viernes, 23 de febrero de 2007

El nacimiento de Venus

Siempre le he tenido mucho cariño al cuento que vais a leer a continuación y, sin embargo, fui injusto con él. Lo maltraté, mutilé y travestí por culpa de mis inseguridades.
Me explico.
Una vez, hace muchos años, empecé a escribir una novela. La tenía perfectamente estructurada en la cabeza; incluso llegué a terminarla, en una primera versión. No recuerdo cuál era su extensión definitiva, pero a mí me pareció un novelón, de lo más largo que había escrito hasta entonces. Supongo que unas veintipico o treinta mil palabras. Tenía dieciseis o diecisiete años.
Era espantosa, porque hablaba de cosas acerca de las que yo no sabía nada y, por tanto, no podía ser veraz ni creíble.
Pero la trama, convenientemente tratada, era prometedora.
Era la historia de López (a secas, sin nombre de pila: era el nombre recurrente de los protagonistas de mis escritos de aquella época), un recién licenciado en Periodismo que se instala en Madrid durante los años de la Movida. Allí entra en contacto con unos cuantos jóvenes artistas y escritores, con los que monta una revista cultural, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Pero también conoce a su némesis, Marta, con la que tiene una historia fallida, de sexo más que de amor. Ocurre algo, nunca del todo explicado en la novela, que conduce a la ruina moral de López, quien va a dar con sus huesos a la cárcel.
Años después, López recupera la libertad muy cambiado, más huraño y resentido, y se deja caer por algunas de las tertulias de ciencia ficción y literatura fantástica de finales de los ochenta. Ni siquiera estoy hablando de las TerMas, que todavía se celebran, sino de las reuniones de la Asociación Cultural Antares, aquellas charlas de viernes por la tarde en torno a las croquetas crudas que nos servían en la Cafetería Punto y Coma, o aquellas discusiones acerca de la verdadera ciencia ficción entre Carlos Saiz Cidoncha y
Frank G. Rubio en la Cervecería Alemana. Aprovecho para introducirme como personaje, en primera persona, y contar un poco del ambiente de aquellas tertulias.
Esta segunda parte no es más que un inciso para introducir el testimonio de López, que nos cuenta durante una tertulia lo que sucedió entre Marta y él, y cómo ha regresado de su vida anterior (no, no es un fantasma, aunque ahora que lo leo...) y está dispuesto a ajustar cuentas con ella.
La cuarta y última parte transcurre durante un verano cualquiera de finales de los ochenta. Marta ya ha sentado cabeza, relativamente, pero se encuentra con López en una playa del Mediterráneo; probablemente, Segur de Calafell, o cualquier otra de la Costa Daurada. Reanudan la relación, poco a poco y de una manera más sincera, tranquila y madura. No obstante, todo es una estratagema de López para vengarse de ella.
Tal como lo cuento, parece una idea razonablemente buena; pero estaba muy mal escrita y creo que la tiré; por lo menos, no la encuentro entre los papeles que conservo de aquella época, mis borradores de proyectos, cuentos primerizos e ideas para novelas.
La novela no podía estar bien escrita, por lo que comento más arriba: carecía de todas las experiencias que cuento en la novela.
No viví la Movida de primera mano. No leí ningún ejemplar de La Luna de Madrid hasta algunos años después de que cerrara, ni participé del ambiente de la época hasta que empecé a salir, cuando ya sólo quedaban los últimos coletazos del movimiento, el rock malasañero y la institucionalización de aquellos jóvenes valores. Yo era del Agapo, el Revólver y el Malandro, pero no del Penta, ni del Rockola, ni del Rock Club. (Bueno, una cosa sí compartíamos: uno de mis garitos preferidos era La Vía Láctea.) Aquello me llegaba de segunda mano, por lo que mis hermanos llevaban a casa, o alguna noche en que los acompañaba furtivamente a la terraza a poner la radio a medianoche y podía escuchar primicias como el primer single de Alaska y Pegamoides. "Horror en el hipermercado" y "El hospital", esta última cantada por Carlos Berlanga. Tengo aquel momento grabado a fuego en mi memoria, pero me faltaba algo: no era consciente de estar viviendo algo histórico, tan sólo eran dos canciones que me engancharon desde la primera escucha.
También reconstruí la época por lo que me contaban amigos mayores que yo que sí habían vivido todo aquello, y podía ver ejemplares antiguos de 96 Lágrimas, uno de los fanzines musicales de la época, con las críticas del Sardi, o singles hoy olvidados como los de Los Zo
