jueves, 16 de marzo de 2006

Sopa agripicante para el alma

Aún recuerdo la última vez que lloré a moco tendido.

Estaba en el hospital, enfermo. Pero no lloré por mi enfermedad.

Hacía dos años que había muerto mi abuela materna. Desde que enviudara, había vivido con nosotros, salvo algunas temporadas, en que se repartía entre mis cuatro tíos. Pero los últimos años los pasó en casa de mi madre. Como yo era el nieto pequeño, el último en irse de la casa y tuve una adolescencia de reclusión lectora, prácticamente fue la persona con la que más tiempo he pasado. Por otro lado, me tocó pasar momentos duros junto a ella: los infartos, la obstrucción intestinal y las caídas. Un par de veces tuve que llamar a la ambulancia, o hacer fuerza para entrarla al salón después de oir un estruendo procedente de la terraza y verla tendida en el suelo, o reincorporarla a la cama tras una caída nocturna que nos despertaba a todos. También le daba agua a media noche, o la llevaba a orinar. Aunque se mantuvo lúcida hasta el final, no era raro que perdiera la cabeza o dijera alguna impertinencia.

-¡Quiero agua! –retumbaba su voz algunas noches. O bien-: ¡Quiero orinar!

Una noche nos despertó con la siguiente serenata:

-¡Quiero muchas cosas! ¡Quiero agua, levantarme y orinar!

Con los años fue perdiendo el oído. Sólo entendía a su consuegra, Doña Matilde (que, por otro lado, la sobrevivió un mes y medio), y eso que hablaban a media voz.

-La televisión es un buen invento –decía mi abuela-. Pero el día que le pongan sonido… entonces ya será increíble.

Mi abuela Carmencita había vivido en Cabra, provincia de Córdoba, y muchos de mis dejes y coloquialismos son cordobeses, pasados por el tamiz de su acento y su peculiar manera de expresarse. Su nombre completo era Carmen Silveria de la Santísima Trinidad, y mi prima Beatriz la llamaba Silveria. De vez en cuando la secundábamos.

Pese a que tenía su carácter, mi abuela era un dechado de anécdotas, y le sacaba punta a todo. La primera vez que llevé a Alicia a casa, una de las primeras cosas que le dijo mi abuela fue:

-Este… este… este es un soso. Su hermano Pablo; ese sí que es simpático.

Laura se encariñó mucho con ella. Cuando iba por casa, se quedaba un rato a hablar con mi abuelita. Y se preocupó mucho cuando se cayó en casa y se fracturó la cadera. Una caída tontísima, aunque ya se sabe cómo son estas cosas: lo más probable es que se produjera la fractura y luego se cayese al suelo.

La caída tuvo mala suerte. Tuvieron a mi abuela un día prácticamente deshidratada, con un solo gotero de suero. Le pospusieron la operación, porque justo cuando la bajaban a quirófano entró una emergencia, un accidente de tráfico muy aparatoso. Y además la operaron con anestesia general, sin tener en cuenta que ya llevaba tres infartos a cuestas y estaba funcionando con una cuarta parte del corazón. Como es lógico, no salió de la operación. A mí me correspondió localizar a su confesor cuando Pablo me llamó para decirme que se estaba muriendo, y acompañarlo a la sala de reanimación, para que le administrara la extremaunción. Acto seguido, nos quedamos allí, sin saber qué decir, hasta que una enfermera desenchufó toda la maquinaria, como si estuviera apagando una minicadena.

Así se muere una persona. Desenchufas, y ya está.

No llegué a tiempo de verla salir hacia el quirófano. Fui al metro a esperar a Laura, que llegaba de dar sus clases, y de ahí salimos a toda leche hacia el hospital, pero cuando llegamos acababan de bajarla a la operación. Por menos de cinco minutos no la vi consciente por última vez. Lo cual, visto en perspectiva, tal vez fuera mejor, porque el último recuerdo que tengo de mi abuela, la tarde anterior, después de que Laura y yo nos despidiéramos de ella, fue el de una sonrisa, a punto de salir de la habitación, seguida por un consejo casi gritado:

-¡A palparse! ¡Hay que palparse!

Tenía noventa y ocho años.

El velatorio fue duro, porque todos creíamos que mi abuela iba a cumplir los cien años. Aunque parezca mentira, nos pilló desprevenidos. No nos esperábamos que nos hiciera aquello.

-Cuando cumpla cien años vendrá la televisión, ¿verdad? –preguntaba. Le contestábamos afirmativamente porque estábamos convencidos de que así ocurriría.

Para mí era peor, porque había vivido con ella casi veintidós de los veintisiete años que tenía entonces. Pero no lloré. Creo que fui el único miembro de la familia que no lloró.

Por eso, dos semanas después estaba dando una vuelta con Laura. Debía de ser domingo por la noche. Estábamos en la plaza de Colón y empezamos a hablar de mi abuela. En un momento dado comenté:

-Estaba tan llena de vida… -Estuve titubeando unos segundos-. Tenía más vida que yo.

Y me solté. Me abracé fuerte a Laura y estuve un buen rato llorando y gimiendo, sin contemplaciones, sin cortapisas, sin fijarme en nada que no fuera mi pesar y el hombro, la mejilla y los cabellos de Laura, salpicados de lágrimas.

Debía de ser cierto que mi abuela estaba más llena de vida que yo, porque dos años después enfermé. Un linfoma de Hodgkin. Me pasé cerca de tres meses ingresado en el hospital.

Aguanté mi estancia en Cirujía Torácica con toda la entereza que pude, aunque la procesión iba por dentro. Mi familia lo flipaba, porque yo siempre había sido débil y pusilánime y en cierto modo yo estaba tirando de ellos. Con Laura sucedía otro tanto. Me dieron el diagnóstico el único día que ella no estuvo a mi lado; al día siguiente tuve que armarme de valor para explicárselo, como si la cosa no fuera conmigo. Será verdad eso de que nunca sabes cómo es alguien hasta que se encuentra en una situación extrema.

Sólo lloré una vez durante aquellos cerca de tres meses.

