domingo, 8 de abril de 2012

El verdadero circuito de Montmeló

Si nos preguntáis qué tal nos ha ido la Semana Santa, lo más probable es que os respondamos alguna bordería en plan "Cojonuda: yendo a Girona y volviendo de Girona" y nos quedemos tan anchos. Luego os pediremos perdón por el tono desabrido, nos cagaremos un poquitín en la puta madre del subnormal que gestiona los trenes en Cataluña y, una vez más calmados y sin ganas de matar a nadie, nos pondremos a contaros nuestra bella historia de Semana Santa.
Debo decir que, hasta ahora, el récord familiar de viaje accidentado en tren lo tuvieron unos Romero o Leña, no sé muy bien de qué rama materna, que volvían de un entierro en Aguilar de la Frontera la noche del 17 al 18 de julio de 1936, les sorprendió el principio de la Guerra Civil mientras regresaban a Cabra, las pasaron canutas para llegar y, cuando lo hicieron, resultó que Aguilar se había quedado en el bando republicano, y Cabra, en el nacional. Tardaron día y pico en recorrerse veinte kilómetros en tren, pero podrían haber tardado tres años, así que, dentro de lo malo, lo menos malo.
Lo de esta Semana Santa tiene el agravante de que estamos en paz. Es un decir.
Viernes Santo por la mañana. Decidimos coger el Media Distancia de las 11.46 a Girona, ante la previsión de que más tarde estén llenos a reventar. Durante la noche del jueves nos ha resultado imposible, y total, el lunes es festivo, con lo que tenemos cierto margen para quedarnos en Girona y aprovechar las vacaciones familiares, rodeados de campos de espárragos, buñuelitos de monjas y licor de madroño elaborado en casa.
La estación de Sants está más abarrotada de lo que esperábamos, así que compramos los billetes en las máquinas expendedoras que han instalado hará cosa de un año, después de haberlas retirado a principios de milenio. Hasta ahí, bien. Problema nuestro, por haber apurado tanto.
No bien llegamos al andén comienza el cachondeíto. Una voz por megafonía, que yo no distingo ni por asomo y Cristina más o menos llega a entender, nos advierte de que hay obras por no sé dónde y que no sé qué de un autobús. Todo esto, más o menos intuido, por aquello de la memoria asociativa y tal.
En cuanto nos subimos al media distancia, que, para variar, no estaciona en la vía 13, que es la habitual, sino en la vía 14, que es la más habitual aunque no sea la más anunciada, nos desarrollan la noticia. Hay obras en la estación de Montmeló, con lo que el trayecto entre Mollet y Granollers se desarrollará en autobús. Olé sus huevos. Ni una puta indicación en toda la estación de Sants, aunque, quién sabe, cómo esta vez no hemos comprado los billetes en taquilla sino en las maquinitas, a lo mejor nos lo hemos perdido. En todo caso, ya le vale a Renfe, no haber avisado hasta que ya hemos embarcado. Vamos, que nos podría haber salido más a cuenta irnos en autobús.
Llegamos a Mollet y nos encontramos con la siguiente estampa. Nada de información, excepto un señor que va gritando en un andén repleto de viajeros, y claro, en el túnel subterráneo que comunica los andenes, escaleras abajo. Allí hay dos seguratas que nos indican que si vamos a Barcelona es pacá, y que si vamos a Granollers es pallá. Básicamente hay que deducirlo. Y, por supuesto, ni se molestan en ayudar a los viajeros ancianos que no pueden ni bajar las maletas por las escaleras. 
En la explanada del aparcamiento hay cosa de diez autobuses, un par de mossos (por lo que pudiera pasar, supongo, no vaya a ser que resultemos ser unos peligrosos anarquistas infiltrados y nos dé por manifestarnos y quemar contenedores) y media docena de seguratas y personal de apoyo, cuya única misión es decirnos que vayamos pallá y pacá. Nada de ayudar a colocar maletas, faltaría más. Cristina y yo 
nos repartimos las tareas: ella guarda las maletas en el maletero, y yo pillo sitio en el autobús.



Tras un viaje de diez minutos, sin otra incidencia que unos seguratas que nos piden los billetes para acceder a la estación (o sea, su puta madre, ¿no ven que ya venimos cabreados del viaje en autobús?), nos subimos al media distancia en Granollers y seguimos camino hasta Girona, adonde llegamos con media hora justa de retraso.
Bueno, un cachondeo y una vergüenza, pero vamos, en la media de lo que cabe esperar de Renfe.
Como decía Aigor en El jovencito Frankenstein, podría haber sido peor, podría haber estado lloviendo.
El sábado por la tarde, aprovechando que estamos en Girona haciendo compritas y disfrutando de una típica tarde primaveral (aguacero de tres pares de cojones durante media hora, y tarde absolutamente encantadora durante tres horas, hasta el anochecer), nos acercamos por la estación de trenes para coger un horario. Nos juran por Snoopy que el domingo podremos regresar en el tren que solemos coger para volver a Barcelona.
Pues bien, el domingo por la tarde nos plantamos en la estación de Girona con media hora de antelación, como solemos hacer, para coger un buen sitio y tal, y nos encontramos con que nuestro tren... no circula. Nos tenemos que esperar media hora más. Es decir, tenemos para una hora en la estación, así, con un par. Primero expresamos nuestro malestar ante la taquillera, que se limita a decirnos que sí, que ese tren ese tren está suprimido "por las obras" (¿y los demás no?) y me arroja los billetes con bastante mala hostia.
Después, y aprovechando que tenemos toooodo el tiempo del mundo, Cristina va a información, en principio con la idea de poner una queja. Le atiende una señora cuyo vocabulario se halla en frase preverbal, que solo acierta a hacerle señas, indicando que los horarios nuevos están puestos justo fuera. 



