viernes, 11 de marzo de 2011

Aire de Barcelona, agua de Madrid

El lunes pasado fue festivo en Barcelona, así que Cristina y yo aprovechamos que mi calendario laboral comenzaba a aclararse (la semana anterior había sido una puñetera locura) y nos permitimos un caprichito: una visita a Aire de Barcelona, un balneario urbano que se vende como "baños árabes [en los que] Podrás disfrutar de la costumbre del Baño Árabe, con un recorrido que te sumergirá en el agua templada del tepidarium (36 ºC), la caliente del caldarium (40 ºC) y finalmente, la fría del frigidarium (16 ºC)"; vamos, la disposición y la nomenclatura de las termas romanas de toda la vida. 
Puñetitas históricas aparte, lo cierto es que es una experiencia de lo más relajante, y lo recomiendo si queréis soltar toxinas y pasar un ratito agradable, lejos del mundanal ruido. 
Aunque se permite la opción de circuito más masaje, pasamos de este último y nos centramos en el circuito termal. Dispones de hora y media para visitar las diferentes piscinas de que consta la instalación. Entre medias, tienes la opción de hacer un alto y degustar o bien un té de hierbabuena o bien agua perfumada con frutas. 

Comenzamos el circuito en el tepidarium, la piscina de agua templada. A partir de ahí continuamos el circuito y nos sumergimos en la piscina caliente, fracasamos vilmente en casi todos los intentos de meternos en la fría, montamos la base de operaciones en la piscina de agua salada (nuestra favorita) e hicimos incursiones periódicas a la Piscina de los Mil Rayos, que es una manera muy repipi de llamar el jacuzzi.La visita al hammam o baño turco, obligatoria, aunque, claro, hay que espaciarla y no se recomienda estar allí más de tres minutos seguidos, sobre todo si tienes problemas de tensión.
Ni trazas de las bañistas impresionantes que salen en el reportaje fotográfico (bueno, llevaba una al lado, pero, en su inmensa modestia, no se dejó fotografiar), y bastante más gente de lo que se nos enseña (una docena larga de bañistas). No obstante, la experiencia fue positiva. No era la primera vez que íbamos, pero sí la vez que realmente lo hemos empezado a disfrutar, porque ya sabíamos adónde queríamos ir y teníamos un poco más claros los tiempos (la primera vez se nos acabó el pase antes de que nos diéramos cuenta).
Como toda mi vida barcelonesa ha transcurrido en pisos con ducha, asocio los baños con la casa de mi madre, en Madrid. Chico solitario, hacía gran parte de mi vida en la bañera, donde desconectaba de todo, tiraba los Clicks de Famóbil o los Airgam Boys de una lancha muy mona que tenía, y, cuando fui un poco mayor y más leído, recreaba el maelström del cuento de Poe, o imitaba cuadros prerrafaelistas, o recreaba los mundos que me inventaba. Había una ciudad costera en la que la corriente embravecida del mar provocaba unas olas del carajo al chocar contra el agua que bajaba del río. Huelga decir que media bañera acababa desbordada.
No quería aventurarme en el fondo de la bañera, aunque cualquiera que haya leído "Pesadilla en azul", de Fredric Brown, o Celacanto, de Jimina Sabadú, sabe que el agua es peligrosa, aunque no termines de sumergirte en ella, pues te expone a tus miedos y miserias, te desnuda y te muestra tal como eres. Por eso nos bañamos casi desnudos, para acentuar el simbolismo de esa exposición a uno mismo.
Durante la adolescencia y primera juventud fui adornando esos baños, convirtiéndolos en un ritual.  Siempre a última hora de la tarde, ya que por la mañana salía a toda hostia hacia clase, y prefería bañarme la noche antes a ducharme a toda prisa por la mañana. Echaba sales de baño y mucha espuma, ponía a toda hostia el casete que en aquel momento estuviese marcando mi transición a la vida adulta (Boy de U2, Horses de Patti Smith o De un país en llamas, de Radio Futura, por citar los que me vienen a la memoria y sé a ciencia cierta que ponía durante esos laaargos baños) y me tiraba allí mis buenos tres cuartos de hora (lo que durase la cinta, vamos). En ese aspecto, copiaba bastante de mi padre, de quien recuerdo baños de casi tres horas, declamando sus poesías o lo que fuera que declamara, y llenando continuamente la bañera.

Crecí, y fui espaciando esos baños: ya no tenía tanto tiempo, no quería acabar como mi padre (hablando solo durante tres horas en unos baños interminables), llegué a la conclusión de que la ducha es mucho más higiénica y permite ahorrar más agua, y, en definitiva, los arrinconé como una costumbre más de infancia y adolescencia.

Después de eso me mudé a Barcelona, donde pasé varios años en pisos compartidos, en los que no me quedaba otra que ducharme. Perdí la costumbre de los baños, que reservaba para mis visitas ocasionales a Madrid, cuando la casa de mi madre aún estaba vacía, pues ella estaba en Jaén con mi hermana.
De hecho, creo que mi último baño-baño, de los de tirarse una hora entre agua caliente, caliente (ya sabéis que se considera una metáfora de la sexualidad), lo hice durante aquellos años en los que la casa estuvo vacía, tiempo antes de que mi hermana se mudase allí con mi madre, para cuidarla ante la enfermedad que todavía la tiene postrada. Era, y lo sabía, el último viaje que podía hacer con tiempo, y básicamente me dediqué a desocupar mi habitación para tirar apuntes de la carrera y dejar la casa a punto para que mi hermano y familia pudieran habitarla durante el tiempo que durase la obra de su reformas de su piso. Era mi último baño, y lo sabía, y nunca he tenido una sensación tan amarga al sumergirme en una bañera a cuarenta grados, a punto de escaldarme, una especie de vuelta simbólica al útero materno. De nuevo, la simbología.
Esto, en cuanto a experiencias confesables en bañeras. Luego las ha habido más placenteras, con parafernalia más sofisticada y buena compañía, pero en fin, si sigo comentando el asunto seguro que viene la fiscalía y me cierra el blog, por escribir pornografía, aunque sea emocional y relacionada con adultos.
Algo de todo eso sentí cuando volví a meterme en agua tan caliente; esta vez, en la piscina de agua caliente de Aire de Barcelona. Apenas una ráfaga, apenas unos segundos. Después regresé a la realidad, al aquí y el ahora, a esa hora y media de lo más relajante, y que repetiremos en cuanto podamos.

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