Creo que aún no me habían subido a Oncología. Laura y yo estábamos solos en la habitación. Era la hora de la siesta, porque la persiana estaba bajada. Probablemente yo estuviera con el disc-man que me había regalado mi primo Josele, escuchando el Clandestino de Manu Chao o la banda sonora de Se buscan fulmontis, de Los Enemigos. Laura empezó a agobiarse con la situación, con mi enfermedad, con estar comprándose un piso sin mi ayuda, con las perspectivas inciertas que teníamos ante nosotros… con todo. Y arrancó a llorar. Y yo ya no trataba de calmarla, sino que me puse igualmente nervioso, la única vez que me vine abajo durante todo el tiempo de mi internamiento. Y ella me dijo:

-Llora.

Y lloré. Me costó, pero lloré. Lágrimas sordas y tímidas, pero lloré.

A partir de entonces perdí la capacidad (el don, diría yo) de llorar, de expresar con lágrimas y gemidos lo que las palabras ni siquiera pueden llegar a esbozar, de regar mejillas ajenas con el único fluido que era capaz de darles con total libertad. Tal vez me endureciera con la enfermedad, acaso fuera un efecto secundario de la quimioterapia. Si el linfoma es una enfermedad que se desarrolla cuando el sistema inmunitario se desploma, y las lágrimas acuden a nosotros con mayor facilidad cuando tenemos las defensas bajas, ¿por qué no pensar en una relación causa efecto entre la curación de la enfermedad y la desaparición de las lágrimas?

Fuera como fuese, dejé de llorar. Algunas veces sentí ganas de hacerlo; otras lo necesitaba. Escuché noticias y me sucedieron cosas que tiempo atrás me hubieran hecho llorar desconsolado. Corté con Laura. Me despedí de todos mis amigos cuando me fui de Madrid. Me fue rematadamente mal durante los dos primeros meses en Barcelona. Operaron a mi madre. Me hice quemaduras de segundo grado.

Aun así, tardé cerca de cuatro años en volver a llorar. Ella me había dicho que la relación se terminaba allí y entonces; también es cierto que hice méritos para ello. Pero estaba en su casa, en su cama, y no quise irme de allí. Ella me daba la espalda, e intenté llorar. Y estuve a punto de conseguirlo. Gemí durante un rato, moqueé y se me escapó alguna lágrima. Ni sí ni no, como me suele suceder en estas situaciones. Podríamos decir que sí, que lloré: las lágrimas llegaron a mojar la sábana.

Desde entonces, nada. He vuelto a llevarme disgustos y cortar relaciones (bueno, la misma relación, pero alguna otra vez más). Me han dado calabazas de las que escuecen de veras. He sufrido contratiempos. He estado desesperado. Me he separado de amigos y familia.

Pero no he vuelto a llorar.

Hasta hace tres lunes.

Como sabéis, mi compañero Lluis se va del piso; de hecho, mientras estaba escribiendo el principio de esta entrada (la he dejado a medias debido a mi viaje a Santander) me comunicó que acababa de encontrar una habitación en una casa más pequeña, que era lo que quería. Me hago cargo de que cinco somos multitud, así que no hay nada que reprochar. El que no me venga en el mejor momento es asunto mío, no suyo.

No me viene en el mejor momento porque tal vez fuera hora de empezar a pensar en el futuro sobre otras bases. Tal como tenemos planteada la convivencia Emmanuel y yo, nos queda un año y medio en común, el tiempo que falta hasta que él termine su doctorado y regrese a México. Durante estos tres años y medio hemos atravesado toda suerte de situaciones, adversas y favorables, y en cierto modo estamos embarcados en la misma nave. Al haberse ido yendo todos los demás que empezaron la convivencia en la primera casa, somos los veteranos, los únicos que quedamos en Barcelona, y al final me quedaré yo solo. Aún no puedo permitirme un piso en propiedad en Barcelona (otra cosa sería en los alrededores, pero es que soy muy puñetero para estas cosas y quiero quedarme en Barcelona ciudad; como mucho, en L’Hospitalet), y tal vez nunca pueda permitírmelo, al menos mientras sólo pueda aportar mis ingresos; si en el futuro tengo pareja, me toca la quiniela, gano el Planeta o atraco un banco, pues a lo mejor, pero de momento parece que no. Puestas así las cosas, la manera más cómoda que tengo de afrontar mi estancia aquí es compartiendo piso, a la espera de tener los recursos y la presencia de ánimo suficientes para alquilar algo por mi cuenta.

Apurando mucho, podría permitírmelo, si dejara de salir, viajase menos a Madrid y continuase con mi ritmo de ingresos extralaborales: una conferencia aquí, un ensayo allá. Estoy empezando a vivir al día, pero todo es cuestión de ajustar presupuestos y administrar mejor los gastos e ingresos.

Desde el punto de vista emocional ya es otra cosa. Ahora podría planteármelo, y tal vez esté maduro para ello, pero no termino de verlo claro. El cuerpo me pide aceptar el reto, pero sigue habiendo cosas que me echan para atrás, me sigo viendo muy dependiente de los demás. Llego a casa y me apetece estar solo, sobre todo después de un mal día; pero agradezco que haya alguien en la habitación de al lado, aunque sepa que no voy a dirigirles la palabra.

Y luego está un factor añadido: estoy escribiendo a todo trapo. Entre el blog, el diario y los ensayos y críticas que debo, puedo escribir hasta diez mil palabras a la semana, cuando la cosa se me da bien; en ningún caso estoy bajando de las cinco mil. Me he puesto en marcha, y quiero seguir al mismo nivel.

Para ello, necesito tranquilidad. Un entorno apacible. No sólo por la escritura, sino por mí. Me vuelvo mayor y me apetece ir a mi puta bola cuando llego a casa. Eso no quiere decir que vaya a volverme autista; tan sólo que mi casa es el lugar en el que puedo ser yo mismo, en el que puedo relajarme. Obtengo tanto placer levantándome a las tantas un sábado y dedicándole las últimas horas de la mañana a tareas de limpieza doméstica (en serio, me relajo planchando, barriendo y limpiando el polvo… pero sólo en mi casa, ¿eh?) como tomando el vermú en buena compañía: en ambos casos es algo electivo, dependiendo del momento. A veces me apetece marujear. Me hace sentir que la casa es mía.

Todo esto saltó hecho pedazos hace tres domingos, a las tantas de la noche. No porque la marcha de Lluís sea un contratiempo irreparable, ya encontraremos a alguien que lo sustituya, sino por el momento en el que se produce.

