martes, 31 de julio de 2012

Colaboraciones en Booquo

Como ya sabéis, colaboro con Círculo de Lectores desde hace varios años. Hasta ahora, esa colaboración se desarrollaba en tres vertientes. Por un lado, la moderación del Foro Fantasy y otras actividades relacionadas con el género (como el encuentro interactivo con George R. R. Martin que se celebró hace cuatro años). Por otro lado, la elaboración de informes de lectura, en los que ayudaba a decidir acerca de la publicación de determinados títulos. Y, por último, pero solo porque estoy detallando mis colaboraciones en orden cronológico, la moderación del foro del Premio Círculo de Lectores de Novela. Bueno, sí, también he corregido algunos títulos de Círculo, pero fue tan solo una colección, y de eso hace ya mucho tiempo.
Pues bien. De un tiempo a esta parte, y a modo de preparación para las celebraciones de su cincuentenario, Círculo ha puesto en marcha nuevas actividades, ha cancelado algunas de las que desarrollaba hasta ahora y le ha lavado la cara a otras, de modo que el digamos organigrama de mis colaboraciones con ellos ha cambiado un tanto, aunque no de manera cualitativa ni cuantitativa. 
En primer lugar, se ha inaugurado una de las apuestas más ambiciosas de Círculo, la plataforma Booquo, que pretende convertirse en un punto de encuentro para lectores de libro electrónico y degustadores de series y películas en general. Booquo nace también con la intención de convertirse en una comunidad de lectores, agrupados por afinidades temáticas, de ahí que se haya compartimentado en varios canales. En concreto, colaboro con dos de ellos: Historia y Enigmas, y Club del Crimen. La filosofía de estos canales es ofrecer contenidos relacionados con los títulos editados por Booquo, pero también susceptibles de ser disfrutados por un público general. De este modo, se alternan reportajes temáticos con reseñas, encuestas, entrevistas y monográficos. Además, cada canal cuenta con un colaborador especial (Lorenzo Silva o Matilde Asensi, por mencionar los dos primeros), en torno al cual gira parte d ela programación del bimestre.
En segundo lugar, Círculo ha cancelado el Foro Fantasy, para centrarse en el proyecto de Booquo. De momento no hay previsto abrir un canal de Fantasy, aunque espero que, con el tiempo y una caña, se acabe retomando la idea. Durante los más de cuatro años de existencia de Foro Fantasy se han publicado contenidos y debates muy interesantes, entre ellos las lecturas compartidas. Me lo he pasado muy bien, he aprendido mucho, me da pena que la idea no haya tenido continuidad y, en resumen, creo que ha sido una experiencia muy enriquecedora.
En tercer y último lugar, se ha modificado el formato del foro del Premio Círculo de Lectores de Novela, que se ha convertido en un blog, por lo que ganará en dinamismo e interactividad con los jurados. Es el paso lógico, teniendo en cuenta que el premio va por la quinta edición y se trata, por lo tanto, de una iniciativa plenamente consolidada. 
De este modo, mis colaboraciones en Círculo quedan como sigue.
En los dos canales de Booquo con los que colaboro (Historia y Enigmas, y Club del Crimen) voy publicando reseñas, reportajes e incluso entrevistas. Como las colaboraciones no se firman, prefiero mantener ese espíritu anónimo y de equipo, aunque, a modo de pistas, puedo decir que he escrito sobre temas tan dispares como la Guerra Civil, las novelas policiacas ambientadas en el Call barcelonés, los autores más célebres de enigmas y ocultismo, el thriller rural o una entrevista con un conocidísimo autor de literatura fantástica que suele incluir referencias a la antigüedad clásica griega y romana. Por poner solo unos ejemplos.
En el blog del Premio Círculo de Lectores de Novela todavía estamos calentando motores, ya que aún no se ha hecho público el listado de novelas finalistas. Cuando todos los jurados las tengan en su poder, comenzaremos a debatir y comentarlas.
Como veis, no me estoy quieto. Ni ganas.

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miércoles, 11 de julio de 2012

Cumpleaños feroz

Suelo tener buena memoria con los cumpleaños, tanto si sois amigos o familiares como si apenas tenemos contacto, hemos sido amigos o, incluso, no nos soportamos. Qué le voy a hacer. Otros no olvidan nunca una cara, o sus diálogos favoritos de película: a mí me cuesta olvidarme de una fecha de cumpleaños. A no ser, claro, que me trabuque con ellas, que también puede ocurrir; en ese caso, de lo que no me olvido nunca es de la fecha errónea. Y, por supuesto, seguiré sin recordar la correcta.
Con la cantidad de plasmaciones infinitamente más provechosas (lucrativas, quiero decir; tampoco hace falta llegar a lo de Rain Man en el casino de Las Vegas, aunque me vendría bien si nos instalan Eurovegas a la vuelta de la esquina...) que podría haber tenido la memoria fotográfica, y voy y desarrollo esta.
Entendedme, no es que me queje. De hecho, a veces me hace quedar como un señor. Hablo con alguien de quien apenas sé nada, le comento "Tu cumpleaños fue hace un par de días, ¿no?", me responde un emocionado "¡Te has acordado!", y la verdad es que subo puntos.
No, en absoluto lo considero información inútil. Sin ir más lejos, tengo un padre que no se ha acordado de mi cumpleaños en su puñetera vida, con el agravante de que el suyo es justo quince días después, y el "Felicidades, y de paso felicítame por mi cumpleaños de hace dos semanas" se ha convertido en un pequeño clásico familiar. Qué sé yo, a lo mejor he desarrollado este curioso súper poder como reacción a los olvidos constantes por parte de mi padre. Pudiera ser, pero paso de gastarme cien euros la hora para salir de dudas.
Pero a lo que iba. Como digo, suelo acordarme de las fechas de cumpleaños de mis amigos. Claro, a medida que pasa el tiempo se me olvidan las cosas, de modo que es mucho más probable que me acuerde del cumpleaños de alguien con quien no hablo desde hace muuuchos años que del de mi compañero de trabajo de hace dos meses, suponiendo que lo hubiera tenido.
En concreto, hoy es el cumpleaños de alguien a quien no tengo demasiadas ganas de volver a ver. No porque lo odie, ni porque me hiciera nada en concreto, ni yo a él, aunque algo de todo eso hay, sino por acumulación y cansancio. Me da pereza. Me da palo. No me apetece, en resumen. Si nos cruzamos por la calle voy a querer saber de su vida, en qué anda y, sobre todo, si salió del bucle existencial que hizo que no me apeteciera volver a verlo. Pero ya está.
Es lo que tienen los vampiros emocionales: chupan recursos, chupan recursos, y te acaban anulando. La única salida posible es tener los suficientes reflejos como para salir por patas. Quedar como un perfecto hijo de puta, pero mucho más tranquilo. Y, tal vez, con la cordura relativamente a salvo.
De todos modos, y como veremos más adelante, tengo motivos para suponer que tal vez no esté entre nosotros, teniendo en cuenta los resultados de un par de búsquedas en Google. Volveremos a ese asunto.


