lunes, 5 de marzo de 2007

Hace muchos, muchos vasos de Ikea, en un piso compartido muy lejano...

El lenguaje se adapta a la realidad, o al menos eso creemos, pues nos resistimos a racionalizar la terrible idea de que pueda ser al revés, de que la realidad entera pueda supeditarse a una de las múltiples variables que la contienen; porque eso sería tanto como reconocer que nosotros, como individuos, podemos cambiar la realidad y hacer que se adapte a nosotros. Ello implicaría un egocentrismo irresistible, al mismo tiempo que un solipsismo imperdonable.
Eso es lo que pensaba yo hace unos años. Me habían educado para creer que somos minúsculos granitos de arena en la playa de la existencia, y que siempre hay algo mayor que lo contiene y en lo que te subsumes y pierdes: llámalo “Dios”, “nirvana”, “orgasmo global por la paz”, “bien común”, “seguridad a cambio de libertad”, “lucha de clases” o “big-bang”. No obstante, a medida que adquieres conciencia de ser el último esputo de la creación, algo en ti te advierte de que eres un individuo, y puedes seguir siendo fiel a tus valores comunistas, anarquistas o cristianos ultraortodoxos (según tus preferencias) partiendo de esta premisa: el bien común nace de tu propio bien. El famoso “no le hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, pero aplicado a la teoría darwinista de la evolución de las especies. Aprendes a andar lo desandado (o desandar lo andado): tu infancia consiste en el proceso gradual de tomar en consideración a los demás y quitarte la tonta idea de que no eres el único ser existente (fijaos en los niños que pasan por la calle: no son capaces de apartarse de su camino y chocan contigo, porque tú esperas que se aparten, pero no lo hacen, pues van a su puta bola, ya que son incapaces de percibir nada que no sea ellos mismos), mientras que la madurez consiste en el trayecto inverso: reafirmar tus elementos diferenciales para asentar tu personalidad y, en función de tu nivel de compromiso con la comunidad, utilizar esa personalidad para separarte del resto de la humanidad, para perderte en ella o para ser un tú-mismo-pero-parte-de-los-demás.
Expresado de otra manera, para los lectores secuenciales que se pierden en este barullo: la ética siempre sale más a cuenta que la moral, pues la primera parte de uno mismo y tiene como objetivo la mejora de la especie, mientras que la segunda es una obligación que te impone la comunidad para que te adaptes a sus normas.
No se me ocurren muchos actos de altruismo más conmovedores que ceder voluntariamente (que no renunciar a) parte de tu libertad y de tu espacio vital para asegurarte una parte de los de toda la comunidad, pues sólo así podrás ser libre.
Por supuesto, sólo te puedes permitir estas maneras de filosofar mientras estás en casa de tus padres, con el sustento asegurado y sin que los demás te anden puteando todo el día. Cuando te vas del hogar familiar y te lo montas por tu cuenta, algo cambia, porque tienes estas ideas en la cabeza pero te encuentras con otras realidades, las de una vida en pareja o en piso compartido o solo por elección o más solo que la una por obligación.
Y es entonces cuando puedes negociar, pactar, someterte, innovar o repetir modelos de convivencia. Realidades. Tú eres el dueño de tu propia realidad, o de una realidad compartida de puertas adentro con la gente a la que tú has elegido, o que te ha elegido, o a la que la vida te ha arrojado, o con la que no tienes más remedio que convivir mientras encuentras algo mejor.
La realidad tal como la conocías se va al carajo. Partes de cero, o tal vez no exactamente de cero (si llegas, como suelo decir, a mitad de película, a una casa que ya tiene los ritmos prefijados), pero sientes cómo es la realidad la que se amolda a tu o vuestra manera de vivir.
