miércoles, 25 de mayo de 2016

¿Y por qué no corregir directamente para los autores?

A estas alturas de feria está bastante claro que el modelo editorial actual no da mucho de sí y se va a venir abajo de un día para otro. Les dejo a otros la tarea de establecer las causas de este agotamiento, pero de manera intuitiva vienen unas cuantas a la mente: el fin del empleo digno tal como lo hemos conocido, los ajustes en las cuentas de resultados editoriales, las dificultades a la hora de adaptarse a la realidad editorial y la fragmentación del mercado. Los correctores en plantilla son casi un vestigio del pasado, pero tampoco se puede decir que los correctores externos seamos ahora mismo los reyes del mambo, cosa que tal vez fuéramos cuando comenzó el proceso de externalizaciones. Hace unos diez años salía a cuenta darse de alta en autónomos y vivir de la corrección de textos, porque las editoriales estaban externalizando, o bien tratando directamente con los colaboradores externos, o bien a través de las empresas de servicios editoriales. La crisis del sistema, la crisis del estado de bienestar y la crisis del sector han arrasado con todo eso, las tarifas se han venido abajo, muchas empresas han cerrado, las editoriales suelen ahorrarse algunos pasos antaño imprescindibles del proceso de edición (hablando en plata: cuando antes encargabas tres correcciones, ahora vas que te estrellas con una sola) y, en resumen, las cuentas apenas salen. Hemos pasado de mileuristas a quinientoseuristas o incluso trescientoseuristas, en un proceso que ha ido en paralelo a los desplomes salariales del mundo de los trabajadores por cuenta ajena. Si tienes un impago o un retraso en el pago (y ambas posibilidades son cada vez más habituales), te puedes dar por jodido, porque lo más probable es que, al echar cuentas en la trimestral de IVA, descubras que en algunos períodos de tu año fiscal has gastado más dinero del que has ingresado: las cuotas y la trimestral no entienden de retrasos, pero estos se dilatan cada vez más y, en resumidas cuentas, te encuentras con que a lo mejor ha habido algunos meses en que has pagado por trabajar. Vamos, lo ideal cuando tienes que pagar hipoteca, alquiler, IVA, cuota de autónomos y colegio de la niña. En resumen, ese mundo de familias cuyos dos miembros adultos trabajan y, aun así, coquetean con la pobreza. Nada que no suceda en cualquier parte del mundo en que transcurre esta estupenda distopía ciber y cutrepunk que llamamos siglo XXI.

