relato "Tripas".
En cuanto a la vigencia de El club de la lucha, basten estas estremecedoras imágenes, procendentes de... ¡su versión Bollywood!




SOY EL ARTÍCULO CINÉFILO DE JACK

(VIOLENCIA Y REVOLUCIÓN EN EL CLUB DE LA LUCHA)

JUAN MANUEL SANTIAGO

AVISO ANTI-SPOILERS: Este artículo se refiere de manera explícita al contenido de la película El club de la lucha. Este hecho no tendría la menor relevancia si no fuera porque el argumento de El club de la lucha no se puede revelar a quien no la haya visto, so pena de reventársela. De modo que el lector que aún no la haya visto debería hacerse a sí mismo el inmenso favor de alquilarla, comprarla, pedírsela en préstamo a algún amigo o hacérsela regalar y, una vez finalizado su visionado, proceder a la letura de este artículo. No en vano la primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha.

Where is my mind?
(The Pixies)

It´s the end of the world as we know it, and I feel fine.
(R.E.M.)

Para IKEA, sólo cuando la mayoría de las personas pueden adquirir aquello que realmente les gusta es cuando la democracia llega al hogar.
(Catálogo IKEA 2000-2001)


La primera regla de este artículo es que se habla de El club de la lucha

Todos los años sucede. Una película de la que nada esperabas te impacta tanto que no puedes evitar pensar en ella de una manera obsesiva. Una película te rompe todos los esquemas mentales, te hace pensar y te reconcilia con la idea de que aún es posible crear algo original y con contenido, más allá de un bonito envoltorio visual. Sorpresa. Admiración. Incredulidad. Pero si esa película que te sorprende y actúa de una manera especial sobre tu cerebro, hasta el punto de que eres capaz de sentarte a verla una y otra vez hasta desentrañar toda su esencia, resulta ser un producto vilipendiado por la crítica, debido a sus premisas supuestamente fascistas y su supuesta servidumbre hacia lo visual, la incredulidad da paso a un intento serio de racionalización. ¿A qué pudo deberse que la crítica reaccionara de una manera tan furibunda ante una de las películas que mejor han sabido reflejar la neurosis colectiva de toda una generación de treintañeros con formación universitaria abocados al subempleo? ¿Hasta qué punto se ha reparado exclusivamente en lo superficial (la innegable brillantez visual del producto y la pretendida simpleza de su mensaje violento) y se ha soslayado el apasionante debate a que la premisa de la película podría dar lugar? Un análisis pormenorizado de El club de la lucha arroja suficientes elementos de interés como para concluir que nos hallamos ante una película de culto, cuya trascendencia –y tal vez influencia- no va a hacer sino acrecentarse con el paso del tiempo.


La segunda regla de este artículo es que se habla de El club de la lucha

Cuando en 1996 Chuck Palahniuk, a la sazón mecánico en un taller, publica la novela Fight Club, nada podía saber de la disputa que Laura Ziskin y David Fincher iban a desatar en torno a la adquisición de los derechos para la adaptación cinematográfica.

Finalmente, ambos llegan a un acuerdo y la película comienza a tomar forma. Fiel a su irreprochable equipo técnico, Fincher (que ya había deslumbrado con Seven y decepcionado con Alien3 y The Game) cuenta con la fotografía de Jeff Cronenweth y el diseño de producción de Alex McDowell como puntales básicos para rematar el proyecto. La música de The Dust Brothers es simplemente perfecta, y la aparición final del Where is my mind? de los Pixies propicia un clímax ideal. El guión del novato Jim Uhls es un trabajo de alta precisión que consigue pulir la tosquedad de la novela, dotarla de más profundidad, acentuar su carga irónica y, en suma, mejorarla en todos los aspectos.

Sólo queda definir el reparto. En un primer momento se piensa en Sean Penn para el papel de Tyler y en Courtney Love para el de Marla. Por diferentes motivos se descuelgan del proyecto y se les adjudica a Brad Pitt y Helena Bonham-Carter. Dos estrellas interpretando a unos personajes muy alejados de sus registros habituales, aunque no podemos dejar de recordar sus interpretaciones en los pasajes más desquiciados de Doce monos y Frankenstein de Mary Shelley, respectivamente. Para el papel de Narrador se escoge al emergente Edward Norton, que ya había sido candidato al Oscar por sus brillantes interpretaciones en Las dos caras de la verdad y American History X, y con sus actuaciones en El escándalo de Larry Flint y Todos dicen I Love You había demostrado la capacidad para cambiar de registro que el personaje requiere: cínicamente insolente en un momento, desaforadamente dramático en el siguiente. Entre los secundarios cabe destacar la inmensa (en todos los sentidos) presencia del cantante Meat Loaf, que encarna a Bob, el enfermo de cáncer testicular.