quillos o Las Chinas, o libros como Patty Diphusa, de Pedro Almodóvar. Descubría a Ceesepé, Alberto García Álix y Ouka Lele por las portadas de aquellos discos o aquellas revistas, y tal vez, forzando la memoria, los podía asociar a algún reportaje que había leído en El País Semanal, o alguna exposición que había visto anunciada. Las Costus llegaron a mi vida más tarde, primero por comentarios casuales y luego por la lectura de "La piel que te hice en el aire", uno de los top 5 incontestables de Rafael Marín; una lectura que me hizo ponerme un poco a la defensiva cuando, años después, vi La mala educación, de Almodóvar: a ratos parecía que el director manchego se había inspirado en la novelette de Rafa, más que en La ley del deseo.
Iba a la Filmoteca Nacional, o a los cinestudios Fantasio, Griffith o Dúplex, y descubría Arrebato, de Iván Zulueta, Tigres de papel, de Fernando Colomo, u Ópera prima, de Fernando Trueba, y me invadía una nostalgia por una época que no había vivido porque estaba encerrado en mi casa, jugando con mis atlas, pergeñando mis propios mundos, escribiendo sobre idealizaciones de lo que había allí afuera, y que no podía vivir allá afuera porque estaba en mi mundo interior, escribiendo sobre aquello.
Aunque yo estaba vivo y en Madrid durante aquellos años, descubrí que se me habían escapado, y sólo me llegaban oleadas, ráfagas aisladas: los bandos de Tierno Galván colgados en el metro, algún concierto de Gabinete Caligari (mi hermano Pablo era muy amigo de la hermana de Ferni Presas, el bajista de Gabinete), el ritual de descubrir los discos de Los Enemigos a medida que mi tía o Josele en persona se acercaban a casa a llevarnos sus vinilos antes de que se pusiesen a la venta, mi hermano Enrique corriendo emocionado al tocadiscos para poner, cuando llegaba a casa a mediodía, sus últimas adquisiciones (Mujer y sentimiento, de Los Coyotes, o La ley del desierto / La ley del mar, de Radio Futura). Y, por supuesto, La bola de cristal. Y los programas de Carlos Tena. Paloma Chamorro, poco, aunque recuerdo haber visto alguna emisión de La edad de oro y La estación de Perpiñán.
Para mí, la Movida era algo de lo que se hablaba y hablaba pero que, cuando tuve edad y predisposición para salir de juerga por mi cuenta, ya no estaba. Y sólo me quedaba la actitud del historiador para abordarla, pues para eso terminaría estudiando Historia.
¿Hacer historia sobre algo que aún no estaba del todo muerto, y que no has vivido porque no te ha dado la gana? ¿Sublimar el “Yo NO estuve allí” (o, peor aún: "Yo estuve allí, pero, para variar, ni me enteré") como valor añadido para escribir sobre ello?
Luego había otro factor limitativo: no sabía nada de mujeres, ni de sexo. No me eché novia hasta los veintidós años, y por aquella época yo era un pipiolín de COU que lo más carnal que había visto eran chicas en bañador (el top-less aún no se estilaba), el escote de alguna compañera de instituto y alguna peli de Cine de medianoche cuando mi madre no estaba por casa. (Interior de un convento y cosas de esas.) Todo lo que describía en la novela eran quimeras, fantasías elaboradas a partir de testimonios de otros, suposiciones mal encaminadas y calentones que me obligaban a alterar la velocidad de escritura, la legibilidad de lo escrito y, por último, me hacían abandonar la novela durante los minutos que se tarda en ir al lavabo a terminar lo empezado, limpiarse, lavarse las manos, aclarar los pensamientos y debatirse entre dejar la novela para salir a dar una vuelta o continuar con la paja (no sólo) mental. Hablaba de un mundo irreal, en el que nadie ligaba como se liga en el mundo real, ni hablaba como se habla en el mundo real, ni, por descontado, follaba como se folla en el mundo real.
Y, para rematarlo, ocurrió una catástrofe de dimensiones incalculables, que terminó de rematarme: leí Valis, de Philip K. Dick, que entonces se editaba en castellano como Sivainvi (en la edición de Ultramar), y descubrí mi baza definitiva para redimir la novela del oscuro pozo de las pajas mentales postadolescentes, el truquito de hacerse aparecer como personaje en una novela una vez alcanzado el ecuador de la misma para dejar claro que en realidad estaba hablando acerca de mí mismo, ni siquiera era original, que ya la habían inventado otros, y que lo hacían de puta madre.
Puestas así las cosas, la conclusión era inevitable: se trataba de una novela fallida, y no se me ocurrían muchas maneras de enmendarla, excepto con una reescritura concienzuda y un replanteamiento general. Podría dejarla madurar unos años, hasta que me hubieran ocurrido algunas de las cosas acerca de las que escribía.
Y, en cierto modo, fue lo que hice.
