lunes, 26 de marzo de 2007

Escenas de un cásting V

Junio del 2006

Ya no aguantamos más a Lupita (nombre figurado), ni la desidia en que está sumida la casa, en parte debida a su actitud existencial, claramente reñida con la limpieza del hogar. (¡Toma eufemismo!) Una tarde de domingo, tal vez mientras hago una escapadita desde casa de Cristina para recoger y planchar la colada y leer el correo electrónico, me descubro ante el portátil, en la mesa del comedor (el lugar desde el que me suelo conectar, ya que la red inalámbrica no llega a mi habitación), junto a un plato impregnado con restos de no quiero ni saber qué asquerosidad, medio dura, hecha un pegote, que tiene todo el aspecto de llevar allí más de un día. Durante todo el tiempo que permanezco allí, junto a ese desafiante monumento a la Porquería Desconocida, me asalta una imagen: voy a dejar ese plato encima de la cama de Lupita (nombre figurado), a ver si capta el mensaje. Ya he discutido con Andrés sobre el asunto, y hemos estado a punto de acabar tarifando; una pena, dado que durante los once meses anteriores de convivencia no habíamos tenido ni un solo roce, y todo habían sido buenos momentos con Eli y con él. Antes de irme, acaso mientras meto en la bolsa el cargamento de ropa planchada que me pondré la semana que viene, estoy a punto de llevar a la práctica la idea de depositar esa masa informe, versión picante y enchilada de la montaña de puré de patatas con que Steven Spielberg anticipa el encuentro en la tercera fase más hermoso y poético que ha visto el cine, sobre la mesa de trabajo o la cama de Lupita (nombre figurado). Me contengo a última hora: he estado a punto de cruzar la raya, la delgada línea roja que separa el cabreo de la mala hostia, la queja del maltrato, la puyita del mobbing. El siguiente paso debería ser encararme con ella, pero es absolutamente impermeable a cualquier tipo de reprimenda: en cuanto alguien le comenta algo, ya sea una mera sugerencia o un comentario explícito, activa un campo de fuerza, contra el que rebotan cualesquiera tipos de lógica humana, sensatez, reproche u orden; de este modo, Lupita (nombre figurado) se hace invulnerable al mundo exterior.
No obstante, Emmanuel tiene una charla con ella, y le dice directamente y sin ambages que haga el favor de entrar en los turnos de limpieza de la casa.
Menos de veinticuatro horas después, Lupita (nombre figurado) le comunica que abandona la casa. Sin explicaciones.
Recurrimos a nuestras grandes e inseparables amigas, las páginas web de anuncios inmobiliarios, para colgar las consabidas ofertas. Y empieza el minué de la búsqueda de compañeros de piso. Las citas suspendidas a última hora. Las mañanas enteras colgado del teléfono móvil, las tardes enteras enseñando la habitación y sin poder trabajar en un número de la revista que está resultando más conflictivo que ningún otro que haya hecho antes, y que finalmente no llega a tiempo para el servicio de novedades de la Asturcón.
Las tendencias entre los aspirantes van mutando a medida que transcurre el tiempo. Del mismo modo que las drogas de moda han ido cambiando con el tiempo (de la aspirina al Gelocatil, y de ahí al Ibuprofeno), las coletillas y preguntas de quienes vienen a ver el piso también lo hacen. Ya no preguntan “¿Y por qué se va vuestro compañero?”, ni se extrañan por tener que pagar nada menos que dos meses de fianza (cuando hace dos años era frecuente pagar seis meses). La nueva promoción parece que ha refinado los métodos: ya no entran en el juego de sobrentendidos y preliminares, sino que te lo preguntan todo a lo bruto y sin la menor delicadeza. Los paradigmas ya no son Grissom ni Vilches, sino Horatio Caine y Gregory House.
Quieren que sepas que son ellos quienes pierden el tiempo desplazándose hasta la habitación que alquilas. Ya no eres tú quien lo pierde.
