Las distopías juveniles: ¿un género aparte?
Este texto es más o
menos el guion de trabajo de la conferencia que pronuncié (mal, dado que estaba
afónico) en la pasada hispacón celebrada el último fin de semana en Quart de Poblet. Respeto la estructura del guion y, si hago
añadidos, estos van en color rojo,
para distinguirlos de la chuleta. No se
trata de un ensayo terminado, en el sentido de que acabé haciéndolo muy
esquemático porque no me daba tiempo a redactarlo completo. Por otro
lado, la charla duraba tres cuartos de hora. No es un texto
completo, pero puedo tardar bastante tiempo en arreglarlo y ordenarlo,
por lo
que me parece preferible publicarlo tal como está y, dado que el asunto
me
interesa y se puede ampliar de manera casi indefinida, tiempo tendré
para
desarrollarlo en forma de ensayo más sesudo y completo. Por ejemplo,
citando y analizando obras completas. De momento, acá va,
como primicia, el guion de trabajo de esa conferencia. Muchas gracias a
los asistentes, ya que muchas de las aportaciones que hicieron José
Ramón Vázquez, Alfredo Álamo o Eduardo Vaquerizo fueron tan
esclarecedoras como la conferencia y, de hecho, me cambian la
perspectiva para el ensayo que quiero escribir a partir de este texto.
LAS DISTOPÍAS
JUVENILES:
¿UN GÉNERO APARTE?
JUAN MANUEL SANTIAGO
QUARTUMCON
QUART DE POBLET
(VALENCIA), 14 DE DICIEMBRE DE 2013
EL PORQUÉ DE ESTA CONFERENCIA
Esta conferencia se
titula Las distopías juveniles: ¿un
género aparte?
En realidad, esta
conferencia debería haber sido un peka
kucha y la tendría que haber dado el día 4 de octubre en la Biblioteca
Sagrada Família de Barcelona, en el marco de un encuentro titulado Esto
no es lo que nos habían prometido.
¿Qué es un peka
kucha? Charla en la que el ponente tiene que explicar veinte
diapositivas a razón de veinte segundos cada una.
El formato era
atractivo, y el programa era maravilloso y ofrecía un panorama exhaustivo de
las conexiones entre el futuro distópico que plantea la literatura fantástica y
la realidad más distópica aún con la que nos hemos encontrado.
- Tecnologia: On
està la meva motxilla coet?, per Humberto Revilla
- Transhumanisme: El cos humà – Transhumanisme, per Elisabet Roselló
- Moda: Moda mutant: El futur que gairebé no es va imaginar, per Marta Belmonte
- Política: Quan la dissidència esdevé majoria, per Yolanda Chalé
- Llenguatge i control social: Esclaus de les nostres paraules, per Pau Martinez
- Publicitat / màrqueting: Ciutadans, usuaris, consumidors. L'homo consumidor, per Susana Vallejo
- Consum: I això qui ho paga?, per Carlos Romaní
- Energia i ecologia: Cremant el futur, per Emilio Bueso
- Religió: En què creiem? De què tenim por?, per Pep Burillo
- Moral: No more heroes anymore, per Sergi Viciana
- Transhumanisme: El cos humà – Transhumanisme, per Elisabet Roselló
- Moda: Moda mutant: El futur que gairebé no es va imaginar, per Marta Belmonte
- Política: Quan la dissidència esdevé majoria, per Yolanda Chalé
- Llenguatge i control social: Esclaus de les nostres paraules, per Pau Martinez
- Publicitat / màrqueting: Ciutadans, usuaris, consumidors. L'homo consumidor, per Susana Vallejo
- Consum: I això qui ho paga?, per Carlos Romaní
- Energia i ecologia: Cremant el futur, per Emilio Bueso
- Religió: En què creiem? De què tenim por?, per Pep Burillo
- Moral: No more heroes anymore, per Sergi Viciana
¿En qué iba a consistir
mi charla? La verdad es que siete minutos no dan para mucho, la mayoría de los
temas eran muy genéricos y yo, de haber participado, habría aportado la nota
discordante, ya que me iba a centrar en el final de una de las distopías más
famosas de todos los tiempos para descubrir claves ocultas y lanzar la
siguiente pregunta: ¿realmente es un final terrorífico?
Dicho de otro modo: ¿seguro que 1984 no tiene un final feliz?
¿Cómo podemos estar
seguros de que Orwell no quería transmitirnos un mensaje positivo, y dejarnos
claro que no solo se puede derrocar al tirano (el Gran Hermano) sino que, de
hecho, este objetivo acaba consiguiéndose?
Más tarde desarrollaré
el asunto, porque, si somos lectores frikis de toda la vida, o nuestros
conocimientos sobre distopías se reducen a los grandes clásicos, implica negar
la esencia misma de las distopías: el triunfo
del Sistema.
Por motivos varios no
pude participar en aquel encuentro, con lo que se me quedó clavada la espinita.
Cuando la organización de la QuartumCon me propuso participar, no me lo pensé
dos veces y acepté de inmediato: me apetecía desarrollar aquel asunto, no
quería dejarlo en el tintero.
Pero me daba la
impresión de que apenas daba para un peka
kucha: una charla de siete minutos. ¿Cómo desarrollarlo hasta formar una
conferencia de tres cuartos de hora?
Tirando del hilo,
evidentemente.
Y ese hilo me lo
proporcionó mi profesión.
El trabajo de freelance en el sector editorial te
obliga a apuntarte a un bombardeo. Tienes que tocar absolutamente todos los
palos. En mi caso, eso se traduce en tres ámbitos de actividad: la corrección
de estilo y ortotipográfica de textos, la elaboración de informes de lectura y la
moderación de foros de Internet.
