lunes, 5 de julio de 2010

24 + 47 (¿+ 37?) = un pastón


Ahí, ahí, donde pone 'primer premolar'. Es la pieza número 24. ¿La veis? Un modesto premolar, también llamado bicúspide, que se parapeta tras mi canino casi vampírico. Como buen diente de la familia de los molares (o casi, de ahí el 'pre-'), sirve para desgarrar, masticar, y triturar, pero, como buen compañero del canino, también ayuda en ocasiones a cortar, en una buena muestra de lo que se denomina 'función de grupo'. Es decir, nos hallamos ante una pieza altamente proactiva, abnegada, que rehúye el estilizado protagonismo de los caninos y la efectiva brutalidad de los molares, pero que vale tanto para un roto como para un descosido; en resumen, la humilde pieza 24, también llamada 'primer premolar superior izquierdo', es ese amigo a quien, si fuera una persona, le confiarías las llaves de tu piso para que te regara las plantitas en verano, y, si fuera tu compañero de trabajo, le cargarías de marrones sin que dijera ni pío.
Pero es un diente. Un diente chungo, en mi caso, y no queráis ni imaginar cómo me ha dado por saco en los últimos años.
Todo comenzó hace unos doce o trece años. Se me ocurrió ir al cine a ver Carretera perdida, de David Lynch, en una sesión de once menos cuarto en alguno de los buenos cines de la calle Martín de los Heros (los Alphaville o los Renoir, ya no lo recuerdo) y, mientras se sucedían las tribulaciones de Bill Pullman y Patricia Arquette por el mundo de los..., bueno, nada, iba a hacer un espóiler..., pues eso, que me vino un dolor de dientes que me anuló por completo cualquier otra consideración. No puedo decir que me enterara mucho de Carretera perdida, pero, desde luego, si en algún momento llegué a tener alguna opción de comprender siquiera una ínfima parte de su ¿sentido?, aquel dolor de dientes la desterró por completo. Fue de tal calibre que, en aquellas circunstancias, no habría entendido ni un episodio de Pocoyó.
Acudí a la consulta de mi dentista de toda la vida, quien me hizo un apañito que me duró un par de años o así. Pero el apaño tampoco sirvió de gran cosa.
Yo estaba en el segundo o tercer ciclo de la quimioterapia de mi linfoma de Hodgkin, del que ya he hablado en este blog. Había alcanzado la fase en la que lo pillas todo, y las mayores gilipolleces te dan problemas que jamás te habrías imaginado. La pieza de marras se me infectó y, en vez de tener una gingivitis del copón y solucionarla a base de enjuagues bucales con colutorios, me produjo una inflamación en la cara. Cuando digo inflamación, quiero decir inflamación: parecía el Hombre Elefante. Mi madre sospechó que algo no iba bien, de modo que me mandó al hospital militar, donde me estaban dando la quimio. Me acompañó mi padre, quien, como buen antiguo profesor de la mayoría de los médicos que ejercían por aquel entonces en el hospital, no tardó en sortear a las enfermeras y me coló en la consulta de un sádico a cuyo lado el inefable doctor Nick Riviera sería un ejemplo de buena praxis. ¿Os reíais cuando veíais pelis de cine mudo en las que el matasanos esgrimía unas enormes tenazas, se dirigía al paciente dispuesto a arrancar la pieza de cuajo, entre gran estruendo de la música de acompañamiento, y el paciente salía de la consulta a toda prisa, en cámara rápida? Pues eso, ni más ni menos, fue lo que ocurrió, pero sin música de acompañamiento. Así que nada, nueva visita a mi dentista de toda la vida, empaste y a vivir.
Hasta el mes pasado.
Estas cosas van como van. Un día notas una arenilla en la boca, otro día crees que has mordido una piedra, otro día te sacas una cosa metálica de la bola, camuflada entre una miguita de pan, y entonces vas al espejo, te miras, atas cabos y te cagas en todo.
Se te ha caído un empaste.
Y tienes un nervio al aire.
Y está empezando a dolerte del copón, e incluso da muestras de haberse infectado.
Y tienes que tomar una decisión, porque al día siguiente te vas cuatro días a Madrid y, como lo dejes para después, seguro que la has liado parda y acabarás echando de menos esos días.
Así que nada, a la consulta del dentista. En concreto, a la misma franquicia donde hace cuatro años me dejé tres mil y pico euros para que me hicieran dos implantes en mis molares inferiores. Ya hablé largo y tendido de aquella experiencia, y os remito a las entradas alusivas.
Reconozco que aquellos implantes me hicieron gracia, porque mi cirujano implantólogo era un crack y me hacía vivir con la ilusión del buen espectáculo. ¿Con qué canción petarda me obsequiaría? ¿Conseguiría ligarse a la enfermera? Sí, fueron buenos tiempos... hasta que se largó de mi clínica y la faena me la completó una cirujana competente pero sin chispa, para quien poner implantes era sólo eso, poner implantes. 
