miércoles, 25 de octubre de 2006

La guerra de los mundos

A primera vista, parecen los trípodes de La guerra de los mundos avanzando implacables sobre la población desprotegida de una gran ciudad. Los invasores llevan las de ganar: son más grandes y fuertes. Invulnerables.

Pero no. Son grúas. Algún constructor le pagó a un alcalde una suma exorbitante para que le dejara sembrarlas en un terreno de casitas bajas, previamente recalificadas y sometidas a expropiaciones por interés público o social, y docenas de técnicos de empresas subcontratadas a tal efecto las aventó. Casi todas agarraron, pues la composición química de la tierra era propicia para el desarrollo de esta especie, y de resultas de la siembra han proliferado docenas de ellas.

Los frutos de estas semillas serán variados, pero de una calidad superior a los productos que crecían antaño en el solar. Hoteles de lujo. Una ciudad de la justicia. La prolongación de la Gran Vía de Barcelona más allá de las fronteras municipales, casi hasta el aeropuerto. La conversión de L’Hospitalet de Llobregat en una ciudad competitiva.

Se acabaron las huertas, las ventas y las masías. Bienvenidos al siglo XXI.

Bajar andando desde casa de Cristina hasta el Ikea de la Gran Vía es toda una aventura. Tienes que cruzar la vía del tren por un paso subterráneo prácticamente improvisado, que por no tener no tiene ni graffitis. El otro paso, el de toda la vida, está cerrado, por las obras del AVE. Podrías desviarte de la Rambla de Badal y meterte por las callejuelas cercanas al Mercat de Sants que van a parar al metro Mercat Nou, dejando atrás la casa de Yolanda, y cruzar por allí, hacer como que te acercas a casa de Ripley y Truman, para a continuación girar a la derecha por la calle de Andalucía y salir de nuevo a Badal. Pero no se puede. El acceso está cortado.

No te queda más remedio que cruzar por ese subterráneo.

El tramo bajo de la Rambla de Badal no se parece en nada al de las inmediaciones de casa de Cristina. No se respira ese aire festivo, un vecindario abigarrado, gente pululando por las terrazas (La Reoca, la heladería de al lado del Suma, el Bracafé…), charlas de marujas en la puerta del Lidl o el Schlecker, restos de la actuación de castellers o de la feria que se desarrolló semanas antes, parejitas endomingadas pese a que es una tarde de sábado de puente, prestas a comprarse el calzado necesario para pasar la temporada otoño invierno, o abastecerse de tartas Sacher en Vives o Kessler-Galimany. El barrio de Sants.

Pero entre la vía del tren y la plaza de Ildefons Cerdà se respira otra Barcelona. La ciudad dormitorio, indistinguible de Santa Eulàlia, Bellvitge o el Passeig de la Zona Franca. Una Barcelona residencial y sin apenas vida, al menos a la hora a la que pasamos por ahí; a la vuelta hay más animación: abuelos sentados en los bancos, pandillas de jóvenes suramericanos de entre nueve y dieciséis años zascandileando, niños jugando en los toboganes. Podría encontrarme con Manu, Mila y sus niños, Alba y David; pero cuando vamos al Ikea es demasiado pronto, y cuando regresamos es demasiado tarde.

Cruzamos el paso elevado de Ildefons Cerdà. A nuestra derecha, las obras de la futura Ciudad de la Justicia. El cielo está velado, con una neblina que hace el paisaje casi espectral.

La Gran Vía está levantada. La estación de los Ferrocatas está cerrada por ese acceso. Todo son zanjas, verjas, marquesinas abandonadas y planos indicativos para transeúntes despistados.

En vista de que de un momento a otro voy a soltar mi gracia recurrente en estos casos, Cristina se me adelanta:

-Hay que ver lo hospitalarias que son las autoridades de esta ciudad, que hacen todo lo posible para que los madrileños os sintáis como en casa. Obras, obra y obras.

Ya nos vamos conociendo.

Hacemos una parada técnica en el Gran Vía 2, para comprar un par de botellines de agua.

A partir de ahí, un inmenso descampado de grúas, casetas prefabricadas y semáforos apagados. La acera es testimonial, apenas un metro de anchura. Un charco, vestigio del chaparrón del jueves, limitado por una hilera de verjas, como si estuviéramos esperando el paso de la etapa reina de la Vuelta Ciclista a Ninguna Parte; como si estuviera pasando en este preciso instante; como si fuera a pasar dentro de cinco años, cuando L’Hospitalet intente disputarle a Valencia la vocación de segunda ciudad de los Països Catalans.

En la otra acera, la Fira 2. Hace tres años vi allí a Björk, en el Sónar. La acústica era pésima; Björk, divina.