Norton y Pitt se implican de una manera muy directa en el proyecto, hasta el punto de que introducen cambios en el guión y ensayan sus papeles desde un mes antes del inicio del rodaje, con lo cual éste gana en agilidad y la compenetración entre sus personajes en verosimilitud.

“Me había convertido en un esclavo del instinto Ikea para acomodarme en casa”

Narrador padece insomnio desde hace seis meses. Tiene un trabajo detestable y alienante: perito en una gran empresa de sector automovilístico, con la función de aplicar la fórmula, un deshumanizado cálculo según el cual se decide friamente qué modelo de automóviles frecuentemente siniestrados vuelven a la fábrica y cuáles no. Es asimismo un ser desarraigado: sin pareja, sin amistades (vive entre aeropuerto y aeropuerto, todas sus relaciones se reducen a las “raciones individuales” con quienes conversa en los aviones), sin familia (su padre escapó de casa cuando él tenía seis años, para fundar una nueva familia, un nuevo “concesionario”)... sin sueños. Sólo posee un apartamento en propiedad en un bloque para jóvenes ejecutivos y ancianas viudas, atado al sinsentido de un consumismo mal entendido. Narrador no duerme, y ello le hace vivir en un estado de duermevela permanente en el que todo es “la copia de una copia de una copia”.

Narrador necesita encontrar un catalizador de su sufrimiento, de sus ansias, y lo encuentra en los grupos de apoyo a enfermos de cáncer testicular, cáncer de colon, tuberculosis, parasitosis sanguíneas, parasitosis cerebrales, linfomas... Adoptando identidades falsas, Narrador busca su propia identidad, el conocimiento interior, la trascendencia del no ser al ser. En los grupos de apoyo se siente comprendido y puede expresar libremente su dolor: consigue llorar, y esa liberación le hace sentir tal plenitud que temporalmente se cura del insomnio:

Por eso yo apreciaba tanto los grupos de apoyo; porque la gente, cuando ve que te estás muriendo, te presta toda su atención. Si aquella podía ser la última vez que estuvieran contigo, estaban contigo de verdad[1].

Hasta que conoce a Marla Singer y todo se viene abajo.

Marla es una impostora, una “turista” que, como Narrador, asiste a grupos de apoyo sin estar muriéndose. “Es más barato que el cine y encima te dan café”. Narrador pierde la capacidad de llorar, de dormir, de hallar la paz interior que le permita abrir sus chakras, y todo ello es debido a la interferencia que representa Marla, pues “su mentira refleja la mía” y “si tuviera un tumor, lo llamaría Marla”. Para Narrador, ella es una especie de imagen distorsionada de sí mismo, y la única respuesta posible a la provocación que ella representa es buscar un nuevo grupo de apoyo en el que Marla no le pueda seguir. Al afán de autosuperación de Narrador, Marla replica con su afán de autodestrucción, al cual, a su vez, Narrador responde con un inmenso órdago: Tyler Durden.

“¿Cómo vas a conocerte si nunca has peleado?”

