jueves, 14 de diciembre de 2006

Entra en mi mundo

Lo primero que supe de Immanuel Kant fue una referencia encontrada en un libro de mis hermanos. El libro era maravilloso: Dime quién es, de Simone Monlau (Ed. Argos), un compendio de quinientas biografías explicadas a chavales, que supongo que tuvo mucho que ver con mi decisión de estudiar Historia. Los libros de la colección (Dime quién es, Dime qué es, Dime cómo funciona, Dime cuéntame) me fascinaban casi tanto como los atlas y las enciclopedias (y ahí nació mi decisión de estudiar Geografía), y no era raro que me perdiera en su interior durante tardes y tardes, un Juanma de diez años cruzando el espejo del conocimiento, en lugar de bajar al portal con los vecinos de mi edad, para hacer el burro con una pelota de fútbol que invariablemente solían incautar Gerardo o Bautista, los conserjes de nuestra casa, o Joaquín, el de la casa de mi tía, que estaba justo enfrente. A Joaquín le tenía mucho miedo, porque cuando era pequeñito, mientras aprendía a montar en bicicleta, lo arrollé y le acerté a hincar las ruedas en el dedo de un pie que seguramente tendría un juanete o algún tipo de achaque. Se cabreó mucho y, de resultas de aquello, me pasé prácticamente toda la infancia sin asomar por casa de mi tía a las horas en que estaba abierta la portería: de verdad que le tenía pánico a Joaquín. Una de mis pesadillas recurrentes lo tenía como protagonista: me quedaba inmóvil, a medio camino entre mi casa y la de mi tía, y él salía en mi persecución, y yo seguía sin poder moverme, y él me iba a alcanzar, y entonces me despertaba. Era recurrente, y apenas había variaciones.
Volviendo a Kant. En Dime quién es intentaban, con muy buen criterio, hacer que las biografías de los famosos resultaran asequibles a los niños. No te iban a contar la Crítica de la razón pura ni hacernos discernir lo bello de lo sublime; de ahí que contaran anécdotas resultonas de los biografiados. En el caso de Kant, contaban algo que se me quedó marcado. Por lo visto, Kant era un auténtico maníaco, un remedo con calzas del Jack Nicholson de Mejor, imposible. El señor Kant seguía pautas: pasaba todos los días por los mismos lugares, a las mismas horas, de modo que los vecinos de Königsberg ponían los relojes en hora cuando lo veían salir a la calle.
Es inevitable repetir actos de manera mecánica; pero de ahí a instalarse en la rutina media un abismo. Puedes tener el mismo sueño (o pesadilla), pero nunca se va a repetir con los mismos detalles y el mismo "minutaje": siempre habrá alguna diferencia, aunque sea el momento en que te despiertas. También puedes salir a la calle a las mismas horas y repetir las mismas pautas de siempre, encontrarte con la misma gente y hacer lo mismo; pero siempre hay alguna diferencia: unas veces llueve, otras hace un frío de cojones, a veces te asas, en ocasiones te detienes a hablar con un amigo, o te paras frente al quiosco para leer un periódico cuya portada cambia a diario, porque de lo contrario serías Bill Murray en Atrapado en el tiempo o, peor aún, Immanuel Kant, y todo el vecindario aprovecharía tu paso para ajustar sus teléfonos móviles, y eso te daría que pensar, sobre todo si eres sugestionable y acabas de leer un libro de Philip K. Dick.
Como mi vida ha cambiado bastante en los últimos años, lo cierto es que no sufro el síndrome de Kant, ni siquiera el de Bill Murray. Por supuesto que sigo pautas y rutas, pero no las mantengo el tiempo suficiente como para aburrirme de ellas y convertirlas en rutinas.
Cuando trabajaba en Gigamesh, podía ir a trabajar en la línea uno del metro, pero sólo durante los meses en que viví en el Clot. Para regresar, podía regresar en metro, pero también caminando, y aun así variaba la ruta, aunque prefería alargar la ruta, con tal de ahorrarme pasar por la plaza de las Glorias Catalanas, y daba un rodeo por la Sagrada Familia; pero también podía quedar en algún lugar, y regresar en la línea cinco, o en taxi.
Al mudarnos a la avenida de Madrid, tomé la costumbre de coger el cincuenta y cuatro de las siete y diez. Aprendí a distinguir a algunos viajeros que tomaban el mismo autobús; pero a veces se me escapaba, o prefería ir en metro. Nunca me amoldé a aquella rutina.