Moderación
de foros de Internet. Durante tres años tuve el placer de
moderar el Foro Fantasy de Círculo de
Lectores. En él hacíamos lecturas compartidas, que tenían mayor o menor
éxito. Por motivos de presupuesto no distinguíamos entre juvenil y adulto, y el
caso es que las lecturas juveniles tenían más predicamento entre los usuarios,
lo cual no resulta sorprendente. Eso me hizo prestar más atención a la
literatura juvenil de género fantástico. No es que no hubiera leído juvenil,
pero, como buen friki, me salté buena parte de las lecturas obligatorias de
juvenil porque era un adolescente comprometido con la causa cienciaficcionera.
En vez de leerme a Joan Manuel Gisbert o Maria Gripe, leía a Clifford D. Simak
o Stanislaw Lem. Y eso hizo que no descubriera la novela juvenil hasta bien
entrada la treintena. Cosa que no agradezco, porque llegué a ella cargado de
prejuicios, y sí agradezco, porque descubrí un mundo que, evidentemente, no
está dirigido solo a los lectores jóvenes sino que también busca el guiño a los
adultos que quieren saber qué leen sus hijos.
Informes
de lectura. Recuerdo haber hecho tres informes de
lectura para Círculo (que acabó adquiriéndolos) en los que se tocaba la
temática juvenil: El nombre del viento, de Patrick Rothfuss (que, aunque no sea
lo que se dice novela juvenil, sí que tiene elementos de esta), Los
ojos de un rey, de Catherine Banner (que, al ir de universos paralelos,
mezclaba fantasía épica con distopía, con un par. Os la resumo fácil: ¿cómo
viviría un súbdito de un reino en el que el Gran Hermano fuera Joffrey
Baratheon?) y Graceling, de Kristin
Kashore, que debí de haber leído en medio de un ataque de fiebre, porque yo
la recordaba como la primera parte de una trilogía de fantasía épica, pero en
casi todos los foros y listados de distopías de Goodreads y Amazon que he
consultado se menciona como distopía juvenil. Volveré a ello cuando hablemos de
la definición de distopía juvenil.
Corrección
de textos, por último. Ahora suelo trabajar directamente para
editoriales, pero cuando comencé estaban muy en boga las empresas de servicios
editoriales. Para ahorrar costes, las editoriales externalizaban determinadas
fases de la producción y se las derivaban a empresas que, a su vez, se
encargaban de distribuirlas a colaboradores externos. El objetivo, claro está,
era abaratar costes (aunque ahora se abaratan de otra manera: o bien saltándose
fases como la corrección de textos o bien haciéndolo todo en la editorial, por
lo que del outsourcing más agresivo
hemos pasado al in-house más agresivo
aún). Tenías que ver de todo, ser un todoterreno y trabajar con plazos y
originales manifiestamente mejorables (lo cual, por otro lado, era la base de
mi trabajo: mejorarlos de manera manifiesta).
Era (y es) casi
imposible dar con un texto bien traducido o escrito, que no diera mucha guerra,
que fuera de ficción, que te permitiera incluso seguir la trama y que, además,
te lo dieran con un plazo razonable para no ir con la lengua fuera.
Pues bien, me lo
dieron.
Era una novela (bien)
bastante bien traducida (¡bien!) y muy entretenida (¡¡bien!!). Además, era de
ciencia ficción poscatastrófica y con elementos distópicos (¡¡¡bien!!!). de
hecho, la autora me sonaba, aunque no había leído nada de ella.
Una tal Suzanne Collins.
La novela, ya lo
sabréis, era Los Juegos del Hambre.
Ya sabéis a quién
echarle las culpas de buena parte de los gazapos de la primera edición.
El caso es que cometí
uno de esos errores que no debes cometer cuando corriges: leer. La trama tenía
su qué, pese a que era una versión muuuy edulcorada de Battle Royale y La larga
marcha (o eso pensaba yo antes de que comenzara la parte dedicada a los
Juegos propiamente dichos) y la protagonista era manifiestamente asesinable (me
pasé cincuenta páginas deseando que la Comadreja dejara frita de una puñetera
vez a la pedorra de Katniss), y pese al final supuestamente feliz (que, intuía,
le preparaba el terreno a la segunda parte; por aquel entonces no sabía que se
trataba de una trilogía), que a mi entender (como buen friki formado en la
lectura de las distopías clásicas mainstream y de fandom) era incompatible con
lo que debe ser el final de una distopía. “Pues bueno, ya le darán pal pelo en
la segunda parte”, pensaba yo, con todos mis prejuicios de género literario.
Eso sí, muy
entretenida. De hecho, cuando la trilogía ya estaba completa, fue una lectura
compartida impepinable en el Foro Fantasy de Círculo de Lectores, lo cual me
permitió hacerme una idea del furor que despertaba entre los lectores, que por
aquel entonces, recordémoslo, acababan de salir de la fiebre Harry Potter y estaban inmersos de
lleno en la fiebre Crepúsculo.
Qué pena, pensaba yo,
ir a escribir una novela postapocalíptica con tintes distópicos cuando lo fácil
para hacer el best-seller definitivo
habría sido que la autora, guionista cinematográfica al fin y al cabo,
decidiese ser más pícara y escribiera una de jóvenes magos o una de vampiros
asaltacunas.
Y heme aquí un par de
años después. El cambio de ciclo, de la externalización a la relación directa
con el editor, está comenzando a ser inevitable, y me surge la oportunidad de
trabajar directamente para una editorial (mejor para mí: las tarifas son más
elevadas). Una editorial que publica juvenil. Y, en cosa de tres meses, me caen
dos novelas que ¡oh, sorpresa! son sendas distopías juveniles.
