domingo, 30 de abril de 2006

Escenas de un casting (Segunda parte)

Enero del 2005

Regreso de mis vacaciones navideñas el 2 de enero. La primera persona de la casa con quien me encuentro es Pamela, que me comunica una noticia: Luis y ella han cortado y se van de casa. Ella tomó esa decisión durante la Nochebuena. Luis se ha ido de la casa, y ya regresará a llevarse sus cosas cuando ella no esté: no han acabado en muy buenos términos.

La decisión me satisface, porque eliminamos los motivos de tensión que había habido durante los meses anteriores, aunque me molesta por lo que supone: vuelta a empezar con otro casting. Cada vez tengo menos ganas de enseñar la habitación, que es una tarea que tácitamente me corresponde a mí: Emmanuel es el titular del alquiler, efectúa todas las reparaciones de la casa y tiene línea directa con nuestros caseros, mientras que yo me encargo de recaudar el dinero del alquiler, ingresarlo en la cuenta y enseñar las habitaciones que se quedan vacías.

Es el último sábado de enero. Pamela ya se ha ido de la casa, con gran dolor de nuestro corazón, porque ha sido muy buena compañera y el incidente que tuvo con Luis nos ha hecho volcarnos en ella; nos ha dejado claro que si pudiera pagar ella sola la habitación, se quedaría. Pero no puede.

Desgrapo del contrato el anexo que habían firmado Ricardo y Adriana con Luis y Pamela, lo quito de en medio y me quito de encima un motivo de preocupación: ya no nos estamos jugando que nos echen del piso por subarrendar una habitación.

Son las dos de la tarde. Acabo de salir de la ducha y voy a prepararme la comida. Suena el teléfono fijo.

-Llamo por la habitación.

-Ah, sí. Pues es así y asá, y tiene esto y aquello y lo de más allá.

-¿Cuándo puedo ir a verla?

-¿Te viene bien a las cuatro de la tarde?

He quedado en enseñarla a las cuatro y media.

-¿No puede ser dentro de media hora?

Son las dos y media. Me cago en la hostia. Tengo que preparar la comida y comer a toda leche.

-Bueno, vale. La dirección es esta. Apunta.

Como a toda prisa.

Friego más rápido aún, para que José Antonio (que así se llama el que va a venir a ver la habitación) vea la casa en condiciones.

Las tres.

Las tres y media.

Las cuatro menos cuarto.

Las cuatro menos diez.

Llaman al telefonillo.

Bajo a abrir.

José Antonio es un colombiano de unos treinta y tantos años, de rasgos algo simiescos. Pese a que estamos en enero, viste como si estuviéramos en primavera. La camisa lleva varios botones abiertos, que dejan ver una gruesa cadena y un pecho lampiño.

No tiene cuello.

Le enseño directamente la habitación. Nada más verla declara su interés por ella: lleva dos semanas en España y está en un hotel, en el que paga un pastón. Su padre es italiano, por lo que tiene la doble nacionalidad, y su intención es esperar unos cuantos meses en España antes de irse a Italia. Tiene tres hijas en Colombia, cada una de un matrimonio diferente. Trabaja en una agencia de modelos. Parece que maneja mucho dinero. En cierto modo, me recuerda a Ricardo: emprendedor, seguro de sí mismo y con el perfil de macho dominante de la manada.

En ese momento entra Emmanuel. Lo saluda y le cuenta que no sacamos ningún provecho comercial con la habitación: la alquilamos por la cuantía exacta que corresponde. José Antonio tendría los mismos derechos y deberes que todos nosotros. Lo que incluye pagar el alquiler antes del día primero de cada mes, pues nuestros caseros son muy rigurosos con la puntualidad.

-Bien. Llama dentro de unos días y te digo algo.

-No. Me interesa ahora. Puedo pagar ahora mismo.

Hace el gesto de llevarse la mano al bolsillo para sacar la cartera.

Nos quedamos cortados. Nos miramos entre nosotros, sin saber qué hacer.

-Bueeeno… La fianza tendrías que pagarla ahora mismo, porque tenemos que devolvérsela a los chicos que se van.

-De acuerdo. Dadme el número de cuenta. Os lo ingreso ahora, para tener un comprobante. Y también os pago una señal por el mes entrante.

