jueves, 23 de febrero de 2012

"Cuatro autores, cuatro relatos", en Literatura Prospectiva

Como en el chiste: una noticia mala y otra buena.
La mala es que Literatura Prospectiva, uno de los referentes indiscutibles en cuanto a crítica literaria de género fantástico en red, va a echar el cierre en las próximas semanas. El equipo pilotado por Nacho Illarregui y Joserra Vázquez lo explica en esta entrada. Los motivos de fondo (cansancio acumulado después de tres años de actividad ininterrumpida, dificultades para encontrar nuevos colaboradores, poca receptividad por parte de autores con blogs propios a colaborar en blogs colectivos, posibles fallos de comunicación con los lectores potenciales) son muy complejos y comprensibles, aunque suelen ser el pan nuestro de cada día: todo lo que empieza tiene un final, y tal vez sea mejor dar por finiquitada Literatura Prospectiva, ahora que sigue siendo un referente, antes que dejar que pierda calidad, visibilidad y periodicidad. En todo caso, es una pequeña tragedia, ya que se ha tratado de una magnífica página, en la que se han podido leer muy buenas reflexiones, columnas muy interesantes (para mí ha supuesto el descubrimiento de ese recambio generacional que echaba en falta en el terreno crítico-ensayístico, con gente como Luís Besa, Manuel de los Reyes, Miguel Cisneros, Mariano Martín o Fernando Lafuente) y, sobre todo, en el de las reseñas con finalidad prescriptora y analítica (una laguna clamorosa en estos tiempos de mero quid pro quo que están propiciando las redes sociales).
La buena (para mí, no sé si para los lectores) es que de un par de meses para acá estoy cogiendo ritmo, y hoy ha aparecido una colaboración mía: el ensayo "Cuatro autores, cuatro relatos", en el que recomiendo cuatro historias breves de ciencia ficción española que en su momento fueron relevantes (por sus premios, repercusión o trascendencia) y que ahora se hallan sumidas en el olvido, reducidas a meras referencias bibliográficas. Me parece una buena manera de rescatarlas, y conseguir que interesen a las nuevas generaciones, las que solo conocen a César Mallorquí como un autor de novela juvenil, a León Arsenal como un autor de novela histórica, a Armando Boix como un señor que va a publicar su tercera novela juvenil después de un silencio literario de doce años y Carlos Pavón como un señor que traduce a Greg Egan. Por supuesto, también lo he escrito para satisfacer la nostalgia de los lectores y aficionados que vivieron aquellos maravillosos años noventa. En cierto modo, la selección de estos cuatro relatos y autores no deja de ser una especie de "Auge y caída del boom de los años noventa". Y, antes de que alguien me lo recuerde en la zona de comentarios: sí, es evidente que esto forma parte del esqueleto de la Gran Novela sobre el Fandom que no dejáis de pedirme (y que a este paso se va a titular La gran novela sobre el fandom, así, con un par); sí, comencé a escribirla, pero no tardé en dejarla aparcada, entre otras cosas porque no era la novela que quería escribir en ese momento (es una historia larga de contar, y espero poder hacerlo en detalle dentro de dos o tres años, a poder ser con una novela terminada y publicada en la mano, pero a estas alturas ya nos conocemos), y no, ahora mismo no estoy con ella, pero sigo haciendo acopio de material para cuando me ponga en serio.
Así pues, y sin más preámbulos, copio y pego el ensayo que ha aparecido hoy en Literatura Prospectiva. Ojalá me dé tiempo a escribir alguno más en este estilo, y que llegue a aparecer en Prospectiva, antes de que eche el cierre. Me ha encantado colaborar con esta página, siento no haberme prodigado más (debo muchas críticas desde hace demasiado tiempo) y me alegro de estar cogiendo impulso y publicando allí con regularidad, aunque sea justo al final.

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Es ya un lugar común referirse a los años noventa como la década dorada de los relatos de ciencia ficción española. No insistiremos en la supuesta veracidad de esta etiqueta, dado que estos no son ni el lugar ni el momento, pero resulta indudable que la concurrencia de una serie de factores hizo posible que el género adquiriera un impulso que, en mayor o menor medida, se ha mantenido hasta la fecha presente. El surgimiento de fanzines y revistas, así como las convocatorias de premios, el auge de internet y la segunda etapa de las HispaCones conformaron un fándom activo e inquieto, lo que llevó aparejado un aumento en la cantidad y calidad de los relatos de ciencia ficción autóctonos. Muchos de los autores que comenzaron a publicar en aquella época se mantienen activos hoy en día; otros se han quedado en el camino, y algunos ya no están con nosotros. Sea como fuere, la ciencia ficción española, en formato breve, vivió momentos más que interesantes. El reflejo más ajustado, exhaustivo y veraz de este boom sigue siendo la Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002, recopilada por Julián Díez y editada y saldada por Minotauro. El lector inquieto también podrá encontrar de su gusto otra antología que se solapa parcialmente con aquella: Cuentos de ciencia ficción, seleccionada por Miquel Barceló y Pedro Jorge, y editada por Bígaro.
La selección de Julián Díez fue impecable aunque, como es lógico, solo incluía un relato por autor, y no daba cabida a todos los responsables del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Consciente de ello, Julián incluía abundantes referencias bibliográficas en el ensayo introductorio y en el listado final de recomendaciones. En total, entre los relatos incluidos en la antología y las recomendaciones finales, aparecían unos ochenta títulos de ciencia ficción española intra fándom que podríamos considerar, como mínimo, dignos. El tiempo ha sido relativamente generoso con bastantes de ellos, que se dejan releer con un toque entre tierno y nostálgico, sí, pero también los hace aptos para los nuevos lectores, aquellos que tal vez no hayan tenido entre sus manos ningún ejemplar de Gigamesh, BEM, Cyber Fantasy, las sucesivas encarnaciones de Artifex en papel, y no digamos fanzines como Núcleo Ubik, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Elfstone, Bucanero o El Melocotón Mecánico.
Por todo ello, considero oportuno referirme a cuatro relatos de ciencia ficción pura y a veces dura escritos por otros tantos autores que comenzaron a publicar (o a despuntar) en los años noventa; por este motivo no incluyo a Rafael Marín, Elia Barceló ni Rodolfo Martínez. Algunos aparecieron en el sumario de la antología de Minotauro, y otros se quedaron a las puertas. En todo caso, comento relatos no incluidos en esa recopilación, pero, no obstante, recomendables. No intento ser sistemático, ni compensar los relatos en función de su año o lugar de publicación. De hecho, digamos que el criterio que he adoptado es el siguiente: presento cuatro buenos relatos de ciencia ficción española, que no han aparecido en ninguna de las dos recopilaciones mencionadas y que, por lo tanto, no suelen citarse como «referencias obligatorias», pese a que cuentan con méritos suficientes para reivindicarlos y que no caigan en el olvido. Podríamos considerarlos la «segunda línea» de la ciencia ficción española de los años noventa, circunstancia que los ha condenado al olvido.
Por supuesto, hay mucho más material donde elegir, y parte de la gracia de este ensayito consiste en fomentar la participación de los lectores más veteranos o leídos del lugar.


