martes, 24 de enero de 2017

"Revista Hélice. Diez años que saben a poco", artículo en el número 21 de "Hélice"

Congratulémonos: Hélice, la revista decana de crítica en la red sobre género fantástico, cumple diez años. Para celebrarlo ha lanzado un número muy majo (que podéis leer pinchando sobre este enlace), cuyos platos fuertes son la entrevista que Mariano Martín le hace a Ian Watson, una monumental bibliografía de todos los estudios relacionados con el género fantástico que se han publicado en España, y un magnífico ensayo de Sara Martín sobre la ciencia ficción española y el mundo académico.

Además, y por lo que al título de esta entrada respecta, se nos invitó a Fernando Ángel Moreno y a mí a escribir sendos artículos sobre el significado del decenio que cumple la publicación. Mi ensayo se titula "Revista Hélice. Diez años que saben a poco". En él trato de contextualizar el papel fundamental de Xatafi en el fándom de mediados de la primera década del siglo XXI, cómo Hélice tuvo cierta continuidad con las por aquel entonces recién finiquitadas Gigamesh y Solaris, cómo es de flipante que, a pesar de los premios que recibió, ninguno fuera a parar a los artículos de Julián Díez, y cómo ha llegado a convertirse en una de las revistas de referencia sobre estudios fantásticos.

Feliz lectura. Y enhorabuena a Mariano Martín, Mikel Peregrina y Antonio Rómar, por hacer posible que la hélice siga girando. Como digo en el artículo, nos leemos en 2026, cuando celebre su vigésimo aniversario.



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viernes, 20 de enero de 2017

Presentación de "Retrofuturo" en la librería Gigamesh: las pruebas gráficas

En la anterior entrada os convocaba para la presentación de la antología Retrofuturo. Esta tuvo lugar ayer, quedó francamente maja y aquí la tenéis.



La frase para enmarcar la pronunció Francisco J. Pérez: "La nostalgia es un cáncer cultural". Y básicamente la presentación fue de eso. Y de muchas cosas más. Ya lo veréis.

Muchas gracias a los asistentes, tanto virtuales como presenciales.


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domingo, 15 de enero de 2017

Presentación de "Retrofuturo" el 19 de enero en la librería Gigamesh

El jueves que viene, día 19 de enero de 2017, a las 19:00 horas y en la librería Gigamesh, tendrá lugar la presentación de la antología Retrofuturo. Una mirada a los años 70, seleccionada por Guillem López y editada por Cazador de Ratas. En el cartel están los datos más relevantes. La presentación se emitirá por streaming, como siempre, y luego se colgará por el canal de YouTube de la librería Gigamesh. Esa misma noche o el viernes actualizaré el blog enlazándola, no os libráis.



Si no llevo mal la cuenta, será la presentación más concurrida de las tres que se habrán celebrado hasta ese momento (Madrid, Valencia y esta de Barcelona, aunque ahora me quedo con la duda acerca de si ha habido más presentaciones), nada menos que con cinco autores de los doce que participamos; casi la mitad. Mejor: así habrá más variedad. 
Sofía Rhei (cuya Róndola va a estar en todos los listados de novelas españolas finalistas de premios especializados) nos hablará de "La máquina de los deseos", protagonizado nada menos que por la ahora muy de actualidad Angela Carter (esa edición de sus cuentos por Impedimenta es uno de los acontecimientos literarios de los últimos años). 
Colectivo Juan de Madre, responsable de El barbero y el superhéroe (uno de los títulos capitales del género en 2016, al margen de nacionalidades), hablará de "Los ojos" (obligatoria para fans de la Joy Division). 
Francisco Jota Pérez (otro de los valores que, sin prisa pero sin pausa, han pasado a la primera línea del panorama editorial español en general, como demuestran Polybius y su participación en Alcasseriana) defenderá "Trabante", un cuento muy personal para él que nos remite a la lucha obrera de los años setenta en la cementera de Vallcarca.
Tamara Romero (de la que acabo de corregir un cuento durante estos días, y hasta ahí puedo contar... hasta dentro de un par de meses, claro) explicará por qué mezcló a las muñecas Barbie con la llegada a la Luna en "Hospital Clarence Halliday para juguetes enfermos" (¡y por qué le sale tan bien!).
Y servidor, pues bueno, comentará todo lo que ustedes querían saber sobre "Son ilusiones", mi aportación nonainopunk al conjunto.
Echaremos de menos la presencia del resto de los autores implicados en el proyecto: Jesús Cañadas, Marian Womack, Cristina Jurado, Nieves Delgado, Alfredo Álamo, Layla Martínez y, por supuesto, Guillem López. No se confirma ni desmiente la presencia de la responsable de la editorial, Carmen Moreno, pero doy por hecho que vendrá.
Espero no echar de menos vuestra presencia en la presentación.
Hasta el jueves.

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Bola extra. Venga, acá va un adelanto del cuento, que no se diga.

