miércoles, 27 de mayo de 2009

Luna de miel en Irlanda. 2. Los nativos

En una entrada anterior comentábamos las peculiaridades gastronómicas de los irlandeses, que fueron, con diferencia, lo más incómodo de nuestro viaje. Me refiero a la comida, por supuesto, no a la bebida. En ese punto no tenemos queja alguna.
Uno de los tópicos sobre los irlandeses es son extremadamente sociables. Que no se callan ni debajo del agua, vamos. Podemos corroborarlo, aunque es cierto que no socializamos mucho con ellos.
Por un lado, y como ya dije en la entrada anterior, perdimos bastante dinero con la boda, lo que nos obligó a hacer un replanteamiento del viaje: ya habíamos comprado los billetes y pagado las habitaciones, y, aunque lo más prudente habría sido que anuláramos el viaje, no nos quedaba más remedio que ir a Irlanda, pero yendo a lo pobre. Pocas salidas. Casi nada de comidas fuera. Apenas un par de incursiones en los pubs de Galway. Nada de turismo cultural por el que hubiera que pagar entrada (excepto en la Guinnes Storehouse, faltaría más). Uno de los efectos negativos de esa política de austeridad fue que nos perdimos el contacto humano, y hablamos con poquitos irlandeses. Cosa que salimos perdiendo, porque sí parecen bastante majos, en general.
Por otro lado, existe el problema del idioma. Cristina tiene un nivel de inglés bastante mejor que el mío, pero así y todo las pasó canutas; no porque no entendiera a los irlandeses (que, sobre todo en Dublín, cuesta bastante), sino porque ellos no la entendían. No obstante, son gente voluntariosa e intentan averiguar qué estás diciendo. Incluso yo conseguía hacerme entender para tareas razonablemente delicadas, como por dónde se iba al hotel de Dublín o cómo llegar al Bed & Breakfast de Galway.
Y, sobre todo, nos ocurrió una cosa muy curiosa: cuanto menos angloparlantes eran nuestros interlocutores, mejor los entendíamos. No deja de ser lógico. En el condado de Galway se habla mucho en irlandés y hay mucha gente que ha sido en educada en este idioma. Más tarde han aprendido el inglés. Hay un canal de televisión en irlandés, el TG4, con sede en Baile na hAbhann (Ballynahow), que ha hecho mucho por la difusión del idioma. En la región de Connemara no es raro ver carteles indicadores sólo en irlandés. El idioma es una seña de identidad, lo están recuperando, y te puedes encontrar con que el guía de la excursión a Connemara, que de entrada nos soltó un "My Irish is very good, but my English is very bad", llegase hasta el punto de no saber explicarse cuando tenía que contarnos alguna historia demasiado compleja. Ignoro hasta qué punto el whiskey (que no whisky) tuvo algo que ver.
Así las cosas, creo que la conversación más larga que mantuvimos con un irlandés se desarrolló en el avión que nos llevó de Barcelona a Dublín. En el tiempo en que Cristina tardó en ir al lavabo y regresar me enteré de que el individuo que tenía sentado a mi izquierda era irlandés, residía desde hace años en Ripoll, adonde fue a parar porque su ex novia era de allí, regresaba a Irlanda por primera vez en un par de años, no le había ido muy bien en el trabajo, reparaba componentes electrónicos, le tocaba las pelotas el que hubiera gente que sólo se dirigiese a él en catalán, le parecía que no nos iba a hacer mal tiempo, me avisó de que el invierno había sido muy seco en la región de Galway (lo que supongo que es la manera irlandesa de decir que sólo llovía cinco días por semana) y nos deseó la mejor suerte del mundo.
Con los irlandeses parece que el tiempo se dilata y contrae a voluntad. Un irlandés proactivo puede decirte todo esto (en el marco de una conversación; yo también solté mi rollo) en cosa de dos minutos, pero dilatar eteeeeernamente una parada para sacar fotos en una visita guiada. Cuando el guía de Connemara nos decía que íbamos a parar "Ten Irish minutes" hacíamos acopio de paciencia, porque la cosa iba para largo.
El sentido de la orientación no parece el fuerte de los irlandeses. O, al menos, la claridad expositiva ante preguntas que sólo requieren dos respuestas: sí o no.
Íbamos acojonados en la estación de Bus Éireann de Dublín porque, hasta el momento en el que subimos al autobús, no sabíamos si habíamos comprado un billete de ida y vuelta a Galway.
(Traduzco al castellano.)
-Pero oiga, ¿el billete es de ida y vuelta, o sólo de ida?
-Aquí está su billete.
Todo esto, ante un billete sin indicación alguna de fecha ni de asiento, ni de Cristo que lo fundó.
Para encontrar la Coach Station (estación de autobuses) de Galway, otro espectáculo.
Compramos los billetes para la visita guiada a la región del Burren y los acantilados de Moher.
-¿Y de dónde salen los autobuses?
-Pueees... de la Coach Station.
-Pero eso ¿dónde está?
-Jander klander enagüer jarl -o sea, rollo incomprensible.
Pues nada, vamos a leer la guía... No, la guía nos dice que salen del mayor Bed & Breakfast de Galway, el Kinlay House, que está como a medio kilómetro de la oficina de turismo. Vamos allí, y no sale. Lo han cambiado. En las farolas hay carteles indicadores del nuevo punto de encuentro para las excursiones. Llegamos a Eyre Square, y la cosa está tan embrollada que no podemos salir de la plaza. Los carteles son contradictorios. Preguntamos a un señor orondo y con cara amable, que lleva un peto de la agencia de viajes con la que habíamos contratado la visita guiada, y nos suelta un:
-Pues ¿de dónde van a salir? De la Coach Station.
-Pero ¿dónde está la Coach Station?
-Pues klander enagüer jander joooooooondemoooorl y olé -o sea, rollo incomprensible, sin demasiada relación con lo que nos había dicho la chica de la oficina de información.
Total, que acabamos llegando a la Coach Station, que está justo detrás de la oficina de información. ¡Haber empezado por allí!
John Ford retrató a la perfección esta faceta del carácter irlandés en los primeros dos minutos de El hombre tranquilo.
Con los propietarios de los Bed & Breakfast nos ocurrió justo lo contrario: hablaban un inglés tan pulcro que no los entendíamos, ni ellos a nosotros. Y yo tan contento, porque en Connemara y las islas de Aran me enteraba de casi todas las explicaciones de los guías. Lógico: les costaba hablar en inglés.