 
«El mensaje perdido», de César Mallorquí
 
Por lo general, se tiende a conceder a este relato más valor histórico que literario. Ganó la primera edición del premio Aznar de relatos, que organizaba la por aquel entonces recién nacida AEFCF (antes de añadir la «yT» a sus iniciales), y se publicó en el combozine de la HispaCon de Barcelona, celebrada en diciembre de 1991. Este dato es relevante, porque, por un lado, la mayoría de las referencias bibliográficas sobre la primera edición del relato son erróneas (su aparición en el número 1 de Cyber Fantasy es posterior) y, por otro, nos permite hablar de este relato, con toda propiedad, como el hito fundacional del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Es cierto que César escribió relatos mucho mejores («El rebaño», «La pared de hielo» o «La casa del doctor Pétalo», que, sin exagerar, muy bien podrían hallarse entre los diez mejores de la historia de la ciencia ficción española), pero tal vez no habrían sido lo mismo si no hubiera escrito antes este relato, o, simplemente, no habrían sido.
El título completo de esta historia, «El mensaje perdido. A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya», nos deja claro desde el principio por dónde van a ir los tiros. Mallorquí fusiona la tradición cienciaficionera de los años cincuenta y sesenta (es, al mismo tiempo, pura Edad de Oro y pura New Wave) con el imaginario tradicional español, y revitaliza la tan traída y llevada ciencia ficción «cañí» que, hasta aquel momento, solo habían desarrollado Gabriel Bermúdez Castillo, Ignacio Romeo y Enrique Lázaro, pero que a partir de entonces se convirtió en uno de los puntos de fuga del género, que acabó derivando en el subgénero llamado «de cachava y boina» (cuyos máximos exponentes se pueden leer en los Cuentos fantásticos de la España profunda, editados por AJEC). La mezcla, que ahora llamaríamos posmoderna y consideraríamos hermana literaria de productos como Amanece, que no es poco, resultaba novedosa, aunque en realidad era clásica, realmente clásica. Detrás de las tribulaciones de un gitano que adquiere el don de la omnisciencia porque, nada más nacer, su cabeza se interpone en la trayectoria de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre superior, se halla un estudio serio y completísimo de los mitos artúricos. Por reducción al absurdo, podríamos decir que «El mensaje perdido» es una mezcla de La diosa blanca, de Robert Graves, y «Volando voy», de Camarón de la Isla. El hecho es que, veinte años y dos meses después, su relectura sigue sorprendiendo.
Como es lógico, la propuesta se adelantó a su tiempo, el relato pasó sin pena ni gloria y César acabó hartándose del fándom (leánse sus más que lúcidos artículos alusivos) y convirtiéndose en uno de los autores más laureados de la literatura juvenil (acaba de obtener su cuarto premio Edebé con una novela de ciencia ficción, La isla de Bowen). Y nada de ello fue posible sin «El mensaje perdido».



 

 Armando Boix fue uno de los autores indispensables de la ciencia ficción española del segundo lustro de los años noventa, y su desaparición del panorama editorial simbolizó, en cierto modo, las primeras señales de desencanto y desgaste del boom. Escribió una docena de relatos impecables (recopilados en Sombras de todo tiempo, editada por Mandrágora), marcó uno de los puntos culminantes de la fantasía y el terror con elementos históricos y «cultos» (que ahora que están tan de moda estos términos, podríamos considerar retrofuturistas o steampunks sin más), dirigió los mejores números de la revista de cine fantástico Stalker, se pasó a la novela juvenil en el momento en que lo hacían Elia Barceló, César Mallorquí o Javier Negrete, la jugada no le salió bien (ganó el Gran Angular con El jardín de los autómatas, pero las ventas y repercusión de El sello de Salomón fueron más bien escasas) y abandonó la literatura y el fándom para dedicarse en exclusiva a su actividad profesional. (Edito: César Mallorquí comenta que Edebé va a publicarle una novela juvenil a Armando durante este año 2012, lo cual es una magnífica noticia. Espero que funcione, y Armando vuelva por sus fueros.) En el camino, como digo, quedaron una docena de relatos de factura impecable, uno de los cuales, «El sueño de la razón» (Gigamesh 13, 1998), era de ciencia ficción; no en vano, fue finalista del certamen Alberto Magno. Pero también era un relato de terror. Y un thriller. Y demasiadas cosas, como todos sus cuentos. La atmósfera de la clínica donde trabaja la protagonista era tan opresiva como el entorno exterior, una Barcelona gris y distópica que, aunque aparece poco, nos recuerda que el relato es, ante todo, una llamada de advertencia. Soylent Green, Gattaca, La isla, Black Mirror… Todos esos referentes, anteriores y posteriores, podrían venir bien para caracterizar las sensaciones que transmite el mundo que crea Boix en este relato. En cuanto a la trama, lo suficientemente bien resuelta como para que no parezca un telefilme de sábado por la tarde, cabe decir que tal vez sea lo menos satisfactorio del conjunto. Y, ante todo, y sin que sirva de precedente, vemos aquí un retrato de personaje femenino creíble y bien caracterizado, cosa que puede parecer una tontería, pero que siempre fue el talón de Aquiles de la ciencia ficción española de los años noventa.


 
«Poetik GmbH», de Carlos Pavón
 
Carlos Pavón fue el típico ejemplo de autor de unos pocos relatos, cuya escasa producción le impidió ser un autor de referencia. No dejaba de ser un francotirador, alguien que se dedicaba a otras cosas, pero que, además, escribía relatos de vez en cuando. En su caso, era el traductor y contacto en España con Greg Egan. Gracias a Carlos, Gigamesh pudo publicar relatos del autor australiano, que contaban con el visto bueno del autor, siempre muy receptivo, hasta el punto de que comenzó a correr el chascarrillo de que Greg Egan era un seudónimo de Carlos Pavón. Hablamos de una época en la que todavía no sabíamos qué aspecto tenía Egan.
Pero Pavón no era solo el traductor de Egan. También tradujo relatos de Pat Cadigan y de Bruce Sterling. Y reseñaba títulos para Gigamesh. Todas estas influencias lo caracterizarían ahora como un lector 2.0 sin más, pero, en 1999, eran algo insólito. Nos hablaban de un lector que estaba a la última en todo lo relativo a ciencia ficción de vanguardia, pero a quien le traía absolutamente al pairo lo que se estuviese haciendo por aquí. No lo necesitaba. Por eso se incurrió en el reduccionismo de definir «Poetik GmbH» como «un cuento de Greg Egan escrito por un español». Cierto, Pavón había traducido a Egan. Cierto, hablaban de los mismos temas; en particular, la memoria y el olvido. Cierto, la estética era parecida. Pero no: Pavón iba más allá. No nos estaba ofreciendo «un cuento de Greg Egan escrito por un español», sino «el tipo de buena ciencia ficción que se está escribiendo ahí fuera, pero escrito por alguien de aquí», que no era lo mismo. Esta diferencia de matiz explica la incomprensión que generó el relato, y es una metáfora inmejorable del cariz que estaban tomando los acontecimientos.



