viernes, 1 de diciembre de 2006

Escenas de un casting (Cuarta parte)

Abril del 2006

Lupita (nombre figurado) es mexicana y acaba de instalarse en la habitación. Todavía está trayendo sus objetos personales. Es un sábado por la mañana y tengo el día marujo, haciendo lavadoras y tendiendo. Eli y yo estamos sentados en la mesa, tal vez desayunando.
Comentamos qué tal va con Lupita. Estamos contentos, aunque supongo que todos echamos de menos a Lluis.
De repente, Eli se calla, y yo también. Oimos unos ruidos muy extraños provenientes del cuarto de baño. Al principio parecen como de vómitos; más tarde, llantos. Me acerco a ver de qué se trata.
La puerta está entreabierta.
Lupita está llorando a moco tendido.
-¿Estás bien, Lupita?
Es todo ojos, y más ahora, que está más delgada si cabe que cuando vivió en casa, dos semanas, hace un par de años. Esos ojos, llorosos, corridos de rímel, me devuelven una mirada de infinita tristeza, desmentida por una sonrisa.
-Es que todo está cambiando tanto… Discúlpenme.
Todo está cambiando, sí. Se ha ido de su casa porque Panchito, su pareja, ex pareja o lo que sea, está con otra, y ella ha aguantado todo aquello. Primero vino a España para estar con él, y luego se tuvo que comer una relación a tres bandas. Y ahora está cambiando de vida.
-Si necesitas algo, cualquier cosa, por favor dínoslo, ¿vale?
Me mira con gratitud. Toda ojos.
Se lo cuento a Eli. Se conmueve.
-Está pasando unos momentos muy difíciles –aclaro, y le cuento la película por encima.
Es difícil adaptarse. Y una de las máximas que hemos llevado a rajatabla durante estos años es que en un piso compartido hay que ayudarse, porque todos venimos de fuera y en ocasiones no tenemos a nadie más.
Lupita tarda bastante en salir del cuarto de baño, aún moqueando, y se pone a trajinar en su habitación.

Abril del 2006

Estoy saliendo con Cristina, y la verdad es que no paro mucho por casa. Para hacer lavadoras, tender, planchar, conectarme un ratito a Internet, ducharme y llevarme la ropa del día siguiente. Poco más.
Andrés y Eli ironizan acerca de mi doble vida.
Emmanuel pega un respingo cada vez que entra en casa y me ve:
-¡Qué milagro, señor Santiago!
Y, como es lógico y preceptivo, me invita a una botellita de vino.
Es una sensación extraña, que se acentuará con el tiempo. ¿Puedes ser un huésped en el piso que estás pagando y en cuyo contrato de arrendamiento figuras?
Pero aquello está empezando. Debo de tener una cara de auténtico tortolito, porque Andrés, Eli y Emmanuel se ríen mucho cuando me ven, flotando, algo así como medio metro por encima del suelo.
No veo mucho a Lupita.
A veces tiene abierta la puerta de su habitación.
Ha cambiado muchas cosas.
La disposición del mobiliario, por ejemplo. Aleix tenía la cama pegada a la pared de la ventana; el armario pared con pared con mi habitación y la mesa de estudio mirando a la pared que comunicaba con la habitación de Emmanuel. Lluis intercambió las posiciones de mesa de estudio y cama, y trasladó el armario a la pared opuesta.
Lupita deja el armario donde estaba, pero pone la cabecera de la cama donde Lluis tenía la suya, de modo que los pies están casi pegando a la ventana. Además, la cama que se trae es bajita, estilo japonés. La decoración de la habitación es minimalista, con colores cálidos.
La de Aleix era la habitación de un estudiante de diseño.
La de Lluis, la de un estudiante que va los fines de semana al pueblo, y sólo necesita un sitio donde dormir y estudiar.
Lupita tiene la habitación de una chica coqueta.
Buena señal.

Mayo del 2006

Tras un par de semanas iniciales llenas de titubeos por ambas partes (se nos notaba que llevábamos tiempo desemparejados), la relación con Cristina marcha sobre ruedas. Tal vez ello me impida ver una evidencia: la casa está más guarra de un tiempo a esta parte.
Por otra parte, tampoco tengo mucho derecho a quejarme, dado que no estoy por casa y, por tanto, no ayudo.
Si bien es cierto que no percibo la obligación de limpiar, dado que sólo estoy en casa un par de horas al día.
No obstante lo cual, hay sábados, cuando Cristina se va a Girona y yo me quedo de rodríguez en mi casa, en que paso la escoba y el trapo por el salón, o friego el suelo de la terraza.
Como siempre, me limito a fregar los cacharros que ensucio.
Y, dado que nadie habla del tema ni hemos dicho de reanudar los turnos de limpieza, yo tampoco digo nada.
A veces me siento a disgusto en casa. No hago mucho por limpiar, pero tampoco veo que sea mi obligación.