Y, precisamente por eso, le han perdido el miedo a dejarte colgado. Antes había cierto juego limpio, la capacidad de mantener la palabra; ahora, ni eso. Pueden decirte que vienen a las ocho, obligarte a cuadrar y recuadrar horarios de visita, y el final no aparecen. Ni se toman la molestia en avisarte.
Algunas tardes nos dan plantón hasta tres aspirantes.
A un mundo mutante le corresponden inquilinos mutantes. Las montañas de puré de patatas con chile verde retroceden, aterrorizadas, ante hordas de cucarachas con máquinas de escribir adosadas a las espaldas; o, más que máquinas de escribir, agendas.
Porque esa es otra: una vez terminada la visita, una parte significativa de los aspirantes extrae del bolso, cartapacio o mochila una agenda, para demostrarte que tienen otras citas planificadas. Da la sensación de que son ellos quienes tienen el poder de aceptarte o no en tu propia casa (es un decir, lo de propia casa, pero yo ya me entiendo), mientras que antes era el casero quien tenía la sartén por el mango.
Las reglas del juego han cambiado en algún momento. Las escuelas de negociación han hecho mella en los aspirantes a compañeros de piso.
Pero aún encuentro un resquicio para el romanticismo: todavía no me ha venido nadie con una PDA, ni con un programa clónico del que tiene Ikea para diseñar cocinas.
Puedo imaginarme un futuro inmediato, tal vez dentro de tres o cuatro compañeros de piso, en el que la visita se produzca por videoconferencia, o vía Skype. Seré un periférico más del portátil, y recorreré toda la casa, asistido por Wendy o Emmanuel, que sostendrán la webcam y enfocarán todos aquellos resquicios que quiera ver el o la aspirante, que seguramente estará monitorizando la operación desde sus aposentos, en residencias estudiantiles contiguas a las universidades de Lovaina, Cracovia o Sapporo. Ya saben que vienen a Barcelona, con un Erasmus o una beca de posgrado, y quieren tener solucionado el problema del alojamiento, pese a que aún les falta cerca de un mes para comenzar las clases.
Pero, de momento, esto es sólo una hipótesis. Los cástings se están refinando, pero, en esencia, siguen siendo lo que eran: dos personas interactuando, manteniendo las formas de una manera exquisita, vendiendo sus productos (“Soy tu casero ideal y vas a pasártelo guachi en este pisito tan mono” y “Seré tu compañero ideal y presiento que este es el inicio de una larga y hermosa amistad”, respectivamente) e intentando pillarse en renuncios. Sin perder la sonrisa ni la compostura.
A estas alturas de feria, ya he olvidado los nombres de los aspirantes, sus caras, sus circunstancias personales, sus gestos fácilmente reconocibles de paripé, sus excusas. Enseño la habitación con desgana, en piloto automático, y, como me sucedió cuando se fue Lluis, empiezo a barruntar que en parte soy responsable de que ninguno de ellos se quede con la habitación: no trasmito. También es cierto que pocos de ellos transmiten. Somos cíborgs representando papeles, nos dejamos la humanidad en otro lugar y otra época. Y algunos, además, vienen en representación del interesado (que es su hijo, menor de edad, o todavía está en su país y necesita que alguien vea la habitación en su nombre, y sea sus ojos y su voz); en esos casos, la pantomima es una historia de playback, alguien dicta en la sombra y ellos sólo mueven los labios.
Vienen por nacionalidades. Una oleada de españoles (generalmente, de pueblos de Lleida o Tarragona, incluso más lejanos, de Castellón o las Baleares). Otra de italianos. Otra de franceses. Con los franceses siempre hemos tenido malos rollos, por algún motivo no han terminado de cuajar, y nunca hemos llegado a quedarnos con ninguno.
Pero, conforme aumenta el número de aspirantes, aumenta el número de nacionalidades.

