lunes, 11 de mayo de 2009

Luna de miel en Irlanda. 1. Comida y bebida

Ya hemos regresado de nuestra luna de miel en Irlanda, y nos hallamos sumidos en la dura rutina laboral. En mi caso, bastante relajada (reincorporarse al trabajo corrigiendo un libro sobre psicoenergética ortomolecular no es la mejor manera de empezar la semana laboral), mientras me pongo al día con la actualización de fotos en Facebook, en la respuesta de correos atrasados, con el comienzo de las nuevas lecturas compartidas en el Foro Fantasy de Círculo de Lectores y, en resumen, con tooodas las obligaciones laborales que me esperan en lo sucesivo.
El caso es que tenemos tropecientas fotos de Irlanda, y la mejor manera de repasar la luna de miel es agrupándola por bloques temáticos.
Resulta obligatorio hablar de la comida irlandesa. La primera impresión que se puede llevar quien haya pasado allí una semana es que tiene guasa, mucha guasa, que los irlandeses se hayan pasado ochocientos años luchando contra la opresión inglesa, y que en el camino se hayan reafirmado en taaantas señas de identidad propias (el whiskey irlandés frente al whisky escocés, el catolicismo frente al anglicanismo, el idioma gaélico frente al inglés...), pero, en lo relativo a la cosa culinaria, coman exactamente igual de mal que su ex metrópoli. Menos mal que nos queda la comida internacional; de lo contrario, el viaje habría adquirido tintes dramáticos.
Dicho sea de paso, Dublín y Galway huelen a curry. Así es la cosa.
Dado que estábamos en Irlanda, y lo más socorrido cuando viajas a Irlanda es pernoctar en algún Bed & Breakfast (una casa de huéspedes, vamos), dimos con nuestros huesos en sendos B & B de Dublín y Galway. Con respecto al primero tuvimos un pequeño contratiempo: nos hicimos el lío al reservar (para las noches del 28 de abril y 4 de mayo, ya que Dublín era nuestro punto de entrada y salida a Irlanda, pero la mayor parte de nuestro viaje transcurriría en Galway), peeeero los responsables de nuestro B & B apuntaron el día 24 de abril; algo imposible, dado que nos casábamos el 25. Total, que cuando nos presentamos en el B & B nos atendió una ancianita que no tenía que ver directamente con el negocio (la dueña acababa de dar a luz), nos enseñó su libro de reservas, nos dimos cuenta de cuál era el error y, como ya no quedaban plazas para aquella noche, nos remitió muy diligentemente a la oficina de información de Dublín en O'Connell Street, donde por cuatro euros nos reservaron habitación en un hotel de Talbot Street, que viene a ser algo así como Little Poland. El olor a curry se mezclaba con el calor insoportable (verídico, chicos) y con los escaparates de tiendas polacas. La entrada al hotel, relleno de moqueta de arriba abajo, tampoco fue muy halagüeña, pero, visto en perspectiva, fue el lugar más cómodo en el que nos tocó dormir. Y estaba a dos minutos de la estación de Bus Eiréann, donde el día siguiente tomamos el autobús para Galway.
En ese hotel tomamos contacto con el auténtico Irish Breakfast, que tomábamos a eso de las ocho de la mañana y nos proporcionaba la energía suficiente para aguantar hasta el mediodía y más allá. Dos lonchas de panceta, un huevo frito, dos salchichas, medio tomate a la plancha, judías rojas con tomate y pudding blanco (butifarra, para entendernos) o pudding negro (morcilla, también para entendernos). Mantequilla abundante. Un zumito de naranja, para lavar la conciencia. Y café americano, puro aguachirri, o bien un vasito de té. Para mí, una manera bastante interesante de entrar en contacto con la cultura local; para Cristina, un suplicio, ya que tiene intolerancia a la lactosa, e Irlanda es uno de los países menos indicados para alguien que no puede ni acercarse a los lácteos. Todo lleva lactosa o derivados de la leche, de modo que, cuando llegamos a Galway, tuvimos que optar por vías un poco más guerrilleras para sobrevivir en Irlanda: hacer la compra en el SuperValu (una especie de Caprabo o Dia) que había justo enfrente de nuestro B & B, y de paso practicábamos el cruce de calle con el tráfico en sentido inverso y los conductores educados que se detienen aunque no estés cruzando por un semáforo. (Obsérvese que digo semáforo, y no paso de cebra. Por qué será.) En SuperValu pudimos encontrar buen pan de molde sin lactosa, embutidos sin lactosa (gran ventaja, teniendo en cuenta que cualquier jamón de york o salami que compréis en España lleva suero lácteo o leche desnatada), jamón serrano más barato que en España y, en fin, una amplia gama de productos que nos aseguraran la supervivencia. También es cierto que nos venía muy bien, ya que perdimos dinero con la boda (es lo que ocurre cuando intentas hacerlo bonito a toda costa, que la linea que separa el mal negocio de la mala idea es muuuy tenue) y, por la cuenta que nos traía, lo mejor era hacer economías.
Antes de entrar en SuperValu ya íbamos toreados por nuestra experiencia en el súper de Talbott Street, donde hicimos la compra para comer en el autobús que nos llevaría a Galway el día siguiente. Buscábamos la consigna para dejar nuestras mochilas, pero qué va: allí puedes pasar lo que quieras y como quieras. Gente confiada...
La primera noche tuvimos una cena excelente con María y Miguel, quienes fueron unos guías inmejorables por una Dublín sobre la que comenzaba a anochecer: el Spire, la Casa de la Aduana, el monumento a la Hambruna y un restaurante realmente original: Winding Stair (Lower Ormond Quay). Se trata de una librería-restaurante, con una carta de vinos potentísima (y muuy cara, pero que tenía incluso vinos de Campo de Borja). La comida, impresionante. Los postres, de muerte. La compañía, genial. Y todo ello originalísimo. Muy buen comienzo, pues.
No obstante, el común de los irlandeses le da al fish and chips. Dado que en Galway no conseguimos entrar en el tugurio especializado más famoso de la ciudad, el McDonagh's (22 Quay Street), tuvimos que "conformarnos" con uno de los más famosos de Dublín: el Leo Burdock (2 Werburgh Street). Con una filosofía más cercana al Brillante que a un restaurante pescadero de la Barceloneta (ya os haréis una idea del símil si habéis estado en Madrid y Barcelona), en Burdock te ponen un pez de tamaño considerable con unas patatas gordas como dedos de gigante. Cuesta acabárselo y, a juzgar por la tarde de perros que pasó Cristina, deben de echarle algo de leche para rebozar mejor el pescado. Una pena, porque estaba bastante rico. Como no podía ser menos en Irlanda, es un genunio take away (o sea, lo compras en la paradita, pero te lo comes donde te dé la gana excepto donde lo has comprado), de modo que fuimos al parque de la catedral de San Patricio a devorarlo.

