lunes, 21 de noviembre de 2016

La Gran Novela del Fandom: adelanto exclusivo



Uno de mis grandes clásicos es mencionar la gran novela sobre el fandom que voy escribiendo sin prisa pero con muchísimas pausas. Por supuesto, se titularía La Gran Novela del Fandom, así, con cajas altas. Desde que la idea se me ocurrió (aunque tampoco es que se me ocurriera: siempre se dio por hecho que, dada mi condición de historiador extraoficial del fandom, algún día acabaría escribiéndola) ha derivado de muchas maneras, se ha retorcido y ha llegado a muchos callejones sin salida. En mis momentos más estupendos, la tenía planeada como un tochazo de no menos de ochocientas páginas, más unas doscientas de apéndice documental (un quién es quién, con minifichas de todo friki, viviente o no, que hubiera estado en el ajo en los años noventa), pero, dado mi ritmo de escritura, aquello no me iba a llevar menos de diez años, por lo que desistí. Cuando se lo comenté a Elia Barceló, ella pragmática, me sugirió que me dejara de chorradas y escribiera una novela breve, de unas doscientas páginas, secuencial y con trama. Es decir, más o menos lo que había llegado a escribir antes de abandonar el proyecto, pero sin irme por las ramas.
Luego llegó la realidad y me cortó el rollo. Al leer El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán, se me cortó un poco el rollo, porque esa era más o menos la idea que yo manejaba, aunque aplicada al fandom español. Después me animé con "Yo sobreviví a las guerras del fandom", la conferencia que di en la hispacon de Montcada i Reixac, y que, dos años después, puedo afirmar sin lugar a dudas que es la mejor conferencia que he dado, con el mejor texto de apoyo que he escrito para una conferencia. Pero sucedió lo que tenía que suceder: que alguien que escribe mejor se animó a la tarea y escribió un texto mejor y más interesante que el que yo habría escrito: Está lleno de estrellas. Memorias de una afición, las memorias de fandom de Rafael Marín, que aprovecho para recomendar vivamente. Y ahí fue cuando terminé de ver claro que Elia tenía razón: La Gran Novela del Fandom, si la consigo terminar, debería ser una novela de corte clásico, con sus personajes y sus argumento; tal vez algo en plan Asesinato en la convención, de Isaac Asimov. 
Y vuelvo al tema: justo la dirección en la que apuntaba el intento más fructífero que he acometido. Llegué a comenzar la novela, pero me di cuenta de que la novela me estaba vacilando, que iba por donde quería y, de repente, sin comerlo ni beberlo, me encontré con un muerto con el que no contaba, que debería ser el leitmotiv pero que dejaba cabos sueltos. Porque, cuanto más lo releía, más cuenta me daba de que algo no cuadraba, de que el personaje que se suicida no puede haberse suicidado, que eso tiene que ser un asesinato. Y de ahí para arriba. Total, que en vez de tomármelo como un golpe inesperado que había que aprovechar, me cabreé por la manera en que la novela me había vacilado, y desistí.
Lo cual, ya digo, es un pena, porque en realidad es un buen punto de partida. Pero no el de La Gran Novela del Fandom. Para mí es una vía muerta y, si la retomo, va a ser partiendo de cero. Pero lo escrito, escrito está y, teniendo en cuenta que este textito está condenado a quedarse inédito, no sé si para bien o para mal, decido compartirlo con los lectores, ya que, si algún día leéis La Gran Novela del Fandom, podéis estar absolutamente seguros de que este fragmento no formará parte de la trama.

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LA GRAN NOVELA DEL FANDOM (FRAGMENTO)