Una rotonda fantasma, con la pintura aún fresca.

Un polígono fantasma, cerrado a cal y canto. Es el día de comprar estanterías de madera, calamares de peluche y delicias de salmón ahumado. Nadie quiere echar la tarde viendo sanitarios o platos de ducha.

Una masía fantasma, con alguna señal de haber sido restaurada en fechas recientes, se yergue solitaria en el cruce entre dos carreteras. Puedo imaginar la vida de los moradores, si los hubiere, en una mezcla de “Casa tomada”, de Julio Cortázar, y La isla de cemento, de J. G. Ballard. Dentro de un par de años será un polígono industrial. Y venderán sanitarios, platos de ducha, automóviles con despensas repletas de repollo coreano fermentado, tresillos de La Sénia…

Entramos en el recinto del Ikea, gente aparentemente surgida de la nada, como yonquis sorteando un descampado para acceder a un supermercado de la droga. Atrás, Montjuïc, con la torre de comunicaciones, la cúpula del Palau de Sant Jordi y, más difuso, el MNAC. Parece una mezquita lejana, o una ciudadela. A un lado, Vallvidrera y el Tibidabo.

Los guardias de seguridad advierten de que el aparcamiento subterráneo del Ikea está saturado, y dejan que los coches accedan por la misma entrada por la que lo hacemos los viandantes. Carrera de ratas.

Cristina y yo parecemos extras de una película codirigida por Alain Resnais, Federico Fellini, Ventura Pons y David Cronenberg.

La visita al Ikea es agobiante. Compramos lo que necesitábamos (un cuchillo que corte bien, un juego de ensaladeras y poco más), pagamos en la caja rápida y, pertrechados con la bolsa azul que delata nuestra procedencia, nos dejamos caer por la tienda de alimentación, desechamos el surtido de mermeladas y cervezas suecas, a buen seguro adulteradas para inducirnos de manera subliminal a la compra de más productos Ikea, y regresamos al Gran Vía 2. Un monumento a la petulancia, como si las mafias rusas hubieran descubierto un filón en la venta de los planos del museo del Ermitage, pero con fines comerciales. Un centro comercial que parece un palacio de corte versallesco, o una estación de ferrocarriles parisina. Repostamos en los lavabos públicos, nos tomamos unas cervezas, sentimos el primer frío del otoño en nuestras carnes y emprendemos el regreso a casa de Cristina. Poco a poco, desandamos el camino y vamos desprendiéndonos progresivamente de las capas de irracionalidad, sinsentido e irrealidad en las que nos habíamos ido adentrando. El corazón de las tinieblas, pero corriente abajo. La noche camufla los errores en la realidad virtual de la que venimos, al tiempo que nos devuelven a paisajes más familiares y tranquilizadores. El cerebro reptiliano quedó atrás, entre las plantaciones de grúas, que ahora descubro que no eran los trípodes de La guerra de los mundos, sino las plantas invasoras de Los genocidas, de Thomas M. Disch. Dispuestas a ganar, por la vía de sumirnos en los estadios más primitivos de conciencia.

La Rambla de Badal nos devuelve a un entorno familiar.

Una última nota discordante, en el subterráneo habilitado para cruzar bajo las obras del AVE, la eterna promesa incumplida, que por una vez en la vida espero que tarden muchos años en inaugurar: en cuanto esté en funcionamiento, el distrito de Sants se revalorizará y perecerá bajo la vorágine modernilla. Los okupas le cederán el paso a familias innúmeras de dinkis, siempre con prisas porque si pierden el AVE de las siete de la mañana llegarán tarde a la oficina que la empresa deslocalizada para la que trabajan les ha procurado en un descampado cerca de Valls, Calatayud o Bujaraloz. Los ecuatorianos sucumbirán ante el empuje de los últimos parias de Madrid, para quienes Azuqueca o Guadalajara estarán tan urbanizadas que no tendrán más remedio que buscar vivienda un poquito más lejos de la Villa y Corte; aunque, por suerte, una vivienda bien comunicada con la Puerta de Atocha.

Dos niñas nos adelantan en el subterráneo. No tendrán ni doce años, y lucen sus piernotas, bajo medias de color carne brillante, faldas mínimas ceñidas, dos tallas por debajo de las que deberían usar, y sus tetas de estreno, hormonando como locas. Rímel que se derramará esta misma noche por los pómulos.

-La culpa es de los padres –comento. Cuánta razón tenía Santiago Segura.

