Confesiones de un papanatas de mierda
La semana pasada se estrenó El elegido, de Antonio Chavarrías, que habla de uno de esos acontecimientos históricos que siempre me han fascinado: la trama urdida para que Ramon Mercader asesinase a Stalin. No la he visto todavía, las reseñas que leo por ahí me hacen suponer que es una película parcialmente fallida más allá de la premisa interesante para frikis del tema y, en resumen, me cabrea pero no me sorprende que ni una sola de las reseñas que he leído mencione la que (a falta de ver El elegido) sigue siendo la mejor película sobre el asunto: el documental Asaltar los cielos, de Javier Rioyo y José Luis López Linares (1995).
Por todo esto, aprovecho para rescatar un cuento mío del año catapún, que va precisamente sobre Trotski, Ramon Mercader, ucronías sobre la Guerra Civil y Philip K. Dick. Todo muy crazy, como lo que escribíamos en los años noventa. Ha envejecido mal, y obviamente no es El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, pero me parece entrañable a su manera y, como no hay manera de encontrarlo y, además, la ocasión la pintan calva, pues aprovecho para colgarlo.
Buena lectura, y sed indulgentes con él.
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CONFESIONES DE UN PAPANATAS DE MIERDA
1
OBJETIVO: BRONSTEIN, por R. Mercader (¿seud.?)
México, Editora Nacional, 1940. 20,8 X 13,7 cm.
374 pp. Rústica. Anticipación/Ficción política.
Curioso ejemplar. No es la primera vez que lo aparto de esta inmensa
biblioteca, único recuerdo tangible que conservo de una vida tan irreal y
fragmentaria que por fuerza tiene que ser verdadera.
Descubrí este volumen hará cuatro o cinco sesiones
de lectura intensiva –mi única referencia temporal válida, toda vez que
desistí de la medida en años o días–, al mismo tiempo que en mi mente cristalizaban
algunas pinceladas, sumamente vagas y contradictorias, de mi improbable
existencia anterior.
Mercader. No aparece en ninguno de los diccionarios
enciclopédicos –y son muchos los que se guardan aquí– ni en las múltiples ediciones del Quién es quién de que me
sirvo para mis consultas. Una vez lo vislumbré, pero la molesta aparición de la
sonda mental me obligó a abandonar toda actividad. Al reanudar mi tarea, ya no
pude encontrar la enciclopedia. Un tratado sobre la Guerra Civil española
atrajo mi atención, de modo que renuncié a solucionar el enigma.
Me desconcierta el interés que siento por la Guerra
Civil. Debo achacarlo a una especie de curiosidad genealógica. Mi tío Marcos
fue un héroe destacado de la República. Sé muy pocas cosas acerca de aquel
conflicto, y de un modo disperso, general e impreciso.
Abro el libro. La mirada vaga ociosa por las rancias
páginas, algunas de ellas subrayadas, acaso con propósitos secretos o
conspirativos, por no decir contrarrevolucionarios. (Interesantes conceptos que
se han presentado en mi consciencia de modo inopinado.) Huele a polvorienta
Historia anquilosada y deseosa de instruir tras forzado ostracismo; a
malintencionada sinceridad; a venta precipitada ante la presencia de un ogpu
tras el escaparate de la librería.
Me veo inmerso en la lectura. Siempre me había
retenido el pudor, el qué dirán, algo superior a mí, un temor inconcreto a
contaminarme de ideas indeseables... Esta vez no. Al carajo con los prejuicios,
exclamo, satisfecho por recuperar una expresión tan castiza.
Esta vez no. Leeré el libro y averiguaré de dónde
viene y por qué su aparición está trastornando mi realidad y mis recuerdos.
2
En los
últimos días del gobierno de la República, cuando la situación era tan
embrollada que uno ya no sabía si estaba defendiendo al Frente Popular contra
el fascismo, al gobierno soviético catalán frente a la invasión alemana, a la
cabeza de puente monárquico(juanista)-británica de los embates nacionalistas, o
a la burguesía del comunismo, Marcos se echó al monte. Poco importaba el bando
que escogiera, eso a él le resultaba muy abstracto; el hecho era que decantarse
por la guerrilla constituía un acto político por sí mismo.
Tampoco sus compañeros de partida lo tenían mucho
más claro: excenetistas aragoneses, bolcheviques estalinistas del PCE,
radicales de Azaña, demócratas posibilistas de Casado, caballeristas, juanistas
e incluso agentes de la SFIO confraternizaban con aquellas unidades tan
artificiales e ineficientes como sacrificadas y valerosas. Unos ataques del
gobierno soviético trotskista catalán lo obligaron a refugiarse en territorio
valenciano, en una especie de tierra de nadie y tierra de todos, al alcance y
al mismo tiempo a salvo de los tres bandos contendientes.
Los recién llegados traían noticias de los frentes:
Madrid había caído el mismo día en que los nazis ocupaban Polonia y Lituania. Por
su parte, la URSS entraba en Estonia y Letonia, y constituía a sus adeptos
valencianos en república socialista: el equilibrio de poderes en la península
Ibérica se decantaba a favor del trotskismo. Era la declaración de guerra a
Hitler. Mussolini no podía impedir la consolidación del frente mediterráneo. el
Reino Unido enviaba tropas juanistas, encabezadas por los desertores Kindelán,
Aranda y Franco, a «reconquistar» Andalucía. La Guerra Civil española, en
resumen, había concluido con ambos bandos desintegrados e implicados en un
conflicto mundial. El tiempo les daba la razón a Negrín y los suyos... Lástima
que Casado los hubiese fusilado unos meses antes.