Esa nueva realidad te marca nuevos ritmos de vida, trabajo, ocio y percepción del mundo.
El efecto es el mismo de un enamoramiento: todo es nuevo, y el pantone se te quedaría pequeño si tuvieras que asignarle colores a tus estados de ánimo.
Te descubres con nuevas costumbres.
Y, cuando ha pasado un tiempo, tanto si la experiencia es enriquecedora como si está resultando traumática y la abandonas, descubres que has cambiado.
El mundo ya no es como era antes. Ya no ves con los mismos ojos una factura de la luz, la compra en el supermercado, el abrirle la puerta al cartero comercial, el departir con la portera mientras esperas el ascensor o, por ir al ejemplo que nos ocupa, conceptos tan aparentemente sólidos como el espacio y el tiempo.
Cuando ocurren muchas cosas, el tiempo parece que pase volando; a la inversa, cuando tu vida es un soberano coñazo, o simplemente una sucesión de rutinas, parece que no se acaba en la vida. Todo esto es muy paradójico, porque más adelante, cuando el tiempo parece haberse serenado, te falta (precisamente) tiempo para evocarlo: todo sucedió tan rápido que parece no haber existido, y sin embargo es cuando de verdad disfrutaste. A la inversa, cuando te aburres tienes todo el tiempo del mundo para pensar en cómo discurren los acontecimientos de tu vida, pero hay tan poco que contar que el tiempo se estira y estira y estira, y parece no tener fin.
Con el espacio sucede otro tanto. Vas hablando con alguien, o enfrascado en una tarea enriquecedora, y no es el que el tiempo se te pase volando y, por tanto, no te has dado cuenta de que has caminado tres kilómetros: es que ni siquiera tus piernas son conscientes de haber realizado el esfuerzo. Hasta que piensas en ello, recobras la noción de intersubjetividad, y entonces el mundo y las leyes de la termodinámica se te vienen encima.
Cuando te han ocurrido cosas en la vida, sabes que ya nada volverá a ser como antes… y eso incluye algo tan aparentemente inamovible como la realidad y las herramientas de que disponemos para percibirla. Además, introduces un elemento nada desdeñable: la complicidad.
Cuando vives con alguien (insisto, ya sea en pareja o en piso compartido), o simplemente cuando abandonas el nido, creas códigos nuevos de comunicación. Esas frases que se convierten en chistes privados, porque sólo las entienden el emisor y el receptor, al ser productos de una vivencia común. Ese acervo de experiencias compartidas, ya sean una borrachera, un chiste, un equívoco, un traspiés lingüístico, una frase comodín o un incidente con un vecino. Estrechas relaciones con los demás porque compartes esas vivencias con ellos, pero no las puedes explicar: formalmente, tienen sentido, pero necesitas el elemento de vivencia común para ser plenas y, por tanto, reales. Por tanto, sólo existen, sólo forman parte de la realidad, sólo son la propia realidad cuando coinciden dos o más personas capaces de reconocerlas como un hecho o frase perteneciente al plano de realidad compartida por ellos. Decididamente, creamos realidades.
Una de las realidades que he ido creando durante estos años, evidentemente, es la de mi relación con Cristina, la serie interminable de frases comunes que sólo entendemos nosotros, de palabras de poder que sólo producen alguna reacción en nosotros, de gestos que sólo nosotros somos capaces de interpretar en la dirección a la que el otro desea encaminarlos… Las otras realidades vienen de los planos de la amistad, a los que puede que me refiera en otra anotación, y el de la vida en un piso compartido, que es lo que me apetece comentar hoy.
Parafraseando a Paco Umbral: Yo he venido aquí a hablar de mi piso.
Bueno, de mis pisos. De los tres pisos que he compartido en Barcelona; en rollito piso compartido, se entiende.
He aquí algunas de las nuevas unidades de medida que he ido descubriendo a lo largo de los últimos cuatro años y medio.