Ya en cuarto de carrera (la rúbrica hace constar enero del 92), empecé a reescribirla. Los personajes empezaron a adquirir cierta consistencia. Algunos diálogos parecían razonablemente veraces. Marta no era sólo un recorte de revista porno. El estilo, deliberadamente barroco, me gustaba, y había capítulos a los que resultaba difícil poner alguna pega. Ya tenía decidido que López terminaría apareciendo en la TerMa, no en las tertulias de Antares, y que la época en que se desarrollarían las últimas partes serían los años noventa, no los ochenta; de este modo, el contraste entre el López veinteañero y el López treintañero sería más acusado y, por tanto, creíble. Por otro lado, el mundillo cienciaficionero se estaba moviendo mucho por aquel entonces (hablo del boom del año 91), y no estaría del todo mal que le dedicase bastantes capítulos al estado de la cuestión y, por tanto, potenciase mi papel en la novela. Yo no sería una invención de López, ni a la inversa, pero en cierto modo López vería en mí una especie de versión joven de sí mismo que amenazaba con repetir sus errores, y eso me daría ocasión para presentar una historia de aprendizaje y formación.
No llegué muy lejos en esta segunda reescritura, y ni que decir tiene que no terminé la novela. Sin embargo, concluí unos cuatro o cinco capítulos, que me dejaron bastante satisfecho. En un momento dado, decidí refundir los mejores momentos de cada capítulo en un relato independiente, “El nacimiento de Venus”, y me lancé a moverlo por concursos literarios, porque aquello era de lo mejor que había escrito hasta entonces.
Para mi sorpresa, no me comí un rosco. A lo mejor los otros cuentos eran demasiado buenos, o aquellas historias se la traían floja a los miembros del jurado.
Pese a ello, me seguía pareciendo uno de mis mejores cuentos, bastante cerca de "Protégete de la onda expansiva de mi cerebro", que había sido finalista del Aznar (hoy Pablo Rido).
Y me apetecía publicarlo.
Entonces leí un noticia en BEM: el gijonés José Luis Rendueles había lanzado un fanzine, Parsifal, y quería colaboraciones.
Le escribí.
De manera más o menos simultánea, recibí una carta suya.
Nos habíamos escrito a la vez.
Nos pusimos de acuerdo en que le enviaría “El nacimiento de Venus”. Le gustó y lo aceptó para el fanzine.
Pero entonces puse una condición: como Parsifal era un fanzine de literatura fantástica, quise retocarlo para que fuera un cuento de ciencia ficción. Convertí la Nueva Ola en la Última Ola, el ochenta y dos en el dos mil dos, y los Rolling Stones en un grupo virtual. No digo que me cargara el cuento, pero sí lo pervertí. Lo travestí.
Rendueles siempre me ha dicho que no hacía falta cambiar nada, que me lo hubiera publicado tal como se lo había enviado.
Así pues, el cuento apareció en el número 4 de Parsifal, y fue el segundo contenido mejor valorado de aquel número, detrás de un cómic divertidísimo, “Joe Yes contra todo”.
Parsifal me encantaba y, pese a que la ilustración de Sonia Carreras no respetaba del todo el espíritu del cuento, estaba bastante maja y, en general, me encantó publicar allí. No fue el único contenido mío que apareció en el fanzine de Rendueles, pero sí el más satisfactorio.
La idea de retomar la novela me asaltó alguna que otra vez, pero nunca me vi con la predisposición necesaria. Estaba muy distanciado de la manera de narrarla, anque fuera lo mejor que podía hacer cuando la escribí. La novela requería un conocimiento mayor de la época en que estaba ambientada y, por supuesto, unos personajes mejor elaborados. Quería hacerla perfecta y, por tanto, no la hice. La historia de mi vida, en definitiva.
Lo más que llegué a hacer fue pulir algunos defectos algunos años después y retomar algunas de las tramas de la parte “noventera” de la novela y reutilizarlas en una actualización de Biliópolis, la contrapartida de Bibliópolis que aparecía el Día de los Inocentes. Me reí mucho escribiendo aquel desfase, pero no era una reescritura de la novela... aunque era un puente tendido hacia la reescritura, si bien con un concepto diferente: una novela sobre el fandom, la misma que
Luis G. Prado me dijo durante la Semana Negra del 2006 que debería ponerme a escribir, y que tal vez acabe escribiendo, cuando esté lo suficientemente distanciado.
No sé si llegaré a retomar aquella novela, o si escribiré la novela sobre el fandom que Luis y algunos más llevan tiempo pidiéndome que escriba (o dando por supuesto que terminaré escribiendo). El caso es que aquí está la versión sin censurar (por el propio autor, que ya tiene delito) de sus primeros capítulos, y de este modo intento hacerle justicia y reparar el error de haberla convertido en lo que no era.
No he tocado prácticamente nada. Sólo he cambiado las fechas y referencias “cienciaficcioneras”, para que toda la acción transcurra durante el ochenta y dos. También he mantenido los leísmos: la RAE los admite y, además, los personajes son madrileños. Y punto pelota.
Y no me enrollo más, que la introducción me ha salido más larga que el cuento, y tampoco es eso. Que os guste.

