miércoles, 8 de mayo de 2013

Hernia pública, hernia privada

Día 1

Como ya sabéis si seguís el blog, el otro día me descubrieron una hernia umbilical que necesita cirugía. Dado que no parece el tipo de cosas que convenga posponer indefinidamente, decido comerme mis principios y aprovechar que estoy pagando mutua para comprobar qué tal funciona la privada en materia quirúrgica.
Así pues, pido hora en la consulta del cirujano y, como se suele decir, que sea lo que dios quiera.
Y he aquí lo que sucede.
El hospital, para empezar, ya no se llama como siempre, sino que le han antepuesto el nombre de la empresa del marido de la Cospe. Mal augurio.
Para continuar, hay dos tipos diferenciados de modus operandi. Si vienes de la Seguridad Social, tienes que introducir tu tarjeta sanitaria en una maquinita que te da número y, si ves que está jodida, ya te atienden en ventanilla. A los que vamos por mutua nos atienden directamente en ventanilla. En la vida real, tienen a una persona orientando a los clientes (ya no somos pacientes, ni siquiera usuarios), porque el cacao es mayúsculo y no hay quien se aclare, ya sea público o privado.
Me paso una hora y cuarto de reloj esperando que me atienda el cirujano. Correctísimo y directo, eso sí. Como con los gines de cuando Cristina estaba embarazada también nos hacían esperar hasta hora y media, deduzco que el problema de la impuntualidad es crónico, independientemente de que la sanidad te la pagues de tus impuestos o te la repagues de tus impuestos y tu cuota de la mutua. Vamos, que esto es un loose-loose.
Dicho esto, me programan el preoperatorio en dos días: el lunes de dos semanas después me hacen las pruebas, y el martes me visitan el médico y el anestesista.


Día 2

El programa de actos consta de analítica, electrocardiograma y placa de tórax (esta última, "por si acaso", dado mi historial clínico de neumonías y linfomas, no porque realmente sea necesaria para una operación de chichinabo que se realiza con anestesia local).
En mi hospital público, mi analítica anual está programada desde un año antes. Los pacientes pasan de cuarto de hora en cuarto de hora; es decir, si te dieron hora para dentro de un año a las ocho de la mañana, tienes que plantarte allí a las ocho menos cuarto, pedir la vez en la cola de las ocho (siempre hay varias colas) y esperar a que te den número en la planta de abajo, que es donde hacen las extracciones.
Aquí la cosa funciona de una manera menos intuitiva y más reglada: según llegas, pides número y ya te dan otro número para las extracciones. La espera, al final, acaba siendo de casi media hora, mientras que en el público no suele llegar al cuarto de hora, y además las enfermeras se quejan de que las extracciones son un despiporre, porque me han llamado a mí antes que a los dos números inmediatamente anteriores, y les urge empezar a controlar eso antes de que se desmanden las cosas.
De ahí me voy al electrocardiograma. El sistema informático está caído. No, yo no tengo nada que ver. No es ninguna JuanMagnetada: es que "están mejorando el sistema", y la hora que me dieron no vale de nada. Tengo que bajar a la planta de entrada, donde me darán número. Una empleada del hospital me indica lo que tengo que hacer, y una vez allí me chupo la cola preceptiva para que me manden a la planta de arriba, que es de donde vengo.
Cuando llego, todo es un descontrol. La enfermera está de muy mala hostia porque todos los clientes la están pagando con ella, y ella va en modo Amo del Calabozo. Cuando le digo que vengo a hacerme un electro, me suelta un "¡Y dale!" y me deja claro que la hora que pone en la solicitud es meramente orientativa, cosa que ya sé porque llevo diez minutos oyéndolo. Total, que me paso tres cuartos de hora esperando, y ya se me está solapando esta hora con la de la placa de tórax. Estoy a punto de preguntarle a la enfermera si me puede dar una hora aproximada a la que me atenderán, porque, de lo contrario, me bajo a radiología para hacerme la placa, y luego subo. Me quedo con las ganas, porque una diabética y una cancerosa se enzarzan delante de mis narices. Ambas tiene su parte de razón: la primera, porque debería ir buscando una farmacia con toda urgencia, y la segunda, porque tiene otra prueba justo a esa hora. La primera se va a la farmacia, y a la segunda la cuelan para que se calle.
Y a mí, pues bueno, me cogen cuando me toca, que es cinco minutos antes de la hora a la que tenía la placa. Una vez dentro, la enfermera se ablanda, ya que me ve la media elástica al colocarme el electrodo, y le hablo de mis trombosis y de mi linfoma, además de mi hija, con lo que se amansa y acaba de lo más amable.
Me ahorro volver al control de la entrada porque, según la enfermera, las placas las lleva otra subcontrata y no hace falta pedir número, ya lo llevan ellos directamente. Comienzo a entrever qué es lo que ha pasado esta mañana: cada servicio funciona dependiendo de la subcontrata. Si la subcontrata es eficiente, la cosa va bien; si es un puto desastre, la cosa es un puto desastre. Todo muy ajustado a la oferta y la demanda, faltaría más.
La placa de tórax va como la seda. Me llaman a los cinco minutos de entrar, me tienen dos minutos esperando para comprobar que no hay que repetirla, y a casa.

