Yo sobreviví a las guerras del fandom (incluso a las que provoqué) (2)
En la actualización anterior ofrecía la primera parte de la conferencia que he dado en esta hispacón. Acá va la segunda parte. En cuanto termine de retocar textos colgaré la tercera y supongo que definitiva.
A disfrutarla, que ahora viene lo bueno.
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A disfrutarla, que ahora viene lo bueno.
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(Foto: Luis Jarava.)
LAS
GUERRAS DEL FANDOM PROPIAMENTE DICHAS
Durante la parte
central de la década de 1980, el efecto conjunto del cierre de Nueva Dimensión, el fin de la SECF y el
paréntesis en la celebración de hispacones hizo que la actividad friki se redujera,
aunque no llegó a desaparecer del todo. La incipiente internet se tradujo en la
aparición de la BBS El Libro de Arena, que aglutinó a aficionados de diversas
procedencias: Andorra (Ricard de la Casa), Lanzarote (Pedro Jorge), Barcelona
(Joan Manel Ortiz), Gijón (Rodolfo Martínez y Javier Cuevas) y Málaga (Manuel
Berlanga). Ellos formaron el Grupo Interface, del que se desgranaron Berlanga,
Cuevas y Martínez, y al que acabó incorporándose el pucelano José Luis
González. Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos en 1990, e Interface
Grupo Editor lanza el primer número del fanzine BEM.
Al mismo tiempo,
Manhattan Transfer lanza, por fin, una revista de ciencia ficción, que aúna
contenidos literarios con cinematográficos, y que a pesar de sus limitaciones
es lo más parecido a una revista que habíamos visto desde Nueva Dimensión. El invento se llamaba Blade Runner Magazine, lo dirigía Carlos Mesa y habría de durar ocho
números, en los que se gestó la guerra fandomita más cruenta que ha vivido el
fandom español, y la que en cierto modo lo definió durante toda una década.
Para rematar la fiesta,
la librería Gigamesh organizó una expedición en autobús a la WorldCon de La
Haya. Como yo carecía de ingresos, mi madre se mostró reacia a pagarme la
asistencia, y me quedé en Madrid (o, más bien, en Mallorca, donde estábamos
veraneando). Sí asistieron Julián, Héctor, Susana y Adalberto, junto con otra
veintena de aficionados españoles; entre ellos, Alejo Cuervo, Albert Solé, Cristina
Macía, Juanma Barranquero, Lluis Salvador, Ricard de la Casa o Pedro Jorge.
El fandom español de
ciencia ficción tal como lo conocimos durante más de un decenio nació en aquella
convención.
Allí tuvo lugar la
puesta de largo de BEM, al que se
sumaron dos publicaciones hermanas, no
ficción y Factoría. Las tres se
fusionaron en el número 13 de BEM,
que, además del punto culminante de la madre de todas las guerras fandomitas
(la réplica de Cristina Macía a Carlos Mesa), tenía como plato fuerte un relato
del que hablaremos bastante en el próximo acto, la presentación de la antología
de premios Ignotus: «La estrella», de Elia Barceló. Para bien y para mal, ese
número 13 de BEM entró en la historia
del fandom por la puerta grande.
También se gestó la
transformación de Gigamesh, que a
finales de aquel año dejó de ser fanzine y se convirtió en revista, con lo que
comenzó una rivalidad entre publicaciones que se mantuvo durante toda la década
de 1990.
De paso, tuvo lugar uno
de los detonantes de la guerra entre cenobitas y replicantes.
Se aprovechó la
WorldCon para dar a conocer los premios Gigamesh, que en aquel momento eran los
galardones con más solera del fandom, un precedente de los Ignotus. La dinámica
de los Gigamesh era curiosa. Constaba de dos fases. En la primera, una docena
de jurados puntuaba todos los contenidos de las respectivas categorías (relato,
antología y novela de ciencia ficción, terror y fantasía) de cero a cinco, con
arreglo al baremos histórico de Cimoc,
primero, y las diversas encarnaciones de Gigamesh,
después: 0, atroz; 1, flojo; 2, pasable; 3, bueno; 4, muy bueno, y 5, obra
maestra. Todos los contenidos que obtuvieran un promedio igual o superior a 3
se convertían en finalistas, y daba igual que quedaran categorías desiertas o
con veinte finalistas. Entonces empezaba la fase de votación de los lectores,
que baremaban de acuerdo al mismo criterio que los jurados. En función de las
notas promedio, y con la idea de evitar tanto los premios desiertos como la
proliferación de ganadores múltiples, se establecía el baremo a partir del cual
se ganaría el premio. Solía estar entre el 3,5 y el 3,75; no recuerdo si alguna
vez se llegó a subir al 4, pero creo que no.
El caso es que uno de
esos votantes, Pedro Jorge, le cascó un cero como una catedral a un cuento que
le encantaba a Alejo («Duelo de palabras», de David Langford, que era una
divertidísima parodia de Dune de
Frank Herbert), y que era su máximo favorito para ganar en la categoría de
relato de ciencia ficción. Como resultado de este cero, Langford se quedó sin premio
y Alejo y Pedro pasaron a odiarse oficialmente hasta que Haruki Murakami los
reconcilió años después. De nuevo volvemos a Astérix en Córcega y esas rivalidades que duran generaciones porque
el bisabuelo de Fulanito le vendió un asno cojo al de Menganito. O le cascó un
cero a un cuento.
Pero la cosa no quedó
ahí. También se presentó el embrión de la actual AEFCFT. En un principio, Ricard
de la Casa y Pedro Jorge iban a formar parte de la junta directiva, pero se
desvincularon y hubo que echar mano de aquellos animosos jóvenes aficionados
que pasaban por ahí. Eso se tradujo en que la asociación tardó más de un año en
arrancar, y lo hizo con una composición ligeramente diferente de la que se
había planteado al principio. De hecho, lo que en un primer momento era una
junta con aficionados procedentes de toda España se quedó limitado a una junta
en la que todos los miembros residían en Madrid, menos el tesorero.
Y eso nos lleva al
último punto: las tertulias. La década de 1990 comenzó con muchas ganas por
parte de los aficionados, que o bien llevaban cerca de un decenio en paradero
desconocido o bien habían realizado la travesía del desierto que era el fandom
de la década de 1980 y tenían ganas de marcha. Nacieron, mutaron o se
consolidaron varias tertulias y, por un proceso de decantación, los restos de
dos de ellas confluyeron en la que más tarde se llamó TerMa, la Tertulia de
literatura fantástica de Madrid.