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SON ILUSIONES


Ah, no, sin vivir en Madrid no lo entenderás.
Burning[1]

josé y alfonso

Van a salirse de la calzada aérea. Caerán sobre un descampado colindante con un bloque de viviendas de auxilio social, cien metros más abajo. «Esto sí que tiene guasa», canturrea José mientras da un volantazo en el último momento. Las voces de Diego y el Jeros se elevan por encima de la imitación con corriente alterna de riffs de guitarra de bobina eléctrica. Su mirada hace un loco barrido. El camión al que trataba de adelantar por la derecha; el ángel custodio que remata un hito kilométrico en sentido El Escorial; el camión que se aleja; la enorme cruz que se acerca; el tráfico que viene en sentido contrario; el ángel custodio que, ochenta metros más a la izquierda, remata el hito kilométrico en sentido Madrid; el quitamiedos que se lleva por delante la capa de pintura de la puerta del copiloto; y la pota que acaba de soltar Alfonso mientras aferra el volante y, sin dejar de potar, endereza la trayectoria del automóvil. Dejan atrás las furgonas de la bofia y se incorporan al carril rápido. Los aeróstatos de la benemérita vuelven a la carga, cada uno por un flanco, a una distancia prudente mientras transitan por la Via Triunfalis, y sin el menor miramiento desde que se incorporan a la ronda de los Hospitales. Dejan y dejan a un lado la inmensa torre del cerro Garabitas y se acercan al Gómez Ulla. El aeróstato lanza incontables ráfagas de ametralladora que se sobreponen a la música:

Lo que hacemos en la vida
luego de nada nos vale.[2]

José le da un relevo a Alfonso, quien puede buscar por fin un pañuelo con el que limpiarse los restos de vómito que cuelgan de la hirsuta melena y de las tachuelas de la chupa. Una esquirla producida por el impacto de una bala de ametralladora sobre la superficie de la calzada rebota contra la carrocería como un baquetazo seco que marcase el final del verso y el principio del siguiente.

Todo es una mentira…,

Un nuevo golpe seco, idéntico a los que producían las pedradas que lanzaban contra el tren de alta velocidad en su infancia a su paso por el barrio, anuncia que otra esquirla ha hecho blanco, esta vez sobre la luna trasera. Oyen un croc y un crieeeec, y el vidrio se viene abajo.

… todo se lo lleva el aire.

La canción se confunde con el vendaval. No puede ir más rápido, el acelerador está bloqueado. Una mirada por el retrovisor confirma sus temores: el aeróstato que viene por su lado les ha dado alcance. El otro maniobra para situarse encima de ellos. Distingue a un guardia civil que asoma con un rifle polifásico, ajusta la mirilla y busca posición de tiro. José entrecierra los ojos para conjurar el chorro de aire. Qué limpio es todo, qué insonoro y aséptico. Con su viejo cuatro latas todo habría sido un festival de tubos de escape desprendiendo gasógeno, derrapes, frenazos y acelerones poniendo a prueba la capacidad de desgaste de las llantas de caucho. Se va matar a doscientos por hora, pero sin un puto ruido. Maravillas de la corriente alterna.

Hay veces que me pregunto
pero no sé contestarme.

«¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Toda esta movida para robar un armatoste que suena peor que un payo tratando de enseñarte a tocar flamenco?»
Los designios de Diego son inescrutables; pero el Jeros es el Jeros: se merece eso, y más. Aunque sea de Vallecas. Aunque pertenezca a otra banda. Pero estaban juntos en esto. Ha merecido la pena, solo por verle la cara al baranda. Daba risa, el gachó. «Esto sí que tiene guasa», vaya si la tiene.
Ambos aeróstatos disparan al unísono. La megafonía proclama algo parecido a «…gan el …vor de …cionar en …rcén». Sí, sí, detente, aparca y enséñame los papeles, pero el francotirador bien que sigue ajustando la mirilla y buscando el momento más oportuno para dejarlo frito. José piensa a toda prisa mientras los acordes se arrastran con ese sostenido enervante, capaz de despertar a un muerto… o de algo aún peor, si hay que creer lo que le dijo Diego.



[1] Burning (letra y música), «Madrid», Madrid. Ocre-Belter, 1978.
[2] Chichos, Los (letra y música), «Son ilusiones». Achilipú Dijcos, 1977.