No voy a dar nombres. Digamos que durante unos cuantos años fuimos compañeros de colegio, y después, de pandilla. 
Hasta que llegó el BUP, todo bien. Era un alumno aplicado, sacaba mejores notas que yo (y, a veces, bastante mejores), algunos años compartíamos clase y otros no (nos agrupaban por riguroso orden alfabético, y éramos demasiados, de modo que él estaba en la franja de apellido en la que lo mismo acababa en el grupo E, el mío, que en el D) y, dado que vivíamos cerca, a veces regresábamos juntos a casa. Era más amigo de otros amigos, pero había buen rollo. Era lo suficientemente despierto como para que me apeteciera conversar con él, y lo suficientemente friki como para que congeniáramos y abriéramos la posibilidad de formar parte del mismo grupito, andando el tiempo. Y qué coño, era muy majo. Pesadete, pero muy majo. Tampoco es que yo fuera el niño más normal del mundo.
En tercero de BUP me fui del colegio, y curiosamente ese fue el detonante para la formación de una pandilla. Acabé saliendo con él a los futbolines y los bares de perritos calientes del barrio, y también con otros amigos, más que cuando compartíamos aula.
Las cosas comenzaron a torcerse más o menos hacia esa época. Sufrió una lesión de rodilla que marcó, para mal, los siguientes años de su vida. Supongo que le agriaron el carácter. Dejó de ser el mismo.
Y también estaba su entorno familiar, por supuesto.
De muchas de estas cosas me iba enterando por mis amigos, y algunas me las confió él más adelante, cuando ya había quemado a los otros tres miembros del grupito y yo era el único con quien podía sincerarse (durante una época en que la pandilla estaba prácticamente disgregada y yo era el único que se hablaba con todos). Pero el panorama era más o menos el siguiente.
Era hijo natural. Su madre lo había tenido con quince años y, en esa época, ella aún negaba en público que él fuera su hijo. Lo presentaba como su hermano pequeño, y no daba más explicaciones. Ella se había casado con un buen hombre, había tenido dos hijos con él, e incluso se había ido a vivir a otra ciudad. Le había confiado la educación a su tía, que por lo tanto era la tía abuela de mi amigo.
Si digo "su tía", y añado que era rentista, que tenía varios pisos en propiedad, que vivía en el barrio de Salamanca, y que además tenía una asistenta y ama de llaves, podría parecer que estoy hablando de la marquesa de la calle de Torrijos, pero la realidad era bastante más sórdida. Me fui dando cuenta a medida que la amistad se afianzó y me fue invitando a subir a su piso.
La tía era una anciana enferma (padecía una parálisis parcial) y con muy malos prontos. No se puede decir que fuera mala persona, pero tenía el carácter agriado de manera permanente. Entrar en su casa y oírla gritar el nombre de su sobrino por todo el piso, de manera tan seca que se te incrustaba en los tímpanos y los túetanos, era como presenciar una disputa continua entre Norman Bates y su madre o, explicado para frikis de hoy en día, entre el Howard Wolowitz de The Big Bang Theory y su madre. La asistenta era una señora menudita, ataviada con su sempiterno traje de faena de color de rosa y un vago acento rioplatense, y, junto con el permanente olor a humanidad rancia enclaustrada que se respiraba en aquel piso, contribuía a que acompañarlo a su casa fuera una experiencia más bien traumática. Los tresillos de posguerra se hermanaban con objetos que ahora llamaríamos kitsch y con discos a cual más estremecedor.
Porque esa era otra: su cultura musical era, por decirlo fino, impropia de un varón casi veinteañero criado en el Madrid de la Movida. Por decirlo de una manera más gráfica, era un copia y pega de todos los números uno de Los 40 Principales durante los últimos años ochenta y primeros noventa. Mientras yo descubría a la Velvet Underground, la Joy Division, los Pixies o Negu Gorriak, lo más estimulante que escuchaba él era Sinitta, Jason Donovan, Glenn Medeiros, New Kids on the Block y las Objetivo Birmania de cuando les dio por convertirse en unas Bananarama de baratillo.


(Inciso. Sí, vale, voy muy de guay con el tema de los gustos musicales, cinematográficos y literarios, y supongo que a veces yo no querría ser amigo de alguien que considere relevantes estas cosas, pero esta entrada va de otra cosa. Del adocenamiento paulatino de una persona. De la pérdida de expectativas. De la pérdida de inquietudes. De cómo puede alguien que ha sido uno de los seis u ocho alumnos más brillantes del curso caer en la vulgaridad, la falta de ilusiones y, en resumen, una zafiedad a la que no parecía destinado. De cómo, por volver a los símiles frikis, alguien que podría haber sido Lisa Simpson acaba convertido en Homer Simpson. Y, tal vez, muere en el intento.)