EL NACIMIENTO DE VENUS

Acaso no fuera la primera vez que la veía; o tal vez sí, lo cual no dejaría de ser extraño, dada la asiduidad con que ambos frecuentaban el antro escenario de batallas campales tan edificantes para aquellos mocosos que se autoproclamaban esencia de la Nueva Ola, o comoquiera que se llamase el engendro perpetrado por la arrogancia de algunos jóvenes literatos, músicos, modistos, artistas y demás fauna urbana. Sea como fuere, aquella noche López tomó conciencia de la existencia de Marta o, para ser más exactos -pues aún ignoraba su nombre-, de aquella muchacha de rojizos cabellos agresivos, labios sedientos de negativas a insignificantes pretendientes y estrambótico vestuario plagado de hipócritas insinuaciones inalcanzables para el común de los mortales atrapados en la telaraña de su vanidoso caminar y de sus pechos altivos y gestos medidos hasta el menor detalle de la espontaneidad; contradicciones inexplicables para los desafortunados machos incapaces de descifrar un misterio al que tan sólo algunos -un selecto puñado-, quién sabía cómo, habían accedido, y con ello a la categoría de mitos modernos y obradores del milagro más preciado de la noche madrileña: ser tratados de tú a tú por la gorgona de crespa cresta.


Carlos atendía los ruegos de una ajada parroquiana con aires de modelo, bien de algún miope escultor no figurativo, o acaso de una revista pornográfica para niños biafreños. La media Venus masticaba un cigarrillo rubio que, en su escuálida boca, semejaba tronco de alisado árbol que la apuntalara en previsión de un posible golpe de viento.
-¿Me das fuego? -inquirió el meñique con piernas, afectando ansiedad.
-Sí, cómo no -respondió Carlos, mechero en mano, con la pasmosa celeridad del donjuán que no soporta más de cuatro noches seguidas sin compañía femenina en el catre.
Tras la habitual sonrisa de gratitud y una descarga de humo que envolvió a la modelo en un misterioso halo de irrealidad, la inevitable pregunta, indicio inequívoco de la proximidad de fiesta:
-¿Quieres uno?
Y la inevitable respuesta de Carlos, ante la mal disimulada algazara de sus compañeros, López el primero:
-No, gracias; no fumo.
Cejas arqueadas hasta la cima de las sienes. Comprensión. Sonrisa a medias. Desdén. Indiferencia. Desprecio. Otro ligón con el mismo viejo truco gastado de siempre. Una tonta anécdota para comentar a sus amigos si alguna vez viniera al caso, pero nada más; lo cual ya es algo, pensó Carlos. O, tal vez, aquella misma noche, después del segundo o el tercero, durante el ritual de encender el cigarrillo, en los aposentos del músico de primera fila a quien la fémina de tan enigmática como lineal belleza comenzaba ya a cortejar. Sí, sin duda: la mano del pianista afinaba con envidiable destreza las teclas de la mujer, en una demostración de su magistral virtuosismo.