Tyler irrumpe en la vida de Narrador en un momento clave: inmediatamente después de la claudicación ante Marla, en una escena particularmente morbosa en la que se reparten los grupos de apoyo. Desprovisto de su panacea, Narrador se deja arrastrar hacia la autodestrucción. Tyler aparece como antítesis masculina de Narrador (Marla sería su antítesis femenina), reflejo de todo aquello que Narrador no sabe o puede ser. Narrador es diurno; Tyler es nocturno. Narrador trabaja en uno de los oficios más degradantes e inhumanos que el sistema ofrece; Tyler es un guerillero urbano que explota hasta el final las posibilidades subversivas de sus múltiples actividades laborales: como camarero en las fiestas nocturnas de un hotel de lujo, se orina –y cosas aún peores- en los platos más suculentos; como proyeccionista de cine, inserta fotogramas subliminales de películas pornográficas en las sesiones infantiles; como fabricante de jabón, utiliza como materia prima la grasa procedente de la liposucción de –ironía- las mismas personas que van a comprar sus productos[2]. Narrador está familiarizado con la muerte de sus clientes; Tyler sabe cómo hacer morir, cómo matar[3]. Narrador es un chico tímido y, por lo que vemos en la película, un tanto asexuado; Tyler es toda una fuerza de la naturaleza y –a juzgar por su relación con Marla- un auténtico portento sexual. En resumen, Tyler es lo que Narrador quisiera ser, y de un mero apunte casi subliminal[4] pasa a concretarse de una manera fugaz (“Si te despertaras a otra hora, en cualquier otro lugar, ¿te despertarías siendo la misma persona?”) y, por fin, adquiere total corporeidad.

La ocasión se presenta pronto, una vez dispuesto todo para que la aparición de Tyler resulte providencial. Retenido en el aeropuerto debido a un enojoso percance[5], Narrador regresa a su casa para descubrir que ha saltado por los aires debido a una explosión que no le deja absolutamente ninguna pertenencia, ni siquiera su mesita yin-yang del apartamento amueblado por Ikea[6]. “Si me lo preguntarais, no sabría deciros por qué llamé a Tyler”, nos confiesa, y no es para menos: acaba de conocerle, en una conversación casual a bordo de un avión. Tyler le acepta en su destartalada casa de Paper Street, “pero tienes que hacerme un favor: golpéame lo más fuerte que puedas”. Es el inicio del club de la lucha, de la andadura común de Tyler y Narrador en pos de una nueva sociedad... y el comienzo de una serie de escenas violentas que tal vez nos obliguen a recapitular acerca de las posibles influencias cinematográficas de la película.

Un visionado apresurado de El club de la lucha podría inducirnos a pensar que se trata de una simple actualización de Taxi Driver y La naranja mecánica. El guión de Uhls abunda en trampas para el espectador (uno de los monos espaciales de Tyler se llama Travis; un adepto del club niega información a Narrador en una jerga muy emparentada con el nadsat de Alex). Sin embargo, las diferencias son ostensibles. La rebeldía del también insomne Travis en Taxi Driver es una quijotada motivada por los nobles sentimientos que le inspira la prostituta Iris; es, pues, un acto individual de violencia cuyo objetivo es purificar el sistema. La rebeldía de Alex en La naranja mecánica es grupal, sí, pero no intenta socavar el sistema más que de un modo puntual, y a la larga Alex acaba convertido en un instrumento propagandístico que fortalece al sistema. Tyler va mucho más lejos: busca acabar con el sistema. El club de la lucha es un entramado que, después de una fase de espontaneidad, escapa de las manos de Tyler y se extiende por todo el país. Su funcionamiento tan sólo se sujeta a las ocho reglas siguientes:

La primera regla es: No hablar del Club de la lucha. La segunda: Ningún socio debe hablar del Club de la lucha. La tercera: Si alguien grita basta, flaquea o desfallece, el combate se acaba. La cuarta: Sólo habrá dos luchadores. La quinta: Sólo habrá una pelea cada vez. La sexta: Se peleará sin camisa ni zapatos. La séptima: Las peleas durarán el tiempo que sea necesario. La octava: Si ésta es vuestra primera noche en el Club de la lucha, tendréis que pelear.

Pero se trata tan sólo de unas normas que regulan el funcionamiento interno del club, la dinámica de las peleas. Narrador mismo, deslumbrado por la novedad, comenta: “Después de haber estado en el club de lucha, ver partidos de fútbol americano por la televisión es como ver películas porno cuando podrías estar follando a lo grande”[7]. Tyler tiene planes, de los que Narrador aún no es consciente.