Mayo del 2006

Llevo unos cuantos días que, cuando voy por casa, me encuentro a Lupita con Panchito. En teoría, han cortado. En teoría, él la dejó por una francesa y, en teoría, Lupita se fue de su casa para no vivir inmersa en una especie de trío. Como la relación entre Lupita y Panchito es un tanto pendular, no me extraño demasiado: ya son mayorcitos.
Pero el caso es que llevo una temporada que cada vez que me acerco por casa me encuentro con Panchito, o con objetos suyos.
Llego a casa, y le está tocando la guitarra a Lupita. Qué gonito es el amor.
Llego a casa, y los dos salen de la habitación de Lupita.
Llego a casa, y Panchito ya ha dejado la guitarra de manera permanente en el salón.

Junio del 2006

La situación ha ido a peor. Algunos fines de semana estoy empezando a subirme a Girona con Cristina, de modo que ni siquiera estoy en casa los sábados que antes le dedicaba a la limpieza. Por eso, cuando me quedo en Barcelona la casa se me cae encima.
No hay agua mineral. Nadie la compra.
Soy el único pringado que pone siempre los cinco euros de fondo semanal, aunque rara vez baje al Consum a comprar nada.
El fregadero está que da asco. Ambas pilas están hasta arriba de cacharros sucios. Y la encimera.
Me limito a fregar los platos y cubiertos que voy a utilizar.
Me hago un café y descubro que no hay cucharitas pequeñas, así que tengo que utilizar una cuchara sopera.
Acabo de fregar y pasar el polvo por el salón. Lo dejo razonablemente limpia (tampoco voy a mentir: no está como los chorros del oro) en la friolera de… ¿media hora? ¿Tres cuartos?
Una eternidad, vamos. Si yo puedo, y nunca estoy en casa, no veo por qué no van a poder hacerlo los que sí viven en la casa.
Me estoy cruzando.
Y soy muy borde cuando me cruzo.
Y, lo que es peor, no razono.
Así están las cosas cuando Andrés sale de su habitación y me lo encuentro en la cocina.
-Hola.
-¿Qué tal?
-Bien. Pues nada, buscando unas tijeras, pero no las encuentro.
-Tengo unas localizadas en la habitación. Luego las busco.
Andrés y Eli están a punto de mudarse. Lo ven claro desde marzo, pero los albañiles no terminan de dejarles a punto el piso que se compraron el verano pasado. Lo que iba a ser una estancia de transición, apenas unos meses hasta que pudieran instalarse, va a terminar convirtiéndose en un año de convivencia. Ya nos han avisado de que se van en julio. Me da mucha pena. porque siempre me he llevado genial con Andrés y Eli, me parecen con diferencia los mejores compañeros de piso que hemos tenido y, si pudiera, los adoptaría. Los quiero como si fueran los hermanitos pequeños que no he tenido, o mis sobrinitos mayores.
Pero estoy cruzado. Y, cuando me cruzo, paso de cero a cien en tres segundos. Si el asunto se limitara a las tijeras, lo habría dejado correr, pero no puedo dejar de darle vueltas a la falta de cucharas de postre. Así que le doy un golpe de timón a la charla y entro directamente a saco. En modo sardaukar y sin concesiones.
-Por cierto, ¿cómo es que no hay cucharas de postre? ¿Aquí qué pasa? ¿Qué se pierden y nadie hace nada por comprar otras?
A Andrés no le hace ni puta gracia mi cambio de actitud y, por primera vez en un año, lo veo cabreado.
-Y a mí qué me cuentas. Eso díselo a quien enguarra la casa.
Y se va de la cocina. Habría dado un portazo si la puerta tuviera picaporte.
Me quedo fregando cacharros. Oigo a Andrés y Eli irse de casa. Ni entran a despedirse. O sea, están cabreados.
Como digo, es la primera bronca que tengo con ellos después de un año de convivencia.
Lógicamente, me cruzo aún más.
Cuando se levanta Emmanuel, no espero mucho antes de entrar en materia.
-También discutí con Andrés el otro día –me dice.
Fue muy similar. Hablaron de la limpieza de la casa, una cosa llevó a la otra y terminaron discutiendo. Dos broncas seguidas con Andrés, a cuenta de la limpieza. Yo no lo sabía; de haberlo sabido, habría hecho menos sangre. Es evidente que Andrés no es el responsable de la desidia de la casa, pero tanto Emmanuel como yo lo hemos machacado con el asunto, por separado, en menos de una semana.
Emmanuel me cuenta algunos detalles de la vida de Lupita que yo desconocía. Sus padres, de clase media alta, la educaron en valores progresistas y no sexistas: es decir, que la hija no tuviera que realizar tareas tradicionalmente asignadas a la mujer.
-O sea, que en nombre de los más puros valores progres han creado una cerda que pa qué… Así nos va a las izquierdas.
Qué panorama más bonito.
-Entonces, ¿le digo a Lupita que limpie?
-Pues sí, si no te importa.
Andrés y Eli entran, pasan por nuestro lado y se meten en su habitación. Ni nos dirigen la palabra.