En la década de 1980 se
constituyó el Círculo de Lhork, encabezado por Eugenio Fraile La Ossa. Era una
asociación centrada en la fantasía heroica, conanista según la categorización
del fandom de León Arsenal que he comentado antes, y heredera de esa tradición
por el género que transitó por los fanzines Blagdaross
y Berserkr, o la primera colección
Delirio de Paco Arellano, y que más tarde tuvo continuidad en la revista Weird Tales de Lhork. En las páginas del
fanzine Lhork proliferaban los
cuentos en los que diversas variantes de un Cid hiperhormonado a lo Arnold
Schwarzenegger cabalgaba a mandoblazo limpio, con una música de fondo que no
sabías si era la de la superproducción de Samuel Bronston y Anthony Mann o la
del «Cara al sol». Eugenio Fraile era un historiador especializado en la
Reconquista, un experto en artes marciales y formador técnico de policías. Un
grupo de miembros del Círculo de Lhork no pudo aguantar tanta testosterona de
gimnasio y se escindió. Eran los Licántropos Asociados: Carlos Díaz Maroto,
Manuel Aguilar, Eduardo Escalante y Eugenio Sánchez Arrate. Comenzaron a
reunirse en la Cafetería Alameda del Paseo del Prado de Madrid, situada a una
manzana de la Biblioteca Nacional, donde trabajaba Carlos.
Julián se puso en contacto
con los Licántropos y empezamos a pasarnos por sus tertulias. Al mismo tiempo,
la junta de la aún nonata AEFCF se limitó a un no residente en Madrid (Ignacio
Maroto, tesorero), con lo que de hecho las tertulias eran las reuniones
oficiosas de la junta, que estaba compuesta por Alberto Santos (presidente),
Juanma Barranquero (vicepresidente) y Julián Díez (secretario).
Una de las primeras
actividades de la AEFCF fue convocar un concurso de cuentos, que se llamó Aznar
como homenaje a la saga de bolsilibros de Pascual Enguídanos. Ganó César
Mallorquí, quien se convirtió en un fijo de las tertulias.
También empezaron a
pasarse todos los aficionados que habían permanecido en estado latente durante
la década de 1980: la vieja guardia de Antares (Jaureguízar y Cidoncha) gente
que era muy jovencita durante las hispacones de la década de 1980 pero que
regresaba al fandom con mucho más mundo y ganas de hacer cosas (Alfredo Lara,
Paco Canales o León Arsenal) y lobos solitarios en general.
Durante casi tres años,
la TerMa centralizó las tareas de la AEFCF, gestionó los premios Aznar y, ay,
estuvo en el epicentro de algunas de las broncas fandomitas que se
desarrollaron.
Por otra parte, el
estado de ánimo posterior a La Haya solo podía terminar de una manera: organizando
una hispacón. Hacia finales de 1991 se dio el paso. Nacho Maroto y su pareja,
Pilar Lebón, consiguieron un local, la Casa de la Caritat de Barcelona, donde
trabajaban, y Alejo se encargó de los invitados: Terry Pratchett y Angélica
Gorodischer, de quien por aquel entonces ejercía como agente literario. Fue una
hispacón casi improvisada, pero con una asistencia importante, unas ciento
veinte personas. Se concedieron los primeros premios Ignotus (que ganó Elia
Barceló en la categoría de mejor relato español) y las primeras menciones BEM, Miquel Barceló obtuvo una cerrada
ovación cuando se anunció que su Ciencia
ficción: Guía de lectura había obtenido una mención en los premios Gigamesh
(la de David Pringle por Ciencia ficción:
Las cien mejores novelas, ni fu ni fa, un par de aplausos de cortesía), se
anunció que el invento tendría continuidad con la Gadir 1992 que iba a
organizar Rafael Marín en Cádiz en octubre del año siguiente y, ejem ejem, se
produjo el primer caso de Pax Hispaconera
documentado, ya que por aquel entonces el fandom estaba inmerso en la guerra
más salvaje de aquella década.
Ya hemos presentado a
los actores de ese fandom incipiente. Hablemos, pues, de las guerras fandomitas
propiamente dichas, que es lo que todos estáis esperando de esta conferencia.
I ENCUENTRO DE FANZINES
DE ZARAGOZA (MARZO DE 1991)
Se habla mucho (y
supongo que yo soy uno de los responsables, ya que genero demasiado ruido al
respecto) del papel fundamental que BEM y
Gigamesh desempeñaron durante la
década de 1990, lo cual impide ver el resto del panorama; en concreto, la
columna vertebral en la que se sustentó el boom
de aquella década: la proliferación de fanzines que publicaban los relatos de
los autores que más tarde se profesionalizaron. El auténtico fandom, ya que BEM iba de prozine, y Gigamesh (y Blade Runner) era una revista profesional.
Hemos hablado de Carlos
Díaz Maroto, pero no de su impecable fanzine sobre fantasía, terror y cine
fantástico: Sueño del Fevre, que
comenzó su andadura en 1990, al mismo tiempo que Elfstone, el fanzine zaragozano de Santiago (Yago) García Soláns,
quien por aquel entonces andaba asociado a Interface. Durante los cinco
primeros números de existencia de Elfstone,
este funcionó, de manera paralela a BEM,
como el foro común en que se expresaban aficionados de las más diversas
procedencias. Allí publicaban Ricard de la Casa y Pedro Jorge, vinculados aún
al proyecto de la AEFCF; Eugenio Fraile y Carlos Díaz Maroto, unidos aún en el
Círculo de Lhork, o José Manuel Ferrández Bru, el primer presidente de la
Sociedad Tolkien Española (STE). Era, pues, un fanzine integrador y
conciliador.
Los primeros tambores
de guerra del fandom de la década de 1990 sonaron precisamente en Zaragoza, en
marzo de 1991, aunque si no estabas en el ajo solo podías intuirlos: las únicas
referencias explícitas a que había habido movida fueron muy comedidas, y se
pueden leer en el editorial del número 7 (diciembre de 1991):
No
es sencillo ser un buen aficionado. Supone muchas cartas de apoyo a las
iniciativas de los demás. Supone también mojarse los pantalones en aguas
revueltas, apuntándose a asociaciones de las que apenas sabes nada simplemente
porque están formadas por aficionados como tú. O suscribirse a fanzines de los
que es casi seguro no volverás a oír. O participar en Encuentros y Jornadas,
aunque luego marchen mal y la cosa se vaya a pique.
Parte de este irse a
pique se percibe, de manera implícita, en el ensayo sobre fantasía heroica que
Eugenio Fraile publicó en el número 5, cuyos numerosos agujeros conceptuales y
expositivos desmenuzó Pedro Jorge en una réplica aparecida en el número 6.
Pero, de nuevo, no hay ni una referencia explícita en papel a lo que ocurrió
ahí, salvo una carta de Manuel Aguilar en Blade
Runner 8, quejándose del trato que la organización le dio a Lhork, y una
réplica de Pedro Jorge, «Los diosecillos del fandom», en el editorial del
famoso (como veremos a continuación) número 12 de BEM. No hay muchos más detalles. Solo sabemos que la cosa acabó mal
entre la organización y el Círculo de Lhork, que se escindió poco después.
CARLOS MESA CONTRA LOS
CENOBITAS (1991-1992)
Ahora viene la
auténtica guerra del fandom, la que marcó toda la década para bien y para mal:
la que enfrentó a cenobitas y replicantes.
Como toda guerra que se
precie, esta tuvo varias causas. Se puede analizar desde diferentes puntos de
vista, y todos serían correctos. Depende, como siempre, de quién te cuente la
batallita.