No. La violencia en El club de la lucha no es lo que parece. No se trata de una película de músculos, gimnasios y puñetazos al uso. Aquí no prima el culto al cuerpo. Muy al contrario, los combates cuerpo a cuerpo son sólo una excusa para trascender los límites de lo físico, en una especie de misticismo zen del dolor que por momentos se asemeja a una religión. “La autoperfección es pura masturbación. Pero la autodestrucción...”[8]. Narrador ha renunciado a la autoperfección tras su apresurada retirada de los grupos de apoyo a enfermos incurables. Marla, la autodestructiva, le cierra el camino, y Tyler le abre los ojos al respecto. “Por lo menos, ella está intentando tocar fondo”. Ése es el camino a seguir: tocar fondo, para a continuación remontar; destruir el orden establecido para recrearlo. El club de la lucha es la terapia definitiva que necesitaban Narrador y Bob[9], quien, al reencontrarse ambos, le recuerda que el Club ha cambiado su vida. Bob, el llorón, es un hombre nuevo, seguro de sí mismo. Un milagro divino... o antidivino.


En efecto, tanto la novela como la película presentan al club de la lucha como una especie de secta dirigida por un iluminado con tintes mesiánicos. No creo que éste sea el motor de Tyler o el Narrador, incluso cabe la posibilidad de que se trate de una maniobra de distracción por parte del guionista, pero existen numerosos ejemplos que mueven a la reflexión. Mediante el club de la lucha, los luchadores alcanzan un conocimiento interior que mezcla misticismo con religiones orientales. El club de la lucha se presenta como una auténtica comunión de masas[10], en la que todos pueden sentir el cuerpo y la sangre de su mesías, de Tyler. Más aún: “Los gritos de ánimo eran como las letanías que se podían escuchar en una iglesia”. Se practican sacrificios humanos, bien es cierto que bastante originales e incruentos. Incluso, en la novela, una vez aclarado el conflicto dual entre Tyler y Narrador, uno de ellos dice al otro: “Lo último que nos queda por hacer es tu martirio. Una muerte a lo grande”[11]. El momento culminante de la película, de hecho, es la ordalía que Tyler practica a Narrador, la definitiva encrucijada tras la que no hay marcha atrás. Con el beso de lejía, Tyler desarrolla las posibilidades mesiánicas de su club de la lucha, las verdaderas reglas con que tanto él como Narrador y sus monos espaciales se alzan en fiero combate contra la civilización occidental:

Cree en el dolor. No lo apartes de ti. Sin dolor ni sacrificio no tendríamos nada (...). Somos los hijos no deseados de Dios (...). Primero has de aprender a no tener miedo (...). Únicamente cuando se pierde todo somos libres de actuar (...). Enhorabuena. Estás a un paso de tocar fondo.

“Eres el Doctor Jeckyll y el Señor Cabrón”

El periplo de Narrador hacia el fondo, hacia la autodestrucción, es la historia del conocimiento interior. Para Narrador, conocerse a sí mismo pasa por conocer a Tyler, pues éste es los rincones oscuros de aquél, su reverso tenebroso. Tyler crece con el insomnio de Narrador, del mismo modo que Narrador se vale de Tyler para llevar a la práctica su plan. El insomnio de Narrador, su paso por los grupos de apoyo, la aparición de Marla... todo son jalones de un mismo camino: la decantación (por medios naturales, a diferencia de los experimentos del Doctor Jeckyll) de un nuevo yo, de un Hyde complementario y enriquecedor, en vez de suplementario y denigrador (como el de la novela de Stevenson). Tyler se presenta como la venganza perfecta contra Marla. Por un lado, creando el club de la lucha, el único grupo de apoyo del que ella jamás podría expulsarle: es mujer[12]. Por otro lado, da rienda suelta a la evidente antipatía que le profesa Narrador humillándola con una relación a (dos o tres) bandas tan insana como la de Inseparables de David Cronenberg. “¿Hemos follado juntos?” “¿Es así como describes nuestra relación, Tyler?” Tyler resulta tan fatal para Marla como ésta para Narrador. Se trata de un triángulo de infidelidades mutuas: Narrador ignora a Marla, Tyler mantiene con ella una relación meramente física pero le pide a Narrador. “Si le comentas algo de mí o de lo que sucede en esta casa, tú y yo habremos terminado”. Narrador y Tyler están condenados a entenderse hasta que, llegado el momento, Tyler desaparece sin dejar rastro: es el final del proceso de conocimiento interior de Narrador. Sólo con la desaparición de Tyler culmina la definición de la personalidad de Narrador. Cuando reaparece Tyler, Narrador ya está en condiciones de hacerle frente. Cierto es que Tyler tenía prevista tal contingencia, hasta el extremo de que Narrador está a punto de perder en la comisaría algo más que la cartera[13], pero el enfrentamiento entre ambos se produce finalmente, y por vez primera en igualdad de condiciones. La dualidad (“¿Estaba dormido? ¿Estaba despierto? ¿Es Tyler mi pesadilla o yo soy la de Tyler?”) acaba rompiéndose, pero eso ya resulta irrelevante: la revolución está en marcha.


