lunes, 16 de octubre de 2006

¡Hongos del Gironès!

Los cuatro años que llevo en Barcelona me recuerdan a las andanzas del doctor Joel Fleischman, el de Doctor en Alaska: en la cuarta temporada de la serie, aún seguía descubriendo costumbres y tradiciones de los habitantes de Cicely, de esas que son de dominio público entre los habitantes de la ciudad pero le pasan inadvertidas al residente temporal y, en cierto modo, marcan la pertenencia al lugar. Más de una vez me he quedado a cuadros cuando me preguntaban por alguna de estas costumbres consuetudinarias que yo ignoraba. Yo lo llamo “síndrome de Doctor en Alaska”, y sigo padeciéndolo después de cuatro años.

Por ejemplo (y esta tardé sólo dos años en pillarla), se acercaban las Navidades y mis amigos me preguntaban si pensaba comer canalones para San Esteban. Naturalmente, yo me mosqueaba. ¿Canalones? Claro, claro. ¿De aluminio o de cobre? ¿Y por qué no un andamio entero, ya que estamos?... Y entonces me sacaban de mi error. ¡Ah, canelones! Resulta que en Catalunya el 26 de diciembre es festivo; total, como siempre estoy en Madrid no lo disfruto. Pero ¿por qué se come canelones para San Esteban? Nadie ha sabido darme razón de este hecho, aunque supongo que se deberá a que los canelones duros pueden recordar vagamente a las piedras con las que se lapidó hasta morir al primer mártir de la Iglesia. O a lo mejor el nexo es demasiado evidente y, como no soy catalán, no lo advierto.

Una posible interpretación: Cristina me ha explicado que los canelones se hacen para San Esteban para aprovechar las sobras de la comida de Navidad. Es lo que digo: el nexo era demasiado evidente, ergo sigo sin ser del todo catalán. Yo hubiera preparado croquetas, que es lo que se hace con las sobras del cocido madrileño.)

Otro ejemplo: los calçots. Pasan las Navidades, llega el invierno, tu primer invierno en Catalunya, y todo el mundo te empieza a preguntar si vas a ir de calçotada. Pones tu mejor expresión de “¿Mandeee?” y te lo aclaran. Un calçot es una cebolla tierna que se come acompañada por una salsa de ajos, tomate, aceituna, pan, avellanas, pimiento rojo y el componente secreto de cada familia; una especie de salsa romesco, pero no exactamente igual, porque, esto hay que aclararlo desde ya, la salsa de los calçots no es la salsa romesco. Se parece mucho, pero no lo es. Luego metes las cebollas tiernas a la brasa y, cuando salen, te las sirven en una teja, las abres, extraes la parte del interior (que no se ha churruscado), las mojas en la salsa y las engulles como si fueras un lagarto de V. Si eres novato en estas lides o tirando a patosillo, mejor que te pongas el inmenso babero de papel que a buen seguro te ofrecerán.

La cantidad de salsa de calçots con que pringas el babero es otro buen indicador de tu grado de integración en la sociedad catalana: a mayores desperfectos, menor pertenencia.

La temporada de los calçots es el invierno. Mejor a finales de enero o primeros de febrero. Además, los puedes acompañar por una buena parrillada de carne, y entran mejor. Lo suyo es tomárselos en la zona de Valls (Tarragona). Lo habitual para mí ha sido comerlos en restaurantes de los barrios de Sants o Gràcia, pero salen bastante caros y carecen de encanto. La mejor calçotada que he vivido, con la familia de Yolanda, en su casa de campo: vistas a Montserrat, ese calorcito único que da el sol de invierno, comida y bebida hasta los límites de lo imaginable y una salsa de calçots inenarrable, de buena que estaba.

Entretanto, vienen visitas de la Villa y Corte y, entre pitos y flautas, terminas llevándolas siempre a dos restaurantes, dependiendo de la zona en que vayas a quedar. Uno, El Pebrot i el Petit Cargol, cerca de la Plaça de Sants; el otro, Can Cargol, junto al Mercat de la Concepció, en el Eixample.

El primero me recuerda las reuniones del comité organizador de la hispacón del 2002, la BarnaCon, en la que Marta Belmonte y Humberto Revilla, los entrañables Ripley y Truman, trazaban las directrices a seguir, las líneas de actuación del congreso, con la ayuda de Javi Cuevas, Pablo Herranz, Álex Vidal, Víctor y Ade, Yolanda, Rosa y Xavi Centelles, e incluso servidor. Allí nos pasamos una semana ultimando detalles, sucumbiendo a la histeria, animándonos y emborrachándonos.