Blade
Runner Magazine era una revista profesional con
periodicidad mensual, editada por Manhattan Transfer y dirigida por Carlos
Mesa, que comenzó su actividad a la vuelta del verano de 1990, coincidiendo con
la WorldCon de La Haya. Se manejaba en el confuso terreno que separa la ciencia
ficción literaria de la cinematográfica, con bastante atención a los juegos, lo
que hacía que su público objetivo no estuviera muy definido. Abarcaba mucho,
apretaba poco y, juzgada con ojos de lector de hoy en día, era un loable pero
fallido intento de hacer una revista que pudiera interesar al fandomita medio. En
todo caso, contó desde el primer momento con muchas de las firmas más
relevantes del fandom. Publicaban cuentos, publicaban reseñas y publicaban
ensayos. ¿Se podía pedir más?
Pues sí: convocaron un
concurso de relatos, en el que apareció mi primer vuelo, «El que acecha en las
escaleras»; mutilado, sin notas a pie de página y comprimido en una doble
página que lo hacía ilegible, sí, pero lo publicaron.
Blade
Runner solo duró ocho números, ya que las ventas no
acompañaron. Se informaba de esta circunstancia en el número 12 de BEM (agosto-septiembre de 1991, con la
hispacón recién convocada). En la misma portada en que aparecía esta noticia
había un artículo de opinión de Carlos Mesa, director de Blade Runner, titulado «Alejo Cuervo y sus cenobitas: El panorama
de la ciencia ficción en España». Una descalificación en el mismo título. La
cosa no empezaba bien.
Y seguía mucho mejor.
Leed, leed.
En un sueño me veo encontrando una caja,
dícese de una configuración de lamento, y durante meses me paso buscando la combinación
adecuada. Cuando por fin doy con ella, las puertas del infierno se abren y
aparecen los cenobitas con Alejo Cuervo al frente. Ellos son el dolor, los que
traen el infierno a través del sufrimiento, personas que profesan la vida
monástica de la ciencia ficción, los popes que todo lo saben; sus nombres:
Francisco Pérez Navarro, Cristina Macía, Ignacio Maroto Fernández, Salvador
González Toll, Tino Reguera, Jordi Costa(?), Jesús Palacios y Alberto Santos.
Intentan ponerme en el potro de los tormentos y es entonces cuando grito y
salgo de esa pesadilla...
-¿Estás loco? -me decía Vigil-. Qué
suerte de reunión es esa que dices que te has citado ron Alejo Cuervo y sus
acólitos. Tú no conoces a ese tío, es peligroso. Tendrás problemas, ya lo
verás.
El principio era
prometedor, eso sin duda, y nos ofrecía el dramatis
personae de los villanos de esta historia, que fueron, en parte, los
villanos del resto de la década. Sin embargo, lo mejor del artículo es cómo describe
Mesa la reunión en la que se acordó el principio de las colaboraciones de Alejo
Cuerva y sus cenobitas con Blade Runner
Magazine:
Aún recuerdo nuestra primera reunión.
¡Dios mío! Todos los presentes hablaban y hablaban como si fuesen los artífices
de la obra. Una reunión de freaks que espantarían al mismísimo Browning:
un barbudo mal aseado y vestido y propietario de la librería Gigamesh, un
pirata informático del que no recuerdo el nombre, un barrigón llamado Albert
Solé, camisa abierta hasta el ombligo y mostrando el torso, el bueno de Juan
Carlos Planells diciendo que no quería intervenir en un proyecto de
platilleros, Francisco José Campos más conocido entre los amigos del juego de
rol por Paco Pepe, Luis Vigil y este servidor. La congregación se dio por
terminada cuando la mujer de Alejo, rodillo de amasar panes en mano, llego
cabreadísima, como de costumbre y le recordó en esperanto(!) que tenía labores domésticas
que atender. El freak que faltaba. Desde luego, el Creador no la
favoreció en el carácter.
Conociendo a los
aludidos, no me cabe la menor duda de que Mesa no exageraba en demasía.
Acto seguido,
Mesa expone por primera vez la teoría conspiranoica que, con leves
modificaciones, se ha mantenido vigente durante los últimos veintitantos años.
Alejo Cuervo tiene una pandilla de
babosos que hacen lo que él les dicta. Son traductores, asesores literarios, articulistas...
Ya estaba claro. Desde la sombra él dirigía los hilos de la ciencia ficción en
nuestro país. Lo que me estaba intentando decir era que si quería pertenecer a
la familia debía aceptar sus órdenes directas como padrino de la organización.
¡Que se fuese a tomar viento! Haría lo que creyese más conveniente.
Y con ello
llegamos al meollo del asunto, el auténtico motivo de esta guerra.
Aun así, en los dos números en los que
intervino, y muy a mi pesar, aparecieron en mi publicación críticas
amenazantes, una reseña sobre lo que el muy gracioso ha apodado Ciencia Ficción: Guía de tortura de
Miquel Barceló
Volveremos a
hablar de Miquel Barceló más adelante, y de cómo su libro se ha convertido en
una piedra de toque acerca de las filias y fobias del fandomita medio; no solo
filias y fobias literarias, sino también con respecto a otros fandomitas.
En cuanto a la
manera en que Mesa resolvió el conflicto que le había planteado Cuervo, él
mismo lo explica así:
-Que cobren todos, menos Alejo y la Mada
-le respondí. No sabía por qué, pero la progre de Cristina Mada me cae
francamente mal, con ese vestuario digno de figurar en el museo de los
horrores, los dientes sucios de fumar tabaco, su carácter agresivo o esa
simpatía suya que brilla por su ausencia...
Sólo quedaba una cosa por hacer: la tan
ansiada llamada telefónica para decirle con una sonrisa en los labios «Alejo
vete a tomar viento».
Rotas ya las
relaciones, llega el momento de las explicaciones.
Poco tiempo después nuestro particular
cenobita hacía llegar una carta a la fotocomposición, imprenta, colaboradores y
amigos, en la que rezaba sobre cuáles eran sus discrepancias con nuestra
publicación. Siete puntos rebatibles, de los que he extraído las frases más
significativas: falta de respeto con las colaboraciones entregadas: cambios
sistemáticos en los artículos firmados y publicados respecto a lo entregado,
tanto mediante cortes en el texto ... , presentación ofensiva de diversas
colaboraciones publicadas, cuyos contenidos quedan abiertamente en conflicto
... , una total falta de seriedad por parte del director ejecutivo de la
revista, Sr. Carlos Mesa ... , por todo ello nos sentimos obligados a causar
baja como colaboradores de la revista, les comunicamos que de no producirse un
cambio de actitud tras la recepción de esta carta, nos consideraremos en
libertad de adoptar las medidas oportunas. (Esta última frase proviene de la
carta personificada mi nombre).
El manifiesto venía firmado por todos
los acólitos del Sr. Cuervo, incluyendo en esta ocasión a Jordi Costa, Jordi
Sánchez y Cels Piñol.
El artículo
continúa con comentarios de este tipo, y añade, hacia el final, una reflexión
digna de enmarcar:
¿Es éste el panorama de la ciencia
ficción? ¿Un ghetto manejado por una pandilla de mafiosos?
Reproduzco el artículo
casi en su integridad porque no tiene desperdicio.
