martes, 12 de enero de 2016

David Robert Jones (1947-2016)




De eso que ves a David Bowie en la tele y te dices "Qué bien, van a hablar del disco que acaba de sacar", y no: te cuentan que se acaba de morir. Genial manera de empezar el año y volver al cole. 

Parece haber cierto consenso, a tenor de lo leído en redes, en considerar que Bowie tenía Blakstar atado y bien atado, que sabía que se moría y se lo planteó como un epitafio en toda regla. ¿Cómo interpretar, si no, ese último plano del videoclip de "Lazarus" en el que ese muerto que se levanta y anda acaba entrando en un armario que más bien parece un féretro.


 (Debo citar a Ramiro Sanchiz, por haber colgado esta foto en su cuenta de FB.)

Lo sabía, y ni siquiera nos va a dar tiempo a ponernos conspiranoicos ni elaborar teorías complejas al respecto, porque la realidad ha tardado exactamente tres días en desvelar el misterio: los transcurridos desde su cumpleaños y lanzamiento del vigésimo quinto disco de estudio hasta que su hijo anunció la muerte.


Visto lo visto, "Where Are We Now?", de 2013, ya era una advertencia: Bowie había firmado un comeback por todo lo alto, digno de esos discos de auténtico escándalo que Tom Waits, Leonard Cohen o Bob Dylan (los mitos vivientes, en resumen) se marcan una o dos veces por decenio, pero lo que estoy escuchando de Blackstar va más allá: parece un cierre de trayectoria absolutamente meditado y concebido para que parezca lo es: el final. El tiempo dirá si está a la altura de Hunky Dory, Heroes o The Rise of Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, o si se queda solo en una formidable recuperación del tono y el nervio narrativos y musicales, capaz de hacer olvidar al Bowie de los últimos treinta años: demasiado tiempo sin obras maestras, desde Let's Dance, a pesar de experiencias muy reivindicables como el primero de Tin Machine o esas impresionantes "Little Wonder" y "I'm Afraid of Americans" que eran solo las puntas del iceberg de Earthling. En todo caso, parece que estaba mucho más entonado desde que dejó los escenarios y la actuación, consagrado a la tarea de disfrutar del final de su vida y de producir obras imperecederas, como parece que van a ser sus dos últimos discos.

Luego podríamos hablar de lo personal, claro está. David Bowie siempre ha estado ahí. No diré que era mi favorito, no lo era, pero sí que tenía ese carisma que hace que lo vayas a echar de menos, que deja un hueco insustituible en la cultura popular. Un friki no puede no valorar a Bowie en su contexto, aunque otra cosa es que lo adore o no, de verdad que es cuestión de gustos y, después del lamentable espectáculo ofrecido ayer por los haters profesionales en las redes sociales, no voy a hacer más proselitismo del estrictamente necesario: a nadie va a empezar a gustarle Bowie de un día para otro por el hecho de que haya fallecido, pero joer, que me parece razonable que gente que lo ha estado oyendo y viendo y leyendo toda la vida tuviera una idea bastante amplia de su producción artística y quisiese compartirla a raíz de la noticia de su muerte, creo que es lógico e incluso deseable. Si hemos estado coñazos con el tema, pues nada, bloqueo y a otra cosa, de verdad que no me voy a enfadar, y cuando se mueran Bruce Springsteen o Santiago Auserón volveremos al mismo espectáculo de "¡No, yo lo apreciaba más!" y "¿Tú qué coño sabrás de su vida y obra, aunque la conozcas desde que eras niño?". Es todo muy cansino.

Folclore de redes y concursos de méritos aparte, la muerte de Bowie es de esas que te dejan tocado. No me sentí así cuando murió Lou Reed, por ejemplo, y eso que se trata de mi autor favorito. Ni tampoco creo que me de esta bajona cuando les toque a Paul McCartney, Mick Jagger o Keith Richards. Tampoco he llorado como cuando murió John Lennon, pero es que yo era un niño de lágrima fácil: también lloré con la muerte de Gilles Villeneuve, que yo recuerde. Supongo que solo me sentiré así cuando fallezcan los ya citados Auserón o Springsteen, o incluso Waits o Cohen. No tengo ningún recuerdo especialmente imborrable que asociar a Bowie (cosa que sí tengo con algunos de los ya mencionados), "lo nuestro" fue más bien algo pausado, alguien que sabes que está ahí y a quien puedes poner cuando te apetece. Cierto, es imposible no emocionarse con "Starman" o "Life On Mars", o no evocar El ansia o Laberinto como parte del bagaje estético de una década, o no pensar en la época de Ziggy Stardust como uno de los grandes iconos setenteros, o en él como concepto de persona que define la cultura popular durante un par de décadas. Entre mis digamos cien canciones favoritas, muy bien puede haber cuatro o cicno suyas, y Ziggy Stardust es uno de esos discos a los que vuelvo una y otra vez, siempre en escuchas íntimas, que creo que es lo que pide. Valoro a Bowie como lo que fue: alguien que fue más allá del ámbito cultural, un mito y un icono, un creador y un lector. Un artista total con un carisma tremendo. Ziggy Stardust. El Duque Blanco. Un camaleón. El autor de "Young Americans" y "Changes". Cincuenta años de cultura popular. Y dos de los ojos más enigmáticos del mundo.


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