-Vaaale.

Nos ha ganado por la mano. Todo ha sido muy rápido. Dejamos de enseñar la habitación. Demasiado bonito para ser cierto.

Nos llama a los diez minutos. Que ya ha efectuado el ingreso.

El día siguiente empieza a llamar. Que cuándo puede entrar en la casa. Le decimos que Pamela aún tiene que llevarse cosas, y que a lo largo de la semana podrá instalarse. Sigue llamando todos los días.

Y se instala el viernes siguiente, el último de enero. Me llama para decirme que va a llegar a casa a primera hora de la tarde. Salgo del trabajo antes, para dejarle las llaves y enseñarle dónde está todo.

Dan las siete.

Dan las ocho.

Dan las nueve.

He quedado a las nueve en el Arran.

Las nueve y cuarto. Y, como me quede en casa, seguro que nos dan las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres.

Me largo al Arran, donde me esperan Emmanuel y Carlitos, el primo de Norberto. Nos quedamos en las mesas más próximas a la entrada, porque allí hay cobertura.

Son cerca de las diez. Hemos pedido nuestras medianas de cerveza, racioncita de patatas bravas y bocadillos. El de lomo y queso es mi perdición. Llom i formatge. Nunca tres palabras encerraron más seny.

Y, nada más pedirlo, suena el móvil.

-Habla José Antonio. Estoy en la puerta de la casa. Acabo de llegar y no me abre nadie.

-Voy para allá. Espera media hora, por favor.

-¿No podrías llegar antes? Tengo el coche mal estacionado.

El momento Arran, a tomar por culo. Anulo el pedido y me voy a casa. Me llevo una Burxa, que lleva la crónica de los premios Goya que suele escribir Yolanda, y hala, a casa.

Entretanto, José Antonio ya ha aparcado en condiciones. Tiene un monovolumen impresionante. Mascullo unas disculpas y lo ayudo a subir sus pertenencias. Le doy las llaves de la casa y le enseño dónde está todo, y le digo que se sienta como en casa. Se ducha, se atusa y se va de fiesta. Todo este pifostio para media hora.

Me quedo apalancado en casa. Ya que estamos.

Por la mañana me encuentro con Emmanuel. Me cuenta el primer contacto de José Antonio con Carlitos.

Al irme del Arran, Emmanuel y Carlitos continuaron por su cuenta y llegaron a casa a las tantas y con una peda considerable. Emmanuel se retiró a su habitación y Carlitos, pese a que vive al lado, en la calle Joan Güell, tenía la movilidad bastante limitada y se quedó a dormir en el sofá. Antes de dormirse, puso la televisión. Y ya se sabe lo que hay en la televisión los viernes por la noche. De modo que todos podéis imaginaros la escena. Carlitos, interactuando con la peli porno, solos él, la tele y una cerveza, cuando de repente se abre la puerta de la casa y entra José Antonio.

-¡Hola!... Eeeh… ¡Yo no soy Emmanuel! –se presenta Carlitos.

Febrero del 2005

Avanza el mes de febrero. José Antonio sólo ha pagado la fianza y una señal, que en ningún caso sustituye a la mensualidad, de modo que Emmanuel y yo tenemos que poner de nuestros bolsillos. También influye que en febrero se nos termina el contrato y siempre actuamos por la vía de hecho: si ingresamos el alquiler, estamos renovados automáticamente y, aunque legalmente tenemos hasta el día siete para pagar, preferimos ser muy puntuales durante febrero, para no jugárnosla. Empezamos a ser muy insistentes. Todo lo insistentes que había sido José Antonio para entrar en la habitación antes del mes de febrero.

-¿Cuánto os debo? –José Antonio vuelve a hacer el gesto de llevarse la mano al bolsillo la cartera.

-Nada, hombre. No te vamos a cobrar por unos días que ya han pagado Luis y Pamela. Ellos ya han pagado el mes de enero. No vamos a cobrarlo dos veces. Tampoco vamos a discutir por cuatro días, ¿no?

A su vez, Luis y Pamela habían entrado en la casa un veinticinco de agosto, y tampoco les cobramos aquellos días: Ricardo y Adriana ya habían pagado todo el mes.

Pero José Antonio sigue sin pagar el alquiler de febrero. Y ya estamos a día siete.

