jueves, 21 de febrero de 2008

Secretos inconfesables

El viernes pasado, Cristina y yo asistimos a la quinta cena de Bitácoras y Libros en Barcelona. El evento, organizado por Cuchitril Literario, congregó a catorce comensales en un restaurante del barrio del Raval. Me encantan esas cenas en las que entre catorce comensales puedes encontrar a los responsables de una veintena larga de blogs. Ya conocíamos a Frida, Vigo y el propio Palimp desde la frikitequedada de enero, y además pudimos hablar con Ferran y con Sfer, quien a su vez conoce a Pau y suele dejar comentarios en los blogs de César Mallorquí y (antes de que lo cerrara) Julián Díez. La vieja teoría de que, en tres pasos, puedes conocer a toda la humanidad, pero circunscrita a un ámbito más restringido: el del mundillo bloguero / bibliotecario / lector de Barcelona, en el que lo raro es no conocer a alguien en tres pasos.
La cena en sí estuvo bien y, aunque no pudimos hablar con todo el mundo, llegamos demasiado tarde como para tomar la primera copa en el Lletraferit y luego no nos quedamos a las copas posteriores por el Raval, la impresión fue positiva: buena comida, buenos temas de conversación y mejor gente. Hablamos de bibliotecas, editoriales, libros, conocidos comunes, Tomate versus Sé lo que hicisteis, dominación mundial, cuentacuentos, y la vida, el universo y todo lo demás. La cena fue más que agradable, y desde luego pensamos repetir.
En los postres, hicimos un pequeño juego. Todo el mundo tenía que llevar preparado de casa un secreto inconfesable, impreso en un folio. Al llegar a la cena, se guardaba en un saquito, celosamente custodiado por Palimp, como si fuera un amigo invisible. Como digo, a la hora de los postres, Palimp los fue sacando uno a uno y los leyó, con su potente voz. Copio y pego, no sin antes advertir de que tres de los secretos inconfesables son falsos, pero probablemente no sean los más inverosímiles. ¿Que cómo lo sé? No pienso revelar mis fuentes, ni mi secreto inconfesable, pero me consta que algunos de los aquí leídos son rigurosamente ciertos.

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Creía que padecía un exceso de timidez, un tenaz deseo de aislarme, de claudicar de la sociedad. Pero en un momento de lucidez, intuí la magnitud de mi autoengaño: egocentrismo, vanidad y mucha, muchísima mediocridad.


De pequeño/a me sentía culpable por querer más a mi abuela que a mis padres.


Aunque no fue mi culpa, fui la causante de la muerte por accidente de una persona. No lo sabe nadie de mi entorno.


Nunca he leído En busca del tiempo perdido.


Me echo las cartas a menudo, sobre todo cuando tengo que tomar una decisión importante.


He comido carne humana*

*Pero nunca me la he tragado…


Todos mis secretos son confesables, pero el deseo que siento por muchas mujeres nunca será confesado.


En los últimos 3 años he tenido más relaciones sexuales que en toda mi vida. Muchas y con personas distintas y de distinto sexo… ¡Si yo os contara!


Si me hubieran pillado todas las veces que he infringido la ley estaría en la cárcel.


He ido al sexólogo.


Una vez instigué a mi hermano para que le hiciera creer a mi madre que me había atropellado un coche.


A veces me quito los zapatos en el cine
Tengo curiosidad anal
Me pone Terelu Campos
Uso internet en horario laboral
Me he leído El Código Da Vinci de cabo a rabo.


Durante muchos años he sido corrector lingüístico. Mi secreto tiene que ver mucho con mi actividad de corrector y un editor al que se le ocurrió lanzar una revista pornográfica, editada lujosamente en papel bueno y a todo color, con colaboraciones estelares como el archiconocido director de películas pornográficas en catalán Conrad Son. El primer número de aquella publicación incluía una historia pornográfica basada en un guión de Conrad Son e ilustrada con imágenes de la película (que llevaba el sugerente título de Les excursionistes calentes); un primer capítulo de una historia del porno en España; un minirreportaje sobre las películas pornográficas que atesoraba Alfonso XIII; y otro sobre el sadomasoquismo.
Pues bien, mi secreto —o no tanto, puesto que lo saben algunos de los que me conocen— es que yo fui el corrector que se encargó de la revisión lingüística y estilística de esa revista.