Junio del 2006

Suena el teléfono en el trabajo. Cenélia me lo pasa. Es Emmanuel.
Cuando Emmanuel me llama por las mañanas, suele ser por algo importante. Siempre. Que nuestros caseros nos pidan que ingresemos el alquiler antes de tiempo, o que…
-Juanma, tengo que decirte una cosa: Lupita se va.
-¿Jarl?
Emmanuel pilló por banda a Lupita nada más verla, el día siguiente de nuestra conversación. Le dijo que hiciera el favor de implicarse en la casa y entrar en turnos de limpieza.
Apenas unas horas después, Lupita le dijo a Emmanuel que se iba de casa. Sin darle mayores explicaciones. El primero de julio. O sea, avisando con dos semanas.
Emmanuel no le preguntó por qué se iba.
Lo siguiente va implícito con la llamada: hay que poner anuncio en Loquo y Pisocompartido.
Lo mejor viene cuando coincido una tarde con Lupita, que como siempre parece ajena a toda la situación. Me pregunta si hemos encontrado a alguien, porque Panchito y su hermano quieren irse de la casa (ahora que ella regresa, le falta añadir).
Me voy por los cerros de Úbeda.
Pero básicamente no me creo lo que acabo de oir.
Qué coñazo. Otra vez con la misma historia de siempre.
Resumen de la situación. El primero de julio se van Andrés, Eli y Lupita. Wendy viene a mediados de mes, así que Emmanuel va a mudarse con ella a la habitación grande, también llamada “la Habitación del Pánico”. Así pues, hay que poner en alquiler dos habitaciones: la de Emmanuel y la de Wendy. Me voy de vacaciones las dos primeras semanas de julio, y ha faltado el canto de un duro para que Emmanuel se vaya a México a finales de junio. ¿Resumen de la situación? Incierto, como siempre.

Julio del 2006

Le alquilamos la habitación de Lupita a una chica eslovaca, Katarína. La quiere para el domingo, que es día 2. Estamos a sábado primero de julio y Lupita aún no se ha ido, pese a que sabía que tenía que irse. Le estamos haciendo pagar a Katarína el mes entero por una habitación que no va a disfrutar el mes entero.
El sábado se supone que es para que Lupita se lleve sus cosas y limpie su parte de la nevera.
No lo hace.
No parece que haya amanecido en casa, por lo menos. Debe de estar con Panchito, ahora que son tan amigos y se cantan canciones al arrullo de los rasguidos de la guitarra.
Cuando me acerco a casa, veo que todo está hecho un asco. Andrés y Eli aún no se han mudado, porque no hemos conseguido alquilar la otra habitación y se han ofrecido a quedarse un par de semanas más.
Emmanuel sale de su cuarto y nos ponemos a limpiar la cocina.
Le enseño algo que me ha llamado la atención.
Hay una bola como de hielo en la balda de Lupita.
Raspamos un poco, y la bola de hielo resulta ser una tortilla de patatas precocinada, con una capa de hielo de tres dedos de grosor.
La bautizo “La Tortilla Que Surgió del Frío”, como homenaje a John Le Carré (o bien “La Tortilla Ominosa”, como homenaje a Lovecraft), nos pasamos un buen rato intentando descongelarla en el fregadero y nos ponemos a fregar cacharros.