1

El otro día te contaron un chiste cojonudo.
Pregunta: ¿Cómo se suicidan los escritores?
Respuesta: Se arrojan desde lo más alto de sus egos.
A decir verdad, lo más probable es que el chiste no hablara de escritores, sino de argentinos, profesores de universidad, periodistas, abogados o directores editoriales. Da lo mismo. El caso es que te hizo gracia y te lo apropiaste; eso sí, aplicado a escritores.
En cierta ocasión conociste a un escritor que luego terminó suicidándose. A varios, en realidad, pero quien te viene a la memoria en estos momentos de zozobra es uno en concreto. No se arrojó desde lo más alto de su ego, porque para llegar hasta allí habría necesitado una lanzadera espacial. Intentó cortarse las venas; al bies, como le había dicho otro escritor en el transcurso de una charla de café y como dejó escrito en su nota de suicidio. Si te cortas las venas en diagonal resulta imposible detener la hemorragia. Así pues, el escritor a quien conociste llenó hasta los topes la bañera del piso en que vivía, aprovechando que sus padres se habían ausentado hacía diez minutos a un viaje del IMSERSO, dejó patente su desconocimiento del teorema de Arquímedes y se electrocutó en cuanto el agua de la bañera desbordada entró en contacto con un deshumidificador enchufado. Lo irónico del asunto es que un escritor de ciencia ficción pudiera hacer semejante alarde de desconocimiento de las leyes físicas más elementales (¡el teorema de Arquímedes, por favor!). No consiguió abrirse en canal, que habría sido el final más apropiado para alguien como él, pero a cambio propició un apagón que dejó a oscuras media Barcelona. Para más inri, lo hizo el día de san Martín, con lo que hizo bueno el refrán.
La nota de suicidio era todo un despropósito, plagada de errores gramaticales y ortotipográficos; de hecho, se trataba de un documento casi indescifrable que, más que leer, había que saber interpretar. Aquello te lo contó uno de sus múltiples conocidos, que fue el único capaz de leer la nota de marras y el primero a quien los padres del escritor encontraron en la agenda de su teléfono móvil cuando encontraron el cuerpo de su hijo, al final de un rastro de olor insoportable a picadillo de chorizo con un ligero toque de sales de baño. En realidad, aquella última llamada no había sido lo que se dice amistosa, ya que el autor que nos ocupa se había pasado diez minutos increpando a su conocido, también escritor. Amenazas de muerte..., filípicas megalómanas…; en fin, el discurso habitual de un demente. Su conocido lo había dejado con la palabra en la boca, porque en cuanto vio de qué iba la llamada tuvo la precaución de cortar la conexión y mantener el aparato apagado durante el resto del día. En cuanto lo encendió, a última hora de la tarde, se encontró con un mensaje en el buzón de su teléfono: eran los padres del autor, hechos un manojo de nervios e implorando un poco de atención. Le contaron lo que había sucedido. Dado que él era la última persona a quien su hijo había llamado, daban por hecho que era lo más parecido a un amigo que podían encontrar. No quiso sacarlos de su error, porque lo último que debes decirle a un padre dolido por la muerte de su hijo es: «Si mi número figuraba en su agenda era porque el muy hijo de puta me acababa de amenazar de muerte. No tenía ni un solo amigo. ¿No conocían a su hijo? ¿En qué momento se les ocurrió la mera idea de que pudiera tener amigos?».
Se personó en el domicilio del autor en cuanto le fue posible. La policía aún no había hecho acto de presencia. Fue él quien la encontró. Sus padres no habían reparado en la existencia de la nota de suicidio, pero él la descubrió, por casualidad, en el primer lugar donde curiosearía un friki de la ciencia ficción amante de lo ajeno que estuviese buscando cualquier material que rapiñar: en la estantería en la que se alineaba, impoluta, toda la colección de Nueva Dimensión, los ciento cuarenta y ocho números de la mítica revista. El premio que había recogido poco antes en la convención hacía las veces de sujetalibros, y debajo de él sobresalía un voluminoso sobre apaisado con un mensaje escrito en klingon que, de hecho, era lo que mejor se entendía de aquel sindiós. Lo abrió y, en efecto, allí se hallaba, condensada, la verdad sobre todo, el legado definitivo del autor al mundo, su Yo acuso particular. El conocido del autor trató de recordar las pautas que le había suministrado un grafólogo cinco años antes, cuando por fin se le hincharon las pelotas y decidió denunciar al autor por acoso y amenazas. La demanda no había prosperado porque el autor se avino a un acuerdo extrajudicial; sin embargo, había fotocopiado el informe pericial del grafólogo, de modo que podía afirmar, sin el menor asomo de duda, que era la única persona de su entorno capaz de desentrañar la taquigrafía no euclidiana que el autor llamaba escritura. Había memorizado aquel informe, convencido de que tarde o temprano se alegraría de haberlo hecho. Y allí estaba. La nota era un delirio victimista repleto de aposiciones, anacolutos, oxímoron rebuscados y retorcidos hasta lo imposible, construcciones gramaticales con hasta cuatro adjetivos seguidos, e incluso alguna que otra sucesión de leísmos, laísmos y loísmos colocados de manera tan arbitraria como incorrecta. La nota estaba dirigida al mundo en general y a su editor en particular. También había un extenso párrafo dedicado a su corrector de estilo, que da la casualidad de que eres tú.