 

 Aunque León Arsenal ha hecho fortuna en el campo de la novela histórica, es justo recordar que sus diez primeros años de actividad lo definieron como EL autor español de relatos de ciencia ficción. Sus colaboraciones con Cyber Fantasy elevaron los estándares de calidad de la ciencia ficción clásica, el space opera de toda la vida, al que León sabía imprimir un toque lo suficientemente moderno, pero sin perder sus raíces. Sabíamos que nos hallábamos ante un pulp arquetípico, pero escrito con lenguaje de New Wave. De nuevo, el posmodernismo de las narices, antes de que tuviéramos muy claro en qué consistía este.
Tal vez no tan brillante como «El centro muerto» (que fue el relato seleccionado por Julián Díez), «En las fraguas marcianas» es una declaración de amor a la ciencia ficción «de antes». La puesta en escena es espectacular. Arsenal escribe en el año 1999 (y se lleva sendos premios Pablo Rido e Ignotus por ello),  pero nos describe un Marte más propio de las novelas de Edgar Rice Burroughs. Estamos en Barsoom, pero también en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, sin que suene demodé; todo lo contrario: la coherencia del conjunto es asombrosa, y uno no puede dejar de soñar con ese Marte. De nuevo, ahora diríamos que el relato es posmoderno y retrofuturista, pero en 1999 era una maravillosa declaración de amor al sentido de la maravilla con el que todos los lectores ya talluditos nos enganchamos a la ciencia ficción cuando éramos adolescentes. El Marte de León Arsenal es el paraíso perdido de los implicados en el boom de la ciencia ficción española de los años noventa; por eso se llevó el Ignotus, y por eso se convirtió en el canto del cisne de Arsenal como escritor de ciencia ficción breve. ¿Qué más podía añadir? Arsenal se metió, él solo, en un callejón sin salida. Lo siguiente que hizo fue dar carpetazo a su faceta de escritor de relatos con la más que notable recopilación Besos de alacrán y otros relatos, y pasarse a la novela histórica. Se cerraban así los mágicos años noventa y, tal vez y de rebote, todo el boom de la ciencia ficción española.

Por supuesto, hay más autores y más relatos. Podríamos hablar de Joaquín Revuelta y «Más tequila», o de Manuel Díez Román y «Cualquier noche puede salir el sol», o de Ramón Muñoz y su fascinante «Bajando», o de «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín, pero para ello sería necesario otro ensayo.

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miércoles, 15 de febrero de 2012

2011: el año de M83, en 83 canciones

A este paso voy a convertir en una pequeña tradición pornográficamente emocional los resúmenes musicales del año. Aquí está la entrada que dediqué a mis canciones favoritas de 2009, y aquí está la correspondiente a 2010. Para este año me lo podría haber currado un poco más, y ofrecer otra megalista de chorrocientos títulos, pero, a mi falta crónica de tiempo, se ha sumado un factor que me descojonó los hábitos de escucha de música: el final del Spotify gratuito. Vale, sé que cinco euros al mes son una puta chorrada, y que los tengo más que amortizados si me pasao a alguna de sus versiones de pago, pero que no me da la gana, joder, que paso de pagar por algo que tenía gratis; a no ser que me obliguen a ello, claro está (léase, qué sé yo, copagos varios de servicios públicos necesarios para gozar de cierta calidad de vida).
A lo que iba. Aquí está la lista de Spotify llamada "2011 - Canciones", terminada a trompicones. Estaba bastante al día en mayo, pero, después, no tanto. He ido añadiendo canciones, pero no sé si es un buen resumen del año. Eso sí, tenéis 268 canciones, que suman un total de dieciocho horas de escucha, y digo yo que habrá algo aprovechable.  
A modo de resumen, complemento esta lista con otra que sí he podido mantener un poco más al día: "2011 - Resumen", esta en YouTube. Por hacer la gracia, y ya que parece que 2011 ha sido el año de M83, la he resumido a... 83 canciones, aunque ya se sabe, YouTube hace lo que quiere, y es bastante probable que cuando la abráis hayan desaparecido algunas canciones, por algún flus del usuario, o por asuntos de derechos. Es lo que hay.
Si los enlaces no van, o los he insertado mal, no problemo: me lo decís y edito la entrada. O eso, o me buscáis en Spotify/Facebook (Juanma Santiago) y YouTube (pornografiaemocional). Anda que no es fácil.

En cuanto a 2011, pues bueno, como ya estamos en febrero, y encima reconozco que durante la segunda parte del año no me he enterado de la misa la media, poco resumen puedo hacer. Hemos tenido un discazo de PJ Harvey, una admiradora-imitadora de PJ Harvey (Anna Calvi) que para mi gusto ha hecho un disco memorable, otra (Lana del Rey) que parece que se va a quedar en el hype (pero qué hype, madre mía), un disco difícil y no del todo salvable de Björk, un disco difícil e incomprendido de Radiohead, discos más que sólidos de los clásicos españoles (Christina Rosenvinge, Nacho Vegas, Josele Santiago, Extremoduro y Fernando Alfaro), alguna que otra pequeña decepción (Sr. Chinarro), la consolidación de los buenos grupos del rollito neofolk con segundos discos tan sólidos como sus impactantes debuts (Fleet Foxes y Bon Iver), gigantes que siguen en la brecha (Tom Waits), gigantes que la cagan (la cosa esa que han sacado Metallica y Lou Reed), cambios de rumbo que consiguen hacer buenos los discos de los gigantes de la cagan (#Coldplaydelanoche) y muchas, muchas cosas más.
¿Qué más ha habido? Pues unas cuantas cosas.
Un primer disco impresionante como el de James Blake.
Un primer disco interesante como el de Yuck, que confirma cierto cambio de paradigma. En 2001, los grupos nuevos querían parecerse a Television (Strokes). En 2005, a Talking Heads (Claps Your Hands Say Yeah). En 2009, a Animal Collective (no hay ejemplo que valga: aquí entra casi todo lo que se hizo en 2009 y 2010, y que me rebata la boutade quien pueda). Y en 2011, a The Jesus & Mary Chain. La Ley de los Veinte Años está funcionando como un reloj (bueno, tal vez con un matiz: más que descubrir a grupos de hace veinte años, con la excepción de la fiebre Animal Collective, la cosa funciona con veintidós o veintitrés años de retraso) y, encima, el disco de Yuck hace prever que el próximo paradigma, el paradigma que va a imitar todo el mundo allá por 2013 o 2014, va a ser My Bloody Valentine. Por mí, cojonudo, oye. O a lo mejor les da por descubrir el grunge, que también podría ser...
Una voz alucinante como la de Adele.
Un single histórico como "Ice Cream", de Battles, con la voz invitada de Matías Aguayo.
Una canción preciosa como "Aniversari", de Manel, que al final ha acabado sufriendo una sobreexposición que no le ha venido nada bien.
Una canción que ha ido ganando a medida que pasaban los meses: "How Deep Is Your Love?", que desbanca a "House of Jealous Lovers" como mi canción favorita de The Rapture.
Un single español contundente como pocos: "Toro", de El Columpio Asesino.
Y más cosas, claro: M83, The Pains of Being Pure at Heart, The Vaccines, Remate, Nudozurdo...
No ha sido un mal año, pero insisto: durante el segundo semestre no me he enterado de gran cosa, así que me podría haber perdido algo y, desde luego, estas dos listas de reproducción, más la de Spotify que la de YouTube, no están todo lo completas que me habría gustado.
Y aquí es donde entráis vosotros. ¿Qué me recomendáis? ¿Qué fue lo que más os gustó de 2011, en términos musicales?