-Acabo de hablar con mi madre. Tiene que enviarme dinero por giro postal, y el giro se está retrasando.

A continuación, empieza a darnos penita con su situación familiar. Divorciado tres veces, con tres hijas de otros tantos matrimonios. José Antonio tiene treinta y tres años. Su hija mayor acaba de cumplir diecisiete.

-Quiere estudiar para médico forense. Intentaré traérmela de Medellín. Tal vez tu hermana pudiera asesorarla.

Mi hermana es médico forense. Y su hija tiene visión de futuro, sin duda.

Nos vamos a Sitges el sábado de Carnaval. Los sospechosos habituales: Emmanuel, Lily, Greg, Ceci, Carlitos, Adrián... Y mis compis cyberdarkianos: Pau, Karina y Antonio. Invito a José Antonio.

Me llama al móvil, cuando ya estamos poniéndonos en marcha.

-Hermano, no puedo ir –me dice-. Ayer me pasé toda la noche de putas y estoy muy cansado.

Otro día nos dice que tendrá que presentarnos a las chicas de su agencia de modelos, y montar una fiestecita en casa para que las conozcamos. Cualquier día nos traerá algunos de sus books. A Emmanuel le enseña un email con fotos de una de ellas.

Baja con Lluis a ver el Chelsea-Barça de la Champions (sí, en el que le metieron tres goles a Valdés en veinte minutos). José Antonio le invita a varios copazos. No, cervezas no: copazos.

Pero sigue sin pagar el alquiler.

Por lo demás, José Antonio no tiene cuello. Y apenas tiene conversación. Nos llena la casa de ejemplares de Interviú, Cosmopolitan, Lecturas y Tele Indiscreta.

Está ante la tele, viendo Salsa Rosa, en stand-by.

Está ante la tele, viendo Gran Hermano, en stand-by.

Está ante la tele, viendo a Los Morancos, descojonado de la risa.

-¡Miren! ¡Qué chistosos!

Estalla en una gran carcajada atronadora.

Y vuelve al stand-by.

Está ante la tele, viendo el fútbol. Y no para de hablar.

-En tu equipo juega un compatriota mío, Perera.

Y es cierto. Él es del Real Madrid, pero la cae bien el Atleti, porque juega Perera, que es colombiano. Y cuando el Real Madrid fichó a Di Stefano, se lo quitó al Millonarios de Bogotá, que era un equipo de su país. Y también es del Inter. Algún día continuará su camino e irá a Italia, donde está su padre. También nos tiene que montar algún sarao con sus modelos. No le interesa la música que ponemos en casa: sólo le gustan el vallenato y la salsa. Sigue esperando el giro postal de su madre, con el dinero del alquiler. Tiene muchas deudas, y depende del dinero que le tiene que enviar su madre. Tres hijas y otras tantas pensiones. Qué pena, el Atleti. En el Atleti juega un compatriota suyo.

Está ante la tele, y se termina el fútbol. Regresa al stand-by.

Marzo del 2005

Emmanuel y yo volvemos a pagar el alquiler de marzo de nuestros bolsillos. Pasamos de meter en el ajo a Lluis, porque en cierto modo es problema nuestro, que para eso somos los que tenemos más responsabilidad sobre la casa.

El primer fin de semana de marzo dejamos de ver a José Antonio. Ni aparece por casa.

Por lo menos, ya no nos viene con mandangas de que si su madre tiene que enviarle un giro postal.

Lunes por la noche. Estoy en el salón, hablando con Lluis, que acaba de regresar de Talarn, su pueblo, donde suele ir todos los fines de semana. Hablamos, cómo no, de José Antonio. No tiene cuello. Tampoco tiene conversación. Su colada consiste sobre todo en calzconcillos boxer de Armani y camisas de manga corta. Todo impecable. Menudo pastón le tienen que costar: sólo en gayumbos se debe de gastar más que yo en renovar mi vestuario anual.

Suena el teléfono.

-Hola, Juanma… Soy José Antonio. –Tiene mala voz-. Mira, que estoy en el hospital de Sant Pau, en urgencias, con un amago de apendicitis, y por eso no he podido pagaros la renta.