Hasta que llegó Katarína, que es eslovaca, lo más exótico que habíamos tenido en casa había sido un chino de Girona que sólo hablaba en catalán. Era una opción bastante sólida, porque parecía buen chaval, y sobre todo parecía responsable y ordenadito, pero al final nos decidimos por Lluis, que resultó ser un gran acierto. Y fue el primero en confirmar que le interesaba quedarse con nosotros.
Con Katarína tengo la misma sensación. Es demasiado directa, hasta rozar la bordería; pero presiento que, precisamente por eso, por su tendencia a decir las cosas como las ve, podrá ser una buena compañera de piso. Ahora mismo, lo que necesitamos es enderezar el rumbo de la convivencia.
Necesitamos, por ejemplo, un poco de limpieza en la casa:
-Soy muy maniática con el orden. Espero que no os suponga ningún problema.
-Perfecto. Nosotros también queremos un poco de limpieza. Si no estás a gusto en tu casa, ¿dónde vas a estarlo?
Ni que decir tiene que quien se ha metido toda la panzada a limpiar la casa para que Katarína la encuentre presentable no ha sido Lupita (nombre figurado). Ha sido Emmanuel.
Queremos formalidad. Un buen pagador. Nuestros caseros son muy puntillosos con la fecha de pago de la mensualidad, y normalmente es Emmanuel quien tiene que adelantar de su bolsillo cada vez que alguien se columpia.
También queremos tranquilidad. Y ella. Estaba viviendo con su hermana, que fue quien la convenció para que se fuera de Eslovaquia, pero está teniendo malos rollos con su cuñado y ha preferido quitarse de en medio. Ante todo, quiere mucha calma y tranquilidad. Bien.
Parece que nos entendemos. Cerramos el trato en ese momento, y la acompaño hasta la Rambla de Brasil, para que aprenda a orientarse por el barrio. Trabaja de cocinera en un restaurante al otro lado de la Diagonal, en la zona alta, y nuestra casa está relativamente cerca, media docena de paradas del cincuenta y cuatro.
-Mira, hay un asunto que quería comentarte. Estoy empezando a salir con alguien, y no en todas las casas aceptan visitas.
Me vuelvo a quedar ojiplático, como hago cada vez que una chica (nunca son chicos, qué cosas) me comenta que hay caseros restrictivos con estos asuntos.
-Tráete a quien quieras... No me puedo creer que a estas alturas la gente prohíba estas cosas.
Nos despedimos, no sin antes concertar la fecha en que vendrá con sus cosas.

(Continuará.)

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20 Comments:

Blogger Cristina López said...

Seré un periférico más del portátil, y recorreré toda la casa, asistido por Wendy o Emmanuel, que sostendrán la webcam

Ya estoy deseando que llegue el próximo cásting :p

26 de marzo de 2007, 10:27  
Blogger Juanma said...

Coming soon. :-P

Quedan unos cuantos cástings, así habrá más diversión para todos. :-D

:-**************

26 de marzo de 2007, 10:33  
Blogger Batz said...

Siempre divertidos los castings de ese piso. Divertidos para mi, que no tengo que sufrirlos, jajaj..
Cuando dejaras de pagar alquiler ahi y vivir con C? =P

26 de marzo de 2007, 14:40  
Anonymous Kotinussa said...

La eslovaca de momento parece muy normal ¿no? ¿Será en realidad como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde? Sería lo más normal dada la trayectoria de vuestros inquilinos. Espero con impaciencia el momento en que tenga lugar la transformación. De otro modo, la historia me sabría a poco.

26 de marzo de 2007, 15:40  
Anonymous C. said...

vivir con C

Cuando sepamos qué hacer con los 3000 libros de Juanma. Opciones:

a)quemarlos
b)venderlos en subasta
c)donarlos a una ONG
d)no hacemos nada y que siga pagando alquiler, así seguimos con las escenas de cásting :DDDD
e)volvernos locos buscando una solución

26 de marzo de 2007, 16:52  
Blogger Gilmar Ayala said...

