martes, 5 de febrero de 2008

Como Legolas en el IMAX

Me enfundo las gafas que me acabo de comprar. Se parecen mucho a las que tenía antes: me cuesta cambiar de estilo. La miopía me ha crecido media dioptría en un ojo, y el astigmatismo otra media dioptría en el otro ojo. Como resultado, me cuesta enfocar, padezco el mareo típico de las gafas nuevas. La última vez que me compré unas gafas, salí de la óptica como borracho. Me comía las aceras, incapaz de calibrar las distancias. Ahora es diferente, porque la graduación no ha variado tanto. No obstante, veo el mundo de otra manera. Todo es más nítido.
Salgo a la calle, y lo flipo. Por primera vez en los cinco años que llevo en Barcelona, reparo en la intensidad del sol mediterráneo en invierno. Esa luminosidad digna de cuadro de Sorolla lo empapa todo, y me digo que, en días ventosos y claros, tal vez Barcelona tenga un cielo tan hermoso y diáfano como el de Madrid. Las gafas que llevaba hasta ahora me acompañaron aquí desde Madrid: no me las cambiaba desde hace seis o siete años. Salgo a la calle de Sants, y por primera vez en cinco años veo la ciudad tal como es. Entre el cielo mediterráneo y los cielos velazqueños no hay tanta diferencia. Y yo, aprisionado por la visión limitada que me ofrecían aquellas gafas repletas de rayajos, convencido de que la cualidad del aire barcelonés no era la del aire madrileño, ni por asomo... Todo era un problema de punto de vista, de disponer de la herramienta adecuada para ver la realidad tal como es.
Los milagros se suceden. Cruzo la calle de Sants, hacia mi acera, y enfilo hacia Badal y, más allá, la casa de Cristina. Y me vuelve a suceder otro hecho inaudito: veo la calle de Badal. Es medio kilómetro, y la veo a la perfección, allá a lo lejos. La gente se acerca y me rebasa con la calle de Badal al fondo, que crea un curioso efecto estroboscópico. Veo a la gente tal como es, y no con las ideas preconcebidas que me traje de Madrid. Los veo en tres dimensiones, y con sus verdaderos colores y formas. Las antiguas gafas me habían escatimado aquel conocimiento. Me siento como si acabara de ajustar el brillo y el contraste en una fotografía retocada con Photoshop. He pasado del mundo en baja resolución y el formato .jpg a otra dimensión, mucho más nítida, la de los .tiff en alta resolución. El mundo a mi alrededor gana en detalles y en peso: hablamos ya de varios teras, en vez de algunos gigas, si esta experiencia se estuviera produciendo en alguna especie de realidad virtual.
A medida que avanzo por la calle de Sants, luchando por evitar a los transeúntes que se me echan encima (aún no calculo bien las distancias), comienzo a adivinar el barrio de Collblanc, distante más de un kilómetro, pero que, debido al efecto amplificador de las gafas, parece aquí al lado, tan, tan, tan nítido. Ahora me siento como Legolas en el IMAX.
Entrar en casa de Cristina es una experiencia un tanto extraña. Después de aprender a reconocer las distancias largas, ahora tengo que acostumbrarme a las cortas, a lo que puedes aprehender alargando la mano. Mi defecto estriba en que fuerzo mucho la vista en las distancias cortas, y eso es algo que un miope no debe permitirse, cuando tiene unas gafas concebidas para ver de lejos. Mi espectro de visión está concebido para ver a dos palmos, como mucho tres: los que separan mi vista de la pantalla del ordenador, del libro que esté leyendo o corrigiendo, del cuerpo de Cristina cuando estamos juntos. De ahí que utilizar unas gafas para ver de lejos resulte contraproducente. Pero es lo que hay.
