viernes, 7 de abril de 2006

Escenas de un casting (Primera parte)

Julio del 2002
Piso interior en la Avenida de Badal, cerca de la plaza de Ildefons Cerdà. La calle está levantada debido a las obras de soterramiento de la Ronda del Mig. Hace bochorno, y dentro de dos horas va a descargar un tormentón histórico, en el que se nos va a inundar la librería y perderemos aproximadamente una tonelada y media de material, incluyendo juegos de rol antiguos que ni siquiera estaban inventariados.
El piso es propiedad del novio de la prima de una amiga de mi hermana; lo suficiente para sentirme más o menos obligado a aceptar, como mínimo, ir a verlo. Es el segundo piso que veo en Barcelona, el primero desde que estoy viviendo aquí. La situación en casa de mi tía aún no es insostenible, pero no me siento a gusto, y da toda la impresión de que el sentimiento es mutuo. Además, ella se va de vacaciones el día siguiente y me apetece dejar esto liquidado lo antes posible.
No me hace falta llamar al telefonillo, porque la cerradura del portal está forzada.
Acude a abrirme un chico con aspecto suramericano. Va en pantalones cortos deportivos, camiseta sin mangas y chanclas. Se presenta, pongamos por caso, como Walter.
-Aquí está el salón. Nada de fiestas, por favor. Para poner la televisión, consúltalo con tus compañeros de piso.
Empezamos bien.
-Esta es la cocina, y este el cuarto de la colada. Tenéis unas baldas numeradas, tanto en el cuarto de la colada como en la nevera y en el armario, para saber cuáles son tu ropa y tus cosas. Consulta con tus compañeros.
Cojonudo.
-Este es el cuarto de baño. Tienes una balda numerada para que dejes tus cosas. Por favor, cuando salgas de ducharte déjalo tal como lo encontraste. Si no encuentras el cubo o se ha terminado la lejía, por favor avísame.
Señor, sí, señor.
-Esta es tu habitación. Por favor, no hagas ningún agujero ni metas ningún mueble sin consultárnoslo. Puedes traer a dormir a quien quieras, pero por favor no traigas más de dos amigos a la casa. Somos cinco compañeros: imagínate que todos trajeran a la vez a sus amigos. No cabríamos.
Hablamos de él. Es colombiano. No paga alquiler, y a cambio se encarga del mantenimiento de la casa.
-Todos los compañeros que han pasado por La Casa (las mayúsculas van implícitas en el tono de orgullo y pertenencia con que lo dice) aprenden disciplina y maduran como personas. Algunos nos lo han agradecido cuando se han ido. Es importante ser responsable, y aquí enseñamos a ser responsables.
Tócate lo que no suena.
-De acuerdo. Me interesa. Os llamo esta noche o mañana para lo de la fianza.
Pero más tarde doy marcha atrás, por no precipitarme.
Mientras tanto, empieza a diluviar, y al día siguiente nos pasamos media mañana achicando agua en la zona de juegos de rol de la librería.
Agosto del 2002
Llegar me resulta relativamente fácil. El piso, anunciado como un loft de un solo ambiente, está cerca de la Meridiana, en el metro Navas. Calle Coll i Vehí. Hay gente esperando en el portal. Cuando alguien sale, entran. Como si fuera un examen.
Pero no es un examen. Están enseñando un piso.
El loft de un solo ambiente es una habitación de cinco por tres, consta de cocina, mueble cama (plegable, porque si de otro modo no se podría uno mover por la casa), una mesita, un par de sillas, televisión y una puerta que comunica con un armario que tiene plato de ducha, lavabo y water. Sé que es luminoso porque hay una ventana que da a una calle estrecha, está en una entreplanta y además lo pone en el anuncio. Y me piden 350 euros por ello. Y me tengo que decidir ya mismo, que hay gente interesada.
Como que no me interesa.
Me emplazan esa misma tarde, a ver otro loft de un solo ambiente.
Este está en el Poble Sec. Calle Elkano. Chantal, la amiga de Susana que me enseñó el primer piso que vi en Barcelona, dos meses antes de venirme a vivir aquí, me había recomendado que me buscase algo por esa zona, si realmente quería un piso para mí solo. Así que voy.
A diferencia del piso de por la mañana, aquí los visitantes no tenemos que hacer cola para ver el piso: lo vemos todos juntos. Somos diez. Una visita guiada.