Metonimia: los kilos como unidad de medida de tiempo


Nunca he hecho ejercicio, salvo en mi adolescencia, en que practicaba la natación, y siempre he sido un tragaldabas de primer orden. Durante veintinueve años, mi metabolismo estuvo a la altura y, si bien no era un adonis, mi peso estaba ligeramente por encima del peso ideal, lo suficiente como para que no hubiera motivos de preocupación: al fin y al cabo, estaba apalancado, todo el día en casa, oposita que te oposita, o escribe que te escribe, o lee que te lee.
Total, que me da un cáncer, me paso ocho meses fuera de circulación (primero, en un hospital; luego, en mi casa, haciendo vida relativamente normal entre ciclo y ciclo de quimioterapia, pero encerrado a cal y canto cuando me chutaban), después me da una trombosis, me paso quince días en reposo absoluto y un mes más saliendo poquiiito… y me cambia el metabolismo. Engordo diez kilos en el proceso.
Después, a renacer y dedicarme al cachondeo, porque total, soy indestructible: no agarro ni un miserable resfriado en los casi dos años posteriores a mi alta médica. Comer bien, pero con fundamento. Beber más de lo que hubiera debido. Trasnochar todo lo que podía, a ser posible con mi G4. Seguir sin hacer ejercicio. Dos kilos anuales.
El traslado a Barcelona, fuera del cascarón. La vida en un piso compartido, sin nadie que controle la dieta. En un ambiente de pollo al mole y tequilas, dippas con chile, pastéis de nata lisboetas (bueno, de Belém) y mazapanes de cacahuate tapatíos, arepas venezolanas y mariscadas gallegas, codornices tarraconinas e incluso sopa de ajo castellana (sí, de vez en cuando me obligaban a cocinar), los kilos van en aumento. Un par al año. Y así nos plantamos, hará cosa de dos años, en la barrera de los casi noventa, el índice de masa corporal treinta, la transición de sobrepeso a obesidad. Me pongo a dieta, adelgazo unos cuatro kilos, me abandono, conozco a Cristina, me vuelvo a poner a dieta, adelgazo cuatro kilos, recupero un par, consigo bajar de ochenta y cinco durante un mes, me vuelvo a acercar a los noventa y, de un par de meses para acá, oscilo entre los ochenta y cinco y los ochenta y ocho. La culpa es de la balanza, evidentemente, porque está muy cascada y sólo da pesos aproximados, pero me descubro pensando en los siguientes términos:
-Esto me pasó cuando vivía en Madrid… De eso hace…, a ver…, quince kilos.
O bien:
-¡Cuánto tiempo sin vernos! Veinte kilos, por lo menos.
También es verdad que la base del cálculo (sesenta y nueve kilos) data del día antes de que me subieran a la planta de Oncología para iniciar la quimioterapia, y que para entonces, al estar mi enfermedad bastante avanzada, resulta lógico pensar que hubiera adelgazado cuatro o cinco kilos con respecto a mi peso habitual.
Pero el meme se instala en mi cerebro y ya no me abandona: he conseguido transformar una unidad de peso en unidad de tiempo.
Seguro que a vosotros también os sucede. Que no me engañáis, que os conozco, y hace quince kilos estábais más delgaditos.


El cubata como elemento indispensable para precipitar acontecimientos cuánticos o, en su defecto, grandes cantidades de alcohol de garrafón