No fue el único
contenido cañero de aquel número. Las malas lenguas han comentado después que
en el número 9 de Blade Runner, el
primero que no llegó a salir, se habría regalado un ejemplar de BEM, lo que sin duda habría hecho
aumentar el número de ventas y suscripciones de la publicación de Interface, y
eso explicaría en parte la manera tan inequívoca con que BEM se alineó de parte de los digamos replicantes y en contra de
los cenobitas. Puede ser. Puede que fuera una cuestión de afinidades, o
simplemente vieran que una polémica más (ya se habían leído varias en sus
páginas) ayudaría a aumentar ventas. El caso es que, para alimentar la idea de
que Interface estaba echando el resto contra la secta cenobita, aparecía un
artículo de opinión de Joanma Ortiz, «Los fanzines, ¿parientes pobres de las
revistas?», que no se sabía muy bien si era pura opinión o iba dirigido contra
alguien en concreto (en resumen, la ambigüedad calculada de que siempre
hicieron gala los editoriales siempre tan potencialmente polémicos de BEM), que dividía a los faneditores en
trepas y honestos, y se extendía a continuación en describir cada una de estas
categorías.
Antes de seguir con las
réplicas que generó el artículo de Carlos Mesa, analicemos algunos asuntos
destacables:
Blade
Runner era una revista profesional y pagaba contenidos.
Había dinero de por medio, y este fue uno de los detonantes, y también parte de
la solución: que cobren todos menos dos.
Había discrepancias
sobre los contenidos; de hecho, se hacía corrección de contenidos.
El meollo de la
cuestión fue la crítica de Alejo Cuervo al libro de Miquel Barceló… que, y esto
no se comenta en el artículo, omitía toda mención al fanzine Gigamesh en su listado de publicaciones
del fandom, lo cual resulta llamativo, ya que se editó durante cinco años y
alcanzó los doce números y bastante difusión.
Dicho esto, veamos cuál
fue la repercusión del artículo de Carlos Mesa.
Lo cierto es que todo quisque se apuntó a la
fiesta. Ángel Torres Quesada publicó «La C.F. española y el perro del
hortelano» en BEM 14, noviembre de 1991), que básicamente consistía en
contar por qué le caía mal Alejo Cuervo. Roberto Rodríguez Toyos («Sobre Ciencia
ficción: Guía de lectura», BEM 15, diciembre de 1991) lo reducía
todo a que hay mucho envidioso suelto.
Fuera de BEM, la polémica apenas tuvo eco.
En Blade Runner, en su momento,
habían aparecido sendas cartas en las que Ricard de la Casa y Pedro Jorge por
un lado (número 3) y Miquel Barceló por otro (número 4) ejercían el derecho de
réplica. En Gigamesh no apareció ninguna referencia a la polémica. Y,
por supuesto, en la hispacón de Barcelona, celebrada en diciembre, en medio de
toda la movida, nadie dijo, hizo o dio a entender que existiera la polémica, ni
en público ni, hasta donde recuerdo, en privado. La Pax Hispaconera comenzaba en el cliffhanger
de la guerra, como quien dice.
Una de las aludidas, Cristina Macía, replicó a lo
grande en el número siguiente, el mítico BEM
13, en un artículo titulado «Insultos, mentiras y revistas de CF (réplica de
una cenobita a un pitufo)». La cosa comenzaba tal que así:
Ya hace tiempo que echo de menos las
antiguas polémicas, aquellas en las que cartas ingeniosas iban seguidas de
réplicas más ingeniosas todavía, con las ideas y la mala leche revestidas de
humor y coñas marineras. Últimamente, los polemistas se limitan a volcar su bilis
en el procesador de textos, suponiendo que lo tengan. A juzgar por el tono de
las respuestas, cualquiera diría que todavía usan martillo y
escoplo, sin orden, concierto ni talento. Las réplicas no van cargadas de
palabras esdrújulas, sutilezas retorcidas y citas ingeniosas, sino de críticas
tipo «¡Es tonto! ¡Es feo! ¡Se muerde las uñas!» y otros inteligentes juicios de
valor por el estilo.
Cristina Macía
hace gala de su proverbial ironía y se defiende de las alusiones personales de
Carlos Mesa:
No me molesta su alusión a mi vestuario
deplorable. Todos mis amigos estarían de acuerdo con tal crítica. Aunque yo tenía
la sensación de que me pagaban por traducir o escribir, no por pasar modelos.
En fin, me lo cuidaré más. Tampoco me molesta que diga que no soy simpática.
Ahí se equivoca. Soy un cielo, un encanto, un dechado de dulzura. Pero soy un cielo,
un encanto y un dechado de dulzura con mis amigos, no con Carlos Mesa. Si dice
que no soy simpática porque no soy
simpática con él, puede añadir que no me gusta el marisco porque nunca
he comido marisco con él, o que soy virgen porque nunca me he acostado con él.
Eso sí, me escuece bastante más su alusión a mis dientes feos. Es que una tiene
sus complejos: desde que alguien, Buda lo confunda, se sacó de la manga un
antibiótico llamado Tetraciclina, toda una generación
de
críos enfermizos hemos arrastrado unos dientes amarillentos horrorosos. Por
tanto, por mis complejos y puñetas, eso sí me toca la moral. Después de todo,
yo no me metería con las espinillas de Carlos Mesa, porque
el pobre no tiene la culpa de tener las hormonas tan desequilibradas como el
cerebro. Pero lo de mis dientes tiene fácil arreglo: el tratamiento para
dejarme una sonrisa tipo Hollywood cuesta un cuarto de millón de pelas. Se
admiten donativos.
Y, como se suele
decir ahora, Macía se viene arriba:
[…] resulta obvio que su auténtica
vocación [de Carlos Mesa] es la de modisto parisino. Dramatis personae de su artículo: Alejo Cuervo es «un barbudo mal
aseado y vestido», Albert Solé es «un barrigón, camisa abierta hasta el ombligo»,
servidora tiene un «vestuario digno de figurar en el museo de los horrores»...
Lástima que BEM no tenga ilustraciones
en color, si no estoy segura de que Mesa habría acompañado su texto con
diferentes bocetos y propuestas para renovar nuestro guardarropa.
Yendo al fondo
del asunto, Macía puntualiza los motivos de la carta de protesta de Alejo Cuervo
y sus cenobitas:
Conviene mencionar que el artículo de
Carlos Mesa está poblado de mentirijillas, el muy picaruelo. A saber:
- Nuestra protesta por las alteraciones
en los textos publicados en BRM no
era por posibles recortes en función de la maqueta. Servidora también trabaja para
la prensa diaria, y sabe que eso es triste, pero necesario. Protestamos cuando
ese insensato se dedicó a añadir cosas -ejemplo, en el artículo de Alejo- para
poner en boca de otro ideas que a él le apetecería ver expuestas, pero no se
atreve a firmar; o cuando los cortes eran tan salvajes y aleatorios que
cambiaban radicalmente el sentido de lo que se decía: otro ejemplo, el artículo
de Pérez Navarro sobre la WorldCon era un texto elogioso escrito en tono
humorístico. Tal y como el chiquito de BRM
lo dejó, parecían los balbuceos de un idiota que se lo había pasado fatal en La
Haya.
