viernes, 28 de diciembre de 2012

Aquellas sí que eran inocentadas

El Día de los Inocentes transcurre con mucho jijí y mucho jajá en las redes sociales, tal vez a la espera de lo que nos depare el último Consejo de Ministros del año. De hecho, inocentadas brillantes, de esas que hacen que no te lo puedas creer de buenas que son, solo he visto una, en un medio con el que colaboro, y ya, si eso, la enlazo cuando haya quedado suficientemente claro que es una inocentada. Por no joderle la gracia al invento, digo. Pero vamos, que no tengo palabras.
De hecho, me ha dado pie para enlazar los tiempos aquellos en que nos currábamos las inocentadas de manera colectiva, coral incluso. 
Supongo que algún día alguien (no necesariamente yo) le dedicará un estudio en profundidad a la página web Bibliópolis. Crítica en la red, que Luis G. Prado puso en marcha durante el cambio de milenio, y que marcó un antes y un después en la crítica literaria de género fantástico en Internet. Aparte de las columnas y reseñas habituales, el equipo de colaboradores, en el que me llena de orgullo y satisfacción decir que participé, también había espacio para el cachondeíto fino, y de este modo nació Biliópolis. Crítica sin red, la actualización del Día de los Inocentes del año 2000. Como es evidente, lo petamos, y el año siguiente también hubo actualización temática, aunque camuflada como una actualización más; de ahí que no os ofrezca enlace. Claro está, introdujimos novedades: si en el año 2000 cada colaborador se encargaba de su respectiva sección, en 2001 hicimos un crossover majo, de modo que Fulanito actualizara la sección de Zutanito, Zutanito la de Perenganito, y así sucesivamente, pero con referencias cruzadas. El resultado fue mucho más currado, ya que en vez de ir cada uno a la suya había cierto, digamos, "universo referencial".
Pues bien, procedo a desclasificar las dos inocentadas literarias más elaboradas en las que he participado.
La del año 2000 era una vuelta de tuerca sobre la columna Mentidero 5, que glosaba cotilleos sobre el fándom con un nivel de detalle y cafrería que, vistos ahora, me parecen escandalosos e inconscientes a partes iguales. ¿De verdad tuve las narices de escribir todo aquello? Me dejé unas cuantas batallitas en el tintero porque, al pasar a dirigir la revista Gigamesh, dejé la sección (encontraba cierta incompatibilidad estructural, por así decir), y al fin y al cabo no llegué a hablar de los tres asuntos más controvertidos (Gigamesh, BEM y la AEFCFyT, porque, según mi razonamiento de aquella época, no quería perder el empleo, ni que me partieran la boca, ni que me declararan persona non grata en el mundillo, respectivamente), pero vamos, creo que dejé por escrito un buen caudal de anécdotas que, evidentemente, acabarán sirviendo de base para esa Gran Novela Sobre El Fándom que sé que algún año de estos terminaré por escribir (y que, de hecho, ya he empezado, aunque esa es otra historia).
A lo que iba: para aquella inocentada me inventé un fanzine, Belzagor, que venía a ser el reflejo chungo del fándom desde finales de los años sesenta hasta el cambio del milenio, una especie de Forrest Gump literario o gemelo malvado de Nueva Dimensión que, pese a que se me fue bastante la pinza, podría haber sido real. La entrada entera está aquí, pinchando sobre este enlace, y a continuación reproduzco los primeros parrafillos, para que veais un poco de qué iba el tema. 