3
Philip y su hermana –como
tales se presentaron, y no había razón para dudar de sus palabras– depositaron la impedimenta en el suelo arenoso del patio. El motel
era un solitario acuartelamiento militar reconvertido, reliquia viviente de los
tiempos de Maximiliano, y necesitaba con toda urgencia un servicio de limpieza.
El sol caía a plomo sobre sus cabezas, y pugnaba con las sombras por
arrebatarles el espacio vital. Una chicharra interpretaba, con obsesiva
insistencia, su peculiar versión de un corrido mexicano. No se oía nada más. El
pastoso olor a sudor y aceite entremezclados convertía la atmósfera en una
irrespirable solución semilíquida.
–Me voy a derretir.
–Acostúmbrate, Phil. Lo sabías cuando te decidiste a
acompañarme.
–Quién me mandaba.
Recogieron los bártulos –sendas mochilas con adminículos colgando en las posiciones más
inverosímiles, excrecencias supurantes en forma de cantimplora, saco de dormir
o pantalones deportivos– y, tras detenerse un momento en la cantina,
ascendieron por una especie de escalera sin barandilla a un rellano donde se
ubicaba su habitación.
–¿Te has fijado en el tipo que había en la cantina?
Inmóvil, silencioso, la mirada extraviada... Sería un buen personaje para tu
novela.
Jane no le respondió: estaba demasiado preocupada empujando
el picaporte de la puerta. Una vez logrado su objetivo, espetó:
–Bueno, Phil, esto no difiere en mucho de tu cueva en
vísperas de limpieza.
El hermano se abstuvo de ironizar acerca del cruel
comentario, incapaz de rebatirlo con argumentos sólidos. En efecto, quienquiera
que hubiese escrito aquello de «En el principio fue el caos» debía de haber
estado pensando en su cuartito de California o en aquel insalubre motel
mexicano, indistintamente. Por la única ventana, cubierta con algunos maderos
mal remachados, a duras penas penetraban algunos arroyuelos de luz, que dejaban
a la imaginación la tarea de desentrañar los horrores ocultos bajo un mar de
pelusas y polvo, cuyos dominios se extendían más allá de la penumbra. Un
gigantesco armario de estilo imperial se erguía amenazador en la misma línea de
sombra. Bajo un pozo de luz cegado, una pareja de bultos inmóviles sumía a Phil
en la duda acerca de su función y naturaleza. En un arranque de sosegado
realismo, decidió que se trataba de las camas. La decoración se completaba (al
menos, dentro del espectro visual) con un desconchado aguamanil.
–¿Y no podrías haber encontrado algo más barato?
–No te me quejes ahora. La idea de venir a México en estas condiciones fue tuya.
–Fastuoso. Empezamos bien.
4
... Llegué a esta ciudad americana para matar a
Bronstein el traidor o, dicho de otro modo –y así
sabrán ustedes a qué me refiero–: Stalin, el Partido, el Socialismo me pagaron para
ajusticiar a Trotski...
Un escalofrío me recorre el espinazo. Yo no debería
estar leyendo esto. Intento racionalizar semejante sensación y mi cerebro se
empapa de sustantivos, toponímicos y siglas: procesos, Yakutia, OGPU...
OGPU. Lo asocio a algo malo, a alguien que sabe que estoy leyendo este libro y
trata de evitarlo. Policía secreta, político-militar, Terror. Son sinónimos.
Supe de su existencia al tiempo que descubría el libro. A la sensación de irrealidad
y extrañeza se añadió la corazonada de que detrás de todo había algo real,
tangible, un apellido de rechinantes botas militares cuyo terrorífico taconeo
me pone sobre aviso cuando ya es tarde. Algo o alguien que sondea mi mente con
la certeza de que hallará claves que yo mismo ignoro.
Un reloj situado más allá de estas paredes da las
doce. Hora de vaciar la mente, hora de concentrarme en la nada. La sonda mental
nunca demora su marcha, «apisonando a sus enemigos, llevada en volandas por los
buenos ciudadanos», como reza una consigna del Partido que acaba de llegar a mi
memoria. La OGPU me lobotomizará, la OGPU vendrá por mí tarde o temprano, la
OGPU por las inmediaciones suenan las sirenas de los comisarios políticos:
ya está aquí la sonda justiciera es mi amiga, la OGPU vela por los
intereses del Proletariado Internacional, la OGPU triunfará sobre el
desviacionismo opuesto a la Revolución Permanente; la OGPU es el arma
definitiva con que Trotski venció a Kámenev, Zinóviev, Mólotov, Beria, Stalin,
Hitler, Mussolini, Sanjurjo e Hirohito; la OGPU las sirenas son ya un eco
lejano, allende la biblioteca debería ser eliminada para siempre,
borrada de la faz de la Tierra.
Me la estoy jugando.
Me arrojo sobre el libro de manera violenta y
salvaje, y durante horas y horas me afano en reducirlo a fragmentos tan
minúsculos como la pericia me permite.