[…]
- No puedo hablar por boca de Vigil, a quien conozco poco,
aunque personalmente y por mis referencias lo considero una persona sumamente discreta
e inteligente, incapaz de decir las sandeces que le atribuye Mesa. Sí puedo
hablar por lo que respecta al resto de sus citas, sobre todo las que pone en
boca de Alejo. Son mentira. Mentira, sin paliativos. No versiones libres, ni
alusiones de memoria, ni aquello del «espíritu, si no la letra». No. Son
mentira pura y simple.
[…]
Y, para zanjar el asunto, solo queda
darle un tironcillo de orejas a la memoria de Mesa: la carta que enviarnos a la
fotocomposición, imprenta, colaboradores, etc. de BRM, amenazaba, sí, con medidas drásticas.... en caso de que publicaran nuestros textos sin nuestro permiso Y sin
pagamos. Esta última parte de la frase se le olvida mencionarla en su artículo,
¿quizá porque quitaría todo valor a su argumentación? Naaa, ¿cómo puedo ser tan
malpensada?
Después de esta
réplica, como digo, se sucedieron algunas firmas invitadas que insistían en lo
mala que era la envidia o en lo malo que era Alejo, pero la polémica se fue
diluyendo con el tiempo, en particular desde que intervino Juan Carlos
Planells, en el número 16, de enero de 1992, con la única réplica conciliadora
de esta polémica, «¡En guerra abierta!», en la que llamaba a la calma si no
queríamos acabar, cita literal, «cargados de banderas los domingos de fútbol y
[corriendo] a golpes de asta a los del equipo contrario».
La guerra llegó a su
fin; o al menos la batalla. La polémica se apagó por sí sola, pero tuvo
consecuencias. Definió cuáles eran los dos bandos irreconciliables del fandom
de los diez años siguientes, aunque siempre hubo autores y aficionados que
actuaron al margen de las polémicas, llevándose bien con todo el mundo y,
supongo, atónitos ante la mala leche que nos gastábamos. Volviendo al símil con
Astérix en Córcega, la revista Blade Runner fue nuestro «asno cojo»,
creo yo que hasta el cierre de BEM en
el año 2000, e incluso más allá.
Los siguientes dos años
del fandom transcurrieron como habría de transcurrir el resto de la década: con
una actividad frenética, cada vez más fanzines, iniciativas, tertulias, autores
y buenos contenidos, que sentaron las bases de lo que Fernando Ángel Moreno y
Julián Díez llaman la Generación HispaCon, otros llaman el boom de la ciencia ficción de la década de 1990 y yo, en el ámbito
de los fanzines, denomino «la Generación del DIN-A5»; es decir, esos míticos Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Núcleo Ubik y
los ya existentes Elfstone y Sueño del Fevre. Los dedazos en el ojo
entre ambos bandos, que a aquellas alturas podrían personalizarse, más que como
una lucha entre BEM y Gigamesh (que había entrado en un estado
de hibernación que duró hasta 1994), como un enfrentamiento entre BEM y la TerMa. Y las joyas de la corona
de la TerMa eran la AEFCF y la revista Cyber
Fantasy.
LA RESEÑA DE EL SEÑOR DE LOS ANILLOS EN CYBER FANTASY 1 (1993)
Cyber
Fantasy nació en 1993 y murió en 1994. Duró solo dos años y
seis números, en los que la calidad de la revista no hizo sino aumentar. Su
director y factótum era Alberto Santos, antiguo coeditor de Blagdaross, director de las colecciones
de fantástico de Edaf (editó, por ejemplo, La
serpiente Uróboros, de E. R. Eddison, así como un par de títulos de Thomas
Burnett Swann) y, en el momento histórico al que aludimos, primer presidente de
la AEFCF.
Como digo, en 1993
salió el primer número de Cyber Fantasy,
presentado nada menos que por Luis Alberto de Cuenca, un friki con galones
(letrista de la Orquesta Mondragón y gran aficionado al fantástico) que en
aquel momento era director del CSIC y que llegó a ser director de la Biblioteca
Nacional y secretario de estado de Cultura. Entre los contenidos más
destacables figuraba una entrevista a Fernando Savater, que Alberto había
realizado prácticamente al asalto (presentándose por las buenas en su casa y
diciendo que iba de parte de Luis Alberto), la reedición del primer ganador del
premio Aznar, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)», de
César Mallorquí, uno de los primeros relatos de Félix J. Palma, un cuento de
William Gibson, dos de Robert E. Howard (al que siguió un especial Solomon Kane
en el número 2, que casi le cuesta una denuncia por parte de Javier Martín
Lalanda, que lo había traducido e iba a publicar en Anaya; la cosa no acabó en
los tribunales gracias a la mediación de Alfredo Lara) y un ultracorto muy majo
de León Arsenal, que se estaba erigiendo en el líder natural de la TerMa (lo
llamábamos el Cacique) y que coordinaba los contenidos de la revista. En un
momento dado decidió introducir un poco de humor, en forma de reseñas de coña
firmadas con seudónimos. Algo parecido a lo que hace ahora El Mundo Today, para
entendernos. Una de esas reseñas de coña, cuya protagonista/víctima era El Señor de los Anillos, la firmaba un
tal Tiberio de Andrés (seudónimo, evidentemente, de León), que se despachaba
contra la novela de Tolkien en estos términos:
Entre
la pléyade de obras de segunda y tercera fila, rescatadas para el lector
español por el actual boom que el género de fantasía vive en nuestro país, ha
llegado el turno para la publicación de El
Señor de los Anillos, trilogía fantástica de J. R. R. Tolkien.
Esta
producción de Tolkien, un profesor de literatura inglesa, se revela como otro
de esos vulgares pastiches nacidos a la sombra de las obras cumbres del género:
una narración vulgar y anodina, sin pizca de originalidad. Esta trilogía es un
pálido reflejo de los elaborados mundos fantásticos, nacidos de la imaginación
de autores dignos de mejores imitadores.
El
estilo empleado es correcto (no olvidemos la profesión del autor).
Lamentablemente, ahí acaba todo. El universo de Tolkien, lleno de
reminiscencias célticas y nórdicas (cómo no), resulta un abordaje esquemático
de las creaciones de quienes, en materia literaria, son us mayores. Otro tanto
sucede con la trama, desvergonzada repetición de mejores argumentos: la lucha
por un objeto mágico. En el desarrollo de la aventura, este autor llega a tales
extremos de descaro que no puede por menos que arrancar una sonrisa al lector.
A lo largo de tres gruesos tomos, no encontraremos una situación, una
peripecia, una aventura que no haya sido tomada (sin el menor rubor) de otras
obras.
Algo
que se repite con los personajes. El mago Gandalf, por citar un ejemplo, es un
clon desvaído de esos magos misteriosos y llenos de sabiduría que pueblan la
galería de personajes ilustres del género.
En
la tipología de sus personajes es donde debemos reconocer algún mérito a J. R.