-A Carlos ya no le funcionan sus artimañas. Está perdiendo facultades -le reprochaban sus colegas-. ¿O acaso era demasiado para tí, tan delgadita ella? Mírala, mira cómo se lo monta sin tí. Buscaba plan, y lo ha encontrado; y, mientras, tú aquí, perdiendo el tiempo.
Carlos asimiló mal las críticas vertidas por Pepe.
-Sois crueles conmigo -meditó, jugueteando con el mechero de lisa y fría piel metálica-. Hazlo tú mejor, si puedes.
-Por lo menos, yo fumo -fue su escueto comentario. Para corroborar lo dicho, encendió un cigarrillo con su feo Zippo de apestoso olor a gasolina.
La camarilla cerró filas en torno a Carlos.
-Déjale en paz, Pepe -intervino López-. Hoy tampoco es tu mejor día, me parece.
-Mejor que el tuyo, seguro -cortó Pepe, tajante: aún no había conseguido que López catara hembra desde que vivía en Madrid, y eso le resultaba inadmisible, una espina clavada en lo más profundo de sus entrañas. Un fracaso personal.
Nadie quiso contrariar a Pepe, el cual sugirió:
-Deberíamos irnos. Aquí no hay nada que hacer. Creo.
Carlos clavó la mirada en la multitud que abarrotaba el templo de lo moderno.
-¿Algo bueno? -preguntó Pepe, con estulta ironía.
Como única respuesta, Carlos mantuvo la mirada fija en algún lugar. Pepe dirigió la suya en la misma dirección.
-Déjalo, Carlos, es imposible. Con ella, no.
López no quiso perdérselo, curioso como la mujer de Lot, y, cuando la vio aparecer entre el maremágnum de manos de niños “bien” pegados a copas de alcohol, no pudo evitar un estremecimiento. Frente a él, Venus surgida de las aguas mefíticas, contempló el más extraordinario capricho de la Naturaleza, una visión apocalíptica cuya aura borró en López la percepción de la realidad tal como él la conocía. Ésta, como por intervención divina, se reconcentró en la figura de una walkiria de medidas y rostro perfectos.
Quisiera morir en combate, como un berserkr, para que salieras a recibirme a las puertas del Walhalla y me sirvieses de la cerveza con que se agasaja a los soldados valerosos.
Cegado por la visión, López apartó la mirada, en espera de un justo castigo a su osadía. Como no cayese fulminado por la ira divina, ni convertido en estatua de sal, todo el efecto que aquella mujer causara en él se difuminó, y la realidad intersubjetiva regresó a su mente. Cuando quiso reaccionar, ya nadie había.
López no sabía a ciencia cierta qué había ocurrido, y no quiso preguntar a sus camaradas, por temor a una burla más que probable, o a una fundada acusación de embriaguez. Decidió guardar silencio.
Y, como es habitual en estos casos, López fue incapaz de olvidar aquella visión, si visión era. Su recuerdo le acosaba noche y día, y en cada una de sus salidas López anhelaba repetir aquel instante y verla de nuevo. Tan sólo eso: verla. Después, el mundo podía dejar de existir para él; pero no antes. Tenía que verla una vez más...
...Y la vio, más de lo que hubiera imaginado en la más calenturienta de sus fantasías. ¡Vaya si la vio!