-Pero José Antonio, eso no tiene nada que ver con que estemos a día siete. Sabes que hay que pagar el día uno, como muy tarde, que nuestros caseros son muy estrictos con el pago del alquiler.

-Ya, pero… (frase ininteligible).

-¿Perdón?

-Que… (frase ininteligible, aunque con voz un poco más alta).

-No te entiendo. ¿Qué dices?

-¡Que me voy de la casa! ¡Que en abril me voy de aquí!

-Pero José Antonio, ese no es un asunto que se deba hablar por teléfono. Estas cosas hay que hablarlas en persona. Ahora nos vemos.

Retroalimento un poco mi cabreo con Lluis, en plan dinámica de grupo. José Antonio llega un par de horas después, con el informe de Urgencias del hospital de Sant Pau. En efecto, ha tenido un amago de apendicitis. Leo el informe y le comento las analíticas. No soy médico, pero gracias a mi historial clínico y las múltiples putadas… digooo pruebas que me han realizado a lo largo de mi vida puedo leer e interpretar prácticamente cualquier analítica que me pongan por delante. La verdad es que está un poco tocadillo, o sea que lo suyo tiene que haber sido bastante serio.

Claro, si comiera algo que no fueran patatas fritas y bebiera algo que no fueran copazos…

-A ver, José Antonio. No has respetado el mes de preaviso, pero todavía tenemos un margen suficiente para enseñar la habitación. Por eso no te preocupes. Pero, por favor, paga lo que debes.

-Pero es que tengo un montón de deudas… Mi madre me tiene que enviar el dinero. Ya está en camino.

Definitivamente, Gautama Buda era un mantenido. Si hubiera compartido piso, por los cojones hubiera inventado la meditación, el zen y el nirvana. De qué.

Marzo del 2005 (unos días más tarde)

Es un miércoles, mediado ya el mes de marzo.

Ya nos han llamado para ir a ver la habitación de José Antonio, a la que Emmanuel, Lluis y yo empezamos a referirnos con el apelativo cariñoso pero harto descriptivo de “la Habitación del Pánico”.

La interesada es una chica francesa, a la que por respeto a su privacidad (y porque se me ha olvidado cómo se llamaba) convendremos en llamar Amélie Poulaine.

Amélie quiere ver la habitación a las ocho de la mañana. Es la única hora que le viene bien.

Por un lado es una putada, pero pensándolo bien…

El martes por la noche, antes de acostarme, no puedo disimular una sensación de crueldad reconfortante cuando cuelgo un post-it en la puerta de la habitación de José Antonio:

Mañana vienen a ver la habitación a las 08:00 AM. Por favor, estate levantado a las 07:45 como muy tarde. Juanma.

Bien pensado, no está tan mal que vengan a ver la habitación a las ocho de la mañana.

A las ocho menos veinte entro en la cocina y me voy haciendo el desayuno con calma.

A las ocho menos cuarto, José Antonio entra hecho una furia en la cocina.

-Juanma, tengo que decirte que no estoy de acuerdo con la manera en que estás haciendo las cosas. Anoche llegué a las cuatro de la madrugada. Apenas he dormido. No tienes derecho a hacerme esto.

Desenfundo la espada de luz.

Bfiuuummm.

-A lo que no hay derecho es a que lleves dos meses sin pagar el alquiler.

Bfiuuummm. Chunk, chunk.

-Pero es que no tengo dinero. Tengo muchas deudas. Mi madre me tiene que enviar el dinero. El giro ya está de camino. Esto es una irresponsabilidad.

Chunk, chunk, chunk… Bfiuuummm... Chunk, chunk.

-Y a mí que me cuentas de tus deudas. Lo único que sé es que estoy poniendo dinero de mi bolsillo.

-Pero es que tú no sabes en qué situación estoy yo.

Chunk, chunk, chunk… Clonc… Chunk, chunk, chunk. Bfiiiuuummm.

-En efecto, no la tengo. Pero es que tú no tienes ni la más remota idea de cuál es mi situación familiar, ni para qué necesito el dinero que estoy poniendo de mi bolsillo porque tú no pagas el alquiler. Parece mentira que hayas sido responsable para tener tres hijas, pero luego no lo seas para pagar un alquiler.