“Estaba en las narices de todos. Tyler y yo sólo le pusimos nombre”

La revolución está en marcha, y su brazo ejecutor son los Monos Espaciales, los mejores elementos del club de la lucha. Ellos son “como un mono dispuesto a ser lanzado al espacio (...). Un mono del espacio dispuesto a sacrificarse por un bien mayor”: la revolución. Una revolución que pasa por el Proyecto Mayhem. Tyler inculca a sus chicos, entre puñetazo y puñetazo, un igualitarismo a ultranza[14], y predica con el ejemplo, convirtiéndose en uno más, en un simple primus inter pares. “Ahora nadie era el centro el club de la lucha”. Sólo mediante el paroxismo de la autodestrucción, la muerte, se alcanza el privilegio del nombre. “En la muerte, un miembro del Proyecto Mayhem tiene nombre. Se llama Robert Paulson”.

Esta negación de la propia personalidad para integrarse en un grupo homogéneo no es sino el trasunto mejorado de la sociedad que ha propiciado la aparición del club de la lucha. En una reciente entrevista, Edward Norton lo expresa de la siguiente manera:

La razón por la que me gustó El club de la lucha es que pensé que era una película de su época. Estaba en la onda de algo que yo reconozco en mi generación. Lo que me gustó es que era existencial, iba de una generación que se siente entumecida y sobrepasada por el ritmo de la modernidad y el sistema de valores al que se supone que tiene que pertenecer. Y eso los lleva a aquel lugar de locura casi surrealista[15].

Existe, pues, un componente generacional en el club de la lucha, eso es innegable, y sería bueno saber si también hay un componente clasista[16]. El club de la lucha es la reacción de una generación oprimida contra los males que la azotan: insomnio, cáncer, ansiedad, subempleo, consumismo... soledad. Tyler retrata a la perfección las inquietudes de este grupo, en su particular Sermón de la Montaña:

Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la Historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra. Nuestra guerra es la guerra espiritual. Nuestra Gran Depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión, que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo somos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.

La revolución prevista arremete contra toda posesión material, contra toda seña de identidad del individuo, contra el patriarcado, contra la religión. Contra la materialista civilización occidental. “Rechaza los puntales básicos de la civilización, especialmente las posesiones materiales”. La autodestrucción os hará libres, parece querer decir Tyler. Tocad fondo y deslizaos:

No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis. No sois el contenido de vuestra cartera (...). Sois la mierda cantante y danzante del mundo.

Son muchos, están perfectamente organizados e, infiltrados en prácticamente todos los poderes, se permiten incluso el lujo de coaccionar al jefe de la policía que está investigándolos:

Perseguís a la gente de la que dependéis. Preparamos vuestras comidas. Limpiamos vuestras basuras. Contestamos vuestras llamadas. Conducimos vuestras ambulancias. Y os protegemos mientras dormís.

Con semejante maquinaria puesta en funcionamiento para servir a una única causa en la que todos los luchadores son peones sacrificables (y reemplazables), resulta difícil dudar del éxito de la empresa. Aquí radica el componente fantástico de El club de la lucha: es una película catastrofista que aborda directamente un tema tan apocalíptico como es el fin del mundo. Pero lo hace de un modo tan sutilmente cotidiano que no se hace evidente hasta el último minuto de la película, mientras Narrador y Marla, cogidos de la mano, contemplan el amanecer de un nuevo día y un nuevo mundo. “Me has conocido en un momento extraño de mi vida”. Y de la de todos.

“Evolucionemos, no intentemos cambiar el futuro”

El caos que propicia el Proyecto Mayhen tiene un objeto bien definido: el colapso de la civilización, la vuelta a unos orígenes remotos, una ancestral Arcadia liberada del sistema financiero y del materialismo a ultranza. Los tintes apocalípticos de El club de la lucha parecen salidos en todo momento de la obra de J.G. Ballard, tanto por su fuerza visual como por su capacidad de sugerencia, por su incesante bombardeo de sensaciones a los más recónditos rincones de nuestro cerebro. La referencia a una posible influencia de Ballard en El club de la lucha puede ser un buen final para este artículo, por cuanto que sugiere aquello que no llegamos a ver en la película: la sociedad surgida del Proyecto Mayhem.