Cuando ya hemos acabado, Lupita entra en casa. Toda amabilidad. Ni saca el tema. Happy, happy, que se dice. Se planta con el ordenador portátil, en el comedor. Nos interrumpe el teléfono móvil: alguien, interesado en la habitación. Seguramente nos dará plantón. Es lo que nos está ocurriendo: llama poca gente y, los poquitos que llaman, nos dan plantón. Estoy empezando a ver que me iré de vacaciones y al menos una de las dos habitaciones no estará alquilada. Mal, muy mal lo veo.Por lo menos, la relación con Andrés y Eli vuelve a ser tan cordial como siempre.
Le recuerdo a Lupita que tiene que irse al día siguiente, porque Katarína quiere la habitación para el domingo. Asiente. Creo que es un asentimiento.
Estoy un poco a la que salta porque Emmanuel acaba de organizar una de sus comidas improvisadas. Tenemos vino. Bajamos al Consum, hacemos compra. Emmanuel llama a Patrick.
En menos de dos horas, todo está preparado. Emmanuel, en la cocina. Y yo, de un lado para otro, poniendo la mesa.
Pero Lupita no se mueve. Sigue a lo suyo, con el portátil.
Eli llama a Emmanuel aparte. Emmanuel me llama aparte, y me comunica que Lupita está mosqueada porque nadie le ha dicho nada de la comida.
-Pues claro que nadie le ha dicho nada -le respondo a Emmanuel-. No hace nada, no se quita de ahí, no ha dicho de poner nada, ni dinero ni comida, está como si la cosa no fuera con ella y encima tenemos que invitarla a comer…
-Ya, pero Eli me ha pedido que la invitemos. No le gusta la situación.
La terminamos invitando.
Cuando me voy a casa de Cristina, le vuelvo a recordar que tiene que desocupar la habitación el sábado antes del anochecer, ya que Katarína quiere dormir en casa esa noche. Vuelve a asentir. Creo.

Julio del 2006

Domingo por la tarde, en casa de Cristina.
Suena el teléfono móvil.
Es Katarína, la chica eslovaca.
Está hecha una furia, porque la habitación de Lupita sigue ocupada, y ella ha pagado todo el mes, y no está dispuesta a tolerar situaciones así. Le digo que tiene razón, y que ahora voy para allá, si se puede esperar diez minutos.
No espera. Ha agarrado tal cabreo que se ha ido de casa. De ahí irá directa al trabajo (es cocinera en un restaurante); pero quiere que por la noche, o el lunes por la mañana como muy tarde, la habitación esté libre.
Diez minutos después, Cristina y yo estamos en la casa. Emmanuel llega casi a la vez que nosotros. Le cuento lo que ha ocurrido. Está que trina. Él también.
De modo que empezamos a sacar todas las cosas de Lupita y las dejamos en el hall. Abogo por tirar alguna caja por la ventana, pero se impone el talante.
Así pues, Cristina, Emmanuel y yo limpiamos en cosa de media hora la habitación de Lupita, ya de Katarína.
-En el fondo, ¿sabes?, esto ha sido como echar a toda la gente que ha estado dando por culo en casa durante todos estos años.
Catarsis, creo que se llama. Es un poco injusta, pero sosiega el espíritu.
Emmanuel llama a Katarína a disculparse en nombre de todos los de la casa. Está a punto de entrar a trabajar. Ya tomará posesión del cuarto cuando vuelva, mañana por la mañana.
Decidimos regalarnos una botella de cerveza y unos doritos con chile del verde. Para enchilarnos bien.
En la terraza, que hace muy bueno.
Dejo a Emmanuel y Cristina preparando la mesa de la terraza, mientras bajo a los pakis de abajo, que en realidad son indios.
Lupita aparece en ese momento. Me cruzo con ella en el pasillo del portal.
-Por cierto, sacamos todas tus cosas de tu habitación, para que Katarína pueda meter sus cosas.
-Ah, muchas gracias –me dice, como si la cosa no fuera con ella. Como si realmente le hubiéramos hecho un favor. Como si no tuviera que disculparse. Como si careciese del concepto de pecado original. Como si esos ojazos hubieran servido de modelo para el Gato con Botas de Shrek 2.
-¿Cómo que gracias? Sabes desde ayer que tenías que haberte ido esta tarde como muy tarde.
Cuando subo de los pakis (que en realidad son indios), Cristina y Emmanuel están empezando sus cervezas. Lupita va dando vueltas por el pasillo, sale a la terraza, ve que no la invitamos, vuelve a salir, ve que seguimos pasando de ella, no se da por vencida, seguimos haciéndole el vacío, y por fin empieza a bajar sus pertenencias. Hace un par de viajes. Ni salimos al hall a despedirnos de ella.
Hacemos una última batida, y vemos algún libro que se dejó Lupita. De autoayuda. En plan Cómo superar una separación y cosas de ese tipo.
Pasa un rato. Las xibecas vuelan. Llaman al telefonillo. Es Margarita, la portera. Bajo, a ver qué pasa.
Hay unas cuantas cajas en el portal, y que si no hacemos algo al respecto las tirará a la basura.
-Son de la chica que se va hoy. Deja que avise a mi novia y a Emmanuel, y enseguida las sacamos al contenedor.
En ese momento aparecen Lupita, Panchito y el hermano de Panchito, y empiezan a llevarse las cosas.
Salvadas por la campana.
Suben a buscar alguna otra pertenencia. Se lo llevan todo, excepto dos cuadros horrorosos, con motivos mexicanos. Los dejamos en el pasillo, y ahí siguen.