Y, además, estaban los caracoles.

En la vida me había acercado a los caracoles cuando vivía en Madrid. Para mí, eran esos bichitos que sacaban sus cuernos al sol cuando dejaba de llover y que había que tener cuidado para no pisar. Sabía que se comían, pero jamás se me había pasado por la cabeza hacerlo. Prejuicios. Como lo de comer pescado crudo, otro prejuicio tonto que ahora es un auténtico vicio. Con los caracoles, lo mismo. Preparando la BarnaCon aprendí a comerlos.

Aunque mi primera experiencia caracolera se produjo en el barrio de Sants, el lugar al que acudía a comerlos cuando venían visitas era Can Cargol. Situado en la calle Valencia, junto a una floristería enorme que abre las veinticuatro horas del día, Can Cargol tenía un bacalao con roquefort que justificaba todos y cada uno de los muchos euros que costaba. Me lo descubrió Emilio Butragueño (no el futbolista, sino mi amigo y ex compi de colegio Calasancio), en verano del 2002. Yo estaba recién llegado a Barcelona, todo dios estaba de vacaciones y él estaba visitando a una amiga suya. Salimos con ella y su compañera de piso. Cenamos en Can Cargol, y ya ni recuerdo si comimos caracoles, creo que no. Después de aquello, subimos en coche hasta el Mirablau, una discoteca megapija cuyo mayor mérito estriba en las formidables vistas de la ciudad desde las estribaciones del Tibidabo. Nada más llegar, de muy mal rollo porque a las compañera de piso de la amiga de Emilio se le había fastidiado el coche en plena subida al pie del Tibidabo, se nos acercó un negro enorme que estaba junto a alguien que me sonaba de haberlo visto en la tele y no tardé en identificar como Patrick Kluivert. El negro enorme señaló a la amiga de Emilio mientras me interpelaba:

-Is your girlfriend?

Alcé las manos, en gesto amistoso y sumiso de “A mí no me mires”.

-So come with me –dijo, y la agarró del talle. Sin demasiado éxito, dicho sea de paso.

El caso es que me aficioné a ambos restaurantes, y a alguno más de la zona de la calle Olzinelles, en Sants, y los caracoles se han convertido en una especie de seña de identidad para mí, un recordatorio de que, al fin y al cabo, voy bien encaminado y tal vez consiga integrarme plenamente en la sociedad catalana.

Pero avanzamos en el mes de marzo, se acerca la primavera (de mi cuarto año en Barcelona) y todavía descubro una tradición nueva, esta de la zona de Vilafranca del Penedès y Vilanova i la Geltrú: la xatonada.

El xató es una ensalada que se elabora con escarola, bacalao, anchoas, aceitunas arbequinas y, cómo no, una salsa muy parecida a la romesco y la salsa de los calçots. La hasta ahora única xatonada a la que he asistido tuvo lugar en Vilanova i la Geltrú, con Mar (dd, en foros) como anfitriona, y los sospechosos habituales como asistentes: Pau Blackonion, Kaoss y todo el frikerío barcelonés.

En resumen, y como suelo decir, para espanto de mis amigos autóctonos: así son los catalanes, tan educados y con tanto seny en la vida civil, pero con esas costumbres culinarias tan pringosas. Es como si canalizaran el desorden en dos direcciones: comer cosas que manchan y hacer mucho ruido con fuegos artificiales.

No obstante, la tradición catalana por excelencia es la recogida de setas en otoño. Llega el mes de octubre y comienza la temporada. El Montseny se llena de domingueros provistos de cestitas, y para tu asombro, todo el mundo conoce la costumbre, reconoce las setas y le da un nombre curioso a la afición: caçar bolets. Cazar setas. Porque las setas no se recogen: se cazan, como si fueran venados o jabalíes. Y los caçadors de bolets son los boletaires.

Hace dos domingos fui un boletaire más en el Gironès. Así pues, Cristina, sus padres y yo partimos desde Salt hacia unas montañas cercanas, cuyo emplazamiento no puedo ni quiero ni debo contar: un boletaire jamás revela dónde se encuentra su santuario.