Acabamos de salir de un movidón bien gordo con los propietarios del piso y con las pedorras de la inmobiliaria. Mi paciencia está al límite. Ha habido momentos en que no hemos tirado la toalla porque estaba clarísimo que las de la inmobiliaria buscaban hincharnos las pelotas para que nos fuéramos de casa y así poder sacarse una comisión por la puesta del piso en alquiler. Paso de darles esa satisfacción.

Y ese movidón ha sido uno de los factores determinantes para que se vaya el mejor compañero de piso que hemos tenido.

Estoy escribiendo a muy buen ritmo. Sólo escribo si tengo cierta estabilidad emocional. Suena poco romántico, pero es así. Por supuesto que escribo con más garra y fuerza si estoy cabreado, porque me sale de dentro y sin límites, y si me ahora mismo me llevara un palo amoroso seguro que me saldrían unos pensamientos muy poéticos o incluso un soneto cojonudo; pero estoy hablando de escribir en serio, no de sacarle partido a mis pataletas. Tengo por delante un año lleno de compromisos: una charla para un curso de verano, un ensayos para Jabberwock 2 y otros proyectos interesantes, más la cantidad habitual de críticas y reseñas… En algún momento me apetecerá escribir un cuento de una puñetera vez. Y retomar esa novela juvenil que traemos entre manos Álex y yo. Y estoy metido en tres blogs: Un valor imaginario, Tubular Bellies y este. Etcétera.

Si empiezo a dejar pasar dos semanas sin escribir ni una sola línea, como está siendo el caso, apaga y vámonos.

Y, vuelvo a lo mismo, para escribir necesito estabilidad y tranquilidad. Y no las tengo. Ahora, además, hemos cambiado de fase, estamos inmersos en el casting para la habitación… o al menos se supone que estamos en el casting, porque hasta ahora llevamos tres plantones seguidos. Un récord absoluto, que no nos había pasado nunca. También es cierto que la gente que busca piso durante estos días lo quiere para entrar ya, no el primero de abril, y que al final siempre terminamos encontrando a alguien, y que aún es demasiado pronto y hasta el día veintitantos no solemos encontrar nuevos inquilinos. Pero no parece un buen augurio.

El caso es que algo hizo clic en mi interior la noche que Lluís dijo que estaba empezando a buscarse algo. Emmanuel no dijo nada, y yo salí del trance aconsejándole y comentando cómo está el mercado. Pero el mundo entero se me cayó encima. A lo mejor era el momento de empezar a buscar algo por nuestra cuenta, o bien para Emmanuel y para mí, o bien para mí solo. Andrés y Eli se van a ir de aquí a dos o tres meses, en cuanto sus simpáticos albañiles tengan a bien terminarles la obra. ¿Renovar a tres de las cinco personas que hay en la casa, en vísperas de un mes de julio que pasaré fuera de Barcelona? ¿Y si no tenemos el asunto resuelto para entonces? ¿Y si entra alguien que nos termine saliendo rana? ¿Con qué garantías nos vamos a ir en julio, Emmanuel a México y yo a Gijón, Madrid y San Roque? Miedo, miedo me da.

Tardé mucho tiempo en dormirme. Me atenazaba el pánico. Por primera vez en mucho tiempo sentía la necesidad de salir corriendo, de hacer alguna locura, pegar el portazo. De acuerdo, trataba de racionalizar, Lluís está en su derecho, eso es evidente, las razones que ha dado para querer irse son válidas y estoy de acuerdo con ellas; pero a mí me hace el roto, porque he tenido ofertas para compartir piso y las he rechazado todas sin miramientos, y ahora es tarde. Y si hablamos todos del asunto, igual podemos llegar a un acuerdo para irnos todos en la misma fecha (si Lluís retrasa su salida un mes y Andrés y Eli la retrasan un mes o incluso la mantienen) y buscarnos algo cada uno por su cuenta. Y si quiero algo para mí, mejor ahora, que todavía me podría alquilar un estudio por un precio razonable, o algo de dos habitaciones, una para mí y otra para Emmanuel y Wendy, y podamos pasarnos año y medio sin problemas de quién entra y quién sale de la casa, y cuando ellos regresen a México en septiembre del 2007 pueda permitirme el lujo de pagar esa casa yo solo y llevarme todas mis pertenencias, que las tengo dispersas entre la casa de mi madre, la casa de David, la editorial y la casa de Arizala. Y ya es tarde para comprarme algo en Barcelona, porque la única vivienda para la que me dan crédito ahora mismo es algo de ciento veinte mil euros a treinta y cinco años, pagando quinientos euros de hipoteca; y eso, teniendo en cuenta el tamaño de vivienda que necesito (para poder meter mis cosas), es poco menos que imposible, al menos en Barcelona ciudad. En Berga, Mataró, Manresa o Tarragona a lo mejor encuentro algo, pero eso está donde Cristo perdió el gorro, no tengo coche ni carnet, soy de ciudad grande y para estar comiendo mierda a cuarenta kilómetros de Barcelona y sin poder hacer vida social, regreso a Madrid, vuelvo a apuntarme en autónomos, dirigir la revista desde allí y cobrar una tarifa por cada número, y le hago caso a mi madre y mando a tomar por culo todo lo que llevo andado desde que salí de mi enfermedad y vuelvo a prepararme unas oposiciones.

A pesar de todo, conseguí dormirme. Dos horas y pico después me desperté para orinar, todo contento porque estaba más tranquilo y el sueño me había hecho ver las cosas en su justo término (nunca ha sido ninguna tragedia que alguien se vaya de la casa, porque siempre terminamos encontrando a alguien para sustituirlo, y por regla general suelen ser buena gente y buenos compañeros; es lógico que ahora me contraríe, porque Lluis se ha tirado año y medio con nosotros, ha funcionado muy bien y esto me viene en un momento en el que lo último que quiero es enfrentarme a situaciones de cambio o disyuntivas, pero al final las cosas terminan arreglándose), pero recaí en mis dudas y pesares, y ya no pude volver a pegar ojo.

A las seis y pico decidí levantarme, ducharme e irme a currar, en vista de que sufrir pa ná es tontería, y para estar mortificándome en la cama mejor hacía algo útil para la sociedad o, en su defecto, el vicio y la subcultura.