El autor y tú habíais salido tarifando porque en su última novela cometiste la…, ¿cómo lo definió?..., «atroz y aberrante osadía, digna de un amargado escritor frustrado, muestra viva del aserto conforme al cual “el que no folla, jode” y que no encontró más nicho ecológico que el de tachar letras, simular una especie de conocimiento arcano en forma de signos incomprensibles seguramente inventados y estropear originales con su ridículo rotulador con el único fin de vengarse de escritores con mayúsculas dotados de un concepto, ‘talento’, que tan patético individuo sólo podría comprender leyendo la definición en los diccionarios en los que se escuda para capar todo el vigor de una prosa brillante, como si dicho rotulador le concediese el poder de decidir sobre lo que está bien escrito y lo que no lo está, como un diosecillo ahíto de sangre y veneración ciega» de eliminar varias comas ubicadas entre sujeto y predicado. Cosas en plan «El Capitán, ordenó a la Tripulación de que havriera fuego contra la todopoderosísima flota Imperial», por ejemplo. El incidente había dado lugar a una amenaza de querella criminal y de rescisión de contrato que tu editor no se había tomado en serio, porque el que semejante sinsentido pudiera salir adelante resultaba a todas luces inviable. Sin embargo, aquel incidente te había costado perder varios días de trabajo porque el autor había inundado foros, blogs, listas de correo, cuentas de Twitter y frases de estado de Facebook con reelaboraciones, a cual más rebuscada y alejada de la cordura, de la caza de brujas sistemática a que la editorial estaba sometiendo a su manuscrito. Como urgía entregar las correcciones de modo que el libro entrase en imprenta a tiempo para que pudiera aparecer con motivo de la convención anual de literatura fantástica, todos los empleados de la editorial habían perdido varios días tratando de apagar el incendio con comunicados de buen rollo encaminados a tratar de serenar los ánimos y, sobre todo, tú habías cortocircuitado y, literalmente, faltaba un día para que entregases la corrección y no habías podido pasar del segundo capítulo, el editor tomó la decisión, irrevocable, de no tocar ni una coma del original, entregárselo al maquetador tal como se lo había remitido el autor, y que ocurriese lo que tuviera que ocurrir. Como es natural, le exigiste al editor que, ya que te había hecho perder varias semanas de tu vida y un par de posibles encargos, tuviese al menos la decencia de resarcirte con una compensación económica en concepto de lucro cesante. Te conformabas con que te abonasen (en negro, si podía ser) la mitad de lo que te correspondía; es decir, la tarifa que se suele estipular para los trabajos rechazados. En cualesquiera otras circunstancias podría haber colado, pero el editor estaba demasiado harto de aquel asunto, había tragado mucho y, en fin, te convertiste en su chivo expiatorio y te comiste todas y cada una de las lindezas que en realidad estaban destinadas al autor del manuscrito.
El libro se editó sin que se tocara ni una sola coma con respecto al original que había remitido el autor. Recibió los parabienes del sector de aficionados que estaban predispuestos a favor de él, le cayeron las hostias de rigor, procedentes del sector de aficionados que de todos modos lo habría masacrado a hostias, y cosechó la indiferencia más absoluta del sector de aficionados a quienes ese tipo de ficción ni les iba ni les venía. El mundo siguió girando, el autor montó la de Dios es Cristo cuando su preciada novela no llegó ni a finalista de un par de premios literarios cuyos estándares y filosofía hacían inconcebible la mera posibilidad de que alguno de los jurados pensara siquiera en votarla como candidata a finalista, la montó todavía más monumental cuando ganó el único premio que, por eliminación, sería capaz de ganar en su vida, y nada más regresar de la convención anual de literatura fantástica consiguió que cuatrocientos de sus dos mil amigos de Facebook lo bloquearan, eliminasen como amigo o denunciaran después de que se pasase un día entero enviando a toda su agenda de contactos un mensaje cada diez minutos acerca de la injusticia que se había cometido con su persona, del buen criterio de los votantes del único premio que había ganado y tal vez ganara en vida (obsérvese la cursiva enfática), de los turbios tejemanejes de la industria editorial, de las carencias sexuales de los maquetadores, ilustradores, editores y correctores de estilo, de su siguiente libro y de cómo el futuro le daría la razón, y todas las demás cosas que se dicen en estos casos. Después de semejante ordalía virtual, redactó un mensaje de correo electrónico a su editor, le adjuntó el manuscrito de su (esta vez sí) última novela, envió el mensaje, dejó la nota de suicidio en el lugar que consideraba más visible de su habitación, se desnudó, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente.
—Con lo narcisista que era, yo me esperaba un suicidio como el de Larra —dejó caer su editor cuando te reuniste con él en la editorial. Acababa de regresar del entierro del autor, más que nada por hablar con los padres acerca de los detalles del contrato de edición, que su hijo no se había tomado la molestia de devolver firmado. La madre lo miró con auténtica inquina, trazó un garabato que denotaba una amplia experiencia en falsificar la firma de su hijo, le dijo «Hala, ahí lo tiene. Todo suyo» y regresó junto con su marido, para discutir la inminente venta del piso y, con el dinero que obtuvieran con la transacción, ir mirando residencias de ancianos donde poder acabar sus días plácidamente, sin la rémora de un hijo a quien había que darle hecho hasta el carajillo con galletas de media mañana y que no se había planteado abandonar el hogar paterno en ningún momento de sus casi sesenta primaveras. 