Cuando se escribe la historia de las publicaciones del fandom, se tiende a seguir una especie de línea recta en la cual sólo caben las más directamente comprometidas con el mundillo, aquellos fanzines y revistas puramente metafandomíticos, y tiende a obviarse una inmensa corriente, en absoluto desdeñable, de heroicas aventuras desarrolladas -al menos en lo relativo a los años setenta- al margen de las emblemáticas Nueva Dimensión, Kandama o Fan de Fantasía. Se olvida, por ejemplo, que el auténtico récord de supervivencia y números aparecidos de una publicación no lo ostenta Nueva Dimensión, sino Belzagor, el fanzine (semiprozine, más bien) del que vamos a hablar a continuación.
Y es una lástima, porque Belzagor fue, hablando en términos de calidad-cantidad, la mejor publicación que ha existido jamás en el panorama cienciaficcionero patrio. Sin embargo, una serie de circunstancias la han relegado a un olvido, creo yo que interesado, un ninguneo concienzudo y absolutamente injustificado, como si el hecho de haber funcionado durante veintisiete años y doscientos seis números al margen de la corriente principal de opinión del fandom madrileño-barcelonés hubiese sido un pecado mortal absolutamente imperdonable, causa de la pérdida de la Gracia Divina y, repito, un olvido sistemático que se traduce incluso en la práctica ausencia de documentos escritos que acrediten su existencia. En efecto, encontrar un número suelto de Belzagor es una tarea prácticamente imposible, y más aún en los cauces habituales. Consultadas al efecto librerías como Gigamesh, Arte 9 o Miraguano, lo más que ha conseguido este cronista de las miserias fandomíticas han sido airados o despectivos comentarios o, simplemente, un incómodo silencio, por no decir que un delator cambio de tema, con mirada hacia otro lado incluida. Definitivamente, Belzagor es el grano en el culo del actual fandom español, se pregunte a quien se pregunte, y tal vez se trate de la única cuestión en la que las guerritas del fandom quedan arrinconadas y la unanimidad es total. Haced la prueba en la próxima HispaCon a la que asistáis, venga, intentadlo.
El caso es que esta unanimidad resulta comprensible. Envidia cochina, queridos lectores, eso es lo que le sucede al fandom, incapaz de asumir que la publicación más brillante de toda la historia de la cf española no sólo no le debe nada al fandom sino que se le adelantó en prácticamente todos los logros y avances que éste ha ido consiguiendo a lo largo de los años.
Nace Belzagor en enero de 1973, por obra y gracia de dos activos aficionados, sumidos hoy en el olvido más ignominioso: Fernando Torque Sánchez (Alba de Tormes, 1942) y María del Pilar de Andrade y Mendoza (Ferrol, 1942). Licenciados en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, donde descubren la ciencia-ficción gracias a un seminario sobre "Otredad y cristianismo en la Saga de los Aznar" impartido por Gonzalo Torrente Ballester y Enrique Miret Magdalena, ambos habían frecuentado las reuniones del mítico CLA (Círculo de Lectores de Anticipación, la primera asociación española dedicada a la ciencia-ficción) e intervenido de manera activa en la organización de la primera HispaCon,
Fernando Torque y Pilar de Andrade en la HispaCon '69 la de Barcelona ´69. De hecho, el único documento gráfico en el que tenemos constancia (algo borrosa, eso sí) de su existencia es una fotografía tomada durante la representación, en el transcurso de aquel evento, de la obra teatral Sodomáquina de Carlo Frabetti. Habían contraído matrimonio en Ferrol el 31 de enero de 1967, celebran sus nupcias con un viaje por los Estados Unidos en el que conocen (de obra y en persona) a buena parte de los más influyentes (y completamente inaccesibles en España por aquella época) autores norteamericanos contemporáneos (Charles Bukowski, William Burroughs, Thomas Pynchon), se empapan de la ciencia-ficción rupturista que por aquella época invade el género (testigos privilegiados del nacimiento de la New Wave) y, en definitiva, fruto de su unión nacerán Pilar (1967) y Teodoro (1969). Con respecto a este último existe una anécdota ciertamente jugosa. El retoño recibe este nombre en claro homenaje al autor estadounidense Theodore Sturgeon, aunque ellos siempre comentaron (en el editorial de Belzagor nº 2, por ejemplo), no se sabe si en serio o en broma, que su deseo era llamarle Michaelmoorcock de Jesús y de Todos los Santos, pero el párroco, el Padre Usillos, amenazó con excomulgarles, no obstante lo cual consintió en que se le impusiesen, además, los nombres de Miguel (por Moorcock) y, cómo no, Roberto (por Robert Silverberg). He intentado confirmar este extremo, pero, puesto en contacto con el Obispado de Salamanca, sólo acertaron a informarme del trágico fallecimiento del Padre Usillos y del hecho de que las partidas bautismales de Pilar y Teodoro ardieron a causa de un cortocircuito producido en las dependencias del Archivo Parroquial.


En 2001 nos preocupaba que la fórmula de Biliópolis se echara a perder si la repetíamos, de modo que cambiamos de tercio y camuflamos la inocentada en una actualización normal. Hice crossover con la sección Cosecha Roja, de modo que me inventé una Cosecha Rosa, y una historia bastante delirante en la que venía a demostrar, con pruebas, que Boris Vian fue en realidad un seudónimo, una tapadera y un hombre de paja de Victoria Holt, la escritora de novela romántica. Tal vez no quedó tan redonda como la del año anterior, pero el nivel de delirio era incluso más elevado. Aquí está en enlace, y aquí copio y pego los primeros párrafos.

