miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gente ficticia

 
Todos los años por estas fechas se produce uno de nuestros grandes clásicos: cruzar Barcelona en taxi para llevar a casa la cesta de Navidad de Cristina. El lote en cuestión viene cada año más rácano, pero, por algún motivo, se las arreglan para que cada año sea más incómodo transportarlo. Total, que ya no nos libramos de coger un taxi desde su trabajo hasta casa, en hora punta y a través de la ronda, lo que siempre es un coñazo desesperante que, además, nos obliga a interactuar con los taxistas. A ver, soy de Madrid y estoy bregado en el tema, he visto taxis que vosotros no creeríais, he conseguido no saltar de un taxi que iba por la N-II a cien por hora y que tenía puesta la Cope a toda hostia a las seis de la mañana... y, lo que es peor, me encanta dar cancha a los taxistas aunque, si veo que son muy obcecados, acabo dándoles la razón en todo para que no me la líen. Sin embargo, en ocasiones me paso, y Cristina lo lleva muy mal.
Cogemos anoche el taxi con relativa facilidad, pese a que había partido del Barça y teníamos que pasar por las inmediaciones del Camp Nou. Además, luego habíamos quedado, y teníamos cierta prisa. Nos temíamos un atasco de dimensiones apocalípticas, tardar media hora en cruzar la Diagonal, o algo así, y ya íbamos tensitos con el tema.
Nada más poner el pie en el taxi, el taxista abre el debate, sin detenerse siquiera a ver de qué pie cojeamos... Bueno, cuando recapitulamos minutos después, Cristina me dice que una pareja que pide un taxi para cargar con una cesta de Navidad es necesariamente una pareja de curritos pringados, pues los que tienen dinero de verdad llaman a sus chóferes para que les hagan el encargo. De hecho, mientras esperaba a Cristina en la puerta del trabajo, he podido hablar un ratito con el chófer de su jefe, que también estaba en el portal, y el hombre se me ha descojonado con la deriva que está tomando la cesta de Navidad, que, eso sí, cada año es más difícil de manejar.
A lo que iba. Antes incluso de arrancar y de que le digamos nuestro destino, el taxista ya está hablando.
--Cuánto gasto esta Navidad, y la gente no tiene dinero...
El hombre empieza fuerte. Y yo también:
--Pues sí. Y eso que estamos de crisis. Yo no veo la crisis por ningún lado.
--Bla bla bla --respondo yo.
--Ble ble ble --acota Cristina.
Y entonces comete su primer error:
--Pero la culpa es de la gente. Qué coño es eso de endeudarse para comprar un piso de sesenta millones. Que se jodan todos.
Meeec. A ver, que estamos hipotecados. Por ahí vamos mal. Trato de cambiar sutilmente de tema.
--El asunto es que la gente está endeudada hasta arriba.
--Sí, todo esto es ficticio. Esta gente es ficticia. Todos sus gastos son ficticios.
Bueno, por lo menos maneja cierto vocabulario. A ver qué tal anda de economía.
--Ya le digo. El problema es la deuda privada. Mire, España no anda particularmente mal en cuanto a deuda pública, todavía está en unos márgenes aceptables, pero lo que va a hacer que tengan que rescatarnos como a Irlanda y Grecia es la deuda privada, que está disparada. Ahí es donde nos vamos a joder.
El silencio dura más tiempo del estrictamente necesario para que el taxista procese lo que acabo de decir, y Cristina me mira con cara de "Pero tú ¿para qué coño le das cuerda a este tipo?".
Pero no, el taxista cambia de tema, pero sin cambiar.
--La culpa es de esta gente. ¿Ven todos estos coches? La gente sólo compra Audis y Mercedes...
--Bueno, estamos encima de la Diagonal...
--... que no pueden pagar. ¡Todo esto es ficticio!
Comienzo a sentirme como en Matrix, o en una novela de Philip K. Dick. De hecho, el taxista se da un aire al de Desafío total.
--Si no les importa, vamos a ir por aquí. Es un atajo para ahorrarnos la ronda, que miren cómo está. Por ahí salimos a Travessera, y entonces iremos más directos.
--Ah, perfecto --responde Cristina--. Eso es lo que hacíamos cuando me fastidié la pierna y...
--Porque todo esto es ficticio --contraataca el taxista. Hemos cometido el error de pasar por L'Illa, y el hombre se ha reactivado--. Todos estos están pagando ahora con sus tarjetas de crédito, quemándolas y...
Se me acaba la cuerda, así que opto por comenzar a hablar con Cristina:
--Bueno, ¿y qué os han puesto este año en la fantabulosa cesta de Nav...
--.. ¡Porque todo esto es mentira! ¡Esa gente es ficticia!
Como me estoy viendo venir que el hombre va a sacar la recortada de un momento a otro, comienzo a darle la razón:
--Claro, claro.
En un momento dado, la conversación deriva al fútbol. Estamos pasando por Travessera de les Corts, que está sorprendentemente vacía.
--Pues cuando subía para acá estaba a reventar de gente que iba al fútbol. 
--Es que el partido comenzaba a las ocho... Pues mire, justo en esta esquina mataron a un seguidor del Espanyol hace unos años. Era un señor francés y...
Me acuerdo de la historia. Y no me acuerdo porque yo estuviera en Barcelona, que no estaba, ni porque lo recuerde de la prensa, pues no sé si llegué a leer la noticia. Me acuerdo porque Jonathan (nombre figurado), mi ex compi hooligan de piso, me hablaba de aquel asesino, que era uno de sus amigos, y me enseñó unas cuantas fotos de él, y me dijo varias veces lo buen tío que era, un tío legal que molaba mucho.
Total, que veo el cielo abierto y, durante el resto del viaje (y para mayor desesperación de Cristina, añado), hablo al taxista acerca de Jonathan, su filosofía de vida y su entorno. Me hace repetirle varias cosas: está tomando nota mental, supongo que para saber a qué atenerse, o por aquello de meterse en la psicología del enemigo para luchar mejor contra él, o, simplemente, tratando de entender algo que, por mucho que se empeñe, no podrá entender, porque no sigue ninguna lógica que una persona normal pueda asimilar. El hombre es de una ciudad del cinturón rojo, parece que es vikingo por los cuatro costados, y consigo captar su atención.
Sigue hablando del tema mientras nos da el recibo por la carrera.
Y mientras saca del maletero la caja que contiene la cesta de Navidad de Cristina.
Y, frente al portal de casa, mientras estamos con la llave en la mano, que tenemos que dejar ese tochazo, poner una lavadora y salir pitando, que ya llegamos tarde.
Unos bocinazos nada ficticios devuelven al taxista a la realidad, y se va.
Sospecho que, durante los próximos días, el consumismo compulsivo de la gente pasará a ser un tema secundario en sus filípicas, y cargará contra los hooligans del equipo paradigmático de la ciudad, se lamentará de sus mentalidades y dirá que sus vidas son ficticias. 
Y, lo más importante, dejará de dar por culo a los clientes con sus neuras.