¿Quién no ha salido por ahí de juerga, se ha dado a la bebida y el bailoteo en vista de que no había manera de rascar bola, le han cerrado el local cuando acababa de pedir la penúltima consumición (siempre es la penúltima) y ha tenido que verse en la difícil tesitura de trasegársela de un trago o pedir un vaso de plástico y tomársela con calma en la calle? Pues eso. El cubata servido en vaso de plástico se puede considerar una unidad de movimiento cuántico, y que resulta más infalible y fácil de entender que el GPS o las historias de Greg Egan (respectivamente), ya que opera igual que el famoso y maltratadísimo gato de Schrödinger, pero de una manera comprensible. Me explico.
En vez del gato de marras, tienes un vaso de plástico en las manos; con el cubata en su interior, se entiende. En lugar de inocularle al gato la consabida inyección de veneno (en dosis letales), lo que ocurre es que aparece un policía: siempre aparecen. Y, en vez de una caja, lo que tienes es el coche, ya sea el tuyo o el de tus amigos.
¿Aparecerá la policía para comunicarte que el botellón está estrictamente prohibido en este nuestro país, paraíso de alcohólicos de alpargata y despedida de solter@ relámpago procedentes de la Pérfida Albión, pero rigurosamente intolerante con la dipsomanía propia? Peor aún, ¿percibirán nuestros problemas de coordinación motora y nos someterán a un control de alcoholemia?
No hay manera de saberlo: puede ocurrir, o puede no ocurrir.
Si te pillan, te has cagado con todo el equipo; si no, puedes respirar tranquilo… hasta que lleguen las primeras náuseas.
Y luego viene la letanía de siempre, el mantra más utilizado por todos nosotros.

Puto garrafón. Es que no escarmiento. Es la última vez que bebo alcohol. El dolor de estómago no existe. El dolor de estómago es la pequeña muerte…

Etcétera.
Así pues, ¿cómo saber si va a aparecer la policía a hacernos el control?
Sencillo: todo depende de la cantidad consumida de cubata de garrafón.
Si acabas de empezar a beber, o lo llevas lleno, la probabilidad de que te encuentres con un policía malcarado aumenta de manera exponencial, y la función de onda del segoviano que hay en tu vaso colapsa irremediablemente.
Si ya estás acabando de beber, o acabas de tirar el vaso, la probabilidad de que aparezca la policía se esfuma, o al menos tiende a cero.
El factor determinante es la cantidad de güisqui que lleves en el vaso; en segundo lugar, la toxicidad de la bebida; y en tercero, elementos externos delatores, tales como ropa en pésimo estado, pelos revueltos, desplazamiento no lineal, exaltación de la amistad (incluso hacia agentes de la autoridad) y canciones regionales.
Y así, de este modo tan cuántico, un simple vaso de plástico lleno de alcohol de quemar trastoca el funcionamiento del universo tal como lo conocemos. ¿No es acojonante?
Tratad de pensar en ello.

Las generaciones de compañeros de piso, o la parábola del buen arrendatario

Nunca he podido determinar la secuencia exacta de la duración de nuestros compañeros de piso. Creo que tiene que ver con la sucesión de Fibonacci, pero a la inversa, porque lo cierto es que en los últimos tiempos no nos duran más de dos meses, con un pico especialmente preocupante durante el verano pasado. Ahora, con Wendy ejerciendo de rodríguez (Emmanuel anda por París hasta finales de abril) y Laura y Mónica perfectamente integradas en la dinámica de la casa, tenemos asegurada la tranquilidad durante unos cuantos meses, hasta que se regresen a México; de modo que hemos logrado revertir la tendencia, cosa que Fibonacci no contemplaba. (Ya volveré a ello en las dos próximas entregas de “Escenas de un cásting”. A la tendencia, me refiero, no a Fibonacci.)
No hace mucho, Mónica y Laura me preguntaron cuántos compañeros de piso habíamos tenido, y la verdad es que la respuesta me acojonó. Por momentos, parece un extracto del Génesis (pero sin los tediosos “Fulanías engendró a Menganiel, y este engendró a Zutanías, quien a su vez engendró a Perenganiel”), aunque es más legible. Algo así como:


Libro I de los Arrendatarios

Capítulo 1. El origen de todo. Multiplicación del mole y el tequila
1:1 Al principio no había nada, cada uno vivía en su ciudad, y después fueron las casas de familiares y amigos, los hoteles y las pensiones. Vivíamos dispersos, recién llegados a Barcelona.
1:2 Más tarde, Marian, la Casera que no debe ser nombrada, nos ofreció su casa de la calle Valencia.
1:3 Éramos cinco: Rita, Ben, Juanma y dos irlandeses sin nombre.
1:4 Los irlandeses sin nombre, a su vez, le legaron la habitación a Emmanuel.
1:5 Y Emmanuel heredó la habitación de Ben cuando este se marchó.
1:6 Aleix heredó la habitación de Emmanuel.
1:7 Entonces llegó Ricardo, a la habitación doble que antes había sido un salón, y que Marian no nos dejaba compartir. Y vio que la habitación era buena.
1:7 Pero entonces Marian, la Casera que no debe ser nombrada, decidió fulminar a Emmanuel, y lo expulsó de la casa.
1:8 Y los demás nos rebelamos contra su codicia, y emprendimos el éxodo: Aleix, Emmanuel, Ricardo, Rita y Juanma.

Capítulo 2. La peda prometida y los adoradores de la coctelera de oro. Avenida de Madrid
2:1 Tras un largo éxodo inmobiliario y de adorar ídolos y falsos dioses como el Piso con Chimenea de la Plaza de Molina, o el Piso con Vistas al Tibidabo de la Vía Augusta, llegamos a la nueva tierra prometida de la avenida de Madrid.
2:2 Y dijo Ricardo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y en el fiestorro de inauguración del piso encontró compañera, Adriana, que empezó a vivir con nosotros.
2:3 Pero el mal se cernió sobre la familia de Emmanuel, quien abandonó la casa durante unos meses para ir a México y arreglar sus asuntos.
2:4 Entonces dijo Rita: “No es bueno que la mujer esté sola”. Y conoció a David. Y se fue de la casa.
2:5 Mas Adriana no pagaba alquiler, pese a que vivía en la casa de manera declarada. Y hubo gran malestar.
2:6 Y Emmanuel regresó de México. Y vio que la desidia se había adueñado de la casa.
2:7 Aleix y Juanma hicieron un amago de irse de la casa de la avenida de Madrid.
2:8 Y pidieron perdón por sus pecados, y todos juntos encomendaron sus almas a las ladinas personas que regentaban su agencia inmobiliaria.