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viernes, 10 de febrero de 2012

Cines de barrio

Enero de 2012. Aprovecho que estoy en Madrid unos días para hacer cajas en el piso de mi madre. También tenemos que hablar acerca de qué haremos con el piso. Para variar, me he traído un cerro de trabajo, por lo que aprovecho los intervalos entre visita familiar y visita familiar para ir corrigiendo o haciendo informes de lectura. Apenas dispongo de tiempo; por eso, y porque lo sé, ya que esta visita va a ser exprés y, como dicen en Catalunya, per feina, nada más llegar al piso de mi madre y dejar las maletas, salgo a la calle para hacer unas cuantas compras básicas y, pertrechado con el teléfono móvil, decido sacar algunas instantáneas del barrio donde he crecido. 
Por el camino, percibo cómo la fisonomía de la ciudad ha cambiado de una manera apenas perceptible: el mobiliario urbano, los vehículos que transitan, los vestidos de la gente y las formas de los escaparates no son como hace un rato. Cuando me veo reflejado en los cristales de los comercios, veo a un adolescente con gafas, carpeta de instituto en una mano, y tal vez un Nueva Dimensión o un libro de Nebulae segunda época en la otra. No estoy del todo disconforme con el cambio, así que comienzo a comportarme como cuando tenía diecisiete años, y comienzo a vagar por el barrio, de cine en cine, a ver qué echan hoy, a ver en cuál de ellos podría meterme.


Este es el cine Salamanca. También funciona como teatro y sala de conciertos,  pero solo en ocasiones muy especiales. Aquí ha tocado Raimon, nada más morirse Franco, cuando oír cantar en catalán, nada menos que en el barrio de Salamanca, tenía un toque casi provocador. Es, en cierto modo, uno de los emblemas del barrio, un cine emblemático, y, además, uno de los más bonitos. Voy poco, pero a veces he entrado. En realidad, es más para #SeñorasQ.


Este otro cine es el Carlton. Está al lado de mi parvulario, el Santa Bernardita, y del practicante que me ponía las inyecciones, y de la comisaría de la calle Príncipe de Asturias. Aquí vine el día de mi primera comunión. Mi madre me invitó a ver la primera película de Supermán (la de Christopher Reeve, se entiende), y diría que aquí también vi las otras dos. (No, definitivamente no tengo en cuenta la cuarta, solo comparable a la segunda y la cuarta de Los Inmortales en cuanto a despropósitos.) No es que sea un gran cine, ni el mejor del barrio, pero le guardo cariño. Siempre que paso por delante me acuerdo de Richard Pryor, Gene Hackman y los malos malosos de la segunda entrega de la saga.


El cine Victoria. He ido mucho al cine Victoria, aunque perdió gracia cuando lo convirtieron en multicines. Cine de barrio donde los haya, al otro lado de Francisco Silvela, en la Guindalera, donde el distrito de Salamanca ya no es el barrio de Lista, ni mucho menos el de Salamanca, y se llena de gente que viene de Hortaleza, Canillas o Prosperidad, gente que coge el 72 o la línea 4 en Diego de León, se va de tapas al bar de la esquina, donde también puedes comprar pollos asados, ve alguna peli con los niños, y o bien se baja al Corte Inglés de Goya o bien regresa a sus dominios, sin necesidad de pasar por el espanto de las aglomeraciones del centro. O gente que está en el Hospital de la Princesa y necesita salir un ratito a desahogarse y desentenderse de las enfermedades que allí se ven, y se dedica a joderme la foto, por ejemplo. 


Un respeto, que aquí está el cine Peñalver. Aquí se estrenó nada más y nada menos que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la ópera prima de Pedro Almodóvar, lo que quiere decir que, con permiso del Fernando Colomo de Tigres de papel, la pantalla de plata de esta sala vio nacer la Movida Madrileña. Por esta calle de Conde de Peñalver desfilaron Alaska, Carmen Maura y Félix Rotaeta, convencidos de que aquello era una fotonovela en movimiento: aún no existía el término photo call. Cabe suponer que, después, se fueron de copas o concierto a Rock-Ola, que no es que esté al lado, pero no está muy lejos si aprietas el paso.
Si siempre he asociado el Carlton con Supermán, la imagen que me viene cuando paso por delante de este cine es Indiana Jones. Aquí vi las tres primeras entregas de la saga de Spielberg. Salía del cine y me pasaba semanas y semanas jugando con mis Geyper-Man a cosas que, en realidad, no eran sino variantes de la última película que hubiera visto de la saga. El Geyper-Man nazi le hacía la vida imposible al aventurero, que al final trepaba hasta lo más alto de la librería del salón y rescataba el objeto mágico, probablemente alguna de las figuritas precolombinas de mentira que los laboratorios farmacéuticos regalaban a mi padre.




Oh, el Dúplex y sus dos salas. Cuántas tardes me habré pasado aquí, hasta bien entrada mi etapa de universitario. Si mal no recuerdo, aquí vi Grand Canyon, lo que demuestra que o bien me falla la memoria o bien hubo una época, hacia el final, en que dejó de ser cinestudio y se convirtió en cine de estreno. Mis hermanos llevaban los programas de mano casi desde que tengo recuerdo, y, cuando fui yo quien comenzó a frecuentarlo, me valí de esos programas para recortar las carátulas con las que luego adornaba mis carpetas. Cuando salíamos, nos acercábamos al Burger King de Diego de León, a merendar. Aquí vi, por ejemplo, Érase una vez en América, las dos partes, del tirón, en un pase doble. Y muchas más.