Oigo cómo Emmanuel retrocede y regresa a su habitación. Normalmente, este tipo de situaciones las maneja mejor él, pero, como me dirá más tarde, prefiere dejarme solo. Está alucinando. Nunca me ha visto así. Ni él ni nadie.

-Pero sigue sin parecerme correcto que enseñes la habitación a las ocho de la mañana.

Bfffiuuummm. Clonc, clonc.

-Mira, José Antonio. No has pagado el alquiler en febrero ni en marzo. Que sepas que ahora mismo es como si no estuvieras en el contrato. Si Amélie me pidiera la habitación para mañana, te tendría que echar hoy mismo, y no tendría ninguna obligación de devolverte la fianza, porque si tú no estás cumpliendo con tu parte del contrato yo no tengo por qué cumplir con la mía. ¿Estamos?

José Antonio se bate en retirada.

Bfffiiiummm.

Suena a toda hostia el “Arizala’s Theme”, digo la marcha triunfal, de John Williams.

Dan las ocho.

Estamos los cuatro en el salón, viendo las noticias.

Las ocho y cuarto.

José Antonio está en stand-by, del que sólo emerge cuando hablan de fútbol.

Son las ocho y veinticinco. Y Amélie Poulain no llega.

A las ocho y media, visto lo visto, decido irme a trabajar. Lluis se va a clase. Emmanuel se va a la UPC.

Amélie llama un par de horas más tarde, disculpándose por no haber podido llegar puntual. Quiere ver la habitación por la tarde, a las siete.

Estoy en casa a las siete menos cinco.

Dan las siete.

Dan las siete y cuarto.

Llama Amélie. Que no podrá llegar antes de las ocho.

Me voy a hacer alguna compra. Me va a tocar mi turno en la caja. Suena el móvil. Es Amélie. Que está en la puerta de la casa. Dejo la compra y me voy a casa. Le enseño la habitación a Amélie y su novio. A toda hostia. Sin un solo gesto amable. Que me llamarán. Claro.

Marzo del 2005 (unos días después)

Estamos a finales de marzo. Lluis y Emmanuel llevan varios días parándome los pies: quiero echar a José Antonio antes de Semana Santa. Paso de que esté en la casa mientras nosotros estamos de vacaciones. Cualquier día cambio la cerradura, y por supuesto se la pienso descontar a José Antonio de la fianza.

-Hola, Juanma. –Es José Antonio, que entra en mi habitación-. Quisiera hablar contigo.

-Tú me dirás.

-He hablado con mi madre. Mañana mismo me envía el dinero, de modo que, si no os importa, en cuanto me llegue os ingreso el dinero del alquiler que os debo… y un mes más.

Eso no lo he pillado. Creo.

-¿Qué?

-Sí, claro. Un mes más.

O sea, no puedo haber escuchado lo que he escuchado.

-¡Cómo que un mes más?

-Claro. Un mes más. Por si no encuentro habitación para el mes de abril.

Si vivieran en mi casa, Osho se atiborraría a Diazepames y Gautama Buda se tragaría los Lexatines de dos en dos. Y después se hincharían a tequilas.

Cuenta hasta doscientos, Juanmita. Pase lo que pase, mantén la calma.

-José Antonio… Mira… Vamos a hacer una cosa… Si el treinta y uno de marzo no has encontrado habitación… y nosotros no hemos encontrado a nadie… entonces… hablamos. ¿Vale?

Seguimos enseñando la habitación. Cuando ya estamos a punto de tirar la toalla, porque no hay manera de alquilarla, aparece Jordi, que resulta que es primo de Ray, y cerramos el trato sobre la marcha.

-Pero no cobro hasta el día diez, así que ahora sólo os podría pagar el mes de abril.

-Cap problema, Jordi. No pasa absolutamente nada. No hay prisa –respondo, con una sonrisita maléfica-. Paga la fianza cuando puedas.

Ya tenemos nuevo compañero de piso.

Un par de días después, entramos en la habitación de José Antonio. Ya ha encontrado piso. Un pisito muy coqueto, en el Eixample, en el que vivirá rodeado de estudiantes y chicas guapas.

Sale a recibirnos con sus calzoncillos boxer de Armani y su pecho lampiño. Sigue sin tener cuello.

-Bueno, pues ven cuando quieras a terminar de llevarte las cosas. Jordi empezará a traerese las suyas la semana que viene, o sea que no tengas prisa.