Noviembre del 2006

Varios meses y compañeros de piso después (porque esto no acaba aquí), la relación con Cristina ya está más que consolidada. Apenas me dejo ver por casa, sólo a primera hora de la tarde, o alguna mañana que no vaya al curso.
Hablo con Wendy, que me pone al día de cómo va todo.
Antes de irme al máster, me pregunta:
-Por cierto, ¿hablaste con Emmanuel?
-No.
-Te andaba buscando, para comentarte un chisme.
Palabra de poder.
-Pues no. No he hablado con él. ¿Qué chisme?
-¿Sabes? ¡Lupita está esperando un bebé!
-¿Ein?
-Sí. Está de seis meses. ¿Cómo ves?
Empiezo a echar cuentas.
Tuvo que ser aquí, en casa. Así que no se limitaban a tocar la guitarra. Picarones.
-Pues o bien Panchito es mucho más tonto de lo que él mismo se cree –siempre ha ido de listo, aclaro-, o bien Lupita es mucho más lista de lo que nos había hecho creer, y lo ha enganchado a la perfección.
-Algo así creo yo también.
-Porque claro, Panchito ya no seguirá con la francesa, digo yo.
Luego seguimos echando cuentas. De modo que las vomitonas a lo mejor significaban que estaba recién embarazada. No termina de cuadrarnos, pero pudiera ser.
-Y a lo mejor no quería limpiar porque se encontraba débil –aventura Wendy.
-No creo que haya ningún estudio serio que relacione los primeros meses de gestación con ser un cerdo, pero bueno, podría ser.
La humanidad nunca deja de sorprenderme.

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11 Comments:

Blogger Cristina López said...

Lupita es...una caja de sorpresas. Nunca he llegado a entender mucho la situación.
Oye, si existe ese estudio científico que relacione embarazo con no pegar ni sello, me lo pasas plis que querré utilizarlo como prueba cuando llegue el momento...

1 de diciembre de 2006, 18:17  
Anonymous Kaoss said...

XD

¿Nunca has pensado en escribir una novela con tus experiencias compratiendo piso? Algo así como una especie de Briget Jones masculino.Aunque con los compañeros de piso que llevas casi da para una serie. Joel Joan podría hacer de ti...

1 de diciembre de 2006, 20:55  
Blogger Juanma said...

Cristina: Bueno, ni yo mismo entendía la situación. Si tratas con alguien cuya lógica y comportamientos no se ajustan a ningún patrón de conducta que conozcas, resulta difícil, por no decir imposible, saber de qué cojones va.

:-*********

2 de diciembre de 2006, 11:43  
Blogger Juanma said...

Kaoss: Pues eso era lo que yo pensaba, hacer una serie, y salir a temporada por año. ¿Joel Joan? Vale, y la serie se llamaría Iguana miseria.

2 de diciembre de 2006, 11:44  
Anonymous Kaoss said...

Podría ser una mezcla entre "Porca Miseria" y "Aquí no hay quien viva" con algún toque "The young Ones" (vuestro casero no desentonaría junto a Vivian, Neil y compañía).

Ah! quiero el 50% de los derechos ;)

2 de diciembre de 2006, 14:22  
Blogger Juanma said...

Como idea, pinta bien, pero eso del fifty-fifty... Marditos mánagers...
:-P
XDDD

Abrazotes. :-)

2 de diciembre de 2006, 17:57  
Anonymous Anónimo said...