Sin embargo, mi cinestudio de referencia siempre ha sido y será el Fantasio. No solo porque es el cine que tengo más cerca de casa de mi madre, sino porque es el sitio en el que más horas eché entre tercero de BUP y primero de carrera; más que en mi casa, diría yo. Ya fuera solo, ya fuera con mis compañeros de insituto (y, más tarde, de universidad), aquí fue donde adquirí la mayor parte de mi culturilla cinéfila. Muchas veces entraba cuando comenzaba el primer pase, a las cuatro de la tarde, y no salía hasta que finalizaba el último, que en ocasiones consistía en la repetición del  primero. De este modo podías pasarte una tarde-noche entera viendo, por ejemplo, Los hermanos Marx en el Oeste, Sopa de ganso y Una noche en la ópera, o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero no se atrevía a preguntar, El dormilón y La última noche de Borís Grushenko. También había macarradas en plan Fuego en el cuerpo y El corazón del ángel de una tacada, o programas gloriosos como Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia, o festivales de Bogey con Tener y no tener, El sueño eterno y Casablanca. El súmmum fue un programa con las dos partes de Novecento, así, del tirón. (De todos modos, debo reconocer que la cosa más bizarra que he visto en un cinestudio no fue aquí, sino en el Griffith, en la calle de Santa Engracia, donde me tragué Solaris, de Tarkovski, Dune, de Lynch, y Solaris, otra vez, de propina. Luego, claro, tenía que salir a toda leche para no perder el último metro en Cuatro Caminos.)
Pero mi primer recuerdo del Fantasio, sin embargo, data de antes de que se convirtiera en cinestudio. Durante mucho tiempo, puede que un año, proyectaron allí 2001, una odisea del espacio. Yo tendría cinco años y, evidentemente, no la vi en aquel momento (aunque sí lo hice allí mismo, en el Fantasio, años después, en programa doble con 2010: Odisea dos, que recuerdo haber visto antes que la primera, gracias a lo cual conseguí entenderla, o eso creía yo). Llegué a familiarizarme con el cartel y, como yo tenía una imaginación desbordante y daba muestras del friqui en que iba a convertirme, no me costaba nada soñar con aquellas imágenes, esas fotos que podías ver junto a la taquilla, esos sueños de viajar, viajar, viajar a las estrellas.
También aquí se produjo uno de mis recuerdos más traumáticos. Sesión matinal, de esas en las que te intentaban vender la enciclopedia escolar de turno entre pase y pase de, qué sé yo, Viaje al centro de la Tierra, de Juan Piquer Simón, o La tierra olvidada por el tiempo. Yo, que no debía de tener ni seis años, salgo al estrado, porque han pedido voluntarios para cantar alguna canción, o un chiste, o lo que fuera. Recuerdo que tenía la intención de cantar el "Frère Jacques", que había aprendido en Santa Bernardita y que entonaba con pizpireto acento franco-madrileño de quien no tiene ni la más remota idea de lo que está cantando (durante años creí que aquello se escribía "Fregu saque"). Sin embargo, me puse a mil, perdí los nervios, y me salió una sarta de incoherencias en free-style casi rapeado, la historia (en castellano) de un niño que hacía travesuras y su mamá le reía la gracia, o algo así. El público se descojonaba, yo interpreté que se estaban riendo de mí y de aquella marcianada improvisada (lo cual, probablemente, era cierto), ni siquiera recuerdo si me dieron el regalo que nos habían prometido a los que saliéramos a cantar o contar chistes o lo que fuera, y no recuerdo absolutamente nada más de lo que sucedió, porque a partir de aquel momento me invadieron unas tinieblas de color rojo sangre, o rojo vergüenza.
Luego, mira tú por donde, me he pasado cerca de treinta años suspendiendo todos los exámenes orales a los que me presentaba, e incapaz de dar charlas, conferencias, clases o cualquier tipo de interacción social que implicara el que yo llevara la voz cantante y hubiera un público pendiente de mí. Huelgan los comentarios.
Esta anécdota, triste, que me ha marcado de manera muy profunda, me saca de la ensoñación. ¿Cine? ¿Qué cine? El Fantasio ha corrido la misma suerte que todos los cines de mi barrio, excepto el Victoria. El subsahariano de la puerta, el que llama "Papi" o "Mami" a todo el mundo para parecer simpático, va a por mí, pero me zafo con esa práctica que da la experiencia; casi parece como si pudiera pasar a través de él, como si aún no estuviera allí, como si estuviera en su casa mientras yo salgo del Fantasio de ver, qué sé yo, un programa triple con El apartamento, Primera plana y Con faldas y a lo loco.
Ya he vuelto al mundo real, el de aquí y ahora, en el que no solo han desaparecido todos los cines de barrio, sino que también han cerrado casi todos los de la Gran Vía, y, si quieres ver cine, ya no te queda otra que irte a un centro comercial de las afueras o quedarte en casa, pirateando, y si, además, quieres ver buen cine no comercial, pues mejor te sacas el abono de la Filmoteca Nacional o te quedas en casa, pirateando. Esto vuelve a ser Madrid en enero de 2012, no en enero de 1988.
Y regreso a casa de mi madre, a preparar la comida y ponerme a hacer cajas.


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miércoles, 8 de febrero de 2012

Sigue el Camino de Tejuelos Amarillos

Últimamente he perdido la costumbre de enlazar en Pornografía Emocional las entradas que escribo para Frikitecaris, más que nada porque en los últimos meses había dejado de actualizar aquel, y corría el riesgo de convertirlo en un aviso de actualizaciones de este. Sin embargo, de vez en cuando hay entradas que me dejan especialmente satisfecho, y no puedo dejar pasar la ocasión de reseñarlas. En este caso es un cuentecito, cosa que siempre me gusta, ya que tengo bastante oxidada mi vertiente literaria.
(Antes de que preguntéis: sí, llegué a comenzar mi novela; sí, alcancé la prodigiosa cifra de tres mil palabras; sí, la hija de su padre pudo conmigo antes de que me diera cuenta de que me estaba vacilando o, más bien, en realidad estaba escribiendo otra novela, una que quería dejar para más adelante, pero no la que me interesaba escribir en aquel momento. ¿Qué pasó? Me di por vencido y aparqué el tema. Fin de la historia... de momento.)
Algunas entradas de Frikitecaris se originan en la lista interna del blog. Alguien enlaza algún contenido, en plan "¡Oye! ¡Molaría una entrada sobre este asunto!", se produce la inevitable tormenta de ideas y, en general, acaba siendo uno mismo el que termina actualizando. En esta ocasión sucedió exactamente eso: me encontré con unos marcapáginas con forma de chapines colorados de Bruja Mala del Este, nos salió el argumento general en un pim pam de mensajes, Super Furry Librarian dio con la frase definitiva ("Sigue el Camino de Tejuelos Amarillos") y, en una mañana de no excesivo trabajo, parí la actualización.
El resultado, a continuación. Vale, tiene demasiadas remisiones internas al entorno bibliotecario (y, en concreto, a la jerga que utilizamos en el blog), pero también creo que lo podrá disfrutar cualquier lector a quien le hagan gracia El Mago de Oz, las parodias literarias y los divertimentos en general. Hala, a disfrutarlo.