R. Tolkien. Aquí, al menos, el autor acepta su incapacidad para manejar los
complejos universos de la fantasía de altura y se limita a presentar unas pocas
razas, clásicas y fácilmente reconocibles: gnomos, elfos, enanos; con
esporádicas apariciones de trolls, dragones, etc., y la adición de hobbits,
mediocres y antipáticas creaciones del autor. Quedan muy lejos esos brillantes
mundos repletos de semielfos, warlings, elflings que han dado lustre a la
fantasía contemporánea.
¿Para
qué continuar? No merece la pena. El
Señor de los Anillos es una sola trilogía (aunque otros libros del autor se
desarrollan en el mismo ambiente), lo cual es otra prueba de la mediocridad de
base que existe en esta obra. La novela es trivial, no es desagradable; un
neófito incluso la considerará un descubrimiento, un lector avezado la leerá a
ratos en la playa, para después olvidarla. Pero eso es todo.
Parece evidente que la
reseña era una parodia, precisamente, de la mala fantasía timunmasera que se
dedicó a copiar a Tolkien, ¿no? Pues en la Sociedad Tolkien Española no lo
interpretaron así, y hubo quien se mosqueó y protestó, para regocijo del consejo
de redacción. No fue la única polémica surgida con la STE (te podías pasar
números y números de ESTEL leyendo asombrado sus guerras civiles a vueltas con
la escuela rusa y sus interpretaciones de Tolkien en clave ultracatólica, o sus
protestas por el hecho de que Ana María Matute se atreviese a escribir una obra
de fantasía como Olvidado rey Gudú ¡y declarar a la prensa que no se había
leído El Señor de los Anillos!), pero
sí la que viví más de cerca. Bien pensado, lo que nos pasaba con la STE era que
la juzgábamos con criterios de fandomitas de publicación de papel de la década
de 1990, cuando su comportamiento era el propio de los foros de opinión y las
listas de correo de la década siguiente. Ahí estaba el detalle.
En cuanto a Cyber Fantasy se pueden añadir muchas
anécdotas, realmente jugosas, aunque ninguna guerra fandomita que resulte
interesante a efectos de esta conferencia. Cierto es que Interface podría haber
tenido motivos para desatarla. En el transcurso de una cena de homenaje a Joe
Haldeman en Madrid (a la que volveré al hablar de la AEFCF), de esas en las que
los asistentes acaban tan borrachos que se suben a los taxis por el maletero,
Eugenio Sánchez Arrate tuvo la humorada de contarle una mentirijilla a Joanma
Ortiz, quien estaba editando una nueva etapa de Tránsito, adscrita a Interface y con un formato similar al de los
dos primeros números de Cyber Fantasy,
y quería saber detalles técnicos como, por ejemplo, la tirada de la revista.
Eugenio contestó, sin pestañear: «Tres mil… ¡y los vendemos todos!», lo cual era
mentira podrida: la tirada de Cyber
Fantasy creo que oscilaba entre los quinientos y los ochocientos
ejemplares, al menos en la etapa final (José María Sánchez Pardo había tenido
una discusión de verduleras con Alberto Santos, en pleno bulevar de la calle
Juan Bravo, para disuadirlo de sacar una primera tirada de quince mil
ejemplares). Joanma debió de quedarse con el detalle y comerse aquel número con
patatas, y la prueba es que, años después, todavía se regalaban ejemplares.
Le dediqué una de las
columnas más celebradas de la sección Mentidero
Cinco, en la que lo contaba absolutamente todo, con pelos y señales,
incluida la anécdota del párrafo anterior. Años después coincidí con Alberto
Santos en la caseta de ventas de Gigamesh en la Rambla, durante una festividad
de Sant Jordi, y me comentó que se la había leído pero que no me guardaba
rencor ni pensaba tenérmela en cuenta, porque se notaba que aquella columna
vitriólica «estaba escrita con cariño». Y entonces me di cuenta de que, a pesar
de la ironía que destilaba el comentario de Alberto, estaba en lo cierto. Había
escrito aquella columna con todo el cariño que le guardo a esa publicación, a
esos aficionados y a aquella época. Al fin y al cabo, por aquel entonces la
TerMa estaba unida, y tanto Alberto como yo estábamos en el mismo bando de las
guerras del fandom.
ALONSO BALLESTEROS
(1994)
Parsifal
fue uno de los fanzines emblemáticos de aquella Generación del DIN-A5. Dirigido
por José Luis Rendueles, sacó diez números entre 1992 y 1997. El más famoso de
ellos, sin duda, fue el número 4, ya que desató una guerra en toda regla a raíz
de la publicación de una carta-artículo firmada por un tal Alonso Ballesteros,
de Jaén, que llevaba por título «No somos para tanto».
Si uno lee las secciones de correo de los
fanzines y revistas editadas a partir de 1994 reparará en un hecho curioso:
todas ellas advertían de que NO publicarían cartas remitidas bajo seudónimo.
Ello se debe a que ese tal Alonso Ballesteros, que sabíamos que era un
seudónimo, había remitido «No somos para tanto» a Cyber Fantasy, y no se le publicó, ya que se consideró que las
opiniones en ella vertidas debían hacerse a cara descubierta. La envió en Parsifal,
que se la publicó. Hubo bronca. Fue el tema estrella de la hispacón de
Burjassot, y fandom vivió durante al menos dos años presa del síndrome de
Alonso Ballesteros. En el diario de la convención, Papel Mojado, se
realizó una encuesta de emergencia en la que se apuntaba como posibles autores
a Julián Díez, Pedro Jorge, el Grupo Interface en pleno, Javier Cuevas e
incluso al propio Alonso Ballesteros, quien al fin y al cabo tal vez fuera eso,
un señor de Jaén llamado Alonso Ballesteros que tenía esas opiniones sobre la
ciencia ficción española.
Ballesteros puso el dedo en la llaga desde el
mismo título. A lo mejor nos estábamos pasando de optimistas al decir que todo
lo que se publicaba era maravilloso. Voy a citarme a mí mismo. En mi columna
Mentidero Cinco, publicada en la web Bibliópolis en 2001, contaba lo siguiente.
La
cf española era la hostia, BEM lo decía bien claro, y poner en solfa
cualquier obra de cualquier autor ya suponía incurrir en cierto modo en una
pequeña traición al género. A ver, ¿quién se hubiera atrevido por aquel
entonces a afirmar, con su propio nombre y sin que nadie se dedicase a malmeter
a sus espaldas en los pasillos de una HispaCon, que novelas como La leyenda
del Navegante de Rafael Marín (Miraguano) eran fallidas pese a su innegable
ambición, que Wyharga de Ángel Torres Quesada (Miraguano) era un coñazo
absolutamente ilegible o que El refugio de Juan Miguel Aguilera y Javier
Redal (Nova CF) estaba mal escrita, era notablemente peor que las magníficas Mundos
en el abismo e Hijos de la eternidad y que no sólo no marcaba la
mayoría de edad de la ciencia-ficción española (como afirmaba la contraportada)
sino que era uno de los mayores bluffs de la historia del género? Muy
pocos. El linchamiento moral era una posibilidad bastante factible. Es la única
explicación verosímil para que una reflexión tan inocua como "No somos
para tanto" tuviera que ser publicada bajo pseudónimo.
