viernes, 15 de febrero de 2008

¡Bester, Bester! ¡Hélice, Hélice!

En el último número de Hélice, el 7, aparece una versión reescrita del ensayo "¡Bester, Bester!", con el que gané el premio Ignotus en el 2001. Como le tengo mucho cariño a este ensayo, para mí ha sido un triple motivo de alegría el verlo reeditado: por un lado, para que el pobrecito no se "muera" de olvido (y, en ese aspecto, lo que están haciendo en Hélice tiene mucho mérito); por otro lado, porque creo que Hélice es la mejor publicación sobre literatura fantástica que se hace en la actualidad; y, en tercer lugar, porque nunca viene mal reivindicar a un monstruo de la ciencia ficción y de la literatura en general como Alfred Bester.

Que no me entere yo de que, después de leer este ensayo, alguno de vosotros sigue sin haber leído Las estrellas mi destino, El hombre demolido, Carrera de ratas o Irrealidades virtuales. Narraciones, en concreto las dos segundas, por las que parece que no pasa el tiempo y que siguen sorprendiendo cuando las relees: ¡Vaya caudal de ideas se gastaba en la Edad de Oro!

Aquí os dejo con los primeros párrafos del ensayo (que creo que es el más largo que he escrito, y aun así me quedé corto para todo lo que se podía contar sobre Bester), y el resto ya lo podéis leer en el número 7 de Hélice.

-------------

“Yo soy lo que escribo”


“Yo soy lo que escribo; escribo lo que soy. No hay línea de separación entre Bester y su obra. Somos uno e indivisible.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, por Paul Walker. Nueva Dimensión 116, p. 76)

“Cuando le conocí, descubrí instantáneamente que podía ser clasificado dentro del grupo de ‘Escritores que tienen personalidades similares a las historias que escriben’.”

(Isaac Asimov, en La edad de oro. 1941, p. 197)

“Me río muchísimo, con vosotros y conmigo, y mi risa es fuerte y desinhibida. Soy una especie de tipo ruidoso. Pero no se dejen engañar por mis payasadas. Esta mente de urraca está siempre buscando picotear algo.”

(De “Mis amoríos con la ciencia-ficción”, en Oh luminosa y brillante estrella, p.280)


Alfred Bester: éste es nuestro autor. Él es lo que escribe. Lo que escribe es él, está en él y de él sale para alojarse en nuestros recuerdos de forma perenne, de modo que parte de él viva dentro de nosotros y pasemos a ser una unidad con esta urraca siempre atenta a su alrededor y a tus palabras para encontrar algo útil con que engrosar su pletórico nido, el Libro de Notas en que atesora las joyitas que con el tiempo se convertirán en sus mejores (y peores) trabajos; con este Bester-culo-de-mal-asiento, adorado pero incomprendido, histriónico y besucón si se cruza en tu camino, implacable y meticuloso a la hora de trabajar, iconoclasta y vanguardista a tiempo completo. En un mundillo como el de la CF, que ha visto transitar a todo tipo de especímenes, Alfred Bester constituye un punto y aparte, un curioso ejemplo de idas y venidas a uno y otro lado de la frontera entre el género al que ama ciegamente pero se le queda pequeño y el ámbito típicamente americano del Hagámoslo-A-Lo-Grande que le viene como anillo al dedo pero le saca de quicio. Un autor que se ha adelantado en quince o treinta años a los más importantes movimientos rupturistas de la ciencia ficción, pero que siempre vivirá de acuerdo con el espíritu de su época. Una personalidad arrolladora que, precisamente por ser lo que escribe y escribir lo que es, nos ha regalado una obra tan breve como intensa que marca una de las cimas incuestionables del género. Bester-culo-de-mal-asiento. Bester-urraca.

Nace Alfred Bester el 18 de diciembre de 1913 en Manhattan, donde transcurre su infancia, en el seno de una familia judía no practicante. No padece una férrea educación clasista o tradicionalista; tampoco pasa hambre. Crece en un ambiente de tolerancia, inmerso en ese comedido libertinaje por el que se caracterizará en lo sucesivo. Dispone de una libertad que aprovecha (o desaprovecha, según se mire) para cursar unos estudios totalmente caóticos en la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, donde según él “hice el tonto tratando de convertirme en un renacentista. Rechacé la posibilidad de especializarme y me di la cabeza contra la pared estudiando humanidades y disciplinas científicas”. Después de lo cual se interesa por la escritura, en concreto por la ciencia ficción, de la que tanto había gustado en su infancia y adolescencia. Estamos, cómo no, en 1939, el Primer Gran Año en la historia del género, el del despegue, el de los “primeros vuelos” de muchos de los grandes de la CF: Heinlein, Asimov, Sturgeon, Leiber, van Vogt... Su primer relato, “Diaz-X”, se convierte en “The Broken Axiom” gracias a los consejos de los editores de Thrilling Wonder Stories, Mort Weisinger y Jack Shiff, que le recomiendan reescribirlo y enviarlo al concurso de relatos convocado por la revista. Resultado: obtiene el primer premio, 50 dólares, y la publicación en el número de abril. Nace el Alfred Bester escritor.

