viernes, 23 de noviembre de 2007

Dos críticas en Jabberwock 2

Otro de los libros que me he traído de la hispacón de Sevilla incluye un par de críticas firmadas por un servidor. Como me considero incapaz de escribir una crítica mejor que la que publica Kaplan en Literatura en los talones, me limitaré a consignar la aparición del segundo volumen de Jabberwock. Anuario de ensayo fantástico, dirigido por Alberto García-Teresa y Arturo Villarrubia (Ed. Bibliópolis, col. Antológica) y recomendaros los dos libros de los que hablo en sus páginas.
De Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (Alianza), lo mejor que puedo decir es que es uno de los tres libros con los que he conseguido llorar en los últimos años (los otros dos son La velocidad de la oscuridad, de Elizabeth Moon, y La carretera, de Cormac McCarthy). Es un libro realmente conmovedor.
Como suelo hacer cuando me publican una reseña larga, os copio y pego los primeros párrafos, y si os interesan ya os las leeréis en su integridad en Jabberwock 2. O, mejor aún, os servirán para acercaros a estos dos libros fascinantes.



Pese a lo que puedan indicar su nombre y lugar de nacimiento (Nagasaki, Japón, 1954), Kazuo Ishiguro ha desarrollado su carrera literaria en el Reino Unido. Sus mejores novelas (Los restos del día, Los inconsolables o esta Nunca me abandones) resultan inequívocamente británicas, tanto por la temática como por la cadencia narrativa y la idiosincrasia de los personajes.
La novela que nos ocupa aborda la clonación humana desde una perspectiva intimista, más heredera de una tradición narrativa que abarca desde Jane Austen hasta E. M. Foster que de la ciencia ficción al uso; en todo caso, resulta claramente deudora de Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
La narradora, Kathy H., es un clon que ve próximo el momento de comenzar a donar órganos y recapitula acerca de su vida y la relación de amor-odio que ha mantenido durante veinte años con sus mejores amigos, Ruth y Tommy. La riqueza de detalles con que Ishiguro sazona la narración nos permite sumergirnos en tres etapas diferentes de la vida de Kathy, Ruth y Tommy: la primera adolescencia en el colegio de Hailsham, el despertar a la sexualidad en las Cottages y la difícil vida de cuidadores o donantes en las clínicas especializadas en transplantes de órganos. La vida de los alumnos de Hailsham, entre despreocupada y disciplinada, es la que podría llevar cualquier adolescente en un internado británico típico. De hecho, Ishiguro hace que la acción transcurra en el tiempo presente, a la manera de autores como César Mallorquí o Robert J. Sawyer. (La novela arranca con un aviso: estamos en “Inglaterra, finales de la década de 1990”.) Deducimos, por indicios y comentarios casuales, que nos hallamos en nuestro mundo, con la salvedad de que tras la Segunda Guerra Mundial se desarrolló la clonación con fines terapéuticos. Desprovistos del contexto, Hailsham aparecería como un college más; sabiendo este dato, nuestra perspectiva de las tribulaciones de Kathy, Ruth y Tommy cambia radicalmente.
La relación entre estos tres personajes es el hilo conductor de la novela. Kathy, de treinta y un años, desgrana sus vivencias comunes desde que contaban trece años. Desde el principio, nos muestra a Ruth como la líder natural del grupo de amigas, emprendedora, más relacionada con los alumnos mayores que con los de su edad, dispuesta a sustituir la realidad por sus fantasías con tal de parecer en posesión de la verdad y dotada de un comportamiento maquiavélico. Al mismo tiempo, la muestra como una buena amiga, sinceramente preocupada por los problemas amorosos de Kathy, pero dispuesta a utilizar la información que ella le suministra para volverla en su contra en caso de discusión. Es, en resumen, la amiga que todos quisiéramos tener y la enemiga que no desearíamos bajo ninguna circunstancia.
Tommy, por el contrario, se muestra como un ser asocial. Desde el principio de la novela se niega a entrar en el juego de vivencias comunes de los alumnos de Hailsham. Es un alma solitaria cuyos motivos apenas alcanza a entrever Kathy, a quien le une una relación fraternal que contrasta con la relación amorosa que entabla con Ruth. En un momento de la novela, una compañera de Kathy la señala como “la sucesora natural de Ruth”, algo que turba a Kathy, empeñada en que Tommy regrese con Ruth.
En cuanto a Kathy, poco es lo que entrevemos a tenor de la descripción que realiza de sus experiencias vitales. Parece más pendiente de consignar los hitos de la relación entre Ruth y Tommy que de hablar de ella misma. En ocasiones nos resulta imposible saber en qué está pensando. Al igual que el contexto social, los verdaderos sentimientos de Kathy parecen sugeridos y sobrentendidos. Como ya veremos en la tercera parte de la novela, Kathy, en su abnegación, parece apartarse a un discreto segundo plano: está más interesada en mostrarnos el mundo que la rodea que en exteriorizar sus preocupaciones. La relación entre los tres personajes es de amistad, pero también se trata de un triángulo amoroso sui generis y de la historia de unos amores imposibles, determinados por la condición de clones, la esterilidad y la interferencia de Ruth en la relación que podrían haber mantenido Kathy y Tommy.