El humor irlandés es digno de estudio. Más elíptico, salvaje y efectivo que el británico, aunque igual de surrealista. La visita guiada a Inis Mór fue una delicia. El guía estaba un poco zumbado, y la tomó con las tres italianas que viajaban con nosotros, pero resultó muy divertido. El guía de Connemara (que dio la casualidad de que era ese señor orondo que nos medio indicó el camino a la Coach Station el día en que íbamos a los acantilados de Moher) también era un cachondo mental, aunque durante el regreso a Galway apenas consiguió hilar tres frases seguidas con cierta coherencia.
Sólo los irlandeses pueden descojonarse de sus señas de identidad con la gracia con la que lo hacen.
("Por lo menos no llueve", reza esta pintada en una de las calles principales de Galway.)
De todos modos, la muestra más depurada del carácter irlandés fue la anécdota que nos contó el guía del Burren y Moher.
Éste es el castillo de Leamaneagh. Es tardomedieval, pero se hizo famoso en el siglo XVII, durante la ocupación británica por parte de las tropas de Oliver Cromwell. Maria Rua, la dueña del castillo, enviudó durante la guerra. Los hombres de Cromwell asesinaron a su esposo. Ella se ofreció a uno de los generales de Cromwell para salvar su castillo y sus posesiones, de modo que contrajeron matrimonio. No obstante, lo mató al arrojarlo por la ventana más alta del castillo: el general había puesto a parir al difunto esposo de Maria Rua.
Así son los irlandeses.