La puntuación,
de Lauren McLaughlin, era una novela
interesante. La acción transcurre en un pueblo de Nueva Inglaterra venido a
menos por la crisis del sector pesquero y en el que el sistema educativo es
fuertemente clasista. El Gran Hermano de turno es Score Corp, una
megacorporación que registra todas las actividades de los alumnos de instituto
gracias a los ojos, unas cámaras que transmiten los datos necesarios para “puntuar”
a los alumnos de instituto. Ni que decir tiene que, si no tienes dinero, la
puntuación es imprescindible para poder acceder a la universidad deseada y, más
allá, poder escapar de un pueblo cuya economía está prácticamente muerta. Es la
única manera de prosperar. Imani es una alumna modélica, que tiene una
puntuación de más de noventa, pero anda con malas compañías y desciende a las
simas de la mediocridad. La historia es tremenda, la novela no hace
concesiones, es autoconclusiva, toda todos los temas transversales que se le suele
exigir a una novela juvenil con componente didáctico (la amistad, la
colaboración, el inconformismo con el orden establecido y eso que se llama la
proactividad) y, en resumen, es una obra bastante meritoria que merece la pena
leer y que, por supuesto, ha pasado sin pena ni gloria. (De hecho, no aparece
en listados de Goodreads ni de Amazon sobre distopías juveniles.) La idea del
sistema de puntuación parecía un poco tremendista cuando la corregí, hace justo
dos años, pero ahora, con la Ley Wert, a lo mejor hasta se ha quedado corta.
Cualquiera sabe.
El caso es que La puntuación me sorprendió de manera
positiva y me hizo ser consciente de que Los
Juegos del Hambre estaba creando escuela. Todavía no se había estrenado la
película, pero daba la impresión de que las distopías juveniles comenzaban a
proliferar. Y algunas de ellas, bastante meritorias…
… aunque otras, no
tanto. La caza, de Andrew
Fukuda, me tocó las narices desde el principio. Al cabo de diez páginas ya
estás deseando que el insufrible protagonista reciba la peor de las muertes
posibles, pero es que veinte páginas después lo que deseas es que se muera el
autor. Como veremos al hablar de la definición de distopía juvenil,
prácticamente no hay ninguna novela con elementos puros de un subgénero. Los Juegos del Hambre ¿es más distópica
que postapocalíptica? Delirium, de
Lauren Oliver, ¿es más romántica que distópica? Es difícil encontrar novelas
cuyos componentes sean exactamente el cincuenta por ciento de un subgénero y el
cincuenta por ciento de otro. Y La caza
lo es. Si fuera una buena novela, esto estaría bien, pero como es mala de
narices, no lo está en absoluto. Gene es un chaval que vive rodeado de vampiros
en un futuro más o menos poscatastrófico. Se camufla entre ellos, y eso quiere
decir que actúa como ellos… y se las arregla a la perfección para que no se le
noten pequeños detallitos sin importancia, como la emisión de olores corporales,
los colmillos, la velocidad o el régimen de sueño. Ha aprendido a confundirse
entre ellos gracias a su padre, que desapareció hace tiempo y lo dejó
completamente tirado, expuesto a que el día menos pensado lo trinquen y se lo
coman o, peor aún, los manden a una mezcla de granjas y cárceles, donde los
espera un reality-show que mantiene
alta la moral de la comunidad vampira: dejan suelto a un grupo de humanos, y
los vampirotes y vampirotas más fornidos del instituto se encargan de
cepillárselos. Parafraseando a Whitley Strieber y Tony Scott, podríamos decir
que el título de esta novela debería haber sido Los Juegos del Ansia (aunque en inglés quedaría igual: The Hunger Games).
¿Por qué digo que
Fukuda tiene más cara que espalda? Pues porque se nota a la legua que llegó a
la siguiente conclusión: “Si Los Juegos
del Hambre lo ha petado y Soy leyenda
lo ha petado ¡voy a escribir qué pasaría si metiéramos al protagonista de Soy leyenda en unos Juegos del Hambre!
¡No puede fallar!”. Pues el caso es que sí, que falla… al menos en la primera
parte. La segunda novela, que corregí un par de años después, se titula La presa, y mira tú por dónde, es mucho
más interesante porque es una utopía pura y dura de esas en las que resulta que
no todo es tan bonito como lo pintan, y el final abierto nos hace esperar la
tercera novela. Que, por cierto, creo que ni se ha contratado en España, vistas
las pésimas ventas de las dos anteriores.
Después llegó el éxito
masivo de la película Los Juegos del
Hambre, el boom de las distopías
juveniles e incluso las parodias cinematográficas. Este año se ha estrenado Muertos de hambre (Starvation Games), y
en enero se estrenará The Hungover Games,
que podríamos traducir como Los Juegos
del Resacón y, como ya habréis adivinado, es promete ser una nada sutil
mezcla de Los Juegos del Hambre y Resacón en Las Vegas. Así pues, la
distopía juvenil ya forma parte de la cultura pop y del canon cultural del
siglo xxi, como en su momento lo
hicieron series franquicia emblemáticas como Harry Potter, Crepúsculo, Canción
de Hielo y Fuego o Cincuenta sombras. Podría decirse que yo caí enamorado de la
distopía juvenil, por parafrasear a Radio Futura.
A todo esto, me
resultaba la mar de curioso que este género, subgénero, moda o tendencia (lo
que sea, y ya hablaremos de ello) no hubiera dado a imprenta ninguna obra de
autor español. Yo me preguntaba cuánto tardarían César Mallorquí, Elia Barceló,
Laura Gallego, Juan Miguel Aguilera, Rafael Marín, León Arsenal o incluso
Emilio Bueso (con los mínimos cambios, Cenital
podría colar como distopía juvenil; me gustaría saber la opinión de Bueso o de
José Ramón Vázquez, si están en la sala) en alumbrar una auténtica distopía
juvenil española que ayudase a normalizar la imagen de este subgénero entre los
lectores frikis más añejos y apegados a las colecciones especializadas; entre
los aquí presentes, vamos.