Desisto por el momento de lavar las gafas: ya me enseñará Cristina. Entre otras cosas, las antiguas se me han jodido por limpiarlas con papel higiénico o con pañuelitos de papel. En la óptica me han recomendado lavarlas con jabón. Mis primeras gafas, aquellos engendros de pasta de los años ochenta que parecían concebidos por los encargados de imagen de las azafatas del Un, dos, tres, tenían un método muy expeditivo de limpieza: un chorreón de Mistol o de Pril, y a secar. Se formaban unos cercos de jabón molestísimos, que de todos modos había que retirar con un aclarado adicional. A partir de ahora, volveré a aquella adolescencia de gafas de pasta con cristales ahumados, esos dieciséis años que todo el mundo debería olvidar.
Recuerdo que tengo que hacer una llamada, de manera inexcusable. El resultado no es el que me esperaba: es igual de malo, pero diferente, precipitado. No me lo esperaba, a decir verdad, aunque sabía que la situación no podía durar más tiempo. Bueno, a veces hay que saber dejar pasar algunas oportunidades, y en ocasiones hay que tener claro que son las oportunidades las que dan la patada. Unas veces se gana, otras se pierde. Veo la situación con una claridad que me hubiera resultado impensable unos días antes, con las antiguas gafas. Parece como si las nuevas gafas no me estuvieran enseñando sólo a ver el exterior, el mundo que me rodea, sino que también fueran capaces de escrutar en el interior de la psique humana y sus motivaciones, y me las presentaran en alta resolución y tifeadas. He visto algo que hasta hace poco no quería ver. ¿Hasta dónde me llevarán estas gafas? ¿Qué son, en realidad? ¿Qué implacable demiurgo ha podido concebir un aparato que no sólo me enseña a ver la Barcelona en la que llevo cinco años viviendo tal como es -y no como me la había imaginado, por las fotos e imágenes que conocía cuando veía mejor-, sino que también me ayuda a ver mejor el carácter humano en su verdadera dimensión?
Debería ponerme a corregir el libro que se me está atravesando, pero decido tomarme la tarde libre. Voy a casa a leer el correo, y hablo con los compañeros de piso, hasta que llega el momento de salir al encuentro de Cristina, a quien se le ocurre sobre la marcha la idea de que la acompañe este fin de semana a Girona. Sólo dispongo de diez minutos para hacer el equipaje, y me tiene que prestar una bolsa de viaje porque la mía está en mi casa, pero me da tiempo, y salimos juntos. De camino, veo los subterráneos del metro y las taquillas de la estación de Sants tal como son, no tal como creía que eran. A esas alturas, puede decirse que llevo un mareo considerable: estoy forzando demasiado la vista.
Llego a Girona con la vista castigadísima, preguntándome si no sería lícito obrar como Ray Milland en El hombre con rayos X en los ojos, dejándome llevar por ese coro de fanáticos cristianos que le recuerdan el pasaje bíblico de San Mateo, que cumple al pie de la letra: "Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos". Pero presiento que no serviría de nada: el mundo seguiría siendo igual. Y no podría rasgar el velo de Maya, ni salir a la caza de formas tridimensionales en la misma caverna de Platón, ni codearme con Hiro Nakamura y Claire Bennett en el panteón de los superhéroes, ni sentirme como Legolas en el IMAX. Así pues, decido apadrinar y prohijar este nuevo superpoder, esta nueva Visión Privilegiada que una óptica de barrio me ha puesto en bandeja, y hacer buen uso de ella. Con este pensamiento rupturista e innovador, me acuesto, convendido de que, ahora que conozco la verdadera naturaleza y forma de las cosas, del mundo, por fin podré cambiarlo.
No tardo ni un fin de semana a acostumbrarme a la nueva graduación de las gafas. El lunes regreso a las rutinas, continúo corrigiendo el libro rebelde y, con las prisas eternas, el ir de aquí para allá sin fijarme en las cosas, todo vuelve a ser igual; tal vez, con los brillos un poco más subidos y en media resolución, y, por supuesto, más nítido. Pero igual, al fin y al cabo.