El de la inmobiliaria sube una reja. Unos cristales translúcidos y una puerta. La abre y vemos un local comercial vacío, con una cocina americana obrada y otra puerta, que da acceso a un cuarto de baño. Todo está recién reformado. Sólo son 360 euros. Un chollo. Tenemos que decidirnos sobre la marcha, porque ya hay gente interesada.
-Ah, y una última cosa. Por favor, no os empadronéis en el piso.
Claro que no: como que no tiene cédula de habitabilidad.
El comercial no me ve muy convencido. Nos lleva a otro local comercial, dos calles más hacia Montjüic. Es más de lo mismo, con la diferencia de que ni siquiera está reformado. 350 euros.
Digo que llamaré, y que gracias.
El problema de estos pisos no es que sean una mierda: es que es la primera vez en lo que va de mes de agosto que me dan una dirección y es la del piso que está en alquiler, no la de una agencia de intermediación que me va a intentar cobrar 250 euros por prometerme que me avisarán si llega alguna oferta interesante, y si te he visto no me acuerdo. Por tonterías así, uno deja de leerse La Vanguardia todos los domingos: no hay ni un solo anuncio que sea trigo limpio. Todos son de agencias de este tipo, o de listos que te enseñan locales comerciales reconvertidos en viviendas, pero conservando la licencia para uso comercial.
El mes transcurre en la misma tónica. El tiempo corre en mi contra.
Pelo la pava con una comercial recién llegada de Ponferrada y que no tendrá más de veinte años: me enseña un piso en la Barceloneta que necesita una obra de por lo menos un cuarto de kilo.
Subo por unas escaleras dignas de novela de Dostoievski, en el Pasaje del Comercio, espero en vano durante cinco minutos, sin parar de mirar los frescos con motivos florales que adornan el descansillo de las escaleras, no me abre nadie, tengo el presentimiento de que no está de Dios que me quede con ese piso y me las piro.
El novio de la prima de la amiga de mi hermana me enseña una habitación que se ha quedado libre en su casa, en la calle San Antonio María Claret: es pequeña e interior, pese a que el piso tiene unas vistas de coña, y el teléfono sólo se puede utilizar para recibir llamadas.
Al final, de un día para otro, aparece el piso de la calle Valencia. Estaba anunciado en el tablón del patio de la Universidad Central. Marian, la casera, parece un poco aprovechada, pero es educada y habla claro: necesita el dinero. Es el primer domingo de septiembre. El jueves entra Ben; el domingo, Rita; el lunes, dos irlandeses.
Enero del 2003
El piso está de coña. No nos lo podemos creer.
Hemos mandado a la mierda a Marian, nuestra casera de la casa de la calle Valencia, por haber echado a Emmanuel. Lo interpretamos como un acto xenófobo por su parte, y todos le damos el mes de preaviso. A continuación decidimos que estamos juntos en esta batalla y que buscaremos un piso para los cinco. Así que allí andamos, buscando un piso en el que quepamos los cinco: Rita, Emmanuel, R., Aleix y yo.
Este está en la Plaça de Molina, en Sarriá, es decir, lo que podríamos llamar zona noble de Barcelona. Mil euros por un piso con cinco habitaciones.
Tiene chimenea.
La leche.
La llegada de R. nos ha vuelto más avispados. Se acabaron las búsquedas inútiles en Idealistas y La Vanguardia de los domingos: ahora acudimos directamente a la página web del colegio oficial de administradores de fincas, donde figuran los inmuebles antes de que se adjudiquen a las agencias inmobiliarias. Información privilegiada.
El comercial de la inmobiliaria nos trata con auténtica cordialidad, como le corresponde a quien interpreta el papel de poli bueno: está tratando de asegurarse un negocio. Es la primera casa a la que vamos los cinco. Nos deja tomar medidas y sacar fotografías. R. demuestra sus dotes de relaciones públicas; está que se sale: se nota que el piso nos ilusiona y estamos esforzándonos al máximo.
La terraza que da a la calle Balmes y la Plaça de Molina es muy amplia, aunque tal vez termine resultando ruidosa.
Pero la casa tiene chimenea. Teniendo en cuenta que salimos de una casa cuya casera no nos dejaba hacer fiestas en el salón (reconvertido en habitación doble, por la que cobraba quinientos euros), esto es todo un paso adelante, la simbiosis definitiva y perfecta entre el rollito Erasmus y el aburguesamiento más asqueroso, y todo ello por mil cochinos euros al mes.