Inmenso, como podéis comprobar. No sé de qué pescado se trataba. Tal vez bacalao...
Esto en lo relativo a Dublín. En Galway, como he dicho, sobrevivimos básicamente de sándwiches preparados la noche antes (para las excursiones organizadas que nos llevaron a los acantilados de Moher y el Burren, Connemara y las islas de Aran) y de pan de soda con embutidos. No obstante, encontramos un huequito para hacer turismo gastronómico el domingo 3, que fue el día que dedicamos a patear la ciudad. Una costumbre de los irlandeses es cerrarlo todo el domingo por la mañana, con lo que la idea de comer en McDonagh's se nos fue al traste. El otro restaurante que nos habían recomendado hasta la saciedad, el Nimmo's, junto al Arco Español, directamente no abría los domingos y lunes. También estaba cerrado el Da Tang Noodle House (2 Middle Street), uno de los recomendadísimos por las guías y por la (genial idea) mini guía turística que nos ofreció el dueño del B & B donde pernoctamos en Galway. Todo ello nos dejó con un único candidato, inmejorable en relación calidad-precio-horario: el Couch Potatas (40 Upper Abbeygate Street).
La idea es simple: patatas, patatas y más patatas. Pero no el vulgar fish and chips, sino comida de calidad. En una de las guías que llevábamos comentaban que sorprende el buen carácter de los irlandeses si se tiene en cuenta que sólo comen patatas. Es una exageración, pero entraña algo de verdad. Aunque sólo vimos un patatal (en Innismore, la mayor de las islas de Aran), lo cierto es que la patata está omnipresente en la vida de los irlandeses. La famosa Hambruna de la década de 1840 que mató a tres millones de irlandeses se originó por culpa de una plaga que afectó a las patatas, lo que condenó a los irlandeses al hambre, la muerte y la emigración. La paradoja del asunto reside en que durante aquellos años hubo cosechas excelentes de trigo (que se exportó en su totalidad) y la producción de ganado vacuno fue la mayor en décadas, pero la falta de previsión de las autoridades (algo muy irlandés, aunque las autoridades fueran británicas en aquella época) y la racanería de los terratenientes provocaron una hecatombe de la que, en términos puramente demográficos, Irlanda no se ha recuperado, siglo y medio después. No es, pues, de extrañar la mezcla de amor a la patria, morriña y afán de venganza que movió a los irlandeses que tuvieron que emigrar a los Estados Unidos, y cuyos descendientes atestan Irlanda. En efecto, casi todos los turistas con los que coincidimos eran irlandeses (excepto durante el puente de Mayo, en que aquello se llenó de italianos y, en menor medida, españoles).
Un shepperd's pie o pastel de pastor. Unas migas españolas (o katsu-don japonés), pero con patatas y creo que carne de cordero. Brutal, y muy rico.Esto es una Mexican Potatas. Patata rellena con chile, maíz y otras cosas picantes y fuertes, con guarnición de patatas. Bestial.
Y esto es un pastel de queso al Baileys. No estaba malo, no.
Esto, en lo relativo a la comida.
La bebida es mucho más limitada, claro. En realidad, si no te gusta la cerveza stout (la negra de toda la vida), viajar a Irlanda podría no ser una buena idea. A Cristina no termina de hacerle gracia, de modo que encontramos una solución de compromiso para regar nuestras cenas: comprar una lata de cerveza y otra de sidra.
Porque, como buen país celta, Irlanda es un país de sidra. Claro, no es la sidra auténtica, la que te pueden tirar en El Centenario de Gijón, pero, en su versión espumosa, guarda cierto parecido con las sidras tipo El Gaitero.