SÍ, YO ROBÉ. En estos tiempos en los que las relaciones con la Iglesia se están haciendo tan conflictivas, es momento de poner las cartas o “secretos” sobre la mesa. Infringí uno de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y las leyes estatales. Pero todo fue por un objeto de deseo. El deseo es lo que mueve el mundo, sus más oscuros impulsos nos hacen cometer todo tipo de actos, la mayoría agradables, todo hay que decirlo, pero otros.. .otros son inconfesables.
Y os preguntaréis qué diablos robé, después de tanto rollo. Pues como no, un libro de cuentos. No os explico más…Espero que saquéis vuestras propias conclusiones. Yo como consejo, os diría que pongáis a buen recaudo vuestros libros, el ladrón puede andar cerca.


El sujeto A estaba un día en casa del sujeto B, mientras B aquel día estaba ausente. A necesitaba un bolígrafo, y al no encontrarlo miró en uno de los cajones de la cómoda del dormitorio. El sujeto A descubrió con sorpresa un diario que B escribía y cuya existencia A desconocía. La tentación fue irresistible. A no pudo reprimir leer algunas de las páginas que había escrito B. La relación en aquella época era un tira y afloja, y aquellas páginas le sirvieron a A para que B creyera que A tenía un sexto sentido para percibir los sentimientos de B. Durante una época todo pareció mejorar, luego la ilusión se desvaneció y comenzaron otra vez las discusiones. Y ocurrió que un día A y B tuvieron una gran pelea. A no tardó demasiado en volver a caer en la tentación por segunda vez de coger el diario de B, pero esta vez no le gustaron las páginas con las que se encontró. Aquel día A decidió cortar con B y cuando B le preguntó los motivos, A le mintió. Nadie fue consciente de la verdad. En realidad fue una despedida llena de mentiras por ambas partes. Y es que quizás hay cosas que es mejor no saberlas nunca.


En 1992 asistí el día de la inauguración a la Expo’92 con la entrada que distribuyó El País dos años antes, llevé la antorcha olímpica en su recorrido por nuestro país, antorcha y equipamiento que conservo en casa y del Madrid Cultural conocí personalmente a un escritor madrileño a quien entonces admiraba y de quien ahora estoy en las antípodas de su pensamiento.

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Durante unos minutos, nos reímos a mandíbula batiente, especulamos acerca de quién podría ser quién, concluimos que el secreto inconfesable sería reconocer que El Código Da Vinci nos gustó o que conseguimos leernos las siete novelas de Proust, nos pusimos serios con las confesiones más fuertes, nos miramos de reojo cada vez que salía a colación un secreto fuera de lo común, pusimos cara de póquer para no delatarnos... Y, curiosamente, cuando hubimos terminado nos sumimos en un silencio muy prolongado, acaso de un par de minutos, tratando de digerir aquel arrebato de sinceridad. Toda una catarsis, en resumen. Esto es pornografía emocional, y no lo mío.
Aunque, ya que estamos, ¿cuáles son mis secretos inconfesables? ¿Me queda alguno por confesar, que no haya comentado en este blog o en alguna confidencia íntima? El caso es que sí. Mientras me devanaba los sesos a la búsqueda de un secreto y rechazaba algunos demasiado inocuos o demasiado fuertes, acudieron a mí algunos fantasmas del pasado, que creía que podría conjurar, y llegué a la conclusión de que guardo (atesoro, diría yo) algunos secretos que no estoy preparado para confesar, y que tal vez sea mejor que me lleve a la tumba. Sin embargo, creo que puedo desvelar algunos de ellos. Supongo que hay algunos obvios y comunes a todo el mundo (dudas sobre la orientación sexual en algún momento de la vida, desear a quien no debes, no haber leído determinados libros o haber visto determinadas películas que el canon de la intelectualidad exige haber leído o visto, haberle pegado alguna puñalada trapera a alguien cercano...), pero otros permanecen en la esfera de lo íntimo, son únicos para cada persona, y nunca es mal momento para romper la barrera y desvelarlos. Aquí va uno, bastante inocente ahora que lo pienso, pero que en algún momento tenía que conjurar. Iba a escribir otro, pero a Cristina le dio auténtico asco cuando se lo conté, y prefiero ahorraros el mal rato, porque supongo que reaccionaríais de la misma manera. Mejor os cuento éste.