Una de las cosas que más llaman la atención en Irlanda es la presencia casi omnipresente de voluntarios relacionados con organizaciones religiosas. La Iglesia ha perdido mucha capacidad de influencia, sobre todo a raíz de los múltiples casos de pederastia entre el clero, pero así y todo sigue organizando una red social de ayuda mutua y caridad que suple a la perfección las carencias de las instituciones públicas. O, si no las suple, al menos lo aparenta, porque es cierto que no se puede dar un paso sin encontrarse con un recordatorio de que están allí. Algo muy de agradecer, porque uno viene de España convencido de que lo único que sabe hacer el clero es salir a la calle para montar manifestaciones masivas contra el aborto y la desintegración de la familia, y resulta que en Irlanda ofrecen ayuda a las adolescentes que se han quedado embarazadas, mediante campañas de concienciación, precisamente para evitar que se rompan las familias de las madres solteras de quince años (no pudimos fotografiar un cartel en el que venía a decir: "En serio, no es motivo de vergüenza, es algo que puede ocurrir").
Al respecto, resulta llamativa la cantidad de madres adolescentes que veíamos. O las irlandesas tienen el cutis perfecto y aparentan diez años menos de los que tienen o aquello estaba lleno de madres menores de veinte años. La cola de embarque en el aeropuerto de Dublín, cuando regresábamos a Barcelona, era todo un canto a la familia numerosa. Estaba lleno de carritos. El colmo lo vimos en nuestro avión. Una parejita que no debía de tener más de veinticinco años, y eso siendo generosos, flanqueada por ¡cinco niños! clavaditos al padre o a la madre, quien, además, estaba embarazada de siete u ocho meses. El cómo dejaban a cinco niños de entre ocho y dos años pastando a sus anchas en pijama por una zona de embarque de un aeropuerto ya es otro asunto.
También abundan los buenos samaritanos que vienen a recordarte que no es bueno que te tires al río Corrib, que pasa por Galway y, a juzgar por la abundancia de salvavidas, es bastante peligroso.
En los acantilados de Moher, que alcanzan los 210 metros de altura y apenas cuentan con barreras de protección, no es raro ver carteles en los que se trata de disuadir a los posibles (y muy abundantes) suicidas.
Y éste es otro punto al que quería yo llegar: la falta de seguridad y, en general, la improvisación. Entiendo que la infraestructura turística aún esté un tanto en pañales, ya que no es un país tan turístico como, pongamos por caso, Italia o España, pero había momentos en los que daba la impresión de que si no ocurren verdaderas desgracias es porque la buena suerte existe.
Todo ello con independencia de que tengo un vértigo de la hostia y no puedo acercarme a menos de diez metros de un acantilado. Lo cual no evitó que admirara la grandiosidad del lugar, pero supongo que hizo que me perdiese parte de su encanto. No es lo mismo asomarse a un barranco de doscientos metros que ver, a lo lejos, cómo Cristina saca una foto.