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viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen (1934-2016)

Así pues, una vez más se reunieron en la roca, al término del vigesimosegundo año, e Ish grabó el número 22 en la superficie lisa con el martillo y el cincel, justo debajo del 21. Como hacía un buen día y nada de frío, había acudido la comunidad entera, hasta las madres con los bebés. En cuanto el número estuvo grabado, todos, salvo los que eran tan pequeños que no sabían hablar, se desearon feliz año nuevo, según la costumbre que habían mantenido de los Viejos Tiempos.
Sin embargo, cuando Ish, siguiendo el ritual, preguntó cómo debían llamar al año, no obtuvo más respuesta que un silencio repentino.
Al final, quien tomó la palabra fue Ezra, el buen ayudante, el gran conocedor de almas.
--Este año han pasado demasiadas cosas y, le pongamos el nombre que le pongamos, siempre nos sonará mal. En cambio, los números consuelan y no traen malos recuerdos. Dejemos este año sin nombre y recordémoslo tan solo como el año 22.

George R. Stewart, La tierra permanece

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domingo, 6 de noviembre de 2016

"Estado de la CF española: ¿tradición o revolución?" en la EuroCon 2016: la mesa en sí.



Aquí está la mesa redonda sobre ciencia ficción española que hemos celebrado esta mañana en la EuroCon. Con polémicas incluidas. Como tiene que ser. 

Toda vuestra. Se admiten, es más, se imploran comentarios. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

"Lástima que fuera una puta" en WhiteStar



En la entrada anterior comenté que este mes de noviembre iba a hacer doblete narrativo. Pues bien, aquí está la información sobre el otro cuento que me publican; el tercero en dos años, después de quince años de parón, estoy que no me lo creo.
El relato en cuestión se titula "Lástima que fuera una puta" y aparecerá en la antología colectiva WhiteStar, que la omnipresente y necesaria Cristina Jurado ha seleccionado, y que la no menos omnipresente y necesaria Cristina Macía editará en breve en Palabaristas. De momento os enlazo la página de la antología en Facebook. Cuando aparezca el libro, prometo reseñarlo y ya entro en detalles y ofrezco enlaces al producto.
WhiteStar nació del estado de bajona generalizado que nos dio a muchos frikis cuando falleció David Bowie. Cristina Jurado, fan de Bowie y del género, tuvo la brillante idea de mezclar ambas cosas, y añadirle el componente reivindicativo: la escritora Pat Cadigan está luchando contra un cáncer de útero, quien más quien menos todos sabemos de primera o segunda mano lo que es el cáncer y, en resumen, es algo que nos motiva. Por todo eso, los beneficios que genere WhiteStar se destinarán íntegramente a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). En tiempo récord se cerró el plantel de colaboradores y se asignaron los trabajos, para no solaparnos: cada autor escribiría un relato de género fantástico, o una canción, o un poema (hay canciones y poemas, esta no es solo una antología narrativa) relacionados con canciones, ciclos, personajes o interpretaciones de David Bowie.
He estado a punto de hacer doblete (tenía una idea con "Fame" que creo que, de todos modos, voy a desarrollar en forma de cuento porque me hace gracia, y también me apetecía hacer algo con el Lodger, que es mi disco fetiche de Bowie), pero, como de costumbre, casi no entrego en fecha, de modo que me he atenido al plan original: escribir algo sobre "'Tis a Pity She Was a Whore" y "Sue (Or In a Season of Crime)", las dos canciones que componen el sencillo que Bowie editó en 2014, y que, con sustanciales mejoras en la producción y la instrumentación, incluye en su último disco, Blackstar, publicado apenas unos días antes de su fallecimiento.