El tiempo era ideal para estos menesteres: soleado y caluroso, un par de días después de un chaparrón. De este modo te aseguras de que habrá setas (menos que otros años, aunque más que el año pasado) y el suelo estará seco. La combinación perfecta.

El uniforme básico de un boletaire consta de calzado deportivo cómodo y con mucha huella, o bien botas chirucas. Dado el problema de agarre de mis zapatillas deportivas (me niego a llamarlas bambas: para mí, una bamba sigue siendo un bollo al que se le practica una hendidura y se rellena de nata o crema), el padre de Cristina me prestó unas, más o menos de mi número. Así evité partirme la crisma en más de una ocasión.

Unos buenos pantalones vaqueros también ayudan. Que sean viejos, pero que no estén rotos, pues se te podrían colar espinas, si pisas alguna zarza. De este modo, tuve que desprenderme de los vaqueros viejos que llevaba (demasiados agujeros) y me prestaron unos que había por la casa.

Procura llevar una camisa vaquera de manga larga. Y una gorrita. Cualquier precaución es poca.

Llevar gafas también ayuda.

Un cayado no viene mal.

No te olvides de la navaja, para cortar las setas por la base.

Y, evidentemente, procura hacerte con unos buenos guantes.

La brújula te la puedes dejar en casa, si conoces la ruta. Deja encendido el teléfono móvil, por si te pierdes. Aunque haya zonas sin apenas cobertura, nunca se sabe cuándo puede hacerte falta. Una vez llevas media hora en el monte bajo, ya no sabes ni dónde andas, ni si estás dando vueltas.

Cómo no, lleva una cestita. En este caso, llevábamos dos: una, el padre de Cristina; otra, su madre.





Llegamos al lugar en cuestión. Aparcamos el coche junto a otro vehículo que tapaba la entrada del sendero. Mal hecho: nunca sabes si un todoterreno puede necesitar entrar o salir por ahí.

Abrimos el maletero y extraemos todo el aparejo necesario para la caza de setas. En menos de dos minutos estamos listos para emprender la marcha.

Aparece un lugareño, el propietario del coche que tapa la entrada del sendero. Anciano. Lleva una buena cesta repleta de setas. Abundan los pinatells (mículas, nizcalos) y los ous de reig. No hay rossinyols, que salen más adelante, ni girgoles, rovellons, cama-secs o moixerons. Se pueden encontrar bastantes setas, pero no tantas como otros años. Eso sí, está mucho mejor que el año pasado, que fue un espanto. El hombre se queja mucho, acerca de prácticamente todo. Termina con una frase:

-Només vull dir-li una cosa: ¡Democràcia!

Un nostálgico de Franco que sólo habla en catalán. Curioso.

O a lo mejor su concepto de gobierno ideal no es franquista, sino que se remonta a los tiempos de los almogávares. Nunca se sabe.

Ascendemos por el camino. Ni Cristina ni sus padres están muy seguros de que yo, la persona más urbanita de este hemisferio, pueda aguantar el tute que nos vamos a meter todos. Por mi parte, prefiero creer que sí: cuando era pequeñito iba de excursión con la OJE (episodio un tanto oscuro de mi vida al que me referiré en alguna anotación) y me encanta caminar.

Aunque el campo se nota un tanto seco, resulta reconfortante ver tanto color verde en el corazón de una región industrial, tan cerca de una ciudad como Girona.

Un todoterreno nos tapa el camino. No podía continuar por el sendero: unos metros más adelante hay un árbol caído. Pasamos como buenamente podemos. Cinco minutos de caminata y Tomás reconoce el comienzo de nuestro santuario. Buena caza.

Nos apartamos del sendero y empezamos a abrirnos paso entre las zarzas (cómo pinchan, las muy capullas) y el monte bajo. Veo una baya silvestre muy grande, y pregunto qué es.

-Juanma, eso es un madroño –me ilustra Cristina-. Menudo madrileño estás hecho.

Ya me vale.

-¿Y yo qué sé si hay madroños fuera de Madrid? Me parecía un madroño, pero no lo tenía claro.

El urbanita ha hablado.

Tomás se distancia, y me quedo con Antonia y Cristina. Encuentro una seta:

-¿Esta vale?

-No. Es venenosa. Aunque parece una micula (pinatell), el pie es blanco. Esas no nos valen.

-¿Y esta?

-Tampoco. Es venenosa.

-¿Y esta otra?

-No. Se puede comer, pero está un poco mala.