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martes, 10 de enero de 2017

David Bowie, año uno: BlackStar en WhiteStar

Hoy hace un año que David Robert Jones, también conocido como David Bowie, se desprendió del disfraz de terrícola y, de paso, inauguró la sección de necrológicas del ya tristemente famoso año 2016 que se nos fue hace diez días. 
Casi sobre la marcha, Cristina Jurado puso en marcha una antología de cuentos, poemas y artefactos varios, titulada WhiteStar (en clara --no pun intended-- alusión a su último disco, BlackStar), y cuya finalidad era doble: por un lado, servir de homenaje al universo Bowie y, por otro, ayudar a la lucha contra el cáncer, ya que la recaudación íntegra del libro se donaría a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).
De este modo, WhiteStar vio la luz hace un mes, editada en formato de libro electrónico por Palabaristas. Se puede adquirir a través de la plataforma Lektu, siguiendo este enlace  https://lektu.com/l/palabaristas/whitestar/6215, y soltar la pasta mediante la modalidad de pago social; es decir, pagar lo que consideréis conveniente, aunque partiendo de un precio recomendado, que en este caso son 2,99 euros. Mirad qué portada más bonita ha realizado Ana Díaz Eiriz.


Entre los contenidos (treinta y dos relatos y poemas de gente variada, valiosa y multinacional, más un prólogo del crítico Rafa Cervera) se ha colado un relato mío que, por aquello de la cronología interna, es el último del libro. Se titula "Lástima que sea una puta", por aquello de que en teoría se basa en la canción "It's a Pity She Was a Whore", aunque en la práctica también incluye referencias a "Sue (Or In a Season of Crime)", "Rock and Roll Suicide" y "Moonage Daydream". 
No sé aún, porque acaba de editarse, cuál será el tono general de las reseñas y críticas de WhiteStar, pero, a tenor de la recepción que ha tenido en Goodreads, parece que va a ser una de las antologías de la temporada. Se lo merece, de largo. Yo le auguro unas cuantas nominaciones a los Ignotus; al menos, en las categorías de antología, poema (Carmen Moreno y Sofía Rhei entrarán fijo en la papeleta) y espero que cuento, cuento extranjero (Lavie Tidhar) e ilustración.
No os puedo detallar todas las razones por las que deberíais leeros WhiteStar, pero sí puedo compartir parte de mi relato, "Lástima que fuera una puta". Espero que os guste y, sobre todo, os anime a comprar el libro. Es por una buena causa.
Feliz cumpleaños con retraso, David. El domingo habrías cumplido setenta años.

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LÁSTIMA QUE FUERA UNA PUTA


A todos los que lo han padecido, en carne propia o ajena.


La divergencia fue lo de menos, supongo. Lo importante era que me habían diagnosticado un cáncer, llevaba todo el verano muerto de asco en la planta de Oncología del Gómez Ulla y sobrellevaba la quimioterapia poniendo el discman que mi primo Josele me había regalado por mi cumpleaños, junto con unos cuantos títulos de su discográfica. Mi hermano Pablo apareció un día por el hospital con un cedé de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, y así fue como entré en el bucle. Suero fisiológico, adriamicina, bleomicina, vinblastina, dacarvacina y Ziggy Stardust. La quimioterapia fue llevadera hasta que dejó de serlo y se convirtió en una pistola de rayos apuntando a mi cabeza, una mujer fatal que emergía de las sombras. La extravasación fue desagradable, porque uno de los componentes de la quimio se me salió de la vena y me achicharró la articulación de la muñeca izquierda, justo en el sitio donde los suicidas se abren las venas en canal y, los que preferiríamos morir lentamente, nos abrochamos el reloj. Me quedó un moretón permanente con la tonalidad de una manzana pocha. El tiempo y la marca del reloj se han encargado de hacer llevaderas las secuelas. Pero la visión del brazo hinchado como un globo con forma de perrito salchicha me acompañará mientras viva. Y también la quemazón, un torrente de lava nauseabunda campando a sus anchas por el flujo sanguíneo, primero, y los tendones, después.
Después se me infectó un colmillo. Si estás sano, este tipo de contratiempos se resuelven con una visita al dentista. Pero no: yo estaba inmunodeprimido, sujeto al mantra de suero fisiológico, adriamicina, bleomicina, vinblastina, dacarvacina y Ziggy Stardust y la infección se manifestó con una inflamación realmente espectacular. En apenas dos días, mi rostro era una parodia del Hombre Elefante. Una pistola de rayos apuntando a mi cabeza, un rostro del espacio presionando junto al mío. No olvidemos que estaba ingresado en un hospital militar, y que el tratamiento fue todo lo drástico y poco empático que cabía esperar.
Hablando en plata: me pidieron una interconsulta para Estomatología y allí estaba yo, abriéndole la boca a un mad doctor en toda regla: bata raída, gafas de cuello de botella y unas tenazas que parecían sacadas del atrezo de una película de Roger Corman. A juzgar por su edad, debía de haber sido alumno de mi padre, antiguo profesor de la Academia de Sanidad Militar. Mi padre lo habría frenado en seco y le habría exigido que se limitase a curarme la infección. Pero, cosa sorprendente, el bueno del doctor Lores no había llegado aún al hospital, por lo que tuve que vérmelas a solas con aquel matasanos.
Al menos tuvo la decencia de anestesiarme antes de extraerme la pieza a las bravas.
Y ahí fue donde se jodió todo.

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