Me crucé con Eli, que había madrugado. Ni Andrés ni ella sabían aún que Lluis se va de la casa. No quería decírselo, porque no era yo quien debía hacerlo. Pero tenía una cara de mala hostia bastante delatora.

-¡Hola!

-Groar.

-Tienes mala cara.

-No he dormido.

-Pero ¿estás preocupado por algo?

-Venga, hasta luego.

Y pegué ún portazo.

Me sentí mal, porque últimamente no soy tan borde (lo he sido en tiempos), me llevo bien con ella y, sobre todo, nunca me había visto así: siempre estoy en modo Papá Pitufo y en los ocho meses que llevamos compartiendo piso no había tenido un comportamiento tan borde.

En el curro, lo mismo. Era un lunes lunesoso, que diría mi amiga Lola, y tampoco se podía decir que reinara la alegría de vivir.

-Hoy voy a estar poco comunicativo –avisé.

Y apenas abrí el pico en todo el día. No levanté la vista de la pantalla del ordenador. Ni recuerdo qué comí. Trabajé poco y mal; no sé lo que hice. Todo eran dudas y vueltas y más vueltas acerca de las cuestiones que me habían desvelado la noche antes. Volver a buscar gente, a cambiar el chip; dejar de escribir, de leer; regresar a la vida incierta de los primeros dos años. ¿Cambiar de casa? ¿Irme? ¿Buscarme algo? Y una vez, y otra, y otra más. Y encontrar siempre las mismas dos respuestas:

Lo que me pide el cuerpo es irme a vivir solo.

Pero no puedo permitírmelo.

Suelo salir a las seis, pero me fui un poco antes. La tarde había sido infernal, no me concentraba. Hacía un día desapacible, con nubes y mucho viento; no obstante, iba con el abrigo abierto. No sentía frío, ni calor. Si me pinchaban, no sangraba.

Necesitaba respirar. No quería ir a casa, porque se me iba a caer encima. Tampoco me apetecía ir al cine, porque he perdido la costumbre de ir solo al cine y además no me hubiera enterado de nada ni aunque hubiera ido a ver la mejor película de todos los tiempos.

Eché a andar.

Tengo una ruta estándar cuando salgo de trabajar y me apetece caminar un poco. Salgo a la plaza de Urquinaona, bajo hasta Vía Layetana, callejeo hasta la catedral, entro por la calle Palla, salgo a Santa María del Pi, cruzo la Rambla, entro en el Raval por Bonsuccés y Elisabeths, salgo a la plaza donde está el Macba, camino hasta Tallers y agarro el metro o el autobús en la plaza de la Universitat.

La incumplí. Me fui dejando llevar por calles que no entraran en mi ruta habitual. Méndez Núñez hasta la plaza de Sant Pere; de ahí, a Sant Pere Més Baix, Basses de Sant Pere, Allada Vermell, Assaonadors, el mercado de Santa Caterina, Carders, Princesa… todo el barrio de Sant Pere. Cuánta razón tenía Alejo: me tendría que haber comprado un piso allí hace un par de años, cuando todavía era una zona asequible. De un año para acá se ha empezado a poner imposible. Las obras de reforma del mercado de Santa Caterina han reanimado la zona. El lumpen se está yendo. Están empezando a entrar parejas jóvenes y comercios chinos: Chinatown, que es como se llama aquí al barrio de los mayoristas, en el que trabajo, se ha extendido hasta Sant Pere Més Alt. En paralelo, el Borne ya está cruzando la calle Princesa. Como resultado, la única zona virgen que quedaba en Ciutat Vella está viviendo un momento de pujanza. Proliferan los restaurantes modernikis. En Allada Vermell hay terrazas. Las calles están más limpias. Se está abriendo dos vías totalmente nuevas, una longitudinal, que une el mercado de Santa Caterina con Portal Nou, y otra transversal, que comunica Sant Pere Més Baix con Carders. No va a crear el efecto de la Rambla del Raval, pero sí está encareciendo la zona, la está limpiando de quinquis, ahora es mucho más segura y, como resultado, ya se me ha ido de presupuesto.

Desde Princesa me metí en el Borne, pero no por Montcada, ni por Comerç, sino por Flassaders y el paseo del Borne. Entré en Santa María del Mar. Es mi iglesia favorita de Barcelona: al carecer de coro y ser diáfana, es una gozada estar allí dentro y verla toda iluminada, con esas vidrieras resplandecientes. Me senté en un banco. Las bombonas de butano intentaban calentar mientras una legión de jóvenes permanecían en silencio reverencial y los turistas paseaban por la girola. Alcé la vista, y durante un rato me perdí en la contemplación de los arcos, los restos de policromía y las vidrieras. Hace tiempo, ya no recuerdo si paseando con Isa y José María o con Emmanuel, Rita y Cristina, presencié una boda mixta entre catalán y polaca, concelebrada en ambos idiomas. Ahora no había bodas, pero parecía que se iba a celebrar algún acto o evento.

Salí de Santa María del Mar hasta la Barceloneta. En vez de subir por el paseo de Juan de Borbón, como un turista cualquiera, me dediqué a callejear. Había una iglesia neoclásica que no había visto. En tal otra calle tampoco había estado: la busqué. Y así hasta alcanzar la playa. La consigna tácita de mi itinerario de aquella tarde parecía ser la de ir por calles en las que no hubiera estado antes; no por una cuestión simbólica, supongo, sino por introducir algo de variedad.

Tampoco llegué a la playa por donde suelo, sino más cerca de Almirall Cervera.

Nunca había ido a la playa al salir de trabajar. Y, puestos a hacer algo inédito, parecía buena idea.

Me acerqué a la orilla. Había algún intrépido surfista embutido en su traje de neopreno, una pareja besándose junto a una de las duchas y un hombre maduro a quien evité cuidadosamente, no fuera a darme conversación. Allí se había detenido Don Quijote al llegar a Barcelona. Tal vez en el mismo lugar desde el que yo contemplaba los barcos que se aproximaban al puerto, a mi derecha, y más allá Montjuïc, apenas visible: la tarde seguía desapacible, nublada y ventosa pero no excesivamente fría.