La respuesta no tardó
en llegarme. Se titulaba Enlazados y venía firmada por Carlos García Miranda. Como tengo la
pésima costumbre de buscar en Google a los autores a los que corrijo, descubrí
que García Miranda es el guionista de Los
protegidos y El internado.
Mi primera reacción fue
cagarme en lo que no está escrito. ¡Hemos permitido que se nos adelante un
guionista de televisión! ¿Por qué se han perdido esta oportunidad los autores
frikis que publican en colecciones especializadas?
Después comencé a verle
la lógica al asunto. Suzanne Collins también viene del mundo del guion
cinematográfico. Nuestra sociedad es cada vez más audiovisual, y la novela está
concebida como un guion de teleserie o película, que no me cabe duda de que
acabará haciéndose… y entonces, sí, conseguiremos que otros autores españoles
se animen a escribir distopías juveniles. La novela es perfeccionable, pero
puede servir de banderín de enganche.
Y por último me planteé
cuánto ha cambiado el género juvenil en los últimos años: sexo explícito,
violencia explícita, personajes claramente amorales, nula preocupación por los
temas transversales habituales en la novela juvenil, enfoque claramente
orientado a convertirse en un best-seller…
Esta no era la novela
juvenil que yo estaba acostumbrado a leer.
Esta no era la distopía
que no estaba acostumbrado a leer.
A lo mejor el problema
no es la novela en sí, sino yo.
A lo mejor esta es la
tendencia.
A lo mejor los géneros
han cambiado.
A lo mejor ha llegado
el momento de comenzar a hacer algunas reflexiones sobre las distopías juveniles
y cómo encajan en el mercado juvenil, por un lado, y en el género fantástico,
por otro.
Soy consciente de que
no me he leído todas las distopías juveniles necesarias como para hablar con
conocimiento de causa. Veo el fenómeno desde un punto de vista externo y
supongo que distanciado. Seguro que me pierdo claves. No obstante, creo que
puede merecer la pena reflexionar al respecto. Y una hispacón es el marco más
adecuado para ello, ya que al fin y al cabo el fenómeno de las distopías
juveniles es un desafío a ese orden establecido que es la ciencia ficción
publicada por colecciones especializadas.
LAS INEVITABLES
CONCLUSIONES A MITAD DE CONFERENCIA
Estas conclusiones son
más bien el punto de partida para un posible debate, no solo en el turno de preguntas
y respuestas, sino más adelante, en otros medios. Creo que el éxito masivo de Los Juegos del Hambre, y el hecho de que
haya creado escuela, hasta el punto de que ahora mismo hay unas cincuenta
distopías juveniles en catálogo, nos puede inducir a los frikis de toda la vida
a efectuar unas cuantas reflexiones:
1. La
literatura infantil y juvenil (LIJ) ha demostrado tener una mayor amplitud de
miras que la ciencia ficción del fandom. El caso de Enlazados es muy sintomático: ha tenido que ser un guionista de
televisión el primero que se dé cuenta del potencial comercial de las distopías
juveniles, cuando a estas alturas deberíamos tener unas cuantas en el mercado,
muchas de ellas de autores “de los nuestros”. (Nota:
José Antonio Cotrina y Gabriella Campbell han anunciado que en marzo de 2014
aparecerá El fin de los sueños, que
viene a ser el tipo de distopía juvenil escrita por autores provenientes del
fandom por cuya publicación clamaba en la conferencia. Sí, sabía de esta novela
antes de prepararme la conferencia. No no podía hablar de ella mientras no se
anunciase su futura publicación.)
2.
Los aficionados al fandom literario que
consume literatura fantástica adulta en colecciones especializadas nos estamos
perdiendo algo. No tenemos en cuenta que la literatura (y sobre todo la ciencia
ficción) está mutando hacia un modelo más basado en lo audiovisual que en lo
literario. Tampoco tenemos en cuenta que este cambio de orientación ha
producido que se amplíe la base de los lectores de género. Lo que antes eran
lectores de Dragonlance, ahora son lectores de distopía juvenil. Y ese nuevo
público tiene nuevos gustos. Un ejemplo indicativo es el que comenta Alfredo
Álamo: cuando preguntaron a un grupo bastante amplio de lectores adolescentes
qué querían leer, un niño de doce años contestó: “¡Distopias!”. Así, sin tilde.
3.
Ante la falta de novedades de ciencia
ficción política en general y distópica en particular, da la impresión de que
la distopía juvenil se ha convertido en el refugio de la ciencia ficción
política; ante un público, además, muy predispuesto a identificarse con los
personajes inconformistas con el sistema que suelen protagonizar las distopías.
4.
Nos obliga a replantearnos las distopías
clásicas y las distopías adultas. Esta distinción es mía. Por distopías
clásicas entiendo las de Zamiatin, Huxley, Capek y Orwell, y por distopías
adultas, las que aparecieron, sobre todo en colecciones especializadas, después
de Orwell; es decir, desde Mercaderes del
espacio, Limbo y Fahrenheit 451 hasta El cuento de la criada, Futureland y China Montaña Zhang. ¿Son un subgénero aparte las distopías
juveniles? De serlo, ¿pueden ser la salvación de la ciencia ficción política,
ya que vuelve a publicarse mucha y muy accesible, o su muerte, ya que implica
la mercantilización definitiva (y, por tanto, la domesticación y conversión en
un mero producto de consumo)? Los Juegos del Hambre, para bien y para mal, ha cambiado
el eje de la literatura popular, como en su momento lo hicieron El Señor de los Anillos, Juego de tronos, Harry Potter, Crepúsculo
o Cincuenta sombras.