Se me va la cabeza. Maquis en Girona. Soldados de Salamina. A ver sobre qué podría escribir un cuento de terror o fantástico con estos elementos. De vez en cuando, respiro profundamente, para sentir el aire puro en mis pulmones.

-¡Mira! ¡Un ou de reig!

Los ous de reig son de la familia de las amanitas y se llaman así por la forma que tienen antes de desarrollarse: huevos de rey. Parecen un huevo o un pequeño alien, que al crecer se abre como un parasol y da lugar a ejemplares de hasta veinte centímetros de diámetro, como el que encuentro más adelante. Yo solito. Hala.

Llegamos a una zona repleta de pinatells. Cristina quiere recogerlos todos. Nos abronca si pisamos alguno. Yo no distingo nada, pero ahí están, y los estoy pisando. Antonia los prepara allí mismo: se corta la base, se quitan los gusanos o bichos que tenga, y para la cesta.

También cogemos castañas.

Suena un reclamo, seguido por unos cascabeles. ¿Ovejas? No: perros.

Hay una cacería en el monte.

-Van por el jabalí –dice Tomás.

Pues nos van a joder vivos como nos confundan, pienso yo.

Han pasado muy cerca.

Un poco más arriba hay dos torcas. No tan grandes como las que hay en Cuenca, claro está, pero lo suficiente como para partirte algo si vas distraído y te caes.

A un lado del sendero, al que volvemos periódicamente, hay dos tiendas de campaña. Acampar aquí seguro que está prohibido, pero ¿y qué?

Hemos hecho una buena cacería de setas. Nos detenemos para reposar. El padre de Cristina habla con los cazadores, y les pregunta por algunos tipos de setas. Uno le cuenta que tiene su pino, y por supuesto no dice dónde está. Los boletaires de pro reconocen su propio árbol, y siempre buscan allí. Y no revelan su emplazamiento.

Emprendemos el regreso. Recogemos madroños, para hacer licor. Nuestra duda metódica es: ¿Hay que macerarlos con anís o con orujo? También comemos madroños.

El calor aprieta. No podemos perder mucho tiempo. Ya es casi mediodía, y hemos quedado por la tarde con Eva, para darnos una vuelta por Santa Coloma de Farners.





Cuando llegamos al coche, juntamos el contenido de las dos cestas, nos quitamos la ropa ad hoc y, sudorosos y satisfechos de la jornada de caza de setas, emprendemos el regreso a casa, donde Tomás pelará y preparará los ous de reig y pinatells y Antonia los cocinará. Una cena exquisita, con un postre de lujo: castañas asadas.





El año que viene repito. O antes.

19 Comments:

Anonymous Nap-buf said...

Un par de cosas, en la primera foto, pareces japones b)
segundo, el xato, aunque últimamente por cuestiones comerciales hay una rivalidad sobre su origen, en realidad, es de El Vendrell, pueblo famoso por su xato y por ser el pueblo nativo de Pau Casasl... y dentro de unos años, porque es donde vivo yo XD
Un saludo

16 de octubre de 2006, 16:40  
Blogger Cristina López said...

Llegamos a una zona repleta de pinatells. Cristina quiere recogerlos todos.


Que no íbamos de paseo...estos urbanitas que no distinguen ni un madroño... :DDDDDD

17 de octubre de 2006, 12:48  
Blogger Juanma said...

:-P

17 de octubre de 2006, 12:54  
Blogger Kotinussa said...

Me encantan las setas. ¡Qué pena que por aquí (en Cádiz) no haya! Pero en cuestión de caracoles creo que no nos gana nadie. Mayo y junio son unos meses estupendos para eso. Y también las cabrillas son exquisitas (estofadas o con tomate).

Buen provecho.

17 de octubre de 2006, 16:47  
Blogger Pily B. said...

¡Madreeeeeeeeee qué pedazo de post! Enhorabuenaaaaaaaa.

Por cierto, lo de los caracoles, ¡ay, me debe pasar lo que a ti, porque nunca los he probado y no sé yo si sería capaz!

Sobre coger setas, la verdad es que sí, tiene que ser toda una aventura.

¡Enhorabuena! ;-)

17 de octubre de 2006, 17:39  
Blogger Yarhel (Enric Quílez) said...