Arranqué a caminar por la orilla. No tardé mucho en salirme de la arena: la marea comenzaba a subir y el andar se me hacía difícil. Pasé frente al Hospital del Mar. Miré las olas romper a mis pies. Evité a dos chicas que, además de la posibilidad de darme conversación, tenían todas las papeletas para pedirme que les sacara una foto. Anduve unos trescientos metros por el paseo marítimo, antes de decidirme a bajar de nuevo a la playa, junto al puerto olímpico.

Me vinieron muchos recuerdos. Una mañana con Rita, Emmanuel y Ricardo, el día de la Inmaculada de nuestro primer año. Era fiesta y salimos a dar un paseo. El día era similar a aquel: nublado y ventoso, desapacible. Yo andaba cruzado (hacía un par de días que había regresado de la operación de mi madre, en Jaén) y me limité a sacarles fotos, no quise salir en ninguna, y si me hicieron alguna fue en un descuido. Vistas en perspectiva, aquellas fotografías parecían más bien salidas de una película Dogma, entre la iluminación y que habían sido sacadas a baja resolución. No obstante, me parecen la sesión fotográfica más bonita que he hecho en Barcelona: acabábamos de conocernos y la convivencia estaba en su mejor momento. Vivíamos inmersos en nuestro rollito Erasmus (aunque ninguno de nosotros lo era) y habíamos ido a parar a un albergue catalán en el que restañar las heridas de nuestras experiencias traumáticas previas: Rita, un verano sola en un hotel, recién mudada a una ciudad en la que hablaban otro idioma; Ricardo, un robo en su última casa de Madrid; Emmanuel, un mes de locos en casa de un paisano que se dedicó a hacer que se tambalearan todos sus apriorismos; y yo, saliendo casi de un día para otro de casa de mi tía, por movidas varias. Habían sido tres meses de fiestas, alcohol, gente y más gente; pero aquel día estábamos solos (menos Aleix, que se había ido a La Sénia, como cada fin de semana) y era un momento de recapitulación, pues Emmanuel se iba a México a pasar las Navidades, un momento de esperanza, sin dudas acerca del futuro (¿y eso qué era?), tal vez el último momento de nuestras vidas en común en el que todo funcionó como tenía que funcionar: todavía nos podíamos consolar los unos a los otros como si fuéramos toda la familia que teníamos en Barcelona (lo éramos, de verdad que lo éramos), me esperaban las Navidades más amargas de mi vida y, al regresar a Barcelona, nos encontramos con que Marian, nuestra casera de la calle Valencia, echó a Emmanuel del piso y todos nos fuimos con él.






Y volvíamos a asuntos inmobiliarios relacionados con la ida de alguien.

Seguí caminando. Un espigón. Rodear a dos parejas, para no cortarles el rollo ni romper la estampa tan bonita con que se recortaban contra el cielo del atardecer. Una chica de mi edad, sentada en una pose de abandono que parecía querer decir que necesitaba aún menos compañía que yo. Unos jipis sin perrito pero tocando la darbuka. Tres niños jugando al fútbol y dos de ellos en bañador, arriesgándose a un baño invernal. Caminé entre ellos mientras me acercaba al puerto olímpico.

Sorteé a otros dos niños que hacían volar sus cometas. La tarde era idónea para ello. Las gaviotas revoloteaban a su alrededor. Las cometas se elevaban más, y más, y más. Y se me acercaba una niña con sus rastas, medias de bruja y aspecto de haber sido la chica de mi vida si ambos hubiésemos llevado un perrito y aquella playa hubiera sido la de un cuento cualquiera de Félix J. Palma. Conseguí pasar de largo frente a ella sin dedicarle una segunda mirada. Cien metros más atrás había otras dos niñas jipis con rastas y medias de brujita; jugaban con una toalla, como si ondearan una bandera.

Cuando vivía en Madrid y era más joven, solía pasear mucho. Todos los sábados después de comer salía a dar una vuelta. Me dejaba llevar por mi barrio, entendido este en un sentido muy amplio: lo mismo podía ir a parar al Vips de López de Hoyos que a la plaza del Doctor Laguna, a la estatua del Ángel Caído o el puente Calero, el puente de Juan Bravo o el parque de la Fuente del Berro. Aquellas vueltecitas, que a veces se prolongaban por espacio de dos o tres horas, me eran de gran utilidad para aclarar ideas, sobre todo cuando estaba preocupado por algún asunto acuciante. Las utilizaba como terapia. Parte del ritual de conjurar un problema de fácil resolución pero percibido como obstáculo insalvable pasaba por crear la ficción de que aquellos paseos me arrojaban luz sobre ellos, como si de un momento a otro fuese a oír en el interior de mi cabeza la voz en off de mi yo adulto, a la manera del Kevin de Aquellos maravillosos años: “Y entonces comprendí que todo se reducía a blablabla…”. Aquellas películas me solían funcionar, por lo que procuraba vagar por mi barrio con cierta frecuencia.

Pero había problemas serios que no se podían resolver de una manera tan sencilla. Cierto, cuando Alicia y yo cortamos me funcionó: como hacía una tarde cojonuda de primeros de invierno, me fui a dar una vuelta sin rumbo fijo; llegué hasta la Cuesta de Moyano y estuve un rato de charla con Alfredo Lara, que por aquel entonces trabajaba en la caseta 24; después fui a la Fnac de Callao, donde trabajaba Susana Vallejo, quien me recomendó un libro de educación sexual que le regalé a mi sobrina Elena; en Madrid Cómics me compré algunos libros de Calvin y Hobbes y me encontré con Ernesto; en las tiendas de discos del pasaje donde estaba el Rock Club me compré el Haunted by the Snake, de Cancer Moon. Empezó como uno de los días más tristes de mi vida, pero terminó con cierto optimismo, el buenrrollismo de quien mira hacia otro lado y se cree la película en la que vive para tomar impulso antes de emprender la verdadera cuesta abajo. Que tardó cosa de un mes en llegar, pero llegó, aunque no duró mucho tiempo.