No entiendo nada. El presentimiento de extrañeza ha
cedido ante una absoluta certidumbre. Mi vida corre peligro, y sólo puedo
atribuirlo a la violenta irrupción de este libro. Tal vez si acabo con él...
¡Maldito seas, R. Mercader, seas quien seas, por
todo el daño que me causas! No podrás conmigo. Ni tú ni nadie.
5
Jane miró el reloj. Aún recordaba el entrañable
viaje con que sus padres quisieron celebrar el undécimo cumpleaños de los
gemelos... con ocho meses de retraso. Los Ángeles en agosto era un horno, mucho
menos apetecible que San Francisco por aquella época, de modo que no
prolongaron su estancia más allá del fin de semana.
Su padre escapó a hurtadillas a los estudios Disney,
donde compró sendos relojes de genuina mercadotecnia para los niños. Hubo
algunos problemas cuando, al regresar a casa, Phil descubrió que había olvidado
el suyo en el motel, y anduvo detrás del de Jane, una Minnie aislada del resto
del mundo por una semiesfera de cristal, con un minutero de casi idénticas
dimensiones que la aguja horaria, lo cual inducía a frecuentes equívocos. No
obstante, lo había conservado desde entonces, remisa a cambiarlo por «esas
baratijas suizas y japonesas».
(Y, recordaba con cierta maldad, le encantaba
lucirlo ante el «vegetal autista» de la cantina, como habían dado en llamarle,
pues el trotecillo pausado del segundero parecía ponerle fuera de sí.)
–¿Qué hora tienes, especie de Kerouac de sexo
femenino?
Jane tuvo la vaga impresión de que Phil se estaba
arrepintiendo de viajar con ella. Ambos estaban muy susceptibles: ella, por
intentar a toda costa inspirarse para su novela, aunque implicase desatender a
un cada vez más ausente Phil, el cual estrenaba estado civil tras un fallido
matrimonio.
–Las nueve y cuarto... No, las tres menos cuarto...
Yo qué sé.
–Valiente ayuda –refunfuñó Phil. Abrió la puerta y, a juzgar por la
posición del sol y la bofetada de calor, sospechó que la hora más probable era
la segunda.
Un lagarto aceleraba la marcha, fugitivo del
abrasador suelo de arena. Un automóvil bramaba, sediento y humeante, implorando
auxilio.
–Bajo a la cantina. Necesito un trago.
–Tráeme una Corona –le oyó
a Jane, por encima del tecleo de su máquina portátil, en las profundidades del
inhabitable antro–. Muy fría, a poder ser.
6
Soñé que estaba cuerdo.
Una ráfaga de ametralladora nos arrancaba del sopor.
Habíamos descuidado la guardia. Estaban a unas decenas de metros y, parapetándose
en la noche cerrada, descargaron sobre nuestras posiciones más munición de la
que jamás llegaríamos a poseer.
Confusión. A mi compañero le estalló en las manos su
viejo fusil. No quise mirar, ni oírle en su estertor. Una bengala iluminó el campamento.
Cuerpos destrozados, cañonazos, voces encrespadas exigiendo el santo y seña. El
periodista inglés que cubría las noticias del frente cargaba su arma con
nerviosa rapidez. Una bengala. Explosión. Humareda. El inglés ya no estaba.
El comisario político amenazaba con entregarnos a
los facciosos si no defendíamos la posición con bravura. Yo me escondí,
desertor en medio del combate, rodeado de muerte, tanto amiga como enemiga.
La escaramuza concluía. Al menos, los disparos
cesaron por ambos bandos. Silencio. Nada. Nadie.
Amanecía. Me aventuré a salir, sin tomar
precauciones. El campamento estaba desierto, y no me refiero a que yo fuera el
único ser vivo en las inmediaciones: estaba vacío. No había señal alguna de
combates, de masacre, de gritos, de sangre. A decir verdad, todo era monte bajo
y zarzas, y las tiendas de campaña, trincheras de sacos terreros y armas no
estaban. Nunca habían estado.
A lo lejos se distinguía una ciudad. Me llevaría al
menos un día de camino, calculé, acostumbrado a las largas marchas milicianas. «Mañana
tomamos el café ahí», bromeábamos con el periodista inglés, en el castellano
escaso e inexacto de que se servía. Un tipo enigmático, mister Blair.
Había sido miliciano del POUM en este mismo frente. Tras los sucesos de
Barcelona del año anterior había escapado del país por temor a represalias:
pese a su probado trotskismo, lo habían visto confraternizando con estalinianos
y libertarios. Una vez se hubieron calmado los ánimos, y tras la disolución de
las milicias, se hizo tabla rasa y lo readmitieron en España, ahora como
corresponsal de guerra. Se rumoreaba que iba a ser candidato a la presidencia
del gobierno en una lista conjunta de todas las izquierdas británicas...
Avancé hacia la ciudad. El cielo ennegrecido
amenazaba con vaciarse sobre mi camino. Apreté el paso. La tormenta parecía
inminente. Un viento molesto se desató sin previo aviso. Oí truenos. El
temporal arreciaba. Sudaba, ¿o era la lluvia? Me rodeó una amalgama de tierra
mojada, ozono y otros olores.