Llegar a Arizala y retrasar la hora de salida al trabajo fueron todo uno. En el cincuenta y cuatro, o bien en el metro; a veces, en metro y cercanías.
No repetía pautas. O, si lo hacía, era de una manera muy amplia.
Los movimientos básicos cuando te levantas.
La manera de ducharte.
El chorrito que echas con la primera meada del día.
El vaso de leche con galletas.
El tiempo que van a tardar el metro o el autobús.
Desde que estoy con Cristina, mis pautas también han variado. Son ocho meses, pero han cundido como varios años.
Mientras trabajaba, salía antes que ella y, en vez de buscar el cincuenta y cuatro, me quedaba en la carretera de Sants y cogía el cincuenta y seis.
Un mes más tarde, varié la pauta: empecé a ir caminando hasta la plaza de Sants y, una vez allí, cogía el metro, la línea uno.
El verano y el paso a las estadísticas del INEM conllevaron un cambio de pauta. A veces, Cristina se iba a trabajar y me dejaba durmiendo en casa; pero lo más habitual era que nos levantáramos juntos, y juntos saliéramos de su casa. Yo la acompañaba hasta la plaza de Sants, donde ella cogía el treinta y, después de aquello, yo iba a mi casa, donde pasaba la mañana.
Pero en el quince llega más rápido, de modo que cambiamos de ruta.
Y cuando empecé el curso, volví a salir de casa antes que ella, y me plantaba en la parada del ciento cincuenta y siete, del que en ocasiones sospecho que sólo existen las marquesinas, porque he llegado a esperar más de media hora; de hecho, un día me crucé con Cristina, que salía a trabajar en el momento en que llegaba el autobús.
Hoy he variado la ruta, porque se me acababa de ir el ciento cincuenta y siete, y he optado por una solución más rápida, que tal vez siga a partir de ahora: metro hasta Pubilla Cases (dos paradas) y tranvía desde Can Rigal.
Echaré de menos algunas repeticiones, pero se crearán otras.
Apenas guardo recuerdo de las personas que van en el autobús: no me tengo por mal fisonomista, pero reconozco que sólo distingo a unos deficientes psíquicos que agarran el mismo autobús que yo. Lo demás me resulta indiscernible: caras somnolientas, conversaciones apagadas, llamadas de teléfono móvil para dar cuenta de que (¡otra vez!) llegan tarde por culpa del autobús.
Lo mismo me ocurre con la espera en la parada del autobús, esos cinco minutos, o treinta, en los que apenas he sabido distinguir otra cosa que los cambios de clima, la llegada progresiva del invierno y algunas personas.
Una pareja de gemelas, a las que siempre veo (¿veía?) de espaldas, yendo hacia Badal.
Tres monjitas suramericanas, que salían de la calle de enfrente y cruzaban la carretera a toda prisa por el paso de peatones.
Un camión. Siempre el mismo.
Dos o tres autobuses de la línea cincuenta y seis.
La furgoneta que se detiene frente a la panadería.
El ciento cincuenta y siete que pasaba en sentido contrario, mientras pensabas que cabía la posibilidad de que fuera el mismo que tenías que coger, cuando regresara desde la Villa Olímpica, porque de otro modo no se explicaría la tardanza.
Pero todos los demás detalles me pasan (¿pasaban?) inadvertidos. Seguro que hay mucha más gente con la que siempre me cruzo, pero no soy capaz de distinguirlos. Apenas hay nadie en esa parada del autobús, sólo he distinguido a una señora mayor, a la que debí de ver la friolera de tres o cuatro veces en estos dos meses.
Así pues, sólo tengo esos puntos de referencia, esos anclajes, para reconstruir dos meses de espera en una parada de autobús de mi barrio.
Y la certeza de que, pese a que puedo distinguir esas pautas, estas no son rutinas, no se repiten de tal manera que pueda saber qué va a ocurrir exactamente en qué momento, ni con quién me voy a cruzar a las ocho horas veintisiete minutos y doce segundos.
Cosa que le ocurre a mucha gente.
Que tal vez me ocurriera hace tres años, cuando agarraba el cincuenta y cuatro de las siete y diez de la mañana.
Que puede que me ocurra dentro de unos meses o años, aunque haré todo lo posible por evitarlo.
No obstante, hay momentos en que me siento como si estuviera en el videoclip "Come Into My World", de Kylie Minogue, obra del gran Michel Gondry.