Reconozco de manera abierta que vivir en aquel ambiente opresivo sin salir perjudicado era poco menos que un imposible. Su tía le había proporcionado una estabilidad económica, unos apellidos y la posibilidad de estudiar en un buen colegio religioso de un barrio pijo de la capital. Pero, por otro lado, los gritos continuos y el hecho de vivir en aquel gineceo imperfecto y geriátrico debían de haber minado algo, mucho o todo de su estabilidad emocional. Lo entendíamos, lo apoyábamos y, más importante, le aguantábamos sus neuras, igual que él aguantaba las mías (porque a mí también había que darme de comer aparte, dados mis antecedentes familiares), pero siempre llegaba un punto en el que conseguía que se te acabara la paciencia.
En mi caso, además, tuve la inmensa suerte de que no hubiera mujeres de por medio, porque supongo que también habríamos acabado tarifando.
Porque, y esto es complicado de contar, resulta que dijo, hizo o dio a entender cosas que, aun teniéndole mucha paciencia, y aun sabiendo lo especialito que era, solo podían inducir a pensar en una cosa: que te estaba intentando levantar la novia. 
Se lo hizo a dos amigos. Quedo un día contigo para ir a patinar (y, de paso, me vuelvo a cascar la rodilla y me pierdo la Selectividad), digo esto, doy a entender lo otro, intento hacer lo de más allá, te chivas a tu novio, y hala, ya tenemos cisma en el grupo, hasta que las aguas se calman y, como al fin y al cabo es buen chico y no parece que lo haga con mala intención, vuelves a quedar con él, a limar asperezas, y se reanuda la amistad o, por lo menos, llegas a ese deseable punto Lagrange en el que puedes compartir habitación y conversación sin tirarte los trastos a la cabeza.
Dos veces, insisto. En un grupo de cinco.


En otras ocasiones, no voy a negarlo, era él quien tenía que aguantarme mis prontos y mis chorradas. Insisto: yo también era muy especialito, y no sé si yo habría podido ser amigo del Juanma anterior a la universidad.
Recuerdo, en particular, una acampada a Cercedilla, con un amigo suyo. La situación era confusa, uno de esos extraños experimentos de mezclar churras con merinas a los que, como buen liante y manipulador, era tan dado, porque no tenía mucho en común con su amigo, y además no teníamos mucha idea de cómo arreglárnoslas en el campo (de hecho, tuvimos la genial idea de dejar los víveres fuera de la tienda de campaña, y amanecimos sin ellos, porque se los habían comido las vacas que deambulaban por aquella dehesa). Casi sin comer, sin poder movernos de la zona de acampada porque él no quería hacer ninguna excursión, aguantando un sol de justicia en una pradera masificada y condenado a pasar un fin de semana de mierda en el que lo más divertido que estábamos haciendo era sacarnos fotos meando contra los pinos de la sierra de Guadarrama y grabar una casete con homenajes continuos a Radio La Voz de la Experiencia - Cadena del Water, llegó un momento en que estallé y me retiré a dormir a la tienda de campaña. Como él era simpático, y su amigo era tirando a normal, resulta que en ese momento vino lo mejor: él y su amigo se pasaron toda la noche de charla con un grupito, mientras veían un eclipsde de luna.
Como digo, el problema no era siempre él.
Soy fácil de cabrear. Y antes lo era aún más.
Recuerdo otra ocasión en que había quedado con él para bañarme en la piscina del piso de mi hermano. Era una tarde inclemente del mes de agosto, él me había liado de muy mala manera para ir al piso de mi hermano (pues esa era su gran especialidad: hacerte la picha un lío hasta que acababas claudicando y haciendo lo que le daba la real gana), yo ya iba a desgana, y hete aquí que la piscina estaba impracticable, encenagada. Llevaba varios días sin funcionar, y resultaba hasta incómodo estar junto a ella. Perfecto, me dije, nos vamos de aquí, y me vuelvo a casa, que me apetece estar fresquito. Pues no: a él se le puso en las narices quedarse a tomar el sol, y allí nos pasamos toda una tarde, tomando el sol junto a una ciénaga.
Puede que, en esa ocasión, el problema fuera yo.