Vale, ya he llorado lo suficiente, y ya tengo aislados los problemas y muchas de sus causas, pero ¿y sus soluciones? Veamos.
Cambiar de sector, por supuesto... suponiendo que hubiera algún sector en el que las cosas fueran diferentes, que no lo hay. 
Emigrar al extranjero, claro que sí... pero ¿a hacer qué? ¿Adónde? 
Reinventarme y buscarme la vida. Buscar nuevos clientes y ofrecerles nuevos servicios a los que conservo. Exprimir todas las posibilidades de negocio que me ofrece el sector. Reciclarme.
En resumen: si ya apenas quedan empresas de servicios editoriales y las pocas editoriales que todavía trabajan con colaboradores externos están de recortes y han reducido la cantidad de proyectos que sacan al exterior, ¿por qué no probar directamente con los autores?
Pues bien, los autores no son ni por asomo mi principal fuente de ingresos (siguen siéndolo las editoriales y empresas de servicios editoriales), pero son una tendencia en alza en mi día a día laboral. Y, con matices, la recomiendo. 
Por supuesto, siempre puedes tener experiencias negativas en el trato directo con los autores. Como las puedes tener con editoriales, empresas de servicio o la Administración. El mayor marrón que tuve el año pasado, de esos de acabar dejando el asunto en manos de abogados porque la cantidad que me debían era de tres ceros y me echaba a perder el trimestre, lo tuve con una empresa de autoedición y su correspondiente autor autoeditado. La historia es demasiado cutre como para que me apetezca reproducirla, pero en resumen tiene todos los elementos que deberían alertarte de que las cosas acabarán como el rosario de la aurora: cliente que suele pagar tarde (aunque pague), proyecto que heredas de una amiga a la que los retrasos le impiden hacerse cargo porque ya tenía otras cosas apalabradas, y autor muy peculiar. Desde el minuto uno quedó claro que todo iba a acabar fatal, y así sucedió. Fin de la historia.
Pero también puedes tener experiencias positivas. El hecho de que un autor que recurre a la autoedición no esté acostumbrado al funcionamiento habitual del proceso editorial no es ni bueno ni malo de por sí. Es un tipo de cliente diferente de la editorial o la empresa de servicios y, por lo tanto, debes ofrecerle un trato diferente. Esto se ve desde el momento de negociar una tarifa. Tal vez te vaya a dar más trabajo que un libro publicado por una editorial "seria", pero no siempre tiene por qué ser así. Tal vez vaya a intervenir más que un autor al que publica una editorial "seria", pero es lógico, ya que está arriesgando su dinero y es lícito que sospeche que a lo mejor lo vas a tangar, o puede no estar de acuerdo con el resultado final. 
En resumen, pueden suceder muchas cosas, pero por otro lado es cierto que el trato directo te ofrece otro tipo de compensaciones con las que no sueles encontrarte al trabajar con editoriales o empresas de servicios. La cercanía con el proyecto y el cliente, la posibilidad de consultar todo tipo de dudas en cualquier momento, unas tarifas más flexibles, una capacidad de negociación, un pago más ágil que los típicos dos o tres meses de la editorial o la empresa de servicios...
Es, como he dicho, un tipo de cliente especial al que hay que tratar de manera especial, al que, por muy profesional que seas, te cuesta limitarte a enviarle el trabajo ya terminado, la factura y hasta la próxima. Está confiando en ti, cuando podría saltarse las correcciones e ir a lo fácil, y eso dice mucho a su favor. Quiere hacer las cosas como un profesional, pero no siempre va a disponer de medios y conocimientos profesionales, por lo que tu tarea como profesional es facilitarte las cosas para que se sienta a gusto, confíe en su obra y se lleve una experiencia muy positiva que le haga ver que un informe de lectura o una corrección son valores añadidos que pueden marcar la diferencia entre lo aceptable y la excelencia. Y, si le va bien, cosa que es lo deseable debido a la inversión realizada, abrir la posibilidad de que repita en su próxima obra, tal vez contigo.
Pues bien, como ya he dicho, este tipo de cliente, sin ser el principal, está consolidándose, al menos en mi agenda. Suelo hacer dos tipos de trabajos con él.
En primer lugar, el informe. No es el tipo de informe que hago para una editorial, sino el que el autor haría con una agencia. Más que el resumen de la trama, que doy por hecho que se la sabe, incidimos en aspectos estructurales, sugerencias de corrección y presentación del texto, y orientación acerca de posibles editoriales, premios o agencias en las que mover el manuscrito, Llevo tres servicios de este tipo en poco más de un año, más uno parecido sobre una traducción, y uno de los originales que valoré aparecerá próximamente, supongo que ya en 2017, en una editorial gorda; espero que los otros dos corran una suerte similar durante ese año.
Y en segundo lugar, la corrección. Como ya he dicho, el sector editorial está de capa caída y restringe gastos, y una de las maneras de hacerlo es saltarse fases del proceso. Donde antes encargabas correcciones de estilo, ortotipográfica y de compaginadas, ahora tienes que arreglártelas con una ortotipográfica, y que la suerte haga el resto. Cuando trabajo directamente para el autor, suelo hacerlo por un precio cerrado, pactado previamente, lo más ajustado posible, una vez ofrecida una cata de corrección para que el autor sepa qué le voy a tocar, y haciendo hincapié en la ortotipografía aunque, si el autor está de acuerdo, sin miedo a meterme en cuestiones de estilo o incluso contenido. Es lo que podríamos decir la típica corrección ortotipográfica que te encarga una editorial cuando el original no ha pasado estilo o, si lo ha hecho, era con unos plazos inasumibles y el corrector no ha podido profundizar en la corrección: vale, tocas ortotipo, que es lo que te pedían, pero el protocolo establece que toques también las cuestiones básicas de estilo que no se han detectado en la corrección anterior. Llevo dos correcciones de este tipo en cosa de año y pico, y ya tengo apalabrada una tercera, que, tal como nos hemos planteado el negocio, implicará una cuarta de aquí a fin de año.
Y aquí quería yo ir a parar. Las dos correcciones que he realizado hasta ahora son del mismo autor, Sergio Clavel. La particularidad del asunto es que fue él quien contactó conmigo a través de Twitter, nos entendimos bien, quedó contento con la corrección de su novela La arqueóloga de la mafia, y hemos repetido con la que acaba de publicar hace unas pocas semanas: El Asesino del Barroco