Los irlandeses son, por lo general, gente honesta, por lo que ciertas prácticas, que en España se considerarian publicidad engañosa para atraer turistas, en Irlanda son muestras de sentido del humor.
Un ejemplo, más digno de obra de Lope de Vega que de Shakespeare, o más propio de una novela de Herman Melville que de una de James Joyce. En 1493 uno de los hijos del alcalde de Galway, James Lynch, mató a un invitado de la familia, un comerciante gaditano que le había metido mano a una moza que le gustaba. Arrojó el cadáver al mar, pero las olas lo devolvieron a la costa. Descubierto, confesó, y el alcalde, su padre, no tuvo más remedio que condenarlo a muerte. Pero todos los verdugos renunciaron a ejecutar al hijo de Lynch, dado que la población estaba a favor del reo. En vista de esta circunstancia, James Lynch en persona se encargó de ahorcar a su hijo. A continuación, renunció a su cargo y se retiró de la política.
En 1854, y en vista de que todos los visitantes (aún no se llamaban turistas) que recalaban en Galway preguntaban por el lugar donde se había producido el ajusticiamiento, el párroco de la iglesia de San Nicolás, Peter Daly, se puso de acuerdo con el Ayuntamiento, erigió un pequeño muro a medio camino entre la iglesia y la antigua mansión de los Lynch (la Lynch's House), hizo esculpir en él una calavera, y empezó a propagar el rumor, que en la actualidad se da por cierto, de que era un fragmento de muralla medieval, y que allí se había producido el ajusticiamiento del díscolo hijo de James Lynch. Es uno de los primeros casos documentados de publicidad engañosa.
Otra práctica que no es publicidad engañosa, pero que deja la misma mala hostia, es la tendencia irlandesa a exagerarlo todo. Cuando estábamos en Galway nos pasamos dos días buscando la casa donde residía Nora Barnacle, la novia de James Joyce. Había carteles indicadores por todos lados, pero no dábamos con la casa en cuestión.
El último día que estuvimos en Galway, a última hora, dimos con la solución: los carteles que indican la casa de Nora Barnacle son más grandes que la propia casa de Nora Barnacle.
Y, además, estaba cerrada hasta el mes de junio.
Joyce, James Joyce. Otra de las peculiaridades de Irlanda. El 16 de junio se celebra el Bloomsday, y toda Dublín se vuelca en la reconstrucción de la aventura de Leopold Bloom que Joyce recrea en su inmortal Ulises. Abundan las visitas guiadas, y la rutas turísticas. Bajas la vista y te encuentras con recordatorios de que tal o cual sitio fue mencionado en la novela.
Lo cual sigue sin sacarme de la duda. ¿Realmente alguien ha conseguido leerse el Ulises entero? Porque no dejaría de tener su gracia que uno de los dos principales alicientes turísticos de Dublín (el otro es la Guinness Storehouse) sea un libro que nadie ha tenido los huevos de leerse.
(Otra muestra de la idiosincrasia irlandesa, me temo.)
Pero no todo va a ser poner a parir a los dublineses. A veces tienen ideas brillantes.
Hace unos años el IRA voló el monumento a Nelson de O'Connell Street. Para que os hagáis una idea, aquello fue algo parecido a volar el monumento a Colón de Barcelona. Además, lo hicieron con tanto arte que consiguieron no reventar ni un solo cristal de las inmediaciones.
¿Qué hacer en su lugar? De todas las posibles opciones, ganó la más polémica... y, vistos los resultados, la más bonita. Se trata del Spire ("pincho"), una inmensa aguja de ciento y pico metros de altura que, pese a su sobriedad, es realmente elegante y bonita. La ves de lejos y parece el mástil de la bandera de la plaza de Colón de Madrid, aunque los dublineses se refieren a ella como "la aguja más grande del barrio", en clara alusión a la fauna chunga que puebla la zona de noche. María se refería a ellos como los "chandaleros", y sí que es cierto. Dan bastante miedo, son bastante pesados y, en resumen, tienen el típico comportamiento que cabe esperar del lumpen, sea en Dublín o en el Raval. En ese aspecto, Irlanda está bastante globalizada.