El problema es que hay cuatro dormitorios de buen tamaño, y una habitación contigua a la cocina, tal vez el cuarto de la colada, acaso la habitación de servicio, que resulta claramente descompensada con respecto a las otras. Convenimos en turnárnosla, ir rotando en ella, para que nadie se sienta agraviado. Por chinchar a Rita, decimos que podría ser su habitación. Se cabrea lo justo para parecer ofendida. A partir de ese momento, cada vez que visitemos una casa llamaremos “el cuarto de Rita” a la habitación de servicio, o a la más pequeña.
Regresamos otro día, para terminar de decidirnos. Esta vez nos enseña el piso el dueño de la inmobiliaria. Es el poli malo de la farsa.
Por su semblante preocupado y el nerviosismo con que habla con R., parece que no lo ve claro.
-No lo veo claro –nos dice.
Y ahora somos nosotros quienes empezamos a no verlo claro: el asunto es que hay un matrimonio interesado en el piso, y un matrimonio ofrece más garantías de solvencia que cinco chavales.
-Pero tres trabajamos, y uno tiene una beca.
Vamos al bufete de abogado, con los propietarios, el dueño de la inmobiliaria y nuestras nóminas. Entre los cinco podemos acreditar unos ingresos superiores a los seis mil euros al mes. Suficiente. Todo se desarrolla en un ambiente de máxima cordialidad. R. stá sobradísimo, con su mejor gabardina y su sonrisa de tiburón empresarial.
Nos despedimos hasta la noche. Nos damos besos.
Ya en el metro, R. recibe una llamada al móvil. Joder, yo de mayor quiero ser pez gordo en una empresa y tener cobertura en el metro.
Pero el semblante de R. es serio.
-Le han dado el piso al matrimonio. Al parecer, no nos consideraban lo suficientemente solventes.
Hablando en plata: nos han utilizado como herramienta negociadora para meterle presión al matrimonio. Adiós chimenea, adiós sueños de vida burguesa. Bienvenidos al mundo real.
Me tomo un café con R. en la calle Alcolea: está de camino a la empresa donde trabaja, en Just Oliveres. Estamos derrotados, preguntándonos qué coño ha podido fallar. Somos unos críos, eso es lo que nos pasa. Ven a cinco jóvenes y les vale madre que seamos solventes o que trabajemos. Menudo asco. Siempre jodiendo a la juventud.
Así es como se fraguan las revoluciones. O las cirrosis hepáticas.
Voy a la fotomecánica, a dejarles el cedé con la revista. De regreso al metro, veo un cartelito colgando en una pared. 721 euros por un piso de cuatro habitaciones. A saber qué mierda será. Pero llamo. Y nos dan cita para la tarde siguiente. Es el piso de la avenida de Madrid en el que estuvimos viviendo durante todo el 2003. Con estrecheces, porque somos cinco (seis, cuando R. se líe con A.) y sólo cuatro habitaciones, y Emmanuel y yo tendremos que compartir habitación. Pero los cinco juntos, que es lo que nos importa en ese momento.
Febrero del 2004
Aleix y yo ya no aguantamos más en el piso de la Avenida de Madrid y decidimos irnos por nuestra cuenta.
Hemos comido mucha mierda durante los últimos meses. El padre de Emmanuel llega a Barcelona, ya enfermo, y a la semana hay que ingresarlo en el hospital Clínico, donde permanece otra semana, con la recomendación expresa de que se lo lleven a México lo antes posible: padece un cáncer de pulmón, estómago y páncreas, y no está claro que pueda resistir el viaje de regreso si lo aplazan una semana. Sobrevive apenas un mes y medio. Emmanuel se tiene que ir de un día para otro. R. lo convence para que no abandone el doctorado, y que no se preocupe por el alquiler, de modo que Emmanuel se despide de nosotros hasta que tenga encauzado el negocio de su padre y haya solucionado todos los trámites que requiere la nueva situación.
Son meses difíciles. Con la marcha de Emmanuel, que es el nexo de unión entre los compañeros de la casa, afloran las contradicciones y los agravios comparativos.
Yo estaba compartiendo habitación con Emmanuel, y ahora me quedo para mí solo una habitación doble, mientras que R. y A. comparten una habitación individual, pero R. no quiere cambiarme la habitación, porque no puede dormir con el ruido procedente de la calle. Por su lado, A. lleva en la casa desde febrero y aún no ha puesto ni un céntimo, protegida por su macho dominante. Aleix me pide que le cambie la habitación, a lo que accedo: necesita la luz del día para sus trabajos de clase de diseño publicitario, y al fin y al cabo yo no paro por la casa hasta por la noche (y, el último mes de mi estancia en la Avenida de Madrid, ni eso). Rita se echa novio y termina yéndose de la casa. R. insiste en poner en alquiler la habitación de Rita, pero me niego:
-¿Dónde vamos a meter a Emmanuel cuando venga?
-Que se busque algo.
-Pero es titular del alquiler.
-Juanma: como comprenderás, lo que me dices me entra por un oido y me sale por otro.
Llega un momento en que estoy en una habitación individual interior, sin luz y con problemas para dormirme si R. y A. deciden hacer fiesta por su cuenta, y todo esto pagando la tercera parte del alquiler. Ellos, por su parte, están pasando estrecheces, pero después de haber rechazado el cambio a la habitación de matrimonio, y desde que A. encontró trabajo y le dije que ya sería hora de que pagara alquiler está pagándolo: la mitad de lo que cuesta la habitación. Aleix, mientras tanto, paga el otro tercio de alquiler por disfrutar de una habitación doble.
Y R. ha metido a la iguana, unilateralmente, aprovechando que Aleix y yo estábamos de vacaciones de Navidad. Rita decía que quería un perrito; durante los últimos meses no paraba de insistir en ello.
-Pues como metas un animal en casa yo me voy al día siguiente –le decía.
-Pero es un perrito, Juanma.
-¡Pero si ya nos tienes a nosotros, Rita! –le replicaba-. ¿Para qué quieres un perrito?
A los pocos meses de cambiarse de casa, le regalaron una gatita, Peca. Para hacerle rabiar, la llamábamos Pega, que significa “puta” en portugués.
Aún queda una habitación vacía, la que Rita dejó vacía. Se la tenemos reservada a Emmanuel cuando regrese.
-Pues aquí no voy a caber –es lo primero que dice cuando pone el pie en la casa-. Me voy a casa de Lily, que me ofrece una habitación en su casa.
Para Aleix y yo es el acabóse. De modo que decidimos montárnoslo por nuestra cuenta.
Pero hay un inconveniente: el alquiler vence el primero de febrero, estamos a diez de enero y no hemos preavisado. Aun así, nos buscamos algo. Lo encontramos. R. nos llama de inconscientes para arriba, lo cual es cierto: así no se hacen las cosas. Reculamos, y encima quedamos como los insolidarios de la casa. Después de una reunión particularmente desagradable, en la que ya no sé ni qué decir para sacar la patita y congraciarme con ellos, decidimos buscarnos algo para los cinco. Terminamos encontrando la casa de la calle Arizala, desde donde escribo estas líneas.
El conato de fuga me pasa factura: tengo que ser más virtuoso que nadie, y no paro de escuchar sermones en plan “la familia esto, la familia lo otro”.
Pero poco después ya nos hemos olvidado de todo. Tardo unos cuantos meses en aclarar conceptos con Emmanuel. Hasta agosto. Desde entonces, estamos en paz.
También es cierto que en agosto se van R. y A. (él ha encontrado un trabajazo de la hostia en Santiago de Compostela) y Aleix (que se agobia con tanta gente y quiere irse a una casa con menos gente… aunque es incapaz de decírnoslo a todos a la vez, y a cada uno nos cuenta una versión distinta de sus motivos).
Agosto del 2004
L. y P. son chilenos. Son cocineros, y están de prácticas en España. L. tiene treinta y tantos años; P., veintiocho. Llevan un par de años de relación. Se conocieron en la escuela de Hostelería de Santiago de Chile. El anuncio lo pusieron R. y A., sin darnos tiempo a colgarlo ni a Emmanuel ni a mí. Por tanto, ellos se encargan de todo. Incluso de los detalles más nimios.
-Juanma –me pregunta A.-. ¿Cuál es la clave de la cartilla?
Yo me encargo de toda la burocracia de la casa, mientras que la titularidad del alquiler recae en R. y Emmanuel. Así repartimos responsabilidades.
Le digo el número.
En el fondo sé lo que van a hacer, pero le digo el número igualmente. Un rescoldo de candidez y fe en la humanidad –uno de los últimos- me susurra que no es lo que pienso, que no serán capaces de hacerlo.
Pero lo hacen: se intercambian fianzas sin que los quedamos en la casa veamos ni un duro ni, lo más importante, podamos hacer cuentas, prorratear los gastos de teléfono e Internet, ajustar cuentas de posibles desperfectos, pagar la parte proporcional de agua, luz y gas.