En otro registro, La conjura contra América, de Philip Roth (Mondadori), es otro libro conmovedor. Aunque el componente ucrónico flojea (la resolución de la ucronía es un tanto chusca), se trata de un pedazo de novelón, en la onda de lo que escribe el genial autor de Nueva Jersey. No sé por qué, y sí lo sé, la descripción de la infancia de Philip Roth me recuerda mucho a la que efectuaba George R. R. Martin en su conferencia "El corazón de un niño pequeño". Bueno, por recordarme, el personaje de Walter Winchell me recuerda mucho a Federico Jiménez Losantos, pero esto ya es una fijación personal mía...



¿Cómo es posible que una novela costumbrista que no se aparta ni un ápice de la temática y el estilo habituales de Philip Roth (Newark, New Jersey, 1933) sea una de las mejores ucronías de los últimos años? La conjura contra América nos presenta fragmentos de las vidas de la auténtica familia Roth en la Newark de la década de 1940 y enfrenta a sus miembros a los fantasmas de lo que pudo haber sido su mayor pesadilla: el advenimiento de un gobierno filonazi en los Estados Unidos y la consiguiente persecución de los judíos. Se nos presenta al mismo tiempo como una autobiografía, una novela de época y una ucronía, sin dejar de funcionar en ninguno de los tres planos. Pero, ante todo, es la crónica de una familia (los Roth) que ha vivido durante años en una armonía que se rompe bruscamente por una amenaza exterior (la hipotética victoria de Charles Lindbergh en las elecciones presidenciales de 1940, y por tanto el fantasma del antisemitismo). Para Roth, la ambientación histórica (en el primer y último capítulos) y ucrónica (en los siete capítulos centrales) es una coartada argumental para desarrollar los dos ejes temáticos que caracterizan el corpus de su obra: la condición de judío en los Estados Unidos y la intolerancia política.
Roth siempre se ha mostrado crítico con el desprecio del estado de Israel hacia los judíos estadounidenses. Hablando con propiedad, su punto de vista es el de un estadounidense de origen judío que no comulga con el sionismo, dado el componente nacionalista que lleva implícito: la verdadera nación de Roth no es el estado de Israel, sino los Estados Unidos de América. El niño de siete años que es Philip Roth al comenzar La conjura contra América no entiende a los proselitistas del estado de Israel:

Cuando un forastero que llevaba barba y a quien jamás había visto sin sombrero se presentaba cada pocos meses, después de que hubiera oscurecido, para pedir en un inglés chapurreado una contribución destinada al establecimiento de una patria nacional judía en Palestina, yo, que era un niño ignorante, no acababa de entender qué estaba haciendo aquel hombre en nuestro rellano.
(Págs. 14-15.)