Hola Juanma !
Soy Andrés,
me he quedado helado como la tortilla cuando me he enterado de lo del embarazo... supongo que es cierto y no (ahora mismo llega Eli), supongo que es cierto y no es blog-ficción... Recuerdo intensamente esas últimas semanas en Arizala... fueron jodidas, muy jodidas. Fueron los peores días de mi relación con Eli, y de mi relación con el resto del mundo. El que se haya visto inmerso en unas reformas integrales de una vivienda sabrá quizás de qué hablo. Cuando entramos en Arizala (y continúo en singular) lo hice con toda la ilusión, y con todo el convencimiento. Por un lado, simplemente quería irme a vivir con mi novia. Y por otro, estaba muy concienciado con la crisis nacional que se nos había venido encima respecto a la vivienda. Así que resolvimos irnos a compartir piso. Y ¿ por qué no disfrutar de la parte buena que tiene ?. Y la disfrutamos, aprendimos mucho, conocimos mucha gente, de muy distintos sitios, hicimos amistades, nos ayudábamos, teníamos mucho en común.
Pero todo cambió cuando comenzamos las reformas del piso que nos habíamos comprado... A partir de aquí me convertí en un mal compañero de piso y es algo que lamento. Pero era consciente y no podía evitarlo. Por mi caracter y cabezonería, quisimos tener el piso más mono ajustándonos a nuestros sueldos de mileuristas. Invertí todo mi tiempo libre en jugar a ser paleta, lampista, decorador de interiores... Las presiones externas (familiares, presupuestarias), de pareja (me gusta blanco, y a ti te gusta negro) e internas (quizás las peores) eran muchas y se multiplicaban.
Arizala se había convertido para mí en un colchón donde caerme muerto al llegar la noche. Por falta de tiempo (y de fuerzas) dejé de dedicarle a Arizala la ilusión con que había empezado. Esto se traducía en descuido a la hora de hacer la compra, limpiar lo que no era estrictamente mio, etc.
y entonces llegó Lupita, una persona increible. Digna de mantener ocupado a un equipo de 100 psicoanalistas y no llegar a ninguna conclusión. Lupita, se empeñó en cocer un huevo en el microondas. Pero siempre le estallaba. Día tras día. Repetía el experimento en las mismas condiciones y lógicamente con el mismo resultado. El huevo explotaba una y otra vez cubriendo la paredes del microondas con su contenido. (Las paredes de la cocina son a las del microondas lo que la cafetera de Lluis a los huevos de Lupita). Pues bien, Lupita nunca cayó en la cuenta de limpiar el micro tras sus experimentos. Así que los restos de huevo se fueron acumulando. Y como todo deshecho orgánico, su hedor también.
Juanma, tú que te "fuiste" de casa justo cuando entró Lupita, ¿ cómo ibas a saber que la chica de los enormes ojos del gato con botas era en realidad la mano que mece la cuna ?. Y sí, en casa fueron desaparecindo cucharitas, tacitas y de todo tras la llegada de Lupita.
Yo sinceramente, estaba pensando en los pocos días que nos quedaban y no quería discutirme con nadie.
Lupita me caía bien, era un encanto cuando hablabas con ella. Quizás fue un poco cobarde por mi parte, pero opté por la opción práctica.
No quería hacer llorar a la chica a falta de tan sólo unas semanas de mudarnos.
En fín, yo quería escribir un comentario para pedir que no se me recuerde como en mi última etapa en Arizala.
Fue un año estupendo en el que aprendimos mucho, nos divertimos muchísimo y me aficioné a la Voll Damm doble malta (que nunca falta en nuestra actual nevera).
Por cierto, Eli y yo vamos a estar unos días fuera, pero nos gustaría que al vuelta nos tomemos unas cervezas en nuestro nuevo y sufrido hogar.

abrazos Juanma

3 de diciembre de 2006, 13:41  
Anonymous Anónimo said...