El aire silbaba en mis oídos, un sonido parecido a «Ven,
ven, ven» y, a falta de cobijo, me dejé guiar por el viento, sorteando los
matorrales y la ya impenetrable cortina de agua. Seguí un sendero invisible y,
agazapado tras una colina, descubrí un refugio, destartalado y feo, pero con un
techo y cuatro paredes con que aislarme del temporal.
Franqueé el umbral y, para mi sorpresa, me vi en mi
biblioteca.
Desperté.
Sigo despierto.
Veo cien mil volúmenes, nada menos que todo un
edificio invadido por libros, algunos de ellos peligrosos. Ya he localizado uno.
¿Cuántos más me aguardan, dispuestos a delatarme a la sonda mental de la OGPU?
Debo destruir toda prueba incriminatoria, diezmar la biblioteca si fuera
necesario. Esto es un auto de fe, una cruzada. ¡Guerra a la desviación!
Manos a la obra. Kámenev: a la pira. Historia de
la Revolución, de Trotski: a la sección de clásicos, junto a Dante y
Shakespeare. Dimitrov: al agujero. Diario de una bandera, de Franco. Éste
se las trae. Franco salvó a la República, cuando capituló con el Frente Popular
tras su derrota en Guadalajara y se cambió de bando, dejando a Sanjurjo y Mola
descoordinados e impotentes ante los desembarcos soviéticos en Levante y
británico en Vizcaya. Ya veré qué hago con el libro... ¡Maurín! Éste hay que
conservarlo.
Absorto en la criba que ha de separar el grano de la
paja, no he advertido el primer gañido de la sirena. Sobresaltado, me aferro a
la Historia de la Revolución. Abro al azar y declamo en voz alta, hasta
que la sonda se ha alejado:
... La subordinación de
los movimientos nacionales al proceso esencial de la Revolución, a la lucha del
proletariado por el poder, no se realiza de golpe, sino en varias fases y en
formas diferentes según las diversas regiones del país...
Se han ido. ¿Cuándo me dejarán en paz? ¿Cuándo
regresarán para arrestarme, si es eso lo que quieren de mí, y pondrán fin a
toda esta tensión?
Vuelvo a abrir el libro por la misma página, y lo
que veo me hace gritar aterrorizado, expulsando fuera de mí hasta el último
suspiro.
Arranco la página, pero ésta, ante mis propios ojos,
brota cual tallo en primavera, primero en blanco, ahora trazando un mensaje
manuscrito en caracteres cirílicos, una sola línea que se repite a todo lo
largo y ancho del texto, e invade el libro, quinientas páginas con la misma
cantinela:
Nunca te dejaremos en paz.
Nunca. ¿Lo entiendes?
7
Jane se quedó de una pieza cuando vio aparecer a
Phil.
–¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado?
Phil cayó de bruces sobre el suelo de la habitación,
levantando una polvareda que hizo toser a Jane hasta el ahogo. El rostro,
ensangrentado por el golpe, la miró, complacido. Extendió la mano derecha hacia
ella y vocalizó, con perfecta claridad, sin abandonar la sonrisa:
–Jane, ¿por qué no me dijiste nunca que estabas
muerta?
La aludida no se lo podía creer. Phil, sereno en
todo momento, continuó.
–No me gusta tener que enterarme de este modo. Si
mamá y papá nos lo hubiesen dicho, ahora no estaría aquí. Sería hijo único,
¿sabes?, y tu reloj de Disney sería mío.
A Jane se le saltaban las lágrimas.
–Claro que tal vez lo habría perdido en L. A., de todos
modos.
La mujer rompió a llorar.
–Me gusta tu diadema de color cielo. Te hace juego
con los ojos. Tienes una cara muy interesante, una mezcla de Wagner y Lizst, no
sé si me entiendes. Hablaré de ello en la radio: «Le dedico esta rapsodia
húngara a mi hermana gemela, muerta apenas un mes después de nacer, cuyos ojos,
épicos y románticos a un tiempo, me recuerdan al sol mexicano en todo su
esplendor». No llores, es la pura verdad.
Se incorporó para ayudar a una Jane trémula como
nunca antes la viera.
–Joder, Phil, no me vuelvas a hacer esto –hipó, en un lamento apenas audible.
8
Ahora me enfrento a una doble tarea: por un lado,
continuar la purga iniciada en la biblioteca; por otro, inspeccionar cada libro
en busca de mensajes comprometedores.
Soy más metódico que antes. Dedico cincuenta minutos
a inspeccionar los volúmenes sospechosos y diez a leer aquellos que no entrañan
el menor riesgo, de modo que hago coincidir esos diez minutos con el paso de la
sonda.
Calculo que en unos dos meses habré expurgado unos
veinte mil, por tan sólo sesenta salvados. Con los títulos sacrílegos mantengo
viva la caldera del caserón, cuyo poder calorífico es tal que los libros sin
inventariar han acabado secándose. Abrirlos equivale a aventurarse en una suerte
de biblioteca de Alejandría, todo pergaminos frágiles y antiguos. El calor y la
sequedad se hacen insoportables, y las cenizas fugitivas del cuarto de calderas
forman una estera inconsistente, volátil.
Distingo un lomo familiar, cuyo título me hace dudar
un instante. Después, la certeza:
Objetivo: Bronstein
y, como si no pudiera ser de otro modo, la consabida
advertencia, escrita dondequiera que abra el libro:
¿Nunca te has parado a pensar en quién era ese tal R. Mercader?