Pero
claro, para saber lo que es la distopía juvenil, tal vez primero haya que saber
qué es la distopía, en general. Después desarrollaremos estos cuatro puntos.
Nos
centraremos en algunas preguntas básicas. ¿Por qué no hay apenas distopías
adultas pero hay un boom de las
distopías juveniles? ¿Se debe solo al tirón de Los Juegos del Hambre, o hay causas más profundas detrás de ello?
¿Es una moda, es una tendencia o es una necesidad? (15M)
QUÉ ES UNA DISTOPÍA
En el fondo, una
distopía no se diferencia demasiado de la disyuntiva que planteó George Bush
después del 11-S: ¿Queremos mayor seguridad contra los agresores externos e
internos que están socavando nuestro país? Pues, por favor, cedednos
gustosamente parte de vuestra libertad (o toda), y solo así seremos un país
unido y feliz. A mayor seguridad, menor libertad. Pero de común acuerdo con los
ciudadanos, que encima estarán contentos porque saben que dejan su libertad en
buenas manos.
Es una aproximación un
tanto burda, pero podría valernos para establecer un primer contacto. Toda
distopía que se precie debe tener los siguientes elementos:
Violencia.
Esta violencia tiene tres facetas:
1.
Institucional.
Desde Juez Dredd hasta 1984.
2.
Mediática.
A) Los medios de comunicación lo dominan todo. En la distopía juvenil se nos
ofrece una perspectiva más audiovisual, pero en las distopías clásicas esto
equivale a hablar de manipulación mediática. La revolución sí será televisada
(V de Vendetta). B) Deportes sangrientos. C) Quienes llevan todas las de perder
son los jóvenes. La juventud alienada se vuelve violenta. Los jóvenes buscan su
identidad, frente a la opresión que sufren. Esto lleva al enfrentamiento, que
suele ser violento, cuando ya no basta con la objeción de conciencia. Mueres
joven, como en La fuga de Logan. En
el caso de la distopía juvenil, además, el lector se identifica con los
protagonistas jóvenes, con lo cual vemos una exaltación de la juventud, y en
concreto: a) del héroe violento (Enlazados)
y del héroe sacrificado (Los Juegos del
Hambre es una reelaboración del mito de Teseo).
3.
Social.
Se manifiesta en una sociedad muy jerarquizada y sometida a valores morales
represores en los planos familiar, religioso y sexual. Vivimos en una sociedad
de castas.
Control
social.
1.
Política. Engendra opresión à
resistencia à
rebelión à
revolución. No deja de ser una variante de aquella canción de Kortatu:
sabotaje, rebelión, desobediencia, agitación. De ahí la actitud punk.
2.
Económica. El individuo hace lo que
puede frente a dos amenazas aparentemente contradictorias pero presentes en
igual medida: la planificación estatal y las corporaciones privadas.
Negación
de la individualidad. Puedes llegar a no tener ni nombre
propio (Nosotros), muestra suprema de la despersonalización. En la literatura
juvenil esto es muy importante, ya que habla precisamente de la formación de la
personalidad adulta.
HISTORIA DE LAS
DISTOPÍAS
Como decía, la súbita
consciencia de que 1984 podría tener
un “final feliz” me cambió los esquemas, porque atenta contra el principio
básico de las distopías: la anulación final del individuo, protagonista
disconforme con el estado de cosas. Desde D-503
de Nosotros hasta Winston Smith de 1984,
pasando por el Salvaje de Un mundo feliz (las
tres clásicas), el Estado opresor le quita la dignidad, la vida e incluso la
novia a los protagonistas. No hay finales felices. Como mucho, finales
ambiguos, amargos o elípticos. No existe esperanza. Se nos transmite un mensaje
de conformismo: no tenemos nada que hacer, ELLOS llevan las de ganar, en todo
caso.
Estas tres novelas
fundacionales comparten un elemento que, a efectos de esta conferencia, nos
resulta interesante destacar: no fueron escritas desde el fandom. Ni Zamiatin
ni Orwell ni Huxley publicaban en colecciones especializadas. No es que
abordaran la ciencia ficción “desde fuera”: es que ni siquiera eran conscientes
de que estuvieran escribiendo ciencia ficción.
(Inciso. Eso sí, no
dejo de tener la sensación de que formaban una especie de fandom trotskista en ciernes, aunque dicho así parece que estoy
apuntando el guion de una novela steampunk.
Veamos: T. H. Huxley, discípulo de Darwin y abuelo de Aldous, le dio clases universitarias
a H. G. Wells, quien a su vez era profesor cuando Aldous Huxley estudiaba en la
Universidad de Londres. Huxley, a su vez, le dio clases a George Orwell, que se
hizo trotskista, como Bernard Wolfe, el autor de Limbo, que a su vez era guardaespaldas de Leon Trotski. ¿No es
demasiada casualidad? Insisto: formaban un fandom cientifista y trotskista. Y,
por favor, ni se os ocurra tocarme la idea, que ya estoy trabajando en
desarrollarla.)
La irrupción de los
escritores profesionales de ciencia ficción en la temática distópica produce
dos efectos que también son interesantes a efectos de esta conferencia:
1.