Una vez en la consulta, me entraron sobre la marcha, me hicieron unas cuantas radiografías y en menos de media hora me llevaron a administración, donde me contaron que tenía tres dientes jodidísimos, no sólo la pieza que me dolía, que urgía endodonciarlos y me pasaron un presupuesto que me hizo caer los cojones al suelo: cerca de tres mil euros. 
Yo había ido allí con la idea de que la cosa me saldría por unas diez veces menos, como mucho. Y, además, para gran dolor de nuestros bolsillos, porque no es que estemos en un momento especialmente boyante, entre la subida del IVA, la proximidad de la declaración trimestral del IVA y los múltiples gastos a los que dos curritos de clase media tienen que hacer frente. 
En cuanto a las endodoncias en sí, poca cosa que contar. Ya no está mi cirujano implantólogo favorito, así que me tengo que conformar con los marujeos de la cirujana y la enfermera, colombiana y argentina respectivamente, talluditas y con algunas salidas bastante curiosas.
Jueves pasado. En el hilo musical suena el "Y cómo es él" de José Luis Perales y aprovecho uno de los escasos momentos en que no tenía que estar con la boca abierta para soltar un poquito de información inútil:
-Puegh el ca'o ejjjque 'e 'eicó eja canjión a ju hija.
Decididamente, la anestesia ha surtido efecto. Y lo seguirá haciendo seis horas después. Lo cual me librará de pasarme el día a base de Nolotiles, aunque al día siguiente tendré una señora infección en las encías. 
-¿Cómo dice?
La cirujana habla de usted a todo el mundo, incluso a la enfermera. Ésta le traduce mis palabras.
-Dice que José Luis Perales le dedicó la canción a su hija.
-Pero no. No puede ser. Yo creía que se la dedicaba a su mujer, y era una historia de traiciones.
-No se crea -rebate la enfermera-. Una hace cualquier cosa por su hija. Tiene sentido. Todas esas preguntas me las haría sho si mi hija me contase que anda con un novio.
-Sí que es cierto.
-Seguro. Mi hija aún no vino por casa con su nuevo novio. Le dije: "¿Pero estás segura de que querés traerlo?", y esha me respondió: "No temás, mamá. Lo traeré cuando sepa que debo hacerlo". Y todavía no lo ha hecho.
El drama familiar da paso a las virtudes de su hija, que no viene al caso consignar aquí. 
Ni diez minutos después la conversación da un giro radical.
-¡Vengan! ¡Pero vengan! ¡Avise a...! -y enumera prácticamente a todo el personal de la clínica.
Apenas un minuto después, la sala se ha llenado, y todo son oes y aes, como si estuvieran viendo a un recién nacido.
-Pero ¡ooooooh!, ¡qué pasada!
-¡Y sin cables!
A esas alturas me desengaño: no, el responsable de tanta admiración no soy yo, sino el nuevo torno, que acaba de llegarles de la fábrica y que tengo el honor de estrenar; de ahí los constantes comentarios que he escuchado en los minutos precedentes:
-Tendremos que ajustar la velocidad... Mira, ya no se nos va a enredar más... Uy, creo que vamos rapidísimo, esto se dispara con nada... ¡Qué ruidos pega esto! ¡Se nota que acabamos de estrenarlo!
En el transcurso de la hora y media que me paso allí con la boca abierta, la máquina sigue intacta, lo que no deja de ser un milagro tecnológico: un torno de dentista sin cables y a prueba de Juanmagnetos. No obstante, las cosas no transcurren con la normalidad que sería deseable:
- ... -mirada implorante, que la cirujana capta, y de resultas de lo cual accede a darme una explicación.
-Verás, lo normal sería que tuvieras dos nervios en esa pieza, pero el caso es que tienes tres. Por eso estamos tardando tanto.
Y comienza una sucesión de radiografías, ya que el tercer nervio apenas se ve en las radiografías.
- ... -vuelvo a implorar con la mirada, preguntando qué pasaría si no me matasen el tercer nervio.
-Pues nos arriesgaríamos a que la endodoncia no sirviese de nada.
Tócatela. Además de mutante, me arriesgo a cagarla si no me matan el nervio fantasma. Así pues, abro aún más la boca, hasta el punto de cuartearme las comisuras de los labios. Resultado: dos días a base de cacao de labios.
Por el lado bueno, una de las endodoncias se queda en un simple empaste; todo un detalle por parte de la clínica, ya que me lo podrían haber cobrado y haberse quedado tan anchos. De todos modos, seguimos teniendo que pagar dos mil y pico euros por la tontería.
-Lo mejor es no tocar si no es necesario.
La cirujana parece leerme la mente. O a lo mejor mi expresión ha sido asquerosamente delatora, que podría ser.
Horas después vuelvo a la consulta. Esta vez no me paso hora y media, sino casi una hora. He echado el día entero en la clínica. Cristina había pedido el día de vacaciones para acompañarme, y menos mal.