La cosa dio un giro radical cuando falleció su tía. Mi amigo se encontró de repente como heredero del piso de su tía, jubiló a la asistenta, se encargó de administrar los otros pisos que le había dejado su tía en herencia y, dado que había conseguido encabronar a dos de los cinco amigos que componíamos el grupo después de sus intentos de levantarles las novias, perdimos parte del contacto... y él comenzó a salir con amigos nuevos.
O, más que salir, comenzó a llamarlos por teléfono.
¿Os acordáis de los famosos Party Line de principios de los años noventa? Sí, aquellas conversaciones telefónicas a varias bandas, en las que todo era diversión... y facturas telefónicas astronómicas. 
Pues bien, metió en el piso a dos amigos a quienes había conocido en el Party Line.
Uno se largó unos cuantos meses después, sin que se volviera a saber de él, y les dejó una factura de teléfono de..., atención, que hablo más o menos de 1992..., doscientas mil (200.000) pesetas. Mil doscientos euros de ahora, más el IPC. Haced la cuenta. Un verdadero pastón, vamos.
Y con la otra compañera de piso, pues bueno, no es que se liara: es que, además, tuvieron un hijo.
Al principio nos alegramos mucho por él, porque, por un lado, el hecho de que él estuviera saliendo con una chica eliminaba de raíz la posibilidad de que nos intentara levantar a las novias (y, en consecuencia, eso se tradujo en un nuevo acercamiento a lo que quedaba de la pandilla) y, por otro, sus intentos inmediatamente anteriores de buscar chica se habían saldado con una tormentosa relación a distancia (supongo que, también, producto del Party Line: nunca entraba en detalles), varios viajes alocadísimos y precipitadísimos a la otra punta de la Península y, en concreto, un conato de accidente que casi lo hace despeñarse por un barranco mientras conducía a ciento y pico por hora por un puerto de montaña para llegar lo antes posible a aclarar las cosas con ella.
Nos podía sacar de quicio, pero joder, era nuestro amigo, no le deseábamos ningún mal, tan solo que se centrara y, desde luego, jamás iba a conseguirlo si perdía el tiempo y se arriesgaba a perder la vida eligiendo chica tan rematadamente mal.
Así pues, nos hizo mucha ilusión que por fin sentara cabeza.
A su chica había que darle de comer aparte, pero bueno, ¿a quién no?
Nos hizo muchísima ilusión saber que ella estaba embarazada.
Les aguantábamos sus fantasías de futuros papis, porque nos hacían gracia y, al fin y al cabo, estaban abriéndonos el camino: era el primer amigo mío que iba a tener descendencia, y estas cosas te confieren un aura diferente de respeto y admiración.
No se querían casar hasta que el niño o niña tuviera cuatro o cinco años, para que pudiera ir bien arregladito a la boda y llevarles los anillos. Ella quería niña, porque, como se llevarían veintipocos años, podrían salir juntas de fiesta cuando la pequeña tuviera edad de salir. Él quería niño, para hacerlo socio del Real Madrid e ir juntos al Bernabéu y, en un momento dado, convertirlo en el nuevo Butragueño.
Incluso le hice de canguro en alguna que otra ocasión.
Conversar con ellos era cada vez más difícil, porque ya no había temas en común. No se podía hablar ni de música, por los motivos que ya he contado, ni de cine, porque llegó un punto en que ya no había quien lo sacara de Steven Seagal, ni de política, porque tras unas elecciones municipales y autonómicas acabó reconociéndome que no había votado a los que le gustaban, ni a aquellos con quienes comulgaba ideológicamente (no tenía ideología), sino a los que creía que iban a ganar, sin hacerse más preguntas. Eran de dos partidos diferentes, algo así como votar a Ana Botella y Tomás Gómez, o a Álvarez del Manzano y Leguina.
En un momento dado era un alma muerta sin nada mejor que hacer.
Porque esa era otra: durante aquellos primeros años, ninguno de los dos trabajaba. Él se había matriculado en la universidad, en la carrera que quería cursar (el expediente académico se le había venido abajo en los últimos dos años, pero hasta aquel momento había sido brillante, y tuvo cierto margen de puntuación en Selectividad como para entrar en esa carrera), y sus años en la facultad habían coincidido con los más descontrolados de su vida privada, los de los últimos meses de vida de su tía y la etapa con los Party Line. Iba a su ritmo, nos decía, aprobando algunas y dejándose otras.
Al principio era por no romperle ritmos al niño, decían. Lo más natural les parecía dejarse guiar por los ritmos de sueño del niño, que resultó ser muy dormilón.
En cuanto al dinero, no lo necesitaban, porque habían heredado pisos, y no pagaban hipoteca.
Se gastaron un pastizal haciéndole una reforma al piso, propia de revista de interiores.
Se compraron un coche más grande.
Se compraron una nevera de dos puertas que ocupaba media pared de la cocina.
Siempre estaba llena. Abarrotada.
Y solo eran dos.
Ellos dos crecieron en proporción directa a la nevera.
Llegó un momento en que comenzó a vender los pisos que le había dejado su tía en herencia.
Pero no bajaban el tren de vida.
Siempre había cocacolas, cervezas, fantas de limón, cortezas de cerdo, pizzas congeladas y comida precocinada en abundancia cuando ibas a verlos. Nunca vi ni una sartén ni una lechuga en su piso.
Y llegó un momento en el que ya solo les quedaba el piso de su tía. Y, además, tenían un niño, que era una monada. Se parecía a él, y a su abuela, pero con la diferencia de que mi amigo ya era solo una parodia de aquel que había sido. Una parodia que en tres o cuatro años había generado más de treinta kilos de sobrepeso.
Se habían comido un par de pisos. Y no es una frase hecha. 
Y, puestas así las cosas, comenzaron a buscar trabajo. Como no estaban cualificados (ella tenía el gradudado escolar, y él seguía sin acabar la carrera: siempre iba a darle el empujoncito definitivo, pero si no era el niño eran las obras del piso, o una nueva operación, y si no, pues la venta de algún piso de su tía), buscaban como reponedores en los hipermercados de la zona, sobre todo, porque no podían trabajar a más de cien metros de su piso, para estar cerca del niño. Ella mantuvo, durante bastante tiempo, la (supongo que) fantasía de que iban a montar un puesto de encurtidos en el mercado del barrio. Pero, con el tiempo, dejaron incluso de tener esa fantasía.
El bautizo del niño, aunque sirvió para reunir a lo que quedaba del grupo, fue una experiencia realmente traumática, porque nos llevaron a un bar de carretera que rezumaba gotitas de jamón semilíquido. Pero no podías decir nada, porque te estaban invitando, sabías que a esas alturas ya no iban nada bien de dinero, su madre había reaparecido y los estaba ayudando mucho, sus medio hermanos se habían volcado en su pequeño no-sabían-si-primo-o-sobrino y, en resumen, la vida les sonreía a pesar de los claroscuros.
Sin llegar a distanciarme de él... Bueno, sí, qué coño: a las alturas de 1999 estábamos bastante distanciados, pero él tenía un nuevo amigo (creo que compañero de facultad) que prácticamente lo había adoptado y se había convertido en su valedor, junto con su novia. Era la persona a quien recurría en caso de emergencia, y bueno, yo estaba desaparecido en combate durante mis últimos años de oposición y mis nueve meses entre hospitales y quimioterapias.