De todas las sidras que probamos, la mejor con diferencia fue la Druids. Diez puntos sobre diez. Espero verla en algún comercio en España, porque hasta ahora lo único que se puede encontrar por aquí es la Magners, que no es que esté muy allá.
En la televisión no paraban de anunciar la Bulmers (la que aquí se comercializa como Magners), pero en su versión... de pera. Casi no se nota la diferencia. Está rica, en todo caso, aunque sidra, sidra, lo que se dice sidra, no es que sea...
Las otras dos que probamos, la Blackthorn y la Bulmers original, ni fu ni fa.
De hecho, y como ya decía un poco más arriba, la Bulmers es la que se comercializa en España como Magners.
En cuanto a las cervezas, lo dicho: si no te gusta la stout (negra), lo vas a pasar muy mal en Irlanda.
La Árainn se supone que es de las islas de Aran y tal. Está razonablemente bien, pero tampoco mata.
La Smithwicks es una rubia. A Cristina le encantó, a mí me gustó y sí la recomendamos.
Esta Murphy's, no obstante, muy seca, aunque tenía su qué. Notable.
La Beamish, ni fu ni fa. Se limita a cumplir.
En las guías hablaban de una cerveza stout, la Galway Hooker (un hooker es la embarcación típica de Galway, no lo que estáis pensando), que se comercializa desde hace poco tiempo y pretende ser la respuesta a la tiranía de la Guinness. No tenemos elementos para juzgar si está rica o no, dado que no la encontramos por ninguna parte, ni en el SuperValu ni en las tiendas de delicatessen de la ciudad... ni en los pubs. Para mí que se trata de un fake, o que han cerrado el chiringuito, o que están a punto de hacerlo. No obstante, la buscaremos, a ver si hay suerte.
Pubs. Como he dicho, no íbamos especialmente bien de presupuesto, así que limitamos nuestras salidas. Sólo nos acercamos a una taberna típica de Galway, la Crane (2 Sea Road), en el West Side (y, por tanto, al ladito de nuestro B & B), absolutamente recomendable. No llegamos a ver ninguna actuación en directo, aunque la atmósfera era típicamente irlandesa. Y, como nos sucedió durante todo nuestro viaje a Irlanda, no entendían nuestro inglés. Ejemplo:
-Please, two half pints of Guinness.
-¿Eeeeeeh? ¡Ah! ¡Guinness!
El caso es que con la Guinness en Irlanda sucede como con la sidra en Asturias: en cuanto traspasa las fronteras se echa a perder. Hay que probarla en su lugar de origen. Así es.
Otras tabernas de Galway que nos quedamos con ganas de hollar fueron la Tigh Neachtain (Cross Street) y la Monroe's (Domininck Street). Otra vez será.
Así pues, dejamos Galway con destino a Dublín, donde echamos media mañana viendo la Guinness Storehouse (St. Jame's Gate). Uno se pierde para intentar llegar a esta inmensa fábrica, que ocupa varias hectáreas, hasta el mismo río Liffey. De hecho, hasta no hace mucho tiempo los millones de pintas anuales que se producen de Guinness embarcaban por el río hasta Gran Bretaña, desde donde viajaban al mundo entero en barcos de su propiedad. Guinness ha sido el motor económico de Dublín durante doscientos y pico años, y no es de extrañar que sea una de las principales atracciones turísticas de Irlanda, junto con los acantilados de Moher... ¡y el zoo de Dublín!
La arquitectura de la fábrica, funcional e industrial, tiene un toque de distinción, ya que corrió a cargo de arquitectos de la Escuela de Chicago. La Guinness estaba a la vanguardia en todos los aspectos.
Aparte de que la taquillera que nos vendió la entrada era española, éste era uno de los escasos lugares de Irlanda en los que oímos hablar bastante en español. Por qué será...