La premisa era que el cuento se inspirase en esas canciones, no que las contase; entre otras cosas, porque para eso están las canciones originales. Por lo tanto, en "Lástima que fuera una puta" hablo de esas canciones, pero no hablo de ellas. Ya lo entenderéis cuando lo leáis, porque os hago el spoiler del siglo si cuento más. Digamos que he puesto toda la carne en el asador, me he vaciado por completo y, si bien no sé si es mi mejor cuento, puedo asegurar que es una de las ficciones en las que más me he implicado. Creo que se nota. La idea es que el cuento os siente como una chute de quimioterapia mientras escuchas un disco de David Bowie y algo se tuerce. Entre otras cosas, porque he pasado por esa experiencia, y más o menos soy capaz de transmitirlo. Más o menos.
Cómo no, también he creado una lista de reproducción de Spotify con las canciones que menciono en el relato. Que no se diga.
Acabo con dos extras: la introducción de WhiteStar (publicada con permiso de Cristina Jurado) y el sumario. 

WhiteStar:
Introducción
"Supongo que, si eliminamos toda la teatralidad, el vestuario y las capas externas de lo que hago, soy un escritor… yo escribo."
(David Bowie)


El 10 de enero de 2016 David Robert Jones, más conocido como David Bowie, fallecía en Nueva York víctima del cáncer. Tenía 69 años. Dos días antes había celebrado su cumpleaños, un hecho que hizo coincidir con la publicación del que sería su último trabajo musical, Blackstar, un álbum al que daba título el símbolo de una estrella negra. Era su álbum número veinticinco y el primero en el que no aparecía en la portada (a excepción de su segundo disco con Tin Machine, Bowie siempre se mostraba de alguna manera en las carátulas de sus trabajos). En noviembre y diciembre del año anterior, el público había podido disfrutar de dos singles, “Blackstar” y “Lazarus”, que aparecieron con sendos videoclips muy elaborados y repletos de una rica simbología.
Ahora sabemos que Bowie se estaba despidiendo.
En las horas posteriores al fallecimiento del cantante las redes sociales se encargaron de amplificar su vida y obra a través de mensajes, recordatorios, vídeos, entrevistas antiguas, fan art… El ciberespacio resultó ser un escenario ideal para recordar la figura de un artista integral que se definía así mismo como narrador de historias que, las más de las veces, cantaba, pero que también pintó e interpretó. Lector ávido y confeso, utilizaba técnicas como el cut up para elaborar las letras de sus canciones. 
¿Cómo no se nos iba a ocurrir organizar una antología de historias basadas en su exuberante universo? Él, que representó al alien visitante de la Tierra varias veces durante su vida, que encarnó a varios monstruos porque fue vampiro, Hombre Elefante y rey de los goblins, que se lanzó a las estrellas para iniciar y terminar su carrera, ha logrado crear tantos alias, tantas historias y tantas tramas tan íntimamente relacionadas con la fantasía y la ciencia ficción, que explorarlas era casi una obligación para quienes lo admiraban, por alguna razón o por muchas.
La antología que tienes entre tus manos no está compuesta por relatos convencionales porque Bowie tampoco fue un tipo convencional. Siguiendo su estela, los autores y autoras que se sumaron a la llamada que realicé, allá por enero del 2016, han tenido total libertad para imaginar mundos más allá de este que nos contempla. La premisa era sencilla: cada autor debía escoger una canción o un personaje del panteón del cantante británico en el que basar su creación. Vas a encontrar poemas, relatos de corte clásico y otros que alternan varios puntos de vista, artefactos que aúnan la imagen y el texto, y hasta singularidades, todos ellos en orden cronológico según la fecha de salida de la canción, película u obra de teatro en la que se inspiran. Vas a medirte con Ziggy, Jerome Newton, Aladdin Sane, Lazarus, Tesla y con el Comandante Tom, buscarás en el laberinto a Jareth, soportarás la inmortalidad con John Blaylock, acamparás en Marte, verás caer muros, contemplarás un desfile de seres mutantes y navegarás por las estrellas -¡Oh, sí, lo harás!- en las naves imaginarias creadas por escritores y escritoras de España, Uruguay, Argentina, Colombia y México. 