Volvamos a Galway, donde pasamos casi todo el viaje. La etimología del lugar puede deberse a la raíz irlandesa de la palabra "extranjero", o bien hacer alusión a la cantidad de gallegos que comerciaban con la ciudad. Ambas deben de tener algo de verdad: Galway fue siempre un importante centro comercial, en concreto con los españoles (hasta que la debacle de la Armada Invencible puso de manifiesto que muchos de los españoles acudieron a esta ciudad a refugiarse, y los ingleses dijeron que ya estaba bien de cachondeíto), y el carácter irlandés, en particular el de los habitantes del condado de Galway, tiene muchas semejanzas con el gallego. Al fin y al cabo, son celtas.
Como ya dije al referirme a la casa de Nora Barnacle, los irlandeses tienen la tendencia a exagerar un poco. Lees las guías y, al llegar a las explicaciones sobre Galway, todas te advierten de que uno de los lugares obligatorios en los que debe recalar el turista es el Spanish Arch (Arco Español), que es uno de los pocos restos que se conservan de la antigua muralla medieval, y que forma un conjunto monumental espectacular.
O sea.
Igual que nos ocurrió con la casa de Nora Barnacle, buscamos un poco hasta que nos convencimos de que el famoso Arco Español, gloria y orgullo de Galway, era una enanez, y que además es el epicentro del botellón que organizan los miles de estudiantes de la universidad. ¿"Botellón" y "español" en la misma frase? Pues sí. Nunca lo hubiérais dicho, ¿verdad?
Sea como fuere, el Arco Español está en la desembocadura del río Corrib, que, como ya he dicho, suele venir llenito de agua y bastante bravo. Es un río realmente corto, apenas cinco kilómetros. En realidad es el desaguadero del lago Corrib, uno de los más extensos de Irlanda, pero ya se sabe, los irlandeses son gente con tendencia a exagerar.
Galway está en el Océano Atlántico, en la hermosa bahía de Galway. El estar un tanto encerrada, lejos del mar abierto, hace que las mareas no sean tan exageradas como en otras zonas de Irlanda, pero pese a ello la subida del nivel de las aguas puede ser considerable. Debido a ello, nunca viene mal del todo recordarle a los conductores que tal vez sea mala idea aparcar según dónde.
Uno de los momentos más turísticos de Galway es esta época, a finales de primavera. Los salmones llegan, procedentes del Océano Atlántico, y suben el río Corrib, saltan por las esclusas que hay junto a la catedral y se aproximan al lago Corrib, donde desovarán y, finalmente, se dejarán pescar por los irlandeses. La pesca es una de las grandes pasiones de los irlandeses, junto con el improperio al británico (lo que no se termina de entender, dado que comen exactamente las mismas mierdas que sus antiguos dominadores). Así pues, si paseáis por Galway un domingo por la mañana de abril, cuando la temporada de pesca no es especialmente buena, y veis a algún irlandés jugándose la vida en el río Corrib, no os extrañéis. Lo hacen por deporte.
Ya nos hemos referido a El hombre tranquilo. Aparte de que es una de mis tres o cuatro películas favoritas (junto con Blade Runner, La noche del cazador y Apocalypse Now), retrata muy bien ciertos aspectos de la idiosincrasia irlandesa. Y la saben explotar con fines turísticos. Aunque la visita guiada temática es la que organiza Galway Tours, nos decidimos por la de O'Neachtain Tours (sí, la del guía que casi no hablaba en inglés), ya que nos mostraba más cosas acerca de Connemara. Empero, la visita hace parada en Maam Cross, donde está situado el cottage en el que supuestamente se rodó la película. Con vosotros, Blanca Mañana.
Aparte de que esta escena nunca tuvo lugar en Blanca Mañana (en todo caso, en casa de los Danaher), el caso es que no parece que la distancia entre el cottage y el lago sea la que aparece en la película, lo que deja dos posibles explicaciones: o el caudal ha variado mucho en los últimos cincuenta años o es otro fraude para atraer turistas, como el del falso muro donde supuestamente ahorcaron al justiciero Lynch.
En cualquier caso, parece que los Danaher y Tillane de turno se han salido con la suya, y los herederos de Sean Thorton van a tener compañía.
Aunque el texto no se lee, parece que está claro. Se está proyectando la construcción de un residencial de lujo que tapará la vista de Blanca Mañana. La pelirroja Mary Kate ya no podrá solazarse con una vista del lago cuando se desprenda del abrazo de su americano tranquilo. Incluso en el paraíso hay especulación urbanística.