Capítulo 3. La calle Arizala
3:1 Pero Ricardo, Adriana, Emmanuel, Aleix y Juanma ya habían escarmentado de errores propios pretéritos, y la experiencia les infundió sabiduría, prudencia, fortaleza y templanza.
3:2 Y fueron recompensados por ello, y encontraron la casa de la calle Arizala.
3:3 Ricardo y Adriana contrajeron matrimonio, y fueron de luna de miel a Las Vegas (sí, la del agente Grissom) y Tijuana.
3:4 Durante esos días, vivieron en casa Panchito y Lupita (nombres figurados).
3:5 Pero se fue Aleix, y en su lugar entró Lluis.
3:6 Ricardo y Adriana también se fueron.
3:7 Y entraron Luis y Pamela. Y al principio parecía un cambio a mejor, pero Luis maltrataba a Pamela, y ella lo abandonó.
3:8 Cuando Luis y Pamela se fueron, entró José Antonio.
3:9 Y José Antonio no pagaba, y llenó la casa de calzoncillos de Calvin Klein, falsas promesas y conversaciones surrealistas.
3:10 Y las ladinas agentes de la inmobiliaria intentaron sembrar la discordia y forzar un nuevo contrato, pero la experiencia y los buenos consejos insuflaron sabiduría a los habitantes de la casa, quienes obraron correctamente, y conjuraron el fantasma del nuevo contrato de arrendamiento.
3:11 A José Antonio lo sucedió Jordi, que obró el milagro de los pulmones llenos de marihuana, y el de la multiplicación de las birras y los porros.
3:12 Jordi le cedió el testigo a Andrés y Eli, con los que reinó la paz y hubo grandes pedas y se hicieron buenos cortometrajes y se jugó a muchos juegos. Y vimos todos que era bueno.
3:13 Y aquella habitación dejó de ser la habitación del pánico.
3:14 Y Emmanuel y Wendy contrajeron matrimonio. Y hubo gran regocijo.
3:15 Andrés y Eli se compraron un piso, y le dejaron la habitación a Emmanuel y Wendy.
3:16 Y dijo Lluis: “No es bueno que el hombre esté solo”.
3:17 Y encontró a Montse.
3:18 Pero sobrevinieron dos plagas: el frío y la renovación del contrato.
3:19 El casero toxicómano se negaba a pagar las obras de reparación de la caldera rota, y las ladinas mujeres de la inmobiliaria trataron de forzar un nuevo contrato. Y pasamos frío.
3:20 Y dijo Lluis: “No es bueno que el hombre pase frío”.
3:21 Y se buscó otra casa.
3:22 Y en su lugar entró Lupita (nombre figurado), que le dejaba entreabierta la puerta de su habitación a su novio adúltero, Panchito (nombre figurado).
3:22 Y hubo dos nuevas plagas con las que Dios nos castigó: a nosotros, con la desidia en que se sumió la casa; a ellos, con un embarazo.
3:23 Y Juanma dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y conoció a Cristina, y ahí anda, a caballo entre dos casas.
3:24 Katarína entró en la casa, en sustitución de Lupita. Y no hubo lamentos por la partida de Lupita.
3:25 Y entraron Jennifer y su novio.
3:26 Y, transcurrida una semana desde su entrada, Katarína dijo: “Me voy”, y en su lugar entró Jonathan (nombre figurado).
3:27 Y Jonathan resultó ser un ultra.
3:28 Y Jennifer y su novio dijeron: “Nos vamos”.
3:29 Y, durante un mes, nadie sustituyó a Jennifer en su habitación.
3:30 Y pasamos penurias. Y se sucedieron los cástings. Y nos comimos marrones. Y Emmanuel y yo tuvimos que adelantar dinero de nuestros bolsillos.
3:31 Y vino Cinta, y visitó la habitación de Jennifer, y vio que era buena.
3:32 Pero el marido de Cinta vivía en Londres y, ante los retrasos en la obtención de su permiso de residencia, ella optó por regresar con él.
3:33 Y dijo Jonathan (nombre figurado): “Soy un ultra, y tengo que estar a la altura de los demás hooligans”. Y trajo la discordia, el ruido y los himnos fascistas a la casa. Y tuvo conductas reprensibles. Y delinquió y anunció que abandonaba la casa. Y vimos que aquello era bueno.
3:34 Y Laura y Mónica entraron en la casa, y desde entonces reinan la paz y el orden.
3:35 Y vieron que era bueno.
3:36 Y entonces, se nos jodió una tubería.
(En este punto, el manuscrito se interrumpe.)