Quiero agradecer a Cristina Macía por poner a nuestra disposición su casa, que es la editorial Palabaristas, y por traducir de manera magnífica el cuento que el autor británico-israelí Lavie Tidhar escribió especialmente para este proyecto. No tengo palabras con las que expresar mi gratitud hacia Lavie que ha demostrado que, además de una extraordinario escritor, es una persona con un gran corazón. Thank you, Lavie! Ana Díaz Eiriz, fiel diseñadora, ha conseguido crear una portada espectacular que captura la esencia del Bowie camaleónico que todos admiramos. Quiero agradecer también a mi compañera María Leticia Lara Palomino por su trabajo incansable en las labores de edición, y a Israel Alonso por ayudarnos cuando nos faltaban ojos e ir más allá. Sin ellos, este libro nunca hubiera sido posible.
Rafael Cervera no lo dudó cuando le propuse escribir un prólogo que estuviera a la altura de nuestra empresa. Su profundo conocimiento sobre la obra y la figura de Bowie es el ingrediente que faltaba para que este libro cumpliera su cometido y fuese un hermoso tributo a su legado.
Si Blackstar es el testamento musical de David Bowie, WhiteStar quiere ser una celebración de su trayectoria como artista. De ahí el nombre, una imagen en positivo del título de su último álbum. Por ello, todos los beneficios que se obtengan con la venta de este libro irán a parar a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC): ninguno de los que estamos involucrados entenderíamos nuestra participación de otra manera que no fuera solidaria ya que, desafortunadamente, todos hemos sentido en nuestras familias, grupo de amigos y conocidos, o incluso en nuestras propias carnes, el ensañamiento de esta enfermedad. 
Por eso, este libro está dedicado a Pat Cadigan, una de las autoras más importantes de ciencia ficción en la actualidad y alguien que conoce muy de cerca la lucha contra esta dolencia. La forma valiente y llena de sentido del humor con la que afronta su lucha difícil y dolorosa nos enseña que el verdadero super-poder está en mantener una actitud positiva ante las circunstancias más adversas. ¡Y ella tiene super-poderes, damos fe!
Transformemos, pues, como ella el dolor y los sentimientos negativos en algo positivo y constructivo: imaginemos historias. 
Estoy segura de que a David le hubiera gustado así.

Cristina Jurado
Dubai, septiembre de 2016

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Prólogo – Rafael Cervera
“It’s only forever” – Sofía Rhei
“Whitestar” – Israel Alonso
“Space Oddity” – Carmen Moreno
“Massenvernichtungsarchetypen. Una comedia bélica de serie B” - Luis Gámez
“Moonage daydream” –Alejandra Decurgez
“Llegué a Marte un miércoles” – Loli Molina Muñoz
“El hombre de las estrellas” – María Zaragoza
“La araña de Marte” – Ángel Luis Sucasas
“Fragmentos del Mesías Leproso” – Pablo Martínez Burkett
“Tocado por el rayo” – Juan González Mesa
“Wild is the wind” – Elisa Puerto Aubel
“La última elegía” – Ramiro Sanchiz
“La última tentación del hombre que cayó a la Tierra” – Armando Saldaña Salinas
“La gran herida” – Colectivo Juan de Madre
“Héroes” – Lavie Tidhar, trad. Cristina Macía
“Inchworm” – Cristina Jurado
“Mr. Merrick” – Eduardo Vaquerizo
Ese segundo de calma” - Concha Perea
“Putting out fire” – Guillermo Echeverría
“El hambre” – Víctor Selles
“Y eso era el amor moderno” – Iván Canet
“Merry Christmas, Mr. Bowie!” – Jorge Lacuadra
“Principiantes absolutos” – Laura Ponce
“La Olvidadera (Tu mundo se viene abajo)” - Aída Albiar García
“Playlist” – Néstor Darío Figuéiras
“I’m deranged” – Teresa P. Mira de Echeverría
“Y el caos me llama” – Francisco Jota-Pérez
“Heathen 2001” – Luis Cermeño
“En un abrir y cerrar de ojos” – Grendel Bellarouse
“Black hole/White hole” – Diana Gutiérrez
"Lazarus" - Laura López Alfranca
“Lástima que fuera una puta” – Juan Manuel Santiago

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Si queréis oírlas todas del tirón, aquí hay una lista de reproducción de YouTube en la que suenan en orden de aparición (que no es otro que el cronológico).