En cierta ocasión, cuando tenía unos nueve o diez años, estaba jugando solo en mi casa. Yo era un niño muy introvertido, estaba digiriendo muy mal la separación de mis padres (hasta tal punto, que tardé un par de años en preguntarle a mi madre si mi padre seguía viviendo en casa, cuando era obvio que la respuesta era negativa: ay, el autoengaño) y, en resumen, me encerré en mi mundo, del que no salí hasta la adolescencia, hasta que me fui al instituto. Llegaba de clase por las tardes, sacaba algunos libros y cómics y los ordenaba de tal manera que formasen una ciudad, con sus edificios emblemáticos, avenidas, parques y callejones. Después, sacaba mis soldaditos de plástico y, cuando no los ponía a competir el Tour de Francia (por el expeditivo método de darles empujoncitos, a modo de carrera de chapas), los ponía como figurantes del gran escenario que conformaban mis ciudades imaginarias. Éstas abarcaban todo el dormitorio de mis dos hermanos, que más tarde habría de ser el mío. El detalle final estribaba en sacar los cochecitos de juguete, aquel volquete amarillo que me dejé en una visita a unos amigos de mis padres (tenían un niño pequeño, yo llevaba el volquete a todas partes y ellos se lo dieron al niño, no sé si interpretando que era un regalo mío, o por la puta cara), un citröen que tal vez me llevase de casa de mi primo Josele, un Peugeot 504 con el capó arrancado de cuajo...
Ya era de noche, así que debía de ser en invierno. No creo que fueran más de las ocho de la tarde, y no sé dónde estaba mi madre. Supongo que en alguno de aquellos trabajos de oficinista que consiguió después de la separación. Uno de ellos era una sustitución de una mujer que terminó muriendo de un cáncer. El ambiente en la empresa era irrespirable, una suma de celos profesionales, vuelos de cuchillos y miedo a irse de un día para otro por culpa de esa mezcla de inseguridad con respecto al futuro de los hijos (mi padre ni siquiera nos estaba pasando pensión alimenticia, y tres de los cuatro hermanos éramos menores de edad) y miedo a quedar mal con el amigo que le había proporcionado el empleo. Mi madre llegaba llorando todos los días a casa: a la tensión de la separación tenía que sumarle la del futuro incierto y la suma de mezquindades sin límite que tenía que ver. Llegó un día en que no pudo más, y se fue de allí, al paro, durante cerca de un año, a una casi interminable sucesión de entrevistas, algunas de las cuales finalizaban cuando el encargado de recursos humanos lo paraba todo y se sinceraba con mi madre: "No la voy a engañar, señora: usted es con diferencia la persona mejor preparada para el puesto, pero tiene cerca de cincuenta años, y pocas empresas querrían contratar a alguien de su edad". Al final, consiguió sacarse unas oposiciones al ISFAS (la Seguridas Social de las Fuerzas Armadas) y estuvo en el departamento de Tesorería hasta que se jubiló.
Pero aquella tarde estaba yo solo. Con mis juguetes, mi ciudad y mi mundo. En el interior de mi vasto yo.
Sonó el timbre. No quise abrir: estaba demasiado entretenido con mi juego.
Siguió sonando. Me negué a abrir: empecé a hacer como si no lo estuviese oyendo.
La cadencia del timbre empezó a adquirir un tinte agónico, impertinente casi. Me emperré en no querer abrir, obligándome a cruzar el espejo y abandonar aquel plano de realidad para verme en el interior de la ciudad y de las casas, al socaire de todo. Ser un Geezenstack más. Plantarme en una Second Life de tarjetas perforadas (esto era a finales de los años setenta) con la que huir de la vida que me estaba deparando el destino. Y de aquellos timbrazos.
La desesperación de los timbrazos era ya evidente. No sé cómo no se quemó el timbre.
El caso es que, cuando consideré que ya había dejado transcurrir un tiempo prudencial como para demostrar que si abría era porque me daba la real gana, no porque hubiese interpretado la premura de los timbrazos, me dirigí a la puerta y, con toda la calma del mundo, abrí.