Juego de seis vasos de Ikea
Con todo, la medida más fiable en un piso compartido es el juego de seis vasos de Ikea. Su periodo es más constante que el de los compañeros de piso, y parece seguir una constante, sometido únicamente a dos variables: la cantidad de residentes en la casa y su destreza, tomada esta como la suma de varios factores: exposición a productos tóxicos, habilidad psicomotriz, capacidad para desenvolverse en la cocina y resistencia a las resacas.
Así, en una casa en la que se sale a dos fiestas por semana, casi siempre en día laborable, con una media de treinta invitados, la duración del juego de seis vasos de Ikea tiende a cero y se genera entropía.
En un piso compartido en el que reinen la paz y el orden, la duración del vaso de Ikea es una función de la cantidad de limpiezas sistemáticas de la cocina; cuantos más turnos de limpieza se establezcan, y más rigurosos sean estos, mayores serán las probabilidades de rotura casual de vasos de Ikea.
El efecto es el mismo: los vasos de Ikea cascan irremediablemente, y resultan igual de irrelevantes el cuidado que se ponga en su conservación o la desidia con la que se los exponga al desastre: la tasa de rotura es constante.
Esta es la Primera Ley de la Rotura de los Vasos de Ikea.
La Segunda Ley de la Rotura de los Vasos de Ikea sostiene que, no obstante, el factor tiempo parece ser capaz de alterar la casuística de la primera. Esta alteración parece estar en función de dos variables: la duración del contrato de alquiler (la tasa de rotura se incrementa cuando el tiempo restante para la expiración del contrato tiende a cero) y el nivel de desperfectos acumulados (con lo que la cantidad de fianza a devolver también tiende a cero). Una vez se han equilibrado ambas variables, entran en juego las leyes de Newton y Murphy, y la rotura del último vaso es inevitable. La mecánica de esta ley es idéntica a la aplicada con los cubatas y la policía (véase “El cubata como elemento indispensable para precipitar acontecimientos cuánticos o, en su defecto, grandes cantidades de alcohol de garrafón”).
De donde se colige la equivalencia entre las cuatro leyes ya enunciadas.
Así pues, la rotura de los vasos de Ikea parece ser el primer paso hacia una teoría unificada de la física, la famosa Teoría del Todo.
Un ejemplo irrefutable:
Cuando entramos en la casa de la calle Valencia, Marian nos compró un juego de seis vasos de Ikea. Los vasos sobrevivieron a las primeras fiestas en el piso, las peores borracheras imaginables y las acumulaciones más descabelladas de vajilla en el fregadero.
No obstante, las seis se rompieron en el periodo que estuvimos en la casa, independientemente del número de habitantes.
Mientras estábamos todos, se rompían, ya fuera por los efectos combinados de los porros y la mala maña que se daba Aleix, ya fuera porque me daba por fregar a toda hostia y calculaba mal algún movimiento, con lo que el filo de un vaso se quebraba y había que tirarlo.
Entramos a primeros de septiembre. A primeros de enero se habían roto cuatro vasos. Sólo quedaban dos.
En aquel momento, tuvimos la movida final con Marian y decidimos largarnos de ahí. Como cada uno había entrado en una fecha diferente, y todos queríamos cobrar la totalidad de la fianza, dimos el mes de preaviso correspondiente y fuimos abandonando la casa de manera escalonada. Yo era el último que debía abandonar la casa, el siete de febrero.
El dieciocho de enero fue el cumpleaños de Rita y Emmanuel, y montamos una fiesta de cumpleaños, al mismo tiempo que de despedida de la casa.
Se nos rompió el quinto vaso. Sólo quedaba uno.
El vaso no se rompía. Y sólo quedaba yo en la casa.
Lo cuidaba. No porque fuera el último vaso, cosa a la que no le daba más valor que el meramente simbólico, sino porque, al estar solo en casa, mis ritmos eran mucho más pausados.
Sin embargo, el día antes de abandonar la casa, cuando ya tenía prácticamente todas mis cosas en la avenida de Madrid y todos los objetos que iban a constituir la última mudanza cabían en mi maleta de ruedas, hice una última cena. Probablemente fuera alguna tortilla, o un plato precocinado.
El caso es que estaba fregando, de manera pausada, pendiente en todo momento de que la pila de vajilla pendiente de secarse no cediera, o de que no se me cayera ningún plato; no obstante, calculé mal un movimiento y (a cámara lenta, así como sucedían estas cosas antes de que el artístico ralentí a lo Peckimpah fuera sustituido por el matrixero efecto bala) la boca del vaso se fue a empotrar contra el grifo del fregadero. Se produjo una hendidura vertical que hizo inutilizable y peligroso el vaso.
Y la ley de los vasos de Ikea se cumplió, de manera inexorable, como todas las leyes de la física.
Desde entonces, mido el paso del tiempo en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… y vasos de Ikea.
Y llevamos una jartá. Y los que quedan.

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13 Comments:

Blogger Cristina López said...