La arqueóloga de la mafia era una novela de ritmo trepidante, en la tradición del techno-thriller en el que pasan muchas cosas y no hay descanso. Me gustó la manera en que Clavel conjugaba la trama de ciencia ficción (universos paralelos y saltos espaciotemporales) con la de thriller (todo muy a lo 24) y la ambientación en la Cuba prerrevolucionaria, con muchos guiños tanto a la novela negra ambientada en esa época (los referentes inevitables son Si los muertos no resucitan, de Philip Kerr, y El padrino II, de Francis Ford Coppola) como a la imaginería masónica que impregna La Habana. Me lo pasé bien corrigiéndola, creo que ofrecí un acabado profesional y el libro quedó más que digno.



En El Asesino del Barroco, Sergio cambia de registro, Reconoce la influencia de Dan Brown, que no es nada difícil de percibir en cuanto te adentras en la lectura. Un asesino psicópata llamado el Ser Imperfecto (por motivos menos obvios y más relevantes de lo que parece) empieza a sembrar el pánico en Roma al perpetrar unos terribles crímenes en los que los monumentos barrocos de la Ciudad Eterna forman parte de manera indisoluble, un tanto a lo happening del primer episodio de Black Mirror. No tardamos en saber que la intención del Ser Imperfecto es trascender el arte barroco e inaugurar una nueva forma de crimen y de arte, todo junto y tal vez en el sentido en que Thomas de Quincey hablaba del asesinato considerado como una de las bellas artes. El comisario Carlo Marini, un cuarentón amargado y con nula empatía, se encarga de investigar el caso, pero no tardan en producirse nuevos asesinatos en lugares emblemáticos de Roma (por lo general, en obras de Bernini), y su unidad de policía queda desplazada al interferir el cuerpo de Carabinieri. El conflicto de jurisdicciones, típico en las novelas y series tanto españolas como estadounidenses (¿qué pasa cuando la CIA y el FBI acaban a hostias por un mismo caso, o cuando la Guardia Civil pone palitos en la rueda de la investigación de los Mossos d'Esquadra? Todos lo hemos visto o leído), está servido. A ello hay que añadir otra de las convenciones del género: la investigadora externa, Adriana, una brillantísima historiadora del arte que puede dar con ciertas claves que se le escapan a la policía, un tanto en la estela de Jessica Fletcher o Richard Castle. Por supuesto, la trama se complica, y mucho, la cosa parece tirar por elevación y nos introduce elementos nuevos (¿a qué se debe el interés de los carabinieri?) y, a medida que al Ser Imperfecto se le va la pinza, la novela deja de ser el trillado thriller que cabría esperar y nos ofrece algunas imágenes potentísimas que directamente nos recuerdan al Thomas Harris más desagradable de las novelas de Hannibal Lecter. Hay una matanza de inocentes en concreto que te deja tiritando, sobre todo si tienes niños pequeños, en la que Clavel no escatima ni medios narrativos ni dureza verbal y visual. Y el final, muy espectacular, es de los que ves venir demasiado tarde y se merecerían una portada (por cierto, excelente el trabajo de Alexia Jorque) si no fuera porque contienen la madre de todos los spoilers.

En resumen, me lo he pasado muy bien corrigiendo los dos libros de Sergio Clavel, es un placer trabajar con él, son lecturas recomendables, le deseo toda la suerte del mundo, ya que entiendo que tiene nivel suficiente como para "dar el salto" a una editorial, y nunca le agradeceré lo suficiente el que se pusiera en contacto conmigo, ya que ha cambiado mi percepción de lo que es el trabajo directo con un autor autoeditado, y las dos experiencias que he tenido con él han resultado tan positivas que casi me hacen olvidar el marronazo que tuve el año pasado con el autor muy peculiar y el autoeditor que pagaba tarde. Sí, amigos del gremio: un autor autoeditado también puede ser un buen cliente. Y sí, amigos autores: aunque autoeditéis vuestras obras, os puede salir a cuenta tener a mano un profesional que os informe o corrija vuestros originales.

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