Siento el familiar escalofrío de la sonda a mis
espaldas. Me escruta, sin hallar en mi mente más que una cadencia sin
significado y obsesivamente repetida –errepuntomercader, errepuntomercader,
errepuntomercader–, de modo que no encuentra ningún elemento
constitutivo de delito.
Tardo en comprender qué es lo que me ha salvado. Si
no fuese porque el peligro nunca puede ser conjurado, experimentaría gratitud
hacia ese R. Mercader, sea quien sea, aunque pergeñe libros
contrarrevolucionarios.
9
–Después de todo, no fue una mala experiencia.
Deberías probar, Jane.
–No digas gilipolleces, Phil. De verdad, a veces no
te entiendo.
–¿No has reflexionado sobre las inmensas
posibilidades que esto abriría en tu carrera literaria?
Perfecto, Philip. En la yugular. Acabas de apelar a
lo más sagrado para mí. Me conoces demasiado bien, hermanito.
–No fastidies, Phil. Necesito estar lúcida, en vez
meterme la primera porquería que me ofrezca un desconocido.
–Entonces, ¿por qué coño has venido aquí? Que sepas que
se escribe igual en Berkeley que en un pueblo mexicano.
–No he venido aquí a escribir, sino a inspirarme. Lo
que no sé es por qué te he traído conmigo.
–Tú sabrás, Juanita –dijo, pronunciando deliberadamente con acento mexicano. Ambos rieron.
Entrelazaron las manos y permanecieron un buen
tiempo en esa posición. Era su manera de solucionar desavenencias, desde la
infancia hasta entonces.
–Phil... –susurró Jane, con una inflexión entre dubitativa e
interrogativa.
–¿Sí? –respondió éste, casi seguro de cuál sería el
siguiente paso que iba a dar su hermana.
–¿Cómo fue la experiencia? Me refiero al «viaje».
Phil se lo explicó, dirigiendo la mirada más allá de
la espesa capa de polvo y madera. Hacia la cantina.
10
Ha sucedido. Justo el día después de concluir mi
tarea purificadora. Seis meses me ha costado, pero al fin la biblioteca está
limpia. Una ortodoxa selección de ochocientos títulos ejemplares, todos los que
se puede poseer sin temor a represalias. Por ello, la irrupción de la OGPU no
me ha inquietado en absoluto.
«¿Qué se les ofrece, camaradas? –pregunto, con servil pero sincera cortesía.
El comisario político no se da por aludido. Prosigue
la búsqueda (¿de qué?) con un entusiasmo revolucionario aún mayor que el de los
otros milicianos.
«Todos mis libros están en orden –los desafío, engarzando el primer ejemplar que encuentro–. Miren si no. –Y comienzo a leer un párrafo cualquiera. Al pasar la
página, me topo con una desagradable sorpresa:
¿Todo en orden? ¡Que te crees tú eso!
Mi rictus de pasmo pasa inadvertido. Lo cual no es
óbice para que el comisario me requise el tomo que yace en mis manos.
–¡Hombre! ¡Las Actas del III Congreso de la
Komintern! Una joya bibliográfica. No sabe cuánto las hemos buscado. La
Biblioteca Soviética del distrito las recibirá con alborozo. ¡Salud, camarada!
No sabes –por vez primera, el agente de la OGPU me tutea– cuánto agradece el Partido acciones como ésta. ¡Así formamos un
proletariado sano, fuerte y culto!
El comisario repite la escena tantas veces como
libros codiciados caen en sus manos. Al cabo de una hora he perdido la cuenta
de cuántos ejemplares ha incautado.
–Cómo reprimí la insurrección de Krondstadt. ¿No es emocionante? Pocos ejemplares sobrevivieron al fugaz período
estalinista, pero con la restauración del Verdadero Régimen Comunista
aparecieron más. Aun así, es la obra más buscada de Trotski. ¿Cómo la adquiriste?
Enarbola el libro con vehemencia, de guisa tal que
el título, en letras doradas, refulge con singular intensidad. Leo lo
siguiente:
¡Eso, eso! Dile cómo la adquiriste.
Guardo mutismo hasta que los hombres de la OGPU han
abandonado la biblioteca, entre promesas de hablar de mí en la próxima reunión
del Comité de Distrito, y me amenazan veladamente con regresar, tal vez sin
tantos miramientos.
11
–El mundo gira alrededor de tu barba fosforescente,
que crece y mengua al compás del motor. La carretera es una cinta de envolver
regalos, y el papel a juego es un dorado desierto sin solución de continuidad
con el cielo del atardecer. Veo a través de ti.
Phil sonrió y puso el coche en cuarta. Un utilitario
inglés (no recordaba la marca) que el dueño del hotel les había alquilado por
cinco dólares al día. Conducían sin rumbo fijo, hasta donde el depósito de
gasolina quisiera que llegasen. Jane experimentaba su primer «viaje» como lo
que era: una niña curiosa, ansiosa por probarlo todo, empirista contumaz. Le
comentaba, o más bien le retransmitía en directo, todas sus vivencias.
–Un gigante gaseoso huye por el tubo de escape. Es un
genio dispuesto a concedernos un único deseo: correr, correr, correr. Los
moradores de la lámpara somos nosotros. Dos geniecillos fraternales. ¿Cuántos
deseos le concederías tú a quien nos liberase de esta prisión?