Aunque también el retrato de la sociedad en los momentos previos a la catástrofe posee resonancias puramente ballardianas. Las incendiarias proclamas del autor británico en el prólogo de Crash son perfectamente aplicables al universo e idiosincrasia de El club de la lucha. El tratamiento del automóvil como “una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea”[17] se ve plasmado en el trabajo de Narrador. El peritaje de automóviles siniestrados, con explicitación de detalles luctuosos, bien podría ser el sobresueldo de un Vaughan que hubiese mudado su sempiterna cámara fotográfica por la calculadora, para servir mejor a su causa: la de testigo imparcial de la momentánea derrota del hombre (el individuo) frente a la tecnología (el consumo). Narrador malvive en este papel, hasta que Tyler viene a redimirle a través del club de la lucha. De testigo imparcial y distanciado de la catástrofe (el accidente automovilístico) pasa a ser un potencial sujeto, activo y pasivo, de ella. En el definitivo germen del enfrentamiento con Tyler, momento previo a su desaparición y posterior toma de conciencia de la realidad por parte de Narrador, es un accidente de tráfico el detonante. Tyler y Narrador discuten en un coche, en un diálogo que muy bien podría ser el de Vaughan y Ballard en cualquier momento. Narrador abre definitivamente los ojos a través del accidente, perfecto matrimonio entre tecnología e individuo. “Olvídate de lo que crees saber de la vida, de la amistad y especialmente de nosotros”. En apenas dos minutos, Narrador cambia su esquema mental y descubre la verdadera esencia del Proyecto Mayhem: “Mírate, eres patético. ¿Por qué crees que hice volar tu apartamento? Toca fondo... Suéltate”. Impacto. Colisión.

Pero no es ésta la única imagen ballardiana de El club de la lucha. En su momento de mayor delirio, Tyler describe cómo será el mundo tras la catástrofe. Un mundo extraño, involucionado hasta los estadios más primitivos del desarrollo humano y tecnológico, una comunidad igualitaria cuyo hábitat serían las selvas primordiales, nuestro cerebro reptil. El atávico instinto de conservación (o de violencia). El regreso a la tribu. Marla y Narrador se dan la mano mientras observan el amanecer de una nueva era sin tarjetas de crédito ni aviones[18], de una nueva era en la especie humana, libre al fin de las ataduras materiales, pueda dar rienda suelta a sus verdaderos deseos, restablecido al fin el equilibrio económico.

En el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Rockefeller Center. Se llevarán ropas de cuero que durarán toda la vida. Se trepará por cepas gruesas como mi muñeca que envolverán el edificio Sears. Y cuando se mire abajo, se verán figuras machacando maiz y colocando tiras de venado en el arcén de alguna autopista abandonada[19].

Como conclusión de este artículo, el plan de Narrador/Tyler es sentar las bases de una nueva humanidad, que “se refugiará en los zoos vacíos y se encerrará en las jaulas para protegerse de los osos, pumas y lobos que se pasean de noche mientras les vigilan entre los barrotes”[20]. Un mundo sin civilización. Un mundo sin maldad ni caos ni jabón. Ni muebles de Ikea.

Quisiera agradecer el inestimable apoyo recibido durante la elaboración de este artículo por parte de todos los colisteros de tylerdurden@egroups.com (Ekaitz Ortega, Rafael Martínez-Vilanova, Gema Román), artifex2@egroups.com (Álex Vidal, Sergio Azlor) y, cómo no, del moderador de ambas listas, ese gran proselitista de El club de la lucha que es Luis G. Prado.

BIBLIOGRAFÍA

-Chuck PALAHNIUK, El club de lucha. Muchnik, Barcelona, 1999

-Entrevista a Edward Norton. El País de las Tentaciones, 22 de septiembre de 2000-10-12

PÁGINAS WEB

http://www.fightclub.co.uk

http://www.geocities.com/arthurdurden

LISTAS DE CORREO EN INTERNET

tylerdurden@egroups.com


[1] Chuck Pahlaniuk, El club de lucha, p. 123.

