miércoles, 12 de junio de 2013

Dando ideas para los Premios Ignotus 2013

Como todos los años por estas fechas, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) convoca los Premios Ignotus, en los que los socios pueden votar los mejores contenidos del año anterior en cualquiera de la docena larga de categorías existentes. Además de los socios, también pueden votar los inscritos a la hispacón (convención española de ciencia ficción, fantasía y terror, que todavía no tiene sede para este año) y, como novedad en la presente edición, aquellos que se inscriban en el censo que la asociación ha preparado a tal efecto. Toda esa información la podéis encontrar aquí.

Y como todos los años también, procedo a darme autobombo del bueno, y a enumerar los contenidos de mi autoría que podrían ser candidatos al Ignotus. Como me faltan lecturas, no haré listado de posibles candidatos en todas y cada una de las categorías, aunque no descarto hacer algún apañico conforme se acerque el fin del plazo para votar en la fase previa.

Así pues, dejémoslo en que solo tengo contenidos votables en dos candidaturas (una, en realidad, ya que los relatos, como veréis, son meros efímeros y coñitas sin la menor pretensión literaria):


MEJOR ARTÍCULO

"Cuatro autores, cuatro relatos", en Literatura Prospectiva, 23 de febrero de 2012.
"Cincuenta relatos para una década", en Literatura Prospectiva, 8 de marzo de 2012.

"Philip K. Dick: El 'beatnik' que escribía novelas de ciencia ficción", en Diagonal n.º 170, 19 de marzo de 2012.

Y como bola extra, tal vez la reseña de Años de prosperidad (Literatura Prospectiva, 7 de febrero de 2012), que me quedó larga de cojones y podría contar como artículo.



MEJOR RELATO

"Sigue el Camino de Tejuelos Amarillos", en Frikitecaris, 27 de enero de 2012.


"Dación en pago del alma", en Pornografía Emocional, 23 de noviembre de 2012.


Hala, a disfrutarlo. Que ustedes voten bien. Tenéis de plazo hasta el 30 de junio.

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miércoles, 5 de junio de 2013