Además, R. y A. le hacen firmar a L. y P. un documento privado por el que les ceden el uso y disfrute de la habitación.
Y lo grapan al contrato, como anexo.
Tal como está redactado, es ilegal: el subarriendo y la cesión están expresamente prohibidos por nuestro contrato. Como se enteren los dueños o las guarras de la inmobiliaria es causa automática de rescisión de contrato.
Y tenemos eso grapado al contrato.
-Es para tener una garantía, en caso de que regrese a Barcelona –se defiende R.
Una garantía que nos puede costar que nos pongan de patitas en la calle.
Como la entrada de L. y P. es un trapicheo particular entre R. y A., ellos se encargan de recibirlos en casa. Cuando vienen a recoger las llaves, aprovechamos para montar una de nuestras fiestecitas improvisadas, marca de la casa. Corren la cerveza y las dippas con chile rojo.
Se los ve buena gente. Educaditos. Y limpitos. Y no tienen iguana.
Nos hacen una cena de escándalo.
Nos fidelizan.
También viene Lluis, que es de Talarn, un pueblo colindante con Tremp, en la provincia de Lleida. Mi padre estuvo destinado seis meses en la academia de Talarn, pero Lluis no había nacido.
El día que le enseñamos la habitación a Lluis se la he enseñado ya a otras siete personas. La visita más curiosa, un chino que tenía auténticos problemas para expresarse en castellano; pero no porque fuera chino, sino porque era catalanoparlante.
-¿De dónde eres?
-De Girona.
-…
-Pero si te refieres a de dónde es mi familia: de Shanghai.
(Pronúnciese Shanjái.)
Era una buena opción, pero Lluis se le adelanta. Viene a Barcelona a estudiar Sociología. Ha estado trabajando varios años en las bodegas Torres, con lo que se gana nuestro corazón de inmediato.
Un magnífico fichaje: estará año y medio en casa. Récord histórico.
La cosa promete. Por fin tenemos una casa limpia y en orden. L. y P. dejan la cocina como los chorros del oro. Lluis es tan puñetero con la limpieza de la casa como Emmanuel y yo. Los cinco tenemos ganas de cachondeíto, así que repuntan las fiestas y cenas. No hay iguanas en el salón. Y todavía es verano en la calle Arizala.
Pero tres semanas después, tan sólo tres semanas, sucede.
No ha sido mi mejor semana. Hace una semana visité el hospital, hecho del que nadie salvo una persona se entera en su momento y que comento ahora “en abierto” por primera vez (aunque no pienso contar los motivos, no insistáis). Estoy con un trancazo bastante jodido. Acabo de tener una bronca por un amigo, que me sienta bastante mal porque me parece injusta y exagerada, y estoy recogiendo todas las papeletas para tener otra bronca con una amiga, que se desatará un par de días después y que nos supondrá pasarnos un mes sin dirigirnos la palabra: demasiadas desatenciones seguidas con alguien que está volcándose en mí. Además, he estado haciendo un trabajo por encargo de la empresa en la que trabaja Marta: un informe sobre el festival literario Kosmopolis. Por si fuera poco, me paso todo el Kosmópolis aprovechando para medio organizar un par de kedadas. El ir de un lado para otro, sin tiempo para mí mismo ni para los demás, está en la raíz de las dos broncas. Y, como ya he dicho, además tengo un trancazo de la hostia.
El domingo por la noche llego a mi casa y me siento en la gloria. Por fin se ha terminado todo. Me tomaré un vasito de leche caliente y me acostaré, aunque sean las diez de la noche.
En el pasillo me cruzo con Emmanuel. Hablamos un poco.
L. ha llegado a casa con una peda tal que no podía ni darle la mano. Lo acompañaba un taxista, con las llaves que L. había dejado olvidadas en el taxi. Aprovechando que P. estaba en Manresa trabajando todo el fin de semana, L. había salido con un amigo a celebrar la fiesta nacional chilena.
Unos días antes habíamos hecho coincidir el cumpleaños de L. con el Grito mexicano. Y fue una fiesta muy agradable. L. y P. ya estaban en el ritmo de la casa, convertidos en unos más, aportándonos su personalidad; nosotros fagocitábamos su cultura, su cocina y su manera de ser, y ellos se encontraban con que veinte estudiantes de doctorado de la UPC, portuguesas trabajadoras de marketing y madrileñitos editores los recibían con los brazos abiertos, convertidos en parte de la familia.