[2] Lo cual sirve de excusa a David Fincher para ofrecernos uno de los mejores y más divertidos momentos de la cinta: Edward Norton contándole a la cámara las peculiaridades de la actividad laboral de Tyler Durden.

[3] Al respecto, conviene aclarar que las fórmulas utilizadas en la película para la fabricación de nitroglicerina, dinamita y napalm están alteradas en al menos uno de sus componentes, de modo que resultan ineficaces. Por si alguien pensaba hacer la prueba en casa, lo digo. Stalker, como integrante del emporio Gigamesh, está consagrada al vicio y la subcultura, pero no hasta esos extremos.

[4] Cuatro son las apariciones subliminales de Tyler a lo largo del primer cuarto de hora de película. La primera, ante la fotocopiadora del trabajo de Narrador, con la siguiente frase como telón de fondo: “La copia de una copia de una copia”. La segunda, detrás del médico que recomienda a Narrador “Visite a los chicos con cáncer de testículos. Eso sí es sufrir”. La tercera, en dicho grupo, cuando su director insta a los enfermos: “Abramos nuestro corazón sin ningún complejo. Ahora buscad a vuestras parejas”. La cuarta, con la imagen de Marla alejándose, mientras Narrador se lamenta: “No podía llorar. Así que de nuevo ya no conseguía dormir”. Aún cabría hablar de una quinta aparición subliminar, justo al final del metraje, pero no disponemos de suficientes elementos anatómicos de juicio como para afirmar tajantemente y sin temor a equivocarnos que, efectivamente, se trata de Tyler.

[5] ¿Cuál es el objeto vibrador que Narrador guarda en su maleta?

[6] En una escena infográfica, por cierto, realmente admirable. Las imágenes generadas por ordenador tienen un nivel espectacular, desde la simple papelera del lugar de trabajo de Narrador hasta la citada escena, pasando por la recreación de los cables del explosivo de la furgoneta y, cómo no, el hermoso final apocalíptico.

[7] El club de lucha, p. 58.

[8] En la novela (p.57) se expresa de una manera no tan contundente, pero no por ello menos clara: “Tal vez la autosuperación no sea la respuesta (...). Tal vez la autodestrucción sea la respuesta”.

[9] “Bueno, el club de la lucha es sólo el primer paso de la revolución... y el último de la cadena de adicciones a grupos de terapia que experimenta el Narrador. Es el grupo de terapia definitivo”. (Mensaje Re: Mejor en compañía, de Luis G. Prado, 10:52 de 28 de agosto de 2000 en la lista tylerdurden@egroups.com.)

[10] Y por favor, por favor, absténgase el lector de exteriorizar el juego de palabras que le ronda por la cabeza al asociar los conceptos “comunión” y “lucha”. Si este articulista ha conseguido contenerse, ¿cómo no va a ser menos el lector?

[11] El club de lucha, p.228.

[12] Llegados a este punto, se hace necesario referirse a la innegable carga misógina de la película, que sin embargo no puede encubrir un hecho: los adeptos del club de la lucha (con Tyler y Narrador en cabeza) son niños criados por sus madres, abandonados por sus padres, castrados tanto en el sentido figurado (no saben si lo que buscan es una mujer) como en el literal (el cáncer testicular de Bob). Y, sin embargo, uno no deja de tener la impresión de que están rebelándose contra la sociedad occidental, patriarcal, y pretenden restablecer una suerte de matriarcado primitivista.

[13] Resulta irónico comprobar cómo una banda integrada por enfermos de cáncer testicular y gente con un comportamiento asexual adopta como suprema técnica disuasoria y de tortura la castración cronometrada.

[14] Y aquí nos podríamos en disquisiciones acerca de su componente ideológico. ¿Antiglobalización apolítica? ¿Socialismo utópico? ¿Antiestatalismo ácrata? ¿Ultraliberalismo a ultranza? ¿Fascismo? ¿Nada de eso?

[15] En El País de las Tentaciones, 22 de septiembre de 2000.

[16] “He comentado la película con mucha gente, y he descubierto que a los ¿cómo decirlo?, gente de clase alta, no le ha gustado, les ha parecido una mierda, pero a los de clase media-baja, se han sentido (algunos, no todos) identificados con la película, o sea, que les ha gustado, menos a los que se esperaban una JeanClaudeVandammenada”. (Mensaje Re: V.O. vs. Doblaje, de Ekaitz Ortega, 23:.29 de 29 de agosto de 2000, en la lista tylerdurden@egroups.com.)

