jueves, 29 de noviembre de 2007

Luces de la ciudad

La ciudad cambia. El cambio se antoja inevitable. En las barriadas modélicas, cruzando la Diagonal, el cambio estriba en saber cuántos restaurantes de lujo abren, o con qué frecuencia liquidan y se traspasan las zapaterías de lujo, en beneficio de otras zapaterías de lujo o restaurantes de doscientos euros el cubierto. Hay más spas que bares, y los escaparates no marcan los precios de las mercaderías puestas a la venta.
Pero en la ciudad de verdad, la que permanece al margen de modas y politiqueos, el proceso de cambio observa unas normas que han seguido desde tiempos inmemoriales: al igual que en la zona alta, todo depende de la cotización del ladrillo, pero la lucha, la verdadera batalla, se libra entre lo viejo y lo nuevo, y no entre lo moderno y lo fashion. No hay glamour en algunas calles del barrio de Sants, ajeno a Fòrums y erasmus. El barrio se debate entre la desocupación de casas okupas y la debacle ocasionada por unas obras ferroviarias cuyo final no se adivina. El paisaje urbano, compuesto por chimeneas de antiguas fábricas, solares de casas bajas y grúas de obras nuevas, apenas modifica la línea del cielo barcelonés. Bastante tenemos con adivinar la luna llena, que despunta en el solar que hay enfrente de casa de Cristina. Es la única concesión al romanticismo en un barrio degradado que intentan reflotar a golpe de obra. El estudio de veintipocos metros cuadrados continúa anunciándose casi desde que Cristina y yo estamos juntos, hace más de año y medio. No creo que hayan rebajado el precio, en torno a los 200.000 euros.
Por otra parte, al ambiente de incómodo impasse, de no saber qué será de estas casas bajas dentro de cinco años, se añade la incertidumbre acerca de si el proceso de cambio urbanístico podrá culminarse tal como desean las autoridades locales. Junto a los anuncios de inminentes traspasos de pequeños comercios de barrio, residuos de la época del desarrollismo, empiezan a proliferar las agencias inmobiliarias en venta o traspaso. ¡Qué ironía! Los antaño depredadores, convencidos de que sus trabajos no peligraban, se venden ahora al mejor postor, seguramente destinados a convertirse en locutorios o bares de kebabs. Por mí, que se jodan. No me dan ninguna pena. Lo único que espero es vivir en este barrio el tiempo suficiente para ver cómo cierra la inmobiliaria que nos alquiló el piso de la calle Arizala.
Este es el escenario que puede ver el transeúnte que se dedica a callejear por el barrio de Sants; pero por el Sants profundo, no el de las inmediaciones de la Travessera de Les Corts, más deslumbrante y asimilado a la ciudad poblada de hombres de bien.
En el barrio de Sants en el que pernocto, junto a Cristina, los solares urbanizables le ganan terreno a las casitas bajas; en la parte trasera del callejón, una moto quemada se pudre al sol, como el fósil de un armadillo del Plioceno, ante la pasividad de los servicios de limpieza. Pared con pared, a veces somos testigos de trapicheos de drogas, en la misma calle en la que estamos: inconvenientes de vivir en un bajo. El coro de vecinos, aplacado por los rigores otoñales, apenas nos molesta durante las mañanas de fin de semana, pero sabemos que se reanudará con la llegada del buen tiempo, como bandadas de vencejos que chillan en catañol mientras trazan círculos en torno al cruce de calles en que se sitúa el dormitorio de Cristina.
Ese es el panorama a ras de suelo.
Apenas unos metros por encima de las aceras es el siguiente:
Las luces penden milagrosamente, como el acueducto de Mérida, salvando al transeúnte de una descarga eléctrica (que sería mortal) si en algún momento una tormenta o el bandazo de algún camión de obra derribasen la pared en que se apoyan los cables. Los restos de una casa antigua no pueden demolerse, porque de lo contrario estas luces caerían. Apenas a medio metro, la obra continúa a paso implacable, a razón de una altura cada dos o tres semanas. Todo un récord, si lo comparamos con las obras del AVE, que discurren apenas a trescientos metros de aquí.
Como un cruce de caminos pendiente de un hilo, los cables marcan las trayectorias de las antiguas conducciones eléctricas de un barrio moribundo. En este solar se pueden ver colchonetas sepultadas por las malas hierbas, que han experimentado un crecimiento incontrolado con las lluvias del mes pasado. Abundan los objetos que denotan que aquí duerme gente. Tanto peor, en el sentido de que no generan demasiada seguridad, por más que sepamos que el corrillo de vecinos-vencejos jamás permitiría que la zona se degradase más: menudos ellos, capaces de rayar los coches de los no residentes cuando aparcan en lo que ellos consideran sus estacionamientos por derecho propio.