Parece que te lo has pasado en grande recogiendo setas. Pero me asalta una duda... ¿para qué demonios quieres unos guantes? ¿qué tienes miedo que te ataque algún voraz gusano? :)

Este fin de semana también he ido a recoger setas, aunque eran para una exposición micológica. Eso sí, me hice con unos cuantos ceps (Boletus edulis) que estaban buenísimos.

Nunca he probado los ous de reg (Amanita cesarea). Dicen que es la mejor seta que existe. ¿Qué tal?

17 de octubre de 2006, 18:26  
Blogger Cristina López said...

Yarhel, los guantes son para apartar zarzas y maleza. Lo mismo que la gorra, para que no se te incruste alguna rama baja que no hayas visto por estar demasiado pendiente del suelo.
Que no íbamos de paseo, vaya :D
Respecto a los ous de reig...yo los encuentro un pelín insípidos, pero parece ser que sí, que en general gustan mucho. Para gustos...

17 de octubre de 2006, 19:23  
Anonymous Manu o el guerrillero catódico said...

Ejque, nen, no te acabas de mimetizar ni con el entorno ni con nuestras milenarias tradiciones (esta última apostilla se la oí decir a aquel yayo cebolleta): ¡en la foto te falta la barretina y las espardenyes, collons!

Qué urbanita y qué leñe, ¿no será un pixapins infiltrado?

18 de octubre de 2006, 8:59  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: Vaya, pos habrá que ir para Cádiz en mayo o junio. ¡Rafaaaa! ¿No se puede adelantar el curso de verano?

:-P

Besoos. :-*****

18 de octubre de 2006, 10:55  
Blogger Juanma said...

Pily:

Sobre coger setas, la verdad es que sí, tiene que ser toda una aventura.

Vente para acá y te llevamos a coger setas. :-))))

La verdad es que es una experiencia muy divertida. Hincharte a comer madroños silvestres también ayuda.

Besooos. :-****

18 de octubre de 2006, 10:56  
Blogger Juanma said...

Yarhel y Cristina: Los ous de reig están muy ricos, aunque de ahí a que sean las mejores setas del mundo mundial... No sé. El hecho es que la mamá de Cristina las prepara de coña. (Boing, boing.)

Besos y abrazos. :-******

18 de octubre de 2006, 10:58  
Blogger Juanma said...

Manu:

¡en la foto te falta la barretina y las espardenyes, collons!

Dame tiempo. XDDDDDDD

Qué urbanita y qué leñe, ¿no será un pixapins infiltrado?

Uy, lo que me ha dicho. :-P

Abrazotes.

18 de octubre de 2006, 10:59  
Blogger Cristina López said...

El hecho es que la mamá de Cristina las prepara de coña. (Boing, boing.)

Cielo, mi madre/tu suegra no lee el blog...

:-ppppp

Qué urbanita y qué leñe, ¿no será un pixapins infiltrado?

Sólo me faltaba que el madrileño se me convirtiera en kamaku... ;)

18 de octubre de 2006, 11:04  
Blogger Cristina López said...

Vente para acá y te llevamos a coger setas. :-))))

Me da a mí que la campaña "Pily pá Barcelona" ha comenzado...:D

18 de octubre de 2006, 11:06  
Blogger Juanma said...

Sí. :-))))

:-*****

18 de octubre de 2006, 11:11  
Blogger Pily B. said...

Jeeeeeejejeje, vete apuntando en la agenda. ;-)

Besillooooos!!

19 de octubre de 2006, 23:33  
Blogger Lobisome said...

Genial la foto y envidia me das, nene. ;)

De hecho no me das envidia SOLO por la foto :P

En fin, una puntualización nada más: el tema de "caçar bolets" viene de que en alguna zona de Cataluña (no sé si Girona o dónde) "caçar", "cercar" y "buscar" son sinónimos. Así que, al menos en origen, no hay que imaginarse a los "boletaires" armados con escopeta y cartuchos de posta.

;)

20 de octubre de 2006, 11:40  
Blogger Cristina López said...

Lobisome, qué interesante :) La verdad es que caçar tiene la acepción de perseguir algo para capturarlo, indiferentemente si las armas son escopeta y cartuchos, o bien guantes y navaja. Pero suena pintoresco :)
Nada, Pily, vente antes de que se acabe la temporaaaaaada :)

20 de octubre de 2006, 12:27  
Anonymous Anónimo said...

hola vendo hongos por kilo tengo cantidad llamar 0649626624

1 de marzo de 2008, 3:02  

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