Lo dicho: es una antología que va a merecer la pena de todas, todas. Y, por si fuera poco, ¡habrá fiesta de presentación! El viernes 4 de noviembre, a partir de las 20:30 en Glups!, el espacio para ocio y bebercio que Norma Cómics tiene en el Passeig de Sant Joan, al lado de la librería.
Allí nos vemos. Disfrutad de la música y los relatos.




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"Son ilusiones" en Retrofuturo

Pues sí, pues sí, este mes de noviembre me publican no uno sino dos cuentos. Aquí voy a hablar del que escribí antes. Aparecerá en la antología Retrofuturo. Una mirada a los años 70, que ha seleccionado el simpar Guillem López y que edita la no menos simpar editorial gaditana Cazador de Ratas. La cubierta, de Iván Ruso, ilustra mi relato "Son ilusiones", por lo que no dejo de sentirme el chico de la portada. Es una sensación extraña, sobre todo cuando escribes ficción de uvas a peras y cuando todos tus compañeros de reparto pertenecen a la primera fila de autores de relatos de la actual ciencia ficción española: Alfredo Álamo, Colectivo Juan de madre, Jesús Cañadas, Nieves Delgado, Cristina Jurado, Guillem López, Layla Martínez, Francisco Jota-Pérez, Sofía Rhei, Tamara Romero y Marian Womack, por citarlos en orden alfabético, Soy incapaz de decidir qué relato me gusta más: el nivel medio es muy elevado, todos los relatos son muy originales, y de verdad que es una antología muy consistente, que nos hemos quedado muy a gusto escribiendo los relatos y yo apostaría a que va a ser una de las sorpresas agradables y estimulantes de esta recta final de año.



Ahora bien, ¿qué es Retrofuturo? Pues, como dice el subtítulo, una mirada a los años setenta. En clave evocadora. En clave desmitificadora. En clave mitológica. Se trata de constatar que los años setenta siempre estuvieron ahí, en la chulería, en la actitud, en lo ético y en lo estético. En la exageración. En la iconoclastia. Ahora que los años ochenta están tan de moda, gracias a fenómenos mediáticos como Stranger Things, nos hemos marcado un momento retro, en todos los sentidos del término, lo cual nos ha permitido una libertad creativa absoluta y un nivel de idas de olla fantástico, a la par que una revisión creo que coherente. Al respecto, se nota, y mucho, la labor de edición de Guillem López: sin hablar de una antología ideológica, sí queda claro que todos estábamos pensando más o menos en lo mismo, aunque, y esto es maravilloso, potenciando nuestros respectivos estilos y concepciones ideológicas de la década macarra por antonomasia.


Guillem López se ha marcado, en apenas dos años, la mejor novela de 2015, la que tal vez sea la mejor novela de 2016 y una de las antologías más potentes de los últimos años. ¿Quién da más?