La noche nos devuelve a terrenos familiares, antes de llegar a casa de Cristina y darnos una buena ducha, soldados que regresan del frente con la ración preceptiva de trofeos. La Rambla de Badal, que más allá de la Carretera de Sants pasa a ser la Rambla de Brasil, y más allá, a lo lejos, nos muestra el hermoso punto de fuga que, pese a que la niebla lo oculta de manera parcial, constituye la iglesia del Tibidabo, una especie de castillo abandonado de película Tim Burton, desde la que el fabricante de chocolate, científico loco o demiurgo de turno rige los destinos de la gran ciudad, tan fantasmal para él como fantasmales son las afueras para sus habitantes. Y en algún ático de las inmediaciones, una niña gótica, desesperada porque no encuentra al freak de su vida y el último cedé de Evanescence ya no la transporta a un siglo XIX que nunca existió (o en el que, de haber existido, habrían muerto tísicas a temprana edad), vuelve a dudar entre qué hacer antes: si suicidarse o arreglarse para pasar la noche en el Undead, en busca del Eduardo Manostijeras que corte los hilos que la mantienen atada a una familia en la que (cree) nunca debió de haber nacido.

9 Comments:

Blogger Cristina López said...

Ya nos vamos conociendo

Es que como eres un hombre, leerte el pensamiento es muy fáááááácil...

Pasar por allí parecía una aventura campo a través, casi un triathlon...¿Llegamos a contar las grúas?

25 de octubre de 2006, 17:25  
Blogger Juanma said...

Sí, los hombres somos más simples que el mecanismo de una palanca, valga el símil. :-P

Pues no, pero en la foto hay como una docena. Cienes y cienes, en todo caso.

¿Triathlon? Pues casi. Con lluvia hubiera estado digno de verse.

Besoooos. :-*****

25 de octubre de 2006, 17:27  
Anonymous Panadero said...

Excelente crónica urbana, Juanma.
¿Y cuál sería el equivalente barcelonés a Móstoles?
Que a mí, la filosofía esa de extrarradio, la cultura Carrefour (llévese tres libros y pague dos), lo de los coches tuneados, las niñas con faldas rosa y pendientes de oro, me hacen mucha gracia.
¡Estoy deseando ver Yo soy la Juani!

Saludos desde Vallekas,
Panadero.

26 de octubre de 2006, 1:22  
Anonymous anónima de las 9:59 said...

Móstoles podría ser el Mataró de hace pocos años, o Cerdañola...

Qué bonito el Ikea lleno de gente. Yo ya sólo voy cuando hay fútbol. A ser posible un partido importante. Es una experiencia sociológica interesante...

26 de octubre de 2006, 8:32  
Anonymous Manu o.e.g.c. said...

Joé, nen, para ser un nouvingut qué bien describes el barrio. Está cambiando un montón. Hice el EGB en los Maristas de Sants y de ayer a hoy todo aquello ha dado un buen vuelco, aunque aún conserva ese aroma de pueblecillo encastrado en la urbe.

Lo siento, pero odio Ikea. Si Mila me "obliga" a ir, con los críos -ofcurse-, lo hacemos entre semana. El finde es una locura. Odio tener que seguir la maldita ruta ikeana. A mí me gusta seguir el desorden que me dé la gana cuando voy a una tienda, y el Ikea me parece pavloviano.

No, Lospi -al menos la que reseña Juanma- y Sants no son extrarradio. Podemos estar en las afueras, pero no somos una reserva urbana de Juanis y Nengs. ¡Orgullo de barrio!

26 de octubre de 2006, 9:26  
Anonymous Òscar said...

Mi entrada favorita, sin duda! Yo soy de un poco más al este (Hostafrancs) y para ir al Ikea camino directamente por Gran Via, así que solamente conozco el tramo final de lo que cuentas. Estuve a punto de hacer el EGB en los Maristas de Sants, pero por suerte me escapé y sólo fui de tanto en tanto a romper las canastas de mini basket del patio con mis colegas chungos. Un abrazo.

27 de octubre de 2006, 17:34  
Anonymous Kaoss said...

¿Y vais al Ikea para comprar un cuchillo y un juego de ensaladeras? Cuanto daño ha hecho el club de la lucha...

http://www.youtube.com/watch?v=KTJEtMSuMqg

Saludos

28 de octubre de 2006, 17:11  
Anonymous Anónimo said...

Pobre marginado de la sociedad !! jajaja.

Pobre infeliz,por todos los lados un Impresentable.

30 de agosto de 2008, 13:27  
Anonymous AntiFeixiste said...

Vaya porqueria de texto y aun mas el título.
Nose como pueden permitir que dejen escribir esas memeses.

Ensima va de escritor de cronicas o criticas,que asco de BLOG!!

30 de agosto de 2008, 13:33  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home