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12 Comments:

Blogger Cristina said...

Y encima tus gafas te quedan estupendamente...si es que...:p

5 de febrero de 2008, 11:07  
Blogger Juanma said...

¡Eso, eso! ¿Qué más se puede pedir? :-P

5 de febrero de 2008, 11:15  
Blogger Juanma said...

Fotos, tal vez. :-PPPP

5 de febrero de 2008, 11:16  
Blogger Cristina said...

Bueeeeeno, ya pondremos alguna :ppp para que vean al Légolas madrileño...

5 de febrero de 2008, 11:17  
Anonymous Kaya said...

"Anda, qué de hojas tienen esos árboles", recuerdo que dije nada más salir de la óptica la última vez que me cambié la graduación de las gafas.
El primer día ves el mundo como si fuese completamente nuevo: los carteles tienen letras, los coches matrículas y ya no distingues las indicaciones del semáforo sólo por el color. Luego te acostumbras y pierde la magia y, lo peor, poco a poco (y en mi caso seguramente más rápido) todo termina volviéndose a cubrir con el mismo ligerísimo velo de niebla. Aún puedo colocarme justo enfrente del cartel de la calle Fuencarral y leerlo sin demasiados problemas, pero sospecho que no por mucho tiempo...

Esperamos esas fotos del cambio de "look" ;P

P.D.: La última vez que me gradué las gafas fue porque, tras estar diez minutos frente al cartel de la calle Fuencarral, tuve que pedirle a un abuelito que pasaba por ahí que me hiciera el favor de leerlo... :S

5 de febrero de 2008, 22:01  
Blogger Juanma said...

Cómo mola, estás describiendo exactamente mis sensaciones cada vez que me compro gafas nuevas. Más que "¡Cuántas hojas!", mi sensación suele ser "¡Otia! ¡Qué verde más intenso!", pero sí, es eso mismo. :-)

La última vez que me gradué las gafas fue porque, tras estar diez minutos frente al cartel de la calle Fuencarral, tuve que pedirle a un abuelito que pasaba por ahí que me hiciera el favor de leerlo... :S

XDDDDDDDDD

Besos. :-****

6 de febrero de 2008, 10:27  
Blogger Juanma said...

Bueno, técnicamente, una de mis graduaciones forzosas de gafas fue resultado de un hostión que me metí por *no ver* las puertas del entonces Simago (hoy Carrefull) de Conde de Peñalver. Cristal roto, montura partida en dos y, claro, juego nuevo de gafas. :-D

6 de febrero de 2008, 10:52  
Blogger Álex Vidal said...

Eso, con unas gafas de pasta, no te hubiese ocurrido: son más resistentes :D

6 de febrero de 2008, 14:15  
Blogger Juanma said...

Eran gafas de pasta. Pero de las de los años ochenta, cuando no existía el término "gafapasta" (ni había gafapastas, todo hay que decirlo; o sí los había, pero estaban en casa viendo Mazinger Z y La bola de cristal).

6 de febrero de 2008, 16:34  
Anonymous Kaoss said...

Como dicen en otro foro:

Este post sin fotos no vale nada!

Queremos ver, y nunca mejor dicho.

Es curiosa esa sensación de los miopes de ir viendo peor poco a poco sin darnos cuenta hasta que nos graduamos la vista otra vez y decimos qué nítido y luminoso es todo.

Seguramente se podría sacar una moraleja de esto, pero ahora no me apetece....

6 de febrero de 2008, 23:07  
Blogger manu said...

Joé, masho, ¿cuánto hacía que no visitabas el oculista?

11 de febrero de 2008, 9:56  
Blogger Juanma said...

Pues no me acuerdo, pero ya me vine a Barcelona con las gafas que acabo de cambiar, o sea que seis años como mínimo. Creo que siete.

11 de febrero de 2008, 10:01  

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