Me toca otra dentista, pues ahora no necesito cirugía. Me hacen moldes para medirme el perno muñón que me van a colocar en otra de las piezas dañadas, la 37, o tal vez la 47: con tanta simetría bilateral, las confundo. Me anestesian y, a diferencia de la mañana, me riegan la boca con un líquido que supongo que es agua. A continuación me dejan al descubierto los nervios que me habían matado antes de que me fuera a Madrid y me hacen un empaste provisional, que es lo que me han quitado esta mañana para colocarme una funda provisional. 
¿Qué es un perno muñón? Suena chunguísimo, casi de peli de David Cronenberg, pero en realidad es mucho más sencillo que eso. Mirad la ilustración de abajo si queréis salir de dudas.
Pues sí, esto es lo que me tienen que poner en dos de mis dientes, entre ellos la abnegada pieza 24 a la que me refería al comienzo de esta entrada. Tiene una pinta chunguísima, pero bueno, peores son los implantes de titanio que me colocaron hace cuatro años.
Antes de continuar con el empaste provisional, me quitan las gafas y la dentista y la enfermera se ponen sendas máscaras de plástico, como de soldador, que no hacen presagiar nada bueno.
Durante un buen rato me dejo hacer. Trago agua y saliva lo menos posible, ya que la cirujana me ha acojonado esta mañana:
-¡Trata de no tragar ni de cerrar la boca! Si lo haces, se te llenará de saliva. Ahora tienes la boca limpia. Si se te llena de saliva, te arriesgas a que se te infecte.
Punto uno: yo tenía entendido que la saliva era justo para lo contrario, un antimicrobiano que entre otras cosas evita que haya infecciones. Punto dos: es innegable que cerré la boca, insalivé y al día siguiente acabé con una infección que me ha obligado a estar todo el fin de semana a base de enjuagues bucales con colutorios. Punto tres: después de realizar una encuesta de urgencia en Facebook, resulta que casi todo el mundo tiene tres nervios en algunas piezas, por lo que la cirujana me estaba vacilando. ¿Conclusión? Que procure seguir pensando en chorradas, como éstas, porque si pierdo la concentración en estar disperso, seré consciente de lo que me están haciendo y empezaré a ponerme nervioso. En lo que va de día me he pasado cerca de dos horas y media con la boca abierta, y ya está bien, un poquito de por favor. 
-Mira hacia acá -me dice la dentista, porque estoy muy ladeado y necesita tener un mejor ángulo de visión-. Esta pieza está dando guerra, porque está demasiado tapada y no veo bien las raíces.
No sé si es que son un poco inútiles en esta clínica (que podría ser), si se trata de otro vacile (que sería el segundo del día) o si lo dice para acojonarme (y sería la segunda vez en lo que va de día), pero funciona: miro hacia donde me indica... y me veo reflejado en su mascarilla de soldador.
Me veo reflejado, casi en un halo de luz proveniente de la lámpara. Al fondo, los ojos de la dentista, con la que procuro no entablar contacto visual para no distraerla: está jugando con mi boca, y cualquiera distrae a alguien que está manejando una fresa eléctrica. 
El caso es que me quedo extasiado contemplando lo que me están haciendo. Veo mi boca, toda abierta, y a su alrededor, más pelos de los que me había imaginado, sobre todo teniendo en cuenta que estoy casi recién afeitado... Bueno, lo estaba esta mañana... Ha pasado casi un día desde que llegué a la clínica. Todo lo que he hecho hoy es abrir la boca, pero ahora, por primera vez, me la veo.
También veo a la dentista, meticulosa, concentrada. No puedo evitar acordarme de Dave Bowman en 2001, una odisea del espacio, en la escena en la que está desactivando a HAL-9.000. La única diferencia es que yo no puedo hablar, no puedo tratar de disuadirla, y no puedo ponerme a cantar "Daaaaisyyyyyy" (todo lo más, podría hacer gárgaras con una tonalidad lejanamente emparentada al "Y cómo es él"). Si sigo así un rato más, y la dentista logra culminar su tarea sin que servidor le escupa un géiser de agua y restos de empaste, tal vez logre ver mi bocaza abierta reflejada en su mascarilla de soldador, y acaso, a modo de licencia poético-friqui, ella emule a Dave Bowman y diga algo parecido a:
-¡Dios mío! ¡Está lleno de premolares!
La sesión llega a su fin y me emplazan para que vuelva esta mañana, aunque ya no lo haré en plan maratoniano. Hoy me han instalado una corona provisional, y a partir de ahora viene lo duro, los pernos muñones, para terminar de convertirme en un cíborg, en una especie de Palmer Eldritch de titanio. 
Ni que decir tiene que os informaré de todo ello. Permaneced en sintonía.