Sin salir de Connemara, he aquí otra foto que nos presenta detalles de la idisioncrasia local.
Apenas llevábamos tres cuartos de hora de excursión. Nuestro guía gaélico parlante nos dice que estamos llegando a su casa, cerca de Rossaveal (el lugar de donde salen los transbordadores para las islas de Aran), aparca en la cuneta y nos conmina a que "demos un paseíto" por el camino mientras él hace unas cuantas cosas que tiene pendientes. Ten Irish minutes, claro está. Total, hace buen día, podemos fotografíar lagos y, a lo lejos, el mar, y además hay un poblado abandonado de cuando la hambruna. Ya nos recogerá en la siguiente curva, que resulta que está a cosa de un kilómetro.
Por lo menos no se nos puso a llover.
El día siguiente, el guía de Inis Mór (la mayor de las islas de Aran) nos comentó que en la isla hace mucho mejor tiempo que en Irlanda, porque, al no haber obstáculos naturales, las nubes se van como han venido. Eso sí, las hijas de puta hacen auténtico daño.
Aquí estamos, en las proximidades de Inis Mór. Hacía un día de sol radiante, pero ese negro nubarrón que veis a lo lejos nos alcanzó poco antes de desembarcar, descargó una tormenta de la hostia que nos dejó tiritando (literalmente) y se fue por donde había venido. El sol ya brillaba otra vez cuando subimos a la camioneta en la que hicimos la visita guiada a la isla. En sólo diez minutos, tanto Cristina como yo perdimos la sensibilidad en un par de dedos, estuvieron a punto de salirnos sabañones y sólo conseguimos recuperar los dedos después de dejarlos un par de minutos debajo de un secador en los lavabos más cercanos.
El guía de Inis Mór era otro personaje. Nos mostró los pubs de la isla (sólo seis... frente a tres iglesias, tres guarderías y tres escuelas de primaria), nos enseñó su rebaño de ovejas (que, en efecto, debían de ser suyas, porque acudieron raudas y veloces en cuanto lo vierno aparecer) y nos dejó dos horas y media en Dun Aengus, uno de los sitios más flipantes de todo el viaje. Un puñetero crac. Y, además, consiguió que su vecino se dejase fotografíar mientras herraba a su caballo.
Los animales y los irlandeses. Sí. Irlanda es un país lleno de ovejas, ponis, caballos, vaquitas y cabras. No vimos ni un establo, pero animales, todos los que queráis. El guía del Burren y Moher hizo una parada no prevista para que fotografiáramos una oveja negra (ya la colgaré en otra entrada), y en general llama la atención el grado de comunión con la naturaleza que se puede tener en un país desarrollado como Irlanda. Es un país muy rural, cierto. De hecho, Galway es la tercera ciudad del país, y apenas tiene 80.000 habitantes.
Pero la presencia de animales salvajes no es privativa de las zonas rurales. También los puedes ver en Dublín. En Phoenix Park, que es el parque urbano más grande del mundo (más grande que la Casa de Campo y que Central Park, y -esto deben de decirlo para joder a los ingleses- más extenso que todos los parques de Londres juntos), pastan libres los gamos. En la guía comentaban que había una veintena, pero vimos unos cuantos más. No quisimos acercarnos demasiado, pero parecen bastante confiados. Por suerte para ellos, los tiempos de dominación británica y de lores dándose a la caza compulsiva ya pasaron.
Podría seguir hasta el infinito, porque hay millones de cosas que contar acerca de Irlanda .(¿Veis? Ya se me ha pegado el toque exagerado de los irlandeses.) Pero no quisiera acabar sin un asunto que nos llamó la atención. Irlanda está llena de cuervos. Los ves por todas partes: en los parques, en el campo, en la ciudad y en la orilla del mar. Hay muchas gaviotas, y algunos gorriones, pero todo está lleno de cuervos. Y, lo que es más significativo, apenas hay palomas, al menos en Galway. Parece que su lugar lo han ocupado los cuervos.
Es prácticamente la única foto que hemos conseguido sacar de cuervos irlandeses, porque los condenados pasaban de nosotros. Se pasaron una semana jugando con nosotros, y dejándonos con un palmo de narices cuando creíamos que, por fin, íbamos a conseguir fotografiarlos.