Sin embargo, la primera vez que corté con Laura no me funcionó. Era viernes santo y estábamos de uñas; tanto, que cometí el inmenso error de salir con ella, exactamente igual que cuando cortamos de manera definitiva. Fue una de esas veces en las que sabes que lo mejor hubiera sido quedarse en casa, gritarse por teléfono y arreglarlo cuando la situación fuese más propicia. Pero no. Íbamos calentitos. Nos vimos donde siempre, en Azcona: salíamos a la vez, ella subía hacia Francisco Silvela desde el parque de las Avenidas y yo bajaba hacia el parque de las Avenidas desde mi casa. Lo primero que hice fue devolverle una foto suya de carnet que guardaba en la cartera: la desmenuzó a conciencia y arrojó los restos por una alcantarilla. Una pena, porque estaba guapísima. Nos dijimos muchas cosas en muy poco tiempo: ninguna de ellas agradable, pocas de ellas necesarias, todas ellas llenas de odio y rabia. Dimos media vuelta y cada uno regresó por donde había venido.

Me quedé solo. Pero no porque no estuviese Laura en aquel momento, sino porque había conseguido quedarme solo, sin Laura ni nadie. Todavía no tenía fecha para el examen de las oposiciones, y según cómo me fuera sabría si era factible aprobarlas, si me estaba embarrancando en el callejón sin salida que demostraron ser, si Laura y yo teníamos algún futuro con aquel esquema de vida. Aquella discusión cortó de raíz cualquier tipo de especulación. La impotencia que habíamos cosechado en todos los órdenes de la relación acababa de sentenciar nuestro noviazgo. Aún no llevábamos dos años. Durante el primer año, el noviazgo había sido una balsa de aceite; pero con el tiempo se había ido amargando, ella era demasiado susceptible y yo demasiado bocazas y desatento; ella había aprobado las oposiciones y yo no (y ella las había aprobado mientras trabajaba y yo no trabajaba, ni aprobaba las oposiciones).

Arranqué a andar sin rumbo fijo. Como me había funcionado en ocasiones anteriores, decidí que aquella vez también me iba a funcionar. Pero no conseguía centrarme, estaba desconsolado, solo, desamparado. Ningún paseíto iba a devolverme lo que sólo nosotros dos podíamos solucionar. Y no veía manera de salir de aquel trance.

Apenas pude caminar durante diez minutos. Di media vuelta, me dirigí a mi casa y le conté a mi madre todo lo que esa impotencia me había impedido decirle durante años. Así no podía seguir, me dijo. Laura y yo no podíamos arreglar solos nuestros problemas, de modo que metimos de por medio a una psicóloga que durante los dos años que quedaron de relación no se puede decir que aportara gran cosa: yo necesitaba una terapia conductista o cognitiva, y ella me hacía psicoanálisis. Pero fue un cambio, una manera de intentar conjurar el desastre al que me veía destinado. Finalmente, este se produjo, pues a nadie debe caberle la menor duda de que quien se busca la ruina la encuentra. La terapia tal vez lo retrasara, pero estaba condenada al fracaso: no salió de mí, me vino impuesta. Necesité un cáncer para darme cuenta de dónde me había metido y salir de aquello echándole más narices de las que nadie creía que le iba a echar. Y volvemos a la última vez que lloré a moco tendido, en el hospital, con Laura.

Porque volvimos. Aquel mismo día. No recuerdo quién llamó a quién; seguramente fue ella: siempre son los otros quienes me llaman para restañar las heridas y salvar lo salvable. Si me hubiera esperado unas horas y no le hubiera contado nada a mi madre, las cosas se hubieran solucionado solas y no me habría chupado dos años de terapia inútil. Porque se solucionaron. Un abrazo, un “No vuelvas a hacerme esto”, lágrimas en los ojos, un paseo por un barrio de Salamanca desierto por las fiestas, una procesión del Divino Cautivo fantasmal, sin apenas público que le siguiera los pasos a los capuchones.

Sólo faltaban dos o tres semanas para que se muriera mi abuela.

Un 10 de abril.

Diez días después aprobé el único examen de oposición que iba a aprobar en toda mi vida. Una prueba escrita, dos temas en cuatro horas. Lo aprobé con notaza. Sólo aprobamos dos el día que fui a leer: la otra persona que aprobó fue la chica que luego sacó el número uno de la promoción.

Y volvemos a aquel domingo por la noche en que me eché a llorar, desesperado y desesperanzado, en el hombro de Laura. Unas semanas antes habíamos cortado; ahora era mi único consuelo.

-Juanma, si hubiéramos cortado aquel día, ¿me habrías dicho lo de tu abuela? –me preguntó, meses más tarde.

-No, por supuesto.

La respuesta fue muy borde, lo sé; pero era lo que yo pensaba: no le hubiera dicho nada.

Y de nuevo estoy en la playa. Ya sé que salir a dar una vueltecita no va a solucionarme ningún problema: si no quería que Lluis se hubiese ido de casa, podría haber sido más contundente con las pécoras de la inmobiliaria o con la familia del dueño; si quiero irme de casa y montármelo por mi cuenta, debería estar mirando algo por Internet; si quiero saber a qué nos debemos atener Emmanuel y yo en lo sucesivo y si nos compensa ponernos a buscar algo para los dos (los tres, cuando venga Wendy), debería estar hablándolo con él. Salir a dar una vuelta está bien para tomar el fresco y desconectar, pero luego hay que regresar a casa, y el problema sigue allí, y hay que atajarlo. Es tan sencillo como eso. Ningún paseo me va a solucionar la papeleta. Y soy consciente de ello.

Así que intenté no montarme películas. No iba a encontrar la panacea de mis males.

Pero podía sentirme más a gusto.

Podía llorar.

Y allí estaba yo, en la playa de la Barceloneta, junto al puerto olímpico, frente al mar. Las gaviotas y las cometas volaban a mi alrededor. La marea estaba subiendo, de modo que cada tres o cuatro minutos tenía que retroceder un par de pasos. La respiración se fue acompasando con la cadencia del oleaje. El aire estaba salado. El mar era gris plomizo. Había barcos a lo lejos.

A mi alrededor no se oía nada: sólo mi corazón.

En mi interior tampoco se oía nada: sólo el mar.

Ambos sabían salado.

Noté cómo se me nublaba la vista; de un momento para otro, la atmósfera salada se condensó en un cerco de lágrimas. Sentí cómo me bajaban por las mejillas.

Estaba llorando. Por fin. Después de tantos años.

Sin gemidos ni suspiros, sin alharacas, sin forzar la respiración; tan sólo con lágrimas.