De entre todos los episodios oscuros que podemos encontrar a lo largo de la historia de la novela negra, sin duda el misterio que envuelve a las motivaciones de la escritora británica Eleanor Alicia Burford Hibberts se lleva la palma. ¿Qué pudo llevar a una autora de renombre mundial a obrar como obró, aun a riesgo de su credibilidad, tan sólo para probar suerte en un género en el que, sin duda y perseverando, muy bien hubiera podido darnos grandes obras maestras sin recurrir a estratagemas tan enrevesadas? Nunca lo sabremos. Afortunadamente, nos queda su ingente obra, repartida entre los géneros histórico, policíaco, fantástico y, cómo no, romántico.
Es poco lo que sabemos de Eleanor Burford, excepto que nació en Londres en una fecha indeterminada entre 1906 y 1910 (¡nunca se dice la edad exacta de una dama!) y falleció el 18 de enero de 1993 a bordo de un crucero que cubría la ruta entre Grecia y Egipto. Publicó más de doscientas novelas, con múltiples seudónimos, lo cual nos puede dar una pista acerca del porqué de su comportamiento. Aunque siente a temprana edad la vocación literaria, hasta 1947 no consigue publicar Más allá de las montañas azules, bajo el seudónimo “Jean Plaidy”, con el que escribiría novelas históricas tan relevantes como Castille for Isabelle, Isabella and Ferdinand, Las cortes del amor y Madame du Barry. Las biografías oficiales saltan de esta fecha hasta 1960, en que su agente en los Estados Unidos le sugiere que se adentre en el género rosa (con Amante de Mellyn), al cual regala auténticas obras maestras como Arenas movedizas, El amante diabólico, La leyenda de la séptima virgen, La mujer secreta o Ambición mortal, todas ellas reseñadas en términos sumamente elogiosos en Las 100 mejores novelas rosa del siglo XX; bueno, y las 15 mejores novelas españolas, que en realidad son casi todas antologías, pero en fin, ya nos entendemos  (Varios autores, La Factoría de Ideas, 2001), Literatura romántica: las 100 mejores novelas escritas por mis compadres británicos (David Pringle, en Minotauro, 1990) y Ciencia-pasión hard: guía de posturas (Miquel Barceló, Ediciones B, 1990, cuya reedición, anunciada como inminente desde tiempos inmemoriales, no sabemos ya si esperar sentados, o cómo). Particularmente destacables son La confesión de la reina, de 1968, una biografía bastante fiel de María Antonieta, y sus llamémosles continuaciones: El jinete del diablo (1977) y La isla del Paraíso (1985), todas ellas ambientadas en un siglo XVIII que, reconozcámoslo, debe mucho más al Chloderlos de Laclos de Las relaciones peligrosas y al Marqués de Sade de Justine que a la pléyade de mediocridades tipo Danielle Steel que han venido a manchar de manera irremediable la imagen de un género por lo demás tan respetable como el policíaco o el fantástico. (Léase al respecto el polémico artículo de Barbara Cartland “Victoria Holt: una visionaria entre chulop*t*s”, en Gigaflesh nº7.) Además de los ya citados seudónimos, Eleanor Hibbert publicó como Philippa Carr (a partir de El milagro de San Bruno, 1972), así como Elbur Ford, Kathleen Kellow, Ellalice Tate y, cómo no, su nombre de soltera, Eleanor Burford.
El caso es que en 1946, tan sólo una año antes de ver publicada su primera novela, Eleanor se encuentra en una encrucijada: tiene más o menos encarrilada su carrera literaria, en la vertiente histórica, pero le apetece escribir, a partes iguales, género policíaco y romántico. Para buscar inspiración viaja a Francia, que por aquel entonces es un hervidero cultural e intelectual. La sociedad parisiense de los meses posteriores a la Liberación acoge con los brazos abiertos a músicos de jazz, escritores de novela policíaca, aprendices de filósofos existencialistas... El Boulevard Saint-Germain, en el corazón del Barrio Latino, es el epicentro de una de las mayores revoluciones jamás vividas por la cultura popular. La divina “rive gauche” recupera el esplendor de los años veinte, cuando la “lost generation” campaba por sus respetos, cuando Gertrude Stein o Ernest Hemingway consiguieron el pequeño milagro de escribir, desde París, algunas de las obras maestras de la literatura estadounidense.
Eleanor Burford alquila una azotea en las inmediaciones de la Sorbona, frecuenta conciertos de jazz (apadrinada por Louis Armstrong, aprende a tocar la trompeta) y urde una novela romántica que siempre consideró como la cumbre de su narrativa: The Foam of the Days. En ella se narra una historia de amor urbano y adolescente, que adquiere sus mayores componentes folletinescos cuando la chica enferma gravemente, una enfermedad que es tratada con un toque entre surrealista y arrebatado muy del gusto de los gustos imperantes en aquel París en reconstrucción: Raymond Queneau y Alfred Jarry se manifiestan como las principales influencias de Eleanor, quien contacta con varias editoriales, sin éxito. Debido a los sucesivos rechazos, se inventa el seudónimo “Victoria Holt”, pero ello tampoco le sirve de mucho. Desanimada, da su brazo a torcer, al mismo tiempo que descubre las posibilidades del hard-boiled, género al que, entre clase de trompeta y clase de trompeta, consagra todos sus esfuerzos. La crudeza de I’ll Spit On Your Grave, una historia de venganza racial ambientada en un Profundo Sur con ecos tanto de Jim Thompson como de William Faulkner, es una buena muestra del giro que Eleanor imprime a su carrera. Concebida en principio como una novela romántica estructurada en torno al idilio imposible entre un chicarrón albino y una joven blanca de buena familia, y de cómo este chicarrón se hace pasar por blanco, deviene en una sangrienta sucesión de episodios violentos, con sexo explícito y escenas que, pese a la tolerancia del París de la inmediata posguerra, resultaban definitivamente impublicables.

Lo dicho. Que las disfrutéis tanto como las disfrutaron los frikis cuando aparecieron.

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