Roth se vale de la mirada inocente de su álter ego infantil para mostrarnos el ocaso de un mundo idílico. Philip ha sido educado en valores estadounidenses, de ahí su sorpresa ante la persecución que se desata contra los judíos y la manera en que cambia a los miembros de su familia. El primer capítulo es toda una declaración de intenciones:

El trabajo, más que la religión, era lo que identificaba y distinguía a nuestros vecinos. (…) casi nadie en el barrio hablaba con acento. (…) Cada mañana, en la escuela, juraba fidelidad a la bandera de nuestra patria. (…) Celebraba con entusiasmo las festividades nacionales. (…) Nuestra patria era los Estados Unidos de América.
Entonces los republicanos proclamaron a Lindbergh candidato a la presidencia y todo cambió.
(Págs. 14-15.)

Porque, al fin y al cabo, Roth está escribiendo acerca de lo que conoce. Urde una novela fantástica en la que hace aparecer a toda su familia y sus recuerdos de infancia, un juego transrealista en el sentido en que lo entiende Rudy Rucker: escribir desde un punto de vista fantástico sobre las propias percepciones, basándose en personas reales del entorno del escritor. Es obvio que el Philip Roth de nuestro mundo no vivió los acontecimientos históricos que refiere en la parte ucrónica de la novela, y algunos personajes (como la familia Wishnow) son completamente ficticios, pero las anécdotas familiares podrían haber sucedido, y seguramente lo hayan hecho. Esta ucronía “costumbrista” (o “de la pequeña historia”, como la definió Julián Díez en la reseña aparecida en Gigamesh núm. 43) describe una tragedia cotidiana que se manifiesta sin estridencias. No asistimos al advenimiento de una dictadura fascista en los Estados Unidos, que hubiera sido una opción más tentadora y espectacular. La cotidianeidad con que aparece el elemento ucrónico dota a la novela de una verosimilitud que, no obstante, se rompe en el penúltimo capítulo, “Días malos”, en un desenlace que mengua la brillantez de La conjura contra América como ucronía, pero prepara el camino para un final excelente, un prodigio de narración y dramatismo.
De la frase anterior podría colegirse que La conjura contra América es una mala novela fantástica muy bien escrita, la enésima prueba de que los autores de mainstream que se adentran en el género suelen fracasar, pues carecen de los rudimentos básicos para construir una buena ucronía (y quien dice ucronía, dice space opera o novela sobre clones). Abordarla en estos términos sería injusto, aparte de una demostración implícita de que no se ha entendido el sentido último de la novela. Otro tanto ocurriría si la analizásemos en clave metafórica, obviando toda alusión a su triple carácter de novela fantástica, histórica y realista costumbrista, y nos limitásemos a ver en ella un trasunto de la situación de la política estadounidense actual.
Es cierto que a Roth no parece preocuparle demasiado la verosimilitud de los detalles ucrónicos del final de la novela (está hablando de su infancia y su familia), pero la premisa histórica en que se basa para construir la ucronía es perfectamente plausible; de hecho, era el mejor escenario posible para demostrar su tesis: un triunfo del sector aislacionista del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de 1940 no hubiera conducido al nazismo y los campos de concentración, puesto que las condiciones imperantes en los Estados Unidos no eran las mismas de la Alemania que se encontró Hitler al alcanzar el poder en 1933; todo lo más, hubiera conducido a un endurecimiento de las condiciones de vida de los judíos, pero dentro de los parámetros de un régimen democrático. El aviador y héroe nacional Charles Lindbergh priva a Franklin Delano Roosevelt del tercer mandato presidencial, con lo que aleja el fantasma del intervencionismo y le da alas al grupo de presión pronazi de los Estados Unidos (el Bund), en detrimento del grupo de presión projudío. La premisa (los sectores filogermánicos intentan detener la implicación en una guerra que resultaría “indecoroso” que enfrentase a arios contra arios) ya había sido explotada, para el caso del Reino Unido, por Kazuo Ishiguro en Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1989) y Christopher Priest en El último día de la guerra (The Separation, 2002). Roth escoge la figura de Lindbergh como eje de la ucronía por su carga simbólica (es el héroe americano por antonomasia, el prototipo de hombre hecho a sí mismo que suele alcanzar la presidencia de la Unión y simboliza el Sueño Americano), pero también por sus devaneos (documentados históricamente) con la causa pronazi y por ser uno de los antisemitas más destacados de su época. A Roth no le valía otro antisemita de pro, Henry Ford, demasiado visceral y antipático, ni el tránsfuga populista Burton K. Wheeler, de escasa o nula relevancia a efectos “míticos”. Lindbergh es un personaje con glamour, capaz de presentarse en una convención republicana a bordo de su avión (pilotado por él mismo, huelga decirlo) y ganar de este modo la nominación para la presidencia. Sin embargo, resulta llamativo que el Lindbergh literario de Roth carezca de voz propia: las únicas palabras suyas que leemos en La conjura contra América corresponden al Lindbergh histórico y se encuentran en el apéndice, en un discurso pronunciado en 1941 y cuyas siete páginas nos arrojan más pistas sobre su ideología que Roth en toda la novela. Todos los personajes históricos que aparecen en el mundo ucrónico de la novela actúan, hablan, escriben y piensan como lo hubieran hecho en nuestro.
Por otro lado, también resulta injusto e insuficiente juzgar La conjura contra América en función de la reconocida animadversión que Philip Roth le profesa a George W. Bush y el Partido Republicano. El autor ha negado que la novela sea una metáfora de los Estados Unidos posteriores al 11-S, aunque la tentación de establecer analogías es fuerte. Si Roth había fustigado al Partido Republicano y sus grandes líderes, notablemente Richard Nixon, en La pandilla (Our Gang, 1971), y la era McCarthy, en Me casé con un comunista (I Married a Communist, 1998), ¿por qué no intepretar La conjura contra América como un ataque a Bush, a quien considera incapaz de dirigir no sólo un país sino incluso una ferretería? ¿Acaso no es fácil ver en el apuesto Lindbergh una contrapartida de Bush, un presidente capaz de sobrevolar Washington con su potente caza Lockheed, velar por la seguridad ante cualquier ataque aéreo proveniente del exterior, ya sea alemán (Lindbergh es amigo de los nazis), japonés (el ataque a Pearl Harbor no tiene lugar el 7 de diciembre de 1941) o islamista? De manera análoga, se podrían juzgar las vicisitudes de la familia Roth en Newark, Washington y Kentucky como un trasunto de las aventuras que les hubiera deparado el destino si sus antecesores se hubieran quedado en la Europa del Este. Las similitudes entre algunos de los hechos narrados en La conjura contra América y el Putsch de Hitler de 1923 y la Kristallnacht de 1938 no deberían ser pasadas por alto.