En efecto, justo fuera de la oficina de información nos advierten de que durante el viernes, sábado y domingo santos habrá obras en la estación de cercanías de Montmeló, por lo que el trayecto entre Granollers Centre y Mollet se realizará en autobús. Anda, pues va a ser verdad que nos habían avisado... en un cartel colocado en el sitio más recóndito de la estación de Girona.
Vale, cojamos aire y abstraigámonos. 
Subimos al media distancia, que viene ya bastante lleno, puesto que es el de Portbou (ya podríamos haber tenido suerte y que fuera el de Figueres, ya que no vamos a poder cogerlo directamente en cabecera de línea), y llegamos a Granollers, no sin que el revisor haya tenido la humorada de pasar por allí pidiendo los billetes (en un nuevo arranque de poca empatía: ¿no ven que ya vamos bastante calentitos?).
En Granollers, el descojono. Primero, por lo intrínsecamente descojonante de la situación. Y segundo, porque, a diferencia del trayecto de ida, en el Girona-Granollers no hubo ni un puto anuncio por la megafonía del tren indicando que fueran a trasbordarnos de Granollers a Mollet en autobús, con lo que el desalojo del media distancia no cogió por sorpresa solo a los turistas angloparlantes que pululaban por allí (y a quienes Cristina les contó la película en el Barcelona-Mollet del viernes por la mañana).
Los seguratas de la estación nos van asignando a los autobuses que nos conducirán a Mollet, con tan buen ojo que, una vez a punto de subirnos, resulta que han hecho mal el cálculo y sobramos diez. Mejor dicho, que los diez que aún no hemos subido al autobús no podemos subir, y que el autobús sale ya. Hala, a retirar nuestros equipajes del maletero, y esperar otros cinco minutos hasta el siguiente autobús. Por supuesto, ellos no tienen la culpa de nada. Y, por supuesto, sus comentarios de que las quejas, a los de arriba, aunque tengan un fondo de verdad, no se puede decir que sean afortunados. Que su puta madre, vamos.





Llegamos a Mollet, pasamos el cachondeíto de bajar por el subterráneo sin que un puñetero segurata tenga a bien ayudar a las ancianas con equipaje, papás con carritos y niños, chicas veinteañeras con parálisis cerebral y problemas evidentes no ya para caminar sino para subirse sin ayuda unas escaleras, etcétera.
Nos quedamos esperando un ratito en la estación de Mollet. Mientras tanto, siguen llegando los autobuses, al menos otro tren más, el inmediatamente posterior al nuestro.



Y, por fin, llega nuestro tren... o no. Porque, en realidad, lo que llega es un cercanías, no un media distancia, que es lo que hemos pagado. El de la línea del aeropuerto, para ser más exactos.
Todavía tenemos que esperar cerca de media hora, mientras llegan más pasajeros procedentes de los autobuses. En total habremos coincidido, en el cercanías, pasajeros de tres o cuatro trenes, calculamos.
Por supuesto, un cercanías para en todas las estaciones de la línea de cercanías y no deja de avisar por megafonía de que va a haber obras en la estación de Montmeló, ahora que se acaban, y ahora que volvemos de Montmeló. Así pues, llegamos a Barcelona Sants a las 20.40, aproximadamente. Nuestro tren era el de las 17.47, que debía llegar a Barcelona Sants a las 19.09, pero, al coger el de las 18.17, nuestra hora de llegada deberían haber sido las 19.39. Sumémosle la media hora de retraso que habíamos tenido el viernes, y nos plantamos en las 20.09. Pues bien, hemos llegado con otra media hora de retraso. Salimos de casa de los padres de Cristina a las 17.00 y llegamos a la nuestra a las 21.05. Cuatro horas y cinco minutos; es decir, lo que tardamos, de puerta a puerta, en hacer un Barcelona-Madrid en el AVE. #etfelicitofill


Una vez en Sants, nos acercamos por las taquillas, a modo de curiosidad, por si se advertía de las obras. No en taquillas. Veamos en las marquesinas de donde cuelgan los horarios. Pues tampoco. ¿Y en información? No, no, "pero ahora a las nueve, creo, sale uno para Girona". (Mentira, sale a las 21.16.) ¿Dónde informan de las obras? En la otra punta de la estación: en la pared que separa las marquesinas con los horarios, junto a la salida del aparcamiento. O sea, donde no mirarías en la puñetera vida.
Ah, sí, que hemos comido buñuelos, Cristina estuvo cogiendo espárragos por el campo, y Girona está preciosa en abril cuando acaba de llover y el sol irrumpe en todo su esplendor vespertino. Pero, joder, eso no ha sido más que el relleno de unas vacaciones que, en realidad, apenas han consistido en otra cosa que ir a Girona en media distancia y autobús, y volver de Girona en media distancia, autobús y cercanías.



Al que me cite a Kavafis y Homero, y tenga los cojones de decirme que lo bonito es el viaje, no el destino, lo fundo aquí y ahora.
De nada.

(PD. Ni en prensa ni en la página web de Renfe había ni una sola referencia a las obras. Digo, por si os parece que somos unos susceptibles, o qué sé yo.)

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