Porque
Alonso Ballesteros no sólo no decía ninguna barbaridad, sino que resultaba de
lo más sensato, acertado y comedido en sus juicios:
"Resulta
curioso cómo optimismo y pesimismo conviven actualmente en determinados
sectores del fandom para referirse precisamente a lo mismo. Por un lado,
se dice, contamos con excelentes autores que nada tienen que envidiar a los
anglosajones. Al mismo tiempo, son frecuentes los lamentos por lo mal que las
editoriales del género tratan a los escritores nacionales. (...) tengo que
decir, con gran dolor de mi corazón, que los escritores de ciencia ficción
españoles no son para tanto, que todavía tienen bastante que aprender de sus
colegas americanos y que esa euforia exagerada ante la calidad del material
nacional puede acabar resultando contraproducente. (...) La edición de
españoles es imprescindible precisamente para que exista una ciencia ficción
escrita por autores nacionales, una ciencia ficción fuerte, saludable, que no
tenga nada que envidiar a los americanos. (...) Pero lamentablemente creo
también que aun no existe una CF así en nuestro país. Hay esperanzas, sin duda,
los autores que ahora mismo consiguen (con muchas más dificultades, es cierto,
de las que deberían existir) publicar están, como mínimo, a un nivel correcto
(superan sin problemas el aprobado y hay novelas extranjeras de CF mucho peores
que son publicadas con gran éxito). Y quizá con el tiempo puedan competir sin
rubores con los grandes modelos anglosajones. Pero de momento, y salvo las
excepciones reseñadas [Juan Miguel Aguilera/Javier Redal y Javier Negrete], no
lo veo así. El tiempo lo dirá, de todas formas."
Pues
sí: el tiempo lo ha dicho. Siete años después, la literatura fantástica
española ha seguido mejorando, aunque de un par de años para acá creo que está
empezando a percibirse un cierto estancamiento, cuando no retroceso,
especialmente acusado en la ciencia-ficción, ya claramente superada por la
fantasía. Pero lo dicho por Alonso Ballesteros sigue estando plenamente
vigente, tal vez hoy más que nunca.
"No
somos para tanto" revolucionó a un fandom que por aquel entonces estaba
más sumido que nunca en su "síndrome de Joaquín Luqui" particular,
deslumbrado por una serie de hallazgos que hacían que prácticamente de un mes
para otro se pudiera percibir el crecimiento del género en España. Sin
embargo, no cayó en saco roto, pues dio origen a una serie de reflexiones sobre
la cf española desde el propio fandom, recapitulaciones como
"Nosotros" de Rafael Marín, "Criterios de selección" de
Alfredo Benítez o "Quemados por el sol" de aquí un amigo, en los que
ya se podía hablar sin tapujos de nuestra forma de ver el género, de nuestras
preocupaciones acerca de sus aciertos y carencias, de su evolución y su futuro.
Alonso Ballesteros nos quitó complejos de encima y nos enseñó a llamar a las cosas
por su nombre.
Y
el lector se preguntará: ¿y quién era Alonso Ballesteros? La respuesta,
evidentemente, ya es de dominio público, pero el misterio tardó años en
desvelarse. Y este Mentidero 5 es el lugar adecuado para recordárselo a
quienes no conocen la historia. En primer lugar, porque la polémica surgió en
las páginas de Parsifal, el fanzine del que estamos hablando en esta
entrega. En segundo lugar, porque los responsables no fueron otros que los editores
de Parsifal, Rodolfo Martínez y José Luis Rendueles. Hartos de tanta
tontería, urdieron la carta-artículo con pseudónimo, cada uno puso cosas de su
cosecha y movieron su "No somos para tanto", a ver qué ocurría. A
ellos corresponde juzgar si los efectos superaron o no sus expectativas; pero
sin duda deben estar contentos.
Así pues, podríamos
decir que esta guerra tuvo un final feliz: introdujo un poco de sensatez en el
fandom y nos enseñó a refrenar nuestro optimismo desmedido. Pero también tuvo
consecuencias, como el enquistamiento de las relaciones entre BEM y Núcleo Ubik (el fanzine que Julián Díez, Héctor Ramos, Eugenio
Sánchez y yo creamos ese mismo año), precisamente debido una escalada en torno
a la supuesta existencia o no de uno de sus colaboradores, Xavier Riesco
Riquelme.
NÚCLEO
UBIK
(1994-1996)
La idea de poner en
marcha un fanzine venía de viejo. Julián y yo estábamos decididos desde hacía
tiempo, pero la ocasión se presentó cuando la I Junta de la AEFCF le cedió el
testigo a la II Junta, presidida por Ricard de la Casa. Las circunstancias del
relevo habían sido delicadas, ya que la asociación había estado literalmente a
punto de disolverse después de una asamblea bastante accidentada en la hispacón
de Gijón 1993. Alberto Santos no había estado muy fino, los premios Ignotus se
habían desconvocado porque la papeleta de votación no había llegado a todos los
socios y, en definitiva, Joanma Ortiz tomó la iniciativa de improvisar una
reunión de socios en la cafetería del centro comercial y posponer la asamblea
hasta el día siguiente. (Inciso: en aquella hispacón estuvo a punto de romperse
por primera vez la Pax Hispaconera
cuando Elia Barceló salió cabreada de una mesa redonda en la que Albert Solé se
había dedicado a trolear desde la palestra. Aquello afectó a Albert hasta el
punto de que no volvió a asistir a hispacones.) Se convocaron elecciones, creo
recordar que sin otra candidatura que la encabezada por Ricard, efectuamos el
traspaso de competencias (que incluyó cambiarle el nombre al premio Aznar, que
no le interesaba a la nueva junta y pasó a gestionar la TerMa a título privado,
con el nuevo nombre de Pablo Rido), y a pasar página.
Por aquel entonces,
Julián acababa de aceptar la dirección de la segunda época de la revista Gigamesh. Ejerció como director desde el
número 4 (1994) hasta el 31 (2001), en que lo sustituí. Pero Gigamesh era una revista profesional, y
algunos de los contenidos que quería editar tenían más sentido en un fanzine.
De este modo se gestó Núcleo Ubik,
cuyo nombre nos sugirió Juanma Barranquero, ya que Julián prefería llamarlo Núcleo y yo Ubik. Juanma ya había sido el responsable de que Cyber Fantasy no se llamara Fantasy Cyber, como defendía su
director, Alberto Santos, así que dimos por bueno su criterio.
En Núcleo Ubik íbamos de exquisitos, pero también de gamberros, de
modo que éramos carne de polémica. Sacamos buenos contenidos (creo sinceramente
que el número 2/3, aparecido en 1995, es uno de los mejores ejemplares de
fanzine que se han editado en España), pero también la liamos parda, y nos la
liaron.