...Fue una época MUY dura... A mi me daba mucha pena Lupita. Tiendo a justificar a las personas y a pensar que podría pasarme a mi ... Un momento difícil lo tiene todo el mundo. Pero a medida que iba avanzando la convivencia, me fui dando cuenta de que Lupita vivía en un mundo paralelo (ese que cuenta Enmanuel) en el que todo está invertido. Donde los electrones tienen carga negativa (era algo así, no Enmanuel? echo de menos esas conversaciones científico filosóficas...)
Sabía que las personas se pueden quedar sin un dedo, sin pelo, sin piernas o sin corazón. Pero no sin actos reflejos. Que cuando te vas a quemar, retiras inmediatamente la mano para evitarlo. Sin pensar. Pero en el mundo invertido de Lupita el reflejo era espejo. Y por eso cuando se le caía un vaso al suelo en mitad del comedor (por el que después pasábamos todos) no exclamaba "¡Oh! ¡Qué torpe que estoy esta mañana! ¡Vaya, qué despite!" Y iba enseguida (aunque llegara tarde al trabajo, a la escuela) a por una escoba y un recogedor a limpiar el estropicio (yo creo que casi todo el mundo lo hace aunque viva solo). Si se rompe un plato, como acto reflejo, se recoge. Pues Lupita, ese ser si actos reflejos, lo arrinconaba con el pie a un lado del mueble y hasta otra día. Luego, no se acordaba y claro, a quién más rabia le diera tenía que recogerlo (en este caso, fue Andrés). O cuando Lupita llegó con prisas porque había quedado con Panchito para ver jugar al Barça la copa de Europa, abrió la nevera y volcó un tupper de arroz al suelo... Yo cogí la escoba, como acto reflejo, y casi me quedo yo barriendo toda su comida. O cuando había que rescatar la olla con la que cocinábamos todos tras tres días de estar llena de frijoles y quemada y tener que bajar a los pakis (que son indios) a por un estropajo de acero... O cuando llegamos una noche y vimos una montaña de basura apilotonada en vetical. Andrés y yo nos quedamos perplejos y para darle pistas a Lupita, sin decirle nada, dejamos un trozo de pan haciendo equilibrio con la punta de un tetrabrick de leche de soja. Lupita de lo único que se dio cuenta es que el pan estaba en la basura inorgánica y lo cambió de sitio, dejando como era costumbre la bolsa putrefacta oliendo.
O cuando explotaba un huevo por quinta vez consecutiva y seguía sin limpiar el microondas... una sensación extraña me corcomía por dentro... "¡Son cosas que no hace faltar decir! ¡Son evidentes! explotas un huevo, lo limpias, ¿no?" Esas cosas no hace falta decirlas. Pero a Lupita sí. Y nadie se lo dijo, porque era algo evidente. El microondas olía a podrido. Ya nadie calentaba nada dentro. Nos mirábamos todos con recelo. No queríamos decir: "Señu, señu, ha sido ella. Ha sido ella". Era una sensación tan extraña... El vaso que cada uno soportábamos se fue llenando poco a poco. Nadie decía nada, pero estaba a punto de desbordarse y había peligro de tsunami en Arizala...
Pero a mi me seguía dando mucha pena Lupita. Quizá por saber que estaba con un tipo que le hacía daño, que le había puesto los cuernos, que iba a dos bandas y que ella no se daba cuenta. Era un ser sin actos reflejos, algo le estaba quemando y no quitaba la mano. Me conmovía su debilidad. Pero me cabreaba su dejadez (por llamarlo de alguna forma). Es verdad, que nuestra habitación no era el paraíso del minimalismo (con montañas de periódicos y cajas por doquier) y que Mister Proper no nos hacía tantas visitas desde que vivíamos una guerra de resistencia en Sagunto, pero todavía contábamos con la grandeza de tener actos reflejos. Juanma, en su nube de enamoramiento, no pudo ser consciente del avance del deterioro. Enmanuel, Andrés y yo sólo esperábamos que un día se le encendiese la luz a Lupita, por obra y gracia del Espíritu Santo, claro. Juanma en un día de lucidez (desaparecieron las nubes del Love is in the air) vio que no había cucharillas, que la casa olía a podrido (eso de la basura orgánica estaba muy bien, pero eran pocas veces las que la bajaba Lupita) y que todo era una puta mierda, hablando en plata. Yo me sentía como Zellig y pensaba que igual eran míos los platos sucios, igual era yo la que había hecho desaparecer las cucharillas, que la tortilla helada era mía, que igual yo estaba saliendo con Panchito, que yo era Lupita...

Pero no. No estoy embarazada. Eso quiere decir que el síndrome Zellig desapareció. Tanto invocar al Espíritu Santo, por lo visto bajó para hacerle una visita a Lupita. Y por obra y gracia de pornografía emocional nos hemos enterado. Qué cosas... Quién lo iba a decir...
¿Os imagináis a Lupita con un bebé?


P.D: Yo me dejo adoptar. Para mi, sois como una familia. Os quiero mucho, aunque haga un tiempo que no hablamos. Me dolió en el alma aquel silencio de las cucharillas de café... Está visto que el café y la cafetera también tiene su historia en Arizala. Por cierto, ¿para cuando un café? ¡Ya tardamos!

3 de diciembre de 2006, 15:14  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Juanmita (yo no soy tu "suegra", pero me tomo la licencia familiar), ¿cuándo vas a abandonar ese camarote de los hermanos Marx?

4 de diciembre de 2006, 9:33  
Blogger Juanma said...

Andrés y Eli: Vuestros mensajes me han encantado. Por leeros, que siempre apetece; por saber de vosotros, que es verdad que hace tiempo que no nos vemos; y porque el rompecabezas va completándose, y las piezas encajan.

Sí que fueron meses malos. Había que estar ciego para no valorar el esfuerzo que hacíais quedandoos en casa, pagando una habitación doble en un piso compartido y una hipoteca en el piso de vuestros sueños. No es ningún pecado, como dice Andrés: simplemente, queríais iros a vuestra casa cuando esta estuviera habitable, y las cosas no son tan fáciles, y los retrasos se acumulan, y en vez de tres meses os pasasteis un año. Tengo la sensación egoísta de que quienes salimos ganando fuimos nosotros, por teneros como compañeros de piso tanto tiempo. Una pareja en un piso compartido suele tener sus propios ritmos, y o se adapta o no se adapta: vosotros no sólo os adaptasteis, sino que pasasteis a formar parte de la casa, una parte necesaria, os implicasteis como los que más, y siempre era un placer veros y hablar con vosotros. Ver algún corto de Andrés. Hablar con Eli de su último artículo en el periódico. Abrir una botellita de algo alcohólico. Jugar al diccionario. Compartir. No lo cambio por nada.