Y ahora L. está en su habitación, durmiéndola, incapaz de articular ni una sola frase coherente. P. acaba de llegar a casa, destrozada después de pasarse todo el fin de semana en Manresa. Lluis está en el pueblo.
-Pues vas a ver lo que tardan estos en darnos problemas –le digo a Emmanuel.
Y no pasan ni cinco minutos y oímos un grito desgarrado. Es P. Corremos hacia la entrada. P. está gritando en su habitación.
“Ya verás tú: este está muerto, como poco”, pienso.
Y P. sale, semidesnuda, tapada sólo con una manta. Gritando sin consuelo ni control.
“Muerto. Está muerto. Joder, joder, joder.”
-¡Nunca me había pegado! –grita P.
Poco después, Emmanuel me contará que me puse blanco como el papel, con los ojos abiertos de par en par y sin poder decir nada. Sólo vi una vez a mi padre pegarle a mi madre; sé que sólo la pegó aquella vez, pero me dio igual: yo tenía diez años, él se acababa de ir de la casa y me pasé cerca de cuatro años sin apenas dirigirle la palabra. Y nuestra relación aún tardaría otros diez años en alcanzar la normalidad. Hoy es incluso cordial. A pesar de ello, muy pocas veces a partir de aquel momento lo he vuelto a llamar “papá”: siempre es “el viejo”, “el doctor Lores” o cualquier otro circunloquio.
Esto es peor. Cuando mi padre le pegó a mi madre, yo apenas entendía nada y no dejé de gritar. Ahora entiendo demasiadas cosas: lo que ha podido ocurrir (uno de los dos podría estar muerto, o irse de cabeza a Urgencias), la importancia de lo que está sucediendo (para ellos como pareja, para Emmanuel y yo como individuos, y para la casa como concepto) y lo que nos espera esta noche.
-¡Nunca antes me había pegado!
Emmanuel amaga con entrar a la habitación. Conociéndolo como lo conozco, va a darle a L. hasta en el carnet de identidad, por haberse atrevido a pegar a P., sin importarle las consecuencias.
-¡No entres!
P. se va serenando lo suficiente como para contarnos lo que ha ocurrido. Cuando ella ha llegado, L. está tan borracho que no puede ni hablar. Ella le ha dicho algo y él ha reaccionado con violencia, la ha zarandeado y le ha dado un golpetazo que la ha mandado al suelo.
-Sólo había estado una vez a punto de pegarme, en Chile… Había tomado coca, discutimos y me puso la mano encima... No llegó a pegarme, pero estuvo a punto... Esa mirada…
Lo que es la autonegación: P. no ve, no quiere ver o no quiere reconocer delante de nosotros qué ha estado tomando L. para haber llegado a casa en esas condiciones y con esa agresividad.
-Pero nadie va a volver a ponerme la mano encima. –Nos fulmina con la mirada. En sus ojos hay una fuerza increíble, nacida de la desesperación.
La llevamos a la habitación de Lluis y le aconsejamos que eche el pestillo. La habitación está en nuestra parte de la casa, rodeada por las nuestras. Allí debería sentirse segura.
-Me siento pésimo por esto. Perdonen, por favor.
No tienes por qué disculparte, P. Tú qué culpa tienes. No has sido tú quien ha llegado a casa en ese estado.
Damos por hecho que va a dejar a L. Y para ello cuenta con todo nuestro apoyo. Para lo que quiera.
Nos encerramos en nuestras habitaciones.
Todo parece tranquilo.
Me acuesto e intento dormir algo.
Me despiertan un ruido y la luz de mi habitación. Yo no la he encendido.
Veo a L. en el umbral. Pese al sueño y a que no veo una mierda sin las gafas, atisbo una mirada desencajada. Masculla unas disculpas y cierra la puerta. Escucho otra puerta que se abre. Unos gritos. Una especie de conversación.
Tengo el corazón desbocado. Son las cinco de la mañana.
Se oye un barullo tremendo en la otra punta de la casa, en su zona. No me puedo creer lo que está pasando.
-¡Puta! ¡Putaaa! –se oye.
Y el barullo que no cesa. Como de cosas rotas.
Y la cantinela, ese “¡Putaaa!” que me taladra los oídos.
Cosas rotas.
La armonía en la casa, por ejemplo.
La inocencia.
Una relación de dos años. Venirte de Chile para prosperar en España, y que todo salte hecho añicos dos meses después. L. tiene la opción de quedarse, porque es de ascendencia alemana y puede solicitar la doble nacionalidad, pero P. está vendida, completamente vendida.
A eso de las siete dejan de oirse ruidos.
Aún tardo una hora en asomar. No he vuelto a pegar ojo. No sé si iré a trabajar.