Phil reflexionó.
–Ninguno. ¡Que trabaje para conseguírselos!
Rieron a mandíbula batiente. Era maravilloso viajar
con Jane, sobre todo ahora que lo habían abandonado su esposa y su hijo. Aquella
semana en México se estaba revelando como el mejor fármaco antidepresivo. En
cuanto a Jane, tal vez pudiera extraer de allí el argumento de alguna de sus
siguientes novelas.
Condujeron de noche. Se alternaban al volante cada
cincuenta o sesenta millas. El paisaje desértico se había terminado hacía mucho
tiempo. Ahora transitaban por una zona residencial. Unos árboles descomunales
se apartaban a su paso; algunos, con una ligera genuflexión. Jane les
sonreía. La cinta de envolver regalos era indiscernible. Las
luces del vehículo perdían potencia. Conducían a la estima, como hacían los
primeros marinos en los tiempos previos a la brújula.
Se detuvieron. Phil intentó hacer arrancar el motor,
sin resultados.
–Cojonudo. Se nos acaba la gasolina en la puerta del
castillo de Drácula.
Ese comentario fue de Jane. Phil se dio la vuelta y,
en efecto, divisó a través del cristal algo que merecía ser el castillo al que
se refería ella. Un grueso muro con alguna que otra torre de fortín, cubierto
de agrestes matorrales dispuestos a invadir la carretera, dejaba a la intuición
la tarea de adivinar detalles adicionales acerca de la casa que indudablemente
tenía que haber más allá. Tras una cancela entreabierta y un segundo muro, una
vereda conducía a una aglomeración vegetal oscura e impenetrable.
–¡Phil! ¡Mira!
El graznido de Jane le hizo dirigir la atención
hacia la cancela. Allá se distinguía la figura de un ser humano, no muy grande,
con algo en una mano, mientras la otra iba y venía, compulsivamente, de ese
algo a la boca.
12
Marcos estaba oficialmente muerto. Había caído en la
defensa de Madrid.
Si conquistar la ciudad había sido tarea fácil,
conservarla estaba resultando un suplicio, más duro aún que la «guerra carlista
a la inversa», como la denominaban entre bromas y veras los compañeros
juanistas probritánicos con quienes había combatido en el Maestrazgo. Era
cierto. Una partida guerrillera nunca se expone de manera innecesaria, conoce
mil escondrijos, puede atacar aprovechando la noche y cuenta con
quintacolumnistas entre la población de la comarca. La ciudad está más expuesta
a bombardeos y hay que defenderla movilizando a la población. En ella viven un
millón de personas, no un par de cientos. Era triste reconocerlo, pero el
Ejército Partisano no estaba capacitado para aquella empresa. ¡Maldito fuera
quien les había ordenado avanzar hacia Madrid! ¿Qué le habría costado
mantenerlos como un colchón de seguridad entre los germanófilos de Muñoz
Grandes y las repúblicas soviéticas de Levante y Cataluña? De ese modo, no
habrían tenido que pasar a la ofensiva.
Por otra parte, no había más remedio. Cuando el
Tercer Reich y sus gobiernos satélites se desplomaron, estalló una segunda fase
en el conflicto, la que enfrentaba a las potencias «democráticas» occidentales
con las repúblicas soviéticas. Los que habían sido aliados durante seis años
peleaban ahora sin cuartel. En el caso de la península Ibérica, el Directorio
formado por don Juan, Franco y Casado les declaró la guerra a Valencia y
Cataluña. Como contrapartida por su ayuda, el Reino Unido ocupaba Menorca, pero
tuvo que abandonarla por el estallido de una guerra civil dentro de sus
fronteras. Moscú azuzó al Ejército Partisano de Marcos para que luchase por una
República Soviética de Castilla y... ¿para qué? ¿Para ordenarle la retirada sin
dar explicaciones de ningún tipo? ¿En nombre de qué tenía que aceptar la
contraorden? ¡Maldito fuera quien le ordenó primero marchar hacia Madrid, a
sabiendas de que era casi un imposible, y ahora le mandaba renunciar a lo
ganado, replegarse como un cobarde contrarrevolucionario! Él, Marcos en
persona, acabaría con ese tirano.
Ahora bien, lo haría bajo una identidad falsa.
Dispuso su muerte y la de sus allegados en un ataque
occidental contra el Estado Mayor. Una bomba juanista borró de la faz de la
tierra el edificio donde supuestamente se encontraba Marcos, quien, de este
modo, ingresaba en el santoral revolucionario, como tantos otros.
Una vez muerto, voló en un biplaza, sorteando las
alarmas antiaéreas, en pos de su última misión: Trostski.
13
¡Maldición! Es el fin. La sonda se detiene ante la
puerta de la biblioteca. ¿Cuál será mi coartada esta vez? Les diré que la OGPU
me visita con frecuencia para aprovisionar a la Biblioteca Soviética de
incunables escritos por Trotski que yo les cedo como muestra de fervor
revolucionario...
Pero no creo que sea suficiente. Necesito un golpe
de efecto que ahuyente a esos temibles secuaces del Mal para siempre jamás.
Saldré yo mismo a recibirlos, portando un obsequio de mi humilde colección. Terrorismo
y revolución, primera edición. 1920. Servirá.