Si uno ha pasado por aquel piso de manera circunstancial, creo que tarde o temprano uno saldrá retratado por las letras de Juanma, jejeje. Tengo mucha curiosidad por seguir escuchando la historia, pues creo que ya se acerca a los actuales inquilinos.

26 de marzo de 2007, 17:23  
Blogger Juanma said...

Batz: Te remito a la respuesta de C., pero tampoco estoy tan mal. Aprendo mucho sobre la condición humana. :-P

26 de marzo de 2007, 17:25  
Blogger Juanma said...

Gilmar: Bueno, supongo que aparecerás, tarde o temprano. Pero la situación actual en la casa es, con diferencia, la más placentera, pacífica y apetecible que ha habido en los últimos tres años. :-)

Abrazos. :-))))

26 de marzo de 2007, 17:27  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: La eslovaca también tuvo tela. En efecto, has descubierto parte de lo que terminó ocurriendo. (Qué predecible me vuelvo.)

La solución, mañana o pasado.

:-PPPP

Besos. :-***

26 de marzo de 2007, 17:29  
Blogger Juanma said...

C:

f) Montar una fundación y contratar a mi bibliotecaria favorita para gestionar la catalogación y mantenimiento del fondo. :-PPPP

Na, todo a su debido tiempo. De momento, la d) y la e) son la cruda realidad, hasta que me de un flus y me decante por a), b) o c). Mejor b), que así tendría pal ajuar. :-D

26 de marzo de 2007, 17:35  
Blogger Cristina López said...

a mi bibliotecaria favorita para gestionar la catalogación y mantenimiento del fondo. :-PPPP

A mí no me mires, que odio catalogar...Además, luego te harías el sueco y te venderías la biblio por 360.000 euritos, y que me pase dos veces, ¡noooorllll!

26 de marzo de 2007, 17:37  
Blogger Juanma said...

Pues sí, una vez es casualidad; dos, cachondeo. :-(

Pero no me negarás que ha sido un buen intento, ¿eh?

XDDDDDD

:-************

26 de marzo de 2007, 17:39  
Blogger Cristina López said...

no me negarás que ha sido un buen intento, ¿eh?

En realidad muy torpe, se te ve venir a la legua...:ppppp

26 de marzo de 2007, 17:41  
Blogger Juanma said...

El talante, que me puede. :-P

:-*********

26 de marzo de 2007, 17:42  
Blogger Cristina López said...

Tanto talante, tanto talante...bambi, en todo caso...

26 de marzo de 2007, 17:45  
Blogger Juanma said...

Eso es hasta que gane las elecciones. Después seré el mismísimo Satanás, y estaré rompiendo Ejpaña. :-PPP

26 de marzo de 2007, 17:46  
Anonymous Kaoss said...

Las escenas del Casting siempre son divertidas. Pero esta vez nos has dejado colgados en el mejor momento como esto fuera un capítulo de Heoes cualquiera...

26 de marzo de 2007, 20:47  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Cuando sepamos qué hacer con los 3000 libros de Juanma. Opciones:
y f) al trastero.

Joé, la primera pareja del mundo mundial que no pueden vivir juntos por culpa de los libros.

29 de marzo de 2007, 10:23  
Blogger Juanma said...

Y, para mayor inri, una bibliotecaria y un editor. ;-)

Aclaro: la culpa no es de los libros, sino del espacio que ocupan, los jodíos. :-PPPP

Abrazotes.

29 de marzo de 2007, 10:33  
Blogger Juanma said...

La opción trastero terminará siendo la refinitiva, pero me da miedo: los almacenes habituales están a tomar por culo, hay que ir en coche (no usamos) y, lo peor de todo, es complicado acceder a ellos. Me apetece tener la biblioteca abierta y consultable en todo momento.

Pero ya te digo, será lo que terminemos haciendo.

29 de marzo de 2007, 10:35  

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