Son unos años de los que Bester abomina, y tal vez con razón: pocos relatos destacables encontramos en el período 1939-1942. “El infierno es eterno” (1942) es poco más que un pastiche de terror victoriano con unos personajes muy ingenuos y ciertos toques de manierismo tan esperanzadores como primarios. “La presión de un dedo” (1942) presagia el interés del autor por los viajes temporales desde una óptica tal vez novedosa en su época (una especie de “observatorio” del futuro cuyo cuartel general se halla en el centro de Nueva York) pero con un desarrollo, incluída la paradoja temporal de rigor, claramente predecible. El relato más aprovechable de este período es, con diferencia, “Adán sin Eva” (1941). El experimento llevado a cabo por Crane se salda con un rotundo fracaso: el total exterminio de la vida sobre la Tierra. Agonizante, deambula por el mundo cuya destrucción ha propiciado, y se arrastra en dirección al océano, donde sus restos originarán un nuevo estallido de la vida, un nuevo comienzo. “No había necesidad de Adán ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida, era necesario”.

“La ciencia ficción no es una profesión para adultos”

La ciencia ficción no es una profesión para adultos. Puede ser un entretenimiento delicioso, pero nunca debe tomarse en serio. Los que se dedican enteramente a la ciencia ficción son en su mayoría casos de desarrollo interrumpido. No hay más que leer las cartas que escriben los autores al Boletín de la SFWA para entender lo que quiero decir. Muchas de ellas son completamente infantiles. Parecen escaramuzas de niños en un cuarto de juegos.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, op.cit., p. 73)


Pero la ciencia ficción no colma todas las aspiraciones de Bester. La década de los cuarenta y los primeros años cincuenta transcurren para Alfie como un período de aprendizaje y perfeccionamiento, años de duro trabajo en los que la ciudad de Nueva York será todo su mundo; un mundo real y caótico, tangible y delirante. Un mundo testigo de su cambio de actitud hacia el género: llena del cariño que se profesa a los recuerdos más entrañables de los años mozos, pero terriblemente crítica con la autocomplacencia de los malos escritores y las rarezas de editores sectarios. El fándom se le antojará, de ahora en adelante, tremendamente provinciano. Relata con algo parecido a lástima su encuentro con el por otro lado admiradísimo J. W. Campbell, con motivo de la adquisición del relato “Odi e Id”. Acostumbrado al lujo de las oficinas de Manhattan, se le cae el alma a los pies cuando penetra en el destartalado cuartucho que hacía las veces de redacción de Astounding. Impertérrito, le sigue la corriente a un Campbell inmerso en una ridícula apología de la entonces neonata Cienciología. Sigue los consejos de Campbell, pero no por ello su impresión es menos demoledora: “He hecho algunas entrevistas extrañas en el mundo del espectáculo, pero ninguna igual a ésta. Reforzó mi opinión personal de que la mayoría de los tipos de la ciencia-ficción, a pesar de su brillantez, tienen un tornillo flojo. Quizás sea el precio que deben pagar por su brillantez”. No puede ser de otra manera, habida cuenta de la actividad que Alfred Bester, un hijo de la variopinta Avenida Madison, desempeña durante estos años. La ciudad es más atractiva e interesante que las naves espaciales.

No, la ciencia ficción no lo es todo para Bester, del mismo modo que la ciencia ficción no es toda la cultura popular. Y aquí radica el problema: para Bester-urraca, Bester-culo-de-mal-asiento, existe un inmenso mundo, la aquí denominada cultura popular, de la cual la ciencia ficción es sólo una manifestación más, entrañable por su carga emocional, su preferida si se quiere, pero en modo alguno superior a la novela policíaca, el cómic o la radio. Bester se considera ante todo un profesional, y su profesión le conduce durante toda una década en esas tres direcciones.