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Tal que así se quedó la malvada Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura cuando se quedó atrapada dentro del Fichero de Autoridades con el que estaba trabajando Dorita, una simpática auxiliar de bibliotecas subcontratada que, acompañada por su becario Totó, se vio embarcada en una aventura sin igual por el maravilloso mundo de BBDD.
Pero no. Voy demasiado deprisa. Las historias hay que comenzarlas por el principio.
Dorita había entrado a trabajar en el departamento de Adquisiciones de un inmenso centro catalogador, una tarea que le aburría sobremanera. Se pasaba sus duras jornadas de trabajo soñando con una base de datos como Dewey manda, que estuviera conectada a un servidor seguro que le permitiera trabajar y, más aún, cobrar un plus de productividad; pero nunca lo conseguía, ya que las caídas del servidor eran constantes y,  por lo tanto, su productividad se resentía, ya que tenía que catalogar hasta tres veces seguidas el mismo registro, y se veía obligada a viajar varias veces al día al Fichero de Autoridades, para salir de dudas: no se fiaba de la base de datos. 
Sumida en sus sueños de encontrar una base de datos funcional más allá del ciberespacio, Dorita no reparó en aquel fallo del sistema, que ocasionó un tremendo cortocircuito. Como era la hora del café, ella era la subcontratada y todos los funcionarios habían bajado a la cafetería de su centro catalogador, el incidente la pilló por sorpresa, sin ningún informático a mano, y completamente sola, excepto por un simpático becario de Adquisiciones que le tiraba los tejos y se llamaba Totó... ¡en el Fichero de Autoridades! Se hizo la oscuridad, Dorita perdió la conciencia (tal vez por la fuerte descarga) y, cuando despertó, vio una imagen impactante: el Fichero de Autoridades se había empotrado encima de la terrible Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura, que era prácticamente la dueña de aquel centro catalogador. A su lado, contemplaba la escena, anonadada, una cohorte de pequeños cenutriousuarios alumnos de un colegio, que estaban de excursión en aquel centro catalogador porque hacía demasiado frío como para llevar a cabo la excursión que realmente les apetecía hacer, un día en la sierra; además, aquí daban café gratis.
--¿Sabes? --comentó Dorita en cuanto hubo recuperado la compostura--. Me parece que esto no es Adquisiciones.
En esto se les apareció la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros, quien se ofreció a ayudar a Dorita y Totó, no sin antes hacerle a esta un regalo.
--¡O ssssseaaaaa! --había gritado Dorita cuando vio los zapatitos rojos de la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura--. ¡Cóoooomo mooooolaaaaan! ¡Yoquieroyoquieroyoquierooooo!
--Dorita --le había dicho la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros--, estos zapatos son mágicos, porque te permiten caminar sin que se oigan los incómodos rechinares que hace el calzado en el parqué de este centro catalogador. Por eso los apreciaba tanto la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura: nos pillaba desprevenidas a todas, y para cuando queríamos dedicarnos a nuestras cosas, ya la teníamos liada, porque ni siquiera nuestro mejor arqueo de cejas podía librarnos de su avalancha de desideratas y demandas estúpidas. Póntelos, y podrás huir de la terrible Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, que los quiere a toda costa.
--Pero... --le cortó Dorita-- lo que queremos es otra cosa. Teníamos un problema con la base de datos y el servidor, y, la verdad, los cenus me dan un poco lo mismo, porque trabajo en un cubículo cerrado e infecto, y no tengo que enfrentarme con ellos a diario. Digamos que mi problema es más de índole informática, y por culpa de él estoy aquí, fuera del departamento de Adquisiciones, que es donde quiero estar.
--Pues, en ese caso --dijo la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros, después de reflexionar--, lo que tenéis que hacer es acudir al Mago de las BBDD, y él solucionará vuestro problema con la conexión y con el servidor. Pero tenéis que andaros con cuidado, porque es un mago terrible y justiciero.
--Y... --preguntó Dorita, aterrorizada--, ¿cómo llegaremos hasta el Mago de las BBDD?
--Muy fácil --replicó la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros--: sigue el Camino de Tejuelos Amarillos. Eso sí: debes tener mucho cuidado con la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, que hará todo lo posible para que tu misión sea un fracaso. Ten mucho cuidado con sus desideratas: suele acribillar con ellas a todos los bibliotecarios, y tú, que eres joven e inexperta, podrías sucumbir a sus malas artes.
--Muchas gracias, Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros. Totó y yo haremos caso de tus consejos.
Y, dicho esto, siguieron el Camino de Tejuelos Amarillos en busca del Mago de las BBDD.
Por no hacerlo muy largo, digamos que, en efecto, la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música los acribilló a desideratas, lo que los obligó a hacerse varios viajes al Depósito General y, peor aún, tramitar varios préstamos interbibliotecarios. También les lanzó un ataque de Subcontratados Voladores, que trabajaban para otra subcontrata, y que casi arruina su misión, pero Dorita descubrió que los zapatitos rojos, aparte de ser silenciosos, permitían dar unas patadas voladoras impresionantes: ni punto de comparación con las que daba ella antes. Todo esto no hizo sino acrecentar la relación entre Dorita y aquellos zapatitos, a los que cogió mucho cariño, y con los que forjó un vínculo que a ella le habría gustado que fuera eterno. 
El caso es que perdieron mucho tiempo.
Pero también ganaron tres amigos, con los que su aventura fue mucho más llevadera y enriquecedora.
El primero era un Cenutriousuario sin cerebro, a quien conocieron en la cafetería, y que también quería conocer al Mago de las BBDD para que le enseñara a utilizar los booleanos, ya que el pobre Cenutriousuario sin cerebro no tenía luces ni para hacer una búsqueda sencilla en internet, y era de los que escribían en mayúsculas y con preguntas directas, en plan: "KIERO DE SAVER KIÉN ESCRIVIÓ EL KIJOTE D LA MNXA".
Después conocieron a una Apuntófaga sin corazón, que, al igual que la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, acribillaba a los bibliotecarios a desideratas, y no los dejaba trabajar. Como era una Apuntófaga un  poco repelente, quería rogar al Mago de las BBDD una herramienta de búsqueda efectiva, que le permitiera rellenar sus solicitudes sin enredarse en la burocracia exasperante del centro catalogador.
Por último se les unió un Director de Departamento sin valor para negociar personal adicional y otras mejoras que salvaran a su departamento de los recortes que amenazaban el centro catalogador. Necesitaba que el Mago de las BBDD le ayudase a rellenar una hoja de cálculo eficaz, con la que convencer a Gerencia.
Así pues, y después de recibir en la BlackBerry un extraño mensaje de la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música ("Ríndete @DoritaSubcontratada @TotóBecario #copónyacuántotardanloslibrosquepedí #unfollow"), consiguen que la dirección del centro le retire a esta el pase de investigadora, por cansina; la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música enloquece y se derrite a la vista de nuestros sorprendidos amigos. Un problema menos.
Tras unas cuantas aventuras más, nuestros amigos llegaron al cubículo del Mago de las BBDD, quien los recibió a gritos desde un ordenador encendido, en el que se lo veía a través de una pantallita de videoconferencia. Todos se asustaron menos Totó, el becario, quien se puso a trastear en el código fuente de la videoconferencia y descubrió que la IP desde la que se efectuaba esta le resultaba familiar. ¡Toma, como para no resultárselo! ¡Era el mismo ordenador desde el que trabajaba él, ergo el terrible Mago de las BBDD solo podía ser el Becario de Informática!
Una vez desenmascarado, el Becario de Informática se disculpó y procedió a explicarse. Si no fuera por toda aquella parafernalia, nadie le haría ni puñetero caso, y se arriesgaba, además, a que le rescindiesen el contrato. Sin embargo, embutido en esa figura autoritaria que infundía terror reverencial, tenía asegurada su supervivencia en el complicado engranaje de aquel centro catalogador.
Pero el Becario de Informática era un usuario majomajo, y procedió a solucionar los problemas de los simpáticos amiguitos de Dorita y Totó.
Al Cenutriousuario sin cerebro lo enseñó a utilizar un par de buscadores y, más importante aún, a utilizar los booleanos y escribir en minúsculas, con lo que no tardó en encontrar todo lo que buscaba.
A la Apuntófaga sin corazón le proporcionó la dirección de correo electrónico de Reproducción y Conservación de Fondos, así como el enlace correcto a la base de datos del centro catalogador; de este modo, ella podría efectuar sus búsquedas desde casa, economizar sus idas y venidas al centro catalogador y, más importante aún, descubrir que todas esas búsquedas tienen un valor, monetario, sí, pero también en forma de precioso tiempo, que los bibliotecarios pueden dedicar a satisfacer a otros usuarios. Por la Apuntófaga, bien, porque, al estudiar en casa y acudir al centro catalogador nada más que para recoger las fotocopias que había solicitado y tener acceso a los documentos realmente relevantes, pudo sacarse su tesis con muy buena nota, y en mucho menos tiempo del que creyera posible unos meses antes.
El Director de Departamento,  por otro lado, descubrió un programa de gestión de nóminas, y otro de contabilidad, que le facilitaron enormemente la tarea de optimizar los recursos de que disponía, ya que, desengañémonos, los recortes no dependían de su evidente ineptitud al frente del cargo, sino que se debían a algo mucho más simple: no hay dinero para cultura, pero no lo hay ni para su departamento ni para el de enfrente. Por todo ello, el Mago de las BBDD solo pudo acertar a proporcionarle herramientas para aprovechar mucho mejor los recursos disponibles.
Y, por último, a Dorita le dijo que no podía hacer nada por sus problemas informáticos, ya que, con la mierda de presupuesto del centro catalogador, la red va a pedales aquí y en la Cochinchina, y que si aquello no le gustaba, lo mejor que podría hacer era mover el currículum vítae y largarse con otra subcontrata que pagase algo mejor; de lo contrario, ajo y agua, el Fichero de Autoridades es lo que hay, y si no le mola, pues no le quedaba otra que aprender a utilizarlo, como, por otro lado, debería haber hecho desde el día en que se incorporó al trabajo. 
Llegados a ese punto, Totó, el becario, que había intimado con ella y tenía vocación de pagafantas, se ofreció a hacer algo noble por ella: hacerle él todas las búsquedas que ella necesitase, instalarle otra base de datos más eficiente, e ir al Fichero de Autoridades cuando a ella no le viniese especialmente bien. En suma, hacer más llevadero su trabajo. Total, le pagaban una mierda por trabajar a jornada completa, así que le daba más o menos lo mismo hacer dos trabajos a jornada completa con una paga de becario, si con ello se aseguraba que iba a estar todo el día cerca de la chica que le gustaba.
El Mago de las BBDD suspiró, arqueó la ceja y se contuvo de decirle nada a Totó. Solo acertó a decirles que los zapatitos rojos, aparte de ser silenciosos y facilitar unas patadas voladoras de órdago, tenían una característica más: permitían salir de aquel país de ensueño, y llegar al auténtico centro catalogador en que trabajaban Dorita y Totó.
De este modo, y después de haberse despedido del Cenutriousuario, la Apuntófaga y el Director de Departamento, Totó y Dorita partieron de vuelta a su centro catalogador. Los recibieron a gritos, como siempre. 
Un cenu que se parecía mucho al Cenutriousuario sin cerebro la perseguía para que le buscase datos sobre El coño de la Bernarda, de un tal García Loca, o algo así.
Una apuntófaga absolutamente hostiable no dejaba de darle la vara para que le avisase si llegaba algún libro relacionado con su área de investigación.
Y el director del departamento de al lado seguía dándole largas cuando ella le preguntaba si había recibido el currículum que le había enviado varios meses atrás.
La cosa fue a más cuando tuvo que reiniciar tres veces seguidas su ordenador, ya que un fallo de sistema la echaba de la sesión y, para colmo, le colaba un troyano que no sabía de dónde podía salir, porque llevaban casi todo el día sin conexión de internet.
No obstante, Dorita estaba contenta, porque Totó se ofreció a arreglarle y limpiarle el ordenador cada una de esas tres veces, de modo que ella aprovechó para echar el día en la cafetería, pelando la pava con un facultativo que trabajaba en el Depósito General y que estaba de toma pan y moja.
--Aaaaaaay --suspiró Dorita, mientras se aprovechaba de sus nuevos y silenciosos zapatitos rojos para acercarse a traición a su bibliotecarius macizorrus y comprobar, a hurtadillas, que él la estaba buscando en Facebook--, realmente no hay ningún lugar como Adquisiciones.