-De acuerdo.

Nos estrechamos las manos.

-Ah, y perdonad por todo –nos dice, cuando ya estamos en el salón.

-¡Ñaaa! –respondo, sin volver la vista atrás.

-¡Grrr! –responde Emmanuel.

Abril del 2005

No pasa un día sin que José Antonio nos llame para recuperar la fianza. Y siempre le respondo lo mismo: Jordi, el chico que entra en la habitación, cobra el día diez, y antes no puede pagarnos la fianza.

Pasa el día diez, vuelve a llamar y quedamos para hacer cuentas.

Me niego a que suba a casa, de modo que quedamos en el bar Santilari, que está en Arizala con Avenida de Madrid.

Estamos en abril, es de noche y todavía hace frío. Pero José Antonio aparece con la camisa de manga corta abierta casi hasta el ombligo, marcando cadena y pelo lampiño. Sigue sin tener cuello.

Nada más sentarnos, Lluis, Emmanuel y yo pedimos sendas cervezas.

-Yo quiero un Cardhu con Red Bull.

-No tenemos Cardhu, lo siento.

-Bueno, pues un Chivas.

Nos contamos nuestras vidas. Va a abrir un bar de copas cerca de la Sagrada Familia. Habrá muchas chicas. Por supuesto, estamos invitados a la inauguración, que no se demorará mucho tiempo. Ya nos dará tarjetas.

Llegan las bebidas. Se toma el Chivas con Red Bull de dos tragos. Nos mira con un gesto exultante.

-Esto como entra mejor es con una rayita de coca.

Está muy locuaz. En diez minutos ha hablado más que en los dos meses que estuvo en casa.

El día anterior estuvo otra vez en urgencias. Se hizo amigo de dos pilinguis del Bagdad, iban a toda hostia por la avenida Tarradellas y volcaron. Él iba conduciendo a cien por hora y borracho perdido, pero casi no se hizo nada.
Todo el mundo habla del cónclave para elegir el sucesor de Juan Pablo II. Uno de los papables, colombiano, es el arzobispo de Medellín. Fue quien casó a José Antonio por primera vez.
Tengo esto en cuenta cuando eligen a Ratzinger y pienso que, a fin de cuentas, podría haber sido peor.

Llega el momento de la verdad. Extraigo las cuentas del Gran Capitán que he estado preparando durante toda la semana. He deducido la parte del alquiler de febrero que dejó pendiente, si descontamos la señal que dejó. También he deducido el alquiler de marzo. Y los cuarenta euros de gastos comunes de la casa, correspondientes a febrero. Y los cuarenta euros de gastos comunes de marzo. Y los cinco euros para el fondo común para agua, productos de limpieza, leche y celulosas varias, multiplicado por las seis semanas que ha dejado de pagar.

Total: ciento cincuenta euros. Es todo lo que queda de los casi ochocientos euros de que constaba la fianza.

Lo da todo por bueno. Ni se molesta en contarlo. Se los echa al bolsillo.

-Sólo faltan los gastos de teléfono. Cuando nos llegue la factura, te llamamos y arreglamos cuentas.

-De ninguna manera. Con lo que sobre, os podéis montar una cena a mi salud.

Lluis, Emmanuel y yo nos miramos de hito en hito. Nos ha vuelto a dejar fuera de juego.

-Bueno… -responde Emmanuel, tímidamente.

Nos invita a todo. Se despide de nosotros con un abrazo. Ya nos veremos, hermano.

Enero del 2006

Es el día de Reyes. Lluis llega de sus vacaciones navideñas en Talarn, le pongo al corriente de la situación que tenemos con la puta caldera de los cojones, se cabrea y dice de irse del piso, lo tranquilizo, seguimos hablando y lo acompaño a la calle. Me apetece darme una vuelta por Collblanc, que no es que tenga nada especialmente vistoso, pero es un barrio tranquilo, sobre todo los días festivos por la tarde. Tiene que volver a aparcar el coche, porque el día siguiente empezarán a patrullar las grúas y no quiere que se lo lleven.

Cruzamos Riera Blanca y nos adentramos en L’Hospitalet.

-A propósito –me dice Lluis-. ¿A que no sabes con quién me encontré el otro día?