Cesura.


Del cáncer salí como se suele salir de él cuando no lo haces con los pies por delante: mucho más sabio y experto, mucho más consciente de tus prioridades, y con muchas menos ganas de tonterías.
Lo cual lo incluía a él.
No fue algo que se me ocurriera de repente, sino el producto de la traca final de esta historia.
Estamos en la primavera de 2000. He salido de mi linfoma de Hodgkin y de mi trombosis venosa profunda, ya he vuelto a la fase de ultimátum "o te buscas un trabajo o lo dejamos" por parte de una pareja que está muy agobiada porque lleva un año pagándose ella sola una hipoteca que le viene bastante grande, y estoy compatibilizando dos cursos para desempleados, uno sobre redes informáticas y otro sobre bibliotecas, hasta que el INEM me pilla (son incompatibles) y me decanto por el de bibliotecas. Esto me deja las mañanas libres, aunque en realidad debería estar terminando el curso a distancia de archivos y bibliotecas en el que me matriculé para sobrellevar la quimioterapia y los reposos absolutos.
Pues bien. En realidad, las mañanas fueron cualquier cosa menos apacibles momentos de relajamiento y estudio.
Primero comenzó a venir como viene el amigo de verdad que vive al lado de tu casa y con quien te reencuentras después de una larga temporada sin haber tenido contacto: con una mezcla de alegría y de cautela. Visitas protocolarias a ver qué tal estaba el enfermito, acompañadas por un interés genuino porque, joder, somos amigos, lo he pasado mal, y me encanta haber retomado el contacto. Lo recibo con los brazos abiertos.
Pero suceden varias cosas. Una, la clásica tratándose de él, que le das la mano y se toma el brazo. Las peticiones de favores que van más allá de la prudencia. 
Que si no me importa ir a mirarle unas notas. Vale, no tengo por qué (él debe de estar trabajando de reponedor, supongo), pero lo hago. Y, de paso, como algo no me cuadra, indago un poco y me doy cuenta de que en realidad no está en último curso de carrera, como lleva un par de años diciéndome, sino mucho, mucho más retrasado. Bueno, es fantasioso y mentiroso compulsivo a partes iguales, y al fin y al cabo no es asunto mío. El favor era que fuese a mirarle las notas, y yo se lo hago.
Que si no me importa que nos deje al niño, que por aquel entonces ya tiene cuatro años y una mirada triste y apocada que minimiza a un niño encantador y educadísimo con quien da gusto estar. Pues vale, claro, cómo no.
Que si no me importa que se quede un rato para charlar, que últimamente anda muy agobiado. Venga, vale, voy a llegar a clase justo a tiempo, pero bueno, reconozco que soy un maniático con mi sentido de la puntualidad, y que no me voy a morir si en vez de llegar un cuarto de hora antes lo hago con un margen de dos minutos, o incluso con la clase recién comenzada.
Cuando me quiero dar cuenta, toda mi vida matutina consiste en estar con él, dos, tres, cuatro e incluso cinco días a la semana. Lo veo más que a mi pareja. Algunos días tengo que echarlo, porque ya no se trata de que no vaya a llegar a tiempo a clase, ni de que tenga que comer en cinco minutos antes de salir a clase a toda prisa: es que me he quedado sin comer.
Y bueno, no puedo ser muy duro con él, porque lo que me tiene que contar es una auténtica historia de terror.
Su novia había seguido con los Party Line después de que sentaran cabeza y tuvieran al niño. Pero eso no es todo: ella se ha enganchado al chat, que es lo que se lleva en aquel momento, y está tonteando de manera descaradísima con un tío.
Eso es al principio. Más tarde me entero de que, más que tontear, lo que están es liados. Y desde hace algún tiempo.
Y luego, como  pasa con las muñecas rusas, me entero de otra historia más: ella está a punto de plantarlo.
Pero claro, resulta que ella no se quiere ir: quiere que se vaya él. De su piso. Del piso que él heredó. Del piso que se están comiendo desde hace siete años, igual que se comieron los pisos de la tía.
Las cosas llegan a ponerse tan feas que un día, mientras yo estoy en clase, mi madre tiene, literalmente, que pararle los pies a ella, que acaba de poner los pies en mi casa en plan operación comando para llevarse a rastras al niño y, a continuación, echar a mi amigo de su piso. Mi madre no consiente que se lo lleve, mantiene a raya a la novia de mi amigo, y llama a la madre de este para que se lo lleve a su piso, porque en ningún sitio estará mejor que con su abuela.
Y entonces empieza a aflorar la mierda.
Resulta que, para empezar, la novia de mi amigo no se llama como nos decía que se llamaba.