(Marcapáginas encontrado en esta página. Gracias a Super Furry Librarian, por sugerir el título de esta entrada.)

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martes, 7 de febrero de 2012

"Años de prosperidad", de Chan Koonchung, en Literatura Prospectiva

En la actualización de hoy de Literatura Prospectiva aparece una reseña de mi autoría sobre una novela francamente interesante que está dando mucho que hablar, y que aprovecho para recomendaros: Años de prosperidad, de Chan Koonchung. Espero que la disfrutéis (la novela, me refiero, aunque, si la reseña os parece disfrutable, por mí genial, me sentiré muy halagado).

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Años de prosperidad, de Chan Koonchung

Juanma Santiago

Ed. Destino, col. Áncora y Delfín. Barcelona, 2011. Trad. Alfredo Barbero Moraño. 416 págs., 19,50 €
 
Mis dos sobrinos pequeños (de once y diez años, respectivamente) estudian chino. No porque sea una pijada que les han impuesto sus padres, sino porque se trata de una actividad extraescolar que ofrece un colegio público de la Comunidad de Madrid. Cada vez que los veo se embarcan en diálogos en chino, de los que no entiendo más que algún que otro «xie xie», discuten sobre la entonación de tal o cual palabra y, en definitiva, estoy razonablemente seguro de que no intentan vacilarme y sí es verdad que están manteniendo una conversación más o menos fluida en mandarín. En un momento dado, mi hermano interviene con un «liang bei, pijiu», a lo que ellos replican con carcajadas, y se van a la cocina a trastear en la nevera. Por mi parte, yo bromeo con lo bien que me parece que estudien chino, ya que, dentro de veinte o treinta años, cuando los chinos hayan decidido cobrarnos toda la deuda pública que nos están comprando (no a mí y a vosotros, entendedme), y hayan dejado definitivamente atrás su política histórica de aislamiento internacional y se nos hayan anexionado, nos vendrá muy bien tener a mano a alguien que hable chino, se pueda afiliar al Partido, entre en la red clientelar del comisario político del distrito de Chamberí e interceda por toda la familia. Por supuesto, no desarrollo la bromita mucho más, porque tengo la incómoda sensación de que dentro de veinte o treinta años no me va a parecer ninguna broma, y voy a arrepentirme de haberla proferido alguna vez, e incluso de haber escrito esta reseña, que, por otro lado, será virtualmente imposible de encontrar en internet, porque estará censurada y, a efectos prácticos, será como si, además, no hubiera existido nunca. Otro tanto sucederá con Años de prosperidad, con Chang Koonchung, y su premisa argumental acabará haciéndose realidad: desaparecerán meses enteros de nuestra memoria colectiva. Quien dispone del control sobre la información tiene en sus manos las vidas de los ciudadanos, y si ejerce ese control de manera eficiente puede configurar la realidad a su antojo. Decidir no solo qué es noticia y qué no, qué se cuenta y qué se oculta, sino, en un momento dado, disponer del control sobre la realidad: decidir qué ha sucedido y qué no. El famoso pasaje de 1984 en el que O’Brien le muestra cuatro dedos a Winston Smith y este le dice, convencido, seguro de ello, que hay cuatro dedos, porque es lo que ve, a lo que O’Brien replica con un «¿Y si el Partido te dijese que son cinco?». El Gran Hermano repartiendo soma a millones de personas que viven en casas de paredes de cristal, por referirme en la misma frase al 1984 de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Nosotros, de Yevgeni Zamiatin… y, por reivindicar la mejor distopía pura que nos presenta un futuro en el que China domina el mundo, la más que estimable China Montaña Zhang, de Maureen F. McHugh.
Toda esta disquisición viene a cuento para contextualizar Años de prosperidad, pero, por supuesto, no es suficiente. Incide en los aspectos centrales de la novela de Chan Koonchung que las reseñas han repetido hasta la saciedad, como la adscripción a la temática distópica, su denuncia implícita del poder casi omnímodo del gobierno chino y la manipulación salvaje que ejerce sobre los medios de comunicación, y el interés evidente que despierta en los lectores occidentales todo aquello que tenga que ver con China, sobre todo si es una crítica abierta a los excesos del régimen. También se ha insistido en que esta novela ha sido censurada, se ha convertido en una novela de culto y está generando cierto debate social, todo el que puede generarse en un estado en el que, literalmente, no se habla de la matanza de Tiananmen porque parece como si no hubiera existido. De nuevo, la frase de O’Brien: «¿Y si el Partido te dijese que aquí hay cinco dedos?». No obstante, hay otros aspectos que hacen igual de interesante esta Años de prosperidad.
Por ejemplo, el vivo retrato que Chan Koonchung realiza de una sociedad cambiante. Por establecer un paralelismo cinematográfico, con esta novela sucede lo mismo que pasó cuando, acostumbrados a las películas de época de Zhang Yimou, unos cuantos espectadores acudimos a ver Keep Cool y nos encontramos con una especie de Al final de la escapada con toques de Dogma, rodada cámara en mano y sin un solo plano en estudio, que retrataba la vida supuestamente rebelde y guay de una pijaza niña de papá que era el máximo exponente de la transición de China hacia el comunismo de mercado. La película no sentó nada bien en su momento (1997), pero nos permitía ver las contradicciones de un sistema que comenzaba a transitar hacia lo que es en la actualidad. Todo ello, por supuesto, narrado en un lenguaje comprensible para el espectador occidental.