En otra entrada destriparé los contenidos de la antología, aunque sin adentrarme en la crítica: queda feo, ya que soy parte interesada. Solo comentaré que el origen de este Retrofuturo viene de una ida de olla en Facebook, en la que Alfredo Álamo y Guillem López comentaban, en clave jijí jajá, cómo serían las películas de la blaxploitation setentera en plan Shaft, si estuvieran narradas en clave retrofuturista. Unos cuantos inconscientes entramos al trapo, y el resto, como se suele decir, es historia. Guillem formó equipo en tiempo casi récord, apenas hubo un par de bajas en el camino que fueron suplidas también en tiempo récord, no tardamos demasiado en encontrar editor y, a partir de ahí, fiesta.
Debo destacar la absoluta entrega de Guillem al proyecto, que ha ido más allá de lo que es una edición al uso. Lo conocí en unas circunstancias un tanto peculiares. Cisco Bellabestia y Sara Herculano, sus editores de Aristas Martínez, venían a Barcelona a presentar la magnífica revista Presencia Humana Magazine, con la que colaboré en algunos de sus cinco números. Era la época en que Mireia aún era muy pequeñita y su ritmo de sueño nos tenía locos, así que Cisco y Sara tuvieron el enorme detalle de acercarse por mi barrio para tomar unos cafés, ponernos cara y voz, y pasarme los ejemplares de cortesía de PHMgz. Los acompañaba Guillem, colaborador habitual de la revista. Le iban a sacar una novela, y también estaba preocupado por asuntos de pañales, ya que estaba a punto de ser papá. Conectamos bien, y a partir de ahí la cosa no hizo sino mejorar. Me pidió participar en la presentación de su novela Challenger, y más tarde en la de La polilla en la casa del humo. Además, me dio un cheque en blanco al pedirme participar en esta antología desde su misma concepción. No dejaba de sentirme el intruso, porque llevaba quince años sin publicar ficción (aún no había aparecido mi primer relato desde 2001, "Blanca como la arena", en el estreno de Equinox, Junto a la hoguera). Me ayudó mucho a dar con el tono del relato, a buscar el punto de vista adecuado (suya es la sugerencia de comenzar in medias res, que creo que es uno de los aciertos del relato) y, en resumen, a desbloquearme en los momentos en que parecía que no arrancaba a comenzar el relato y parecía que no iba a entregar a tiempo. En resumen, si he podido acabar "Son ilusiones" y participar en este Retrofuturo, ha sido gracias a él.
¿De qué trata "Son ilusiones"? Ya escribiré otra entrada sobre todas las claves
Por cierto, me he permitido un pequeño juego con el lector: una lista de reproducción en Spotify que contiene todas las canciones que se mencionan o sugieren en el relato. Si veis que falta alguna, me lo decís y la añado.  que se pueden contar sin incurrir en el spoiler, pero, grosso modo, es un cuento teslapunk con el que creo inaugurar el nonainopunk
Os habéis quedado como estabais, ¿verdad? Vuelvo a intentarlo. "Son ilusiones" es mi homenaje a los años setenta, que viví desde el cascarón, siendo consciente de que pasaba algo aunque demasiado pequeño como para participar en ello. Los discos que llevaban mis hermanos a casa eran cada vez más ruidosos o macarras. En la calle había cargas de los grises día sí, día también, y a mi madre le mataron a una exalumna en una manifestación. Lo que ahora nos venden en Cuéntame era una pura mandanga, ahí pasaba algo. La transición no era una canción de Jarcha o Rosa León, sino una canción de Los Chichos o de Leño. El extrarradio se movía, yo estaba tan cómodo en mi colegio de curas de barrio bien, pero porque era pequeñito y no salía. El cuento trata de esos años setenta intuidos, pasados por un barniz de certezas que adquirí con el paso de los años y, por supuesto, con lo que pedía Guillem: retrofuturismo a tope. El teslapunk llegó solo, de la mano de la arquitectura de Antonio Palacios, cuya obra al margen de sus delirios de los primeros tiempos del franquismo es en sí misma retrofuturista. Y luego le puse la banda sonora, y el componente ucrónico. Creo que no dejo nada al azar, aunque alguna inconsistencia habrá. No pasa nada, ya la desarrollaré en otras historias; de hecho, tengo una continuación apalabrada, y hasta ahí puedo contar.
Como digo, en otra entrada hablaré del resto de los cuentos, aunque sin entrar en jardines críticos literarios, solo para apuntar algunas claves interesantes. Y, cuando el libro esté a la venta, 
Lo importante: espero que compréis la antología, porque merece la pena, y la disfrutéis en su justa medida; es decir, mucho. Ya me la comentáis. Gracias y un beso.

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"Relaciones emocionales y familiares no normativas en la ciencia ficción", en la EuroCon

Pues sí, hago doblete en esta EuroCon 2016. Aparte de la mesa redonda sobre el estado de la ciencia ficción española, participo en esta otra: "Relaciones emocionales y familiares no normativas en la ciencia ficción", junto con Víctor García Tur, Silvia Vázquez y M. J. Negueruela. El acto se celebrará el sábado 5 de noviembre a las 17:30 en el Pati Manning del CCCB. 
Va a estar muy interesante. Yo en vuestro lugar no me la perdería. Lo de que no vayáis a estar en la EuroCon no es excusa: los actos se van a retransmitir por streaming. Más fácil, imposible.
Allí nos vemos.

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