La
doctrina da paso a la narración. El mensaje sigue
siendo igual de negativo (el Gran Hermano nos mangonea), pero se busca al
lector especializado y se amoldan las distopías a las convenciones del género. Baste con leer Mercaderes del espacio,
de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, que es tan buena y tan pesimista como
las tres distopías clásicas, pero no cabe duda de que se trata de una novela entretenidísima de leer, que se
disfruta como un libro de aventuras… y que, sin embargo, nos da una patada al
estómago, ya que nos plantea un futuro distópico negro, muy negro. Al igual que
hacía Huxley en Un mundo feliz, Pohl
y Kornbluth nos plantean una distopía que, para los sufridos súbditos, apenas
implica sufrimiento: es una utopía.
Ray Bradbury
se planteó Fahrenheit 451 sin tanto sentido del espectáculo, pero lo
cierto es que escribe una novela tan poética y fácil de leer como toda su obra, sin renunciar al estilo (ya
sabéis: la vieja lucha entre fondo y forma). Escribe rematadamente bien, pero
también transmite un mensaje y se dirige al lector especializado. En mayor o
menor medida, este es el modelo que siguen otras distopías “literarias”
aparecidas en colecciones especializadas.
La
Nueva Ola añade un elemento nuevo:
la experimentación literaria y las
fuentes literarias mainstream.
John Brunner, Thomas M. Disch o Harry Harrison escriben distopías en
colecciones de género, pero con un lenguaje que está más cerca del mainstream literario estadounidense y
europeo que del común de los escritores de género. Tal vez eso haga que Todos
sobre Zanzíbar, 334 y ¡Hagan
sitio! ¡Hagan sitio! no sean lecturas fáciles.
Margaret Atwood
(en El
cuento de la criada) vuelve a sacar las distopías del terreno de las
colecciones especializadas y las acerca de nuevo al mainstream. Siguen siendo un género, o mejor dicho un subgénero,
pero no aparecen en colecciones especializadas. Y tenemos una novedad, que tal
vez solo hubiéramos visto en 334: el
punto de vista femenino.
Da
la impresión de que la caída del Muro de Berlín y el final de la guerra fría
(no se me ocurre otra explicación, y en todo caso esto sería material para otra
conferencia) cambian la percepción de las distopías (y, en general, de la
ciencia ficción política). Uno de los dos bloques antagónicos ha dejado de
existir (al parecer, estábamos tan preocupados con las tensiones Este-Oeste que
no reparamos en las tensiones Norte-Sur), lo que en teoría redunda en el
(risas, visto en perspectiva) “triunfo de la democracia” o, parafraseando a
Leni Riefenstahl, el “triunfo de la voluntad”. Los buenos han vencido. Las distopías no eran para tanto. ¿Para qué
seguir escribiéndolas? La ciencia ficción especializada se olvida de la
política, justo en un momento en el que parece que el futuro contra el que
alertaba se está convirtiendo en realidad. Nos
hemos rendido justo cuando más falta hacíamos. No vemos venir que el auténtico
Gran Hermano es mucho más sutil e inteligente que el de Orwell, y que en vez de
recurrir a la fuerza bruta se vale de una herramienta infalible, de un placebo
que hace que le demos la razón a Huxley: los medios de comunicación. La sociedad de consumo es el paraíso artificial,
el soma, el pan y circo que nos atonta mientras los gobiernos nos hacen creer
que estamos mejor que nunca y que podemos consumir, consumir y consumir, porque
el crecimiento no tiene fin. Hasta tienen la desfachatez de reírse de Orwell y
llamar Gran Hermano al programa que cambia definitivamente el mundo: a
partir de ahora, la nueva utopía convertida en realidad tiene unos súbditos que
solo quieren ser famosos, no mejores personas. El Sistema ha ganado. Los medios
son cada vez más brutales, de una manera cada vez más sutil. Algunas novelas,
discos y películas (ya no hablamos solo de narrativa como fuente primaria, sino
también de audiovisual) nos habían advertido del rumbo que podían tomar los
acontecimientos si la sociedad de consumo y el espectáculo se convertían en
soma adictivo que hiciera invulnerable al Gran Hermano. La larga marcha y El
fugitivo, ambas escritas por Stephen
King bajo el seudónimo de Richard Bachman, ya nos avisaban allá por 1985,
en lo peor de la paranoia reaganiana, de los riesgos de convertir la violencia
en espectáculo. Bachman no se inventaba nada que no estuviera presente en
películas como Rollerball (Norman
Jewison, 1975). La violencia, además, se lleva a tales límites del absurdo que
pierde su crudeza y pasa a ser casi humor, siempre espectáculo. Así, tenemos
cómics como Juez Dredd (John Wagner y Carlos Ezquerra, 1977, llevada al
cine por Danny Cannon en 1995) o películas como Robocop (Paul Verhoeven,
1987), que no dejan de ser distopías, a la par que sátiras de la violencia
institucional. Por formatos que no quede: también hay distopías en formato de
disco de larga duración, como Operation: Mindcrime, de Queensrÿche (1989).
Este
caldo de cultivo nos lleva al segundo elemento: el papel de la juventud. Los jóvenes habían sido un
tanto marginados por la distopía publicada en colecciones de ciencia ficción
especializadas, salvo El Juego de Ender, Orson Scott Card,
1985, y ya llegaremos a ese punto. No obstante, ya eran el leitmotiv de una de las
distopías cinematográficas emblemáticas: La fuga de Logan (Michael Anderson,
1976), basada a su vez en la novela de William
F. Nolan y George Clayton Johnson (1967). Hay que morir jóvenes y dejar
hermosos cadáveres (lo de vivir deprisa, teniendo en cuenta lo coñazo que
parece la Ciudad de las Cúpulas, pues va a ser que no).