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14 Comments:

Blogger Cristina said...

Estás mal hecho :P XDDDDD

5 de julio de 2010, 17:31  
Blogger Juanma said...

A que te doy con uno de los implantes de titanio. :-PPPP XDDDD

5 de julio de 2010, 17:42  
Blogger Cristina said...

Eh, ni de coña. Con la pasta que nos estamos dejando en tus piños, si alguna vez nos atracan, que se te queden un riñón, pero tus dientes, ¡ni tocarlos!

5 de julio de 2010, 17:43  
Anonymous Kotinussa said...

Siento parecer insensible, pero echaba de menos un post tuyo de dentistas.

¡Aviso! La que suscribe también ha pasado lo suyo en las consultas de los sacamuelas:

- Ortodoncia de los 10 a los 14 años, con la extracción de 4 muelas totalmente sanas para dejar sitio a que los demás dientes crecieran normalmente y no como la visera de un campo de fútbol. Y me refiero a los años 69-73, que entonces las cosas serían mucho más primitivas.

- Un par de años durmiendo con una especie de bocado de caballo que también se ponía por fuera de la boca y se sujetaba a la parte de atrás de la cabeza con una cinta ancha de goma.

- Otro año durmiendo con algo parecido a la protección que usan los boxeadores en la boca

- Un implante de titanio hace unos años, que también me costó una pasta. En mi caso me lo hicieron dos cirujanos a la vez. Imagina cuatro manazas metidas en mi boca, que es más bien pequeña.

En fin, con el derecho que me otorga haber pasado también algunas desventuras odontológicas, me he permitido escribir la primera frase del comentario, a riesgo de que parezca ser una persona sin compasión.