Los problemas fueron dos: por un lado, la entrada de elementos distorsionadores en casa, y por otro el hecho de que vuestra casa tardaba en estar lista mucho más tiempo del que os hubiera gustado.

Que los actos y razonamientos de Lupita siguieran una lógica distinta a la del resto de la humanidad no nos exime a ninguno de dejar que la casa se echara a perder, pero ayudó muchísimo. La manzana podrida contagia al resto de la cesta. Para mí era un asco, porque por un lado no estaba en casa, y por otro ya había vivido historias parecidas, en los momentos finales de convivencia con otros compañeros de piso, y durante los meses en que habíamos convivido con Lluis y con vosotros todo había estado muy bien. Vosotros teníais otras preocupaciones, y limpiar la casa después de pasaros todo un día deslomándoos en vuestro nuevo piso hubiera sido mucho pediros, en vuestro día libre. Total, que es más fácil contagiar los malos hábitos que los buenos, y si uno no limpia, el otro no va a ser tan tonto como para hacerlo. Y, en menos de un mes, la casa estaba como en los peores tiempos, que vosotros no llegasteis a vivir. Un círculo vicioso, imposible de romper, a no ser que el causante se fuera.

No recordaba la escena de los huevos en el microondas, pero desde luego fue espectacular. Yo llegaba a casa, por ejemplo un fin de semana que me quedara de rodríguez en Barcelona, y no podía ni acercarme al microondas, porque olía a podrido. Tardé cosa de dos meses en pasarle el antigrasa (responsabilidad mía, por no haberlo hecho el primer día); pero ya te daba cosa de usar el micro, porque cualquier cosa que calentaras te iba a recordar a un huevo podrido.

Y así con todo.

La tortilla con la capa de hielo fue impresionante. ¿Cuánto tiempo tienes que dejar una tortilla para que se ponga así?

Y, como digo, me suelo cruzar con mucha facilidad. Un día, cuando Lupita estaba a punto de irse, habíamos limpiado, creo que Eli, o Andrés. El comedor estaba como los chorros del oro. Lupita salió, comió, dejó la mesa hecha un asco y se fue por donde había venido. Además, había comido pollo al mole o algo igual de pringoso.

Estuve a punto, pero muy a punto, de dejar todos aquellos platos en el dormitorio de Lupita, a ver si se daba por aludida.

Sé que no lo hubiera hecho. Lo hubiera dejado correr. Y, lo más probable, hubiera dejado los cacharros allí, esperando a que limpiáramos cuando ella se fuera.

Sé parte de las putadas por las que ha pasado. Y aun así no consigo justificarla. Es la carencia de actos reflejos que dice Eli. ¿Qué tiene que pasarle a una persona para que llegue a dimitir de esa manera de cualquier acto humano, de cualquier instinto de conservación o reflejo de supervivencia? No lo sé. Sé que le pasaron cosas muy gordas, que tuvo que tragar humillaciones muy fuertes, y probablemente ello le hiciera crear esa coraza, esa defensa del mundo exterior.

En todo caso, tengo la sospecha de que es lo que dice Andrés: ni un equipo de cien psicólogos daría con la respuesta; así que ¿para qué voy a hacerlo yo?

Sólo espero que su hijo no llegue a verla tal como la vimos nosotros, y que sea responsable, y no se lo deje olvidado en el microondas, ni en la pica (toma catalanismo), ni en el contenedor de residuos orgánicos.

Hablamos, para tomar esas Voll Damm doble malta.

Un beso muy, muy, muy grandote a los dos.

:-****************

4 de diciembre de 2006, 11:23  
Blogger Batz said...

Ya esperaba esta parte del casting =)
Es una locura compartir piso. Se sacan cosas buenas tambien, amigos y algo de conocimiento sobre la humanidad... ajaja ... a veces un asco!

Sobre la educacion de izquierda para los mujeres.. eeh! soy una de esas, siento decir. Tampoco limpiaba nada en casa. Yo a estudiar y ya. Pero creo que esta Lupita tenia otra cosa en la cabeza, ser sucia no es parte de esa filosofia, ajaj.. xD

9 de diciembre de 2006, 20:49  

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