La verdad es que el recorrido acojonaba un poco. Uno se sentía como en la fábrica de chocolate de Willie Wonka, pero rodeado por toneladas de lúpulo, agua y cebada. La visita está muy bien estructurada, es muy didáctica, el audio es bastante más que recomendable y consiguen que sea todo lo interactivo que puede ser un lugar de estas características. Pasamos de hacer nuestro propio curso acelerado de tirar cerveza stout, y nos dedicamos a zambullirnos en los misterios de la fabricación de la más famosa esencia oscura del mundo mundial.


Para que os hagáis una idea de la extensión que ocupa el complejo de la Guinness. Un barrio entero de Dublín produciendo pintas y más pintas.
La visita acaba en la planta séptima. Si las plantas inferiores de la Guinness Storehouse tienen forma de pinta, se supone que el mirador tiene la forma de la espuma. No me lo pareció, pero si ellos lo dicen...
El caso es que desde el mirador puedes ver toda Dublín. La vista es magnífica, sin apenas obstáculos, y si el día es claro, impresionante. Teníamos el día algo nublado, así que nos conformamos con lo primero. Que no era poco.
Allí tuvo lugar un raro milagro: pedimos "Two pints of Guinness" ¡y nos entendieron! Tampoco es que tuviera mérito, tratándose como se trataba de la fábrica de Guinness.

Una de las señales de que una cerveza negra está bien tirada es que la espuma no deja marcas en el vidrio, y se va toda para abajo. Es un proceso laborioso: primero tiran algo así como las dos terceras partes del vaso, lo dejan en reposo unos cinco minutos y terminan de tirarlo. La espuma sigue viva mientras te bebes la cerveza, y al final te acabas la cerveza y sigue habiendo espuma. Juzgad por vosotros mismos si estaba bien tirada o no. Al bajar a la quinta planta hay un restaurante en el que, entre otras cosas, se puede degustar el famoso estofado irlandés a la Guinness, pero no reparamos en el hecho de que la cocina cierra a las cuatro de la tarde, por lo que nos lo perdimos... por apenas veinte minutos. De este modo, nos encaminamos hacia Leo Burdock, a degustar su famoso fish and chips.
Pero de eso ya he hablado.
En próximos días, más estampas irlandesas. Por hoy ya está bien... Creo que luego me voy a acercar a Lavinia o la delicatessen del Corte Inglés, a ver si encuentro una buena cerveza irlandesa, o una sidra de pera...

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14 Comments:

Blogger Cristina said...

Ah, y otra cosa: en todos los lugares "delicatessen" que nos recomendaron para comprar los productos típicos locales...todo, o el 95%, de importación española, y en mayor medida italiana...

11 de mayo de 2009, 18:27  
Blogger Juanma said...