A las ocho y cuarto, visto lo visto, hago acopio de fuerzas y salgo a ducharme. Echo un vistazo a la casa. Todas las cosas de P. están esparcidas por el salón y la entrada.
Pero no se oye a L.
Me ducho. Cuando ya estoy vestido, llamo a la puerta de Emmanuel.
Vigilo la puerta de la habitación de P. mientras él se ducha.
Llamamos a la puerta de P. Y ella nos cuenta lo que ha sucedido por la noche.
A las cinco, L. llama a P., y ella le responde. Le dice que está en la casa y que no piensa salir de donde está. L. sale de su habitación y entra en las nuestras, dispuesto a encontrarla. Intenta abrir también la de Lluis, pero el pestillo está echado y ni se plantea insistir: cree que está ocupada por Lluis. Vuelve a llamarla, y ella insiste en que no va a salir. Él la toma con sus cosas.
P. está decidida a echar a L. en ese instante. Es una mujer fuerte, muy fuerte, de las más fuertes que yo haya visto en mi vida.
La acompañamos al salón y nos quedamos allí mientras ella entra a hablar con L.
A los dos minutos vuelve a escucharse un grito desgarrador.
P. sale llorando.
L. ha vuelto a pegarle.
Emmanuel se arma de valor y entra en la habitación. Yo lo sigo, a una distancia prudente. Más que nada, para que L. no le ponga la mano encima: si ve que entramos los dos, se lo pensará dos veces.
Emmanuel intenta razonar con L. No va a volver a hacer eso.
-¡Ha dormido con Lluis! ¡Puta!
-No, L. Lluis no está.
-¡Pero ella estaba en su habitación!
-Porque él está en el pueblo y no regresa hasta mañana.
L. parece aceptar el argumento. Emmanuel insiste en que no debe volver a hacerle lo que le ha hecho a P. Parece más tranquilo.
P. vuelve a entrar. Le plantea que debe irse en ese momento de la casa. Él se niega.
-Si quieres, llamamos a la policía municipal, P.
Enric me ha dado el teléfono de un amigo suyo que es policía municipal.
-No, Juanma: sería peor. Sabe dónde vivimos.
La opción más deseable es que L. se saque un boleto de regreso a Chile esa misma mañana. P. sale con la cartilla. Regresa al rato. L. ha sacado dinero, mucho dinero, y no hay suficiente para un billete.
Vuelve a entrar en la habitación.
Silencio tenso. Emmanuel y yo nos miramos y, como sucede en situaciones límite, tenemos una conversación pausada y serena, conscientes de lo que ocurre. Cada frase que exteriorizamos es tan cuidadosa como si fuéramos globos llenos de agua caminando sobre un lecho cristales quebrados.
L. tiene que irse de la casa.
Pero no podemos dejar que P. se vaya.
Tenemos que estar con ella.
Y estar preparados para lo que venga.
L. sigue sin querer irse, pero ya está más calmado. P. recibe llamadas de los jefes de L. Les da largas. L. aún tardará un rato en llegar al trabajo. L. ha salido. No sabe dónde está L. Ah, pero ¿L. aún no llegó?
L. se va al paro esa misma mañana. Ella había movido contactos para que a él le dieran aquel trabajo.
Llega un momento en que P. nos pide que nos vayamos, que todo está controlado, que ya no hay ningún peligro. No las tenemos todas a nuestro favor, pero P.  insiste y se la ve tan segura que nos vamos.
-¿Qué te apuestas a que vuelven? –me reta Emmanuel, no bien hemos subido al ascensor.
-Nada. Absolutamente nada.
Y, en efecto, vuelven.
Esa misma tarde, L. nos busca a Emmanuel y a mí para disculparse (estaba muy borracho) y jurarnos y perjurarnos que no va a volver a suceder.
-Eres mayor que yo y no te voy a dar lecciones; pero no vuelvas a hacerlo, por favor.
Y aunque no reincide, ya no puedo quitarme esa noche de la cabeza durante los cuatro meses que les quedan en la casa. No resisto sus ojos de demente cada vez que se embriaga, ni la empalagosa voz de Gollum que se le pone cuando va fumado. No me parece él. Intento evitar su mirada.
Y mira que me jode, porque es un tipo interesante, muy interesante, con mucho mundo y un discurso fascinante. Cuando está sobrio. Pero no vuelvo a confiar en él, aunque es cierto que no reincide.
Por eso no puedo evitar un estremecimiento de alegría cuando regreso de vacaciones de Navidad y P. me comunica que han cortado y se van. No porque ella se vaya –ojalá hubiera podido permitirse pagar el alquiler ella sola-, sino porque parece que finaliza una etapa especialmente tensa. Y porque P. ha demostrado ser una mujer valiente e inteligente.
(Continuará)