(Inciso sobre la importancia de los nombres. El caso más extremo de cambio de personalidad a través de un cambio de nombre fue el de una sobrina de mi tía, que estaba saliendo con un tal Borja, un tío alegre, dinámico y moderno. Una noche iban haciendo el cabra con la moto o el coche --él era alegre, dinámico y moderno y, por lo tanto, propenso a hacer esas cosas-- y se metieron un piñazo espectacular. En cuanto apareció por el hospital la madre de él, una maruja de nivel socioeconómico humilde tirando a bajo, comenzó una retahíla de lamentaciones por su hijo, en estos términos: "¡Ay, mi Currillo! ¡Ay, mi Currillo!".
Con esta anécdota quiero dejar clara una cosa: nosotros elegimos los nombres con que queremos que se nos conozca, y estos determinan nuestro estatus. Si te llamas Currillo y eres hijo de inmigrantes de clase baja, es evidente que no te podrás ligar a una niña mona de un barrio bien, pero si te cambias el nombre a Borja, y además adoptas un papel alegre, dinámico y moderno, el camino estará más despejado. Estás manteniendo una impostura, aunque, por otro lado, te estás metiendo en el papel hasta que este te devora. Es el principio básico de los súper héroes. Clark Kent puede ser un mindundi cuando lo mangonean en el Daily Planet, pero cuando se enfunda el traje alegre, dinámico y moderno de Supermán, joder, entonces es el puto rey del mundo.
Curiosamente, la sobrina de mi tía no dejó a su Borja después de aquello, aunque, con el tiempo, acabaron cortando, pero por otros motivos.
Un nombre, además, se puede imponer para despersonalizar a alguien. Siempre cuento la sórdida historia de otro amigo mío, a quien su novia, y luego esposa, llamaba por su nombre de pila, no por su diminutivo, que era como lo llamábamos todos. No había quien la sacara de allí, y el caso es que, con el tiempo, consiguió que él abandonara el papel que tenía con su diminutivo --es decir, el del tío más cojonudo del grupito de amigos de la universidad-- y asumiera, de manera lenta pero implacable, el de su nombre de pila, con el que lo había rebautizado su mujer. Ella lo había modelado, como el alquimista que le impone una letra en la frente a un gólem para que solo responda ante él.
Hay un tango que lo cuenta muy bien: "Ya no sos ni Margarita / Ahora te llamas Margot".
A la novia de mi amigo le pasaba algo parecido: en su isla natal tenía un nombre, que vi porque mi amigo escondió su libro de familia en mi casa, para tenerlo a buen recaudo, pero en la capital se hacía llamar de otra manera. No sé si lo hacía para huir, o porque le pareciera natural, o para crearse una nueva identidad alegre, dinámica y moderna. Creo que fue esto último. Y, durante unos siete años, le funcionó.)