Una vez se lo enseñé a Yolanda, y me hizo notar un detalle que se me había escapado. Lo había visto decenas de veces, pero no había advertido lo que ella me enseñaba. Estaba demasiado preocupado de aprehender los movimientos de Kylie Minogue, las cuatro veces que da la vuelta completa al escenario urbano en que se desarrolla la acción. Con ello, me estaba apartando de los detalles secundarios. La pelea. Los colchones que vuelan a la calle. La pegada de carteles. Me estaba fijando exclusivamente en aquello que Gondry quería que viera, y le perdía la pista a lo secundario. Supongo que algo así me sucede cuando salgo a la carretera de Sants, ya con la música de Kylie Minogue prendida en la cabeza, y me pongo a esperar el autobús. No veo a la maruja que lleva al nieto al cole, ni al ejecutivo que llega siempre tarde y se anuda la corbata mientras se aproxima a la boca del metro de Badal, ni al perrito caniche al que tal vez haya estado a punto de arrollar un par de veces por semana. En lugar de eso, las sucesiones de gemelas y monjas se agolpan y acumulan a mi alrededor, y me veo, como en el vídeo, hollando el mismo camino que transité ayer, pero también me veo proyectado a mañana, y no voy exactamente por el mismo camino, porque un coche entraba por la calle de Cristina y me tuve que apartar para dejarlo pasar, o he de llevar una bolsa de basura al contenedor, o estoy mirando el teléfono móvil, o acelero el paso porque me pareció oir un autobús que finalmente viene en el otro sentido.
Lo mismo me sucede con los transeúntes y vehículos. A veces me olvido de mirar, y no sé si las gemelas han pasado por la calle; en otras ocasiones, las veo mientras vienen hacia mi, y por un momento les veo la cara, y me llevo un chasco porque no son como Ariel, la niña mayor de Patricia Arquette en Medium; las más de las veces no alcanzo a distinguir si siempre van en la misma posición o se alternan, si la mochila blanca con lunares de vaquita es la de la derecha o si lo es la roja.
Pero todas estas imágenes se superponen, y juego a trazar el rastro de la gente que realiza sus tareas de manera mecánica, rutinaria, igual que podemos ver las rutas que siguen los vehículos de noche, cuando la fotografía es de exposición prolongada: meros haces de luces, amarillas o rojas.
Y algunos haces de luces se superponen, se solapan, están muy juntos, pasan por las mismas baldosas, a las mismas horas con los mismos minutos y los mismos segundos. Y también hay luces ocasionales: un recado, un turista, el intento de cruzar esta vez por esa acera en lugar de por la opuesta: apenas dejan huella.
O, como es mi caso, la luz forma una retícula que lo invade todo, porque, pese a que camino por los mismos lugares, nunca lo hago de la misma manera, ni exactamente a la misma hora.
Qué le voy a hacer: no sigo rutinas, sólo pautas.
Qué poco tengo de Bill Murray en Atrapado en el tiempo. O de Immanuel Kant en Königsberg.
Por otro lado, es una suerte: siempre me quedará margen para la sorpresa, ese no saber exactamente qué me depara el mañana. De verdad que me parece una suerte.

18 Comments:

Blogger Raven said...

¡Oh, dios mío! ¡Otro antiguo adicto a los libros de "Dime quién es"! ¡Pensaba que era el único!

Ese detalle me ha llegado al corazón, señor Santiago. :)

14 de diciembre de 2006, 21:59  
Anonymous Yolanda said...

Ya tardamos en vernos... :-)

15 de diciembre de 2006, 0:56  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Yo confieso que en lo más profundo de mi psique estoy convencida de que las pautas que todos seguimos condicionan el destino del mundo.

Creamos ritmos, energías, flujos... que hacen que determinados acontecimientos se precipiten.

(¡Oh! No conozco "Dime quién es". Yo era de las de "Héroes en Zapatillas". Daría lo que fuera por encontrar ese viejo libro. En forma de cómic, y como historia corta, te contaba quién fue Diógenes, o San Martín, o Arquímedes... Ay).

15 de diciembre de 2006, 9:32  
Anonymous manu o.e.g.c said...

¿Manuel Kant? ¿Ese dónde salía, en GH o en OT?

Juanma, a ver si quedamos antes que te vayas de navidás...

15 de diciembre de 2006, 14:30  
Blogger Juanma said...