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13 Comments:

Blogger Cristina said...

de que si no ocurren verdaderas desgracias es porque la buena suerte existe.
Y de que las cosas salen...por inercia o por chiripa. Buena gripe debieron pillar los que esperaron más de media hora el bus de vuelta a Galway desde Rosseval bajo el diluvio universal sin marquesina ni nada. Total, porque habían vendido más billetes que plazas...la solución, que el bus vaya yendo y volviendo las veces que haga falta. Alguno pilló una pulmonía, fijo...

27 de mayo de 2009, 19:09  
Blogger Juanma said...

Ahí va, me había olvidado de ésa.

Pues sí, muy chungo. Habían vendido más tíquets que plazas tenían en los autobuses, de modo que ya habíamos regresado a Galway y todavía veíamos autobuses regresando al embarcadero de Rossaveal, que además está como a cuarenta kilómetros de Galway.

Como digo, parece que la infraestructura turística de Irlanda no está muy desarrollada. Y no deja de ser un contrasentido, porque el país tiene más turistas que habitantes.

27 de mayo de 2009, 19:19  
Blogger Rox said...

Me dieron unas ganas locas de ir!!, excelente entrada.

¿Y siempre que paso con el autobus? ¿era de regreso tambien?

Yo prefieron los lugares no turísticos... son más auténticos

27 de mayo de 2009, 20:54  
Blogger Álex Vidal said...

Aparte de que esta escena nunca tuvo lugar en Blanca Mañana (en todo caso, en casa de los Danaher), el caso es que no parece que la distancia entre el cottage y el lago sea la que aparece en la película, lo que deja dos posibles explicaciones: o el caudal ha variado mucho en los últimos cincuenta años o es otro fraude para atraer turistas (...)Lo que entendí allí en su momento es que el cottage era una reproducción del original, que estaba en uno de los pueblos de la zona :)

28 de mayo de 2009, 8:50  
Blogger Juanma said...

Ah, pues así se explica. El pícaro guía no nos contó ese detalle.

28 de mayo de 2009, 9:09  
Blogger Juanma said...

Rox:

Lo del autobús para tomar el ferry a la isla de Aran es complicado de contar.

Cristina quería estar media hora antes, por lo que pudiera pasar. Yo decía que no hacía falta, teniendo en cuenta el concepto de "ten Irish minutes" de esta gente.

Total, que llegamos a la parada del autobús veinte minutos antes de la hora de salida. Estaba casi lleno; de hecho, salió hacia Rossaveal en cuanto llegamos. ¡Veinte minutos antes de hora!

Por la tarde, el ferry de la isla de Aran nos dejó en el embarcadero de Rossaveal. Aquello era el desmadre. Aparecían autobuses, quien podía pillaba sitio y, cuando se llenaban, se iban. Hubo un momento en el que empezó a llover feo y no aparecían autobuses. Nos subimos en el siguiente. Una vez en Galway, todavía veíamos autobuses de la compañía, que iban vacíos a Rossaveal para rescatar a los turistas que se habían quedado tirados en el embarcadero, bajo la lluvia.

Muy desorganizado todo. Pero lleno de encanto irlandés.

28 de mayo de 2009, 9:13  
Blogger Stiletto said...

Me alegro que os lo pasarais tan bien y que os haya gustado esto. Como dices la gente es muy abierta, aunque con excepciones como todo, y se prestan a ayudar. Eso si, son caoticos, desorganizados, suelen ir de frente y se agradece. Aunque su "take it easy" a veces nos saca de quicio.

Y no pasan mas cosas malas aqui porque Dios les quiere mucho sino, no me lo explico.