No volveré a mirarme el ombligo

No por falta de ganas ni porque se me haya pasado el rollo autobombo, sino, básicamente, porque llevo unos cuantos días sin ombligo: hoy hace una semana que me operaron de la hernia que me salió allá por el mes de abril. Después de comprobar en mis propias carnes que, digan lo que digan los Lasquettis, Matos y Boirruíces de este mundo, la sanidad privada puede ser mucho más desastrosa que la pública, llegó el día de la tan poco temida cirugía.
Poco temida, he dicho, sí. Claro, el asunto es que como he pasado por un cáncer y por varias operaciones iba de sobrado e infravaloré claramente la hernioplastia umbilical. No porque creyera que iba a salir de la operación dando botes y haciendo vida normal, sino porque creía que al día siguiente iba a estar dando botes y haciendo vida normal. Y no, no lo estoy haciendo. Que es lo que, por otro lado, cabía esperar.
A lo que iba. Cristina y yo nos presentamos a la hora convenida en el hospital que gestiona la empresa del marido de la Cospe. La sala de espera de la ucsi (unidad de cirugía sin ingreso) era un hervidero de gente, más o menos como la consulta del médico de cabecera en plena epidemia de gripe, y te iban llamando por megafonía para que ocuparas posiciones en el box correspondiente.
Una vez en el box tocó el momento de desnudarse y ponerse la batita esa tan erótica que se abre por detrás, además de unos calzoncillos especiales. Junto a eso, un cartelito de "Pendiente de rasurar" que me acompañó hasta el quirófano, por lo que tuve que atajar de raíz al menos tres intentos de rasurado por parte del personal sanitario del hospital. No, en serio: ya no hacía falta. Perdonen si me puse brusco en algún momento. No era personal.
Después de comprobar que tenía la presión normal llegó la hora de bajarme a quirófano. Un detalle interesante: me preguntaron en varias ocasiones si era yo y de qué me iban a operar, supongo que para curarse en salud o para comprobar que no iba chutado. En todo caso, ahí se desvanecieron mis temores de que cometieran algún aciago error y, qué sé yo, en vez de quitarme la hernia les diera por practicarme una apendicectomía.
Un detallito que me encantó: como era la primera vez que me operaban desde que me quitaron la miopía, pude ver el quirófano con un lujo de detalles que se me había pasado completamente por alto en las otras tres intervenciones quirúrgicas por las que había pasado.
La anestesia era local, con lo que me ahorré espectáculos como el que me hicieron dar cuando me reconstruyeron la uretra: iba con la epidural, insensibilizado de ombligo para abajo, y los muy simpáticos me hicieron pasar de la mesa del quirófano a la camilla sin ayudarme en ningún momento. El otro día, por lo menos, fui capaz de hacer la maniobra con los pies, lo cual fue muy de agradecer, me ayudó a no sentirme un perfecto inútil en manos de unos urólogos dementes.
La anestesista me juró por Snoopy que iba a estar adormilado durante unos diez minutos, así que debí de quedarme fritísimo unos cinco minutos, ya que en tiempo subjetivo solo habían pasado cinco minutos cuando se pusieron manos a la obra. Una columnita de humo al otro lado del velo que estratégicamente habían situado entre la zona de guerra y mis ojos, un leve olorcillo a chamuscado, y hala, al cachondeo.
No creo que la operación durara mucho más de veinte minutos, así a ojo. En teoría se trata de la intervención más fácil del mundo mundial, aunque no dejan de ser unos desconocidos que están revolviéndote las tripas con un bisturí muy afilado. Hay quien me ha preguntado si me hicieron laparoscopia. No creo que me la hicieran. Lo que sí me dieron fue una mezcla de puntos y grapas. Sé esto último porque noté como me grapaban. No duele porque estás anestesiado, pero lo notas. 
Antes de cerrar me pusieron un drenaje de Penrose; un viejo amigo, ya que me pasé mes y pico con dos de ellos drenándome el mediastino. Después me pusieron una malla made in Turkey, que me dejaba el abdomen como un puto teletubbie, y de ahí para la sala de reanimación, donde me tiré un buen rato (cosa de una hora) hasta que se acabó el gotero de calmante. Aparte de mí, los únicos pacientes que estábamos despiertos eran un señor bastante pesado y un niño de tres años que tenía pendientes de él a todas las enfermeras.
--¿Cómo te llamas?
--(Nombre ininteligible.)
--¿Cuántos años tienes?
--Tres.
--¿Tienes hermanos?
--Siete.
Pero no, resulta que se estaba haciendo un lío: lo que tenía era una hermana de siete años. El caso es que el sábado había cumplido tres años, y ahora acababa de salir de una operación. En un momento dado comenzó a hiperventilar, las enfermeras se pusieron en pie de guerra, y el pobrecito prorrumpió en un llanto y a llamar a su mamá. ¡Una penita!
Cuando me subieron al box de la ucsi seguía llorando a grito pelado, y el pesado acababa de fallar una canasta con el zumo que le habían dado para comprobar que toleraba líquidos.
--Yo no me veo capaz de encestar, la verdad --le comenté.
Y qué coño, me parece una falta de educación tirar un tetrabrick de zumo al suelo, sabiendo que vas a fallar casi con toda seguridad, y molestar a una enfermera que seguro que tiene cosas mucho más importantes que hacer.
Me dejaron un rato en la ucsi, avisaron a Cristina, estuvimos esperando hasta que tuvieron preparados los papeles del alta, me dieron cuatro indicaciones básicas, me hicieron firmar un par de papeles, y hala, para casa.
Como iba hasta arriba de calmantes, no sentía ni padecía, con lo que me puse demasiado alegremente a realizar tareas domésticas, para desesperación de Cristina, que no dejaba de preguntarme qué parte del "Hoy tienes que hacer reposo absoluto" del cirujano no había entendido.
Pero el postoperatorio es otra historia, y ya la contaré en su debido momento. Por ahora lo importante es que he salido bien de la operación, que la faja que me ha prescrito el médico me sienta divina de la muerte y que, pese a las molestias, cada día estoy mejor, aunque todavía no puedo hacer vida normal.

(Continuará.)

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