Una vez repuesto de la impresión, advirtió la casi constante presencia de Marta. Frecuentaban los mismos tugurios, las mismas fiestas, el mismo ambiente. Él, por descontado, no se atrevía a dirigirle la palabra, guardaba las distancias. Y ella no habría reparado jamás en su existencia. Para López, aquello equivalía a no existir; y tal vez estuviese en lo cierto.
La Venus de cuero y fuego -aún ignoraba su nombre- mostraba paulatinamente más defectos en rostro y cuerpo. A los ojos de López, era cada vez más humana. Por esta razón, le gustaba más, y concebía toda clase de ilusiones. (Todas, excepto la que finalmente le deparó el destino.)
La primera oportunidad se le presentó en el transcurso de una fiesta en un local de buena nota. El grueso de la revista -a saber: Pepe, López, Paco, Chus e Iñaki-, más algunos amigos que acabarían incorporándose a ella -Edu, Carlos, Ana y Alicia-, irrumpió en la juerga con el firme propósito de pasar a la posteridad. Los preclaros intelectuales, firmes y tenaces al principio, desistieron al comprobar que la posteridad no contaba con ellos, al menos por el momento, y que debían postergar el instante de escribir la tan anhelada página gloriosa en los anales de la Nueva Ola. Pasaban desapercibidos. ¡La gente se divertía sin ellos!
Pepe mostraba -sin demasiado orgullo, la verdad sea dicha- su nueva sonrisa, obtenida, según las malas lenguas, unos días atrás, en el concierto de su grupo musical favorito, los Rolling Stones. Según fuentes contrastadas, le acompañaba Alicia, a quien Pepe, no se sabía muy bien por qué, acosaba sin el menor disimulo. El verano del ochenta y dos era excepcionalmente caluroso, y ni siquiera el tremendo chaparrón que sacudió a los cincuenta mil asistentes presenciales pudo aminorar el efecto de la calima. Una de las consecuencias inmediatas de aquel bochorno (aparte de ablandarle los sesos a Pepe hasta el punto de encapricharse de una nulidad como Alicia) fue un destape masivo, indecoroso pero edificante, de juventud de ambos sexos. Si a ello se le añade el nerviosismo de Pepe, sus ganas de ver en directo al grupo de sus sueños y el ambiente festivo, no es difícil suponer lo que pudo haber ocurrido. Por un momento, miles de espectadores creyeron oir a Mick Jagger cantando una octava por encima de lo habitual; horas después, alguien del servicio de limpieza halló, abandonados entre colillas, canutos a medio fumar, botellas, sujetadores, bragas, gorritas de visera, preservativos usados, navajas, dinero, pastillitas de colores, abanicos, banderas, pancartas, cintas grabadoras, cintas para el pelo, pendientes, pulseras, relojes, bocadillos a medio deglutir o asquerosamente regurgitados, vómitos, orines y demás fluidos corporales, halló, repito, un pañuelo blanco con una "A" bordada (es de suponer que a mano y con todo el cariño del mundo), empapado en sangre y con algunos objetos sólidos en su interior que, una vez desenrollado, resultaron ser dos dientes, amarillos por el tabaco y parcialmente cariados. De resultas del incidente -sobre el que ni los más bienintencionados podían dejar de pesar malintencionadamente-, la sonrisa de Pepe fue muy peculiar aquel verano, y se sonrojaba cuando alguien le inquiría por el paradero de sus dos dientes.
“A la vejez, viruelas”, pensaba Pepe. Alicia, ni le dirigía la palabra. Los demás se abstenían de opinar.
Sobre el improvisado escenario se desenvolvían tres músicos: un guitarrista desaliñado y podrido como la música que interpretaba, un bajista empeñado en cercenar las cuerdas del instrumento y un batería que tocaba con más que aceptable mediocridad. El público abroncaba con entusiasmo, deseoso de una válvula de escape, un entretenimiento que añadir al de la fiesta. Les divertía ser provocados por tres analfabetos musicales, que en aquel momento cantaban a coro:

Estoy desnudo
[Acotaciones:
chirrido]
¡Cuánto sudo!
Mi cosa se mueve
¡Igual se me muere!