Pero eso no es todo: ella ya tenía cuatro hijos cuando se mudó a Madrid a vivir con él. Veo sus partidas de nacimiento. Nombres exóticos, de la vieja cultura aborigen de la isla de donde ella procede. Al primero lo tuvo con catorce años. Y después, a razón de uno cada año y medio o dos años. De padres diferentes, todos ellos. Ella se fue a Madrid con veintidós años, cuatro hijos, un pastón dilapidado en llamadas telefónicas, y una nueva identidad. Todo esto le dio un nuevo sentido a los "Pues yo, aquí donde me ves, era toda una fiestera en mi isla" y "Es que tú no me viste antes de ponerme así, yo era de rompe y rasga" y demás comentarios reforzadores del autoconcepto con los que ella sazonaba casi todas sus conversaciones.
Él supo lo de los cuatro hijos cuando ya llevaban un tiempo juntos, pero tuvo que aceptarlo, qué remedio, y de vez en cuando le permitía hacer escapaditas a su isla natal, para ver a los niños, e incluso se iba con ella. Supongo que esto explica, en parte, el ritmo al que menguaba la fortuna familiar.
Resulta, además, que como él es pusilánime y está cediendo en todo, ella está a punto de plantarlo en la calle, porque va a acceder a que ella se quede con el niño y el piso. Ya se irá él con su madre y sus hermanastros. "Esto no es vida. Esto no es vida", me repite una y otra vez. Ese es su mantra. Ya lo era desde hace años (de hecho, lo ha sido siempre, porque él es victimista y pesimista por naturaleza), pero ahora se hace más intenso y monotemático. No le queda otra cosa excepto su autocompasión y la certeza de que lo van a desplumar.
Llegados a ese punto, tomamos cartas en el asunto. Ya hemos visto el papel, determinante, de mi madre, como muro de contención para mantener a raya a la novia descerebrada, quemando los últimos cartuchos de su fuerza de voluntad (apenas le queda año y pico para desarrollar el cúmulo de enfermedades que se la llevaron a la tumba en diciembre del año pasado), distrayendo fuerzas y tiempo de otros frentes prioritarios para ella (mi recuperación después de la enfermedad, por un lado, mi recién nacida sobrina, por otro, y el cáncer fulminante que a lo largo de ese verano se llevará la vida de su mejor amiga), y tomando decisiones por él; en este caso, la decisión más juiciosa: confiarle al pequeño a la persona que mejor puede cuidarlo, a la única persona con la que la novia de mi amigo no va a tener los ovarios de enfrentarse: la abuela del niño.
Por otro lado, mi hermano Enrique, que es abogado, intenta poner un poco de orden en el tema, y consigue detener el sinsentido, al menos de momento. Ya no recuerdo los detalles, pero consigue que la novia abandone la pretensión de quedarse con el piso y el niño. La madre de mi amigo se lleva al niño, fuera del alcance de la madre de este. Y mi amigo deja de ver a mi hermano, cuando su ya ex novia se ha largado por fin de Madrid y ha regresado a su isla de origen, con su flamante cibernovio, y sin piso ni niño. Se ha salvado por los putos pelos, como en una película mala. Ahora que ha tocado fondo, hay que conseguir que salga a flote, aunque es incapaz de salirse de su mantra: "Esto no es vida, prefiero morirme a esto, esto no es vida", por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es la quimioterapia en vena, por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es pasarse dos semanas en reposo absoluto y pasando por la humillación de que te pongan una cuña cada vez que tienes que hacer tus necesidades, por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es un día cualquiera en la vida de un enfermo de una planta de oncología. Eso no es vida, joder, pero acabas saliendo de eso, y descubriendo que sí era vida, y que el mero hecho de vivir es vida.
Mi hermano Pablo, que trabaja llevando las nóminas de una empresa de logística, le consigue empleo en los muelles, dando la salida a los camiones que cargan y descargan. No es un trabajo difícil, tan solo requiere un poco de razonamiento espacial, poseer carné de conducir y tener ganas de pasar frío durante la hora del alba. No dura ni una semana, porque eso no es vida, porque él no puede, porque eso no es vida, porque él no puede, porque no se considera capacitado ni siquiera para eso, porque eso no es vida.
Entra entonces en escena mi padre, que es psiquiatra y lo recibe en la sala de espera de la residencia militar, donde vive durante aquellos años. El problema estriba en que mi padre es muy heterodoxo como psiquiatra; muy bueno, pero muy heterodoxo. Y mi amigo es, como ya he dicho, una persona muy ortodoxa, que no se sale ni medio milímetro de lo que se espera de un español medio. Las sesiones son un puñetero descontrol, y deja de ir un día en que mi padre le recomienda, a modo de deberes para reforzar el autoconocimiento, que se lea una obra de teatro de Bertolt Brecht.
Llega un momento en que hacemos un chiste: al paso que va mi amigo, el siguiente miembro de la familia por cuyas manos va a pasar es mi hermana... que es médico forense.
Y entonces, y solo entonces, cuando mi amigo se ha convertido en mi monotema, el la persona que ha absorbido casi todo mi tiempo libre durante varios meses, reparo en un hecho nada baladí, del que, por supuesto, no lo culpo en absoluto, pero que resulta llamativo y sintomático.
Esos meses del derrumbamiento de mi amigo, que no llegó a ser total porque, de manera providencial, intervinimos mis hermanos, mi madre, hasta cierto punto mi padre, y yo fueron, también, los meses en que yo estaba recuperándome de una enfermedad muy chunga (dos superpuestas, en realidad: un cáncer y una trombosis), incorporándome al mercado laboral (en forma de curso de quinientas horas que, a la postre, me abrió todas las puertas que marcaron los siguientes dos años de mi vida) y... cortando con mi pareja de entonces. Por supuesto, él no tuvo nada que ver, las rupturas son cosa de los dos miembros de la pareja, mi enfermedad no dejó de ser una prórroga de un año, pero lo cierto es que durante aquellos meses en que mi relación iba cuesta abajo y sin frenos, durante todos esos minutos de la basura en que ya estábamos saliendo por pura inercia, durante todo ese tiempo, digo, mi mayor preocupación no fue el salir de un cáncer ni el encontrar trabajo ni el salvar lo que pudiera de una relación que se iba al garete (se pasó todo un mes prácticamente sin cogerme el teléfono), sino el hecho de hallarme atrapado en la telaraña de las historias de mi amigo, arrastrado hacia su desastre como algo más que un mero espectador pasivo.
Ni que decir tiene que la relación se enfrió. Al principio hablábamos con cierta frecuencia. Me contaba que había vendido el piso, lo último que le quedaba de la herencia de su tía, y que ahora vivía fuera de la ciudad con su hijo, su madre, sus hermanastros y su padrastro, y que la convivencia era difícil, pero que estaba mucho mejor que antes, recomponiéndose, aunque con su eterno fatalismo, su "Esto no es vida, esto no es vida". Pero parecía mucho más sereno. Por suerte, su amigo y la novia de este estaban muy encima de él y lo ayudaban muchísimo, y no sé si me lo decía a título informativo o a modo de reproche, porque estaba cada vez más claro que a esas alturas yo ya no estaba por la labor.
De hecho, ni lo llamé cuando me vine a vivir a Barcelona. Ni tampoco conservo ningún teléfono suyo de contacto, aunque a decir verdad da igual, porque vendió su piso, tampoco tengo el teléfono de su madre y, por aquel entonces, no tenía móvil.
En un par de ocasiones lo he buscado en Google y, como tiene unos apellidos muy característicos, lo he encontrado sin demasiados problemas. En realidad, solo he llegado a encontrar una referencia suya, de hace unos cuantos años.
También busqué a su hijo, y ahí fue donde comenzó a descuadrarme todo, porque me encontré con que residía en la isla natal de su madre, y que los registros con su nombre, relativos a competiciones deportivas (en las que ni destaca ni es un paquete), datan de hace cinco y un años respectivamente, lo que deja más que claro que vive con su madre.
¿Qué pasó? ¿Por qué está el hijo de mi amigo con su madre, en vez de estar con su padre y con su abuela?
¿Sentó ella cabeza, ahora es una persona normal y está en condiciones de criar a su hijo?
¿Terminó él de bajar los brazos, se dejó liar en algún pleito resuelto por su parte a golpe de "Esto no es vida, esto no es vida" y ganó ella la custodia del hijo?
¿Regresó mi amigo con ella, y ahora vuelven a ser una familia?
¿Habrá hecho alguna barrabasada tan gorda que le han quitado la custodia del niño, e incluso ella, con todas las barbaridades que lleva a sus espaldas, estará más capacitada que él para cuidar a su hijo?
Y, por supuesto, la pregunta que no me quiero hacer: ¿le habrá pasado algo? El único resultado que me ofrece Google sobre su persona data de hace muchos años, prácticamente de cuando aún manteníamos contacto telefónico, y lo siguiente que veo es que su hijo está con su madre. Si tenemos en cuenta lo rematadamente mal que acabaron, y lo rematadamente zumbada que estaba ella, me extrañaría mucho que la presencia del hijo con la madre haya sido algo voluntario. Blanco y en botella, supongo, para mi pesar, por lo que implicaría.
El caso es que acabé muy quemado con esta historia, y supongo que hasta cierto punto debo de ser un verdadero cabronazo, porque técnicamente me desentendí de un amigo que las estaba pasando putas, en un momento en que estaba bastante jodido (y, como digo, tengo indicios para suponer que la cosa fue a peor), pero llegó un momento en el que ya no pude más, en el que era o mantener la cordura o dejarme arrastrar con él, y yo ya tenía bastantes cosas en la cabeza. Supongo que es el tipo de actitud que desarrollas con el tiempo, que diez años antes me habría implicado más, y que diez años después lo habría frenado en seco nada más verlo venir. No es que no quiera verlo, si da la casualidad de que él sigue vivo y coincidimos me apetecerá hablar con él y que nos pongamos al día, pero, como se suele decir, "tú en tu casa y yo en la mía": se nos rompió el vínculo, de tanto usarlo. Si ha cambiado, mejor para él; pero no sé si me apetece salir de dudas.