Día 3

Ayer me hice las pruebas, y hoy me toca visitarme con los médicos. Vamos a ver qué tal es la experiencia.
Para comenzar, tengo que pasar por la misma cola del día anterior y, para variar también, tengo problema informático de tres pares de cojones: pasan hasta cuatro veces mi tarjeta de la mutua antes de que me puedan dar número, previa consulta de la enfermera con otras dos enfermeras. Y no, esto no es ninguna JuanMagnetada: es que en este hospital que se llama como el marido de la Cospe tienen un sistema informático birrioso que, eso sí, jode por igual a los clientes que vienen de la pública y a los que vienen de la privada.
Total, que me subo a la planta donde está la anestesista. Me encuentro con la enfermera que me hizo el electro el día anterior. Debe de acordarse de mí, porque me indica dónde está la anestesista y me desea suerte.
Con la anestesista estoy que lo tiro, porque es llegar y cogerme, pese a que delante de mí iban dos monjitas. Me somete al cuestionario de rutina (que qué enfermedades he tenido, que si tengo alergias a medicamentos, que qué medicamentos consumo, que si bebo, que si fumo y, en resumen, las mismas preguntas del cuestionario escrito que acabo de rellenar), omite la pregunta estrella que me hacían en el hospital militar (eso de poner cara de circunstancias y preguntar: "¿Te drogas?", como si les doliera más que a ti) y me dice que la analítica está muy bien, y que no tiene ni idea de cuándo me operan, que eso es cosa del cirujano.
Como ya me han asignado número para el cirujano, me dedico a dar una vueltecita por los alrededores mientras hablo por teléfono con Cristina. Dado que tengo que leer un par de libros para reseñar en Lecturalia, decido plantarme veinte minutos antes de hora en la consulta, para ir leyendo con calma... y en cuanto llego, veinte minutos antes de mi hora, me encuentro con que me están llamando. ¡Veinte minutos antes! Entre la hora de retraso del electro de ayer y estos veinte minutos de adelanto, mi desconcierto no hace sino aumentar.
Con el cirujano va todo muy rápido: que le entregue el consentimiento, me entrega una solicitud de autorización de la cirugía para la mutua, me recuerda las cuatro normas básicas que tengo que observar el día de la operación (ir acompañado, y tal), y que ya nos veremos el día de la intervención. Por supuesto, ni idea de cuándo me operan, solo vaguedades: "Suelen tardar como un mes", "Ya te avisaremos", etcétera.

Total, ¿qué consecuencias tengo que extraer de todo esto? Pues que, a no ser que la caguen en la operación y me encuentre con que en vez de haberme quitado una hernia umbilical me han implantado dos tetazas de actriz porno, el nivel de incompetencia es el mismo en la pública y la privada, lo de la mejor gestión se lo creen en su casa a la hora de comer, el caos y los retrasos que se pueden llegar a producir son incluso mayores que en algunos hospitales públicos y, en resumen, que todo esto ha servido para que uno de los hospitales de referencia de Barcelona lleve ahora el nombre de la empresa donde trabaja el marido de la Cospe.

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