En resumen, dos libros fundamentales, que os recomiendo encarecidamente, y que constituyeron dos de los momentos culminantes de la literatura publicada a lo largo del año 2005. El que Jabberwock 2 aparezca con cierto retraso no los hace menos recomendables.
Por cierto, hay dos ensayos muy importantes en este Jabberwock: el de Alberto García-Teresa, "Las aventuras ideológicas de Emmanuel Goldstein: usos ideológicos de la ciencia ficción", el intento más serio que se ha escrito desde el fándom de sistematizar la ciencia ficción de componente político (lo que abarca fundamentalmente utopías y distopías, pero también la obra de Robert Heinlein), y sobre todo el de Fernando Ángel Moreno, "La realidad fantástica: estética, ficción y postmodernidad en Cervantes y Tim Burton", que es desde ya mismo mi favorito para el próximo Ignotus. Todo ello, sin demérito de los ensayos de Margaret Atwood, Aaron Barlow, Nicholas Ruddick y José María Merino, la entrevista que Arturo Villarrubia le realiza a John Kessell o las reseñas a cargo de Julián Díez, Iván Fernández Balbuena, Adolfina García, Alberto García-Teresa, Ignacio Illarregui, Eduardo Larequi, Fernando Ángel Moreno, Cristóbal Pérez-Castejón, Eduardo Vaquerizo y Arturo Villarrubia.
Un libro de ensayo que, como decía Luis G. Prado en la presentación realizada en la hispacón de Sevilla, sabe que no va a vender más que unos cientos de ejemplares, pero que cumple una finalidad necesaria: ofrecer una visión crítica y rigurosa de la literatura fantástica aparecida a lo largo de 2005 y los primeros meses de 2006, así como proporcionarnos a los friquis más "literarios" un buen caudal de ensayos con los que reflexionar acerca de la literatura fantástica actual y la creación en general.

