miércoles, 5 de diciembre de 2012

Puentes de la Constitución

Mi amiga Luz, cuyo padre falleció un 10 de diciembre, me dijo lo siguiente cuando se enteró de que había fallecido mi madre, el 6 de diciembre del año pasado: "Vas a odiar el puente de la Constitución mientras vivas". No le falta razón, porque llevo desde el día 2 (cuando nos enteramos de que su situación ya era irreversible, y nos las tuvimos que arreglar para viajar de Girona a Madrid en el primer tren en el que pudimos encontrar plaza) rememorando los hechos... pero claro, muy atenuados por la alegría y el trabajo que supone tener a una recién nacida en casa.
Mireia crece a buen ritmo, ya comienza a sonreír, a observar ciertos horarios de "gente mayor" (solo dos tomas nocturnas, espaciadas por sus buenas cuatro o cinco horas) e, incluso, a dormirse solita.
Por otro lado, no deja de ser llamativo como hemos convertido a una niña de menos de dos meses en una puñetera politoxicómana: es una viciosa del chupete y de necesitar bracitos para dormir. Así es la vida.
Y claro, todos aquellos buenos propósitos de convertir a Mireia en una persona con culturilla musical se han vuelto en mi contra. En mes y medio he pasado de ser alguien que intenta cantarle a Leonard Cohen y la Velvet Underground para dormirla (con resultados desiguales), y a Siniestro Total y Los Enemigos para animarla (con notable éxito, debo decir) a un padre que se sorprende a sí mismo tarareando las melodías que suenan en su hamaca, o silbando la canción con la que intentamos que se quede dormida cuando le entran los ataques de llanto. ¡En lo que han quedado las buenas intenciones!


Es cierto que la paternidad te cambia la vida por completo.
Y que puede conseguir que, en vez de odiar para siempre el puente de la Constitución, solo se me ponga muy mal cuerpo y piense que, al fin y al cabo, así es el ciclo de la vida. Algo es algo.

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