1939 es un gran año para la ciencia ficción, el inicio de la llamada Edad de Oro, un período en que el género adquiere carta de naturaleza, adopta la forma con que hoy lo conocemos, el canon a partir del cual se articularán posteriores movimientos de ruptura o afirmación. Algo similar sucede con el cómic en las mismas fechas. Son los años de plenitud de Al Capp, Harold Foster o Milton Caniff, los grandes maestros que con sus comic-books confieren al noveno arte una respetabilidad y difusión hasta entonces inimaginables. Paralelamente, da sus primeros pasos un nuevo subgénero cuyos personajes y tópicos siguen siendo hoy en día tan inequívocamente identificables como entonces: el cómic de superhéroes. Supermán y Batman son parte del paisaje neoyorquino (o de Metrópolis, o de Gotham City), en la misma medida que el Empire State o la Estatua de la Libertad. Años dorados para el cómic, y también para la radio, todavía fresca en la memoria colectiva la convulsión originada por un tal Orson Welles y su dramatización de La guerra de los mundos...

Éste es el caldo de cultivo que encuentra Alfred Bester cuando, aconsejado nuevamente por sus editores Weisinger y Shiff, se inicia como guionista de cómic. Supermán, el Capitán Marvel y Batman imprimen un nuevo cariz a la obra literaria de Bester; le contagian, como si dijéramos, sus caracteres neuróticos -Bester es lo que escribe-, y un nuevo concepto: el de profesionalidad, que presidirá sus escritos hasta el fin de sus días.

“Cuando se es profesional, el trabajo es quien manda”

Cuando se es profesional, el trabajo es quien manda. El profesional se dedica a hacer su trabajo. (...) Aunque el mundo se derrumbe a tu alrededor, termina en la fecha fijada. Escribe siempre de la manera más difícil. (...) Cuanto más duro sea el desafío, mejor será la historia. Da tiempo a que la idea madure dentro de tu mente. (...) Está siempre alerta para pescar material que pueda serte útil: situaciones, personajes, fragmentos de conversaciones, los incidentes más triviales. Usa un Libro de Citas y notas para registrarlo. Lee todo lo que puedas y consérvalo en la memoria.”

(De “Alfred Bester: una entrevista”, p. 75)


Profesionalidad. Durante un lustro, Bester escribe guiones sin descanso. El método de trabajo aprendido en estos días ya no sufrirá modificaciones. A partir de ahora, cada línea de texto, cada diálogo, cada descripción estarán rigurosamente planificados, como en un guión de cómic. Nada quedará ya expuesto a la improvisación. Al mismo tiempo, los desarrollos ganan en agilidad, versatilidad y ¿por qué no decirlo? nerviosismo, como si los personajes, además de adquirir mayor profundidad y credibilidad, tuviesen un halo tenebroso de superhéroes atormentados de historieta. El resultado resulta por fuerza atractivo para un lector poco acostumbrado a un estilo tan depurado y a unos personajes tan complejos. En palabras de Alejo Cuervo: “El lector no puede escaparse, y acaba también inmerso en un texto que parece cobrar vida propia. Leer a Bester es acercarse a Bester, y nunca puede ser olvidado”. Como escritor, Bester nunca desperd
iciará una sola línea, no escribirá nada que no sea absolutamente necesario para el desarrollo de la obra. Su eclosión está próxima. Pero aún le queda una etapa en su aprendizaje: los años de radio y televisión.
Durante la segunda mitad de los cuarenta, Bester trabaja como guionista en seriales radiofónicos como Charlie Chan, Nick Carter o La Sombra. Laboriosa tarea que hace mella en el autor y precipita una ruptura interior con la irrupción de la televisión. Es entonces cuando Bester toma conciencia de las limitaciones del medio para una mente fértil como la suya. Limitaciones técnicas y creativas:

“Estaba constreñido a la censura del medio, al control del cliente. Había demasiadas ideas que no se me permitía explorar. Los directivos decían que eran demasiado diferentes; que el público no las comprendería. Los contables decían que eran demasiado caras, que el presupuesto no las admitiría. Un cliente de Chicago escribió una carta enojada al productor de uno de mis programas. “Dile a Bester que desista de ser original. Todo lo que quiero son guiones ordinarios.” Fue realmente doloroso. La originalidad es la esencia de lo que un artista tiene que ofrecer” .


Es el momento en el que Bester-culo-de-mal-asiento decide cambiar de aires, buscar un entorno más creativo en el que se aprecien su talento y sus ideas. Ese entorno es, lógicamente, la ciencia ficción, a la cual regresa a lo grande.

“No había tenido intención consciente de abrir nuevos caminos”

“No había tenido intención consciente de abrir nuevos caminos; sólo había intentado hacer un trabajo artesanal.”