-Ni idea.

-¡Con José Antonio!

-¡No jodas! ¿Y en qué anda?

Se lo encontró en un bar. Iba bastante cocido. No llegó a montar el bar de copas, porque su socio le falló a última hora, cuando ya casi estaban montándolo. Sigue con sus modelos. A ver cuándo montamos una fiesta en casa y nos lleva a alguna de sus chicas guapas.

-Ah, y está buscando piso. Me preguntó si teníamos alguna habitación libre.

Conseguimos que una bandada de palomas alce el vuelo, de la carcajada que soltamos al unísono. Qué cachondo.

(No se vayan todavía... ¡Aún habrá más!)

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12 Comments:

Blogger Kotinussa said...

Habéis tenido muy mala suerte, pero también es que sois algo lanzados ¿no? Yo sólo le alquilaría una habitación a alguien a quien conociera de tiempo atrás. Aunque me figuro que entonces sería prácticamente imposible.

Otra cosa, ahora estoy viendo el anterior post. ¡Enhorabuena!

30 de abril de 2006, 23:25  
Blogger Small Blue Thing said...

Me imagino el regreso de José Antonio... ríete tú de las secuelas.

"Arizala's theme". Me gusta cómo suena...

30 de abril de 2006, 23:26  
Blogger Rox said...

juar! me acuerdo de ese hijo de la chingada, si tenia un tipo bastante nefastito.

Nunca confien en alguien que se mete la mano a la bolsa pa sacar dinero que ni le han pedido.

1 de mayo de 2006, 3:33  
Blogger Álex Vidal said...

Juas, cómo me he reído con tu lectura de la analítica del sincuello: ¡eres el precursor de House, chaval!

Y, desde luego, la ruleta rusa de inquilinos de la habitación dice mucho de vuestro grado de confianza de la especie humana: superlativo :)

1 de mayo de 2006, 11:47  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: ¡Muchas gracias! :-)))
Posí, muchas veces lo de elegir compañero de piso viene determinado por un argumento muy chungo: el tiempo pasa, tic tac, y no encuentras a nadie mejor. Pero bueno, de tó se aprende.
Besos. :-****

1 de mayo de 2006, 21:46  
Blogger Juanma said...

Small Blue Thing: Por mí, que regrese todas las veces que quiera... mientras sea cubierto de carbonita.
XDDDD
Besooooos. :-*****

1 de mayo de 2006, 21:47  
Blogger Juanma said...

Álex: Bueeeeno, a la fuerza ahorcan, pero sí, uno ve toda clase de individuos. Ya veréis un elenco en la próxima entrega. :-)
Eso de House me ha llegado muy hondo.
;-)
Abrazoooos.

1 de mayo de 2006, 21:48  
Blogger Juanma said...

Rox:
Nunca confien en alguien que se mete la mano a la bolsa pa sacar dinero que ni le han pedido.
Jo, vaya grandísima verdad. :-)
Y es cierto, cuando estuviste en casa coincidimos con nuestro José Antonio... Pobrecito, la imagen que debimos ofrecerle: cuatro mexicanos y un madrileñito de peda, hasta las tantas de la madrugada (y, en parte, haciendo ruido para que él no pudiera dormir).
Besoooos. :-*****

1 de mayo de 2006, 21:50  
Anonymous Dalla said...

Juanma, tengo una pregunta: ¿de dónde sacáis vuestros inquilinos? ¿de una convención de Star Trek?...:p

Besicos

2 de mayo de 2006, 12:20  
Blogger Juanma said...

Pues supongo que son un reflejo estadístico del prototipo de individuo que busca habitación en Barcelona. Espero.
Aunque, bien mirao, igual la próxima vez lo anuncio en foros frikis: seguro que nos llega gente más normal. :-)
Besitooooos. :-*********

2 de mayo de 2006, 13:23  
Anonymous ripleyz said...

realmente me he muerto de risa con tus atribuladas aventuras....madre de dios, yo quiero conocer a ese hombre!

4 de mayo de 2006, 21:41  
Blogger Juanma said...

Toíto tuyo. Quedaría muy decorativo, junto al lagarto.
XDDDDDDDD

Besooooooos. :-*********

5 de mayo de 2006, 9:57  

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