5 de julio de 2010, 20:14  
Blogger Juanma said...

Siento parecer insensible, pero echaba de menos un post tuyo de dentistas.

Fuera de coña: una de las cosas que hacen que el sufrimiento sea más llevadero es la certeza de que escribiré sobre ello en el blog. Al fin y al cabo, debe de ser la temática de mi blog que tiene más fans... No somos fetichistas ni morbosos ni ná. ;-)

Nuestros historiales clínicos odontológicos se dan un aire, aunque me vas ganando, en cantidad y calidad de ortodoncias. :-P

Empero:

Otro año durmiendo con algo parecido a la protección que usan los boxeadores en la boca

Esto es lo que me van a hacer cuando terminen el tratamiento. ¿Es llevadero? La idea de dormir con algo en la boca... Puf, no sé.

Abrazos.

6 de julio de 2010, 17:48  
Blogger King VE said...

quizás está mal que me divierta a tu costa, pero tu crónica me ha ha fascinado.

Eres un gran narrador.

8 de julio de 2010, 5:58  
Blogger Palomares said...

Deberías dejar de contar estas cosas, son tan divertidas (siempre me lo parecen cuando no me pasan a mí) que vamos a acabar deseando que te pasen cosas de esas. Y ya sabes el poder de la masa...

Yo pasé muy buenos ratos en la consulta del dentista, cuando adolescente. El cachondo tenía unos cuadros con unos grabados de Brueghel, en plan El triunfo de la Muerte y Plagas y así. Te comía la moral desde antes del partido, el tío.

Por cierto, engañaste a la dentista, lo de que Y cómo es él es una canción dedicada a la hija es una leyenda urbana. Lo dice el propio Perales aquí:
http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2006/05/2002/index.html
Pregunta 22.

8 de julio de 2010, 19:54  
Anonymous Palimp said...

Una historia de terror que estremece más que Stephen King. Todavía me despierto con sudores...

Confirmo lo que dicen sobre Perales:

http://www.univision.com/content/content.jhtml?cid=919089

Un abrazo y suerte.

10 de julio de 2010, 23:32  
Anonymous Jaume said...

Buuuuuf,
que te sea leve. yo atmbién me pasé 8 años aguantando dentistas y artilugios en la boca.
Por cierto, el post referenciado sobre el linfoma me ha dejado echo polvo.
Las oposiciones y llevar una vida que no es para tí son muy malas para la salud...
Me alegro de que estés bienn, bueno dentro de una normalidad al menos, jaja.
Au idò, saludos calurosos

19 de julio de 2010, 9:35  
Blogger Juanma said...

¡Muchas gracias, majo! :-)

Pues sí, prefiero sudar de noche por culpa del cruel y pastoso verano mediterráneo que por culpa de un linfoma.

Qué fuelte lo de José Luis Perales. Me habéis dejado sin tema de conversación con dentistas, que lo sepáis. :-P

19 de julio de 2010, 9:37  
Blogger Raúl Peñaloza said...

Empecé a leer tu post por error -suelo cometer varios de ésos al día- pues caí en tu blog de manera fortuita. Lo leí dos veces -reconozco y aprecio tus virtudes narrativas- pero me convencí. Prefiero perder una muela que 'endodonciarla'.

:-)

21 de julio de 2010, 14:31  
Blogger Juanma said...

Tú sí que sabes. :-)

Me alegro de que cometieras el "error" que te llevó al blog, y espero que no consideres un error el seguir leyéndolo.

Saludos cordiales. :)

21 de julio de 2010, 14:35  
Anonymous Kaoss said...

A en mi primera funda (perno incrustado en la raíz de la muela para evitar la endodoncia, extracción e implante) me dijo el dentista: "Esto que te voy a hacer no hoy en día no te lo hace ningún otro dentista".

Todavía no sé si alegrarme o acojonarme...

18 de agosto de 2010, 15:41  
Blogger Juanma said...

Desde luego, suena más a maldición que a otra cosa. :$

18 de agosto de 2010, 15:45  

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