Lo que vi me dejó de piedra. Mi hermano Pablo, que por aquel entonces tendría unos trece años, tenía la cabeza ensangrentada, y un inmenso charco de sangre se formaba a sus pies. La sangre le manaba de una herida abierta y borboteante. Tenía el rostro que puede uno ver en fotografías de accidentes de tráfico o aéreos, la faz de un superviviente de bombardeo sobre población civil.
Me quedé petrificado, sí.
Cogimos la primera toalla que encontramos y salimos a la carrera hacia el equipo quirúrgico de la calle Montesa, que estaba a apenas dos manzanas de casa.
La herida de Pablo no terminaba de cerrarse.
Una vez en el equipo quirúrgico, lo llamaron en seguida, en menos de dos minutos. Allí le practicaron varios puntos de sutura. Se me partía el corazón viendo cómo lo afeitaban, prácticamente media cabeza, para ponerle aquellos puntos gruesos y negros.
Yo lo interpetaba como una mutilación. No sabía si se podría poner bien, ni si moriría desangrado.
Camino de casa, me contó lo que había ocurrido. Iba con un compañero de clase, caminando calle Alcántara abajo. En un momento dado, se apoyó en el cristal de un escaparate, y éste cedió. Cayó literalmente en el interior del expositor.
El amigo de mi hermano salió huyendo como alma que lleva el diablo.
Mi hermano se vio solo, entre cristales y con un boquete de medio palmo en la cabeza.
Nadie le prestó ayuda. Es más, hubo gente que le increpó el que estuviera ensuciando la calle. Todo el mundo se apartaba a su paso.
Consiguió llegar a casa, pero no tenía llaves. Y estuvo esperando y esperando y esperando. Hasta que abrí.
Urdí una explicación torpe, vacilante y supongo que llena de contradicciones. Estaba en el lavabo... No, estaba en la otra punta de la casa... Estooo... En fin, que estaba en la terraza, y me despisté... Algo así.
Pero yo sabía que no era así. No había abierto porque no me salía de las pelotitas imberbes que gastaba por aquel entonces. Sabía, en mi fuero interno y externo sabía que si alguien llamaba con tanta insistencia era por algo. Sabía que se podía tratar de algo urgente. Y, aun así, la fuerza del egoísmo de un niño desestructurado me impulsaba hacia el interior de una ciudad imaginaria cuyas calles ya apenas recuerdo, cuyos coches y casas ya no existen sino en alguna neurona inútil cubierta con un guardapolvo. Sabía que podía estar ocurriendo algo, pero no quise abrir.
Por supuesto, no tenía la culpa de lo que le acababa de ocurrir a mi hermano. Por supuesto, él podría haber sido más espabilado y haber acudido por su cuenta y riesgo al equipo quirúrgico (donde, por cierto, en cierta ocasión llegaron a decirle que hiciera el favor de dejar de ir en una temporada, porque siempre estaba descalabrándose). Por supuesto, visto en perspectiva, quien debería estar contando esta escena como secreto inconfesable es el amigo de mi hermano (con quien poco más tarde perdió todo el contacto), o cualquiera de los ejemplares ciudadanos del barrio de Salamanca, que no sólo no se ofrecieron a ayudar a un niño de trece años que se estaba desangrando en el interior de un escaparate, sino que además le echaron la bronca por estar manchando las calles. Y, por supuesto, sí fui en cierto modo responsable del disgusto que le dimos a mi madre, cuando llegó a casa, supongo que después de otra jornada de trabajo frustrante y desquiciada, y se encontró con aquel inmenso lago de sangre que cubría toda la entrada a nuestro piso, y que nadie se había tomado la molestia de limpiar.
Nada. Intento fallido de secreto inconfesable realmente inconfesable. Otra vez será. Por supuesto, no voy a contar ése, el que tanto asco le dio a Cristina. Pero seguiré dándole vueltas al asunto.
Mientras tanto, ¿tenéis algún secreto realmente inconfesable que queráis confesar? Ahora es vuestra oportunidad. Y, por supuesto, aseguraos de que estáis dejando comentarios como Anónimos... si no queréis hacerlo a cara descubierta, por supuesto.