Estamos
apelando cada vez más al público juvenil, que es el principal objetivo de la
nueva sociedad de consumo alienante. Es un público cada vez más acrítico, menos
literario y más audiovisual, lo cual no quiere decir que no lea: la literatura
juvenil experimenta un auge y, de hecho, es uno de los nichos de mercado más
boyantes. Al igual que sucede en el cine, la música o los videojuegos, la
juventud pasa a ser un objetivo prioritario del marketing, un inmenso
consumidor. Es, además, un público agradecido para los Grandes Hermanos, fácil
de manipular (creemos), muy consumidor y con un alucinante potencial para
tolerar la violencia. Lo que William
Golding entrevió en El Señor de las Moscas (1954) se
reviste de reality-show con
adolescentes violentos y un marco distópico, y nos da como resultado una novela
y una película que dan un salto adelante en la temática distópica: Battle
Royale. La novela, de 1999 (Koushun Takami); el manga y la película, de
2000 (Takeshi Kitano), el año del estreno del Gran Hermano televisivo. La misma
distopía se puede adquirir en diferentes formatos, para llegar a más gente (y
producir deliciosas paradojas: las advertencias contra la alienación y el
control a través de los fenómenos de masas se convierten en fenómenos de
masas).
Battle Royale
nos habla de un doble fenómeno: la distopía deja atrás la disyuntiva mainstream-colección especializada de
ciencia ficción, y ya es marcadamente juvenil,
marcadamente audiovisual,
marcadamente fenómeno de masas y
marcadamente ajena al ámbito anglosajón.
En
efecto, el público blanco, varón y anglosajón y protestante ya no es el
principal destinatario de las distopías. Futureland
(Walter Mosley), China Montaña Zhang
(Maureen F. McHugh), Años de prosperidad
(Chan Koonchung) y, por supuesto, las distopías juveniles protagonizadas, en su
mayor parte, por chicas. Todo esto rompe el paradigma habitual de la distopía.
2.
Le dejan el paso a lo audiovisual. Ya no son escritores de
toda la vida, sino guionistas. Ya no se piensa en los resultados literarios,
sino en la película, la serie, el cómic, el manga o el videojuego. Y es
igualmente lícito.
ASÍ PUES, ¿QUÉ ES UNA DISTOPÍA JUVENIL?
Temas de debate:
1.
¿Hay géneros puros? ¿Se trata de un
género puro? Hay discusiones interminables al respecto en Goodreads o Amazon,
que no dejan de ser un sopapo a los motores de búsqueda. Se considera distopía
juvenil cosas tan dispares como:
The Host, de Stephenie Meyer (invasiones extraterrestres)
El
corredor del laberinto, de James Dashner (postapocalíptica)
La
caza,
de Andrew Fukuda (vampiros)
The Forest of Hands and Teeth, de Carrie Ryan (zombis)
Delirium,
de Lauren Oliver (romántica)
Incluso
se cuentan como tales Blade Runner y El Señor de las Moscas.
Es
una discusión conceptual llena de malentendidos, lo cual da una buena idea de
que, ahora mismo, toda la ciencia ficción se considera distopía por defecto.
Gracias al boom de Los Juegos del Hambre.
2.
Fuentes. Literarias, cine, cómic, otras distopías
Distopías
adultas à
las distopías clásicas
Distopías
juveniles:
Algunas
distopías clásicas y adultas: 1984 (control
social), Fahrenheit 451 (control
cultural). ¿Por qué no Limbo, que
realmente es una especie de Juegos del
Hambre pero avant-la-lettre? En mi
opinión, porque habla de personas amputadas, mientras que la distopía juvenil
exalta a los chicos atléticos y guapos.
Novela
juvenil clásica pero un tanto chunga: El
Señor de las Moscas, El juego de
Ender.
Deporte
sangriento: Rollerball.
Violencia
y espectáculo: las novelas de Richard Bachman, Battle Royale.
Jóvenes
a la fuga: La fuga de Logan, La isla.
La
antigüedad: Teseo y las películas de gladiadores, tanto como los realities (El rey debe morir, de Mary Renault).
(Estamos
citando películas y novelas, si os fijáis.)
3.
Elementos de la novela juvenil.
Fijos:
Identificación
Romántico
Acción
Mensaje
Valores
igualitarios de género (chicas protagonistas)
Aunque:
Lenguaje
duro
Sexo
explícito
Violencia
explícita
4.
La edad: por lo general, de 16 años o
más, con excepciones (Lior de Núria
Pradas es infantil). Es el “casi adulto” para que lo lean adultos.
5.
Diferencias reales:
Punto de vista:
Juvenil
Femenino
No suelen ser autoconclusivas (excepto La puntuación)
Final feliz
EL FINAL FELIZ DE LAS DISTOPÍAS
Las distopías juveniles
suelen tener final feliz, aunque no te cuentan lo que pasa después.
Al ser trilogías,
suelen tener el siguiente esquema:
Primera
parte: distopía dura. Cliffhanger
final planteando conflicto político más amplio.
Segunda
parte: se plantea el conflicto interno del protagonista, y vemos las pocas
diferencias que hay entre utopía y distopía.
Tercera
parte: triunfo final, amargo, que sirve para hacerse adulto. El Emperador de
Todas las Cosas al que se refieren Harlan Ellison y Joseph Campbell (Arturo,
Luke Skywalker, Frodo, Ender).
Esto las diferencia de:
Distopías clásicas y adultas.
Distopías cinematográficas.
Pero ¿podría tener una
distopía adulta un final feliz? En el peka
kucha de la biblioteca Sagrada Família iba a hablar de cómo 1984 tenía final feliz: el epílogo sobre
la neolengua transmite valores de esperanza. Contexto: segunda guerra mundial
(fascismo será derrotado, y tal vez estalinismo), peligro comunista, Gran
Hermano.