(De “Mis amoríos con la ciencia ficción”, p. 270)


Si el nacimiento del autor Alfred Bester coincide con una fecha mágica, 1939 -el inicio “oficial” de la Edad de Oro de la ciencia ficción-, su retorno al género se produce en vísperas de otra fecha mágica, 1953, en la cual se publicarán algunas de las todavía hoy consideradas mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos, entre ellas El hombre demolido -primer premio Hugo de la historia-, pero también Más que humano, Segunda Fundación, Mercaderes del espacio, Fahrenheit 451 o El fin de la infancia. El Segundo Gran Año.

El origen de El hombre demolido le debe mucho a la constancia de Horace L. Gold, editor de Galaxy, cuyas conversaciones con Bester lo convencen para colaborar con su revista. Bester recupera la ilusión por la CF gracias a Gold, y el éxito de la novela le permite conocer a autores como Isaac Asimov, James Blish o Theodore Sturgeon, con lo que se certifica su regreso al fándom. Y por la puerta grande, dado que nos hallamos ante una absoluta e imperecedera obra maestra, no sólo por su temática -es el gran clásico sobre telépatas- o el revolucionario mestizaje de géneros -policíaco y fantástico- que propone, sino también por el épico duelo entre Ben Reich y Lincoln Powel -dos de los personajes mejor perfilados en la historia del género- y por un estilo que aún hoy, transcurrido casi medio siglo, nos sigue sorprendiendo. Como dice John Clute: “La ciencia ficción no había destacado por su estilo antes de que Bester alterara la costumbre de escribir novelas simples porque los adolescentes las leían” (6). Nos hallamos ante una novela compleja, con múltiples niveles de lectura, vibrante y apasionada, apta para ser disfrutada tanto por adolescentes como por adultos. Un tipo de novela, en suma, inédito dentro del campo de la CF.

Como en casi todos los trabajos de Bester, El hombre demolido es la historia del conflicto entre un individuo asocial y una sociedad poco amiga de individualismos. Ben Reich es el típico héroe de Bester: egocéntrico hasta la médula y sociable sólo para guardar las apariencias. Un tipo de personaje con el que resulta muy difícil identificarse, de lo cual se deriva una de una de las grandes paradojas de su obra: Bester consigue entusiasmar al lector escribiendo sobre personajes profundamente antipáticos. En términos maniqueístas, Ben Reich debería ser el “malo” de la novela, mientras que a su contrafigura, el intachable agente de la policía Lincoln Powell, le correspondería el papel de “bueno”. Nada más lejos de la realidad.

Así, Ben Reich es el magnate del emporio comercial Monarch, acosado por la compañía D’Courtney, cuyo dirigente agoniza, anciano, en la mansión de Mme. María Beaumont. Atenazado por pesadillas recurrentes en las que se le aparece un hombre sin rostro, Reich decide negociar con D’Courtney, pero en apariencia éste rechaza su oferta amistosa. Enfurecido, Reich planea asesinar al anciano, pero se encuentra con un problema prácticamente irresoluble. La sociedad que describe la novela está controlada por telépatas o “éspers”, fuertemente jerarquizados, sometidos a estrictos votos de disciplina interna y muy ligados a la policía, lo cual hace virtualmente imposible el delito. El sueño del Gran Hermano hecho realidad. Moviendo sus contactos (Reich financia una de las dos facciones enfrentadas en que se dividen los éspers, la Liga Patriótica), planea y comete el crimen con exquisita precisión. Al no quedar claros ni el motivo ni el método ni la oportunidad, Reich goza de una impunidad que sería absoluta si no fuera por la existencia de una testigo inesperada: Barbara, la hija de D’Courtney, que huye de la mansión al cometerse el crimen. Ofuscado, el prefecto de policía de la división psicopática, Lincoln Powell, inicia una implacable operación de acoso y derribo a Reich, al cual sabe culpable. Pero Powell debe guardar las formas: por un lado, su antagonista es demasiado poderoso; por el otro, aspira a presidir el Gremio Ésper, la facción dominante entre los telépatas. Despliega todo su ingenio para atrapar a Reich, y de paso hacerse con el dominio del más importante grupo de presión existente. El caso de su vida.