Y resultaba imposible distinguir aquellas lágrimas del aire salado que me llegaba del mar.

Y era feliz, porque había llorado, porque me había soltado, porque al fin había exteriorizado un sentimiento acuciante y había culminado aquello para lo que había ido aquella tarde a la playa, tal vez sabiéndolo, tal vez no.

Una familia numerosa que pasaba por allí me jodió el momento. Habían pasado siglos y todos los elementos que había en la playa recuperaron la velocidad y el sonido, pero ya nada era como justo antes. Seguramente seguía inmerso en mi espacio interior; a lo mejor lo había absorbido, y todo el mundo estaba dentro de mí.

Emprendí el camino de regreso a casa. Cogí el 57 en la misma cabecera. Llegué a mi barrio e hice la compra básica de la casa: agua, leche y papeles varios (higiénico, de cocina y servilletas). La normalidad, el aquí no ha pasado nada y la vida sigue su curso habitual.

No había nadie en casa y no me apetecía cocinar, ni siquiera me veía con ganas de preparar una ensalada, de modo que me bajé al restaurante chino que hace esquina con la avenida de Madrid.

Cuando estaba a dieta adopté la costumbre de tirar la casa por la ventana cada vez que iba a la consulta de la dietista. Adelgazase o engordase, aquella noche me daba un homenaje y me regalaba una cena grasienta en el chino de abajo. Sopa agripicante (cuyo descubrimiento debo a Ricardo y Adriana), pan chino y otro plato, despendiendo de las ganas de castigarme que tenga en cada momento: ensalada con rollito de primavera, pollo con nueces dulces, ternera con bambú y setas chinas, cerdo agridulce o tallarines con gambas. Pollo al limón, sólo la primera vez: es mi prueba de fuego para saber si el restaurante es bueno, igual que el tiramisú en los restaurantes italianos. Es uno de los peores pollos al limón que he probado en mi vida. No obstante, me he hecho fijo de ese restaurante.

Decidí invitarme a comida china.

Nada más franquear el umbral, me encontré con esa decoración típica de los restaurantes chinos, que más de una vez me ha hecho preguntarme si no hay un solo restaurante chino en todo el mundo y accedemos a él a través de puertas dimensionales. Para dar un poco el pego, hay una foto del dueño con Jordi Pujol.

Me salió a recibir uno de los camareros, el más alto y delgado.

-¡Cuánto tiempo sin verlo por aquí!

Parecía contento de verme.

El camarero más joven procedió a anotar el pedido. Con su mejor sonrisa, me preguntó:

-¿Todo bien?

-Perfecto. Gracias.

Y no era mentira. Todo estaba perfecto en aquel restaurante. Y mi agradecimiento era genuino. Siempre hay un chino amable dispuesto a alegrarte el día. Como decía la canción de Monty Python:

I like chinese food.

Waiters never are rude.

“Al fin y al cabo me conocen”, pensé. Aquello no iba a disparar mis fantasías; no me iba a montar la película de que al fin he encontrado un lugar en el mundo, y ese lugar es en la mesa donde se sientan los clientes que esperan su menú a domicilio, devorando los cacahuetes que ponen como aperitivo en tarrinas para crema catalana helada.

Pero me alegró, no obstante. La sopa agripicante me sentó divinamente y me reconcilió con la existencia.

El día siguiente viví una situación similar. Fui a cortarme el pelo en la peluquería de la que soy cliente, que está en la carretera de Sants esquina con Riera Blanca.

-Pues nada: descargar, cortito.

-Pero mejor al cuatro, ¿no? Es lo que te solemos hacer y te queda muy bien.

Volví a fliparlo, porque nunca hasta entonces habían dado la menor muestra de reconocerme, y lo cierto es que yo tampoco soy un dechado de conversación cuando voy a cortarme el pelo. Pero, tomados en conjunto, ambos sucesos me acercaron un poco al barrio, me hicieron sentirme de Sants y me subieron los ánimos. A veces una tontería así le alegra a uno el día.

A lo que iba. Cuando llegaron Andrés y Eli, me sentía muy expansivo. Me disculpé con Eli por mi comportamiento de la mañana, aunque me mostré esquivo con las causas de mi desazón:

-Nada que se pueda resolver.

Porque, al fin y al cabo, Lluis aún no se lo había contado, y yo me negaba a que se enteraran por mí: era él quien debía decírselo a ellos.

Me metí en mi habitación y me puse a ver videoclips. Estoy flipadísimo con uno de Sígur Ros, “Glosoli”, que lo tiene todo para encantarme: una canción magnífica y una historia preciosa, que encaja a la perfección con la música.

Llamaron a la puerta. Era Lluis. Venía a decirme que ya podíamos poner el anuncio de la habitación.

-Ah, pero ¿ya has encontrado algo?

-Nooo, hombre, no; pero para que lo vayáis poniendo.

Y, pese a que me mantuve firme en apariencia, no pude dejar de sentir que la amargura me salía por los ojos y la boca. No obstante, di aquella conversación por buena: me devolvía a la realidad, sin ningún género de dudas. La tarde en la playa me había sido de mucha utilidad, había conjurado fantasmas, había llorado, en resumen me había dado el sosiego que necesito para afrontar la etapa de búsqueda de inquilinos; pero el irme a la cama con una sensación agridulce sin duda me iba a resultar beneficioso, para no terminar de creerme la película y ser consciente del problema creado en la casa; un problema real, que necesita una solución real. Lo peor había pasado, el asimilar algo que por lo demás no es tan grave pero que podría haber servido para darle un giro a mi vida, pero me dejaba al descubierto con todas mis contradicciones y miedos. No es bueno revolcarse en ellos, sobre todo cuando dispones de los medios para tenerlos a raya y tratar de trascenderlos, pero existen, y no conviene olvidarse de ellos.

Aunque todos tengamos nuestras triquiñuelas para minimizarlos, claro: una llorera en la playa, un blog o una buena sopa agripicante para el alma.

Etiquetas: ,

17 Comments:

Blogger Rox said...

tienes razon, la agripicante es mejor que la de pollo...

un beso :)

16 de marzo de 2006, 1:46  
Anonymous VMGB said...

Cada cual tiene su truco, sí. Ojalá no hubiera trucos...