[17] J.G.Ballard, Crash. Minotauro, Barcelona, 1978, p. 14.

[18] A fin de cuentas, las fantasías de Narrador con los accidentes aéreos tampoco dejan de ser una imagen típicamente ballardiana.

[19] Después de formular tan profética visión, extraída casi textualmente de El mundo sumergido, La isla de cemento o La sequía, Tyler desaparece: ha dejado de ser necesario.

[20] El club de lucha, p.143.

12 Comments:

Blogger Raven said...

Estupendo artículo, señor Santiago. Como mucho podría ponerle como pega que no se extendiera un poquito más en el aspecto ballardiano de "El Club de la Lucha" (siempre he mantenido que Pallahniuk es el hijo no reconocido de Jimbo), que daba para extender algo más el artículo, pero no por ello deja de ser un artículo estupendo.

13 de marzo de 2007, 0:45  
Blogger Juanma said...

Muchas gracias. :-)

Evidentemente, si lo reescribiera ahora me extendería más en las referencias literarias. Ballard, por supuesto; y el Philip K. Dick de Valis, que ni menciono en el ensayo.

Me alegra que te haya gustado. :-)

Abrazotes.

13 de marzo de 2007, 9:42  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

No he visto la peli, pero la novela me parece recomendable.

13 de marzo de 2007, 14:13  
Blogger Juanma said...

La novela está muy bien, aunque tiene bastantes defectos de principiante que se pulen y mejoran en la peli. Después, Palahniuk mejoró, sobre todo en Asfixia, que es un descojono de principio a fin y presenta gente y situaciones más extremas aún que las de El club de lucha.

Ya tardas en ver la peli. :-)

13 de marzo de 2007, 16:38  
Blogger Juan Antonio Fdez Madrigal said...

Yo sí vi la peli y me gustó mucho. Me apunto el libro :-)

Por cierto, ¿has mirado tu correo de gmail últimamente? Si es que no, ya sabes por qué te lo pregunto ;-P

14 de marzo de 2007, 10:53  
Blogger Juanma said...

Interesante: gente que ha leído el libro pero no ha visto la película, y viceversa. :-) Mola. :-)

Espero que no os suceda lo mismo cuando estrenen la versión cinematográfica de Asfixia. Como digo, me parece la mejor novela de Palahniuk.

Ya te he respondido en privado.

14 de marzo de 2007, 17:50  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Señor mío: ruégole encarecidamente tenga la bondad de incluir en su interesante bitácora una versión imprimible cuando incluya textos extensos (sin fotos, claro está).

Suyo, le saludo cordialmente.

P.D.: Joé con el gachó. Menuda primera novela. Eso me recuerda aquello que comentabas sobre haber vivido para escribir sobre ciertos temas y experiencias vitales.

14 de marzo de 2007, 20:34  
Blogger El Mono said...

Hombre, es su primera novela publicada, pero la segunda que escribió.

Primero escribió "Monstruos invisibles" que fue rechazada por todas las editoriales. Enfadado con el mundo hizo "El club de la lucha" y cuando ésta tuvo éxito pudo publicar la de monstruos invisibles (que es francamente mala).

De todas formas, la mejor es "Asfixia", sin ninguna duda.

14 de marzo de 2007, 23:47  
Blogger Juanma said...

Manu: Vaaale, miraré de empezar a jugar con el Acrobat e incluir versiones en PDF. :-)

15 de marzo de 2007, 10:02  
Blogger Juanma said...

Mono: Cierto, no recordaba que Monstruos invisibles está escrita antes que El club de la lucha...

De todos modos, estamos de acuerdo: como Asfixia, ninguna. :-)

15 de marzo de 2007, 10:03  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

miraré de empezar a jugar con el Acrobat e incluir versiones en PDF

Fantastich. Puedes usar el PDF Creator.

15 de marzo de 2007, 13:59  
Blogger Raven said...

Pues no he leído Asfixia, pero de lo que llevo ahora la que más me gusta es la última que me he leído: Nana. Es grande. Y Superviviente también está bien, con esos detalles tan a mala leche (que no mencionaré por si alguienno se la ha leído).

16 de marzo de 2007, 10:47  

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