A veces fantaseo con un chaparrón como los que abundan en esta ciudad: seco, directo, contundente y destructivo. En esta fantasía, yo voy por la calle, camino de la casa de Cristina, o recién salido de ella. Vuelvo de la editorial, o voy a mi casa, a llevar la ropa para lavar. Un relámpago o un golpe de viento sacuden alguna de estas figuras milagrosas, y rompen su equilibrio. Dejan de ser cruces de caminos celestes y se vienen abajo, emitiendo destellos lumínicos y lanzando coletazos de manera indiscriminada, como el cable que le sale al encuentro a Elijah Wood en La tormenta de hielo (momento cinematográfico brillante donde los haya). Teniendo en cuenta cómo es el barrio, lo único que faltaría es eso: unos cables dotados de vida, como un animal prehistórico, o como una serpiente monstruosa, saliéndole al encuentro a los inquilinos ajenos al corrillo de vecinos-vencejo, demandándoles el portazgo por transitar esas calles de una Barcelona diferente, poblada de Pijoapartes y emigrantes sesentones. La imagen de la Esfinge del asfalto y el ladrillo es poderosa, y la tengo siempre presente cuando transito por estas calles. Tal vez no se me aparezca como un animal mitológico, ni como un quillo pertrechado tras su furgoneta tuneada (la que siempre aparca junto a la esquina, y a veces tapa parte del portal), pero termina surgiendo e instalándose en la calle, sea cual sea su apariencia (y son muchas). Albañil, capataz, barrendero, vecino-vencejo, niña traviesa, cojo okupa, drogadicto, traficante, anciana resignada a la suerte del barrio, perroflauta mileurista... La encarnación del barrio muta, adquiere nuevas formas y se queda aquí, como si la condición de Esfinge o serpiente monstruosa, que mana directamente de los cables suspendidos sobre nuestras cabezas, fuese transmisible por el mero hecho de residir aquí. La condición de vecino del barrio nos hace sucumbir al influjo de estos cables que, a diferencia de los de la ciudad del siglo XXI, no están soterrados, sino que penden de un hilo, y con ello nos amenazan de muerte al menor desmán por nuestra parte. No hacen sino recordarnos lo arbitrario y fugaz de nuestro paso por la vida y por el barrio. Estamos sometidos a leyes aleatorias y caprichosas. El rayo, elemento de la naturaleza indómita, puede trastocar el equilibrio artificial de la gran ciudad. La luna llena, que altera la condición de ser humano, resulta visible desde nuestra ventana, y lo hace de una manera casi deliberada, justo antes de que nos vayamos a la cama. En ese momento, se oye algo en la calle, y Cristina enciende la cámara del telefonillo del portal. Vemos la enésima ambulancia o coche de policía que entrará en la calle durante este mes, y sabemos que saldrán sólo porque la Esfinge se lo permite, porque los vecinos-vencejo no quieren dar un mal paso que los delate como lo que son: seres ajenos al fluir de los nuevos tiempo, vestigios del pasado, hombres-lobo y vampiros de una Barcelona en vías de extinción.
Mientras existan las luces suspendidas sobre nuestras cabezas, esta parte del barrio descansará tranquila, libre de las hordas globalizadoras que acechan apenas a cien metros, donde habitan los neones, las luces navideñas, los erasmus que vuelven de hacer las compras en el Mercadona y los medios de transporte que te harían huir de aquí, alienarte y convertirte en un ser humano barcelonés corriente y moliente.
Las luces de esta ciudad son otras. Y, mientras cuelguen sobre nuestras cabezas, podemos sentirnos seguros de que no entraremos en la rutina de la Barcelona del Fòrum y el petardeo.
Pero es una batalla perdida de antemano: cuando tuerces una esquina, te encuentras con las obras que vienen a poner fin a esta situación. Con el soterramiento de los cables eléctricos, los vecinos-vencejo tienen sus días contados. Las bestias mitológicas se extinguirán, la Esfinge sufriá su peculiar Götterdämmerung , todos aprenderemos que de nada sirve alzar la vista en busca de milagros y sucesos extraordinarios, y el barrio ingresará en el mundo de los muertos vivientes, los seres que no tienen protección por encima de sus cabezas y cuyo único futuro está bajo tierra.

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4 Comments:

Blogger Álex Vidal said...

Por mí, que se jodan.

Y por mí: que les den pol culo con un paraguas abierto, carroñeros :)

Por cierto, qué entrada más pesimista. ¿Qué te ha pasado esta semana, chiquillo?

30 de noviembre de 2007, 9:22  
Blogger manu said...

En las barriadas modélicas
Ah, ¿pero son modélicos por encima de la Diagonal?

A ese precio el estudio lo van a okupar las ratas.

30 de noviembre de 2007, 11:04  
Blogger Juanma said...

Álex, no ha pasado nada. Lo que sucede es que la entrada me ha salido así, la joía. :-PPPP

30 de noviembre de 2007, 18:03  
Blogger Juanma said...

Manu:
A ese precio el estudio lo van a okupar las ratas.
Pos van camino de ello, sí.

30 de noviembre de 2007, 18:05  

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