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15 Comments:

Blogger La ninfa de la torre de cristal said...

¡Qué relato tan intenso! Por poco falto a clase para acabar de leerlo. Me muero por la continuación :)

Por cierto, acabo de descubrir que mi vida ha sido un camino de rosas. Ojalá no me de un fuerte batacazo contra la realidad...

7 de abril de 2006, 9:25  
Anonymous Dalla said...

Intensísimo, claro que la convivencia en un piso suele serlo, pá lo bueno y pá lo malo. Eso sí, qué cantidad de mudanzas habéis hecho, ¿no? yo debo ser un bicho más bien raro con tendencia a la rutina, porque me pasé siete años en el mismo :)
Me parece, a este ritmo, que los personajes que pululan por vuestro piso, no sólo son parte de vuestra 'family', sino también de la de tus lectores :) (qué culebrones, de verdad)

Besicos

7 de abril de 2006, 11:20  
Blogger Juanma said...

Ninfa: Tampoco se trata de darse batacazos contra la realidad. A veces vienen mal dadas, y sólo se trata de atravesar las situaciones complicadas de la mejor manera posible.
:-)

Dalla: ¿Siete años en el mismo sitio? Joooo, tú sí que sabeeees.
:-)))))
¿Mudanzas? A ver: de Madrid a casa de mi tía, de allí a la calle Valencia, de allí a la avenida de Madrid, de allí unas cosas a la oficina y otras a la calle Arizala... Pues sí, hemos sido un poquito nómadas.

Besitoooos a las dos. :-****

PD. A ver si pal lunes cuelgo la continuación. Bastante más tranquila y con menos momentos chungos, la verdad sea dicha.

7 de abril de 2006, 12:29  
Blogger Kotinussa said...

¡Qué movidas, por Dios! Yo he tenido la suerte de vivir en ciudades donde la vivienda no estaba tan cara, así que me he permitido el lujazo de tener un piso de tres dormitorios para mí sola.

P.D.: No sé si ya te dije que han cerrado los blogs de Yaycos y me he trasladado a Blogger, así que el enlace que tenías puesto ya no sirve.

Besos y hasta pronto.

7 de abril de 2006, 13:46  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: Cierto. Tengo que cambiar el enlace a tu blog.
¿Pero qué ha pasao con Yaycos? ¿Han cerrado los blogs de un día para otro? :-0

7 de abril de 2006, 17:27  
Blogger Kotinussa said...

Nos han avisado con 9 ó 10 días de antelación. Se supone que ha sido porque no han podido mantener el servicio gratuito. Muy poca gente se ha pasado a los blogs de pago y este ha sido el resultado.

Besos.

7 de abril de 2006, 19:57  
Blogger Blackonion said...

Y yo me quejaba de mis compis de hace unos años...

Endelueg, que paciencia tienes... ;)

8 de abril de 2006, 0:49  
Anonymous Anónimo said...

"El ir de un lado para otro, sin tiempo para mí mismo ni para los demás, está en la raíz de las dos broncas"

Esta frase me parece lo más importante de toda la entrada, ya lo hablamos en directo... ;-)

8 de abril de 2006, 21:39  
Blogger Juanma said...

Blackonion: Bueno, todos los que compartimos piso hemos tenido lo nuestro. Seguro que por aquí tenéis mil y una anécdotas jugosillas que contar. ;-)

10 de abril de 2006, 1:01  
Blogger Juanma said...

Usuari@ anónim@: ;-P
Vale, vale, lo hablamos in person, que mola más.
:-)
Besitoooooos. :-****

10 de abril de 2006, 1:02  
Blogger Skalagrim said...

Lo de la chimenea tiene mucho encanto visto en las películas, pero en la vida real pierde toda su magia cuando hay que limpiarlas, cuando hay que cortar la madera, cuando hay que pagar los tronquitos a precio de oro, cuando la muy zorra no quiere encender y te llena la casa de humo, cuando la madera está húmeda, cuando se te acaba, cuando te quemas, cuando salta una chispa y te quema la ropa, o la alfombra... En fin, que era un invento cojonudo en la Edad Media, cuando la servidumbre atizaba el fuego, cortaba la madera, limpiaba la ceniza y se ocupaba de encenderla unas horas antes para encontrar la habitación caldeadita, pero en estos tiempos no sé yo, no sé yo...

En cuanto al sujeto de la mano demasiado larga, hay un remedio que es mano de santo. Se busca el quicio de una puerta antigua, de esas que tienen el marco de roble o castaño, y se abate la cabeza del individuo sobre el susodicho marco repetidamente, hasta que la madera milagrosamente cobra vida y pide socorro. Hable la madera o no, el individuo comprende el concepto de dolor desde un punto de vista diferente, y a menudo se replantea sus actos. Mano de Santo.

14 de abril de 2006, 3:22  
Blogger Rox said...

wow, que historias! A mi me toco una vez un pleito de mis compañeros de piso y poco falto para que se dieran... de lo mas incomodo y eso que los 2 me valian madre.

Obviamente solo dure 2 meses ahi.

besos :)

18 de abril de 2006, 2:17  
Blogger Juanma said...

Skala: Jorl, qué putadón no haberte comentado nuestras movidas cuando sucedieron, porque ese consejo vale su peso en oro. Nunca es tarde para aplicarlo, si se vuelven a dar las circunstancias.
;-P
Abrazotes.

18 de abril de 2006, 10:55  
Blogger Juanma said...

Rox: Sí, lo peor de que haya putazos es esa sensación de que estás en medio, que la cosa no va contigo y que qué coño haces en la casa, que no es tu guerra. Hiciste muy bien en irte, la verdad.
Cuidate mucho. Besitooooos.
:-******

18 de abril de 2006, 10:56  
Anonymous Anónimo said...

Enjoyed a lot! Diastolic blood pressure readings Ennyah technologies digital cameras

26 de abril de 2007, 17:12  

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