¿Significa esto que 1984 es una distopía juvenil? No, pero
es la que sirve de modelo a la mayoría (más que Un mundo feliz), por el maniqueísmo.
¿Cómo convertir 1984 en una distopía juvenil? En
realidad, no sería muy difícil. Bastaría con mantener los mismos personajes y
situaciones, aunque con algunos pequeños cambios. ¿No me creéis? Mirad.
Escenario: el mismo. No
habría que cambiarlo.
Winston y Julia son menores de dieciocho
años y sexualmente activos. Julia es una compañera de instituto de Winston,
quien, a su vez, es becario en el periódico del instituto y se va dando cuenta
de manera gradual de que está manipulando información para hacer desaparecer
noticias que él incluso ha vivido.
Se pasan un par de novelas
huyendo, pero antes tienen que hacer frente a los interrogatorios del O’Brien,
que es el director del instituto. Le hace creer a Winston que han vaporizado a
Julia, pero es solo una maniobra para que confiese.
Bronstein lleva a cabo la
revolución y se carga al Gran Hermano.
Pero Bronstein no era tan bueno:
ha manipulado a Winston y Julia para que estos sirvan de cebo al Gran Hermano,
mientras que él socavaba el gobierno de Oceanía.
Bronstein exporta la revolución
a todo el mundo.
Componente sentimental: ¡resulta
que Winston era el hijo del Gran Hermano! ¡Es El Elegido! Tiene por delante la
tarea de recomponer Oceanía después de que Bronstein la haya dejado hecha unos
zorros.
Winston y Julia crean un mundo
feliz y, a continuación, se casan, tienen hijos y se van al campo. Ya son
adultos, han completado el rito de iniciación a la vida adulta y, de paso, han
cambiado el mundo. Final feliz.
Hay novelas que inducen
a la confusión, como Little Brother,
de Cory Doctorow, que es una distopía juvenil pero en realidad va de hackers
que trabajan en California.
¿Es El Juego de Ender una distopía juvenil?
Sobre el papel es una novela bélica de invasiones extraterrestres, pero nunca
sabemos el trasfondo: podemos estar en una novela de invasiones
extraterrestres, pero no nos hablan de la sociedad que hay detrás, y que puede
ser una distopía.
CONCLUSIONES
¿Es la distopía juvenil
un género aparte?
NO. No tiene elementos
que lo definan como un género literario per se, pero es una variante de muchos
otros.
1.
Es una etiqueta para vender: acción,
distopía, ciencia ficción en general, rebelión. Sería, pues, una moda (punto de vista cínico).
2.
Pero también es una renovación del lenguaje narrativo dentro de las
distopías. Y no tiene el centro en el fandom. Revoluciona, con respecto a CF
clásica, en estos aspectos:
Audiovisual (no literario).
Punto de vista (juvenil, femenino).
Mezcla de géneros.
3.
Es una tendencia: lo que mola (Los
Juegos del Hambre, Divergente).
Es lo que se lee y se escribe ahora
mismo por defecto.
Cajón de sastre: se utiliza para definir
cosas que no son distopía juvenil.
4.
Es una necesidad: es el futuro, mientras:
Dure el tirón mediático.
Haya motivos de rebelión e inconformismo juveniles.
Las distopías van a más
en tiempo de crisis, porque son la literatura del inconformismo. (Apuntaba José Ramón Vázquez, en una intervención desde el
público, que los jóvenes, y ahí incluye a los veinteañeros, pues la novela
juvenil se ha ampliado hasta esa franja de edad, perciben las distopías como la
nueva literatura cotidiana: el mundo de alguien de quince a treinta años es el
de las distopías juveniles, ni más ni menos: gobierno que no les hace ni caso o
los coarta, nulas expectativas de encontrar trabajo, pobreza casi segura y
ganas e incluso necesidad de rebelarse. La vida de una cani de Vallecas es,
ahora mismo, una auténtica distopía.)
Durarán mucho tiempo,
como un lenguaje narrativo establecido, porque:
Hacen pensar, pese al mensaje facilón (rebelión
comercializada, encauzada).
Por eso:
El fandom, desmovilizado, despolitizado y desencantado,
no escribe distopías juveniles. (Otro apunte de José
Ramón Vázquez: el fandomita medio es un señor de cuarenta años o más, para
quien la crisis, aunque lo haya afectado, no reviste el carácter de
cotidianeidad que tiene para un menor de treinta años. Puedes irte al paro,
pero tienes hipoteca o hijos, y no podrás rebelarte contra un sistema del que
formas parte, aunque seas su eslabón más débil. No hay más interés por las
distopías que el puramente literario, mientras que para un joven o un
veinteañero es casi una necesidad, además de un retrato realista.)
Son los autores de juvenil y de audiovisual quienes han
rellenado ese hueco:
Por oportunismo: el inconformismo vende.
Los
Juegos del Hambre venden y son fáciles de etiquetar.
CONCLUSIÓN
Quiero seguir leyendo
distopías juveniles:
Realmente pueden
cuajar.
Transmiten un mensaje
positivo: se puede vencer al Gran Hermano.
Ejemplos:
Epílogo
de 1984.
Final
de Radio Libre Albemut, de Philip K.
Dick, nos habla de cómo los menores van a recoger el testigo de la rebelión que
no hicimos los adultos, o que hicimos y salió mal:
Los
niños no dejaban de contemplarnos. A los dos presos políticos, viejos para
ellos, rendidos, sucios y derrotados, que ahora comían en silencio.
El
transistor siguió sonando. Más estrepitosamente todavía. Y, en el viento, oí
que otros empezaban a sonar en todas partes.
En
manos de los niños, pensé. De los niños.
Etiquetas: autobombo, ciencia ficción, ciencia ficción española, conferencias, distopías


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