Miro a lo lejos
[golpe de pedal]

¡No hay más que viejos!
[distorsión]

Ni una mujer
[abucheos]

¡No hay con quién joder!
[gritos en el público:
"¡Fuera, fuera!"]

Se van los turistas
[acople monstruoso]

¡Pero no los exhibicionistas!
[pronunciación entrecortada]

Y mi cosa crece y crece
¡Con ésta son ya trece!
[el respetable corea: "¡Capullos, capullos! "]

Y es que soy - un onanista
[pausa, tras un
riff obsesivo]
en una - playa nudista
Y es que soy - un onanista
[¡Sorpresa! ¡El público
corea el estribillo!]
en una - playa nudista

(Etcétera, etcétera.)

Pepe, tan serio en el trabajo como alocado en sus momentos de ocio, decidió sumarse al regocijo. De un salto, se mezcló con el grupo que abucheaba a los infames apologetas del onanismo, y empezó a moverse y contonearse con desesperante fruición. Los otros le imitaron, salvo López y las chicas, y contribuyeron a que el concierto degenerase en un desconcierto de golpes y bailes demenciales. En pocos segundos, toda la pista caía presa de una sana batalla campal. De entre la marabunta surgió Pepe, conminando a López a sumarse al divertimento. Poco acostumbrado a estas contingencias, López hubo de soportar empellón tras empellón, hasta hacerse un sitio en la pista. Gansada a gansada, fue perdiendo el sentido del ridículo. Una vez desinhibido, López siguió por la senda de la barbarie incontrolada. Más que bailar, arremetía contra todo aquello que se moviera, pierna o boca, con los pies por delante, pues en resumidas cuentas de eso se trataba.
López se sentía muy mayor: el público advertía ahora la presencia de sus camaradas, verdaderos protagonistas del evento, desbancando del interés general al pseudogrupo que machacaba tímpanos, nervios e instrumentos sobre y bajo el escenario. El orgullo henchía su pecho y el de todos sus compañeros, sabedores de su hazaña, lograda golpe a golpe, golpe a golpe, golpe a...
¡Dios! ¡Qué golpe!
¿Cómo había caído López al suelo? Una tremenda embestida por un lado, un paso en falso, dos pesados fardos sobre las costillas y la espalda, por fortuna sin mucha violencia. Al levantarse, un tercer cuerpo chocó contra él y cayó con estrépito sobre sus ya castigadas costillas. Una potente voz gutural atronó, asexuada al principio, marcadamente femenina después, y escupió con atropello el repertorio de blasfemias e insultos más completo que López había oído jamás, un rapapolvo que le dolió más que el impacto recibido. La mujer se levantó de un ágil brinco y se alejó sin mediar palabra. Desde el suelo, López distinguió el inconfundible contorno de su ideal de belleza femenino, del canon adiposo en los glúteos pero perfecto en el resto del cuerpo, de su amazona embravecida. López la siguió con la mirada hasta verla desaparecer, y sólo entonces tuvo consciencia del inaudito milagro con que Dios le acababa de obsequiar.
¡Le había hablado! ¡López existía para ella! López estaba en ella, bajo la forma de una persistente molestia ocasionada por la violencia del encontronazo, tal vez un hermoso hematoma.
López se incorporó, animado y feliz, y prosiguió con su salvaje entretenimiento, más fiero que antes, con la esperanza de un nuevo choque fortuito. No cabía en sí de gozo: ¡se había producido el contacto físico!
Pero ella no estaba entre la turba. Pese a tal contrariedad, el desaliento no se apoderó de él, y aguantó hasta el final del concierto de postín sin demasiadas magulladuras. Y ni se inmutó cuando la policía, con una carga antológica y una clausura fulminante del local, puso el broche de oro a la fiesta.

Madrid, enero 1992; enero 1999

2 Comments:

Anonymous manu o.e.g.c. said...

Ahora espacias los escritos, pero cuando te pones... Todavía no me lo he leído entero, se trataba de ser el primero en responder ;-)

Hombre, ya sabes que lo la experiencia previa es importante, pero relativa. Si fuera imprescindible no existiría la CF.

25 de febrero de 2007, 16:59  
Blogger Juanma said...

:-)

26 de febrero de 2007, 15:41  

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