Hace diez kilos que no me reía taaanto...
Un día tengo que hacer el Génesis del piso compartido en el que estuve siete años ;), aunque ya me he olvidado de casi todo el mundo. Ay, esta memoria, qué selectiva! :D

5 de marzo de 2007, 16:51  
Blogger Juanma said...

Bueno, se ha hecho lo que se ha podido... Me llevó varios centenares de gramos escribir esta entrada.
XDDDDD

Jo, pues por nada del mundo me perdería el génesis de tu piso compartido... aunque lo de la memoria selectiva es un impedimento, claro (pero es el único inconveniente que tiene: el resto son ventajas).

:-********

5 de marzo de 2007, 16:56  
Blogger Batz said...

Como me reiiiiiii, buen post!!!
Coincido con tus medidas de tiempo, y de kilos, muero de risa...
Por cierto, para la boda debería bajar por lo menos 10 kilos, 15 para estar en pesooooooo, me quiero matar! ni en pedo bajaré tanto en 6 meses, joder!

5 de marzo de 2007, 17:54  
Blogger Juanma said...

No te preocupes, Batz: al final, las cosas salen. Seguro que alguna de las aplicaciones de la Ley de los Vasos del Ikea tiene previsto qué hacer en estos casos. ;-P

¡Ánimo con los preparativos! :-)))

:-****

6 de marzo de 2007, 17:10  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Juanma, cuando escribas tanto, ¿por qué no incluyes una versión imprimible o similar? Es mucho texto para leer en pantalla, me lo he tenido que imprimir para leerlo.

7 de marzo de 2007, 14:06  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Cristina, después de leer con fruición y honda preocupación, porqué no decirlo, el Libro I de los Arrendatarios, y dado que ya tienes a Juanma de okupa de facto, el cual habla de sus señores padres como suegros (en el post de la calçotada, si mal no recuerdo), y tú hablas de malcriar a los (futuros) hijos (en tu blog), ¿no te compadeces de sus desdichas inmobiliarias? A mí me parten el corazón (de piedra... pomez).

¡Adóptalo ya, leñe, y que pueda abandonar -por fin- el cutre camarote de los Hermanos Marx!

7 de marzo de 2007, 20:11  
Blogger Cristina López said...

Manu, sólo hay un problema: dónde meter todos los libros de Juanma. De veras, mi piso tiene 40 y pocos metros cuadrados, y mete tú ahí 2000 y pico libros...

¿no te compadeces de sus desdichas inmobiliarias?

nops, sólo las sufro: esta semana las coladas las ha tenido que hacer en mi piso :p

8 de marzo de 2007, 13:41  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

meter todos los libros de Juanma
Subástalos. Con lo que saques cancela la hipoteca y adóptalo.

8 de marzo de 2007, 13:49  
Blogger Juanma said...

¡Brillante! Monta una consultora: «Manu y sus Pequeninjas, Soluciones Rápidas».

:-P

No, el problema fundamental es el que dice Cristina: que tengo dos mil libros, y 40 m2 igual son pocos pa meterlos. :-(

8 de marzo de 2007, 13:51  
Blogger Juanma said...

¿no te compadeces de sus desdichas inmobiliarias?

nops, sólo las sufro: esta semana las coladas las ha tenido que hacer en mi piso :p


Pero si los gayumbos salieron limpios... :-P

8 de marzo de 2007, 13:52  
Blogger Cristina López said...

Subástalos. Con lo que saques cancela la hipoteca y adóptalo

¿una bibliotecaria subastando libros? ¡sacrilegio! :p

8 de marzo de 2007, 17:50  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

¿No dicen que el saber no ocupa lugar? ¿Para qué están esos servicios de trasteros ultramoden·nos? Consejo gratuito cortesía de Manu & Pekinjas Corporeison.

No hay sacrilegio que valga (ego te absolvo) a cambio de cancelar una hipoteca. Palabra de Manu.

8 de marzo de 2007, 20:29  
Blogger Juanma said...

Aaaamén. :-P

9 de marzo de 2007, 17:53  

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