Sí, la verdad es que era chungo ir a una delicatessen y que ésta consistiese en jamón de Guijuelo, vino de Rioja el doble de caro que aquí y pasta italiana a precios de escándalo... A lo mejor es que no tenían otra cosa sobre la que "delicatessenear"...

11 de mayo de 2009, 18:31  
Blogger Replicant said...

Sidra de pera...es la pera!!!

11 de mayo de 2009, 22:20  
Blogger Álex Vidal said...

No tenemos elementos para juzgar si [la Galway Hooker] está rica o no, dado que no la encontramos por ninguna parte, ni en el SuperValu ni en las tiendas de delicatessen de la ciudad... ni en los pubs. Para mí que se trata de un fake, o que han cerrado el chiringuito, o que están a punto de hacerlo.A ver si va a ser el análogo en cerveza al refresco Um Bongo de hace como veinte años, que mucho anuncio por la tele y es que ni a tiros.

(Sí, la he gugleado y parece que existe en las islas británicas, precisamente. Pero ¿alguien se acuerda de ella?)

Ah, sí, se me olvidaba: ¡qué envidia! Venga, que un año repetimos todos juntos :)

11 de mayo de 2009, 23:25  
Blogger Juanma said...

Me gusta cómo piensas... :-D

12 de mayo de 2009, 9:04  
Blogger Juanma said...

Replicant: La sidra de pera está muy rica (voy a buscarla por Barcelona, a ver si la encuentro), pero es más bien un refresco de pera levemente fermentado. De ahí a llamarla sidra...

12 de mayo de 2009, 9:05  
Blogger Small Blue Thing said...

Entonces no hagas caso al mail que te acabo de mandar :D

... pero no tires los papelotes hasta haberlo leído, por si me recomiendas algo para el verano.

12 de mayo de 2009, 11:16  
Blogger Small Blue Thing said...

Y una vez leído el post, os habeis perdido el mejor garito de pescado de Galway, Conlon's. Aunque no es época de ostras, que entonces ya es espectacular. La próxima vez no os lo perdais: subes por Qay st. hasta la plaza (¡Rayos, no recuerdo los nombres!) y la segunda a la izquierda.

Recuerdo mi primer Irish Breakfast en 2006: acababa de hacer mi Shahada menos de 48 horas antes, al final del campo de trabajo. Estaba sola en Galway, vi que había un IB sin bacon y leí "Black pudding", y pensé "uy qué rico, pa mí"...

12 de mayo de 2009, 11:21  
Blogger Ferran (Un que passava) said...

Y se las toman de dos en dos, este par de impresentables! Y encima presumen de ello! Beodos, que soys unos beodos :-p

12 de mayo de 2009, 21:11  
Anonymous Shere said...

Hola chicos,

Me alegro que os lo pasarais tan bien por Irlanda y que tuvierais buen tiempo. Lo que dices de la patata es muy cierto y ademas, el pescado del fish and chips suele ser cod (bacalao) pero soy una cobarde y aun no me he atrevido a comer alli (creo que me gustan mis arterias tal como estan). Siento que el restaurante en Galway estuviera cerrado porque estaba muy bien (no solo habia patatas).

A ver si nos vemos pronto y si no, en navidades.

Muchos besos

PD. Nosotros nos lo pasamos muy bien en la cena.

13 de mayo de 2009, 10:09  
Blogger Basurero Usurero said...

Bonito post pero escribes mucho. Suerte

14 de mayo de 2009, 22:57  
Blogger Anna said...

Menudo estudio de campo...¡que aplicados!

La comida no parece muy apetitosa...Con las cervesas nos apañariamos bien...

(tot i que això d'anar a menjar a fora i no poder regar els plats amb vi.. .aix...)

18 de mayo de 2009, 10:58  
Blogger Cristian said...

Siempre he querido conocer Irlanda, ya que me dijeron que es un país muy interesante. Ojala que alguna vez pueda ir. El turismo es una gran pasión que tengo y me gusta planear distintos viajes. Hoy decidi pedir algo para comer al delivery
barrio norte
y comenzar a buscar sitios para irme de viaje en semana santa

24 de febrero de 2013, 1:02  
Blogger Leonardo said...

No entiendo por que no tenemos delivery de comida irlandesa en Mendoza

23 de octubre de 2014, 17:26  

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