Raven:

¡Oh, dios mío! ¡Otro antiguo adicto a los libros de "Dime quién es"! ¡Pensaba que era el único!

Pues para que veas, parece que somos legión.

¡Que los reediten ya!

:-)))

15 de diciembre de 2006, 16:51  
Blogger Juanma said...

Yolanda: Pos sí, hemos de quedar (toma catalanismo) antes de que me vaya pa Madriz, a pasar las Navidades.

Ja parlem, wapa.

:-*****

15 de diciembre de 2006, 16:52  
Blogger Juanma said...

Anónima: Pues eso de Héroes en zapatillas no lo conozco, y tiene muy buena pinta. :-)))

Besooos. :-***

15 de diciembre de 2006, 16:52  
Blogger Juanma said...

Manu: Pues no sé, creo que Kant salió en Supermodelo 2006, pero así a bote pronto no sabría decirte. O igual era un avatar de Risto Megido, el de OT. Qué sé yo.

Y sí, a ver si quedamos un ratico esta semana.

Abrazotes.

15 de diciembre de 2006, 16:53  
Anonymous Anónimo said...

Yo era adicto a los de "Cómo hacer..." ("... juguetes de acción", "... de espías", etc.). Estaban chulísimos ese tipo de libros :-)

P.D.: Por cierto, señor Santiago, ¿qué tal cierto prólogo...? ;-)

15 de diciembre de 2006, 17:59  
Anonymous Anónimo said...

[A ver que el blogger ta hasiendo de las suyas... Repito el comentario a ver si ya no se mezcla...]

Yo era adicto a los de "Cómo hacer..." ("... juguetes de acción", "... de espías", etc.). Estaban chulísimos ese tipo de libros :-)

P.D.: Por cierto, señor Santiago, ¿qué tal cierto prólogo...? ;-)

15 de diciembre de 2006, 18:05  
Blogger Juanma said...

Juan Antonio: Te acabo de enviar un privado comentándote asuntos prologuiles varios. ;-)

15 de diciembre de 2006, 18:27  
Anonymous Anónimo said...

Recibido :-)

15 de diciembre de 2006, 18:59  
Anonymous Anónimo said...

Jué, nos seguimos pareciendo en cosas, Juanmita.

Por cierto, te odio un poco porque ese vídeo lo quise subir el otro día a mi blog y no lo encontré. Aiiiinssssss.

Besillos!!

15 de diciembre de 2006, 21:04  
Anonymous Anónimo said...

Pues a mí sí me gustan esas rutinas mañaneras. Y si falta alguna de las personas que veo en la parada o van conmigo en el autobús me preocupo.

Ahora, lo que de verdad me preocupa y me enfada un montón es ver cada día a un par de hermanillos, ella de 4 ó 5 años, él de 9 como mucho. A las 7 y media de la mañana ya están en la calle (¿a qué hora se habrán levantado los pobres?) y van como zombies, solitos, por un lugar bastante desangelado para unos niños a esas horas. Y todavía les queda hora y media para que empiece el colegio.

16 de diciembre de 2006, 17:10  
Anonymous Anónimo said...

Me gustó como convertiste la rutina en situaciones separadas que podamos observar. Interesante que en algún momento podamos dejar de lado lo obvio y podamos poner los sentidos en lo que se nos escapada día a día.

PD: que miedo con las gemelas, sonó a película de miedo, tipo de Shining, jajaja xD

Saludos =)

18 de diciembre de 2006, 0:46  
Blogger Juanma said...

Pily: Ay, pos no sé, yo lo encontré sin demasiado problemas. Si quieres te paso el enlace en privado.

Besitoooos. :-****

18 de diciembre de 2006, 17:25  
Blogger Juanma said...

Koti: ¿De verdad alguien deja tirados a dos niños de esas edades durante un par de horas antes de empezar las clases? Joder, joder. :-((((

Besos. :-****

18 de diciembre de 2006, 17:26  
Blogger Juanma said...

Batz: Bueno, estas gemelas son un poco mayores, y por suerte la carretera de Sants y el pasillo del hotel Overlook no se parecen mucho. Pero la próxima vez que me cruce con ellas intentaré apartar ese pensamiento de la mente, no vaya a ser que me griten "¡Redrum! ¡Redrum!" y me de algo. Soy muy sugestionable. :-P

Besooos. :-****

18 de diciembre de 2006, 17:28  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home