La cosa venía del año
anterior. Julián había enviado una carta de dimisión de coordinador del boletín
Pórtico que fue parodiada por Pedro
Jorge en «Dimisión imposible», el editorial de BEM 31 (mayo de 1993). Donde Julián explicaba las razones que lo
habían llevado a la dimisión, la parodia de Pedro la atribuía al visionado de ¡Viven! y al nuevo bigote de Ricard de
la Casa. Donde Julián aclaraba que estaba decidido a sacar Núcleo Ubik, un fanzine que fuera el heredero espiritual de Zikkurath, Pedro soltaba perlas como la
siguiente:
¿Qué haría si dejase mi cargo en
Intercara? He estado jugando durante un tiempo con la posibilidad de editar mi
revista-bonsai (una palabra en cada hoja del bonsai). Será, evidentemente, una
revista vanguandista (la primera de su género y especie en el mundo), elitista,
cara y exigirá muchos cuidados (no olvidar regarla una vez a la semana). En
ella sólo publicará lo mejor de la ciencia ficción anglosajona (una cosa es
defender la ciencia ficción española y otra los negocios, mind you) y
nuestro modelos más evidentes serán Nueva Dimensión, Zikkurath y Pulgarcito.
Publicaremos números especiales en el interior de latas de gasolina y un
número anual en un termo de cafe (a vanguardia, y otras ias, no me gana nadie).
Su nombre será Kernel Ubik [alusión a Kernel BEM, una publicación en disquete
que sacó Interface], aunque quizá lo cambiemos a El ascensor secreto, o Llorad,
Philip K. Dick continúa muerto [alusión
a La ascensión secreta, o Llorad, Philip K. Dick ha muerto, de Michael
Bishop.]
Pedro remataba el
festival del humor con un ensayo sobre Gabriel Bermúdez Castillo en el que
disparaba con bala contra un ensayo mío sobre Gabriel Bermúdez Castillo
aparecido en el mismo número de Pórtico
en que Julián anunciaba la dimisión. Razones no le faltaban, ya que era mi
primer ensayo publicado y dejaba bastante que desear, pero digamos que no me
pareció un detalle elegante.
En todo caso, habíamos
conseguido un auténtico hito: ser el primer fanzine al que ponen a parir un año
antes de su aparición.
Los dos barra tres
números de Núcleo Ubik fueron
intensos y, creo, interesantes. Sacamos buenos cuentos, buenos artículos, un
par de contenidos polémicos (en particular, un artículo incendiario de Rafa
Marín) e incluso teníamos planificado el número 4, aunque los retrasos se
acumulaban, y al final decidimos cerrar el fanzine, liberar los contenidos y
devolver el importe de las suscripciones. Creo que fuimos la primera
publicación del fandom que tuvo ese detalle. Como aun así nos sobró dinero,
montamos una fiesta en casa de León Arsenal aprovechando que Elia Barceló acababa
de ganar el premio Edebé y estaba de visita en España.
¿Tuvo repercusión toda
esta actividad? Pues sí: Pedro Jorge volvió a dedicarnos un artículo, aparecido
en el número 9 de Parsifal (primavera
de 1996) y en el que se alegraba de que Núcleo
Ubik estuviera muerto.
Creo que fue el único
motivo por el que no cerramos antes el fanzine: queríamos sacar al menos un
número más que desmintiese el comentario de Pedro. Pero lo que no puede ser, no
puede ser.
Debo decir que nos
merecíamos aquellos piropos, ya que éramos unos tíos broncas. Por ejemplo,
llegamos a utilizar argumentos ad hóminem: entramos a saco contra Xavier Riesco
Riquelme solo para chinchar a Pedro Jorge. Riesco había nacido en el antiguo
Zaire (hoy República Popular del Congo), lo cual nos parecía un detalle tan
inverosímil que, inmersos en la fiebre de los seudónimos que se había desatado
tras la famosa carta de Alonso Ballesteros, dimos por supuesto que era un alias
de Pedro Jorge. Así pues, en el editorial
del número 2 nos despachamos a gusto:
Desde
la aparición del primer NU, los integrantes de su equipo directivo hemos
sufrido varios problemas con el continuo espacio temporal que nos han llevado a
padecer experiencias que podríamos denominar semidickianas. Sobre todo, hemos
recibido publicaciones que proceden, seguramente, de realidades alternativas y
que, por lo tanto, no se corresponden con el día a día de la ciencia ficción
española. [...]
BEM. En su número de
febrero-marzo se incluye un anuncio de Tránsito en el que se destaca que
es la única revista que existe desde los tiempos de Nueva Dimensión. Sin
duda, esto demuestra que ese BEM ha sido publicado en otra realidad en
la que Tránsito ha dado a la luz más de dos números en los últimos seis
años o en la que no existieron jamás Blade Runner y Gigamesh...
ahora que lo pensamos, ¿no dicen ellos que BEM es una revista?
El
Pedro Jorge Riquelme de este continuo, pese a su conocida tendencia a la
improcedencia, no sería capaz de dislate semejante, o de chorradas como
utilizar un seudónimo evidente para encubrir su inconfundible prosa y evitar
que parezca que todo el fanzine lo hace él solo porque ya nadie les hace caso.
O a lo mejor es para poder mantener así esa dualidad que le permite decir una
cosa en público y otra en privado sobre las novelas de los autores que quiere
que colaboren en su fanzine.
En
cualquier caso, todo ello nos produce sinceras esperanzas de que exista algún
lugar en el que NU pueda considerarse a sí mismo como el único fanzine
desde Zikkurath, lo que es nuestra auténtica vocación.
La réplica llegó por partida doble. En el editorial
de BEM 50 (1996) se ironizaba acerca de la escasa utilidad de los
fanzines de quinientas páginas (Núcleo
Ubik 2 tenía 284, lo que lo convertía, en aquel momento, en el fanzine más
tocho que se había editado en España, y el segundo en lengua española, detrás
del 16/17 de Cuasar), y Pedro Jorge publicó
un artículo, «La ciencia ficción española y nosotros que la quisimos tanto» (Parsifal
9, primavera de 1997), en el que achacaba nuestra actitud a los celos y la
inmadurez y caracterizaba a Núcleo Ubik
como un
movimiento
revolucionario puro, el de vamos a derribar todas las instituciones para
construir unas mejores encima [...] se ha dado desde tiempos inmemoriales en la
ciencia ficción española aunque recientemente, desde Núcleo Ubik, ha
adoptado estrategias más cercanas a "la tierra quemada" y al "no
hagamos prisioneros". Se aspira aquí a acabar con todo para construir
sobre las ruinas nuevas estructuras que renueven el género. Por desgracia, esos
métodos suelen provocar muchos sufrimientos y dar lugar a regímenes
autoritarios y poco duraderos.
Vamos, que nos llamaba fascistas, tal cual, con
lo que volvíamos a la dialéctica del fandom de Nueva Dimensión y los prólogos de Carlo Frabetti para Nova de
Bruguera. No contento con eso, soltaba la perla definitiva:
Al
menos, Núcleo Ubik está cómodamente muerta... por el momento.
Y eso fue lo que nos remató. Pueden meterse con
tu trabajo, con tus aficiones e incluso con tus hermanos, pero ¿con tu querido
hijito, sangre de tu sangre, por borde que sea? La tensión subió un nivel más a
partir de aquella polémica.
Ya no eran negocios: era personal.
Etiquetas: AEFCFT, autobombo, BEM, ciencia ficción, ciencia ficción española, conferencias, convenciones, Cyber Fantasy, Elfstone, guerras del fandom, hispacones, MirCon, Núcleo Ubik, Parsifal, Urânik


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