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13 Comments:

Anonymous Anónimo said...

¿Pides secretos incofesables justo cuando empieza la campaña electoral?
Eres perverso mini-juanma...

22 de febrero de 2008, 16:36  
Blogger Cristina said...

Mi secreto inconfesable está entre esos, así que...:pppp

22 de febrero de 2008, 17:13  
Blogger Juanma said...

¿Pides secretos incofesables justo cuando empieza la campaña electoral?
Eres perverso mini-juanma...


Tengo mis momentos... :-P

22 de febrero de 2008, 17:27  
Blogger Juanma said...

Mi secreto inconfesable está entre esos, así que...:pppp

:-P

22 de febrero de 2008, 17:27  
Blogger Raven said...

Si optamos por la opción "no haber visto/leído/escuchado una obra indispensable del Canon Occidental de Harold Bloom", tengo una buena colección de secretos inconfensables. El más gordo, creo que sería no haber visto "Ciudadano Kane".

Ah, y yo también he leído "El Códig Da Vinci"

23 de febrero de 2008, 15:13  
Blogger Juanma said...

Uy, secretos literarios y cinéfilos inconfesables tengo unos cuantos. El más gordo, que empecé a leer Finnegan's Wake, de Joyce. Obviamente, lo dejé en seguida, espantado.

25 de febrero de 2008, 9:44  
Blogger Raven said...

Creía que hablábamos sobre secretos inconfensables. Lo que es verdaderamente inconfesable es declarar haber leído el libro más complejo de la literatura mundial a pelo (que yo sepa, carece de edición española, corríjanme si me equivoco) y esperar que la gente se lo trague.

Yo también tengo Finnegan´s Wake. Lo compré hace unos meses en un viajecito a Londres, por capricho más que nada. Pero soy consciente que jamás estaré lo suficientemente aburrido para leermelo.

26 de febrero de 2008, 0:28  
Blogger Juanma said...

Salió en castellano en Lumen, y previamente había aparecido un capítulo, "Anna Livia Plurabelle", en Cátedra, en edición bilingüe (diez páginas) y un estudio introductorio de... noventa páginas. Vamos, como el Gigamesh de Patrick Hannahan, pero a lo bestia.

En realidad, mi secreto inconfesable en materia editorial es otro: he corregido un libro de un conocido autor / historiador de postulados próximos a los de Jiménez Losantos y similares...

26 de febrero de 2008, 11:58  
Blogger Vigo said...

O no!! ´Confesar más secretos no! Qué ya me costó lo suyo, desprenderme del mío.
Lo que cuentas de tu hermano, me recordó a una película que vi hace poco de Haneke: Caché (escondido).
Si puedes aguantar una película con un ritmo muy lento es muy probable que te guste.
Es la típica película que o te encanta o la odias. Yo estoy en el grupo de los que la disfrutaron, especialmente porque luego me pasé un par de dias dándole vueltas.
Intenté leer el Ulises de Joyce, pero creo que no pasé de las primeras páginas porque no recuerdo prácticamente nada de lo que leí.
Pero aún conservo la esperanza de mentalizarme un día de esos que esté aburrido.

29 de febrero de 2008, 6:50  
Blogger Juanma said...

Haneke me da cosa. Es bueno, pero hay que verlo en condiciones muy especiales, no vaya a amargarte el día. No he visto Caché (Escondido), pero la apunto en la wish-list.

Me temo que Joyce da mucho juego en el aspecto de secretos inconfesables literarios.

29 de febrero de 2008, 9:49  
Blogger Small Blue Thing said...

Mis secretos inconfesables están publicados en un blog, para que nadie más tenga que confesarlos ;D

5 de marzo de 2008, 15:04  
Blogger Small Blue Thing said...

Ah no, leche, sí, tengo uno. Pero es muy cursi.

5 de marzo de 2008, 15:04  
Blogger Juanma said...

Cuéntalo, vaaaaaa. :-D

5 de marzo de 2008, 15:05  

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