(Último inciso. ¿Conocéis el proverbio chino que dice que no basta con darle un pez al hambriento sino que, además, hay que darle una caña y enseñarle a pescar? Seguro que sí. Pues bien: esta historia demuestra que ese proverbio es una puta mierda, porque se le escapa una variable mucho más importante que el pez, la caña y el conocimiento: el hambriento tiene que querer comerse el pez que le ofreces, y además tiene que querer aprender a pescar. Si no hay voluntad de comerse el pez, de aferrar la caña entre las manos y de aprender a manejarla, no hay nada que hacer. Y, además, vas a perder el tiempo y, probablemente, te vas a quedar sin comer durante todo el tiempo invertido en la tarea, lo que, de manera inevitable, va a hacer que se te quiten las ganas de invitar a comer, regalarle tu caña y enseñarle a pescar a la próxima persona realmente necesitada con la que te encuentres. Mi amigo no quería luchar, rechazó de manera consciente y sistemática todos los intentos de ayudarlo y, por lo que sé, hasta es probable que haya tomado alguna decisión drástica que le diera la razón con respecto a su sempiterno "esto no es vida".)


A pesar de todo lo que acabo de contar, me acuerdo de su cumpleaños, que es hoy. Aunque lleve doce años sin llamarlo para felicitarlo. Pero me acuerdo.
Cumpleaños feliz, estés donde estés.

jueves, 5 de julio de 2012

Finalista de los premios Ignotus 2012


Desayuno con la gratísima noticia de que un artículo al que le tengo mucho cariño, "Juan Carlos Planells (1950-2011)", ha entrado en la papeleta final de los premios Ignotus 2012. Lo interpreto más como un doble homenaje: por un lado, al bueno de Juan Carlos, que nos dejó en diciembre del año pasado y a quien se echa mucho de menos, y por otro lado, a la web Prospectiva, a la que también echaremos mucho de menos, y que "celebra" su hibernación con otras tres candidaturas: otros dos artículos (de Ignacio Illarregui y Mariano Villarreal, respectivamente) y página web. Es, pues, una candidatura un tanto melancólica y agridulce, empañada por una doble pérdida, la de una persona y la de un proyecto muy valiosos.
Pero también es una candidatura esperanzadora que me hace sentir optimista, porque hacía ya cinco años que no entraba en la papeleta final (con esta conferencia reconvertida a artículo sobre Stanislaw Lem), y vale, estas cosas hay que valorarlas en su justa medida, pero hacen ilusión, por lo que implican de reconocimiento de los lectores, y porque me dan ánimos para seguir escribiendo.
En 2011 perdí un poco de comba con respecto a lo que se está cocinando en la ciencia ficción española, entre que no estoy "en el ajo" (estaba más al día cuando era jurado de los premios Xatafi-Cyberdark, y uno de los responsables de Artifex Cuarta Época) y tenía la cabeza en otras cosas, así que me voy a tener que poner mucho las pilas de cara a la segunda fase de la votación, porque me faltan bastantes lecturas. Esto explica, por ejemplo, que no haya escrito la ya habitual entrada sobre mis precandidaturas a los premios (he aquí las correspondientes a 2009, 2010 y 2011, y compárense con las papeletas finales, si se tiene tiempo, que yo no), o que ahora no vaya a desglosar las difererentes candidaturas. Eso sí, me gusta mucho la candidatura de novela española (el doblete Bueso-Martínez Biurrun por parte de Salto de Página contra el doblete Rudy-Quevedo de NGC, por un lado, y la novela de Rafa Marín, por otro), la de novela extranjera ha quedado la mar de resultona (¡Stross, Bacigalupi y Murakami contra Bujold y Scalzi!), en novela corta echo de menos la presencia de El encuentro, de Ángel Sucasas (que habría redondeado el homenaje a NGC Ficción!, una editorial más que necesaria cuyo cierre es un síntoma de cómo está el género en España), en artículo se echan en falta el número de Hélice que no llegó a salir (lo hizo en febrero de 2012) y la introducción de Nosotros, de Zamiátin, a cargo de Fernando Ángel Moreno, y en ilustración, pues nada, el signo de los tiempos: un duelo de altura entre Felideus contra Colucci, animado por los también habituales Calderón y Koldo Campo. En representación audiovisual pueden saltar chispas entre Eva e Intruso, me encanta que Catarsi se haya colado en mejor revista, David Rubín en tebeo, David Roas en ensayo y Kelly Link en mejor cuento extranjero (aunque también habría merecido entrar en antología, porque ¡vaya antología, señores!) y siento una curiosidad casi morbosa por saber si los lectores modernikis de Agustín Fernández Mallo serán capaces de reconocer abiertamente que a su idolatrado autor lo han nominado a un premio friki por un poemario.
Muchísimas gracias a quienes me han votado, muchísimas felicidades a todos los finalistas y a todos los que no lo han sido, que Dick reparta suerte (aunque bueno, si gana algún contenido en el que yo haya estado implicado, como los de NGC Ficción!, Prospectiva o la novela corta Oniromante, mi alegría será aún mayor) y, si leéis mi artículo, recordad que es una ocasión inmejorable para que os leáis alguna obra de Juan Carlos Planells. Creo que es el mejor homenaje que le podéis hacer.


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