A Años de prosperidad le sucede algo muy parecido. Chan Koonchung escribe en primera persona desde el punto de vista de Lao Chen, un escritor que vive un bloqueo creativo con absoluta despreocupación, e incluso con una felicidad inefable. Lao Chen es taiwanés, lo que permite al autor establecer el elemento de distanciamiento necesario para abordar una novela difícil. Taiwán es independiente, sí, pero históricamente forma parte de China. Lao Chen es un chino con mundo, ya que viene de un estado que ha permanecido ajeno a las manipulaciones del Partido Comunista, y además ha vivido en los Estados Unidos, y en ciudades como Shanghái, y ahora recala en Pekín. Ofrece, pues, un punto de vista suficientemente aséptico y distanciado como para parecer más o menos objetivo. Y, no obstante, es feliz, pese a que lleva dos años sin poder escribir ni una sola línea. Nos narra las fiestas de las revistas literarias más prestigiosas, nos ofrece disquisiciones alucinantes sobre la política económica china de inversiones en empresas extranjeras (lean lo relativo a la cadena Starbucks, donde, por cierto, Lao Chen se pasa las mañanas enteras) y nos retrata una galería de personajes a cual más desquiciado que, por momentos, parecen salidos de una versión de Alicia en el País de las Maravillas que hubiera dirigido un Terry Gilliam todavía colocado hasta las cejas con lo que quiera que se hubiera tomado para dirigir Miedo y asco en Las Vegas. Esta referencia a las drogas, como verán si se leen el libro, no es del todo casual. Tenemos a Feng Caodi, un inadaptado social que ofrece el contrapunto humorístico. También está Xiao Xi, una activista democrática de la que Lao Chen estuvo enamorado en la universidad y que desaparece periódicamente para eludir el cerco cada vez más estrecho del aparato represor del Estado… y el de un hijo con modales de miembro de las Juventudes Hitlerianas cuya mayor ilusión consiste en ser comisario político. Por último, tenemos a Jian Lin, un altísimo cargo del Partido que padece de insomnio y que solo lo puede conjurar montando proyecciones privadas de clásicos del cine propagandístico chino de los años de la Revolución Cultural (observen la mala leche del autor) en las que comparte mesa y mantel con Lao Chen y se consume mucho vino…., por supuesto, de Burdeos, y, por supuesto, de añadas excepcionales y fuera del alcance de cualquiera que no sea un altísimo cargo del Partido que lo puede importar saltándose los cauces oficiales.
Con todos estos elementos y personajes, Chan Koonchung nos relata la búsqueda de un mes perdido en la conciencia colectiva china. Sabemos que estamos en el año 2013, que China salió reforzada de la crisis económica que ha arruinado al mundo entero, que toda la población es feliz en grado sumo, y que Lao Chen, un escritor de razonable éxito que viene de Taiwán, no puede escribir ni una sola línea debido a esa felicidad extrema. La irrupción de Feng Caodi (con su incontrolable locura) y Xiao Xi (con su ciberactivismo anticensor) hace surgir en él la duda razonable acerca de la realidad. ¿Por qué motivo hay personas —en su mayor parte drogadictos y gente en tratamiento médico— que tienen recuerdos deslavazados de todo el mes en que se desencadenó la crisis mundial y, sin embargo, China salió airosa y con una prosperidad nunca vista? La trama de la novela gira en un primer momento en torno a la reconstrucción de estos hechos y del porqué de ese olvido masivo y su sustitución por una felicidad generalizada, cuya explicación final no nos aterra por lo verosímil o inverosímil que nos pueda parecer (es decir, por su componente distópico y prospectivo), sino porque no deja de ser algo que ya ha sucedido, y que sucede de continuo. Con respecto a la matanza de la plaza de Tiananmen en 1989, por ejemplo.
Chan Koonchung nos ofrece un relato vivo, divertido y tremebundo de una sociedad sumida en una dicotomía entre el inmovilismo que propugna el poder absoluto (ya se sabe que la finalidad última de cualquier Gran Hermano es borrar el fluir de la historia, eliminar el pasado y el futuro, y hacer que solo exista un presente configurable a su antojo) y los inevitables movimientos de oposición a todo poder omnímodo (representados por una Xiao Xi sexagenaria, como Lao Chen, lo que por otra parte nos habla de la escasa confianza que tiene el autor en la juventud china actual). También es una road movie, que nos permite comprobar otros planos de disidencia, no solo el de las clases medias y medias-altas con acceso a internet, sino el de la China profunda, donde el mero hecho de ser creyente supone un problema muy serio (recuérdense la represión a la secta de Falun Gong, o los continuos conflictos entre las autoridades chinas y la Iglesia católica). Tiene elementos satíricos (personificados en Jian Lin, el alto cargo del Partido que solo logra conciliar el sueño si ve películas de propaganda de la Revolución Cultural) y, por supuesto, posee una carga de género fantástico suficiente como para justificar esta reseña. De hecho, la manera del autor de encarar esa ciencia ficción que tiene lugar aquí y ahora, llena de disquisiciones sobre el mundo actual, dotada de elementos fantásticos muy tenues sobre los que, sin embargo, descansa la premisa argumental, nos ofrece una muy buena definición de lo que desde esta página llamamos «literatura prospectiva». Años de prosperidad es una novela interesante por varios motivos: por sí misma, ya que literariamente es muy satisfactoria (pese a ciertos problemas de tempo interno), como retrato de la sociedad china, y como extrapolación prospectiva de un futuro tan cercano que, de hecho, está sucediendo ahora mismo.

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