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6 Comments:

OpenID eleternoaprendiz said...

El año que viene llamadme y llevamos la cesta con un Bicing. Así no tenéis que aguantar a más brasas (sin contarme, claro).

22 de diciembre de 2010, 12:47  
Blogger Juanma said...

Pero eso no podríamos contarlo en el blog, sino en un especial de Al Filo de lo Imposible. :-P

22 de diciembre de 2010, 12:49  
Blogger Cristina said...

Eso no se podía llevar con Bicing. Dentro iba una caja de madera. Pesaba horrores...
Tengo tolerancia, pero que un taxista-trabajador-pringao-como-todos diga que se jodan los trabajadores por haberse intentado comprar un piso no me hace puta gracia. Claro que la gente se ha sobreendeudado, pero no es tan sencillo como eso.
La próxima vez voy sola en el taxi, que siempre les das cuerda y no veas lo mal que lo paso...

22 de diciembre de 2010, 13:30  
Blogger Juanma said...

La verdad es que ahí el taxista se la jugó, porque qué coño sabe de las circunstancias de los clientes y qué mandangas tiene que contarles... :-$

22 de diciembre de 2010, 13:32  
Blogger Jordi Llavoré said...

Buff... suerte que no tomo taxis :)

23 de diciembre de 2010, 12:01  
Anonymous Carneiro said...

Esta historia me suena ficticia.

;-)


Feliz Navidad

23 de diciembre de 2010, 14:50  

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