El recinto de la biblioteca desaparece detrás, más
allá de la oscura noche. Camino a tientas, guiado por la luminosidad de la
sonda, allende las almenas. Un faro, posiblemente de una batería antiaérea,
ilumina el libro. Quiero asegurarme de que... ¡En mala hora! Las páginas me
previenen.
Cuidado con ellos. Vienen
del mundo real.
¿El mundo real? ¿Qué mundo real?
El mundo en el que a
Trotski lo mató Stalin.
Se me erizan todos los cabellos; hasta los de los
genitales. No le puedo entregar esto
a la OGPU. Me fusilarán de inmediato. (Lo harán, de todos modos, si
la sonda está captando mis pensamientos.)
El mundo en el que tu
idolatrado tío Marcos no es tu tío, sino un criminal. El hombre que mató a
Trotski...
Arranco la hoja de cuajo y me la trago. Digiero sin
mesura, como si me fuera la vida en ello. (Me va la vida en ello.)
...en esta casita
fortificada de Coyoacán...
Me llevo a las fauces de manera compulsiva un
cuadernillo limpiamente amputado. Mastico e insalivo hasta formar una papilla
intragable e ilegible, venciendo la grima, la repulsión. No debo pensar en
ello. No debo pensar. No pienso.
¿Sigues sin saber quién es
Ramón Mercader?
–¡Me importa un carajo quién sea ese tipo! ¡Yo sólo
quiero que me dejen en paz! ¡Lo que me hayáis de hacer, hacedlo ya!
14
El sujeto gritaba en español. Una convulsión dejó
patente que se estaba asfixiando. Aun así, siguió ingiriendo. Las luces se
apagaban. Jodido coche. Tendrían que socorrer a ese hombre. Jane salió del
vehículo.
–Vamos, Phil, ¿no ves que se está ahogando?
Corrieron. Las primeras luces del alba acudieron en
su ayuda. Phil miró al cielo. El espectro abarcaba desde la simple negrura, al
oeste, hasta un tímido blancuzco, en el este.
«Qué alba tan poco romántica –pensó–. Cómo se nota que se me están pasando los efectos.
El bajonazo es bestial.»
–¡Phil, joder! No te quedes mirando a las nubes. Este
hombre está muy mal.
Y, en efecto, lo estaba. No le quedaba mucho. Una
bola le obstruía las vías respiratorias. Tardaría poco en morir; apenas un
suspiro. Nunca mejor dicho.
–Phil, la navaja.
–¿Qué?
–¡Que me des tu navaja! Voy a hacerle una
traqueotomía. O eso espero.
Era o eso o nada, así que Phil accedió. De todos
modos, iba a morir...
El hombre murmuraba, con un hilillo de voz:
–No os lo diré... no... no sé quién es... Mercader...
Ramón...
Jane y Phil intercambiaron una mirada inquisitiva.
–¿Ramón Mercader? ¿No fue ése el tipo que mató a
Trotski?
La navaja se hundió en su cuello. El hombre intentó
gritar, pero ya no le quedaba voz. Una mueca de desánimo le invadió. Una
lágrima surcó su rostro. Contuvo su escasa respiración, le sacudió un ligero
espasmo y murió.
En la mano, una porción de algo que muy bien pudiera
ser peyote quedó engastada para siempre.
15
Los hombres de la OGPU salen de la sonda mental. Son
dos, un hombre y una mujer, jóvenes, tal vez rondando la treintena. Guardan un
sorprendente parecido entre ellos. No podía ser de otro modo. En los últimos
años se había corrido la voz, y ahora sé que es cierto. ¡Los fabrican! Dios mío, fabrican a
los agentes, son productos de laboratorio, clones, idénticos unos a otros.
No me atraparán vivo.
Como, devoro, degluto, sin prestar atención.
Comprendo, demasiado tarde ya, que me estoy asfixiando, que el libro se niega conscientemente a que acaben con él.
Los hombres hablan entre sí en un idioma extraño,
ajeno a mi mundo. Tal vez la jerga de la OGPU. El hombre le tiende a la mujer
un extraño artefacto alargado de punta brillante. ¡Un detector de mentiras!
¡Esto sí que es el fin! Hablaré, sí, pero sólo les diré lo que yo quiera
contarles. Las palabras fluyen, con pasmosa celeridad, un discurso digno de
Lenin.
Durante media hora los convenzo de la mentira del
régimen. Mi tío Marcos sí que era un valiente, siempre dispuesto a luchar
contra el fascismo. Como conclusión exclamo, henchido de orgullo:
–No os diré nada más acerca de mi tío Marcos.
Ahora puedo morir tranquilo. Sin embargo, oigo una
voz majestuosa por encima de mí y, aunque habla en su extraña jerga, sé que me
está preguntando:
–¿El tío Marcos? ¿No fue ése el asesino del camarada
Trotski?
Y recuerdo quién era el tío Marcos. Recuerdo quién
era Ramón Mercader. La revelación me abrasa la mente. Me opongo con todas mis
fuerzas al detector de mentiras, que ahora parece ser un simple cuchillo. Los ogpu
se transfiguran en simples civiles vestidos con pantalones vaqueros. Sé dónde
estoy... Pero ¿qué estoy diciendo? Todo esto sólo puede ser un engaño de la
OGPU. La sonda debe de haberlo leído todo... No tengo escapatoria... Antes
morir que ser torturado...