Siento que los chandalistas o chandaleros os haya asustado. Y si, son crias de 15-18 años las que ves embarazadisimas.

28 de mayo de 2009, 11:52  
Blogger Small Blue Thing said...

Es raro lo que dices de las indicaciones: su acento es raro (¡¡y se pega, pues!!) pero yo me entendía hasta la primera vez. De hecho, a la segunda ya había aprendido a decir Buochais le Dia en vez de alhamdulillah ;D

Los autobuses a mí no me han dado en general problema: y eso que la primera vez que fui a Ros a Mhill ;) hice un viaje previo el día antes para no liarme y no poder coger el ferry. Eso sí, cogí el autobús de línea, paré en... ¡rayos!

ya, en Sppidal, y aproveché para ver las granjas y hacer compras. Lo que me llovió.

Más que la infraestructura turística, yo creo que son los transportes en sí mismos los que van regular.

28 de mayo de 2009, 13:28  
Blogger Alex said...

En primer lugar entran ganitas de ir.

Y después, ¿habéis pensado en editar una guía de viajes de andar por casa con las entradas del blog de Juanma? Sería curioso.

Un saludo.

2 de junio de 2009, 10:58  
OpenID arturovillarrubia said...

Una historia irlandesa:
Hace años, cuando era adolescente, mi hermano Alejandro- publica fotos como Urraco en Rolling Stone y otros sitios- paso el verano en Irlanda. Como ya entonces tenia ojo para lo bizarro nos contaba cosas como las peleas entre mods y rockers para ser los primeros para llegar a la comunión en la misa de domingo mediante empujones discretos pero digamos energicos ( al hilo de lo cual, definición irlandesa de gay: alguien que no ha perdido un diente en una pelea amistosa). Como culminación de la visita estaba previsto un vuelo en avión de helice que haría una excursión para ver un buen trozo de la isla a volando bastante bajo.
El día antes estuvieron en un parque de atracciones y una de las atracciones era pasar por poste enjabonado sobre un estanque. Parecia facil, divertido e inofensivo. Sin embargo cuando mi hermano,que siempe ha estado bastante en forma, lo intento se cayo y se rompió la pierna. Tuvieron que ponerle la tipica escayola. Lo cierto es que esto es bastante raro ni antes ni depues ha tenido una accidente semejante ( Es boxeador amateur) En todo caso era imposible que cogiese ese avión.
Al dia siguiente el avión se estrelló. Hubo bastantes muertos.

10 de junio de 2009, 23:53  
Anonymous Alfredo Álamo said...

¡¡Tengo la misma foto de la calavera!!

16 de junio de 2009, 10:03  
Blogger Juanma said...

Es muy llamativa, sí.

Qué fuelte la anécdota que cuentas, Arturo.

Por cierto, hoy es el Bloomsday. ¡A leer el Ulises, pero ya! :P

16 de junio de 2009, 10:06  
Anonymous Pedro Pablo said...

Juanma, eres un copión. Yo me hice la misma luna de miel hace ya..., puf, en el 88, pero nosotros nos fuimos en coche desde España, con mi (snif) añorado R-5 de entonces y "saltando" de ferry en ferry: de Francia a Inglaterra y de Gales a Irlanda. Esto nos dio mucha más libertad de movimientos por poco dinero más.

Echo en falta tus comentarios sobre lo más interesante de Irlanda: sus lugares sagrados antiguos, como Newgrange, el Benbulben y los numerosos dólmenes y menhires que se pueden encontrar. Igual yo pequé de Indiana Jones y tú te has ido más en plan crítico literario.

Lo más divertido del acento irlandés es que parecen andaluces metiendo "eses" al final de las palabras: "you musts goes to the rights in the traffic-lights".

Me alegro de que te haya gustado la vieja Erin. Es uno de mis lugares favoritos. Y enhorabuena por vuestro enlace.

21 de septiembre de 2009, 23:03  

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