Así narrada, la novela puede parecer una simple trasposición de términos del típico policíaco, vertiente hard-boiled. Pero El hombre demolido es mucho más que eso. Nos muestra a una sociedad implacable con la disidencia, verdadero trasunto del macarthysmo, como acertadamente apuntara José Mª Catalá. Ben Reich transgrede el orden establecido al cometer un asesinato, delito que no se había producido en casi cien años. Su destino es la “demolición”, una especie de borrado de memoria tras el cual se producirá la reinserción de la oveja descarriada (pero aprovechable) dentro de la feliz sociedad ésper. La demolición es el peor destino posible para un individuo consciente de sí mismo en su lucha contra una sociedad homogénea en cuanto al modo de pensar, aunque no en cuanto a la igualdad de oportunidades: Ben Reich pertenece a una élite económica, se relaciona con las élites y en ningún momento se plantea renunciar a su posición. Vemos un mundo de glamour, de belleza y poder, de alta sociedad, algo que también se describe en Las estrellas mi destino. Ben Reich lo es casi todo en la sociedad en que vive, pero se rebela contra ella, llevado por un impulso autodestructivo que otorga a su personaje una fuerza desacostumbrada dentro del género. Tras el odio y el asesinato late un conflicto aún más complejo, de raíces psicoanalíticas. D’Courtney muere porque quiere morir; Reich obvia la realidad -reinterpreta a su voluntad el choque personal, emocional y económico con el primero- porque quiere matar -transgredir el orden establecido- para, acto seguido, morir -la demolición-. Por encima del lucro, Reich es un individuo profundamente pasional, hasta el punto de autoinmolarse.

Pasional y apasionante. La novela es una continua sucesión de escenas inolvidables: la fiesta ésper del capítulo segundo (en la que Bester consigue mostrarnos lo que tantos autores de CF han pretendido sin éxito: una sociedad diferente de la actual, con una mentalidad totalmente ajena a la nuestra), los preparativos del crimen (la contratación de una canción pegadiza o ”pepsi” con la que obsesionarse y de este modo burlar los controles telepáticos), la fiesta en el transcurso de la cual se comete el asesinato de D’Courtney, la psicodélica persecución en la Casa del Arco Iris (cuyo laberinto simboliza el inicio del fin de Reich, además de una aproximación al “espacio interior” de la New Wave), la casi dickiana apoteosis tras la cual Reich confiesa su crimen y se desvela quién es el hombre sin rostro de sus sueños, la demolición de Reich... Pero ninguna escena tan brillante, a mi juicio, como la promesa de enemistad mutua entre Powell y Reich, por cuanto que nos muestra, con insuperable sentido de la épica, el conflicto entre honor y ética que preside tanto esta novela como Las estrellas mi destino:

”Nosotros no necesitamos leyes... Poseemos sentido del honor, pero es algo propio... Un hombre tiene su propio honor y su propia ética” (p. 97).

Y tal vez se halle aquí el porqué de la rebelión de Reich, de su derrota anunciada. Reich es un peligro objetivo para la sociedad ésper, “un camino seguro hacia la destrucción total... uno de esos raros hombres capaces de conmover el universo” (p. 227). Su redención final no quita un ápice de rotundidad a esta afirmación, por cuanto que en el camino se produce la aniquilación -”demolición”- de Reich como individuo. Parecía la premonición de una de las “demoliciones” más sonadas que el macarthysmo estaba perpetrando en el mundo real: la del psiquiatra Wilhelm Reich. ¿Fue casual el apellido elegido por Bester para bautizar a su personaje?



Etiquetas: , , ,

6 Comments:

Anonymous Nacho said...

Enhorabuena. Es un artículo cojonudo.

15 de febrero de 2008, 23:51  
Anonymous Anónimo said...

Requetecojonudo y enfoque super profesional; Mike Ashley o Carlo Frabetti envidiarían tu artículo.

JA

17 de febrero de 2008, 0:29  
Blogger manu said...

Sós un monstru, bró!

18 de febrero de 2008, 9:19  
Anonymous Anónimo said...

He releido tus historias de “El club de los profesores muertos” y veo que en los post aparecen ex alumnos de colegio que quieren contactar contigo, un ex profesor que te agradece la historia y te invita a una exposición, y la semana pasada escribe otro excompañero protagonista de anécdota que te admira y promete leer el blog.

Vaya éxito entre los ex de tu colegio, juanma!!!

18 de febrero de 2008, 9:48  
Blogger Juanma said...

Pues sí, la verdad es que me emociona leer que la gente se acuerda del cole, tantos años después. :-)

18 de febrero de 2008, 9:59  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Re-leer tu artículo fue todo un placer. (Casi lujurioso). ;)

Bester, siempre será The Best.

Gracias,Juanma.

19 de febrero de 2008, 8:52  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home