16
Ramón Mercader... Jacques Mornard... Frank
Jackson... El tío Marcos... Qué gracioso era el chaval: llamarte tío Marcos,
sin ninguna razón en especial, sólo porque le hace gracia llamarte así, sólo
porque le recuerdas a un Marcos del servicio de guardaespaldas de Liev
Davidovich. Pero el niño se ha quedado con la copla, y en Marcos te has
convertido. Qué encanto de crío. Toma, mono, un caramelito de peyote, cómetelo
mientras yo termino con lo mío, que se me hace tarde y tengo que acabar ya con
esto. Liev Davidovich, Trotski, te pregunta por Sylvia una vez más, e insiste
en que debes rehacer el artículo, el señuelo que utilizaste para quedar a solas
con Trotski, y...
Tiemblas. El otro día estuviste tan cerca... Tenías
que haber acabado con él, pero no lo hiciste. ¿No querías que Sylvia lo presenciase?
Ella esté lejos ahora, esperándote... Ya ha pasado la hora. Debe de estar
impacientándose. El viejo dice algo:
–... mal aspecto. Debería usted cuidar más su salud.
Dan las seis. Media docena de campanadas atruenan en
tu cerebro. Estás descompuesto. Si no acabas ahora con él... Debes salir a toda
prisa... No, antes tienes que acabar con tu cometido. Mira por el balcón, más
allá de la biblioteca. Ahí lo tienes, está desprevenido... Sopesas el piolet
con las manos y lo extraes del abrigo...
No ha sido tan difícil, después de todo. Lo hecho,
hecho está. Sales corriendo, pero no lo suficientemente deprisa. Culatazos en
tu cara, de los que sólo puedes escapar balbuciendo alguna excusa. Lo has hecho
por tu madre. Oyes al moribundo –el hijo de puta sigue vivo– diciendo que no deben matarte, que antes tienes que hablar. Ellos
siguen pegándote. Di la verdad, dinos la verdad, habla, sabremos cuándo
mientes.
Ves al niño. Está junto a ti, con un colocón
indescriptible, llamándote tío Marcos. Lo apartan de un golpe. Por un momento
crees que le han partido el espinazo, pero el chico ni se inmuta. A juzgar por
su mirada, sabes que no se ha enterado, que está en algún otro sitio, pero no
aquí, que vive dentro de sí mismo, o tal vez en otro mundo en el que no has
cometido este crimen, o en un mundo en el que Trotski alcanzó el poder
omnímodo, o en un lugar en el que lo que le has dado crece en los árboles y no
hay que preocuparse por su ausencia porque no hay otra cosa porque nunca ha
habido otra cosa ni nunca la habrá pues el pobre muchacho nunca saldrá de su
trance su fantasía durará eternamente y tú te preguntas si al fin y al cabo no
estarás dentro de otra fantasía y si su mundo es más real que el tuyo...
17
–¿Sabes, Phil? Tengo una idea para la novela.
–¿Ah, sí? –comentó Phil, hojeando distraído el Time que
les había proporcionado la azafata.
Jane se encaró con él. Cuando se enfadaban,
aparentaba mucha mayor edad. Aunque bien pensado, reflexionó, ya no somos tan
jóvenes. Tenemos más de treinta años. Habrá que empezar a pensar en otros
términos.
–Nunca me haces ni puto caso, Phil.
–Perdona. Venga, cuéntame.
Jane se embaló, como siempre que le contaba sus
ideas. Las palabras fluían con rapidez, concisas, ni sobraban ni faltaban. Él
la envidiaba: Jane sería una perfecta locutora de radio. Mucho mejor que él.
–Se titulará El hombre en la fortaleza. Es una
ucronía que se desarrolla en un México alternativo en el que el Eje ganó la
Segunda Guerra Mundial. Los japoneses ocupan el Pacífico, los españoles el golfo
de México y los nazis el Caribe...
–¿Y no quedaría más propio que los nazis ocupasen el
Golfo y los españoles el Caribe? –interrumpió Phil. El gesto de respuesta de Jane le
perforó las entrañas–. Perdona. Sigue contándome –acertó a decir, para librarse de las posibles (no, seguras)
represalias de su hermana.
–Bueno, el caso es que en México, D. F. subsiste un
gobierno tapón entre el nazi y el japonés. Un tal señor Tagomi...
Phil escuchó con atención. No pudo objetar nada más.
La novela era perfecta, estaba lista para ser escrita. Jane era condenadamente
buena. Un destello le asaltó por un momento:
–Eh, Jane, ¿por qué no titularla El hombre en el
castillo? ¿No crees que suena mejor?
–Sí, claro, no te jode, ¿y por qué no escribirla a
medias? –saltó ella, ofendidísima. No bien lo hubo dicho, se
llevó un dedo al cabello, como solía hacer cuando se hallaba abstraída en sus
meditaciones. Por fin dictaminó–: Pues no sería tontería. Siempre me estás pidiendo
que te deje escribir algo conmigo.
Siguió meditando. Unos instantes después, trazó una
pícara sonrisa de complicidad con su hermano.
–El hombre en el castillo, de Jane C. y Philip K. Dick... Me gusta cómo suena.
Etiquetas: autobombo, ciencia ficción española, México, Philip K. Dick, Ramon Mercader, Trotsky, ucronías




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