A mí no me importa llorar, aunque llevo tiempo sin hacerlo. Antes lo hacía a todas horas, y me parecía normal. Ahora empiezo a creer que me estoy volviendo un cínico de cuidado. Yo qué sé.

Vaya mierda.

16 de marzo de 2006, 3:37  
Anonymous Dalla said...

Buf, qué dejà vú... al menos en lo que se refiere a la necesidad de vivir solo, de estabilidad emocional, las dudas recurrentes, incertidumbres que no cesan...Y una vez pasado todo eso, toca coger el mundo por montera, no mirar atrás, tener paciencia y buscar algo, que sí se puede y en Barcelona ciudad, aunque no sea sencillo. Y Sants..bueno, ahí los pisos aún están a un precio razonable. Así que a lanzarse a la piscina, Juanma, y hacerse un rinconcito donde llorar o dejar de llorar a placer :)

16 de marzo de 2006, 10:21  
Blogger Juanma said...

Dalla: Qué gran consejo. Y sí, Sants todavía está asequible. Cruzo los dedos para que no se ponga de moda de aquí a un par de años.
Besos. :-***

Rox: Uy, es que la sopa agripicante tiene taaal cantidad de texturas y sabores que parece una cena entera y ardiente comprimida en un tazón pequeñito... Anda, pero si parece una metáfora. ;-)
¿Qué tal vas por Qrtro?
Besazos, guapaaaa. :-***

VMGB: Pues sí, ojalá no hubiera trucos. Tampoco es tan malo si no lloras, no creo que sea señal de cinismo, pero desde luego viene bien. :-)
Abrazotes.

16 de marzo de 2006, 11:16  
Anonymous Alicia said...

Entrañable. Otra vez. Como siempre.
La primera vez que ví a tu abuelita se quedó prendada de la camisa que llevaba puesta. No sé si te acuerdas: de color vainilla, sin mangas y con la parte de delante terminada en dos picos larguísimos a modo de faldones. Le hizo gracia lo de los picos, e insistió en atármelos en lugar de dejarlos libres como yo los llevaba.
besos

16 de marzo de 2006, 13:56  
Blogger Juanma said...

Ali: Sí que me acuerdo. Una camisa mu gonita, como tú. Y qué cachonda, la abuelita. :-)
Besazoooos. :-*****

16 de marzo de 2006, 14:28  
Anonymous Kotinussa said...

Con los post tan superlargos que escribes, me van saliendo un montón de cosas que poner en el comentario. Luego, a la hora de escribir, se me han olvidado la mitad.

¿Qué iba a decir? Bueno, que yo no lloraba jamás y ahora a la vejez me estoy volviendo llorona. Pero la verdad es que no me importa nada.

Otra cosa, que a mí también me encanta Santa María del Mar.

Tercero, que si te gusta el tiramisú, tendrías que probar el que yo hago. Los he probado muy buenos en Italia, pero el mío no tiene nada que envidiarles.

Había más cosas, pero ya no me acuerdo.

Besos y hasta pronto.

16 de marzo de 2006, 21:58  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: Sí, esta vez se me ha ido la mano y me he enrollado cosa mala, pero era lo que me pedía el cuerpo.
Llorar está muy bien, es una pena no poder llorar más.
Eso del tiramisú suena muy prometedor. Cuando baje para Cádiz podemos montar una quedada bloguera (Rafa, Juaki, Alfonso, tú, yo y quien se apunte).
Besoooos. :-****

16 de marzo de 2006, 22:46  
Blogger Small Blue Thing said...

Hola, Juanma.

Buf.

Quiero decir...

Buf.

Resulta difícil verbalizar algunas cosas. Esta es una de ellas, me temo. Siento una mezcla de empatia (ajena) y ridiculo (propio) por la gracia de tu prosa y por la hondura de tu post. Me gusta este Juanma que no conocia, aunque tambien me gustara el Juanma friki.

Ojala tuviera un ápice de esa prosa y de esa valentia.

Besos desde Vallekas
Bluething

16 de marzo de 2006, 23:08  
Blogger Juanma said...

Bluething: Tienes esa valentía, y más, mucha más de la que crees. He leído tu blog y llegas a lugares que no he alcanzado, a confesiones que requieren mucho valor. No confundas hondura con capacidad de enrollarse: en uno de tus posts dices de ti tantas cosas y te implicas tanto, o más, que yo con uno de los míos. Y me encanta haber descubierto todo eso.
Muchos besos. :-****

17 de marzo de 2006, 10:24  
Blogger Álex Vidal said...

:'''''(

18 de marzo de 2006, 17:34  
Blogger Juanma said...

Pues te diré: mientras escribía, había momentos en que me entraba la llorera.

19 de marzo de 2006, 4:15  
Blogger La ninfa de la torre de cristal said...

Hablando de llorar, a mi casi me dan ganas al leer el post. No soy excesivamente sentimental, pero sí muy emocional (para mi, la diferencia es muy importante). Es difícil que llore a la primera, como si me costara asimilar los sucesos negativos. Creo que se debe a mi mentalidad infantil. El problema es que siempre lloro cuando no debo. Cuando sucede algo por lo que es necesario hacerlo, me bloqueo, y luego lloro por cualquier estupidez. Me siento muy compleja por esto :(

Pero te apoyo muchísimo (y te comprendo)

19 de marzo de 2006, 23:24  
Anonymous Pily B. said...

Definitivamente, y al leer este post, debo estar baja de defensas... Y lo dicho en privado, lástima que estemos tan lejos, si no, ya tenías nueva compañera de piso (y no lo digo por las circunstancias, sino más bien porque me apetece :-))

20 de marzo de 2006, 12:53  
Blogger Juanma said...

Ninfa y Pily: Se agradecen los ánimos. Sois más ricaaas... :-)))))
Pily: Pos sí, si volviera a Madrid molaría compartir piso contigo. Sería la Comuna Friki definitiva. :-)))
Besitoooos. :-****

20 de marzo de 2006, 21:50  
Anonymous Pily B. said...

Jisjis. ;-)

22 de marzo de 2006, 22:04  
Blogger Small Blue Thing said...

Je... y tú que pensabas que sólo sé hablar de Buffy y Star Wars, ¿eh, jodío? :)

gracias
bt

24 de marzo de 2006, 20:43  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home