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9 Comments:

Anonymous arturo said...

jabberwock..
¿De que me suena a mi eso?:)

24 de noviembre de 2007, 0:44  
Blogger Kaplan said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

24 de noviembre de 2007, 2:09  
Blogger Kaplan said...

Hay que empezar a imitar a los martinmaníacos: ¿para cuándo el Jabberwock 3?

24 de noviembre de 2007, 2:10  
Anonymous Gandalf said...

Coincido en que La carretera, Nunca me abandones y La conjura contra América son tres de las mejores historias con elementos fantásticos que nos ha regalado la literatura últimamente.
Se discute mucho acerca del lugar hacia el que camina el fantástico. Pues hacia allí. El que tenga ojos, que lea. Cualquier lector está dispuesto a aceptar narraciones acerca de temas en apariencia tan sobados como la supervivencia tras una hecatombe nuclear o la manipulación genética. A cambio espera un discurso propio y que se centre en cosas que le importan. Cualquier escritor con menos inteligencia y sensibilidad que Ishiguro, por ejemplo, se habría enfrascado en una interminable discusión sobre codones y aminoácidos o, lo que es peor, habría ordenado a sus protagonistas que echaran a correr para salvarse de unos tíos vestidos de negro y armados con pistolones.

24 de noviembre de 2007, 10:21  
Anonymous arturo said...

Estamos en ello.
El problema es como siempre la busqueda de derechos extranjeros que es una actividad verdaderamente delirante. Alguna vez contaremos la odisea con Harold Bloom.

26 de noviembre de 2007, 18:36  
Blogger Juanma said...

Se discute mucho acerca del lugar hacia el que camina el fantástico. Pues hacia allí. El que tenga ojos, que lea.

Excelente diagnóstico, Gandalf. Es exactamente lo que hay. Otra cosa es que sea el tipo de género fantástico que le apetece leer al común de los friquis, pero indudablemente es la dirección en la que se encamina la buena literatura fantástica de hoy en día.

27 de noviembre de 2007, 10:29  
Blogger Juanma said...

El problema es como siempre la busqueda de derechos extranjeros que es una actividad verdaderamente delirante. Alguna vez contaremos la odisea con Harold Bloom.


Ya te conté en privado algunas anécdotas relacionadas con las agencias literarias. Una de ellas la voy a relatar en el blog, para que el resto de los lectores se haga una idea de cómo está el patio.

En efecto, muchas veces todo va bien: ya has escogido el material, has hablado con el autor y la idea le mola... y entonces aparece el asunto de los derechos. Y todo se tuerce. :-/

27 de noviembre de 2007, 10:31  
Blogger Juanma said...

Hay que empezar a imitar a los martinmaníacos: ¿para cuándo el Jabberwock 3?

Eso, eso. ¿Cuándo sale? :-PPPPPPPP

27 de noviembre de 2007, 10:31  
Blogger DJ said...

Pues el segundo Jabber me ha gustado más que el primero, enhorabuena por la parte que te toca. En cuanto a los tres libros de los que habláis: La conjura es muy bueno, La carretera es genialmente conmovedor, pero Nunca me abandones me decepcionó. A mi parecer es una novela bien escrita pero que carece de la fuerza de las dos anteriores.

27 de noviembre de 2007, 16:16  

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